EL
PRIMER VIAJE A LAS INDIAS
(RELACIÓN
COMPENDIADA POR FRAY BARTOLOMÉ
DE
LAS CASAS)
Este
es el primer viaje y las derrotas y camino que hizo el Almirante don Cristóbal
Colón cuando descubrió las Indias, puesto sumariamente, sin el prólogo que hizo
a los Reyes, que va a la letra y comienza de esta manera: In Nomine Domini
Nostri Jesu Christi.
Porque,
cristianísimos y muy altos y muy excelentes y muy poderosos Príncipes, Rey y
Reina de las Españas y de las islas de la mar, Nuestros Señores, este presente
año de 1492, después de Vuestras Altezas haber dado fin a la guerra de los
moros que reinaban en Europa y haber acabado la guerra en la muy grande ciudad
de Granada, adonde este presente año a dos días del mes de enero por fuerza de
armas vi poner las banderas reales de Vuestras Altezas en las torres de la
Alhambra, que es la fortaleza de la dicha ciudad y vi salir al rey moro a las
puertas de la ciudad y besar las reales manos de Vuestras Altezas y del
Príncipe mi Señor, y luego en aquel presente mes, por la información que yo
había dado a Vuestras Altezas de las tierras de India y de un Príncipe llamado
Gran Can (que quiere decir en nuestro romance Rey de los Reyes), como muchas
veces él y sus antecesores habían enviado a Roma a pedir doctores en nuestra santa
fe porque le enseñasen en ella, y que nunca el Santo Padre le había proveído y
se perdían tantos pueblos creyendo en idolatrías o recibiendo en sí sectas de
perdición, Vuestras Altezas, como católicos cristianos y Príncipes amadores de
la santa fe cristiana y acrecentadores de ella, y enemigos de la secta de
Mahoma y de todas idolatrías y herejías, pensaron de enviarme a mí, Cristóbal
Colón, a las dichas partidas de India para ver a los dichos príncipes, y los
pueblos y tierras y la disposición de ellas y de todo, y la manera que se
pudiera tener para la conversión de ellas a nuestra santa fe; y ordenaron que
yo no fuese por tierra al Oriente, por donde se acostumbra de andar, salvo por
el camino de Occidente, por donde hasta hoy no sabemos por cierta fe que haya
pasado nadie. Así que, después de haber echado fuera todos los judíos de
vuestros reinos y señoríos en el mismo mes de enero mandaron Vuestras Altezas a
mí que con armada suficiente me fuese a las dichas partidas de India; y para
ello me hicieron grandes mercedes y me ennoblecieron que dende en adelante yo
me llamase Don, y fuese Almirante Mayor de la Mar Océana y Virrey y Gobernador
perpetuo de todas las islas y tierra firme que yo descubriese y ganase, y de
aquí en adelante se descubriesen y ganasen en la Mar Océana, y así me sucediese
mi hijo mayor, y así de grado en grado para siempre jamás. Y partí yo de la
ciudad de Granada a doce días del mes de mayo del mismo año de 1492, en sábado.
Vine a la villa de Palos, que es puerto de mar, adonde armé yo tres navíos muy
aptos para semejante hecho, y partí del dicho puerto muy abastecido de muy
muchos mantenimientos y de mucha gente de la mar, a tres días del mes de agosto
del dicho año, en un viernes, antes de la salida del sol con media hora, y llevé
el camino de las islas de Canaria de Vuestras Altezas, que son en la dicha Mar
Océana, para de allí tomar mi derrota y navegar tanto que yo llegase a las
Indias, y dar la embajada de Vuestras Altezas a aquellos Príncipes y cumplir lo
que así me habían mandado; y para esto pensé de escribir todo este viaje muy
puntualmente de día en día todo lo que hiciese y viese y pasase, como adelante
se vera. También, Señores Príncipes, allende de escribir cada noche lo que el
día pasare, y el día lo que la noche navegare, tengo propósito de hacer carta
nueva de navegar, en la cual situaré toda la mar y tierras del Mar Océano en
sus propios lugares, debajo su viento, y más, componer un libro, y poner todo
por el semejante por pintura, por latitud del equinoccial y longitud del
Occidente; y sobre todo cumple mucho que yo olvide el sueño y tiente mucho el
navegar, porque así cumple, las cuales serán gran trabajo.
Viernes, 3 de agosto
Partimos
viernes tres días de agosto de 1492 de la barra de Saltés, a las ocho horas. Anduvimos
con fuerte virazón hasta el poner del sol hacia el Sur sesenta millas, que son
quince leguas; después al Sudoeste y al Sur cuarta del Sudoeste, que era el
camino para las Canarias.
Sábado, 4 de agosto
Anduvieron
al Sudoeste cuarta del Sur.
Domingo, 5 de agosto
Anduvieron
su vía entre día y noche más de cuarenta leguas.
Lunes, 6 de agosto
Saltó
o desencajóse el gobernario a la carabela Pinta, donde iba Martín Alonso
Pinzón, a lo que se creyó y sospechó por industria de un Gómez Rascón y
Cristóbal Quintero, cuya era la carabela, porque le pesaba ir en aquel viaje; y
dice el Almirante que antes de que partiese habían hallado en ciertos reveses y
grisquetas como dicen, a los dichos. Viose allí el Almirante en gran turbación
por no poder ayudar a la dicha carabela sin su peligro, y dice que alguna pena
perdía con saber que Martín Alonso Pinzón era persona esforzada y de buen
ingenio. En fin, anduvieron entre día y noche veintinueve leguas.
Martes, 7 de agosto
Tornóse
a saltar el gobernalle a la Pinta, y adobáronlo y anduvieron en demanda de la
isla del Lanzarote, que es una de las islas de Canarias, y anduvieron entre día
y noche veinticinco leguas.
Miércoles, 8 de agosto
Hubo
entre los pilotos de las tres carabelas opiniones diversas dónde estaban, y el
Almirante salió más verdadero; y quisiera ir a Gran Canaria por dejar la
carabela Pinta, porque iba mal acondicionada del gobernario y hacía agua, y
quisiera tomar allí otra si la hallara. No pudieron tomarla aquel día.
Jueves, 9 de agosto 12
Hasta
el domingo en la noche no pudo el Almirante tomar la Gomera, y Martín Alonso
quedóse en aquella costa de Gran Canaria por mandado del Almirante, porque no
podía navegar. Después tornó el Almirante a Canaria, y adobaron muy bien la
Pinta con mucho trabajo y diligencias del Almirante, de Martín Alonso y de los
demás; y al cabo vinieron a la Gomera. Vieron salir gran fuego de la sierra de
la isla de Tenerife, que es muy alta en gran manera. Hicieron la Pinta redonda,
porque era latina ; tornó a la Gomera domingo a dos de septiembre con la Pinta
adobada.
Dice
el Almirante que juraban muchos hombres honrados españoles que en la Gomera
estaban con doña Inés Peraza, madre de Guillén Peraza, que después fue el
primer Conde de la Gomera, que eran vecinos de la isla de Hierro, que cada año
veían tierra al Oeste de las Canarias, que es al Poniente; y otros de la Gomera
afirmaban otro tanto con juramento. Dice aquí el Almirante que se acuerda que
estando en Portugal el año 1484 vino uno de la isla de Madera al Rey a le pedir
una carabela para ir a esta tierra que veía, la cual juraba que cada año la
veía y siempre de una manera. Y también dice que se acuerda que lo mismo decían
en las islas de los Azores y todos éstos en una derrota y en una manera de
señal y en una grandeza.Tomada, pues, agua y leña y carnes y lo demás que
tenían los hombres que dejó en la Gomera el Almirante cuando fue a la isla de
Canaria a adobar la carabela Pinta, finalmente se hizo a la vela de la dicha
isla de la Gomera con sus tres carabelas jueves a seis días de septiembre.
Jueves, 6 de septiembre
Partió
aquel día por la mañana del puerto de la Gomera y tomó la vuelta para ir a su
viaje. Y supo el Almirante de una carabela que venía de la isla del Hierro que
andaban por allí tres carabelas de Portugal para lo tomar: debía ser la envidia
que el Rey tenía por haberse ido a Castilla. Y anduvo todo aquel día y noche en
calma, y a la mañana se halló entre la Gomera y Tenerife.
Viernes, 7 de septiembre
Todo
el viernes y el sábado, hasta tres horas de noche, estuvo en calma.
Sábado, 8 de septiembre
Tres
horas de noche sábado comenzó a ventear Nordeste, y tomó su vía y camino al
Oeste.Tuvo mucha mar por proa. que le estorbaba el camino; y andaría aquel día
nueve leguas con su noche.
Domingo, 9 de septiembre
Anduvo
aquel día diecinueve leguas, y acordó contar menos de las que andaba, porque si
el viaje fuese luengo no se espantase y desmayase la gente. En la noche anduvo
ciento veinte millas; a diez millas por hora, que son treinta leguas. Los
marineros gobernaban mal, decayendo sobre la cuarta del Nordeste, y aun a la
media partida: sobre lo cual les riñó el Almirante muchas veces.
Lunes, 10 de septiembre
En
aquel día con su noche anduvo sesenta leguas, a diez millas por hora 21, que
son dos leguas y media; pero no contaba sino cuarenta y ocho leguas, porque no
se asombrase la gente si el viaje fuese largo.
Martes, 11 de septiembre
Aquel
día navegaron a su vía, que era el Oeste, y anduvieron veinte leguas y más, y
vieron un gran trozo de mástil de nao, de ciento y veinte toneles, y no lo
pudieron tomar. La noche anduvieron cerca de veinte leguas, y contó no más de
dieciséis por la causa dicha.
