Tradicionalmente, el marxismo ha observado la sociología con ciertas reservas. Luckacs, por ejemplo, escribe: "El nacimiento de la sociología como disciplina independiente hace que el tratamiento del problema de la sociedad prescinda de su base económica... La función científica, en armonía con la general evolución económica y política, se convierte en una metodología y en una ideología hostil al progreso y por varios aspectos reaccionaria". Efectivamente, no en vano Luckacs, notorio marxista, heterodoxo a sus horas, advirtió que una ciencia tal como la sociología (ciencia del comportamiento humano en su totalidad) tenía un carácter global al comprender en sí a los elementos de otras ciencias, como la economía, la biología, otras ciencias de la naturaleza e incluso la misma filosofía. Por tanto, la sociología, por definición, huye de las prácticas dogmáticas y sectarias del economicismo marxista y tiene como única referencia la realidad. Como ciencia que es la sociología, no puede admitir tópicos indemostrables y, para sus análisis, desecha toda la mitología demoliberal sobre la "bondad humana", el igualitarismo, de la misma manera que desecha el determinismo marxista como ideología esclerotizada.
No es raro, partiendo de estas premisas, que de una forma u otra la sociología fuera coincidente con el fenómeno de los fascismos. Por lo menos una parte de esta ciencia le sirvió como base ideológica, mientras que otra era totalmente coincidente con él. Tampoco es raro que algunos de los sociólogos que coincidieran más directamente con el fenómeno del nacionalismo revolucionario fueran declarados "prohibidos" después del año 1945. Julien Freund, en su obra sobre Wilfredo Pareto, se extraña del incomprensible cerco de silencio que la ciencia oficial trazó a su entorno. Pero olvida que, si la historia no ha hecho homenaje a Pareto, no es por los principios que estableció sobre las élites, sino porque, siendo consecuente con sus teorías científicas, aceptó el cargo de representante del gobierno fascista italiano en la Sociedad de Naciones. Los ejemplos podrían multiplicarse... Wernert Sombart fue "olvidado" tras explicar el nacimiento del capitalismo a través del análisis del pensamiento judío; Gaetano Mosca, enfrentado a las tesis igualitarias, maestro de Pareto y superador de las funciones de los partidos políticos con su noción de "clase política dirigente". Y un largo etcétera...
Gaetano Mosca... un ilustre desconocido... Murió en 1941, unos años después de que Pareto y sus sistemas pudieran fácilmente identificarse. En su libro "Elementos de la ciencia política", Mosca parte de la base de que las comunidades no pueden dirigirse, ni históricamente se han dirigido, ni por individuos aislados ni por colectivos abstractos e inorgánicos. En el primer caso (observemos el ejemplo del franquismo), el sistema político, si depende de un solo individuo, normalmente no le sobrevive: su duración no va más allá de la vida natural del fundador y líder. En el segundo caso, el poder carece de estabilidad, rigor e identidad, y del vacío de poder se puede pasar a la multiplicación de los centros de poder, de la misma forma que de la anarquía a la componenda circunstancial.
Es preciso que el poder y su administración sean administrados por una minoría especializada y cualificada: una clase política dirigente. Todos los períodos de esplendor histórico, si bien han tenido un protagonista prioritario –Cesar, Napoleón-, éste ha sido un integrante más, con la función de líder, de una pequeña minoría operante, verdadera levadura de las masas y auténtico polarizador y canalizador y orientador de las energías nacionales.
Mosca distingue dos tipos de clase política: aquella que él llama "abierta" y que identifica prácticamente con los regímenes democráticos (lo que Burnham asimilará al estado mayor de los partidos políticos), y la "cerrada" o aristocrática, cuyos ejemplos serían los estados orgánicos. Dado que toda aristocracia puede degenerar en oligarquía (principio que describió Platón a la perfección), el "regulador" para Mosca es un Estado en el que "los gobernados se hayan mejor protegidos contra la arbitrariedad, el capricho y la tiranía de los dirigentes". Mosca aparece aquí contagiado de algunos "tics" liberales: encuentra en la doctrina liberal de la unidad de poder y la división de funciones los contrapesos que aseguran la ecuanimidad y rectitud de los dirigentes. La teoría política de Maquiavelo, a pesar de sus interpretaciones populares, iba por el mismo camino, a modo de predecesor del liberalismo, una especie de liberalismo principesco y autoritario.
