TABULARIUM

La convergencia y nuestro futuro

[Manuel Funes Robert]


En el corto periodo de un quinquenio el ambiente económico que nos rodea ha vivido un cambio intenso y desconocido. Los males de siempre, compañeros habituales de nuestra existencia, aparecen envueltos en un clima de sumisión y dependencia a los mercados extranjeros de los que nunca teníamos noticia porque no influían —o lo hacían muy poco— en nuestras mentes y en nuestras decisiones. Todo se nos hace pensar de continuo en ganar credibilidad ante los que manejan los mercados de divisas, vemos a un vicepresidente salir despavorido de su despacho para hacer una proclama solemne ante el Congreso con el fin de tranquilizar a dichos mercados frente a unas declaraciones ambiguas de un ministro de Asuntos Exteriores. Con un ojo puesto en esos mercados, tenemos el otro puesto en las decisiones del Bundesbank, del Banco de España, de la Reserva Federal: es la segunda y moderna dependencia.

¿Credibilidad?

La razón de este inquietante cambio de panorama está en una contrarrevolución inadvertida que el mundo sufre a finales de este siglo y que anula la revolución positiva con la que empezó. El abandono de los patrones metálicos en los años 30 y la consiguiente e inadvertida nacionalización del medio de producción más importante, que es el dinero, revolucionó la teoría económica y la teoría del Estado, al dejar de ser las masas monetarias datos para los gobernantes y convertirse en variables. Y ese cambio trascendental, que parte en dos la historia económica del mundo, administrado bajo las ideas keynesianas nos ofreció la edad de oro del capitalismo con la aparición de la sociedad de consumo y el Estado del Bienestar. Los intereses afectados por ese cambio trascendental han logrado al final de esta centuria neutralizar aquella revolución positiva y arrancar a los Estados el poder transformador enriquecedor que habían alcanzado por primera vez en la historia. Mediante una autolimitación imperdonable de los políticos de nuestro tiempo, la cuantía, el precio y la distribución internacional de las masas monetarias financiadoras de la actividad económica, han sido privatizadas. Y ello mediante la autonomía de los bancos centrales y la liberalización de movimientos de capital. La inevitable fragmentación de esa masa en monedas distintas se ha convertido en la base de una modalidad nueva de usura a la que yo llamo usura triangular, que altera los cambios de unas monedas por otras, destruye el concepto de precio internacional de las mercancías. Luis Ángel Rojo hizo en el Congreso una elocuente descripción de estos males sin darse cuenta de que él contribuye a los mismos como representante muy cualificado del liberalismo monetario que pretende encubrir con apariencia de doctrina la comisión de tamaños desmanes.

Esta contrarrevolución está en la base de la crisis de la economía real y de las amenazas que se ciernen sobre el Estado del Bienestar. El ciclo histórico reivindicativo y revolucionario, que creíamos cerrado definitivamente, queda abierto de nuevo en la forma que describo en mi libro La lucha de clases en el siglo XXI (visión política de las crisis económicas de nuestro tiempo). Tratar de salvar la economía real mediante la sumisión absoluta a los dictados de esos mercados, intentando ganar su credibilidad, es inútil e ingenuo. En primer lugar, la credibilidad necesaria para que nos traten bien no está en nuestras manos, ya que una credibilidad mayor por parte de otros Estados anularía nuestro esfuerzo. Pero si esa credibilidad se consigue tendrá que ser intensa y continua para obtener de ella lo que en última instancia procuramos, que es financiación, un bien que tenemos en casa a precio nulo mediante el manejo de la política monetaria expansiva y el descenso de los fondos cautivos de la banca en poder del Banco de España. Lograda esa inestable credibilidad, nos exponemos a pagar el precio de una sobrecotización de la moneda con la consiguiente pérdida de mercados exteriores y del mercado interno. Estados Unidos ha vivido como ningún otro país este fenómeno y por ello muestra una soprendente indiferencia ante las caídas del dólar. La medida de la credibilidad conveniente, ni la conocemos ni la podemos controlar.

¿Competitividad?

Otro fenómeno típico y nuevo en nuestro ambiente es la cultura de la competitividad, proclamada en forma que se hace contraproducente. Al ligarla a la flexibilidad laboral, estamos logrando que el empresario piense más en despedir que en vender, que relacione su beneficio con la reducción del coste laboral y con la posibilidad de reducir cada vez más. Bajo esta cultura los empresarios se privan de clientes los unos a los otros creyendo que se liberan de cargas, y el consumo, fin y motor de la economía, se retrae no sólo por la escasa demanda de los que carecen de empleo, sino por la sobra de miedo de quienes lo tienen en precario. Y al obligarles a competir con escasa y cara financiación y con unos precios internacionales erráticos y móviles por obra de los tipos de cambio oscilantes, el remedio que se les ofrece se convierte en inútil o contraproducente.

