TABULARIUM

El gran viraje y el fin de siglo

[Abel Posse]


Hemos llegado a un punto de estimulante parálisis: el viejo mundo aún no murió y el nuevo no ha empezado a nacer (según la reflexión de Margueritte Yourcenar al referirse a la época del emperador Adriano). Esta situación sintetiza el debate modernidad-posmodernidad, tan de moda. Pero nos confronta no sólo al fin de las ideologías, como tanto se repitió, sino a algo más grave y que es la consecuencia de la muerta de las teorías envejecidas: estamos viviendo el fin de los efectos de esas ideologías. El mundo que se construyó no explota en hechos notables (revoluciones, fuerzas) sino que implosiona calladamente.

Llegamos a este fin de milenio acosados e inquietos por el fracaso de los grandes proyectos ideológicos plasmados, en lo que hace al pensamiento político, hacia fines del siglo XIX. Basta recordar dos nombres: Marx y Adam Smith.

El siglo que vivimos —encantador y criminal— fue el campo de pruebas finales de todas las buenas ideas acumuladas a lo largo de la llamada Modernidad. No viene al caso evocar las matanzas ni las hipocresías triunfantes. La praxis socialista cerró su primer gran intento con el fracaso —por implosión— del sistema impuesto y comandado por la Unión Soviética.

El gigante triunfador —la superpotencia capitalista, de matriz anglosajona— da claras muestras de corrupción y enfermedad. Venció sin convencer. Su poderío industrial-tecnológico es como un logro ajeno a lo inmediatamente humano y más bien vagamente terrible. Es algo así como aquel viaje a la Luna de 1969, que cumplió recientemente sus bodas de plata en un borde de olvido universal, de callada indiferencia sólo interrumpida por la memoria de las noticias de televisión. Esa aventura no nos parece ni propia ni válidamente computable. Y tal vez en ese día de 1969 habíamos alcanzado "el Año 2000" como mito tecnolátrico. Es como si ya estuviésemos huyendo del futuro que nos habían propuesto como lógica consecuencia de una errada noción positivista de progreso, bienestar y desarrollo. Ahora más bien tememos ese futuro. (La actual reacción y el auge de los nacionalismos, desde los vascos hasta los chechenos, son parte de este proceso).

El desasosiego de las grandes sociedades industrial-tecnológicas tiene que ver directamente con este sentimiento de "haber alcanzado el futuro". En el caso de Estados Unidos, motor del desarrollismo eficientista, se manifestaría como haber realizado el tan mentado american dream. Es como si los mejores momentos de lucha, de valores, de creación de ese gran pueblo culturalmente mestizo, hubiese quedado atrás. (Miran hacia las primeras décadas del siglo, pese al bandolerismo y las penurias inmigracionales y de la "gran depresión", con admiración y nostalgia, como tiempos duros pero intensos y vivos).

Entra en crisis la filosofía política, que parecía el conductor todopoderoso y la medida de todas las decisiones, según el esquema racional-voluntarista del positivismo político y de los políticos.

Llegamos al fin del milenio con la experiencia —y el espectáculo— de la pobreza de la clase política. Las grandes corrientes de intereses económicos y tecnológicos comandan e instrumentalizan a los políticos, como esos "príncipes negros de la Sinarquía" (palabra de la tradición ocultista exhumada por el general Perón).

La Gran Maquinaria de intereses se mueve con el propio impulso. Los políticos aparecen como dóciles administradores, impotentes ante un designio ajeno a los programas. La mayor "cumbre" de dirigentes mundiales, reunidos en Río de Janeiro en 1992 por el tema del Medio Ambiente, constituye la más evidente prueba de la división entre conciencia y decisión política. Los intereses creados y la eterna crisis económica surgida de un inescrupuloso criterio de mero lucro como señal de éxito económico, han tornado imposible que los políticos puedan enfrentar la propuesta suicida de la Gran Maquinaria.

Llegamos al curioso punto en que la sociedad, y los mismos políticos, disienten con el modelo que impulsan y producen cotidianamente. Estamos en años en que se hace patente el desvío. En el apogeo del siglo nuclear, espacial, democratizador, freudiano, holístico, tecnotrónico; cunde el desasosiego. El protagonista disiente con su obra. La Gran Maquinaria —lo sabe ya— lo arrolla, pero desespera si no lo arrolla. Quiere en todo caso el desarrollo que lo anonada. Teme a la Gran Maquinaria, pero a la vez desespera de su posible desmontamiento. Tal vez confía en que un dios le dará, finalmente, sentido... (Heidegger: "Ahora sólo un dios podrá salvarnos").

