El trabajo en la era de la informática
Trabajo total y declive del salario
[Edouard Legrain]
La condición de asalariado, que es hoy el destino de casi todos los trabajadores, en los años cincuenta apenas concernía al 60% de la población activa. Fue durante los tres decenios siguientes a la segunda guerra mundial cuando comenzó a generalizarse. En aquella época descansaba sobre dos pilares. Primero, un salario directo y creciente, fruto de una economía estimulada por el productivismo fordista y el consumismo importado de los EE.UU. Después, un salario indirecto asegurado por el Estado keynesiano, dispensador de seguridad social, la cual incitaba a los individuos a comportarse en el mercado como trabajadores y consumidores "libres", es decir desligados de las solidaridades tradicionales. Éxodo rural, crecimiento urbano, dislocación de las comunidades: éste fue el precio que hubo que pagar por la americanización del modo de vida que caracterizó a los Treinta Gloriosos, como denominó a estos años Jean Fourastié.
Sin embargo, al final de los años 60 este régimen comienza a desinflarse. La protesta por el trabajo en cadena y las reivindicaciones para "vivir y trabajar en el propio país" provocaron una primera reducción de los beneficios por productividad. Sobre todo, la apertura al mercado internacional, impulsada por el Tratado de Roma, rompió aquel círculo virtuoso del crecimiento que hasta entonces había descansado sobre economías relativamente cerradas. A partir de este momento, las exportaciones masivas permitirán amasar beneficios sin que para ello sea necesario aumentar los rendimientos del dinero, mientras que la búsqueda de economías de escala aumentará la fragilidad de unas empresas que se defendían desde aspilleras cada vez más estrechas: había nacido la "coacción exterior". Y por todas partes se empezaron a explorar pistas semejantes para disminuir las "rigideces" del mercado: disminución del salario directo y abandono parcial de la planificación, lenta destrucción del salario indirecto, acentuación del deber de movilidad de los trabajadores en perjuicio de su "derecho al trabajo" (1).
En este contexto ha comenzado la febril búsqueda de un modelo productivo capaz de suceder al fordismo. De hecho, desde hace una quincena de años han comenzado a dibujarse diversas alternativas. Las nuevas formas de organización del trabajo se inspiran en modelos americanos (neo-tayloriano, californiano o saturniano), escandinavos (grupos polivalentes, rotaciones de puesto, equipos semi-autónomos) o japoneses (principalmente el toyotismo) (2). Todos apelan a las nuevas tecnologías para encontrar una salida a la crisis del fordismo. Éso, por otra parte, no implica que las reorganizaciones en curso caigan en el determinismo técnico: las mismas tendencias pesadas se declinan en estructuras de organización muy diversificadas (3). Pero, ¿en qué medida constituyen éstas el prototipo de la sociedad industral avanzada? ¿Qué significa profundizar en lo que se llama "racionalidad"? ¿Por qué la figura del trabajador asalariado está destinada a entrar en decadencia? Y ante todo, ¿cuáles son los rasgos que caracterizan a la empresa post-fordista?
Tendencias del post-fordismo
El primer aspecto común a las nuevas fórmulas productivas es que el contenido de una tarea está cada vez menos determinado por la actividad profesional y cada vez más por la tecnología secundaria utilizada para mediatizar la relación con el producto. Esta informatización -pues de éso se trata- entraña claras consecuencias. Primero, al sustituir la percepción por el dato y la manipulación por el programa, reduce toda actividad a una combinación de funciones (generalmente con ayuda de "menús" colocados en la pantalla). Lo que los especialistas llaman desrealización puede entonces traer efectos perversos, como la fabricación ciega de piezas defectuosas, aunque técnicamente perfectas y por tanto difícilmente detectables (4), o la erosión de la vigilancia y la desresponsabilización que ejemplifican los cracks que periódicamente provocan algunos cambistas investidos de poderes exorbitantes. Una tendencia que la "realidad virtual" y el "ciberespacio" acentuarán, verosímilmente, al borrar aún más la frontera entre realidad tangible y simulación.
El trabajo se desmaterializa: "Al final de la jornada, el operador (...) no ha realizado nada. Pero esa nada le ha agotado: durante su día (o noche) de trabajo, se ha impuesto esa ascesis que es la represión en sí mismo de su existencia sensible" (5). De modo que este proceso generalizado de abstracción se vive ante todo como violencia contra el cuerpo. Y se extiende a la experiencia acumulada por el trabajador con el paso del tiempo. Pues la informática ya no reposa solamente en algoritmos; con la inteligencia artificial y los sistemas expertos, encapsula también las heurísticas, es decir, las lógicas que subyacen a las habilidades prácticas. La ampliación del campo de la sistematización formal llega hoy a un campo que el fordismo se había obstinado en ignorar: el saber hacer de los ejecutantes.
Una segunda propiedad de las nuevas fórmulas productivas concierne a las modificaciones en la coordinación de la acción. Es verdad que el crecimiento de la complejidad, el peso de la incertidumbre y la brevedad de los plazos constituyen otros tantos obstáculos para la planificación, pero, por poner sólo este ejemplo, la proliferación de averías que inevitablemente afectan a unos aparatos fuertemente integrados entraña la necesidad de coordinar competencias al margen de cualquier esquema centralizado. Esta "desprescripción" de las tareas exige de los agentes un compromiso mutuo para prestar cuando sea preciso la intervención requerida. Esta obligada concertación se presta a su vez a que los intercambios recíprocos queden racionalizados bajo forma de contrato. Aquí la mensajería telefónica proporciona la herramienta soñada. Por una parte, puede memorizar automáticamente los convenios entre los interlocutores: "Utilizando las facilidades de la audio-mensajería -se lee en una circular bancaria destinada a los directivos-, ningún abonado podrá decir que no ha recibido un mensaje". Por otra, permite expurgar el discurso, por ejemplo "anulando la primera secuencia de una comunicación donde los interlocutores toman contacto hablando de todo y de nada, del tiempo, la salud o la familia" (6). Las comunicaciones se mutan así en proposiciones depuradas, como si se estuviera rellenando una especie de formulario oral estandarizado. Para codificar las interacciones verbales entre los miembros de un mismo equipo se recurre a las filosofías del lenguaje -en particular anglosajonas-, basadas en el registro de lo performativo. Tales filosofías inspiran lógicas consagradas al análisis de las conversaciones y al registro de las promesas (commitments) que contraen las partes (7).