La noción de Mosca de clase política interesa en la medida en que, perfeccionada, adquiere una mayor coherencia y rigurosidad doctrinal con Wilfredo Pareto.
Pareto, de madre francesa, nació en Italia, aunque residió la práctica totalidad de su vida en Suiza. Hasta la mitad de ésta tuvo concepciones extremadamente liberales en el terreno económico, criticando cualquier tipo de ingerencia estatal en la vida económica. En realidad, las concepciones políticas de Pareto siempre fueron muy vagas y, en cualquier caso, habría que situarlas en el arco comúnmente aceptado como "de derechas". Se adhirió al fascismo no por fe revolucionaria sino, como escribió él mismo a su amigo Carlo Placci, porque el fascismo "es el único movimiento que puede salvar a Italia de males mayores". En muchos artículos afirmó siempre que los valores más importantes que debían anteponerse a cualquiera otros eran la libertad, el orden, el respeto a las leyes y la propiedad privada.
Al igual que Mosca, su obra no es tan importante porque se defina bajo tal o cual etiqueta política, sino porque el análisis histórico que realiza sobre el Estado y el poder le llevan a una concepción objetivamente pragmática. Sus contribuciones principales son dos: la "teoría de la élite" y la "teoría sobre la circulación de las élites".
Pareto contrapone la noción de "élite" a la de clase social: las sociedades no están dirigidas por "clases sociales", sino por élites. Las élites (que, para evitar dudas, señala que son sinónimas de "pequeñas minorías) dan forma a las sociedades y las caracterizan según su voluntad: una sociedad, toda sociedad, es lo que son sus élites. El problema de la decadencia de una sociedad, por lo tanto, está íntimamente ligado al problema de la decadencia y degeneración de las élites gobernantes, políticas. Todas estas conclusiones y las que seguirán parten de un hecho fácilmente comprobable (si se nos permite decirlo, de una perogrullada): "Toda sociedad está dividida en dos capas: una capa superior, de la que forman habitualmente parte los gobernantes, y una capa inferior, naturalmente asociada a los gobernados". En su "Curso de Sociología" enlaza esta concepción con la noción de "jerarquía": "La sociedad se nos aparece como una masa heterogénea, jerárquicamente organizada. Esta jerarquía existe siempre, excepto en las poblaciones salvajes que viven en estado de dispersión". Y en su libro "Los sistemas socialistas", se muestra asimismo tajante: "Las sociedades humanas no pueden vivir sin una jerarquía".
Pero la noción de élite no viene siempre acompañada de una connotación positiva, como se podría pensar. De la misma forma que hay élites entre los delincuentes también las hay entre los militares. La noción de élite no tiene un carácter absoluto, y está presente en cualquier campo de la actividad humana, lo que acarrea la negación del igualitarismo demoliberal y la superación del estrecho concepto de Mosca sobre la legitimidad del gobierno: un gobierno es justo cuando su élite está colocada al servicio de la población, e injusto cuando antepone sus derechos particulares a la generalidad.
Si preguntásemos a Pareto qué ve en la historia y en su eterno devenir, nos contestaría que la historia de la humanidad es la historia de sus élites, luchando las unas contra las otras en una perpetua superación. Es lo que él llama la circulación de las élites.
"Se podría concebir una sociedad en la que la jerarquía fuera estable: pero esta sociedad no tendría absolutamente nada de real. En todas las sociedades humanas, incluso en las sociedades organizadas en castas, la jerarquía terminó por modificarse. La diferencia entre las sociedades consiste en esto: que este cambio pueda ser más o menos lento o rápido. El hecho, a menudo olvidado, es que las aristocracias desaparecen y que esto es la historia de nuestras sociedades. La historia de las sociedades humanas es, en gran parte, la historia de la sucesión de las "aristocracias" (Manual de Sociología).