La cuarta característica moderna del ambiente que nos rodea es la renuncia implícita pero masiva al ideal de progreso que de siempre motivó al hombre y que lo llevó a un aumento secular de su nivel de vida. La más brillante oferta política de nuestra hora es la de mantener la capacidad adquisitiva: es lo que se ofrece a pensionistas, funcionarios y trabajadores. De ello se deduce que lo normal en nuestro tiempo es perder posiciones en la carrera de la vida sin que nadie diga el por qué de esta renuncia trascendental que nadie predicó desde que quedó atrás la Edad Media. No faltan recursos reales, los avisos del Club de Roma pasaron a la historia, las reservas de petróleo recientemente encontradas superan con mucho a las contabilizadas en 1973, y el "cambio climático provocado por el hombre", que nos iba a dejar sin agua, acaba de verse drásticamente desmentido por la naturaleza. Nuestros males tienen su origen en lo que Keynes definió como "Un fallo en los procesos inmateriales de la mente".

¿Sacrificios?

El nuevo gobierno centra su oferta en la aceptación rígida de las condiciones de convergencia para acceder a la UME moviéndole a ello solo una fe inquebrantable sin otro apoyo expreso que el tópico y el lugar común. Sin reparar en que ofreciéndose el bien en forma de sacrificio previo generalizado, es preciso estar convencido y saber convencer de que el sacrificio será útil. Acto seguido añaden a ese objetivo básico el de luchar contra el paro y contra el déficit sin parar mientes en que los objetivos pueden ser incompatibles. De entrada apostamos con fe de carbonero por un proyecto cada vez más cuestionado en la Europa desarrollada que nos rodea cuando la mismísima Alemania se declara muy posiblemente incapaz de cumplirlo y cuando se empieza a vivir un fenómeno inesperado y sorprendente: Los países duros, los que van en primera velocidad, los que van a entrar en la moneda única desde el primer día, tienen miedo a los débiles, a los que van a quedar fuera por no merecer el aprobado en la convergencia. Descubren los poderosos que los segregados pueden entrar por el techo al encontrar cerrada la puerta, y que precisamente por quedarse fuera, van a acortar distancias reales con los duros y a deshacer o mitigar la Europa de las "dos velocidades".

La razón de este temor es que los out, por el hecho de su exclusión, van a tener las manos libres para el manejo de dos armas esenciales: el tipo de interés y el tipo de cambio. En consecuencia, libres de la obligación de dedicar el tipo de interés a conseguir credibilidad externa mediante la satisfacción de la usura o caprichos especuladores, van a poder dedicarlo al fomento del consumo y de la inversión interna, esto es, al fortalecimiento propio. Y mediante devaluaciones competitivas van a penetrar en el mercado de los duros, que por estar dentro, no podrán contradevaluar. Es la tesis de un arrepentido, Boyer, el cual colaboró en el comienzo de la UME aceptando su ideal estabilizador y hoy ve lo equivocado de sus tesis iniciales. Hemos de notar que en su arrepentimiento menciona el tipo de cambio, pero no el tipo de interés.

¿Convergencia?

Para desgracia de nuestra nación, al peor momento para mostrar una fe inquebrantable en la convergencia añadimos la peor interpretación del famoso condicionado. Se refiere éste a la inflación, al déficit, al tipo de cambio y a los tipos de interés. Poca inflación relativa, poco déficit en relación con el PIB, poca variación del cambio de la propia moneda y poca distancia entre los tipos de interés propios y exteriores. De entrada falta en dicho condicionado lo fundamental: el nivel de empleo o el nivel de renta per capita, y de ello se deduce que se puede converger a base de aumentar el paro, lo cual, por desgracia, es técnicamente posible.

Sobre la inflación diremos una vez más que es una enfermedad menor que afecta a la capacidad adquisitiva de las monedas y no necesariamente a la capacidad adquisitiva que interesa, que es la de las personas. A plazo medio o largo la inflación siempre pierde, sólo gana cuando gobiernan quienes la combaten en directo y la convierten en objetivo prioritario. Salvo en el caso de la vivienda, que es la excepción que confirma la regla, en relación con cualquier producto, la capacidad adquisitiva de las personas aumenta más de lo que pierden las monedas en capacidad adquisitiva. Este fenómeno secular y universal se produce porque y siempre que la producción aumente más que la población. Los ajustadores frenan la oferta al frenar la demanda, y nunca consiguen lo que desean y en cambio logran lo que no desean: el desempleo.