Toda esa importancia que se da a la pragmática es un rasgo distintivo del post-fordismo. La extensión del diálogo interactivo hombre/máquina requiere, en efecto, un protocolo donde no quepa ambigüedad alguna: la lengua natural se ve así obligada a plegarse ante unos códigos sintéticos que hasta ahora le estaban sometidos (8). Radical inversión que cumple la profecía de Heidegger, pues ahora "son las posibilidades técnicas de la máquina las que prescriben cómo la lengua puede y debe aún ser lengua". Tal sería el último y más ladino desafío lanzado por la modernidad: "Si, yendo en el sentido de la dominación de la técnica que todo lo determina, tomamos la información como la forma más alta del lenguaje a causa de su univocidad, de su seguridad y de su rapidez en la comunicación de informaciones y de directivas, entonces resultará de ahí la correspondiente concepción del ser-hombre y de la vida humana" (9). Es así como el pensamiento queda subyugado por el instrumento con el que pretendía dar forma al mundo: "La capacidad para concebir máquinas termina concibiéndose a sí misma como máquina; el espíritu, capaz ya de funcionar como una máquina, se reconoce en la máquina que es capaz de funcionar como él -sin advertir que en verdad la máquina no funciona como el espíritu, sino tan sólo como el espíritu que ha aprendido a funcionar como una máquina" (10).
Una tercera faceta del post-fordismo reside en la recomposición de tareas, provocada por la disyunción de hombre y máquina. Mientras la automatización clásica ataba al operador a su puesto, la rapidez de los automatismos desconecta hoy al agente de su herramienta, favoreciendo su reubicación en funciones de vigilancia, de verificación y de mantenimiento. "A partir del momento en que estas máquinas son programables a la carta, a partir del momento en que son alimentadas automáticamente y dotadas de dispositivos que permiten cambiar su uso -todos esos trucos que tienden hacia el trabajo flexible-, el tiempo de trabajo de los operadores ya no está determinado por el ciclo de la máquina. Mientras la máquina funciona los operadores pueden hacer otra cosa, controlar la calidad de las piezas ya fabricadas, cuidar el mantenimiento de los equipos o anticiparse a las averías" (11).
Al difuminar las fronteras entre las diversas cualificaciones, esta polivalencia acentúa la sustituibilidad del personal y deslegitima las clasificaciones. La desaparición de los oficios disuelve la identidad del trabajador en las figuras genéricas del operador de instalación automatizada o del técnico de oficina (12). La fatiga física deja paso al estrés, al aislamiento frente a la máquina, al sentimiento de descomposición. El estar en todas partes a la vez, como un bip, constantemente disponible, engendra un extraño agotamiento: "¿Yo? Yo soy más que flexible, soy completamente fláccido, soy líquido", explica un obrero de la Peugeot (13). La renovación continua de los procedimientos, estimulada por la acelerada obsolescencia de los productos y de las técnicas, mantiene la precariedad. Las presiones acumuladas en nombre de la eficacia se ejercen en detrimento de la conciencia y del orgullo profesionales (14).
"¡No se puede parar el progreso!". Esta sensación de inevitabilidad hace que la técnica aparezca como una implacable potencia ajena al hombre. La técnica sofoca toda resistencia al cambio y alimenta un individualismo conformista, pues si la orientación del desarrollo no sufre ninguna inflexión, no queda más remedio que acomodarse lo mejor posible en las estructuras existentes -impotencia que "socava el valor de la experiencia y del juicio como principios de acción" (15). Sin embargo, todos parecen de acuerdo en subordinar la eficiencia de la organización a la existencia de "relaciones sociales movilizadoras" (16). El consentimiento pasivo de los empleados no basta; hay que lograr su adhesión. Por eso la misión del nuevo gestor se transforma en trabajo de convicción: se trata de "fabricar el consenso" en torno a "la utopía movilizadora del mito racional" (17). Y por descontado que, al no haber alternativa, lo inevitable termina convirtiéndose en lo deseable al imponerse como la única opción posible, la única que es posible pensar.
Los asalariados, intercambiables en el seno de la empresa, se ven también empujados a la movilidad en el mercado del trabajo. "Así que a perseguir el tajo: allá donde hay tajo, allí se desplazan. Vuelven a ser como nómadas" (18). Con la diferencia de que el nómada auténtico nunca se desplazaba sin su comunidad. Exilio del cuerpo, desvanecimiento de los sentidos, obliteración del espíritu: el trabajador del post-fordismo es ante todo un individuo "vacío". "Un obrero que trabaje en una máquina-útil con comandos numéricos -observa Jean Chesneaux- está 'usado' mucho antes que un leñador que trabajaba sin problemas hasta los 65, a su ritmo y con sus manos" (19).
En los tres planos que constituyen toda cultura: la relación con el mundo, la relación con los otros y la relación del hombre consigo mismo, el post-fordismo se caracteriza, pues, por un conjunto de rasgos interrelacionados: una subjetividad maleable, siempre dispuesta a cualquier proyecto imprevisible; una socialidad transaccional moldeada por el modelo del contrato; una omnipotencia de la técnica que consagra la preeminencia del ordenador.
