El impacto social de la tecnociencia
[Josep Alsina Calvés]
En estos últimos años, concretamente desde los 60, la ciencia ha dejado de ser la palabra mágica e intocable, garantía de racionalidad, progreso y bienestar para la humanidad. Han surgido gran número de voces críticas con respecto a la ciencia, y con su hermana gemela, la técnica. El impacto social de la ciencia, es decir, la influencia de la ciencia en las condiciones de vida de la humanidad ha dejado de ser una cuestión de respuesta obvia (el impacto se consideraba siempre positivo) para convertirse en un problema con soluciones difíciles y contradictorias.
Juntamente con todo ello, el significado de la palabra "ciencia" ha ido tomando mayor amplitud. Ciencia no es ya solamente un conjunto de teorías: es además relaciones de poder, instituciones y a veces también ideología. Todo ello hace que el antiguo halo de "santidad" y desinterés que rodeaba a los conceptos ciencia y científico haya ido desapareciendo.
Los factores que han influido en todo este proceso han sido varios. En primer lugar ha aparecido una conciencia social, minoritaria pero influyente, de que los avances científicos y técnicos no siempre han servido para mejorar el nivel de vida de la población, sino que en ocasiones contribuyen de forma notable a empeorarlo. Los problemas ecológicos, el agotamiento de los recursos no renovables, los problemas de hambre en el tercer mundo, la aparición de pandemias como el Sida o la utilización militar de la tecnología son hoy día temas frecuentes de debate, y en todos ellos la ciencia y la técnica no salen demasiado bien paradas.
Desde un punto de vista más académico asistimos a la aparición de una serie de disciplinas nuevas como la filosofía de la tecnología, la sociología de la ciencia o los programas interdisciplinares STS (Ciencia, Tecnología y Sociedad) que se plantean cuestiones como la inevitabilidad del desarrollo tecnológico, de las teorías científicas como ideologías legitimadoras de determinados procesos tecnológicos o el papel de las comunidades científicas como grupos de presión para la aceptación e institucionalización académica de determinados paradigmas científicos.
Es evidente que no todos los que trabajan en estas cuestiones se sitúan en posiciones anticiencia o antitecnología. De hecho, los críticos radicales son una minoría, pero el hecho de que se tomen como elementos de debate cuestiones que hace unos años eran casi "sagradas" indica que algo ha cambiado al respecto.
Todo ello es, sin embargo, minoritario. La mayoría de los estudiantes de enseñanzas medias y universitarias siguen recibiendo en su educación una imagen baconiana de la ciencia, como conjunto de "hechos" objetivos e inapelables que configuran un conocimiento supuestamente neutro y en el cual se fundamenta el desarrollo tecnológico. El discurso político sigue refiriéndose en última instancia a los "expertos" cuya decisión es inapelable.
El pensamiento utópico es rescatado de entre las ruinas de una izquierda maltrecha por la derecha ultraliberal a la ofensiva, que nos promete, por boca de Fukuyama, un "Fin de la Historia" casi paradisíaco construido a base de racionalidad tecnológica, democracia formal y, sobre todo, Mercado. Pero este Mercado funciona con unas leyes "objetivas" de las cuales se ocupa -¡cómo no!- la ciencia económica.
Este es el panorama. Pensamos que para afrontar el problema propuesto, las relaciones ciencia-tecnología y su impacto social, lo más adecuado es utilizar el método histórico y rastrear los orígenes de la ciencia occidental.
Naturaleza bifronte de la Ciencia: saber y dominar
Queremos empezar impugnando un viejo prejuicio baconiano: la separación de ciencia y tecnología y su asignación de papeles. La ciencia como conocimiento "puro y desinteresado" y la tecnología como "aplicación" de este conocimiento a la supuesta mejora de las condiciones de vida del ser humano.
Nos proponemos demostrar que la mentalidad científica y tecnológica emergen en la historia, como hermanas gemelas, con el pensamiento de los filósofos presocráticos. Antes existía la técnica, como un conjunto de saberes prácticos y empíricos, como un "saber hacer" sin preguntarse sobre las causas. Civilizaciones anteriores o contemporáneas a la griega tuvieron conocimientos técnicos muy superiores, pero les faltó la concepción racional de la naturaleza, que se concreta en el concepto de physis, de la cual se deriva la organización racional de la técnica, que es la tecnología, para poder dominar y manipular esta physis de acuerdo con sus propias leyes.