En cierta forma, la "teoría de la circulación de las élites" es muy asimilable a la "doctrina de la degeneración de las castas" expuesta por Julius Evola en su famosa obra "Rebelión contra el mundo moderno". Difiere exclusivamente en su terminología y en el concepto general de la obra: lo que para Evola son las castas burguesa y proletaria, tiene para Pareto un carácter de élites degeneradas. Curiosamente, Pareto emplea un cierto simbolismo "tradicional" cuando distingue entre "leones" y "zorros": los "leones", cuando están al frente de la sociedad, anteponen cualquier prebenda al beneficio colectivo; los "zorros", por el contrario, buscan el lucro ante cualquier coyuntura. Hoy, la sociedad occidental está dirigida por "zorros", es decir, por las élites burguesas en decadencia. ¿Cuál es el signo inequívoco de que una élite está en decadencia? "Un signo que anuncia casi siempre la decadencia de una aristocracia es la invasión de sentimientos humanitarios y de una débil sensiblería que la convierte en incapaz de defender sus posiciones".
Thomas Molnar asimila varios conceptos expuestos por Pareto en "Los sistemas socialistas". Molnar no puede calificarse bien de sociólogo, aunque su texto más importante, "La Contrarrevolución", analiza, según el método sociológico, las características del fenómeno contrarrevolucionario desde 1789 hasta nuestros días, colocando en el mismo cajón de sastre a Tane y Mussolini, a Hitler y a Krause. Tampoco es historiador, ya que no tiende a exponer todos los avatares de la contrarrevolución, sino sus imbricaciones filosóficas y sociológicas. Mucho menos es político ni politólogo, ya que, si hace causa común con todos los conservadores del mundo (participó en el Congreso Internacional para la Defensa de la Cultura, organizado por el profesor Armando Plebe), no ambicionó cargos ni efectuó tareas de propaganda al servicio de ningún partido en concreto. Lo llamaremos, para entendernos, "el filósofo de la contrarrevolución".
Molnar analiza todos los procesos revolucionarios que se han sucedido desde 1789 hasta nuestros días y extrae una única conclusión: la eclosión revolucionaria se ha producido no en el momento en que el régimen anterior mantenía posiciones odiosas y francamente dictatoriales, sino cuando daba muestras de mayor liberalidad y condescendencia para con los revolucionarios. Luis XVI, por ejemplo, al igual que Nicolás II, concedió grandes beneficios a las fuerzas revolucionarias, incluso se negó a exterminar a la subversión con todas sus fuerzas. Se dice que cuando los revoltosos se aproximaban a Versalles, algunos consejeros alarmados preguntaron a Luis XVI si debían disparar para dispersar a la multitud; el rey dio su negativa aduciendo que se produciría una carnicería (el joven teniente Bonaparte, que se encontraba muy cerca, no dudo en musitar: "¡Qué imbécil!"). Nicolás II concedió a la Duma y le otorgó amplios poderes representativos. Los gobiernos personalistas de Franco y Salazar sucumbieron en el momento en que empezaron a hacer concesiones: unas concesiones que fueron dadas como muestras de fortaleza cuando en realidad eran signos de debilidad, pues conquistada una posición nada hace pensar en su estancamiento hacia la inmediata superior. Esto es una muestra por parte de los gobiernos de que carecen de fe en su propia misión: ni Nicolás II creía en el carácter divino de su monarquía ni Franco estuvo convencido nunca de su pretendida "democracia orgánica"; tampoco las élites directoras que se encontraban a su entorno tenían excesiva fe en el futuro, y muchas veces se preguntaron si no tendrían razón los "revolucionarios": el momento en que la "republique des letters" se infiltró en el palacio de Versalles es perfectamente comparable a cuando Arias Navarro introdujo en los últimos gobiernos de Franco a los personajes encargados de conducir la "transición": las élites políticas estaban degeneradas, carentes de fe en su propia misión.
Molnar expresaba el criterio de Pareto: "Toda élite que no está dispuesta a librar una batalla para defender sus posiciones, está en plena decadencia, no le queda sino dejar su lugar a una nueva élite cuyas cualidades estén más marcadas. Sueña cuando imagina que los principios humanitarios que ha proclamado le serán aplicados: los vencedores harán resonar en sus oídos el implacable "Vae victis". La cuchilla de la guillotina se preparó a la sombra cuando al fin del siglo XVIII las clases dirigentes francesas empezaron a desarrollar su "sensibilidad".