De la racionalidad comunicacional
Por el papel que juega en la esfera productiva, la informática imprime su huella en el régimen de la racionalidad. En la fábrica o en la oficina, tanto como en la vida cotidiana, numerosas actividades ya percibidas como esencialmente cognitivas están en vías de informatización: desde el tratamiento de textos hasta la composición gráfica, desde el pago automático hasta el diagnóstico médico. El ordenador es hoy la máquina universal. Así como el caballo-vapor inspiró una concepción energética del mundo, las disciplinas científicas reformulan hoy sus objetos en términos de tratamiento de la información. Los fenómenos físicos, los organismos vivos, los sistemas sociales y hasta la psique se perciben y definen como campos "tapizados por redes de procesadores" (20). El poder inaugural del verbo, bajo el que se cobijaban antaño las representaciones colectivas, es hoy sustituído por la capacidad resolutiva de la operación, lo cual cimenta el poder de la tecnocracia. La inquietud por interpretar el universo deja paso a una perspectiva de dominación. La búsqueda del sentido, fundadora de toda cultura, parece desvanecerse en la fascinación por la máquina. "Occidente -escribe Pierre Levy- calcula los mitos de las otra culturas y los suyos propios" (21). Efectivamente. ¿Acaso Levy-Strauss no proponía, en La antropología estructural, "recurrir a las fichas perforadas y a la mecanografía" para elucidar el funcionamiento del pensamiento mítico (22)? Así terminaría la Historia: amodorrada en el perfeccionamiento indefinido de la técnica.
Sin embargo, aunque los logros tecnológicos explotan, la ciencia ha progresado poco desde hace veinticinco años. Y el ascenso de la informática no es sin duda ajeno a este estancamiento: por ejemplo, cuando permite el desarrollo de métodos estadísticos (como el análisis factorial de correspondencias) que nos evitan tener que seguir formulando hipótesis sobre las relaciones estudiadas. La ciencia moderna, sostiene René Thom, "en el punto en que se halla, es un torrente de insignificancia propiamente dicho" (23). Ya se trate de física estadística o de segmentación del mercado, los modelos no nos proporcionan claves de inteligibilidad, sino simplemente correlaciones.
En ausencia de garantías objetivas que aseguren la adecuación de las teorías a los hechos, la verdad sólo se remite a la opinión dominante, lo cual conduce a preguntarse cómo se ha formado ésta. "La propia ciencia -subraya Feyerabend- se sirve del método escrutinio-discusión-voto, aunque no haya aprehendido claramente su mecanismo y aunque lo use con una parcialidad muy marcada" (24). La atención se desplaza entonces hacia el procedimiento empleado para organizar el debate y extraer una conclusión. René Guénon denunciaba esta deriva estigmatizando la forma en que "algunos filósofos modernos han querido trasladar al orden intelectual la teoría 'democrática' que hace prevalecer el juicio de la mayoría, haciendo de lo que llaman 'consentimiento universal' un pretendido 'criterio de verdad'" (25). Tal es precisamente el proyecto de un Jürgen Habermas: en efecto, el teórico de la acción comunicativa se esfuerza por dar a la verdad un asiento supuestamente democrático reformulándola como verificación, es decir como proceso mediante el cual los argumentos se intercambian bajo la presunción, supuestamente inscrita en la estructura misma de la lengua, de que podrá triunfar un acuerdo unánime. El librecambio argumental y el veredicto mayoritario se convierten así en los pilares de un neo-positivismo.
¿Coincide al menos la aparición de tal epistemología con el despliegue de vastas infraestructuras comunicacionales para favorecer la discusión argumentada? Aunque las publicaciones científicas sigan siendo un poderoso motor de las carreras universitarias, la verdad es que, en general, decrecen proporcionalmente al aumento de las inversiones financieras. En los sectores punta como la informática, las telecomunicaciones, la superconductividad o las biotecnologías, los resultados de las investigaciones coparticipadas por formas privadas y programas gubernamentales sufren retenciones sistemáticas. Las telecomunicaciones favorecen la aparición de redes privadas que consagran alianzas entre socios dispersos en laboratorios del mundo entero: cada uno de ellos elabora normas específicas en materia de propiedad intelectual e industrial, de manera que un inextricable bosque jurídico protege la valoración comercial de los descubrimientos: "El conocimiento científico es cada vez menos un bien público accesible a todos, y cada vez más un capital precioso que hay que proteger y hacer fructificar tan discretamente como sea posible" (26).
En principio, cuanto más irrefutable sea en razón un contenido, más necesaria debería ser su exhibición. Pero, hoy, cuanto mayor es la carga argumentativa incorporada en cualquier terreno, más estricto es el control que sobre él ejerce el aparato. Y así, tanto los frenos a la libre circulación de la argumentación científica como la difusión masiva de mercancías espectaculares contribuyen a alimentar esquemas de pensamiento muy poco racionales. La modernización no significa tanto la expansión de la racionalidad como la extensión, más sistemática, de un modo de dominación.
Trabajo total y hombre nuevo
Esta dominación adopta el vehículo de la técnica, cuyos principios fundamentales, a fuerza de infiltrarse en las costumbres cotidianas, terminan por imponerse como modelos. Pero mientras que el productivismo fordista organizaba la explotación del hombre y de la naturaleza, el postindustrialismo intenta reconstruir (con beneficios) el entorno, la socialidad y la subjetividad sobre una base eminentemente técnica. Esta reconstrucción del mundo germina en los modelos productivos del post-fordismo; por eso no es sorprendente ver cómo sus tendencias actúan en la sociedad global: "La acumulación de capital y la acumulación de saber -que hoy sirve más aún que ayer de relevo a la primera-, sólo se producen en un polo exterior al propio trabajador, a partir de racionalidades productivistas y economicistas que él no puede dominar y que le dominan, incluida su vida fuera del trabajo" (27).