Heidegger, en su Pregunta por la técnica define a la misma como un modo de des-ocultar. Nos dice también que el término griego tejné, del que se derivan técnica y tecnología, no sirve solamente para designar la actividad y el poder artesanal, sino que se refiere también a las bellas artes. Pero hay algo más: desde los presocráticos hasta Platón, tejné se relaciona con episteme, es decir, con el conocimiento. Ambas palabras son nombre para el conocer en el sentido más amplio. Se refieren a ser entendido en una cosa. El conocer aclara, y en cuanto pone en claro es un desocultar.
Para los presocráticos el objetivo del conocimiento será pues el des-ocultar la physis, y de este des-ocultar nacen como hermanas gemelas (o siamesas) ciencia y tecnología. Contra esta tesis puede objetarse que la tecnología de los jonios es casi inexistente, y evidentemente inferior a los conocimientos técnicos de los egipcios o de los babilonios. No es esta la cuestión. Tampoco los conocimientos científicos positivos de los presocráticos están desarrollados. No se trata de lo que saben, sino del nacimiento de una determinada actitud, de una predisposición del espíritu, de una concepción de la naturaleza como algo potencialmente racional, que puede ser comprendido y por tanto dominado: en términos heideggerianos, des-ocultado.
Aristóteles establecerá diferencias entre tejné y episteme.
Por esta razón se le ha considerado, juntamente con Platón, el gran responsable del descrédito de las artes mecánicas frente a la "teoría", que se da en toda Europa durante la Edad Media. Aunque esta acusación no deja de tener su fundamento habría que ver hasta que punto el responsable es el propio Aristóteles o sus comentaristas medievales.
A pesar de todo ello la filosofía aristotélica está plagada de elementos extraídos de la tejné. La misma teoría hilemórfica o su cuádruple división del concepto de causa en material, formal, eficiente y final, ¿no parecen haber nacido de la observación de la propia actividad artesanal?; ¿no son constantes las alusiones analógicas a la actividad del artesano?
Sirva a modo de ejemplo: en La Generación de los animales nos dice que la aportación femenina a la generación del nuevo ser es la sangre que va a constituir la causa material del embrión. Esta sangre ante el principio masculino se coagula y solidifica "de la misma manera que lo hace la leche al ponerse en contacto con el jugo del higo". Aristóteles utiliza aquí una analogía comparativa con un proceso artesanal de preparación del queso y del requesón, muy común en la Grecia de su tiempo.
Todo ello nos hace pensar que Aristóteles, a pesar de estar mucho más interesado por el conocimiento teorético, era buen conocedor de las actividades de los tejnai, las cuales no despreciaba. No olvidemos, por otra parte, que procedía de familia de asclepiades, tanto por parte de padre como de madre, y esta medicina griega, nacida junto a la filosofía presocrática, es el primer ejemplo de técnica científica, es decir de tecnología, tal como veremos a continuación.
La medicina hipocrática como técnica científica
Utilizaremos el término hipocrático en el sentido que Lain Entralgo (1972) confiere al Hipocratismo lato sensu, es decir "al pensamiento común a los escritos del Corpus Hippocraticum, por debajo de sus diferencias de mentalidad, escuela, época y autor". Este pensamiento es, de hecho, anterior a la figura de Hipócrates, siendo Alcmeón de Crotona el primer exponente del que tenemos noticia.
Esta medicina hipocrática es un exponente diáfano de lo que podríamos llamar "técnica científica" o tecnología, es decir, el estudio racional de las leyes de la physis no por el mero placer de saber, sino para solucionar problemas prácticos y concretos de la vida humana, en el caso que nos ocupa, un problema tan fundamental como el de la salud y la enfermedad.
Esta medicina racional o científica no nace de la aplicación de las ideas de los filósofos presocráticos, sino que nace junto a las ideas de estos filósofos, en el mismo escenario histórico y como consecuencia de un proceso análogo: la medicina hipocrática no es la hija de la physiología, sino su hermana gemela.
