El nuevo "Nomos" de la Tierra
[Carl Schmitt]
Tratamos aquí del nomos de la Tierra. Eso significa que consideramos la Tierra —el astro en el que vivimos— como un todo, como una esfera, y que buscamos su ordenación global. La palabra griega nomos, que empleamos para designar esta ordenación fundamental, viene del infinitivo nemein. Nemein es la misma palabra que el alemán nehmen, "tomar", "coger". Así que nomos significa, primero, tomar o coger algo; después, significa también el reparto y la división de lo que se ha tomado; por último, expresa la explotación y la utilización de lo que se ha adquirido mediante el reparto, es decir, la producción y el consumo. Coger, repartir y aprovechar son todos ellos procesos elementales de la historia de la humanidad, tres actos de un drama primordial. Cada uno de esos tres actos tiene su propia estructura y su propio proceso. Por ejemplo, el reparto presupone medir, contar y evaluar lo que se va a repartir. Las palabras proféticas: "contado, pesado, repartido" (-mene, tekel, ufarsin), en el quinto capítulo del Libro de Daniel del Antiguo Testamento, remiten al segundo acto del drama primordial en tres actos: el nomos de la Tierra.
Siempre ha habido un nomos de la Tierra. En todos los tiempos, la Tierra ha sido tomada, repartida y explotada por los hombres. Pero antes de la era de los grandes descubrimientos, es decir hasta el siglo XVI de nuestra era, los hombres no tenían ninguna concepción global del Astro sobre el cual vivían. Tenían una imagen mítica del Cielo y de la Tierra, de la tierra firme y de la mar, pero la Tierra aún no había sido medida como un globo y nadie se aventuraba en los grandes océanos. Su mundo era puramente terrestre.
Cada pueblo poderoso se consideraba a sí mismo como el centro del mundo, y a su esfera de dominación, como la casa de la paz, fuera de la cual reinaban la guerra, la barbarie y el caos. Eso significaba en la práctica que estos pueblos podían conquistar y pillar con la mejor conciencia hasta que se encontraran con una frontera. Entonces construían una fortificación, un limes, una Muralla china, o bien situaban en las columnas de Hércules o en el océano el límite del mundo. La única "tierra habitada" —la oekumene, en griego— era su propio imperio. Tal era el nomos de la Tierra en el primer estadio, cuando los hombres aún no tenían ninguna concepción global de su planeta y cuando los grandes océanos mundiales del poder humano todavía no eran accesibles.
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Este primer nomos de la Tierra fue destruido hace casi quinientos años, cuando se abrieron los grandes océanos planetarios. Se navegó alrededor de la Tierra y se descubrió América —un continente completamente nuevo, antes del todo desconocido y cuya existencia ni siquiera se sospechaba—. De estos descubrimientos de territorios y de mares nació un segundo nomos de la Tierra. No se pidió su opinión a quienes así fueron descubiertos. Los descubrimientos se hacen siempre sin permiso de aquél a quien se descubre. Los descubridores eran pueblos europeos que tomaron el planeta, lo repartieron entre ellos y buscaron su propio provecho. Así este segundo nomos fue eurocéntrico. El continente americano recién descubierto fue utilizado, primero, bajo forma de colonias. Las extensiones continentales de Asia no podían ser capturadas de la misma manera; la estructura eurocéntrica del nomos no siempre se expresaba abiertamente como toma de territorios, sino que con mucha frecuencia adoptaba la forma de protectorados, arrendamiento de territorios, tratados comerciales y esferas de intereses; en definitiva, las formas de aprovechamiento fueron allí más elásticas. Africa, por último, no quedó repartida hasta el siglo XIX entre las potencias europeas que tomaban territorios.
La particularidad de este segundo nomos de la Tierra residía pues, en primer lugar, en su estructura eurocéntrica, y después en que, a diferencia de la primera imagen del mundo, todavía mítica, incluía ya los océanos. Ya era global, pero distinguía entre tierra y mar. La tierra firme estaba dividida en territorios de Estados nacionales, colonias, protectorados y esferas de interés. Por el contrario, la mar era libre. Y debía quedar abierta, sin divisiones fronterizas, para todos los Estados, con el objeto de que éstos pudieran libremente explotarla (para las pesquerías, la obtención de sal, la captura de perlas, etc.) y utilizarla (para la navegación pacífica y las operaciones militares). Naturalmente, era decisivo que de la libertad de los mares se dedujera también la libertad de las operaciones militares. Así la mayor potencia marítima se apoderó de los océanos del mundo. Inglaterra venció en la mar y uno por uno a todos sus rivales europeos: España, Holanda, Francia y Alemania.