Esta desaparición progresiva de la distinción vida en el trabajo/vida fuera del trabajo, característica de la sociedad postindustrial, es parcialmente imputable al polimorfismo del ordenador, que sustituye las antiguas y múltiples relaciones de los hombres con sus actividades por una tecnología estandarizada: "En la sociedad digital, las mismas pantallas y tableros, la misma modelización, el mismo lenguaje codificado, los mismos procedimientos mentales permiten 'gestionar' actividades que hasta ahora no tenían nada que ver entre sí: el trabajo en la fábrica o en la oficina, los juegos en familia, el seguimiento de la economía mundial, la gestión de los servicios públicos, la creación musical, las cuentas domésticas, la especulación bursátil... La informática homogeneiza y normaliza el campo social" (28). La sistematización de la vida corroe así fragmentos enteros de socialidad, reemplazando la experiencia de las relaciones interpersonales por rutinas mecánicas -los rituales sociales dejan lugar a los protocolos técnicos-, y viene acompañada por el darwinismo económico (sólo merecen "sobrevivir" los especímenes más innovadores), la segregación informacional (selección de los individuos más ricos en datos) y la discriminación social (descalificación de quienes se sustraen a esos imperativos). En definitiva, el integrismo modernista pasa por la purificación técnica ("una nueva raza de empresarios", de usuarios, de clientes, etc.): "La universalización de la relación social anunciada por las filosofías de la historia es ya un hecho consumado: no hay más que un sólo espacio de las técnicas y de la política, de la comunicación y de las relaciones de poder. Pero esta universalización no es ni una humanización ni una racionalización: coincide con exclusiones y escisiones más violentas que las de antes" (29).
Sherry Turkle ha mostrado cómo, más allá de esta reformulación empírica, la informática se convierte también en piedra angular de un tecnopopulismo según el cual será posible cambiar la sociedad sin modificar las relaciones sociales (30). ¿Acaso no se nos ha presentado ya a los microordenadores como "un arma de guerrilla en la batalla de la democratización" so pretexto de que están descentralizados y son baratos (31)? Diez años después, se nos contó que el departamento americano de Defensa había encargado 300.000 PC (32). Desde Servan-Schreiber hasta Lokjine, de Toffler a Guattari, transita la misma convicción de que la reapropiación del saber pasará por la utilización de unas nuevas tecnologías que portan en sí la transversalidad. Hoy el ciberespacio se recicla en "proyecto democrático", mientras las autopistas de la información se nos presentan como el próximo "vector del lazo social" (33). Esa misma utopía de la "aldea global" justifica también la DAO (delincuencia asistida por ordenador): "Los ciberpunks quieren desmenuzar el poder redistribuyendo informaciones confidenciales, como los documentos del Estado y de las empresas transnacionales. Los más radicales, los ciberterroristas, sueñan con (...) paralizar el conjunto del sistema bancario mediante un 'motín electrónico'" (34).
En tanto que núcleo paradigmático, la informática reformula la relación con el mundo a través de la afirmación de que "todo es procesable" -y, por tanto, reproducible mecánicamente (35). Entre tanto alboroto, algunos proponen incluso repensar las culturas en términos de logicial, es decir de "sistema operacional de tratamiento de la información" (36). Al acreditar la idea de que "el juego concreta procesos y organiza mejor el campo social que los fundamentos absolutos" (37), esta tesis concurre en la decadencia del sentido común, es decir una normatividad anclada en un horizonte compartido, y mantiene la ilusión de que es posible reconstruir el lazo social sobre una base técnica. (A este reformismo por lo bajo es a lo que se opone la vía metapolítica).
La corriente de análisis estratégico animada por Michel Crozier, que preconiza ponerse de acuerdo sobre las prácticas fuera de cualquier debate acerca de las finalidades, se inscribe en la misma perspectiva. Similarmente, Alain Touraine quiere romper con una sociología de los valores sospechosa de legitimar a los "garantes metasociales". Y, así, define a la sociedad postindustrial por su aptitud para la autotransformación, la cual se mide según la capacidad de movilización de unos actores exclusivamente articulados en torno a la acción. Desgraciadamente, el antagonismo entre la tecnocracia y los "movimientos sociales", que debería imprimir una dirección al desarrollo, se ha agotado ya en la oposición estéril entre organismos estatales o supraestatales adheridos a los grupos de presión y unas ONGs reducidas a la simple protesta. En cuanto a las instituciones políticas, ya se oye a sus representantes "hablar de 'ingeniería democrática' y remitir cada vez más competencias a los juristas, los abogados, los científicos", en una palabra, a los expertos (38). Ahora bien, cuanto más se tecnifica la democracia, menos apta será para fundar una cultura auténtica. Al pretender basarse en "principios abstractos, condición necesaria de una ciudadanía desgajada de los orígenes y de las pertenencias étnicas o culturales" (39), abre más bien una especie de axiomática del vacío que presupone la existencia de unos individuos purgados de su interioridad -y por eso dispuestos a ser industrialmente informados. Ahora que los medias electrónicos conquistan un lugar cada vez más preponderante, aumentan las posibilidades de ver "cómo los padres y los abuelos son sustituidos, cual plantillas para la reconstrucción, por celebridades y otros modelos condicionados, salidos directamente de esos medias". A más largo plazo, las biotecnologías dejan entrever la oportunidad de"liberarse de las cadenas del pasado y de los códigos genéticos hereditarios" (40). Una producción mediática de coartadas identitarias: tal es el callejón sin salida donde desemboca la ilusión de una ciudadanía refundada sobre la pura intelección, cuando se conjuga con los milagros de la técnica.
Pero, a decir verdad, es el entero edificio social el que se ha hundido en el nivel de las organizaciones. Y cuanto más invade lo económico las relaciones sociales, más quedan éstas situadas bajo el signo del contrato: la educación parece no concebirse ya sin "contratos pedagógicos", la integración social sin "contratos de inserción", etc.