Durante los siglos VIII y VII a. de C. millares de helenos abandonan la Grecia peninsular, impulsados por motivos a la vez económicos y políticos, y fundan gran número de colonias griegas en las islas del Egeo, Asia Menor y la península Itálica (Magna Grecia). Mileto, Efeso, Cnido, Crotona y muchas otras van a ser el escenario de los primeros balbuceos del pensamiento racional, que será padre a la vez de la incipiente ciencia de los physiologos y la medicina hipocrática.
Como griegos e indoeuropeos, los habitantes de estas polis son portadores de una visión naturalista de la divinidad y cosmocéntrica del mundo. Tienen una mente especialmente abierta a la realidad vital y una fruición especial de ver y de saber. Son a la vez portadores de una tradición espiritual que se concreta en el epos homérico y de una religión olímpica, en la cual los dioses son personificaciones de fuerzas naturales.
Este politeísmo naturalista de los griegos pensamos que es fundamental en la transición que va a darse del pensamiento mítico al racional. Una religión monoteísta, cargada de dogmas y que generara una poderosa e influyente casta sacerdotal hubiera dibujado un panorama completamente diferente.
Estos griegos de las colonias se enfrentan a las condiciones de vida propias del emigrante: una sensación de distancia respecto a la tierra donde se arraigan sus creencias y tradiciones; la necesidad de resolver problemas que les plantea su nueva situación, en ocasiones desde el cero absoluto y especialmente el contacto con culturas distintas de la propia.
No hay "milagro griego" si con ello se pretende nombrar algo inexplicable, y es indudable que las culturas vecinas (Egipto, Mesopotamia) van a influir de manera decisiva en el nacimiento del pensamiento racional. Pero no es menos cierto que a partir de estas condiciones descritas, los griegos de las colonias crean algo absolutamente nuevo y original.
Como muy bien ha descrito Lain (1970), la obra de los griegos de Jonia, Sicilia y Magna Grecia no es otra cosa que su respuesta, en tanto que griegos de este tiempo, a las peculiares condiciones de la vida colonial.
La medicina hipocrática aparece impregnada en la filosofía de los physiólogos, según la cual el universo es racional, y la enfermedad, como parte de esta physis, es accesible al conocimiento y por tanto al dominio.
Alsina (1982) pone de manifiesto este espíritu científico en el rechazo al carácter sagrado de la epilepsia que encontramos en La Enfermedad Sagrada; Lain, por su parte (1970), nos dice que incluso en los tratados más empíricos y menos filosóficos del Corpus se observa una visible tendencia a la intelección racional y teorética de lo estudiado, rasgos ya existentes, aunque de forma germinal, en el epos homérico.
El cristianismo y la flecha del tiempo
Hemos establecido hasta el momento los ejemplos básicos de este germinal pensamiento científico-tecnológico que se gesta en la Grecia presocrática, y que tiene sus exponentes más destacados en la filosofía jonia y en la medicina hipocrática. Si lo comparamos con el pensamiento tecnológico moderno, salvando las grandes distancias, encontraremos entre ambos una divergencia fundamental: la concepción del tiempo.
En el pensamiento griego, desde los presocráticos hasta los alejandrinos, no encontramos nada parecido al concepto moderno de progreso. Sus ideas sobre la historia van desde las concepciones explícitamente cíclicas, hasta aquellas en que no se concibe a la historia de ninguna manera determinada, pues se la ve como algo desprovisto de sentido.
En algunas obras hipocráticas, como en el tratado De la medicina antigua, se admite la existencia de un progreso relativo en el terreno de la medicina, concebido como una acumulación de conocimientos, pero sin que tenga nada que ver con la idea de progreso general de la humanidad, o de sentido de la historia.
El pensamiento progresista moderno es el resultado de la secularización de la concepción judeo-cristiana del tiempo. Esta concepción será fundamental en la ideología tecnológica moderna que se gestará en el siglo XVII de la mano de Bacon y determinante en el impacto social de la ciencia, que irá en creciente aumento desde entonces hasta los momentos actuales.