Es por lo antes expuesto, que en estos años finales (del siglo, digo), inmediatamente posteriores al desmoronamiento del sistema soviético (que significó la mitad oriental del occidentalismo universalista), se siente parálisis y desasosiego ante el triunfo de este Occidente. Se siente que se llegó al tiempo de viraje. Pero se quiere virar con la estructura de la Gran Maquinaria casi intacta. Nadie quiere aventuras. Después de la frustración de 1968 se teme más al cambio de los utopistas que al aplastamiento y anonadamiento por la Gran Maquinaria (de aquí los triunfos conservadores, el temor a la Revolución en América Latina y en Africa). En este paradójico filo de navaja donde sobreviven todavía los políticos vacuos, extrañamente silentes y sin ideas, que soportamos como prácticos de navegación de un río que sabemos se extinguirá en el desierto. La inesperada crisis de Francia, el tremedal italiano o los republicanos que desbordan a Clinton, son expresiones del mismo síndrome de desasosiego y de obsolencia de la clase política.

El viraje

Del disenso deberíamos pasar al viraje. Sólo una nueva conciencia política, en el plano de los dirigentes mundiales, podría ir dando los pasos para desmontar la Gran Maquinaria y reorientar sus estructuras en una dirección justa:

• Sustituir una forma de producción depredadora, por nuevos métodos de producción y consumo, variando la noción de "necesidad" desde una conciencia cultural (nacional y regional) diferente de la preconizada por el mundialismo economicista de hoy.

La noción de "calidad de vida" eminentemente ligada a las culturas, debe dirigir los criterios de producción y consumo de cada comunidad. El límite ecológico y la preservación del medio ambiente son factores que debemos imponer como ya imprescindibles en toda decisión. (En esto hay dos datos promisores: en sólo diez años se creó la conciencia mundial, aunque todavía la Gran Maquinaria persista en su sordera).

• Esto, necesariamente conlleva la necesidad de un replanteamiento total, en todo el ámbito del llamado Occidente (y en sus metástasis), de la relación hombre-naturaleza, hombre-cosmos. ¿Cómo pasar de la perversidad a la normalidad después de dos mil años de desvío?

• El viraje exige como punto central suspender y reorientar la inundación subculturizadora. Así como en el lamentable pero útil "equilibrio del terror" se logró controlar el peligro militar nuclear; no hubo "terror funcional" para prevenir o moderar la infección subcultural mundial, provocada por el arrollador triunfo de la audiovisualidad comercializada con sentido ecuménico. Una ingenua noción de libertad de mercado permitió que el virus se extendiera de forma incontrolable: transmite la moda, lo light, las ideas hechas, fascistiza la contienda democrática al imponer lo aparencial y lo cosmético, difunde la necesidad que perversamente inventa la Gran Maquinaria, crea mercados falsos y falsos valores. Sumergido él mismo en el torrente subcultural. Es el gran mecanismo anonadador.

(Demonio secreto de la técnica: el más formidable y admirable invento de comunicación y reunión, que es la televisión, se torna en el subculturizador: es la "caja boba" que cumple excelentemente su función de niñera, de geriátrico audiovisual y de supremo medio fascistizante, pero está perdiendo su máxima posibilidad: su destino culturizador).

• En estos años poscomunistas y también de conciencia posmodernista, el límite de las sociedades industrial-tecnológicas se pone en evidencia. Sin embargo, los políticos no pueden actuar en consecuencia, están tomados por el virus paralizante. Es tiempo de filósofos y de desplazamiento indispensable de estos políticos que se quedaron en los subterráneos de la vieja Polis. La explosión subcultural, la desocupación juvenil —que la actual forma de producción-consumo agravará—, el aislamiento y desposeimiento de los jubilados, hacen ya increíble la idea mágica de que el mercado puede crear un orden. Sin política, que es adecuación a un Kosmos, el mercado y el mero impulso lucrativo engendran sólo Kaos.

Estos son los años del apogeo del mundo industrial-capitalista en la empírica versión anglosajona. Pero son también los años en que se comprueba la aporía de este modelo, cuyo fracaso en los "países centrales" se puede medir en la desocupación y en la nada subcultural.