Los Estados Unidos son el ejemplo más acabado de esta involución. Cuando la democracia se confunde con la arquitectónica del derecho, el lazo social se reabsorbe como contrato. Por esa vía, en un paisaje social intrínsecamente congelado, los grupos que se afirman desfavorecidos (mujeres, homosexuales, negros y otras minorías étnicas) se esfuerzan en modificar el statu quo. En un país donde prosperan el 40% de los juristas del planeta, la hipertrofia procedimental viene de la mano con la erosión de la moral y de la responsabilidad y con el declive de la convivencia (41). El amor se gestiona como un negocio entre otros, y es en calidad de sujetos de derecho como los cónyuges llegan a la alcoba donde deben cumplir sus compromisos mediante las prestaciones correspondientes. Cuanto por exceso o por defecto -desfallecimiento sexual, requiebro desconsiderado- turbe la ejecución del contrato, se expone a una sanción penal (42). De ahí esos reglamentos universitarios que disponen que cada etapa de una relación física o amorosa entre estudiantes debe previamente haber sido objeto de consentimiento oral explícito (43). Los libertarians, abogados del proxenetismo, el trabajo infantil y la falsificación de moneda, no hacen sino radicalizar esa postura según la cual no hay más legalidad que la del consentimiento mutuo (44). Lo cual engorda la litigation society -es decir, la guerra de todos contra todos.
En una sociedad que "funciona sobre bases puramente contractuales y utilitarias -escribe Julius Evola-, exigir que uno de los agentes se sacrifique mucho o poco por el interés común y, más aún, por el interés de otro agente, parecería un puro absurdo, porque el conjunto, el elemento común, tiene por fundamento y por única razón suficiente el interés utilitario del individuo" (45). Muere, pues, la solidaridad. Evidentemente, cuanto más se distienden los lazos orgánicos, más se extiende la colonización jurídica de terrenos espontaneamente estructurados por la comprensión mutua, en particular la familia y la escuela. La injerencia estatal en los conflictos que ahí aparecen -por la vía de las intervenciones judiciales y de sus prolongaciones psicoterapéuticas- tiene por primer efecto el cosificar a los agentes sometiéndoles a reglas formales, de suerte que el objetivo inicial de la integración social se convierte en desintegración de los contextos de acción. Irónicamente, el heredero de la Escuela de Frankfurt comparte aquí los temores de Thomas Molnar, para quien la ideología liberal ha terminado por despedazar a la familia. Ésta, subraya Molnar, "es un grupo natural y no una organización signataria del contrato socal. Pero la tendencia actual es reducirla a éso, y hacia ese objetivo se dirigen las disposiciones legales" (47).
Tal cuadriculamiento del mundo vivo por el sistema de racionalización dominante supone un trabajo constante sobre el individuo. De ahí la necesidad de presentar a éste como un sustrato perfectamente plástico. A ello se emplea Jean-Marc Ferry, avanzando el concepto de identidad reconstructiva: los sujetos se inclinarían a remodelarse tomando de los diversos discursos culturales a los que están expuestos los sintagmas más próximos a los principios universales de la moral y del derecho, sin que se sepa, sin embargo, en virtud de qué criterios podrían ejercer correctamente su juicio, salvo aquellos criterios originales que aún conserven en su fondo (48). Las culturas de los pueblos son así presentadas como agregados modelables a voluntad, cuyos fragmentos, juiciosamente recombinados, compondrían un fruto más elevado -fiel transposición de la manera en que Taylor emprendió la reorganización "científica" del taller a partir de procedimientos ya existentes, pero considerados demasiado poco racionales. Los sujetos, reducidos a sus competencias cognitivas, son así asimilados a mecanismos "complejos de procesamiento de información, que producen información nueva, destruyen la información antigua y sobre todo transforman la que reciben" (49).
Naturalmente, tal postura no carece de intenciones ocultas, pues en realidad las respectivas argumentaciones siempre juegan un papel menor respecto a la relación de las fuerzas en presencia -comenzando por la capacidad de la cultura hegemónica (la técnica) para imponer la abstracción teórica como indicador del grado de humanización. "La regla se transforma en astucia, el bien se convierte en monstruosidad y el pueblo se queda perplejo", versificaba Lao-Tse (50). Tal perplejidad debe ser vencida, y por eso el trabajo consiste desde ahora, en buena medida, en romper las resistencias psicológicas y sociales. Eurodisney, el túnel bajo el Canal de La Mancha, las autopistas de la información... los ejemplos de technology push abundan, y en todos ellos la propaganda se afirma como una componente intrínseca de la modernización. Hoy no se podría producir la demanda sin la colusión de los poderes públicos y de los trusts, que cabalgan sobre sutiles estrategias de gabinetes especializados para superar la indiferencia, disolver las reticencias y persuadir a los futuros usuarios. A pesar de esos esfuerzos, las investigaciones muestran que lo más determinante a la hora de aceptar las tecnologías sigue siendo el temor al paro y al desclasamiento social (51). "Donde todo ha sido ya vencido, sólo queda convencer", exclamaba Raoul Vaneigem (52). ¿Pero bastará la pedagogía para imponer durante mucho más tiempo aún los cuadros tecnológicos dominantes?
Papel emblemático del ordenador en un universo reducido a procesos, contractualización del lazo social comprendido como un mercado de transacciones, individuos remodelables a voluntad: la sociedad postindustrial es ampliamente homotética con la empresa postfordista. Y es en este contexto donde se opera el trabajo indefinido de reconstrucción integral del mundo.
Reconstrucción y declive del salario
La modernización transforma la sociedad en una empresa general de reconstrucción que moviliza todos los recursos -materiales, sociales, psíquicos- y que se extiende a todos los sectores. Al medio de vida: mientras que en la ecología tradicional los poetas, a ejemplo de Virgilio, mantenían el amor por la naturaleza asimilándola a un paisaje del alma, el ecosistemista pretende regular la relación con el entorno con ayuda de punciones fiscales y de programas tecnocráticos (53). A la socialidad: las funciones de subsistencia y de regeneración del tejido social, que no hace tanto tiempo eran asumidas por las comunidades locales (en particular rurales), son hoy monetarizadas por el capitalismo y reglamentadas por el Estado -preocupado éste por reforzar su poder, aquel por extender sus mercados (54). Al individuo: ya se trate del rebuilding psíquico o del lifting identitario (en tres fases: determine qué quiere usted ser, elabore un plan de acción, viva según su nueva identidad) (55), la preocupación mayor de los psicoterapeutas es favorecer la circulación de los signos sobre el modelo del librecambio: el hombre sano ya no es el hombre arraigado, sino "el hombre que corre como un río cuyo flujo no es trabado por obstáculos muertos" (56).