Sobre el déficit hay que decir que siendo distintas las naturalezas posibles de un desequilibrio contable y distintas las situaciones y puntos de partida de los países, es técnicamente irresponsable proclamar una regla única para todos los países y todos los déficits. Es un criterio sin respaldo cientifico o técnico. Una decisión arbitraria. En efecto, uno es el déficit que nace del empobrecimiento, que disminuye los ingresos ordinarios del Estado y aumenta sus gastos extraordinarios, que refleja y no causa el mal, y otro es el déficit que nace de un propósito de superar la crisis mediante lo que Keynes llamaba cebar la bomba. "Los ingresos del Estado dependen de los que trabajan, los gastos del Estado dependen de los que no trabajan" (Keynes). El pleno empleo es, por tanto, no solo un objetivo social. Es también un negocio público lícito y redondo. Sometidos al recurso fácil de los economistas ajustadores buscamos la eliminación del déficit reduciendo los gastos en lugar de hacerlo aumentado los ingresos, cosa ésta última posible siempre que haya paro de personas y de equipo y necesidades insatisfechas: es nuestro caso. ¿Por ventura no es preferible un déficit del 4% con un PIB que crece al 5%, a un déficit del 1% con un PIB de crecimiento 0? (1). La relación gasto-PIB es una fracción que disminuye reduciendo el numerador, que es el gasto... pero también aumentando el denominador, que es el PIB.

Vemos, pues, que sobre estas dos condiciones de convergencias podemos actuar de una manera directa, cruenta y contraproducente —reducir la demanda para luchar contra la inflación, reducir el gasto para luchar contra el déficit— evitando la solución grata y eficaz. Somos víctimas de una creencia vulgar que no debería nublar la mente de los estadistas: que lo grave tiene que coincidir con lo difícil.

Sobre el tipo de cambio, que es la tercera de las condiciones —en la segunda falta la alusión a la deuda pública, porque la incluimos en el endeudamiento general público— se falta también a la lógica y se ofende a la ciencia económica bien entendida. Porque aceptando y declarando positiva la movilidad internacional de capitales, el tipo de cambio queda fuera del control de cualquier país. Y el que quisiere estabilizar el cambio en medio de esa movilidad se verá obligado a condicionar la expansión, esto es, la manera fácil de cumplir con las anteriores condiciones, al capricho y veleidad del inversor extranjero. El tipo de interés deberá abandonar su misión interna para intentar sin garantía controlar una indefinible y errática credibilidad externa. Olvidan nuestros economistas que el tipo de cambio es el resultado de una comparación y que solo tenemos acción sobre uno de los términos de la misma, y como el extranjero cuya credibilidad imploramos solo atiende a equilibrios formales y en poco o nada al nivel de empleo y de vida de la población, tendremos que sacrificar lo principal a lo accesorio para cumplir con esta condición.

He aquí pues lo que hasta ahora hemos visto. Que las tres primeras condiciones pueden ser incompatibles, imposible una de ellas, y que pueden perseguirse por un vía fácil y por otra cruenta. Que no hay un solo estudio ni razonamiento que demuestre que de su cumplimiento se pueden derivar bienes públicos y privados. Se trata, pues, de una apuesta aberrante por lo desconocido interpretado de la peor manera posible.

¿Tipos de interés?

Dejamos para el final una condición distinta de las citadas y de gran trascendencia positiva: la homologación de los tipos de interés. El desconocido autor del tristemente condicionado para la convergencia no se ha dado cata de que la referida movilidad de capital no permite una política unitaria de tipos de interés, ya que los referidos movimientos afectarán ora a un país, ora a otro y la obligación de neutralizar el impacto de esos movimientos en los tipos de cambio —la tercera condición de convergencia— obligará a un país a elevar su tipo de interés y a otros a bajarlos. Quiere esto decir que este arma fundamental, guiada por el propósito de la convergencia y en medio de un mundo con libertad de capitales, tendrá que atender a objetivos contradictorios e incompatibles. Y es que el plan de convergencia es contradictorio e incoherente, y por tanto, inviable.

En todo caso, y siendo el nuestro el país de más altos tipos de interés —lo sigue siendo pese a las tímidas rebajas (2)—, podría ser el más beneficiado por el cumplimiento de esta cuarta condición. Entre nosotros, y dentro de la interpretación oficial —que he calificado de satánica— del orden de aplicación de las condiciones, se deja para el final la que deberíamos poner al principio y la que es la llave maestra, que por ser fundamental para la reactivación económica nos conduciría al cumplimiento automático y sin traumas de las condiciones anteriores: la referente a la inflación por el aumento de la oferta real, la referente al déficit por el aumento de los ingresos ordinarios y la disminución de los gastos extraorinarios del Estado.