Miércoles, 12 de septiembre
Aquel
día, yendo su vía, anduvieron en noche y día treinta y tres leguas, contando
menos por la dicha causa.
Jueves, 13 de septiembre
Aquel
día con su noche, yendo a su vía, que era al Oeste, anduvieron treinta y tres
leguas, y contaba tres o cuatro menos. Las corrientes le eran contrarias. En
este día, al comienzo de la noche, las agujas noroesteaban, y a la mañana
noroesteaban algún tanto.
Viernes, 14 de septiembre
Navegaron
aquel día su camino al Oeste con su noche y anduvieron veinte leguas; contó
alguna menos. Aquí dijeron los de la carabela Niña que había visto un garjao y
un rabo de junco; y estas aves nunca se apartan de tierra, cuando más,
veinticinco leguas.
Sábado, 15 de septiembre
Navegó
aquel día con su noche veintisiete leguas su camino al Oeste y algunas más. Y
en esta noche al principio de ella vieron caer del cielo un maravilloso ramo de
fuego en la mar, lejos de ellos cuatro o cinco leguas
Domingo, 16 de septiembre
Navegó
aquel día y la noche a su camino al Oeste. Andarían treinta y nueve leguas,
pero no contó sino treinta y seis. Tuvo aquel día algunos nublados, lloviznó.
Dice aquí el Almirante que hoy y siempre de allí adelante hallaron aires
temperantísimos, que era placer grande el gusto de las mañanas, que no faltaba
sino oír ruiseñores. Dice él: «y era el tiempo como por abril en el Andalucía».
Aquí comenzaron a ver muchas manadas de hierba muy verde que poco había, según
le parecía, que se había desapegado de tierra, por lo cual todos juzgaban que
estaban cerca de alguna isla; pero no de tierra firme, según el Almirante, que
dice: «porque la tierra firme hago más adelante».
Lunes, 17 de septiembre
Navegó
a su camino al Oeste, y andarían en día y noche cincuenta leguas y más. No
asentó sino cuarenta y siete. Ayudábales la corriente. Vieron mucha hierba y
muy a menudo, y era hierba de peñas, y venía la hierba de hacia Poniente.
Juzgaban estar cerca de tierra.
Tomaron
los pilotos el Norte marcándolo, y hallaron que las agujas noroesteaban una
gran cuarta, y temían los marineros y estaban penados y no decían de qué.
Conociólo el Almirante; mandó que tornasen a marcar el Norte en amaneciendo, y
hallaron que estaban buenas las agujas. La causa fue porque la estrella que
parece hace movimiento, y no las agujas. En amaneciendo, aquel lunes, vieron
muchas más hierbas y que parecían hierbas de ríos, en las cuales hallaron un cangrejo
vivo, el cual guardó el Almirante. Y dice que aquellas fueron señales ciertas
de tierra, porque no se hallan ochenta leguas de tierra. El agua de la mar
hallaban menos salada desde que salieron de las Canarias; los aires siempre más
suaves. Iban muy alegres todos y los navíos quien más podía andar andaba por
ver primero tierra. Vieron muchas toninas, y los de la Niña mataron una. Dice
aquí el Almirante que aquellas señales eran del Poniente, «donde espero en
aquel alto Dios, en cuyas manos están todas las victorias, que muy presto nos
dará tierra». En aquella mañana dice que vio un ave blanca que se llama rabo de
junco que no suele dormir en la mar.
Martes, 18 de septiembre
Navegó
aquel día con su noche, y andarían más de cincuenta y cinco leguas, pero no
asentó sino cuarenta y ocho. Llevaba todos estos días mar muy bonanza, como en
el río de Sevilla. Este día Martín Alonso, con la Pinta, que era gran velera,
no esperó, porque dijo al Almirante desde su carabela que había visto gran
multitud de aves ir hacia el Poniente, y que aquella noche esperaba ver tierra
y por eso andaba tanto. Apareció a la parte del Norte una gran cerrazón, que es
señal de estar sobre la tierra.
Miércoles, 19 de septiembre
Navegó
su camino, y entre día y noche andarían veinticinco leguas, porque tuvieron
calma. Escribió veintidós. Este día a las diez horas, vino a la nao un
alcatraz, y a la tarde vieron otro, que no suele apartarse veinte leguas de
tierra. Vinieron unos llovizneros sin viento, lo que es señal cierta de tierra.
No quiso detenerse barloventeando el Almirante para averiguar si había tierra;
más de que tuvo por cierto que a la banda del Norte y del Sur había algunas
islas, como la verdad lo estaban, y él iba por medio de ellas. Porque su
voluntad era de seguir adelante hasta las Indias, «y el tiempo es bueno, porque
placiendo a Dios a la vuelta se vería todo»; éstas son sus palabras... Aquí
descubrieron sus puntos los pilotos: el de la Niña se hallaba de las Canarias a
cuatrocientas cuarenta leguas; el de la Pinta, a cuatrocientas veinte; el de la
donde iba el Almirante, a cuatrocientas justas.
Jueves, 20 de septiembre
Navegó
este día al Oeste cuarta del Noroeste y a la media partida, porque se mudaron
muchos vientos con la calma que había. Andarían hasta siete u ocho leguas.
Vinieron a la nao dos alcatraces y después otro, que fue señal de estar cerca
de tierra; y vieron mucha hierba, aunque el día pasado no habían visto de ella.
Tomaron un pájaro, con la mano, que era como un garjao; era pájaro de río y no
de mar: los pies tenía como gaviota. Vinieron al navío, en amaneciendo, dos o
tres pajaritos de tierra cantando, y después, antes del sol salido,
desaparecieron. Después vino un alcatraz: venía del Oesnoroeste; iba al
Sudeste, que era señal que dejaba la tierra al Oesnoroeste, porque estas aves
duermen en tierra y por la mañana van a la mar a buscar su vida, y no se alejan
veinte leguas.
Viernes, 21 de septiembre
Aquel
día fue todo lo más calma y después algún viento. Andarían entre día y noche,
de ello a la vía y de ello no, hasta trece leguas. En amaneciendo, hallaron
tanta hierba que parecía ser la mar cuajada de ella, y venía del Oeste. Vieron
un alcatraz. La mar muy llana como un río y los aires los mejores del mundo.
Vieron una ballena, que es señal de que estaban cerca de tierra, porque siempre
andan cerca
Sábado, 22 de septiembre
Navegó
al Oesnoroeste más o menos, acostándose a una y otra parte. Andarían treinta
leguas. No veían casi hierba. Vieron unas pardelas y otra ave. Dice aquí el
Almirante: «Mucho me fue necesario este viento contrario, porque mi gente
andaban muy estimulados, que pensaban que no ventaban estos mares vientos para
volver a España. Por un pedazo de día no hubo hierba; después, muy espesa.
Domingo, 23 de septiembre
Navegó
al Noroeste y a las veces a la cuarta del Norte y a las veces a su camino, que
era el Oeste; y andaría hasta veintidós leguas. Vieron una tórtola, y un
alcatraz y otro pajarito de río y otras aves blancas. Las hierbas eran muchas,
y hallaban cangrejos en ellas. Y como la mar estuviese mansa y llana, murmuraba
la gente diciendo: que pues por allí no había mar grande, que nunca ventaría
para volver a España; pero después alzóse mucho la mar y sin viento, que los
asombraba, por lo cual dice aquí el Almirante: "Así que muy necesario me
fue la mar alta, que no pareció salvo el tiempo de los judíos cuando salieron
de Egipto contra Moisén, que los sacaba de cautiverio."
Lunes, 24 de septiembre
Navegó
a su camino al Oeste día y noche, y andarían catorce leguas y media. Contó
doce. Vino al navío un alcatraz y vieron muchas pardelas.
Martes, 25 de septiembre
Este
día hubo mucha calma, y después ventó; y fueron su camino al Oeste hasta la
noche. Iba hablando el Almirante con Martín Alonso Pinzón, capitán de la otra
carabela Pinta, sobre una carta que le había enviado tres días hacía a la
carabela, donde según parece tenía pintadas el Almirante ciertas islas por
aquella mar. Y decía Martín Alonso que estaban en aquella comarca, y decía el
Almirante que así le parecía a él; pero puesto que no hubiesen dado con ellas,
lo debían de haber causado las corrientes que siempre habían echado los navíos
al Nordeste, y que no habían andado tanto como los pilotos decían. Y, estando
en esto, dijo el Almirante que le enviase la carta dicha. Y, enviada con alguna
cuerda, comenzó el Almirante a cartear en ella con su piloto y marineros. Al
sol puesto, subió el Martín Alonso en la popa de su navío, y con mucha alegría
llamó al Almirante, pidiéndole albricias que veía tierra. Y cuando se lo oyó
decir con afirmación, el Almirante dice que se echó a dar gracias a Nuestro
Señor de rodillas, y el Martín Alonso decía Gloria in excelsis Deo con su
gente. Lo mismo hizo la gente del Almirante; y los de la Niña subiéronse todos
sobre el mástil y en la jarcia, y todos afirmaron que era tierra. Y al
Almirante así pareció y que habría a ella veinticinco leguas. Estuvieron hasta
la noche afirmando todos ser tierra. Mandó el Almirante dejar su camino, que
era el Oeste, y que fuesen todos al Sudoeste, adonde había parecido la tierra.