Todo debe ser reconstruido. La alimentación, mediante la dietética o la nutrición artificial, para ser "más productivo, eficaz y performante comiendo" (57). La solidaridad, por el trabajo social (58); la enseñanza, por el "pilotaje" de los sistemas de educación" (59). Paralelamente, hay que reordenar el ocio para dar salida a los nuevos productos de consumo (espectáculos, multimedia, videojuegos), restaurar la fecundidad masculina dañada por la desvirilización, salvar la democracia amenazada por la televisión (60).
La feminista americana Hite interpreta como un fenómeno positivo la actual desintegración de la familia nuclear (61). Juicio que comparte una comadre francesa, socióloga accionalista, que quiere "ayudar a las mujeres a desatarse de la célula familiar tradicional, alienante" (62). Mañana, la paternidad será disociada en tres funciones: biológica (reproducción), social (patrimonial) y psicológica (educación), cada una de las cuales será objeto de remodelación técnica -respondiendo así a los deseos de Betty Friedman, que aspira a "reconstruir el ciclo de la vida" (63). La procreación médicamente asistida permitirá a la mujer parir a la edad de la menopausia sin haber tenido que sacrificar su carrera: ¡por fin la igualdad! Germaine Greer va más lejos: "Mi hijo -escribe- no tiene necesidad de saber si yo soy su verdadera madre" (64). ¿Será todavía su hijo, o el de la sociedad-espectáculo? Los asalariados, observaba Guy Debord, "son incluso separados de sus hijos, que antes eran la única propiedad de quien no tiene nada. Se les arrebata, a temprana edad, el control de esos niños, ya convertidos en rivales, que no escuchan las opiniones informes de sus padres y sonríen ante su flagrante fracaso: desprecian no sin razón su origen, y se sienten más hijos del espectáculo reinante que de esos domésticos que por azar los han engendrado: sueñan con ser los mestizos de esos negros" (65). (El hecho de que la ley coránica ofrezca un marco normativo estable para la relación entre los esposos, apartando el espectro de una colonización tecnológica de la paternidad, no es sin duda ajeno a la atracción que el Islam ejerce sobre un Occidente extenuado por la guerra de los sexos).
Cuanto más se profundiza en la destrucción, más florece el eslogan de la reconstrucción. Como escribe un órgano mutualista, "Reconstruir la sociedad es luchar" (66), es decir, movilizar -contra la exclusión, por la igualdad de oportunidades, el derecho a la vivienda, la justicia fiscal, la seguridad social, la creación de empleo, el reparto del trabajo, los servicios asistenciales, etc. Marcha forzada hacia el "desarrollo", que siembra cada vez más acritud y escepticismo a medida que progresa. Se hace así preciso mantener un ejército de asalariados para curar a los mutilados de la guerra económica y a los lisiados del progreso.
Al considerar al ente como objeto disponible para su empleo, la técnica moderna, según explica Heidegger, termina inevitablemente concibiendo al individuo como un maerial de construcción -un recurso humano. Tal engullimiento del hombre se refracta en la competición, el arte o la filosofía. Hace veinte años, Jean-Marie Brohm describía ya el deporte como "la matematización permanente del cuerpo humano y de sus capacidades"; el laboratorio o la organicidad natural se someten a la artificialidad técnica para fabricar una máquina humana eficaz (67). Ese era precisamente el motor que movía a Andy Warhol, según confesaba el propio maestro de la Factory: "Lo que me incita a pintar de este modo es que deseo ser una máquina, y tengo la impresión de que cuanto haga como una máquina, será lo que quiero hacer" (68). El performer australiano Sterlac expresa indudablemente esta pretensión al poner en escena una simbiosis entre lo humano y la técnica: "La nueva perspectiva -explica- es que el cuerpo puede ser colonizado por organismos sintéticos" (69). E incluso el diseño antropomorfo le parece obsoleto: "Ya no hay ni hombre ni naturaleza, sino únicamente un proceso que produce lo uno en lo otro y conecta las máquinas -explican Deleuze y Guattari-: yo y no yo, exterior e interior, son términos que ya no quieren decir nada" (70).
"Todo comenzó con esta frase de campo de concentración -protesta el poeta ginebrino Chappaz-, este ucase de los ministros (ministros de las futuras hambres y prostituciones): sobran un millón de campesinos en Europa" (71). El trabajo de modernización consiste, en efecto, en la destrucción deliberada de las relaciones específicas con el mundo, con el prójimo y con uno mismo que los pueblos habían instaurado, y en su sustitución por tecnologías industriales, productos culturales y prótesis psicológicas estandarizadas. Se trata de promover un cosmos objetivado, de congelar la maravillosa abundancia del universo donde siempre acaba germinando alguna metafísica sospechosa, de asignar al último hombre "un mundo distinto al de la vida, la naturaleza y la historia" (72). Y al final, es la propia cultura la que, en vez de fundar y ordenar lo económico, se convierte en su criada y en su juguete: "Occidente ha inventado un extraño sistema donde la economía no está enmarcada en las relaciones sociales, sino que son las relaciones sociales las que se enmarcan en la economía. Las otras civilizaciones habían evitado cuidadosamente esta inversión. Pero este sistema, al ser fundamentalmente irracional, no puede durar mucho más tiempo" (73).