La expansión del cristianismo será en un principio hostil a cualquier planteamiento científico o tecnológico. Los primeros cristianos, en su rechazo a todo lo mundano (Poder, Riqueza, Naturaleza) sienten un odio instintivo hacia la filosofía pagana. El conocimiento del mundo es innecesario, interesa el conocimiento de Dios y la salvación del Alma. Pretender mejorar las condiciones de vida del hombre sobre la Tierra es pecado de soberbia, pues este mundo es "un valle de lágrimas".
Pero el cristianismo, desde el primer momento, va a introducir una serie de conceptos en el pensamiento europeo que, posteriormente secularizados, serán claves en la concepción progresista de la historia. La idea de "fin del mundo" o "juicio final" con el advenimiento posterior del Paraíso va a inspirar a las ideologías utópicas del fin de la historia, y va a marcar el "tempo" de un desarrollo lineal de la misma que se comienza en la "caída" o "pecado original" e inicia una inflexión en la venida de Cristo y la redención.
A partir de esta concepción del tiempo, el pensamiento cristiano irá generando nuevas ideas que serán posteriormente incorporadas al pensamiento progresista moderno. Durante los siglos XV y XVI cobra fuerza la idea del advenimiento del tercer reino, o reino del Espíritu Santo, que habría sido precedido por el reino del Padre y por el reino del Hijo. En el Siglo XVII los puritanos ingleses, a partir de su particular interpretación del Apocalipsis, desarrollan el Mito del Milenio, que va a ser fundamental para la posterior secularización de la idea religiosa del Paraíso al mito progresista y utópico del fin de la historia.
Rougier, en su obra Del Paraíso a la Utopía, sostiene que los planteamientos utópicos de la historia, con un final de la misma en que se resuelven todas las contradicciones y en el que el hombre alcanza un estado de felicidad y plenitud completas, son el resultado de la secularización de la idea cristiana del paraíso, el cual en lugar de colocarse "en el otro mundo" se coloca en la Tierra.
En este proceso de secularización que lleva del Paraíso a la Utopía, el mito del Milenio jugará un papel fundamental. Según esta doctrina, mil años antes del juicio final y del fin del mundo, se iniciará un período de la historia humana en el que se resolverán todos los problemas en la Tierra y se entrará en una era de prosperidad y felicidad totales, terrenales, que avanzará la felicidad espiritual de la que los elegidos disfrutarán en el Cielo. Si nos quedamos solamente con el milenio y nos olvidamos del fin del mundo y del juicio final, la utopía está servida.
Bacon, ideólogo de la sociedad industrial
Las vinculaciones entre la religión protestante y el advenimiento de la sociedad industrial moderna han sido señaladas por distintos autores. Max Weber, en La Etica Protestante y el Espíritu del Capitalismo, señala que factores tan importantes para la aparición de la mentalidad capitalista como la ética del trabajo, de ahorro y de acumulación de capital, tienen su origen en la religión protestante.
Robert K. Merton, discípulo de Weber, va más lejos todavía, y en Ciencia, tecnología y sociedad en la Inglaterra del Siglo XVII sostiene que sin el puritanismo inglés no habría tenido lugar la revolución científica que precedió al desarrollo de la sociedad industrial. Según Merton, la mentalidad puritana generó en la sociedad unos valores determinados que crearon el marco adecuado para la revolución científica.
Aun estando de acuerdo con estos planteamientos, queremos añadir algo más que pensamos fundamental para la comprensión del problema. Pensamos que la ideología de la sociedad industrial se va a gestar a partir de tres elementos básicos: una determinada concepción de la ciencia, un modelo de la relación ciencia-tecnología y unos planteamientos históricos de tipo utópico, pero a los cuales se incorpora la tecnología como elemento que se articulará a través de la obra de una figura fundamental: Francis Bacon.
En la obra de Bacon hay dos líneas de trabajo fundamentales. La primera se refiere a la teorización de un método científico a partir de la inducción y por tanto se referiría al primero de los tres elementos antes citados, el relativo a una determinada concepción de la ciencia. Esta línea de trabajo se desarrolla en obras como The Advancement of Learning y, sobre todo, en el Novum Organum.