Habrían andado aquel día al Oeste cuatro leguas y media, y en la noche al
Sudoeste diecisiete leguas, que son veintiuna, puesto que decía a la gente
trece leguas porque siempre fingía a la gente que hacía poco camino porque no
les pareciese largo; por manera que escribió por dos caminos aquel viaje, el
menor fue el fingido, y el mayor el verdadero. Anduvo la mar muy llana, por lo
cual se echaron a nadar muchos marineros. Vieron muchos dorados y otros peces.
Miércoles, 26 de septiembre
Navegó
a su camino al Oeste hasta después de medio día. De allí fueron al Sudoeste
hasta conocer que lo que decían que había sido tierra no lo era, sino cielo.
Anduvieron día y noche treinta y una leguas, y contó a la gente veinticuatro.
La mar era como un río, los aires dulces y suavísimos.
Jueves, 27 de septiembre
Navegó
a su vía al Oeste. Anduvo entre día y noche veinticuatro leguas; contó a la
gente veinte leguas. Vinieron muchos dorados; mataron uno. Vieron un rabo de
junco.
Viernes, 28 de septiembre
Navegó
a su camino al Oeste, anduvieron día y noche con calma catorce leguas; contaron
trece. Hallaron poca hierba; tomaron dos peces dorados, y en los otros navíos
más.
Sábado, 29 de septiembre
Navegó
a su camino al Oeste. Anduvieron veinticuatro leguas; contó a la gente
veintiuna. Por calmas que tuvieron, anduvieron entre día y noche poco. Vieron
un ave que se llamaba rabihorcado, que hace vomitar a los alcatraces lo que
comen para comerlo ella, y no se mantiene de otra cosa. Es ave de la mar, pero
no posa en la mar ni se aparta de tierra veinte leguas. Hay de éstas muchas en
las islas de Cabo Verde. Después vinieron dos alcatraces. Los aires eran muy
dulces y sabrosos, que dice que no faltaba sino oir al ruiseñor, y la mar llana
como un río. Parecieron después en tres veces tres alcatraces y un horcado.
Vieron mucha hierba.
Domingo, 30 de septiembre
Navegó
su camino al Oeste. Anduvo entre día y noche, por las calmas, catorce leguas;
contó once. Vinieron al navío cuatro rabos de junco, que es gran señal de tierra,
porque tantas aves de una naturaleza juntas es señal que no andan desmandadas
ni perdidas. Viéronse cuatro alcatraces en dos veces. Hierba, mucha. Nota: Que
las estrellas que se llaman las Guardas, cuando anochece, están junto al brazo
de la parte del Poniente, y cuando amanece están en la línea debajo del brazo
al Nordeste, que parece que en toda la noche no andan salvo tres líneas, que
son nueve horas, y esto cada noche: esto dice aquí el Almirante. También en
anocheciendo las agujas noroestean una cuarta, y en amaneciendo están con la
estrella justo; por lo cual parece que la estrella hace movimiento como las
otras estrellas, y las agujas piden siempre la verdad.
Lunes, 1 de octubre
Navegó
su camino al Oeste. Anduvieron veinticinco leguas; contó a la gente veinte
leguas. Tuvieron grande aguacero. El piloto del Almirante tenía hoy, en
amaneciendo, que habían andado desde la isla de Hierro hasta aquí quinientas
sesenta y ocho leguas al Oeste. La cuenta menor que el Almirante mostraba a la
gente eran quinientas ochenta y cuatro leguas; pero la verdadera que el
Almirante juzgaba y guardaba eran setecientas siete.
Martes, 2 de octubre
Navegó
su camino al Oeste noche y día treinta y nueve leguas, contó a la gente obra de
treinta leguas. La mar, llana y buena siempre. «A Dios muchas gracias sean
dadas», dijo aquí el Almirante. Hierba venía del Este al Oeste, por el
contrario de lo que solía: parecieron muchos peces; matóse uno. Vieron un ave
blanca que parecía gaviota.
Miércoles, 3 de octubre
Navegó
su vía ordinaria. Anduvieron cuarenta y siete leguas; contó a la gente cuarenta
leguas. Aparecieron pardelas, hierba mucha, alguna muy vieja y otra muy fresca,
y traía como fruta; y no vieron aves algunas. Creía el Almirante que le
quedaban atrás las islas que traía pintadas en su carta. Dice aquí el Almirante
que no se quiso detener barloventeando la semana pasada y estos días que había
tantas señales de tierra, aunque tenía noticia de ciertas islas en aquella
comarca, por no se detener, pues su fin era pasar a las Indias; y si se
detuviera, dice él, que no fuera buen seso.
Jueves, 4 de octubre
Navegó
a su camino al Oeste. Anduvieron entre día y noche sesenta y tres leguas; contó
a la gente cuarenta y seis leguas. Vinieron al navío más de cuarenta pardelas
juntos y dos alcatraces, y al uno dio una pedrada un mozo de la carabela. Vino
a la nao un rabihorcado y una blanca como gaviota.
Viernes, 5 de octubre
Navegó
a su camino. Andarían once millas por hora. Por la noche y día andarían
cincuenta y siete leguas, porque aflojó la noche algo el viento; contó a su
gente cuarenta y cinco. La mar en bonanza y llana. «A Dios -dice- muchas
gracias sean dadas.» El aire muy dulce y templado, hierba ninguna, aves
pardelas muchas, peces golondrinas volaron en la nao muchos.
Sábado, 6 de octubre
Navegó
su camino al Oeste o Güeste, que es lo mismo. Anduvieron cuarenta leguas entre
día y noche; contó a la gente treinta y tres leguas. Esta noche dijo Martín
Alonso que sería bien navegar a la cuarta del Oeste, a la parte del Sudoeste; y
al Almirante pareció que no decía esto Martín Alonso por la isla de Cipango, y
el Almirante veía que si la erraban que no pudieran tan presto tomar tierra y
que era mejor una vez ir a la tierra firme y después a las islas.
Domingo, 7 de octubre
Navegó
a su camino al Oeste; anduvieron doce millas por hora dos horas, y después ocho
millas por hora; y andaría hasta una hora de sol veintitrés leguas. Contó a la
gente dieciocho. En este día, al levantar el sol, la carabela Niña, que iba
delante por ser velera, y andaban quien más podía por ver primero tierra, por
gozar de la merced que los Reyes a quien primero la viese habían prometido,
levantó una bandera en el topo del mástil y tiró una lombarda por señal que
veían tierra, porque así lo había ordenado el Almirante. Tenía también ordenado
que al salir del sol y al ponerse se juntasen todos los navíos con él, porque
estos dos tiempos son más propios para que los humores den más lugar a ver más
lejos. Como en la tarde no viesen tierra, la que pensaban los de la carabela
Niña que habían visto, y porque pasaban gran multitud de aves de la parte del
Norte al Sudoeste (por lo cual era de creer que se iban a dormir a tierra o
huían quizá del invierno, que en las tierras de donde venían debía de querer
venir, porque sabía el Almirante que las más de las islas que tienen los
portugueses por las aves las descubrieron), por esto el Almirante acordó dejar
el camino del Oeste y poner la proa hacia Oessudoeste, con determinación de
andar dos días por aquella vía. Esto comenzó antes una hora del sol puesto.
Andarían en toda la noche obra de cinco leguas, y veintitrés del día. Fueron
por todas veintiocho leguas noche y día.
Lunes, 8 de octubre
Navegó
al Oessudoeste y andarían entre día y noche once leguas y media o doce, y a ratos
parece que anduvieron en la noche quince millas por hora, si no está mentirosa
la letra. Tuvieron la mar como el río de Sevilla; gracias a Dios, dice el
Almirante. Los aires muy dulces como en abril en Sevilla, que es placer estar a
ellos: tan olorosos son. Pareció la hierba muy fresca; muchos pajaritos del
campo, y tomaron uno que iba huyendo al Sudoeste, grajaos y ánades y un
alcatraz.
Martes, 9 de octubre
Navegó
al Sudoeste. Anduvo cinco leguas; mudóse el viento y corrió al Oeste cuarta al
Noroeste, y anduvo cuatro leguas. Después con todas once leguas de día y a la
noche veinte leguas y media. Contó a la gente diecisiete leguas. Toda la noche
oyeron pasar pájaros.
Miércoles, 10 de octubre
Navegó
al Oessudoeste. Anduvieron a diez millas por hora y a ratos doce y algún rato a
siete, y entre día y noche cincuenta y nueve leguas. Contó a la gente cuarenta
y cuatro leguas no más. Aquí la gente ya no lo podía sufrir: quejábase del
largo viaje. Pero el Almirante los esforzó lo mejor que pudo, dándoles buena
esperanza de los provechos que podrían haber. Y añadía que por demás era
quejarse, pues que él había venido a las Indias, y que así lo había de
proseguir hasta hallarlas con la ayuda de Nuestro Señor.
Jueves, 11 de octubre
Navegó
al Oessudoeste. Tuvieron mucha mar y más que en todo el viaje habían tenido.
Vieron pardelas y un junco verde junto a la nao. Vieron los de la carabela
Pinta una caña y un palo y tomaron otro palillo labrado a lo que parecía con
hierro, y un pedazo de caña y otra hierba que nace en tierra, y una tablilla.
Los de la carabela Niña también vieron otras señales de tierra y un palillo
cargado de escaramujos. Con estas señales respiraron y alegráronse todos.
Anduvieron en este día, hasta puesto el sol, veintisiete leguas.