Un tinte satánico adicional consiste no sólo en dejarla para el final, sino en declarar que sólo el cumplimiento previo de las anteriores condiciones permitirá aplicar la cuarta. Y como sin aplicar la cuarta no se conseguirá cumplir sanamente con las anteriores, vemos que añadimos a nuestra política económica una coartada siniestra.

En efecto, la rebaja drástica de los tipos de interés en España, llave maestra para la reactivación, es una medida fácil, gratuita, agradable y eficacísima precisa y justamente contra la inflación y contra el déficit. Fácil porque se consigue con una simple decisión del Banco de España. Quienes dicen que tal banco solo tiene acción sobre los tipos de interés a corto se equivocan. La inspiración keynesiana que guió la política económica predemocrática consiguió por una mera decisión estable de poder que nuestros tipos... cumplieran esa condición de convergencia durante más de treinta años (3). Gratuita, porque no cuesta un céntimo. Y agradable, porque todos la reciben con alborozo. El consumidor, el empresario y la bolsa saludan siempre las rebajas con alegría. Con ser mucho y bueno lo dicho con relación a la rebaja de los tipos de interés, nos falta lo principal: es eficacísima medida, en contra de lo que mantiene el vulgo, para luchar contra la inflación y contra el déficit.

El tipo de interés es un precio omnipresente, vive inserto en todos los precios, no solo los relacionados con la inversión y el consumo a crédito, también en todas las operaciones que se hacen al contado, pues lo que pagamos en el momento lo paga el vendedor con letras de cambio, y si a ésto unimos que el país de más altos tipos de interés es al mismo tiempo el de menor autofinanciación de toda Europa, nos damos cuenta del inmenso castigo a que tenemos sometida a la nación entera con la política de usura convertida entre nosostros en ley. Con tipos de tres a cinco puntos mayores que los demás y una autofinanciación tres o cuatro veces menor, el coste financiero es la maldición que impide a nuestras empresas levantar cabeza. No se entiende por qué el coste laboral en alza es inflacionista y el coste financiero en alza es deflacionista. No se entiende que para luchar contra la subida de los precios de las cosas sea bueno elevar el precio del dinero, que es la base de la fabricación de las cosas.

La homologación de los tipos, la condición cuarta, reduciría los costes y aumentaría la oferta de los bienes así como la demanda, con lo cual la baja del tipo de interés se erige en medida antiinflacionista por partida doble: reduce drásticamente los costes unitarios y aumenta las series productivas, con lo que disminuye el peso de los costes fijos. A sensu contrario, la elevación del tipo de interés dispara la inflación por aumentar los costes financieros de modo inmediato y directo y por disminuir las series productivas y repartir entre menos unidades los mismos costes fijos. No es casualidad, sino causalidad que el país de más altos tipos de interés —España— sea el de más inflación y mas paro. Nuestra propuesta aumenta la renta y por tanto el ahorro, que aparece al final como efecto y no al principio como causa. El fomento del ahorro es otro lugar común y otro error profesional y técnico de los rectores de nuestra economía (4).

La baja sustancial del tipo de interés es asimismo arma eficacísima para combatir el endeudamiento público. Ante un déficit, caben dos maneras de financiarlo: pedir prestado dinero, que hay que devolverlo junto con el alto interés necesario para recibir gran cantidad de préstamo privado. En esto piensan los liberales y ajustadores cuando dicen que "el déficit fuerza al alza los tipos de interés". Ellos no ven, ayunos como están de formación keynesiana, que la solución correcta es precisamente bajar sustancialmente los tipos de interés con lo cual el Estado recibe el dinero que necesita como consecuencia de la mayor actividad y sin tener que devolverlo. Se cambia financiar con dinero prestado por financiar con dinero ganado. Todo un negocio (5).

¿Mastrique?

La apuesta por Mastrique la asume el nuevo gobierno en el peor momento y bajo la peor de las interpretaciones. Al optar por la vía directa y cruenta podríamos converger al precio del empobrecimiento en ascenso. A este error suma el de abandonar la financiación nacional al capricho y veleidad de los mercados exteriores, con lo cual todo lo edifican sobre arena. Nuestra propuesta y alternativa no elude la convergencia, sino que descubre la posibilidad de apoyarse precisa y justamente en ella para acceder a la UME por la puerta grande del fortalecimiento y el pleno empleo (6). A los que dicen que esa baja de los tipos de interés, no ya para acercarlos a la media, sino para ponerlos, si preciso fuere, por debajo de la media europea, ahuyentaría el capital extranjero, les decimos: los inversores que se marchan al recibir menos por sus préstamos se verán sustituidos por los que vendrán atraídos por la mayor actividad. El especulador se verá sustituido por el emprendedor. La experiencia recientísima demuestra que el capital extranjero contaba y apostaba por la baja de los tipos de interés.