La segunda línea de trabajo se refiere a las relaciones entre tecnociencia y sociedad, en unos planteamientos históricos de tipo utópico: es la que encontramos en La Nueva Atlántida.
La epistemología baconiana se fundamenta en el "hecho". De las observaciones se pasa a las leyes generales a través de un proceso de inducción, que debe hacerse siguiendo unas reglas adecuadas que el propio Bacon define. Esta ciencia basada en hechos es, evidentemente, objetiva y además ideológicamente neutral.
El que la investigación científica no haya funcionado nunca así, o al menos el que las pocas veces que se ha intentado seguir los preceptos baconianos nunca se haya llegado a resultados positivos, tiene una importancia secundaria. No nos proponemos elaborar una teoría del conocimiento científico, sino ver cómo las ideas de Bacon contribuyeron a la ideología de la sociedad tecnoindustrializada.
La supuesta "neutralidad" de la ciencia, que en el modelo baconiano debe ser absolutamente independiente de la filosofía y de cualquier influjo social, implica un desarrollo lineal y progresivo de la misma, a base de acumulación de más y más hechos y, evidentemente, sin rupturas ni revoluciones.
La tecnología es para Bacon la simple aplicación de los conocimientos objetivos y "neutrales" de la ciencia a la mejora de las condiciones de vida humana. Todas las cualidades de la ciencia se transfieren sin más a la tecnología: "neutralidad", desarrollo lineal, progresivo y unidireccional, etc. Con evidente ingenuidad se presupone que el desarrollo tecnológico es siempre bueno para la humanidad, y se ignora completamente la posibilidad de que en un momento dado haya que decidir entre una modalidad y otra de desarrollo tecnológico, lo que implica una decisión política.
Cualquier crítica u objeción a la tecnología o a la ciencia será imposible desde la racionalidad, pues éstas se basan en la simple inducción a partir de hechos y son por tanto incontestables. Criticarlas es situarse contra el desarrollo normal del conocimiento y fuera del ámbito racional, es decir, en el fanatismo y la ignorancia.
La filosofía de Bacon, y en general el puritanismo inglés, van a ser las ideologías de la sociedad industrial que se apunta en estos momentos. Queremos señalar, en este sentido, que esta ideología aparece antes que la propia sociedad industrial, y que va a actuar, junto con otros factores, como elemento causal de la misma, y no como consecuencia.
El impacto social de la tecnociencia en la sociedad industrial
Con este apartado llegamos al meollo de la cuestión que nos ocupa. Conviene resituar el problema. La sociedad industrial es la que se origina en lo que los historiadores vienen a llamar revolución industrial, y esta a su vez es producto de dos factores:
1) Desde el punto de vista ideológico, la filosofía de Bacon y del puritanismo inglés.
2) Desde el punto de vista político, las revoluciones liberales que crean un nuevo marco jurídico-político, siendo emblemáticas en este sentido la revolución americana y la francesa.
Pensamos que estos problemas han estado enormemente desenfocados por la historiografía marxista y su dogmatismo. Según este esquema clásico, los cambios en los modos de producción (infraestructuras) producirían revoluciones y cambios en los sistemas jurídico-políticos (estructuras) y éstos, a su vez, en los sistemas ideológicos (superestructuras).
Tal y como es fácil apreciar en el problema que nos ocupa, el mecanismo ha sido exactamente el inverso: se gestan primero unos cambios ideológicos, después unos cambios políticos y sólo entonces se dan las condiciones adecuadas para unos cambios substanciales en los mecanismos de producción.
Sentadas esta premisas podemos pasar a analizar los aspectos más sobresalientes del impacto social de esta revolución industrial.
Tenemos en primer lugar un hecho clave: hasta este momento, la tecnociencia había tenido un cierto impacto social; a partir de la revolución industrial, este impacto social de la tecnociencia pasa a convertirse en factor predominante, y sufre un cambio, no solo cuantitativo, sino también cualitativo. A partir de aquí los factores causales de tipo ideológico, filosófico, político o religioso pasan a un segundo plano, pero ello es así porque la ideología de la sociedad industrial, con todas sus consecuencias e implicaciones, sigue dominando las mentes de los hombres.