Después
del sol puesto, navegó a su primer camino, al Oeste; andarían doce millas cada
hora y hasta dos horas después de media noche andarían noventa millas, que son
veintidós leguas y media. Y porque la carabela Pinta era más velera e iba
delante del Almirante, halló tierra e hizo las señas que el Almirante había
mandado. Esta tierra vio primero un marinero que se decía Rodrigo de Triana;
puesto que el Almirante, a las diez de la noche, estando en el castillo de
popa, vio lumbre, aunque fue cosa tan cerrada que no quiso afirmar que fuese
tierra; pero llamó a Pero Gutiérrez, repostero de estrados del Rey, y díjole
que parecía lumbre, que mirase él, y así lo hizo y viola; díjole también a
Rodrigo Sánchez de Segovia, que el Rey y la Reina enviaban en el armada por
veedor, el cual no vio nada porque no estaba en lugar do la pudiese ver.
Después de que el Almirante lo dijo, se vio una vez o dos, y era como una
candelilla de cera que se alzaba y levantaba, lo cual a pocos pareciera ser
indicio de tierra. Pero el Almirante tuvo por cierto estar junto a la tierra.
Por lo cual, cuando dijeron la Salve, que la acostumbraban decir y cantar a su
manera todos los marineros y se hallan todos, rogó y amonestólos el Almirante
que hiciesen buena guarda al castillo de proa, y mirasen bien por la tierra, y
que al que le dijese primero que veía tierra le daría luego un jubón de seda,
sin las otras mercedes que los Reyes habían prometido, que eran diez mil
maravedís de juro a quien primero la viese. A las dos horas después de media
noche pareció la tierra de la cual estarían dos leguas Amañaron todas las
velas, y quedaron con el treo, que es la vela grande sin bonetas, y pusiéronse
a la corda, temporizando hasta el día viernes, que llegaron a una islita de los
Lucayos, que se llamaba en lengua de indios Guanahaní. Luego vinieron gente
desnuda, y el Almirante salió a tierra en la barca armada, y Martín Alonso
Pinzón y Vicente Yáñez, su hermano, que era capitán de la Niña. Sacó el
Almirante la bandera real y los capitanes con dos banderas de la Cruz Verde,
que llevaba el Almirante en todos los navíos por seña, con una F y una Y:
encima de cada letra su corona, una de un cabo de la cruz y otra de otro.
Puestos en tierra vieron árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de diversas
maneras. El Almirante llamó a los dos capitanes y a los demás que saltaron en
tierra, y a Rodrigo de Escobedo, escribano de toda el armada, y a Rodrigo
Sánchez de Segovia, y dijo que le diesen por fe y testimonio cómo él por ante
todos tomaba, como de hecho tomó, posesión de la dicha isla por el Rey y por la
Reina sus señores, haciendo las protestaciones que se requerían, como más largo
se contiene en los testimonios que allí se hicieron por escrito. Luego se
ajuntó allí mucha gente de la isla. Esto que se sigue son palabras formales del
Almirante, en su libro de su primera navegación y descubrimiento de estas
Indias. «Yo -dice él-, porque nos tuviesen mucha amistad, porque conocí que era
gente que mejor se libraría y convertiría a nuestra Santa Fe con amor que no
por fuerza, les di a algunos de ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de
vidrio que se ponían al pescuezo, y otras cosas muchas de poco valor, con que
hubieron mucho placer y quedaron tanto nuestros que era maravilla. Los cuales
después venían a las barcas de los navíos adonde nos estábamos, nadando, y nos
traían papagayos e hilo de algodón en ovillos y azagayas y otras cosas muchas,
y nos las trocaban por otras cosas que nos les dábamos, como cuentecillas de
vidrio y cascabeles. En fin, todo tomaban y daban de aquello que tenían de
buena voluntad. Mas me pareció que era gente muy pobre de todo. Ellos andan
todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres, aunque no vi más
de una harto moza. Y todos los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vi de
edad de más de treinta años: muy bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy
buenas caras: los cabellos gruesos casi como sedas de cola de caballo, y
cortos: los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos pocos detrás que
traen largos, que jamás cortan. De ellos se pintan de prieto, y ellos son de la
color de los canarios ni negros ni blancos, y de ellos se pintan de blanco, y
de ellos de colorado, y de ellos de lo que hallan, y de ellos se pintan las
caras, y de ellos todo el cuerpo, y de ellos solos los ojos, y de ellos sólo el
nariz. Ellos no traen armas ni las conocen, porque les mostré espadas y las
tomaban por el filo y se cortaban con ignorancia. No tienen algún hierro: sus
azagayas son unas varas sin hierro, y algunas de ellas tienen al cabo un diente
de pez, y otras de otras cosas. Ellos todos a una mano Son de buena estatura de
grandeza y buenos gestos, bien hechos. Yo vi algunos que tenían señales de
heridas en sus cuerpos, y les hice señas qué era aquello, y ellos me mostraron
cómo allí venían gente de otras islas que estaban cerca y les querían tomar y
se defendían. Y yo creí y creo que aquí vienen de tierra firme a tomarlos por
cautivos. Ellos deben ser buenos servidores y de buen ingenio, que veo que muy
presto dicen todo lo que les decía, y creo que ligeramente se harían
cristianos; que me pareció que ninguna secta tenían. Yo, placiendo a Nuestro
Señor, llevaré de aquí al tiempo de mi partida seis a Vuestras Altezas para que
aprendan a hablar. Ninguna bestia de ninguna manera vi, salvo papagayos, en
esta isla.» Todas son palabras del Almirante.
Sábado, 13 de octubre
«
Luego que amaneció vinieron a la playa muchos de estos hombres, todos mancebos,
como dicho tengo, y todos de buena estatura, gente muy hermosa: los cabellos no
crespos, salvo corredios y gruesos,
como sedas de caballo, y todos de la frente y cabeza muy ancha más que otra
generación que hasta aquí haya visto, y los ojos muy hermosos y no pequeños, y
ellos ninguno prieto, salvo de la color de los canarios, ni se debe esperar
otra cosa, pues está Este Oeste con la isla de Hierro, en Canaria, bajo una
línea. Las piernas muy derechas, todos a una mano, y no barriga, salvo muy bien
hecha. Ellos vinieron a la nao con almadías, que son hechas del pie de un
árbol, como un barco luengo, y todo de un pedazo, y labrado muy a maravilla,
según la tierra, y grandes, en que en algunas venían cuarenta o cuarenta y
cinco hombres, y otras más pequeñas, hasta haber de ellas en que venía un solo
hombre. Remaban con una pala como de hornero, y anda a maravilla; y si se le
trastorna, luego se echan todos a nadar y la enderezan y vacían con calabazas
que traen ellos. Traían ovillos de algodón hilado y papagayos y azagayas y
otras cositas que sería tedio de escribir, y todo daban por cualquier cosa que
se los diese. Y yo estaba atento y trabajaba de saber si había oro, y vi que
algunos de ellos traían un pedazuelo colgado en un agujero que tienen a la
nariz, y por señas pude entender que yendo al Sur o volviendo la isla por el
Sur, que estaba allí un rey que tenía grandes vasos de ello, y tenía muy mucho.
Trabajé que fuesen allá, y después vi que no entendían en la ida. Determiné de
aguardar hasta mañana en la tarde y después partir para el Sudeste, que según
muchos de ellos me enseñaron decían que había tierra al Sur y al Sudoeste y al
Noroeste, y que éstas del Noroeste les venían a combatir muchas veces, y así ir
al Sudoeste a buscar el oro y piedras preciosas. Esta isla es bien grande y muy
llana y de árboles muy verdes y muchas aguas y una laguna en medio muy grande,
sin ninguna montaña, y toda ella verde, que es placer de mirarla; y esta gente
harto mansa, y por la gana de haber de nuestras cosas, y temiendo que no se les
ha de dar sin que den algo y no lo tienen, toman lo que pueden y se echan luego
a nadar; que hasta los pedazos de las escudillas y de las tazas de vidrio rotas
rescataban hasta que vi dar dieciséis ovillos de algodón por tres ceotís de
Portugal, que es una blanca de Castilla, y en ellos habría más de una arroba de
algodón hilado. Esto defendiera y no dejara tomar a nadie, salvo que yo lo
mandara tomar todo para Vuestras Altezas si hubiera en cantidad. Aquí nace en
esta isla, mas por el poco tiempo no pude dar así del todo fe. Y también aquí
nace el oro que traen colgado a la nariz; más, por no perder tiempo quiero ir a
ver si puedo topar a la isla de Cipango. Ahora, como fue noche, todos se fueron
a tierra con sus almadías.»