El nomos eurocéntrico de la Tierra perdurará hasta la primera guerra mundial. Y lo hará reposando sobre un doble equilibrio. Primero, el equilibrio entre tierra y mar. Inglaterra dominaba por sí sola el mar y no admitía ninguna competencia de otras potencias marítimas. Por el contrario, en el continente europeo reinaba el equilibrio, que no toleraba la hegemonía de una sola potencia terrestre. Su garante era Inglaterra, potencia marítima. El equilibrio entre tierra y mar constituía el fundamento de otro equilibrio particular al que estaba sometida la tierra.
Tierra y mar eran órdenes totalmente distintos. Había un derecho internacional para cada uno. La guerra terrestre era, desde el punto de vista jurídico, completamente diferente a la guerra naval. En la guerra terrestre sólo era jurídicamente enemigo el ejército contrario, excluyendo a la población civil. Quienes se enfrentaban en la guerra terrestre no eran los pueblos, sino solamente los ejércitos de los Estados europeos. Jurídicamente, la propiedad privada de la población civil no podía constituir botín. Pero la guerra naval era una guerra comercial. Era enemigo todo aquél que comerciara con el adversario. La propiedad privada de los súbditos del Estado beligerante e incluso de los Estados neutrales que comerciaran con éste, era botín legítimo según el derecho del bloqueo y de la captura. Tierra y mar se colocan así una frente a otra como dos mundos separados, con concepciones enteramente diferentes de la guerra, el enemigo y el botín.
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Este nomos eurocéntrico de la Tierra quedó destruido en la primera guerra mundial. Hoy, en 1954, la Tierra se escinde en dos mitades: la una oriental, la otra occidental. Estas mitades se enfrentan en una guerra fría, y caliente de vez en cuando. Es el reparto actual de la Tierra. Este y Oeste son conceptos fundamentalmente geográficos, pero resultan, por otra parte, flotantes e indefinidos. El globo terrestre tiene dos polos: un polo Norte y un polo Sur; no hay un polo Este y un polo Oeste. Respecto a Europa, América es el Oeste; respecto a América, el Oeste son China y Rusia. Así pues, y en términos puramente geográficos, no podríamos encontrar aquí frontera alguna ni explicación para una oposición hostil.
Pero tras la oposición puramente geográfica se dibuja una oposición más profunda, más elemental. Basta una mirada sobre el globo para ver que lo que hoy llamamos "el Este" es en realidad una enorme masa de tierra firme. En comparación con ella, las inmensas superficies del hemisferio occidental están cubiertas por grandes mares planetarios: el océano Atlántico y el océano Pacífico. Así, tras la oposición entre Este y Oeste hay otra oposición más profunda entre un mundo continental y un mundo marítimo, la oposición de los elementos tierra y mar.
En algunos momentos de extrema tensión, la historia de la humanidad se intensifica en una pura oposición de estos elementos. Un gran poeta alemán compuso versos sorprendentes con ocasión de uno de esos momentos históricos de envergadura mundial. Fue en el verano de 1812, cuando Napoleón, emperador de los franceses, entonces en el apogeo de su poder militar y político, invadió Rusia y marchó sobre Moscú. Goethe escribió en ese momento un panegírico en el que decía esto de Napoleón:
"Sobre lo que oscuramente soñaron los siglos,
Su espíritu con claridad vuela,
Nada queda en él de mezquino,
Sólo importa el peso del mar y la tierra".
Goethe estaba de parte de Napoleón y expresaba la esperanza de que, mediante su poder y su sabiduría, Inglaterra fuera vencida y la tierra firme se viera de nuevo "restablecida en sus derechos". Pero nosotros sabemos que Napoleón no fue derrotado por Inglaterra, sino que quienes le abatieron fueron más bien las potencias continentales, que eran Rusia, Austria y Prusia. De ahí se deduce que en aquella época el nomos de la Tierra reposaba todavía sobre el equilibrio de la tierra y el mar.