Simultáneamente, se produce el ascenso al poder de una nueva clase social: la burguesía. Ahí hay un matiz importante que hacer: la burguesía no aparece con la revolución industrial, como a veces puede desprenderse de ciertas definiciones al uso de la misma. De hecho, ha aparecido mucho antes, ligada a actividades artesanales y mercantiles, y ha sido la base social de los cambios importantes que desde el siglo XV han ido preparando el terreno para que la revolución industrial fuera posible.
Pero, con la revolución industrial, esta burguesía "toma el poder", y no sólo porque detenta la propiedad de los medios de producción, ni siquiera porque, previamente, ha diseñado unas estructuras políticas a su medida, sino porque ha impuesto una determinada visión del mundo.
Profundizando en esta cuestión llegamos más allá todavía: no sólo es una clase social determinada la que toma el poder, sino que es la institucionalización de la idea de clase, es decir el poder e influencia política de un grupo social en función de su poder económico. Anteriormente la relación era contraria, el poder económico de un grupo social era consecuencia de su poder político, y éste se basaba en el poder militar (nobleza) o en la autoridad religiosa (clero).
A partir de aquí, y como consecuencia de esta ideología dominante en este tipo de sociedad, se produce otro hecho decisivo: se resitúa el valor del trabajo en el conjunto de la arquitectura social. El trabajo se convierte en valor central y determinante.
En la sociedad tradicional o feudal el trabajo era un elemento secundario. Sólo una parte del cuerpo social se dedica al trabajo, el tercer estado o casta económica. Pero incluso dentro de este tercer estado, el trabajo tiene un valor relativo: se trabaja para vivir pero no se vive para trabajar.
En la sociedad industrial todo cambia en este aspecto. En primer lugar el trabajo se generaliza: por lo menos sobre el papel, todos trabajan. El trabajo determina todos los aspectos de la vida, que deben subordinarse a él: la situación de la fábrica determina el lugar de vivienda y los turnos de trabajo determinan el descanso y las propias relaciones familiares y personales.
Pero además, el concepto de trabajo que segrega la sociedad industrial es, a pesar de la mística neopuritana que se teje en su entorno, un concepto ligado a la producción de objetos materiales y valorado socialmente en función de la retribución económica.
En un momento determinado del desarrollo de la sociedad industrial aparece un nuevo valor: el consumo. La innovación tecnológica y el desarrollo industrial se han perfeccionado tanto que la producción de objetos materiales se ha incrementado de manera fabulosa. El problema ahora ya no es hacer que la gente trabaje, sino que compre estos productos: el trabajador deviene consumidor.
Para que se genere este consumidor hacen falta dos cosas: en primer lugar, elevar el nivel de vida del trabajador para que éste pueda superar la mera economía de subsistencia; en segundo lugar, "convencerle" de que tiene unas necesidades y que, para dar satisfacción a las mismas, el mercado le ofrece una serie de productos.
Todo ello se asienta en una gran falacia: la de que los productos nuevos aparecen para responder a una demanda. Ocurre exactamente al revés: ante de lanzar un producto nuevo al mercado, se genera de forma artificial la necesidad del mismo, mediante el marketing y la publicidad. No existe tal o cual producto porque haya demanda del mismo, sino que hay demanda porque existe el producto.
En este sentido, esta sociedad industrial, dominada por la lógica de lo económico, deviene totalitaria, en el sentido de que la lógica del mercado lo invade todo. Cualquier relación o proceso se ve y se describe desde la óptica del mercado. El lenguaje mismo está invadido de términos mercantilistas, y se habla de producción literaria o de oferta cultural.
Después de esta corta sinopsis intentaremos ver los problemas y contradicciones que este modelo lleva consigo, y las propias respuestas que el modelo genera.
Los problemas y las respuestas
A la hora de analizar y valorar los problemas que genera la sociedad industrial queremos hacer una precisión: pensamos que hay problemas humanos y sociales que son producto directo de la "oferta" insuficiente de la sociedad industrial, o en otras palabras, que las propias promesas de la sociedad industrial olvidan necesidades básicas del ser humano que no pueden solventarse con la producción de mercancías. Es decir que, aunque la sociedad industrial nos diese todo lo que nos promete, estos problemas seguirían allí.