Domingo, 14 de octubre
«En
amaneciendo mandé aderezar el batel de la nao y las barcas de las carabelas, y
fui al luengo de la isla, en el camino del Nordeste, para ver la otra parte,
que era de la otra parte, del Este que había, y también para ver las
poblaciones, y vi luego dos o tres, y la gente que venían todos a la playa
llamándonos y dando gracias a Dios. Los unos nos traían agua; otros, otras
cosas de comer; otros, cuando veían que yo no curaba de ir a tierra, se echaban
a la mar nadando y venían, y entendíamos que nos preguntaban si éramos venidos
del cielo. Y vino uno viejo en el batel dentro, y otros a voces grandes
llamaban todos, hombres y mujeres: «Venid a ver los hombres que vinieron del
cielo; traedles de comer y de beber». Vinieron muchos y muchas mujeres, cada
uno con algo, dando gracias a Dios, echándose al suelo, y levantaban las manos
al cielo, y después nos llamaban que fuésemos a tierra. Mas yo temía de ver una
grande restinga de piedras que cerca toda aquella isla alrededor, y entre
medias queda hondo el puerto para cuantas naos hay en toda la Cristiandad, y la
entrada de ello muy angosta. Es verdad que dentro de esta cinta hay algunas
bajas, mas la mar no se mueve más que dentro en un pozo. Y para ver todo esto
me moví esta mañana, porque supiese dar de todo relación a Vuestras Altezas y
también adónde pudiera hacer fortaleza, y vi un pedazo de tierra que se hace
como isla, aunque no lo es, en que había seis casas, el cual se pudiera atajar
en dos días por isla; aunque yo no veo necesario, porque esta gente es muy
simplice en armas, como verán Vuestras Altezas de siete que yo hice tomar para les
llevar y aprender nuestra habla y volverlos, salvo que Vuestras Altezas cuando
mandaren puédenlos todos llevar a Castilla o tenerlos en la misma isla
cautivos, porque con cincuenta hombres los tendrán todos sojuzgados y les harán
hacer todo lo que quisieren. Y después junto con la dicha isleta están huertas
de árboles las más hermosas que yo vi, y tan verdes y con sus hojas como las de
Castilla en el mes de abril y de mayo, y mucha agua. Yo miré todo aquel puerto
y después me volví a la nao y di a la vela, y vi tantas islas que yo no sabía
determinarme a cuál iría primero. Y aquellos hombres que yo tenía tomado me
decían por señas que eran tantas y tantas que no había número, y nombraron por
su nombre más de ciento. Por ende yo miré por la más grande, y a aquélla
determiné andar, y así hago, y será lejos de ésta de San Salvador cinco leguas;
y las otras de ellas más, de ellas menos. Todas son muy llanas, sin montañas y
muy fértiles y todas pobladas, y se hacen la guerra la una a la otra, aunque
éstos son muy símplices y muy lindos cuerpos de hombres.»
Lunes, 15 de octubre
«Había
temporejado esta noche con temor de no llegar a tierra a surgir antes de la mañana, y por no saber si la
costa era limpia de bajas, y en amaneciendo cargar velas. Y como la isla fuese
más lejos de cinco leguas, antes será siete, y la marea me detuvo, sería medio
día cuando llegué a la dicha isla.Y hallé que aquella haz que es de la parte de
la isla de San Salvador se corre Norte Sur y hay en ella cinco leguas, y la
otra que yo seguí se corría este Oeste y hay en ella más de diez leguas. Y como
de esta isla vi otra mayor al Oeste, cargué las velas por andar todo aquel día
hasta la noche, porque aún no pudiera haber andado al cabo del Oeste, a la cual
puse nombre la isla de Santa María de la Concepción. Y casi al poner del sol
surgí acerca del dicho cabo por saber si había allí oro, porque estos que yo
había hecho tomar en la isla de San Salvador me decían que ahí traían manillas
de oro muy grandes a las piernas y a los brazos. Yo bien creí que todo lo que
decían era burla para se huir. Con todo, mi voluntad era de no pasar por
ninguna isla de que no tomase posesión, puesto que tomado de una se puede decir
de todas. Y surgí y estuve hasta hoy martes, que en amaneciendo fui a tierra
con las barcas armadas y salí; y ellos, que eran muchos así desnudos y de la
misma condición de la otra isla de San Salvador, nos dejaron ir por la isla y
nos daban lo que les pedía. Y porque el viento cargaba a la traviesa Sudeste no
me quise detener y partí para la nao, y una almadía grande estaba a bordo de la
carabela Niña; y uno de los hombres de la isla de San Salvador, que en ella
era, se echó a la mar y se fue en ella; y la noche de antes a me dio echado al
otro y fue atrás la almadía, la cual huyó que jamás fue barca que le pudiese
alcanzar, puesto que le teníamos grande avante. Con todo, dio en tierra y
dejaron la almadía; y algunos de los de mi compañía salieron en tierra tras
ellos, y todos huyeron como gallinas, y la almadía que habían dejado la llevamos
a bordo de la carabela Niña, adonde ya, de otro cabo, venía otra almadía
pequeña con un hombre que venía a rescatar un ovillo de algodón; y se echaron
algunos marineros a la mar, porque él no quería entrar en la carabela, y le
tomaron. Y yo, que estaba en la popa de la nao, que vi todo, envié por él y le
di un bonete colorado y unas cuentas de vidrio verdes, pequeñas, que le puse al
brazo, y dos cascabeles que le puse a las orejas, y le mandé volver a su
almadía, que también tenía en la barca, y le envié a tierra. Y di luego la vela
para ir a la otra isla grande que yo veía al Oeste, y mandé largar también la
otra almadía que traía la carabela Niña por popa. Y vi después en tierra, al
tiempo de la llegada del otro a quien yo había dado las cosas susodichas y no
le había querido tomar el ovillo de algodón, puesto que él me lo quería dar, y
todos los otros se llegaron a él y tenía a gran maravilla y bien le pareció que
éramos buena gente, y que el otro que se había huido nos había hecho algún daño
y que por esto lo llevábamos. Y a esta razón usé esto con él, de le mandar
alargar, y le di las dichas cosas porque nos tuviese en esta estima, porque
otra vez cuando Vuestras Altezas aquí tornen a enviar no haga mala compañía; y
todo lo que yo le di no valía cuatro maravedís. Y así partí, que serían las
diez horas, con el viento Sudeste, y tocaba de Sur para pasar a esta otra isla,
la cual es grandísima y adonde todos estos hombres que yo traigo de la de San
Salvador hacen señas que hay muy mucho oro y que lo traen en los brazos en
manillas y a las piernas y a las orejas y al nariz y al pescuezo. Y había de
esta isla de Santa María a esta otra nueve leguas Este Oeste, y se corre toda
esta parte de la isla Noroeste Sudeste. Y se parece que bien habría en esta
costa más de veintiocho leguas en esta haz. Y es muy llana sin montaña ninguna,
así como aquellas de San Salvador y de Santa María, y todas las playas sin
roquedos, salvo que en todas hay algunas peñas cerca de tierra debajo del agua;
por donde es menester abrir el ojo cuando se quiere surgir y no surgir mucho
acerca de tierra, aunque las aguas son siempre muy claras y se ve el fondo. Y
desviado de tierra dos tiros de lombarda, hay en todas estas islas tanto fondo
que no se puede llegar a él. Son estas islas muy verdes y fértiles y de aires
muy dulces, y puede haber muchas cosas que yo no sé, porque no me quiero
detener por calar y andar muchas islas para hallar oro. Y pues éstas dan así
estas señas, que lo traen a los brazos y a las piernas, y es oro porque les mostré
algunos pedazos del que yo tengo, no puedo errar con la ayuda de Nuestro Señor
que yo no le halle adonde nace. Y estando a medio golfo de estas dos islas es de saber de aquella de Santa Maria y de
esta grande, a la cual pongo nombre la Fernandina hallé un hombre solo en una almadía que se pasaba de la isla de
Santa María a la Fernandina, y traía un poco de su pan, que sería tanto como el
puño, y una calabaza de agua y un pedazo de tierra bermeja hecha en polvo y
después amasada, y unas hojas secas que debe ser cosa muy apreciada entre ellos
porque ya me trajeron en San Salvador de ellas en presente, y traía un cestillo
a su guisa en que tenía un ramalejo de cuentecillas de vidrio y dos blancas,
por las cuales conocí que él venía de la isla de San Salvador y había pasado a
aquella de Santa María y se pasaba a la Fernandina, el cual se llegó a la nao.
Yo le hice entrar, que así lo demandaba él, y le hice poner su almadía en la
nao y guardar todo lo que él traía; y le mandé dar de comer pan y miel y de beber.
Y así le pasaré a la Fernandina y le daré todo lo suyo, porque dé buenas nuevas
de nos para, a Nuestro Señor aplaciendo, cuando Vuestras Altezas envien acá,
que aquellos que vinieren reciban honra y nos den de todo lo que hubiere.»
