TABULARIUM

"Algo está cambiando
en el interior de las personas"

[Entrevista con Fernando Sánchez Dragó]


—Pregunta: Gárgoris y Habidis, para una determinada generación, la de los nacidos en los años 60, supuso un revulsivo muy importante. Educados primero en el catolicismo oficial del régimen de Franco, reeducados después en el laicismo oficial de la Transición —un puro efecto de péndulo—, he aquí que de repente nos llega un señor que había atravesado esas etapas muchos años antes y nos escribe la historia espiritual del país muy por encima tanto de la vieja religiosidad como del agnosticismo dominante. Con Sánchez Dragó, descubrimos que toda nuestra historia era historia sagrada y que todo el país era puro espíritu. ¿Eres consciente del peso generacional de ese libro?

—Respuesta: No lo era, desde luego, cuando lo escribí, y ni siquiera en los años siguientes, a pesar del éxito del libro. Pero luego, poco a poco, he ido cobrando conciencia de ello. El último episodio ha sido con el escritor Jesús Ferrero. Hace cosa de un mes coincidí con él y me dijo más o menos éso mismo: que para todos los escritores de su generación yo era el hermano mayor por el efecto estimulante de Gárgoris y Habidis. A través de estas cosas me he ido dando cuenta de que el libro tuvo un alcance que yo, desde luego, no había calculado. Eso es lo bonito de los libros: el lector siempre los va enriqueciendo de una forma pasmosa. El escritor es como una caracola en la que resuenan cosas que él mismo no controla.

En cierto modo, a la vista del conjunto de tu obra, da la impresión de que Sánchez Dragó ha venido a ser el anunciador de la muerte de la "generación progre" en España. Más allá de las nostalgias por la juventud perdida, ¿es ese anuncio el certificado de defunción de una determinada ideología, incapaz ya de ofrecer alternativas ante la gran crisis del siglo?

—Sin duda. Es verdad que yo he extendido el certificado de defunción de todo aquello, y creo que era una persona especialmente cualificada para hacerlo, porque había sido un protagonista visceral de esa época. Yo fuí un líder de aquel progresismo, y al dejar de abanderar aquello se me convirtió, aunque yo no lo buscaba, en el abanderado de la opción contraria, entre otras cosas por esa tendencia que muchos tienen, y que yo detesto, a convertirme en líder de cosas, cuando soy la persona del mundo que menos sirve para convertirse en líder de nada. Pero, sí, fuí el primero en romper las vestiduras del progresismo, como antes fuí uno de los primeros en romper las del franquismo en la Universidad. Por eso me ha tocado esa función notarial, pero no la he buscado ni me siento cómodo en ella: mi mayor enemigo, como digo en La del alba sería, es el dualismo, y ésto que estamos planteando es también una forma de dualismo. Yo lo que quiero es convertir todo en anverso y reverso de una misma moneda, y esa es la tentativa de este libro.

De la muerte

—Un libro, por cierto, que parece escrito con la visión de tu propia muerte ante los ojos. Y sin embargo, a tus sesenta años tienes un aspecto envidiable. ¿Es un ejercicio ritual de muerte en vida? ¿Quizá se trata de vivir, como querían Mishima o los místicos, como si se fuera a morir al día siguiente? ¿Es el reflejo de una evolución interior?

—Yo me he sentado a escribir este libro en un momento en que tengo clarísima la vivencia de la muerte. Por mil razones. Me he acercado al fenómeno de la muerte, en primer lugar, biológicamente —es la inevitabilidad del envejecimiento—, y luego por el camino del conocimiento, no por el camino de la fe. He investigado mucho sobre ello por el camino de la praxis y por el de la teoría —porque la gnosis es praxis y teoría—, y he tenido muchas experiencias de muerte en vida, ya inducidas por drogas enteogénicas, ya experiencias propiamente iniciáticas de muerte y resurrección. De estas experiencias nace esa convivencia cotidiana que mantengo con la muerte, y por ella considero que ha llegado el momento de escribir La del alba sería, un libro que está escrito más desde el punto de vista de la muerte que desde el de la vida. El grabado que sirve de portada al libro, ese seppuku que yo mismo compré en Japón, converge en ese sentido: mediante la apertura del vientre, el espíritu vuelve al Cosmos para fundirse en él. Y este libro es éso: a través de esa muerte pretendo alcanzar la liberación que supone la devolución de mi espíritu al Cosmos.