Otros problemas se generan por las falsas expectativas que crea la sociedad industrial, expectativas que después es incapaz de satisfacer. Nosotros nos ocuparemos únicamente de este segundo grupo de problemas, más relacionados con el impacto social de la tecnociencia, pero queremos dejar constancia de que somos conscientes de que el primer grupo de problemas existen.
Nos ocuparemos en primer lugar del conjunto de problemas generados en torno al impacto ambiental de la producción industrial y del agotamiento de recursos energéticos. Recordemos que postulados básicos de la ideología que sustenta la sociedad industrial son la inevitabilidad del desarrollo tecnológico (pues oponerse al mismo es situarse fuera de la razón y contra el progreso), la unidireccionalidad del mismo (pues se basa en el desarrollo de la ciencia, y ésta a su vez es neutral y objetiva, pues se fundamenta en hechos) y también la bondad intrínseca del mismo (pues producirá el máximo bien para el máximo número de personas).
Se supone, por otra parte, que los ritmos de este desarrollo se producen de forma exponencial, es decir van incrementándose con el tiempo, al menos hasta que se llegue al hipotético fin de la historia.
La toma de conciencia de los problemas relacionados con el impacto medioambiental negativo de la actividad industrial y con el agotamiento de recursos energéticos por sectores cada vez más amplios de la población, ha sido notable en estos últimos años. Ello ha contribuido a erosionar notablemente las ideas-fuerza que sostienen a la ideología de la sociedad industrial.
Sin embargo esta toma de conciencia, que se ha traducido en lo que ha venido a llamarse movimiento ecologista, pensamos que ha sido incapaz de una auténtica alternativa. El ecologismo socio-político, aunque certero en muchas de sus críticas, a la hora de plantear soluciones se ha movido entre la nostalgia de una Arcadia perdida y un utópico deseo de detener el proceso tecnológico, por un lado, y por otro, una burguesía de soluciones pragmáticas, pero francamente insolidarias y nunca globalizadoras ("no me pongas el incinerador de basuras en mi región, pero si lo pones en la de al lado no diré nada").
Otro gran problema de la sociedad industrial es el paro. Hay que distinguir el paro coyuntural, fruto de las fluctuaciones económicas, del estructural. Este último es la consecuencia directa del propio desarrollo tecnológico, de la automatización de los procesos, y también de la tendencia a situar plantas industriales en países del Tercer Mundo, donde la mano de obra resulta más barata.
El paro estructural es un ejemplo idóneo del impacto social de la tecnociencia, por una parte, y de la mayor contradicción que la sociedad industrial genera, por otro. La propia ideología de la sociedad industrial educa a las personas en la idea de que el trabajo es el camino de la autorrealización personal, y de que es un derecho y un deber. Les educa también en la idea de que todo desarrollo tecnológico es bueno en sí mismo. Luego resulta que el propio desarrollo tecnológico tiende a crear una bolsa de paro y marginación, con personas cuya esperanza de lograr un trabajo es mínima.
Por otra parte la lógica del consumo, a través de su arma, la publicidad, incita constantemente a la compra de mercancías. Pero los que quedan fuera de los circuitos de producción también lo están de los de consumo, pues se ven reducidos, en el mejor de los casos, a una economía de subsistencia gracias a las ayudas sociales, que cada vez hay más que ponen en cuestión.
Frente a estos problemas la respuesta de la ideología oficial es la huida hacia adelante. Frente a los problemas ecológicos se argumenta que la propia tecnología perfecciona cada vez más los procesos productivos y disminuye su impacto ambiental. Frente al problema del paro se argumenta que el desarrollo tecnológico puede crear nuevos sectores industriales y generar más puestos de trabajo.
No pretendemos dar una solución a estas cuestiones. Nuestro propósito es solamente mostrar de qué manera la ciencia y la tecnología han influido en el desarrollo de la sociedad, no sólo por la vía directa, sino a veces de manera indirecta pero no menos decisiva. A ésto es a lo que llamamos el impacto social de la tecnociencia.
Bibliografía
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