Molnar y Pareto coinciden en observar que el principio del fin de un gobierno se inicia cuando se castra todo espíritu de resistencia. "Las aristocracias no duran siempre. Cualquiera que sea su causa, es evidente que tras un cierto tiempo desaparecen. La historia es un cementerio de aristocracias". Mussolini conocía perfectamente los textos de Pareto y era consciente de sus tesis; cuando afirmó, en 1936, que "el deber de todo régimen es durar", era asimismo consciente de que su poder personal no podría eternizarse: el Partido Fascista fue concebido desde sus orígenes como la clase dirigente de recambio o, si lo preferimos, como la nueva élite. Un periodista del primer semanario de Falange Española, "FE", comentando el discurso de Mussolini, anotó: "¿Quién sucederá a Mussolini? El partido sucederá a Mussolini, el partido se encargará de la renovación de las élites dirigentes". El Partido Fascista estaba concebido de tal manera que la renovación de las élites no supusiera una liquidación del sistema. Por otra parte, la renovación de las élites llevaba consigo la perpetua tensión en el interior del movimiento: ni un momento de respiro, ni un momento de relajación... las jerarquías no son estáticas, sino dinámicas en todo el movimiento fascista, pues es la lucha diaria, constante, la que promueve las jerarquías.
Jules Monnerot es conocido especialmente por su libro "Sociología del comunismo", texto que Simone de Beauvoir calificó como "biblia del anticomunismo", no sin cierta razón. El libro, actualmente anticuado tanto a nivel político como a nivel ideológico, intenta demostrar que el comunismo es el "Islam del siglo XX", que aparece en un momento de quiebra de las oligarquías burguesas (de la misma manera que el Islam arrastró en su formidable expansión a los estados débiles e interiormente divididos, como el reino visigodo) para instaurar el profetismo de una nueva religión de la técnica y de la dialéctica. La más importante afirmación de Monnerot es que "la empresa comunista es ante todo una empresa religiosa (...) El comunismo se presenta a la vez como religión secular y como estado universal. Religión secular que drena los sentimientos, organiza y hace eficaces los impulsos que rebelan a los hombres contra las sociedades en las que han nacido, acelera ese estado de separación de sí mismas y de escisión de una parte de sus fuerzas vivas, precipita los ritmos de disolución y de destrucción". Dejando aparte que el libro de Monnerot sea un producto de la guerra fría, existe en él un trasfondo de veracidad que hace su lectura aconsejable todavía hoy, no solo porque demuestra que el natural instinto religioso del hombre ha sido aprovechado (como el luchador de akido aprovecha las fuerzas del adversario para vencerle) en beneficio del marxismo, sino porque investiga los mecanismos de los que se vale la subversión para lograr sus fines.
Monnerot enlaza con Pareto en su análisis sobre el motor material de la subversión: la élite dirigente marxista, el "apparatchik" (el hombre del aparato, en la jerarquía orgánica comunista), el partido comunista y la internacional. Coincide asimismo con Thomas Molnar en la impotencia de los "contrarrevolucionarios" mientras no asimilen las técnicas modernas de propaganda y manipulación de masas, mientras no sean conscientes de que su victoria solamente es posible mediante planteamientos coherentes de carácter global. También coincide, junto a Max Weber, en la importancia de los "jefes carismáticos".
Max Weber fue llamado por algunos "el Maquiavelo alemán"; su amplia obra sociológica, política y filosófica excede con mucho el marco de posibilidades de este trabajo y merece un ulterior trato aparte. Weber, poco antes de la subida al poder del Partido Nacional Socialista, expuso la teoría de que en una sociedad burocratizada y que progresivamente iría llegando a estadios técnicos más elevados, lo que implica un aumento constante de la burocracia, el poder debe estar en manos capacitadas (una élite directora) y a la vez en contacto con las masas, contacto necesario para evitar la anulación del individuo en lo anónimo e impersonal. Ese contacto debe estar asegurado por los "jefes carismáticos" que sepan no solo ganar la adhesión y la simpatía del pueblo, sino también interpretar sus deseos e instruir nuevas directrices. La burocracia no basta para lograr estos cometidos que no solo son generacionales, sino también éticos y morales.