Y eso en una época como ésta, en la que decir "muerte" es de mala educación...

—Es verdad. Éso es una cosa que nos viene, como tantas otras malas cosas, de los anglocabrones: ocultar la muerte, maquillar el cadáver como si siguiera vivo, pretender ignorar el fenómeno más importante de la vida... Es monstruoso: negarse a admitir lo que sin duda es lo más importante de la vida. Pero, una vez más, nos encontramos ante la ruptura entre las vastas minorías silenciosas y el discurso oficial del sistema de valores dominantes. Porque la mayoría de la gente, cuando hablas con ella, manifiesta un interés extraordinario por la muerte. Hay un gran divorcio entre lo que la gente es y lo que el sistema nos quiere hacer creer que es. Y nos hallamos también, otra vez, ante el papel que juega la información, porque la prensa sólo habla de lo que es oficialmente correcto. Afortunadamente, creo que la gente sabe muy bien lo importante que es la meditación sobre la muerte.

Llama la atención, a lo largo de La del alba sería, la continua prevención contra la impostura. ¿Tan convencido estás de que los "mandarines" no te van a creer, o que te van a tomar por un impostor? ¿O es que lo que nos anuncias es tan increíble que hay que poner la venda antes de recibir el golpe?

—Todo éso, todo éso. Por supuesto, me duelo en banderillas. Ten en cuenta que entre mis amigos ha habido muy pocos que comulguen ideológicamente conmigo. Ahora ya sí: con personas como Oleza, como Isidro Palacios o como tú, se ha creado lo que yo llamo "el grupo gnóstico", pero éso ha sido en los últimos años, a raiz de El mundo por montera, de los cursos de El Escorial, etc. Pero hasta ese momento, yo he sido un náufrago. Todos mis amigos son los progres. Y sí, siguen siendo amigos, y me leen y me dan una palmadita en el hombro: "las fantasías de Fernando", dicen, pero no se creen que yo esté hablando en serio; creen que son experiencias literarias y las aprecian como tales, lo cual les agradezco, porque el libro también tiene esa lectura: quien no crea en todo ésto y crea que todo son paparruchas, espero que lo pueda leer como buena literatura fantástica. Pero todo esto es cotidiano en mi vida, porque todos mis lazos personales son con la progresía, se hicieron en aquellos años. Por eso me siento tremendamente solitario, y no sólo en ese terreno: también en el mundo de la literatura. Yo he transitado por los cenáculos literarios de este país casi desde la adolescencia, ya fuera por el café Gijón, ya por la lucha universitaria contra el franquismo, en las revistas literarias... Pero ellos siguen considerando lo que yo creía antes, a saber, que la literatura era un fin en sí mismo, una especie de secta religiosa, y en cambio yo ya no lo creo, creo que la literatura, como todo, está al servicio teleológico de una determinada finalidad, no es un fin en sí misma.

Por eso, como escritor, me siento horriblemente solo; únicamente he empezado a encontrar un poco de calor ideológico ahora, con todos vosotros, y eso se refleja en el libro: continuamente estoy diciendo "no me van a creer", "no me van a creer"; cuando yo sé que me estoy haciendo un seppuku, que todo lo que cuento en el libro, verdad o mentira —porque a lo mejor soy un visionario loco— es verdad, es mi verdad, es mi vida, todas esas cosas me han pasado, y, claro, se me hacen los dedos huéspedes, e insisto en ello. Por otra parte, también me doy cuenta de que las experiencias que narro son tan difíciles de digerir en una sociedad como en la que vivimos, que pongo la venda antes de recibir la herida.

El genio del paganismo

—La idea central del libro es, sin duda alguna, el rescate de una cierta forma de entender lo sagrado. Tú citas permanentemente a Jung, pero no es difícil descubrir por ahí también a Heidegger y su paganismo filosófico a la búsqueda del Ser. También Gargoris y Habidis era un libro pagano, como lo sigue siendo, en el fondo, la religiosidad popular, y toda aquella religiosidad que está pegada al mundo vivo. ¿Tú eres pagano?