Hoy, la expansión indefinida de la categoría trabajo y la concomitante tecnificación del mundo están cebando la descomposición de la sociedad salarial. Por una parte, su propia inflación termina por disolver la noción misma de trabajo, con las consecuencias de que el reparto del empleo asalariado parece arbitrario, la distinción entre parados y remunerados parece sin fundamento, y la jerarquía de los salarios resulta ilegítima, así como los estatutos que llevan consigo. Por otra parte, la relación salarial tramada en torno a la clase obrera se ha beneficiado de un legado donde la tradición proveía aún un mínimo vínculo social a través de la gratuidad de las prestaciones domésticas. Pero el impulso de la sociedad mercantil viene a desagregar hasta tal punto la socialidad, que no consigue financiar su reconstrucción total por el trabajo, y el sistema vacila bajo el peso de una carga tan gigantesca.
"Lo que tenemos ante nosotros -profetizaba Hannah Arendt- es la perspectiva de una sociedad de trabajadores sin trabajo, es decir, privados de la única actividad que les queda. No se puede imaginar nada peor" (74). La predicción parece exacta -y el temor, justificado- salvo en un punto: no va a ser el trabajo, sino el salario el que va a faltar cada vez más. Y esta crisis del sistema salarial va a dejar a un número creciente de hombres errando en medio de las ruinas.
Notas
(1) Cf. los trabajos de la Escuela francesa de la Regulación, especialmente Michel Aglietta y Anton Brender: Les métamorphoses de la société salarial, Calmann-Levy, 1984; Robert Boyer: La théorie de la régulation. Une analyse critique, Decouverte, 1986; R. Boyer e Yves Saillard (éds.): Théorie de la régulation. L'etat des savoirs, Découverte, 1995.
(2) V. respectivamente Ph. Messine: Les Saturniens. Quand les patrons réinventent la société, Découverte, 1987; Oscar Ortsmann: Quel travail pour demain?, Dunod, 1994; Benjamin Coriat: Penser à l'envers. Travail et organisation dans l'entreprise japonaise, Chrsitian Bourgois, 1994.
(3) Jean-Pierre Durand: "Cada acción conduce a resultados diferentes (...) de donde se podrá extraer las lógicas o principios esenciales de funcionamiento comunes" ("Du paradigme productique à la communication", en Technologies de l'information et société, 1990, 3, p. 58).
(4) Harley Shaiken, investigador en el MIT, da un ejemplo en Le travail à l'énvers. Automation et main-d'oeuvre à l'age des ordinateurs, Flammarion, 1984, p. 236.
(5) André Gorz: Métamorphoses du travail. Quete du sens, Galilée, 1988, p. 11.
(6) S. Craipeau: "La télématique dans l'entreprise", en Norbert Alter (ed.): Informatiques et management: la crise, Documentation Française, 1986, p. 111.
(7) En Understanding Computers and Cognition (Ablex, Norwood, 1987), Terry Winograd y Fernando Flores exponen los principios lingüísticos que permiten a un "coordinador inteligente" controlar las conversaciones que circulan en las redes electrónicas de comunicación.
(8) Dereck Partridge: "Social Implications of Artificial Intelligence" en M. Yazdani (ed.): Artificial Intelligence, Chapman and Hall, Cambridge, 1986, cap. 13.
(9) Martin Heidegger: Langue de tradition et langue technique, Lebeer-Hossmann, Bruselas, 1990, pp. 39 y 41 (texto de 1962).
(10) A. Gorz, op. cit., p. 158.
(11) Marc Stroobants: "La competence a l'epreuve de la qualification", en J.-P. Durand (ed.): Vers un nouveau modèle productif?, Syros-Alternatives, 1993, p. 279.
(12) Smaïl Aït-el-Hadj: L'entreprise face à la mutation technologique, Organisation, 1989, cap. 9.
(13) Yves Clot, Jean-Yves Rochex e Yves Schwartz: Les caprices du flux. Les mutations technologiques du point de vue de ceux qui les vivent, Matrice, Vigneux, 1990, p. 21.
(14) Jean Lojkine: La révolution informationelle, PUF, 1992, pp. 145 y 161.
(15) Harley Shaiken, op. cit., p. 137.
(16) Jean-Pierre Durand: "La realité fordienne du postfordisme", en E. Legrain (ed.): Mirages de l'apres-fordisme, L'Harmattan, 1992, p. 76.
(17) Cf. estudios de casos concretos en Technologies de l'information et société, 1994, 1, p. 26 y p. 51.
(18) Yves Clot et al., op. cit., p.122.
(19) Jean Chesneaux: Modernité-Monde, Découverte, 1989, p. 125.
(20) Jean-Louis Le Moigne: La theorie du système général, PUF, 1984, p. 116.
(21) Pierre Lévy: La machine univers, Découverte, 1987, p. 219.
(22) Claude Lévi-Strauss: Anthropologie structurale, Plon, 1958, p. 253.
(23) Cit. por Pierre Thuillier: "La science d'aujourd'hui est-elle dans une impasse?", en La Recherche, marzo 1984, p. 382.
(24) Paul Feyerabend: Tratado contra el método, Tecnos, Madrid, 1986.
(25) René Guénon: La crisis del mundo moderno, Obelisco, Barcelona, 1982.
(26) Georges Ferné: "La science, une nouvelle marchandise", en La Recherche, marzo 1989, p. 434.
(27) Jean-Pierre Durand: "Du paradigme productique...", art. cit., p. 65.
(28) J. Chesneaux, op. cit., p. 115.
(29) Etienne Balibar: Philosophie de Marx, Découverte, Paris, 1993, p. 116.
(30) Sherry Turkle: The Second Self. Computers and the Human Spirit. Trad. francesa: Les enfants de l'ordinateur, Denoël, 1984, cap. 5.
(31) Eric Laurent: La puce et les géants, Fayard, 1983, p. 173.
(32) Alvin y Heidi Toffler: Guerre et contre-guerre. Survivre à l'aube du XXI siècle, Fayard, 1993.
(33) Pierre Lévy: L'intelligence collective, Découverte, 1994.