• El viraje nos obliga a proponernos una nueva socialidad, más allá de los totalitarismos socializantes fenecidos y más allá de la torpe "fe de mercado", ya increíble. Una nueva convivencia de hombres y naciones, comprendiendo que estamos en un "tiempo de culturas", en un tiempo en el que los pocos valores que nos ayudan a sobrevivir los encontramos a espaldas de la universal subculturización, en lo más recóndito de los pueblos y de sus tradiciones. Nueva socialidad, en el sentido de una organización distributiva equitativa y de un concepto y trato hacia la persona que no repare ya en la teórica igualdad sino más bien en el respeto existencial de las diferencias.

Solamente desde la ilusión liberal-capitalista se puede imaginar que un mundo de 6.000 millones de habitantes, con los cuatro quintos de ellos en la pobreza y/o miseria, podrá regirse sin la trágica opción entre fascismo-nazismo o la construcción de una nueva socialidad, de una nueva solidaridad sin buscar las falsas igualdades, sino respetando diferentes calidades de vida.

El África negra, el Pacífico asiático, China, India, el mundo islámico, Iberoamérica, son en realidad grandes espacios preservados. Espacios culturales que han sobrevivido mal o bien al impacto de las colonizadoras propuestas de los bien pensantes de la Modernidad.

Se torna imprescindible devolverle a la comunidad, que se expresa y plasma en "el Estado", los elementos para reconquistar los poderes ante la universal ofensiva sinárquica, que se esconde detrás de los políticos en juego democrático. La reorganización de los estados como expresión inmediata de las comunidades y de su cultura es una restauración imprescindible. Ha cesado ya el tiempo de calumnia del estado y de anarquía liberal que sólo concluyó en la actual orgía de insolidaridad que el mundo padece.

Sólo a través de la cultura, el disenso profundo y desasosegador se transformará en viraje. Solo a través de la educación y la cultura emergerán los políticos necesarios y una democracia sustancial, y no la actual parodia al servicio de una casta decadente que en nombre de la tolerancia y el voto quinquenal disimula su corrupción y el autocratismo de una forma de poder donde la persona —el pueblo— no participa realmente del comando de su destino ni de sus opciones sustanciales. (Hasta ahora hemos vivido, incluso en los mejores ejemplos, apenas una forma primaria de democracia. Algo así como una democratia neanderthalensis).

Iberoamérica ante el viraje

España, Portugal, América Latina, la latinidad toda, no han sido más que el furgón de cola de la modernidad. Dentro del vasto y variado Occidente, el Mediterráneo católico-romano fue desplazado en el curso de los tres siglos de la llamada modernidad, por el Occidente nórdico, protestante y ahora predominantemente anglosajón, en el que la noción calvinista de eficacia lucrativa, como señal de salvación, prevalecía. Esta ilusión está hoy metafísicamente agotada.

La civilización de la latinidad, y la impronta del Mediterráneo, están vivas en Latinoamérica. El mestizaje latinoamericano asimiló y sintetizó esa herencia recibida a través de España, como en marco fundamental de nuestro estilo e idiosincrasia. Esto es así, más allá de toda valoración ética o moral que se quiera aplicar al tema de la conquista y colonización.

Iberoamérica y la latinidad quedaron al margen de los últimos triunfos de Occidente, como admirados y sumisos protagonistas de segunda.

Según el sociólogo Baudrillard, en el hemisferio Sur nos hemos pasado prácticamente toda la Modernidad dentro del marsupio colonial. Somos marsupiales históricos. Tal vez ya tengamos que saltar de la bolsa y ponernos a existir en la intemperie.

Tenemos ventajas: somos como los indios uros de Titikaka y aquellos tarahumaras que se jactaban ante Métraux de no haber "involucionado tanto como los hombres civilizados".

A la luz de lo expuesto, en este umbral de necesario viraje, esos valores del universo cultural iberoamericano, necesariamente tendrán que encontrar su espacio de expresión.

El tiempo de desasosiego y de imprescindible viraje nos posibilita la mejor oportunidad de poner en valor nuestras preservadas cualidades. Es un llamado, un desafío para ser.

Podríamos encontrar en el renacimiento que se avecina un espacio de creación que no supimos hallar desde hace siglos.

No se trata de reiterar ilusorias primacías, sino de la legitimación de una cultura. Hasta ahora solo hemos habitado casi como intrusos la casa de nuestra Cultura transatlántica.

[Hespérides, primavera 1995, pp. 9-15]


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