—Me encuentro muy cerca del paganismo. De todos los caldos de cultivo sacramentales o religiosos con los que me he topado en mi vida, en el que más cómodo me encuentro es en el del paganismo que precede a la difusión del cristianismo en el Mediterráneo. Ese momento, el momento de Isis, de Mitra, el momento en que las religiones iniciáticas se apoderan del Mediteráneo y se mezclan con el paganismo... ¿Qué es el paganismo? El resumen del paganismo, a los ojos de una persona común, es hic et nunc, "aquí y ahora", carpe diem... Pero éso es también lo que nos dice el budismo, el hinduísmo, cualquier trance de meditación: sólo existe el aquí y ahora, el espacio no existe, el tiempo no existe...

Naturalmente que me encuentro ahí muy cómodo, y mi búsqueda de Jesús se inscribe en esa vía, porque para mí Jesús es un héroe pagano, un héroe dionisiaco que en medio de todo lo contrario, en medio de la cárcel del judaísmo, que es lo más alejado del paganismo que pueda existir, intenta, basándose en Isis y en Mitra, romper esos barrotes. Luego llega San Pablo, judío, y convierte a ese héroe pagano en todo lo contrario, en la más monstruosa falsificación y en el más monstruoso fraude que se ha producido hasta ahora en la historia universal, sobre todo por sus consecuencias para esa misma historia universal. Llevo años trabajando en una extensa obra sobre Jesús en la que estudio en detalle todo ésto. Yo me he quedado escalofriado al leer detalladamente la Biblia, ese libro que es el quicio alrededor del cual gira toda la historia universal —la historia del mundo oriental también es, por desgracia, la historia del mundo occidental, que se ha metido en él—, y al leer ese libro monstruoso, que no refleja el pacto con Dios alguno, sino el pacto con el Demiurgo, con el demonio, entiendes todos los males que se achacan a la sociedad contemporánea, incluso las denuncias procedentes de los progres: el racismo, el machismo, el militarismo, el economicismo... Todo éso está ya perfectamente establecido en la Biblia. Contemplas al trasluz de esa falsilla la historia universal y cada pieza se ordena.

Y, claro, el paganismo es la fuerza contraria a la fuerza del monoteísmo, a la fuerza del judaísmo. Yo siempre he dicho que, de tener que convertirme —cosa que no voy a hacer nunca—, la última religión a la que me convertiría sería la judía, después a la protestante y después a la católica. ¿Por qué prefiero ser católico a ser judaico o protestante? Porque, por lo menos, el catolicismo refleja el paganismo; el paganismo se "cuela" de tal forma en el catolicismo que deja de ser un monoteísmo: todos los santos del catolicismo son santos paganos, les han puesto un san delante y les han cambiado el nombre. De las vírgenes, ni te cuento. Y los "lugares de poder" del paganismo se convierten en capillas, en ermitas, en catedrales... Esa enorme veta pagana que recorre el catolicismo es lo que lo rescata, en definitiva, y lo que convierte al catolicismo, muchas veces, en una gran apuesta de arte, de imaginación y de libertad como se manifiesta en Leonardo, en Miguel Ángel... y todo lo que el catolicismo ha supuesto en el terreno de la creación, más que en el del pensamiento, para la cultura universal. Y ahí coincido mucho con los planteamientos de Alain de Benoist: el rescate del paganismo. Y además es que es lo nuestro, lo mío, donde yo me siento cómodo: al fin y al cabo, yo no he nacido en un mundo de túnicas azafranadas y del Om que llevo en el pecho; pero sí he nacido en un mundo pagano. España, quieras que no, es un país pagano, afortunadamente. Y mi adoración de las fiestas populares y de la sanjuanada de Soria, y de los sanfermines, y de la jota, etc... el paganismo está vivo ahí. Y mi heterónimo es Dionisio, con lo cual está dicho todo.

Cuatro episodios cruciales

¿Qué hay detrás de todo eso? Herman Hesse decía que "el camino es el carácter". Mi carácter, mi destino, me convierte en un cosmopolita. Yo continuamente repito aquella frase de los alejandrinos de que "la verdad es cosmopolita". Ellos añadían por lo bajinis "y sobre todo helénica". Yo digo: "la verdad es cosmopolita" —y añado por lo bajinis: "y sobre todo ibérica", porque yo soy ibérico. Pero detrás de éso está la Tabula esmeraldina, que me hizo entender el primer episodio crucial de mi existencia y que es el principio del segundo volumen de estos encuentros con lo invisible que he abierto con La del alba sería.