Martes, 16 de octubre
«Partí
de las islas de Santa Maria de la Concepción, que sería ya cerca del medio día,
para la isla Fernandina, la cual muestra ser grandísima al Oeste, y navegué
todo aquel día con calmeria. No pude llegar a tiempo de poder ver el fondo para
surgir en limpio, porque es en esto mucho de haber gran diligencia por no
perder las anclas; y así temporicé toda esta noche hasta el día que vine a una
población, adonde yo surgí y donde había venido aquel hombre que yo hallé ayer
en aquella almadía a medio golfo, el cual había dado tantas buenas nuevas de
nos que toda esta noche no faltaron almadías a bordo de la nao, que nos traían
agua y de lo que tenían. Yo a cada uno le mandaba dar algo, es a saber, algunas
cuentecillas, diez o doce de ellas de vidrio en un hilo, y algunas sonajas de
latón de éstas que valen en Castilla un maravedí cada una, y algunas agujetas,
de que todo tenían en grandísima excelencia, y también los mandaba dar, para
que comiesen cuando venían en la nao, y miel de azúcar. Y después, a horas de
tercia, envié al batel de la nao en tierra por agua, y ellos de muy buena gana
le enseñaban a mi gente adónde estaba el agua, y ellos mismos traían los
barriles llenos al batel y se holgaban mucho de nos hacer placer. Esta isla es
grandísima y tengo determinado de la rodear, porque, según puedo entender, en
ella o cerca de ella hay mina de oro. Esta isla está desviada de la de Santa
María ocho leguas casi Este Oeste; y este cabo adonde yo vine y toda esta costa
se corre Noroeste y Sursudeste, y vi bien veinte leguas de ella, mas ahí no
acababa. Ahora escribiendo esto, di la vela con el viento Sur para pujar a
rodear toda la isla, y trabajar hasta que halle Samaot, que es la isla o ciudad
adonde es el oro, que así lo dicen todos estos que aquí vienen en la nao, y nos
lo decían los de la isla de San Salvador y de Santa María. Esta gente es
semejante a aquellas de las dichas islas, y una habla y unas costumbres, salvo
que éstos ya me parecen algún tanto más doméstica gente y de trato y más
sutiles, porque veo que han traído algodón aquí a la nao y otras cositas, que
saben mejor refetar el pagamento que no hacían los otros. Y aun en esta isla vi
paños de algodón hechos como mantillos, y la gente más dispuesta, y las mujeres
traen por delante su cuerpo una cosita de algodón que escasamente les cobija su
natura. Ella es isla muy verde y llana y fertilísima, y no pongo duda de que
todo el año siembran panizo y cogen, y así todas otras cosas. Y vi muchos
árboles muy disformes de los nuestros, y de ellos muchos que tenían los ramos
de muchas maneras y todo en un pie, y un ramito es de una manera y otro de
otra, y tan disforme que es la mayor maravilla del mundo cuánta es la
diversidad de una manera a la otra; verbigracia, un ramo tenía las hojas a
manera de cañas y otro de la manera de lentisco, y así en un solo árbol de
cinco o seis de estas maneras, y todos tan diversos; ni éstos son injertados,
porque se pueda decir que el injerto lo hace, antes son por los montes, ni cura
de ellos esta gente. No les conozco secta ninguna, y creo que muy presto se
tornarían cristianos, porque ellos son de muy buen entender. Aquí son los peces
tan disformes de los nuestros que es maravilla. Hay algunos hechos como gallos,
de las más finas colores del mundo, azules, amanlíos, colorados y de todas
colores, y otros pintados de mil maneras; y las colores son tan finas que no
hay hombre que no se maraville y no tome gran descanso a verlos. También hay
ballenas. Bestias en tierra no vi ninguna de ninguna manera, salvo papagayos y
lagartos. Un mozo me dijo que vio una grande culebra. Ovejas ni cabras ni otra
ninguna bestia vi; aunque yo he estado aquí muy poco, que es medio día: mas si
las hubiese no pudiera errar de ver alguna. El cerco de esta isla escribiré
después que yo la hubiese rodeado.»
Miércoles, 17 de octubre
«A
mediodía partí de la población adonde yo estaba surgido y adonde tomé agua para
ir a rodear esta isla Fernandina, y el viento era Sudoeste y Sur, y como mi
voluntad fuese de seguir esta costa de esta isla adonde yo estaba al Sudeste,
porque así se corre toda Nornoroeste y Sursudeste y quería llevar el dicho
camino de Sur y Sudeste, porque aquella parte todos estos indios que traigo y
otro de quien hube señas en esta parte del Sur a la isla a que ellos llaman
Samoet, adonde es el oro, y Martín Alonso Pinzón, capitán de la carabela Pinta,
en la cual yo mandé a tres de estos indios, vino a mi y me dijo que uno de
ellos muy certificadamente le había dado a entender que por la parte del
Nornoroeste muy más presto arrodearía la isla. Yo vi que el viento no me
ayudaba por el camino que yo quería llevar, y era bueno por el otro. Di la vela
al Nornoroeste, y cuando fui cerca del cabo de la isla, a dos leguas, hallé un
muy maravilloso puerto con una boca, aunque dos bocas se le puede decir, porque
tiene un isleo en medio y son ambas muy angostas y dentro muy ancho para cien
navíos, si fuera hondo y limpio y hondo a la entrada. Parecióme razón de lo ver
bien y sondear, y así surgí fuera de él y fui en él con todas las barcas de los
navíos y vimos que no había fondo. Y porque pensé cuando yo le vi que era boca
de algún río, había mandado llevar barriles para tomar agua, y en tierra hallé
unos ocho o diez hombres que luego vinieron a nos y nos mostraron ahí cerca la
población, adonde yo envié la gente por agua, una parte con armas, otros con
barriles, y así la tomaron; y porque era lejuelos me detuve por espacio de dos
horas. En este tiempo anduve así por aquellos árboles, que era la cosa más
hermosa de ver que otra se haya visto, viendo tanta verdura en tanto grado como
en el mes de mayo en el Andalucía, y los árboles todos están tan disformes de
los nuestros como el día de la noche; y así las frutas y así las hierbas y las
piedras y todas las cosas. Verdad es que algunos árboles eran de la naturaleza
de otros que hay en Castilla: por ende había muy gran diferencia, y los otros
árboles de otras maneras eran tantos que no hay persona que lo pueda decir ni
asemejar a otros en Castilla. La gente toda era una con los otros ya dichos, de
las mismas condiciones, y así desnudos y de la misma estatura, y daban de lo
que tenían por cualquier cosa que les diesen; y aquí vi que unos mozos de los
navíos les trocaron azagayas por unos pedazuelos de escudillas rotas y de
vidrio. Y los otros que fueron por el agua me dijeron cómo habían estado en sus
casas y que eran de adentro muy barridas y limpias, y sus camas y paramentos de
cosas que son como redes de algodón; ellas, las casas, son todas a manera de
alfaneques y muy altas y buenas chimeneas; mas no vi entre muchas poblaciones
que yo vi que ninguna pasase de doce hasta quince casas. Aquí hallaron que las
mujeres casadas traían bragas de algodón, las mozas no, sino salvo algunas que
eran ya de edad de dieciocho años. Y ahí había perros mastines y branchetes, y
ahí hallaron uno que había al nariz un pedazo de oro que sería como la mitad de
un castellano, en el cual vieron letras. Reñí yo con ellos porque no se lo
rescataron y dieron cuanto pedía, por ver qué era y cúya esta moneda era; y
ellos me respondieron que nunca se lo osó rescatar. Después de tomada la agua
volví a la nao, y di la vela y salí al Noroeste, tanto que yo descubrí toda
aquella parte de la isla hasta la costa que se corre Este Oeste, y después
todos estos indios tornaron a decir que esta isla era más pequeña que no la
isla Samoet y que sería bien volver atrás por ser en ella más presto. El viento
allí luego más calmo y comenzó a ventear Oesnoroeste, el cual era contrario
para donde habíamos venido, y así tomé la vuelta y navegué toda esta noche
pasada al Estesudeste, y cuándo al Este todo y cuándo al Sudeste; y esto para
apartarme de la tierra, porque hacia muy gran cerrazón y el tiempo muy cargado;
él era poco y no me dejó llegar a tierra a surgir. Así que esta noche llovió
muy fuerte después de media noche hasta casi el día, y aún está nublado para
llover, y nos, al cabo de la isla de la parte del Sudeste, adonde espero surgir
hasta que aclarezca para ver las otras islas adonde tengo de ir. Y así todos
estos días después que en estas Indias estoy ha llovido poco o mucho. Crean
Vuestras Altezas que es esta tierra la mejor y más fértil y temperada y llana y
buena que haya en el mundo.»
Jueves, 18 de octubre
«Después
que aclareció seguí el viento, y fui en derredor de la isla cuanto pude, y surgí
al tiempo que ya no era de navegar; mas no fui en tierra, y en amaneciendo di
la vela.»
Viernes, 19 de octubre
«En
amaneciendo levanté las anclas y envié la carabela Pinta al Este y Sudeste y la
carabela Niña al Sursudeste, y yo con la nao fui al Sudeste, y dado orden que
llevasen aquella vuelta hasta medio día, y después que ambas se mudasen las
derrotas, y se recogieron para mí. Y luego, antes que andásemos tres horas,
vimos una isla al Este sobre la cual descargamos. y llegamos a ella todos tres
navíos antes de medio día a la punta del Norte, adonde hace un isleo y una
restinga de piedra fuera de él al Norte y otro entre él y la isla grande; la
cual nombraron estos hombres de San Salvador que yo traigo la isla Samoet, a la
cual puse nombre de la Isabela. El viento era Norte, y quedaba el dicho isleo
en derrota de la isla Fernandina, de adonde yo había partido Este Oeste; y se
corría después la costa desde el isleo al Oeste y había en ella doce leguas
hasta un cabo, al que yo llamé el Cabo Hermoso, que es de la parte del Oeste. Y
así es hermoso, redondo y muy hondo, sin bajas fuera de él, y al comienzo de
piedra y bajo y más adentro es playa de arena como casi la dicha costa es. Y
ahí surgí esta noche viernes hasta la mañana. Esta costa toda y la parte de la
isla que yo vi es toda casi playa, y la isla más hermosa cosa que yo vi; que si
las otras son muy hermosas, ésta es más. Es de muchos árboles y muy verdes y
muy grandes, y esta tierra es más alta que las otras islas halladas, y en ella
algún altillo, no que se le pueda llamar montaña, mas cosa que hermosea lo
otro, y parece de muchas aguas allá al medio de la isla. De esta parte al
Nordeste hace una gran angla, y hay muchos arboledos y muy espesos y muy
grandes. Yo quise ir a surgir en ella para salir a tierra y ver tanta
hermosura; mas era el fondo bajo y no podía surgir salvo largo de tierra, y el
viento era muy bueno para venir a este cabo adonde yo surgí ahora, al cual puse
nombre Cabo Hermoso, porque así lo es. Y así no surgí en aquella angla, y aun
porque vi este cabo de allá tan verde y tan hermoso, así como todas las otras
cosas y tierras de estas islas que yo no sé adónde me vaya primero ni me sé
cansar los ojos de ver tan hermosas verduras y tan diversas de las nuestras. Y
aun creo que hay en ella muchas hierbas y muchos árboles que valen mucho en
España para tinturas y medicinas de especiería, mas yo no los conozco, de que
llevo grande pena. Y llegando yo aquí a este cabo vino el olor tan bueno y
suave de flores o árboles de la tierra, que era la cosa más dulce del mundo. De
mañana, antes que yo de aquí vaya iré en tierra a ver qué es. Aquí en el cabo
no es la población salvo allá más adentro, donde dicen otros hombres que yo
traigo que está el rey que trae mucho oro; y yo de mañana quiero ir tanto
avante que halle la población y vea o haya lengua con este rey que, según éstos
dan las señas, él señorea todas estas islas comarcanas y va vestido y trae
sobre sí mucho oro; aunque yo no doy mucha fe a sus decires, así por no los
entender yo bien como en conocer que ellos son tan pobres de oro que cualquiera
poco que este rey traiga les parece a ellos mucho. Este al que yo digo Cabo
Hermoso creo que es la isla apartada de Samoeto, y aun hay ya otras entremedias
pequeñas. Yo no curo así de ver tanto por menudo 69, porque no lo podría hacer
en cincuenta años, porque quiero ver y descubrir lo más que yo pudiere para
volver a Vuestras Altezas, a Nuestro Señor aplaciendo, en abril. Verdad es que,
hallando adonde haya oro o especiería en cantidad, me detendré hasta que yo
haya de ello cuanto pudiere; y por esto no hago sino andar para ver de topar en
ello.»