Otros dos sociólogos, Robert Michels y James Burham, completan el cuadro de observaciones sociológicas sobre las élites, la clase política dirigente y la realidad social. Para Michels, por ejemplo, el fenómeno capital del siglo XX es la tendencia de las sociedades hacia el bonapartismo. El término "bonapartismo" evoca la figura de Napoleón I, personalidad en la cual es indispensable distinguir su aspecto político del militar. El segundo es incuestionable: fue un genio en la maniobrabilidad de los ejércitos. El primero tiene otro significado: la burguesía nacida de la Revolución Francesa, a fin de salir del sangriento marasmo en que le había sumido las disputas entre los partidos y las sectas, resueltas todas con la guillotina, entregó el poder a un dictador al cual confió sus destinos. La misma imagen se ha repetido a lo largo de los siglos en diferentes ocasiones. La tendencia al bonapartismo enlaza con el "jefe carismático" de Max Weber y con la "clase política dirigente" de Pareto. Todas estas ideas se complementan entre sí.
Michels, sin embargo, va más lejos. En su libro "Ensayo sobre las tendencias oligárquicas de la democracia" se dedica a destruir los mitos democráticos: el poder no reside en el pueblo, ya que "cuando se produce un conflicto entre dirigentes y dirigidos (las masas), los primeros resultan siempre victoriosos si saben permanecer unidos, si no ofrecen fisuras" . La "ley de broce de las oligarquías" puede formularse en el siguiente parágrafo: "los pueblos tienen tendencia a dejarse dominar (basta ojear las obras de Gustav Le Bon sobre la psicología de masas para darse cuenta de ello) en momentos de crisis por una minoría de especialistas". En otra obra posterior, "Sociología del partido político en la democracia moderna", Michels es todavía más duro al juzgar el régimen democrático: aun suponiendo que el hombre fuera igual en capacidad a sus semejantes, aun suponiendo un mismo nivel de conocimientos, los medios de información de masas y la manipulación de los canales mediáticos por los partidos políticos condicionarían hasta tal punto cualquier elección democrática que ésta carecería de valor real.
James Burham, otro de los "maquiavélicos", considera la marcha hacia el bonapartismo como una tendencia natural de los tiempos de la modernidad. Es más, considera que ciertas formas de bonapartismo son la consecuencia extrema del régimen liberal, coincidiendo sorprendentemente con Evola. En efecto, el bonapartismo siempre actúa "en nombre del pueblo" y "por voluntad de la nación", fórmulas semejantes a los juramentos democráticos y al espíritu de la declaración de independencia de los Estados Unidos de América, primer texto político de carácter democrático-moderno. Debemos retener esta tendencia como normal, lo cual no quiere decir que sea, en sí, positiva o negativa; es positiva en tanto está dirigida conscientemente al servicio de una ética y de una moral y asume una tradición occidental; es negativa, por el contrario, cuando se convierte en un mero formalismo o excusa por el cual una oligarquía económica tiende a conservar y retener el poder. Burham no fue el primero en advertir que el capitalismo está llamado a desaparecer y que el socialismo no está capacitado para reemplazarlo, al tener objetivamente sus mismos fines y ser su evolución la misma. Pero sí ha sido el primero en advertir que el poder corresponde, en cualquier Estado moderno, cada vez más, a una nueva clase política dirigente: los técnicos ("En la sociedad directorial la soberanía está localizada en las oficinas administrativas"). Asimismo advierte las tendencias sinárquicas de los tecnócratas ("Los problemas de los técnicos y de los managers son los mismos en cualquier latitud, están hechos para entenderse, mientras que los políticos están hechos para pelearse") y la tendencia general a hacer depender cada vez más la política de la economía. Las tendencias internacionales confirman esta hipótesis de manera rotunda, de manera que no podemos hablar ya de una hipótesis, sino de una constatación.
La tecnocracia representa en la actualidad una clase política dirigente privada de cualquier norma ideológica que no sea la efectividad y la producción a todo riesgo. Una clase que domina el planeta, más allá de las esferas de la influencia política; una casta que puede considerarse una caricatura de la casta sacerdotal: los nuevos sacerdotes de la técnica, descomprometidos y egoístas con la realidad social, dominan el mundo de hoy...
Con Pareto y Burham, y con toda la tendencia sociológica, hemos recorrido la temática central de la resistencia de lo político ante lo económico. Hemos llegado, otra vez, a la identidad entre el capitalismo y el socialismo marxista, a su lógica correlación de fines últimos.