En mi existencia hay cuatro episodios cruciales que marcan estos encuentros con lo invisible: el primero es la enfermedad en la que yo tengo mi primera NDE (near death experience: "experiencia cerca de la muerte"), en la que estoy a punto de morir por una neumonía que se convirtió en pleuritis y luego en un infiltrado; aunque yo no entendí lo que me ocurrió entonces, con dieciseis o diecisiete años, lo entendí luego, veinte años después, cuando leí la Tabula esmeraldina. El segundo episodio es el de Benarés, el más conocido: la danza del Sol sobre el Ganges. El tercero es cuando el Barón Siciliano, Francesco Bartoli, me da a probar el LSD; es un episodio que cuento, trasladado a Bali, en El camino del corazón. Y el cuarto episodio es cuando, hace ocho o nueve años, caigo en un ataque de pánico debido a que había cogido la costumbre de tomarme las pastillitas para dormir por culpa del éxito de Gárgoris y Habidis, y un buen día, aprovechando una gripe, después de haber estado tomando siete u ocho años esas pastillas, decido dejar de tomarlas y me sucede de todo: ese ataque de pánico que está en el trasfondo de mi supuesta conversión. No puedes ni imaginarte lo que yo veía en esta habitación: no me atrevía a ir por este pasillo de un lado a otro de la casa; fui con mi hija Aixa, que entonces tenía 6 años, al Parque de Atracciones y yo, el guerrero, Aquiles el de los pies ligeros, no me atreví a subir en la montaña rusa... me asomé a la locura, oí el Big bang, me precipité por todos los agujeros negros del tiempo, el espacio y las galaxias y me di cuenta de que no era Aquiles el invulnerable, sino una miserable partícula, y entonces es cuando paso de la alta teología iniciática a otra vida entendida como servicio al prójimo, caridad, etc. Me acerco mucho al cristianismo por esa vía, y ahí es cuando se empieza a hablar de mi conversión.

Pues bien: en el primer episodio crucial de mi existencia, hay un momento en que la enfermedad hace crisis, me veo llevado al borde de la muerte y hay una noche —mi madre lo recuerda perfectamente: es el testigo último de todas estas cosas— en que yo, a las tres de la mañana, me despierto bañado en sudor, con un terror tremendo. Empiezo a gritar; recuerdo que había una lámpara con una enorme flor rosa (quizá la famosa flor amarilla, aunque ésta fuera rosa) colgada del techo, que la tengo clavada como si me hubieran dado con ella un puñetazo en las pupilas; mi familia viene asustada y, al día siguiente, ya estaba yo curado. Pero en ese momento, cuando la enfermedad hace crisis, lo que yo estoy tratando de comunicarle a mi madre, en medio de un terror que era el terror del no-conocimiento, porque yo era incapaz de entender nada, es que yo había sido llevado al lugar de la muerte. La frase que yo gritaba con mi torpeza, mi desconocimiento infantil de adolescente, tratando de que mi madre entienda lo que me está pasando, es una frase incomprensible que sólo entenderé veinte años después. Esa frase es: "El piso es toda la casa; el piso es toda la casa". Hoy la interpreto así: el piso es el Uno y la casa es el Todo. Me dí cuenta de que el apartamento en que estaba viviendo era todo el edificio y de que a su vez todo el edificio era también el apartamento, y eso me rompía todos los esquemas que había aprendido en el colegio y me aterrorizó.

Bien: éso es la experiencia mística, una experiencia unitaria que explica que desde cualquier parte del Todo puedes trasladarte a lo Uno o desde cualquier parte del Uno puede trasladarte a cualquier parte del Todo. Hay personas que por su carácter, su destino, su karma, no salen nunca del Uno y no llegan nunca al Todo, y hay otras que por las mismas razones tienen que ir picoteando aquí y allá y se convierten en filósofos alejandrinos, cosmopolitas, como lo soy yo. Pero todos esos caminos conducen siempre a la misma conclusión: monismo, monismo, monismo; unitarismo, unitarismo, unitarismo. Ése es el grito.