Y si esta compensación no se produjera, caerá la peseta y ello se convertirá en una segunda causa de recuperación al fomentar las exportaciones, con lo cual las divisas perdidas por la hipotética fuga se recuperarían por la venta de la exportación adicional que nacerá precisamente de la citada fuga. El que dijere que nuestro ahorro es escaso, debe saber que su frase sólo tiene sentido si se refiere a la financiación, no al excesivo consumo, que precisamente brilla por su ausencia. Y la fuente principal de financiación es la política monetaria. El ahorro sólo lo es para la financiación individual.

* * *

El PSOE llegó al poder en 1982 con un programa keynesiano y expansionista imprescindible para cumplir su promesa fundamental de los famosos 800.000 puestos de trabajo. Consintió que el arrepentido Boyer, a las órdenes de los monetaristas del Banco de España y de los autores del Pacto de la Moncloa (7), vetara el referido plan, tras lo cual se inició el crecimiento del paro hasta alcanzar las más altas cotas comunitarias y forzar, más que por la corrupción, el relevo político. Aznar está a tiempo de no repetir el error. Los pasos vacilantes y contradictorios indican una falta de convicción que puede ser positiva y dar lugar a un giro que puede apoyarse, precisa y justamente, en las condiciones de convergencia bien interpretadas y en las ideas y sugerencias de economistas extranjeros de gran nivel. El PSOE espera el fracaso para invertir en breve tiempo el dudoso resultado de las últimas elecciones.

Notas

(1) P. A. Samuelson propone y da su bendición a un aumento deliberado del déficit presupuestario para luchar contra el desempleo. Cf. su artículo "Cómo sería un desarrollo óptimo de la economía de Clinton", en ABC, 18-1-93.

(2) Los gráficos sobre los tipos de interés en el mundo en 1995 y 1996 son elocuentes. Se ve que el país de mayores tipos —España— los aumenta a lo largo del 95 cuando los países de menores tipos los mantienen o reducen. Solo en el 96 nuestro instituto emisor se suma al movimiento bajista, pero manteniendo una gran distancia. Dichos gráficos descubren también que los intereses al consumo varían del 11,50 al 14%, con lo cual es impensable reactivar la economía solo por este motivo. La enorme diferencia entre el tipo de interés básico y el final convierte en irrelevante las bajas de origen, aún en el supuesto, que nunca se da, de que se trasladase íntegramente al consumo.

(3) Cf. ABC, 29-1-96, p.41, donde se ofrece un gráfico comentado sobre la evolución del PIB per capita en tanto por ciento del PIB medio de la Unión Europea. Mide la convergencia real de España desde el 60 al 95 y se ve la correspondencia entre auge y caída de dicha aproximación con la variación de los tipos de interés. En 1975, España era 8,2 puntos más convergente que en 1985 y 1,6 puntos más convergente que en 1994.

(4) Cf. el Manifiesto de Samuelson, Modigliani, Tobin, Eisner y Dornsbuch aparecido en The Times el 28-4-87 sobre el paro en Europa, en el cual declara la política de restricción de la demanda seguida en toda Europa "como la razón principal" (as a major reason) del paro en ascenso.

(5) El Plan para España de Franco Modigliani, premio Nobel de Economía, expuesto el 11 de julio de 1993, coincide sustancialmente con nuestra propuesta y con la que en enero del 95 presentó para nuestro país otro premio Nobel, Solow. Modigliani se equivoca en nuestra opinión al atribuir parcialidad a los sindicatos, a los que acusa de defender a los que tienen trabajo a costa y a expensas de los que no lo tienen. Modigliani ignora el grado de precariedad de nuestra contratación laboral, precariedad que borra las fronteras entre empleado y parado.

(6) Luis Ignacio Parada (en ABC, 18-2-96) declara nuestro sistema "de obligatoria lectura".

(7) En julio del 77 llegaron al poder con 700.000 parados y lo abandonaron en febrero del 79 con 1.500.000.

[Hespérides, 12, Invierno de 1997, pp. 881-890]


ANTERIOR       ARCHIVO       SIGUIENTE
 
PRINCIPAL   QUÉ ES   OBSERVATORIO   PERÍMETRO   PLIEGOS   NEXUS   E-MAIL   PORTUGUES