Sábado, 20 de octubre
«Hoy,
el sol salido, levanté las anclas de donde yo estaba con la nao surgido en esta
isla de Samoeto al cabo del Sudoeste, al que yo puse nombre el Cabo de la
Laguna, y a la isla la Isabela, para navegar al Nordeste y al Este de la parte
Sudeste y Sur, adonde entendí de estos hombres que yo traigo que era la
población y el rey de ella. Y hallé todo tan bajo el fondo que no pude entrar ni
navegar a ello, y vi que siguiendo el camino del Sudoeste era muy gran rodeo, y
por esto determiné de me volver por el camino que yo había traído del
Nornordeste de la parte del Oeste, y rodear esta isla para... el viento me fue
tan escaso que yo nunca pude haber la tierra al longo de la costa, salvo en la
noche. Y, porque es peligro surgir en estas islas, salvo en el día que se vea
con el ojo adónde se echa el anda, porque es todo manchas, una de limpio y otra
de non, yo me puse a temporejar a la vela toda esta noche del domingo. Las
carabelas surgieron porque se hallaron en tierra temprano y pensaron que a sus
señas, que eran costumbradas de hacer, iría a surgir; mas no quise.»
Domingo, 21 de octubre
«A
las diez horas llegué aquí a este cabo del isleo y surgí, y asimismo las
carabelas. Y después de haber comido fui en tierra, adonde aquí no había otra
población que una casa, en la cual no hallé a nadie, que creo con temor se
habían huido, porque en ella estaban todos sus aderezos de casa. Yo no les dejé
tocar nada, salvo que me salí con estos capitanes y gente a ver la isla; que si
las otras ya vistas son muy hermosas y verdes y fértiles, ésta es mucho más y
de grandes arboledos y muy verdes. Aquí es unas grandes lagunas, y sobre ellas
y a la rueda es el arboledo en maravilla, y aquí y en toda la isla son todos
verdes y las hierbas como en abril en el Andalucía; y el cantar de los
pajaritos que parece que el hombre nunca se querría partir de aquí, y las
manadas de los papagayos que oscurecen el sol; y aves y pajaritos de tantas
maneras y tan diversas de las nuestras que es maravilla; y después hay árboles
de mil maneras y todos de su manera fruto, y todos huelen que es maravilla, que
yo estoy el más apenado del mundo de no conocerlos, porque soy bien cierto que
todos son cosa de valía, y de ellos traigo la muestra y asimismo de las
hierbas. Andando así en cerco de una de estas lagunas vi una sierpe la cual
matamos y traigo el cuero a Vuestras Altezas. Ella como nos vio se echó en la
laguna y nos la seguimos dentro, porque no era muy honda, hasta que con lanzas
la matamos. Es de siete palmos de largo; creo que de estas semejantes hay aquí
en esta laguna muchas. Aquí conocí del liñáloe, y mañana he determinado de
hacer traer a la nao diez quintales, porque me dicen que vale mucho. También
andando en busca de muy buena agua fuimos a una población aquí cerca, adonde
estoy surto media legua; y la gente de ella, como nos sintieron, dieron todos a
huir y dejaron las casas y escondieron su ropa y lo que tenían por el monte. Yo
no dejé tomar nada ni la valía de un alfiler. Después se llegaron a nos unos
hombres de ellos, y uno se llegó a quien yo di unos cascabeles y unas
cuentecillas de vidrio y quedó muy contento y muy alegre, y por que la amistad
creciese más y los requiriese algo, le hice pedir agua, y ellos, después que
fui en la nao, vinieron luego a la playa con sus calabazas llenas y holgaron
mucho de dárnosla. Y yo les mandé dar otro ramalejo de cuentecillas de vidrio y
dijeron que de mañana vendrían acá. Yo quería henchir aquí toda la vasija de
los navíos de agua; por ende, si el tiempo me da lugar, luego me partiré a
rodear esta isla hasta que yo haya lengua con este rey y ver si puedo haber de
él oro que oigo que trae, y después partir para otra isla grande mucho, que
creo que debe ser Cipango, según las señas que me dan estos indios que yo
traigo, a la cual ellos llaman Colba, en la cual dicen que hay naos y mareantes
muchos y muy grandes, y de esta isla otra que llaman Bofío que también dicen
que es muy grande. Y a las otras que son entremedio veré así de pasada, y según
yo hallare recaudo de oro o especiería determinaré lo que he de hacer. Más
todavía, tengo determinado de ir a la tierra firme y a la ciudad de Quisay y
dar las cartas de Vuestras Altezas al Gran Can y pedir respuesta y venir con
ella.»
Lunes,
22 de octubre
«Toda
esta noche y hoy estuve aquí aguardando si el rey de aquí u otras personas
traerían oro u otra cosa de sustancia, y vinieron muchos de esta gente,
semejantes a los otros de las otras islas, así desnudos y así pintados, de
ellos de blanco, de ellos de colorado, de ellos de prieto y así de muchas
maneras.Traían azagayas y algunos ovillos de algodón a rescatar, el cual
trocaban aquí con algunos marineros por pedazos de vidrio, de tazas quebradas y
por pedazos de escudillas de barro. Algunos de ellos traían algunos pedazos de
oro colgados al nariz, el cual de buena gana daban por un cascabel de esos de
pie de gavilano 76 y por cuentecillas de vidrio: mas es tan poco, que no es
nada: que es verdad que cualquiera poca cosa que se les dé. Ellos también
tenían a gran maravilla nuestra venida, y creían que éramos venidos del cielo.
Tomamos agua para los navíos en una laguna que aquí está cerca del cabo del
Isleo, que así nombré; y en la dicha laguna Martín Alonso Pinzón, capitán de la
Pinta, mató otra sierpe tal como la otra de ayer de siete palmos, e hice tomar
aquí del liñábe cuanto se halló.»
Martes, 23 de octubre
«Quisiera
hoy partir para la isla de Cuba, que creo que debe ser Cipango, según las señas
que dan esta gente de la grandeza de ella y riqueza, y no me detendré más aquí
ni...esta isla alrededor para ir a la población, como tenía determinado, para
haber lengua con este rey o señor, que es por no me detener mucho, pues veo que
aquí no hay mina de oro; y al rodear de estas islas ha menester muchas maneras
de viento, y no vienta así como los hombres querrían. Y pues es de andar donde
haya trato grande, digo que no es razón de se detener, salvo ir a camino y
calar mucha tierra hasta topar en tierra muy provechosa, aunque mi entender es
que ésta sea muy provechosa de especiería, mas que yo no la conozco que llevo
la mayor pena del mundo, que veo mil maneras de árboles que tienen cada uno su
manera de fruta y verde ahora como en España en el mes de mayo y junio y mil
maneras de hierbas, eso mismo con flores, y de todo no se conoció salvo este
liñáloe de que hoy mandé también traer a la nao mucho para llevar a Vuestras
Altezas. Y no he dado ni doy la vela para Cuba porque no hay viento, salvo calma
muerta, y llueve mucho. Y llovió ayer mucho sin hacer ningún frío; antes el día
hace calor y las noches temperadas como en mayo en España en el Andalucía.»