Técnica y Nueva Era

—El pensamiento moderno ha querido sustituir la interioridad tradicional, que es de carácter espiritual, por otro género de interioridad, fundamentalmente intelectual, que gira en torno a la autoconciencia del sujeto. Es lo que se ve en Descartes, Kant y Hegel, por ejemplo. ¿Crees que ese tipo de interioridad exclusivamente psíquica puede ofrecer una solución a los problemas espirituales de este tiempo?

—No sé si a éso que propone la modernidad se le puede llamar interiorización o si se trata más bien de un fenómeno de autoencapsulamiento para cortar cualquier amarra, cualquier vínculo de comunicación con todo lo que te resulte incómodo. Éso que está sucediendo ahora, el fenómeno cocoon, que es un fenómeno exterior, es la cara de un fenómeno interior: la gente se encapulla, por ejemplo a través de la informática. El ordenador o Internet llevan a cabo ese encapullamiento. Aquí hay un fenómeno de aparente interiorización, pero en realidad es todo lo contrario: Internet corta tus amarras con la vida y te hace pasar a una realidad virtual. Internet es un sucedáneo de vida, como lo había sido ya la televisión. La historia de la tecnología es la progresiva transformación de la esencia en sucedáneo: la sustitución demoníaca de la realidad por una simulación de esa misma realidad. La gente cree que mirando Internet está yendo al Museo del Prado y está viendo Las Meninas. No es verdad. ¿Se puede hacer el amor por Internet? No: sólo hay una forma de hacerlo. La interiorización de la modernidad es sólo una metáfora de ese encapsulamiento egoísta y absolutamente demoníaco, que en realidad es el Anticristo, el fin del mundo, la muerte de la Palabra. Es otra cosa en la que incido mucho: la Palabra no es una suplantación de la realidad en ningún momento, es todo lo contrario; pero la imagen, tal y como se maneja a través de la técnica, sí lo es.

En La del alba sería cubres de justificados vituperios el fenómeno de la denominada Nueva Era. Y sin embargo...

—Un fenómeno satánico...

...Y sin embargo se te ha señalado como líder de ese movimiento. Vamos a aclarar el asunto.

—Es esa eterna tendencia de la que hablaba antes a hacerme líder de cosas que yo no busco. ¿Por qué me convierten a mí en líder de la Nueva Era? Yo tengo la sensación de ser el último infiltrado en el sistema. A mí se me ha permitido colarme, y fuí el último al que se le permitió tal cosa. No se ha vuelto a repetir ese fenómeno. ¿Por qué se me ha permitido hacerlo a mí, con mi visión del mundo y con las cosas que escribo y digo, y viene la ministra de Cultura a la presentación de mi libro, y soy discutido pero respetado, y se me confían programas de televisión, y se me dan cátedras en universidades...? Esto no pasa con nadie. Generalmente, la gente que dice las cosas que yo digo son proscritos, son "leprosos", no les dejan que asomen la cabeza. El caso de Isidro Palacios es un buen ejemplo de ello. ¿Por qué a mí sí? Cuando volví a España yo tenía el pedigrí perfecto: héroe de la lucha antifranquista, amigo de todo el mundo, sabía hacer programas de televisión, hablaba de cosas raras que aquí la gente ignoraba... Y se me permitió colarme: se me da el premio nacional de Literatura, etc. Y llega un momento en que me convierto en un cadáver tan voluminoso como el de Ionesco y no pueden echarme por la ventana, porque ya no quepo por ella: me han inflado demasiado. Y me dejan publicar en las grandes editoriales, y firmo en los grandes centros comerciales, y venga bombo y platillo; a sujetos de mi catadura nunca se les permite hacer esas cosas.

Y éso, claro, hace que inevitablemente se me convierta en el foco de atracción de todo ese delirio convertido en supermercado espiritual que es la Nueva Era. Y yo eso lo llevo con mucha incomodidad, porque continuamente todos los que están metidos en esta onda de la Nueva Era acuden a mí. Y a veces acuden gentes sensatas, pero en el 90% de los casos acuden los insensatos que pueblan este mundo. Si te dejo oir mi contestador telefónico te puedes quedar alucinado de las cosas que me proponen y me dicen: estoy asediado, y por éso me marcho a Oriente, muy lejos, entre otras cosas para salir de este mundo, porque, claro, tampoco puedo darles un palo en la cabeza. En fin...