(34) "Cyber Dico", en Actuel, octubre 1993, pp. 63-64.
(35) Es la llamada Tesis de Church, que afirma que toda acción puede ser expresada a través de procesos acabados e imitada por un lenguaje artificial. Cf. St. C. Shapiro: Encyclopedia of Artificial Intelligence, Wiley & Sons, Nueva York, 1987, p. 1.050.
(36) André Danzin: "La 'cultura' concebida como producto de un 'sistema experto'", en Revue international de systémique, 1987, 1, p. 8. Sobre el concepto de logicial social, cf. también Y. Lecerf y E. Parker: Les dictatures d'intelligentsias, PUF, 1987, p. 254.
(37) Gianni Vattimo (ed.): La sécularisation de la pensée, Seuil, 1988.
(38) Ph. Forget y G. Polycarpe: L'homme machinal, Syros-Alternative, 1990, p. 186.
(39) Pierre-André Taguieff, cit. en Eléments, junio 1994, p. 5.
(40) J. Deitch: "L'ére posthumaine est annoncé", Wave Gigazine, julio 1994, pp. 33-34.
(41) S. Halimi: "Marée judiciaire sur les Etats-Unis", Le Monde diplomatique, octubre 1993, p. 25.
(42) Fr. Gaillard: "La démocratie et le sexe", Les Lettres françaises, abril 1992, p. 15.
(43) Edward Behr: Une Amérique qui fait peur, Plon, 1995, p. 45.
(44) Walter Block: Défendre les indéfendables, Belles Lettres, 1993.
(45) Julius Evola: Los hombres y las ruinas, Alternativa, Barcelona, 1984.
(46) Jürgen Habermas: Teoría de la acción comunicativa, vol. II, Taurus, Madrid 1988.
(47) Thomas Molnar: L'hegémonie liberal, L'Age d'homme, Lausana, 1992, p. 39.
(48) Jean-Marc Ferry: Les puissances de l'expérience, vol.1: Le sujet et le verbe, Cerf, 1991, cap. IV.
(49) Dan Sperber: "De l'anthropologie structurale à l'anthropologie cognitive", en Préfaces, noviembre-diciembre 1988, p. 101.
(50) Lao-Tsé: Tao-Te King, cit. por Denis Huisman y Marie-Agnès Malfay: Les plus grands textes de la philosophie orientale, Albin Michel, 1992, p. 148.
(51) La literatura especializada detalla estos diferentes aspectos. Cf. T. Cronberg: "Les differences sexuelles dans la diffusion des technologies de l'information: le cas des centres de télécommunications danois", en Technologies de l'information et société, 1993, 1, pp. 35-52. Sobre el recurso al marketing para romper la resistencia del público, cf. M. Villette: L'homme qui croyait au managemente, Seuil, 1988, cap. 2.
(52) Raoul Vaneigem: Adresse aux vivants sur la mort qui les gouverne et l'opportunité de s'en défaire, Seghers, 1990, p. 77.
(53) Para una crítica radical de esta opción, J.-Ph. Faivret, J.-L. Missika y D. Wolton: L'illusion écologique, Seuil, 1980.
(54) Cf. la conferencia de Edouard Goldsmith: "Une société écologique: la seule alternative", en el XXVIII Coloquio nacional del GRECE, el 27 de noviembre de 1994. (N. de la R.: Esta conferencia será próximamente publicada en Hespérides).
(55) Anthony Robbins: L'eveil de votre puissance interieur, Edi-Inter/Le Jour, 1993.
(56) En la emisión radiofónica de David Stevens, "L'autre parallèle", Radio-Television Belga, 10 enero 1981.
(57) Michel Montignac: Mettez un turbo dans votre assiette, ou comment etre plus productif, efficace et performant en mangeant, Artulen, 1992.
(58) Cf. Alain Anciaux: L'evaluation de la socialité, De Boeck, Bruselas, 1994, que propone una "antropología operacional" para la reconstrucción técnica de las relaciones sociales.
(59) Cf. Gilbert de Landsheere: Le pilotage des systèmes d'education, De Boeck, Bruselas, 1994, que desarrolla una perspectiva puramente tecnocrática de la educación.
(60) Cf. Karl Popper y J. Condry: La télévision: un danger pour la democratie, Anatolia, 1995.
(61) Cf. Edward Behr, op. cit., p. 260.
(62) Christine Castelain-Meunier: Les hommes aujourd'hui. Virilité et identité, Acropole, 1988, p. 80.
(63) Cit. por Catherine Serrurier: Que sont nos maris devenus? La nouvelle guerre des sexes, Desclée de Brouwer, 1994, p. 166.
(64) Cit. por Pierre Vial: Pour une renaissance culturelle, Copernic, 1979, p. 106.
(65) G. Debord: In girum imus nocte et consumimur igni, Gérard Lebovici, 1990, p. 12.
(66) En En marche, bimensual de la Alianza nacional de mutualidades cristianas, Bruselas, 2 marzo 1995, p. 13.
(67) Jean-Marie Brohm: Corps et politique, Jean-Pierre Delarge, p. 205.
(68) Andy Warhol, en Beaux-Arts magazine, mayo 1986, p. 70.
(69) Paul Virilio: L'art du moteur, Galilée, p. 146.
(70) G. Deleuze y F. Guattari: L'Anti-OEdipe, Minuit, 1975, p. 8.
(71) Maurice Chappaz: Les maquereaux des cimes blanches, Zoé, Ginebra, 1994, p. 46.
(72) Friedrich Nietzsche: La gaya ciencia.
(73) Immanuel Wallerstein: "L'Occident, le capitalisme et le système-monde moderne", en Sociologie et sociétés, abril 1990, p. 50.
(74) Epígrafe a la obra de Robert Castel Les métamorphoses de la question sociale, Une chronique du salariat, Fayard, 1995.
[Hespérides, 12, Invierno de 1997, pp. 976-993]
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