¿Qué ocurre hoy? El equilibrio precedente, basado en la separación de la tierra y el mar, se ha roto. El desarrollo de la técnica moderna ha despojado a la mar de su carácter elemental. Una tercera dimensión nueva, el espacio aéreo, ha venido a añadirse ahora a los campos de fuerza del poder y de la actividad humanos. Algunos creen ya hoy que toda la Tierra, nuestro planeta, no es otra cosa que un embarcadero o un campo de aterrizaje, un depósito de materias primas y un barco-nodriza para los viajes espaciales. Se trata sin duda de una perspectiva fantasiosa, pero demuestra con qué fuerza se llega a plantear hoy la cuestión de un nuevo nomos de la Tierra.
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¿Cuál podría ser la forma de este nuevo nomos? Podemos distinguir tres posibilidades. La primera, aparentemente la más simple, sería que uno de los dos implicados en la actual oposición planetaria venciera al otro. En ese caso, la presente dualidad entre Este y Oeste no sería sino el último estadio transitorio hacia una unidad definitiva y cerrada del mundo, la última ronda, el finish, por así decirlo, en el terrible combate por un nuevo nomos de la tierra. El vencedor sería entonces el único amo del mundo. Tomaría, repartiría y gestionaría según sus planes y sus ideas la Tierra entera: tierra, mar y aire. Cierta forma de pensar puramente técnica, muy extendida en nuestros días, no concibe otra posibilidad. Para ella, la Tierra se ha hecho ya tan pequeña que sin esfuerzo podemos sobrevolarla con la mirada y cogerla con la mano. Por efecto de los medios de la técnica moderna, la unidad cerrada del mundo parece ser algo hacia lo que se camina automáticamente.
Sin embargo, por enormes que sean los efectos de los medios técnicos modernos, no pueden aniquilar la naturaleza del hombre ni la potencia de la tierra y de la mar sin aniquilarse a sí mismos a la vez. La existencia de los medios técnicos modernos no debe ni entusiasmarnos ni llevarnos a la desesperación. Nada nos obliga a renunciar a nuestra razón y no debemos dejar de examinar racionalmente todas las posibilidades de un nuevo nomos de la Tierra.
Una segunda posibilidad consistiría en intentar mantener la estructura de equilibrio del antiguo nomos y continuarla de una forma moderna, adaptada a las dimensiones y medios técnicos actuales. Eso significaría que la supremacía naval de Inglaterra, que prevalecía hasta hoy, se intensificaría en una conjunción de supremacía naval y aérea. Desde este punto de vista, sólo los Estados Unidos pueden ser tomados en consideración. Por así decirlo, son la isla mayor que podría guardar y garantizar el equilibrio del resto del mundo. La tercera posibilidad reposa igualmente en la idea de un equilibrio, pero no un equilibrio basado en una combinación hegemónica de supremacía naval y aérea. Así, podría suceder que se constituyeran varios bloques o grandes espacios independientes que realizaran un equilibrio entre ellos y, con él, un orden de la Tierra.
Ganaríamos mucho si la imagen global de esas tres posibilidades llegara a la conciencia general. Porque la mayoría de los que estudian este problema terrible caen ciegamente en la exigencia de un sólo amo del mundo. Esta solución es, ciertamente, de una simplicidad primitiva, pero no debe impedirnos considerar las otras posibilidades. La segunda posibilidad (la continuación de la estructura de equilibrio hegemónico precedente) tiene la gran ventaja de contar con la tradición y los hábitos heredados. La tercera posibilidad (un equilibrio entre diversos grandes espacios independientes) es racional si los grandes espacios son delimitados de forma sensata y resultan homogéneos en sí mismos.
El nuevo nomos de nuestro planeta crece irresistiblemente. Muchos no ven ahí más que muerte y destrucción. Algunos creen vivir el fin del mundo. En realidad, lo que estamos viviendo es el fin de la antigua relación entre tierra y mar. Es verdad que el viejo nomos entra en decadencia y, con él, todo un sistema de medidas, conceptos y hábitos adquiridos. Pero lo que viene no tiene por qué ser pura desmesura ni una nada enemiga de todo nomos. Pueden emerger justas medidas y pueden tomar forma proporciones razonables, incluso en medio del cruel combate entre las antiguas y las nuevas fuerzas:
"También aquí existen dioses que gobiernan,
Grande es su magnitud".
[Artículo extraído de la revista "Hespérides", 8, noviembre de 1995]
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