Los signos de la crisis

—Otra constante de tus intervenciones públicas es la disidencia respecto a la fractura derecha/izquierda... Casi todo el mundo parece estar de acuerdo en éso. Pero el debate empieza cuando se plantea por dónde surgirán las nuevas opciones ideológicas. Las llamadas "nuevas convergencias" (ecologismo, anti-utilitarismo, comunitarismo, populismo, etc.) ofrecen una primera plataforma. ¿Cuál es tu impresión?

—Esta es la pregunta más difícil del momento. ¿Cómo se va a traducir concretamente la crisis de valores y de viejas representaciones que estamos viviendo? ¿Qué formas concretas de organización social tienen que asumir todas estas ideas que personas como nosotros, con nuestra visión del mundo, venimos proponiendo? Sin duda los tiros van a ir por todas esas vías que tú has citado. Lo primero que hay que desterrar es esa idea demencial de que la felicidad de los individuos depende de la riqueza, y más aún, de que la riqueza se puede alcanzar no a través del trabajo, sino a través del juego malabar del monetarismo. Y también la idea demencial de que la prosperidad y el bienestar dependen exclusivamente del consumo. Eso tiene que desaparecer, y ésta desapareciendo ya: ese retraimiento del consumo que denuncian todos los líderes políticos no es un fenómeno español, sino universal. Y no creo que sea un fenómeno sólo de coyuntura económica —la crisis—, porque está durando ya demasiado: la economía ha vuelto a reactivarse, pero no está regresando el consumo como pensaban los gurúes de la economía. Ahí tenemos el caso japonés, que ahora estoy viviendo muy de cerca. Algo está pasando en el interior de las personas. La gente está volviendo a tener dinerillo suelto en el bolsillo para gastárselo, y no se lo está gastando, o al menos no en la medida en que se esperaba.

Yo tengo la esperanza —a lo mejor no es más que una ilusión frustrada más— de que ésto implique una cierta toma de conciencia respecto al consumo. Y no por el consumo en sí, sino porque semejante toma de conciencia frente al consumo supone tomar conciencia de la gran crisis ecológica que estamos sufriendo y que, probablemente, es la que va terminar produciendo ese gran tantarantán tantas veces anunciado; éste no se va a producir porque aparezca el Anticristo montado a caballo, ni porque gane las elecciones un cantante de óperas o de boleros, ni porque las hordas del Tercer Mundo invadan los castillos de la prosperidad... Todo estos son factores relativamente de poca importancia frente a ese otro factor gravísimo que es el de la ecología. Estamos viviendo en un mundo y nos lo estamos cargando. Es un delirio tan brutal que la gente se está dando cuenta, quizá mucha de ella oscuramente. Yo creo que por ahí viene la crisis del sistema, y por ahí vendrá también algún tipo de organización social que tendrá que inspirarse en las viejas culturas y hacer un pacto con la madre Tierra, en lugar de considerarla como una cuenta bancaria contra la cual podemos extender cheques sine die.

Ahora bien: ¿Cómo se va a hacer éso? ¿Se puede hacer éso? ¿O hemos sobrepasado ya la línea de alerta roja y lo que se nos viene encima es una hecatombe como la de la Atlántida y un regreso a la edad de las cavernas? ¿Estamos a tiempo de reconsiderar las cosas? Yo creo que no. Lo que está pasando en Africa es un síntoma clarísimo. Y eso no tiene ya solución. El origen de lo que está pasando en Africa es la transculturación. Es un hecho brutal y aparentemente irreversible por culpa, entre otras cosas, de la tecnología. Y en el terreno pedestre de la organización social y política, la transculturación significa que el hombre se vuelve loco. Es horrible. En este momento no hay ni un sólo rincón del mundo que no haya sido transculturado. Lo han sido incluso los propios transculturadores, como se ve en su máxima expresión, que son los Estados Unidos. ¿Qué va a salir de todo éso? Recuerdo lo que decía Hans Castorp al final de La montaña mágica, cuando recorría toda Europa después de salir de un hospital en guerra, y se preguntaba: "¿De todo ésto se levantará el amor algún día?". Es lo único que yo puedo decir.

[Entrevista realizada por José Javier Esparza, Hespérides, 12, Invierno de 1997, pp. 927-937]


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