Miércoles, 24 de octubre
«Esta
noche a media noche levanté las anclas de la isla Isabela del cabo del Isleo,
que es de la parte del Norte, adonde yo estaba posado para ir a la isla de
Cuba, adonde oí de esta gente que era muy grande y de gran trato y había en
ella oro y especierías y naos grandes y mercaderes, y me mostró que al
Oessudoeste iría a ella; y yo así lo tengo, porque creo que si es así, como por
señas que me hicieron todos los indios de estas islas y aquellos que llevo yo
en los navíos, porque por lengua no los entiendo, es la isla de Cipango, de que
se cuentan cosas maravillosas, y en las esferas que yo vi y en las pinturas de
mapamundos es ella en esta comarca. Y así navegué hasta el día al Oessudoeste,
y amaneciendo calmó el viento y llovió, y así casi toda la noche. Y estuve así
con poco viento hasta que pasaba de medio día y entonces tomó a ventear muy
amoroso, y llevaba todas mis velas de la nao: maestra y dos bonetas y trinquete
y cebadera y mesana y vela de gabia, y el batel por popa. Así anduve el camino
hasta que anocheció; y entonces me quedaba el Cabo Verde de la isla Fernandina,
el cual es de la parte del Sur a la parte de Oeste. Me quedaba al Noroeste, y
hacía de mí a él siete leguas. Y porque ventaba ya recio y no sabía yo cuánto
camino hubiese hasta la dicha isla de Cuba, y por no la ir a demandar de noche,
porque todas estas islas son muy hondas a no hallar fondo todo en derredor
salvo a tiro de dos lombardas, y esto es todo manchado un pedazo de roquedo y
otro de arena, y por esto no se puede seguramente surgir salvo a vista de ojo,
y por tanto acordé de amainar las velas todas, salvo el trinquete, y andar con
él; y de a un rato crecía mucho el viento y hacía mucho camino de que dudaba, y
era muy gran cerrazón y llovía. Mandé amainar el trinquete y no anduvimos esta
noche dos leguas, etc.»
Jueves, 25 de octubre
Navegó
después del sol salido al Oessudoeste hasta las nueve horas. Andarían cinco
leguas. Después mudó el camino al Oeste. Andaban ocho millas por hora hasta la
una después de mediodía, y de allí hasta las tres y andarían cuarenta y cuatro
millas. Entonces vieron tierra, y eran siete u ocho islas, en luengo todas de
Norte a Sur; distaban de ellas cinco leguas, etcétera.
Viernes, 26 de octubre
Estuvo
de las dichas islas de la parte del Sur. Era todo bajo cinco o seis leguas;
surgió por allí. Dijeron los indios que llevaba que había de ellas a Cuba
andadura de día y medio con sus almadías, que son navetas de un madero adonde
no llevan vela. Estas son las canoas. Partió de allí para Cuba, porque por las
señas que los indios le daban de la grandeza y del oro y perlas de ella,
pensaba que era ella, conviene a saber: Cipango.
Sábado, 27 de octubre
Levantó
las anclas salido el sol, de aquellas islas, que llamó las islas de Arena por
el poco fondo que tenían de la parte del Sur hasta seis leguas. Anduvo ocho
millas por hora hasta la una del día al Sursudoeste, y habrían andado cuarenta
millas, y hasta la noche andarían veintiocho millas al mismo camino; y antes de
noche vieron tierra. Estuvieron la noche al reparo con mucha lluvia que llovió.
Anduvieron el sábado hasta el poner del sol diecisiete leguas al Sursudoeste.
Domingo, 28 de octubre
Fue
de allí en demanda de la isla de Cuba al Sursudoeste, a la tierra de ella más
cercana, y entró en un río muy hermoso y muy sin peligro de bajas ni otros
inconvenientes; y toda la
costa
que anduvo por allí era muy hondo y muy limpio hasta tierra: tenía la boca del
río doce brazas, y es bien ancha para barloventear. Surgió dentro, dice que a
tiro de lombarda. Dice el Almirante que nunca tan hermosa cosa vio, lleno de
árboles, todo cercado el río, hermosos y verdes y diversos de los nuestros, con
flores y con su fruto, cada uno de su manera. Aves muchas y pajaritos que
cantaban muy dulcemente; había gran cantidad de palmas de otra manera que las
de Guinea y de las nuestras, de una estatura mediana y los pies sin aquella
camisa y las hojas muy grandes, con las cuales cobijan las casas; la tierra muy
llana. Saltó el Almirante en la barca y fue a tierra, y llegó a dos casas que
creyó ser de pescadores y que con temor se huyeron, en una de las cuales halló
un perro que nunca ladró; y en ambas casas halló redes de hilo de palma y
cordeles y anzuelo de cuerno y fisgas de hueso y otros aparejos de pescar y
muchos fuegos dentro, y creyó que en cada una casa se juntan muchas personas.
Mandó que no se tocase en cosa de todo ello, y así se hizo. La hierba era
grande como en el Andalucía por abril y mayo. Halló verdolagas muchas y bledos.
Tornóse a la barca y anduvo por el río arriba un buen rato, y dice que era gran
placer ver aquellas verduras y arboledas, y de las aves que no podía dejarlas
para se volver. Dice que es aquella isla la más hermosa que ojos hayan visto,
llena de muy buenos puertos y ríos hondos, y la mar que parecía que nunca se
debía de alzar porque la hierba de la playa llegaba hasta casi el agua, la cual
no suele llegar donde la mar es brava. Hasta entonces no había experimentado en
todas aquellas islas que la mar fuese brava. La isla dice que es llena de
montañas muy hermosas, aunque no son muy grandes en longura, salvo altas, y
toda la otra tierra es alta de la manera de Sicilia; llena es de muchas aguas,
según pudo entender de los indios que consigo lleva, que tomó en la isla de
Guanahaní, los cuales le dicen por señas que hay diez ríos grandes y que con
sus canoas no la pueden cercar en veinte días. Cuando iba a tierra con los
navíos salieron dos almadías o canoas, y como vieron que los marineros entraban
en la barca y remaban para ir a ver el fondo del río para saber dónde habían de
surgir, huyeron las canoas. Decían los indios que en aquella isla había minas
de oro y perlas, y vio el Almirante lugar apto para ellas y almejas, que es
señal de ellas, y entendía el Almirante que allí venían naos del Gran Can, y
grandes, y que de allí a tierra firme había jornada de diez días Llamó el Almirante
aquel río y puerto de San Salvador.
Lunes, 29 de octubre
Alzó
las anclas de aquel puerto y navegó al Poniente para ir dice que a la ciudad
donde le parecía que le decían los indios que estaba aquel rey. Una punta de la
isla le salía a noroeste seis leguas. Andada otra legua vio un río no de tan
grande entrada, al cual puso nombre de río de la Luna; anduvo hasta hora de
vísperas. Vio otro río más grande que los otros, y así se lo dijeron por señas
los indios, y cerca de él vio buenas poblaciones de casas: llamó al río el río
de Mares. Envió dos barcas a una población por haber lengua, y a una de ellas
un indio de los que traía, porque ya los entendían algo y mostraban estar
contentos con los cristianos, de los cuales todos los hombres y mujeres y criaturas
huyeron, desamparando las casas con todo lo que tenían; y mandó el Almirante
que no se tocase en cosa. Las casas dice que eran ya más hermosas que las que
había visto, y creía que cuanto más se allegase a la tierra firme serían
mejores. Eran hechas a manera de alfanaques, muy grandes, y parecían tiendas en
real, sin concierto de calles, sino una acá y otra acullá y dentro muy barridas
y limpias y sus aderezos muy compuestos. Todas son de ramas de palma muy
hermosas. Hallaron muchas estatuas en figura de mujeres y muchas cabezas en
manera de caratona muy bien labradas.
No sé si esto tienen por hermosura o adoran en ellas. Había perros que jamás
ladraron; había avecitas salvajes mansas por sus casas; había maravillosos
aderezos de redes y anzuelos y artificios de pescar. No le tocaron en cosa de
ello. Creyó que todos los de la costa debían de ser pescadores que llevan el
pescado la tierra dentro, porque aquella isla es muy grande y tan hermosa que
no se hartaba de decir bien de ella. Dice que halló árboles y frutas de muy
maravilloso sabor; y dice que debe haber vacas en ella y otros ganados, porque
vio cabezas en hueso que le
parecieron de vaca. Aves y pajaritos y el cantar de los grillos en toda la
noche con que se holgaban todos: los aires sabrosos y dulces de toda la noche,
ni frío ni caliente. Mas por el camino de las otras islas a aquélla dice que
hacía gran calor y allí no, salvo templado como en mayo; atribuye el calor de
las otras islas por ser muy llanas y por el viento que traían hasta allí ser Levante
y por eso cálido. El agua de aquellos ríos era salada a la boca: no supieron de
dónde bebían los indios, aunque tenían en sus casas agua dulce. En este río
podían los navíos voltejar para entrar y para salir, y tiene muy buenas señas o
marcas: tiene siete u ocho brazas de fondo a la boca y dentro cinco. Toda
aquella mar dice que le parece que debe ser siempre mansa como el río de
Sevilla y el agua aparejada para criar perlas. Halló caracoles grandes, sin
sabor, no como los de España. Señala la disposición del río y del puerto que
arriba dijo y nombró San Salvador, que tiene sus montañas hermosas y altas como
la Peña de los Enamorados, y una de ellas tiene encima otro montecillo a manera
de una hermosa mezquita. Este otro río y puerto en que ahora estaba tiene de la
parte del Sudeste dos montañas así redondas y de la parte del Oesnoroeste un
hermoso cabo llano que sale fuera.
Martes, 30 de octubre
Salió
del río de Mares al Noroeste, y vio un cabo lleno de palmas y púsole Cabo de
Palmas, después de haber andado quince leguas. Los indios que iban en la
carabela Pinta dijeron que detrás de aquel cabo había un río y del río a Cuba
había cuatro jornadas; y dijo el capitán de la Pinta que entendía que esta Cuba
era ciudad y que aquella tierra era tierra firme muy grande que va mucho al
Norte, y que el rey de aquella tierra tenía guerra con el Gran Can, al cual
ellos llamaban Cami, y a su tierra o ciudad Faba, y otros muchos nombres.
Determinó el Almirante de llegar a aquel río y enviar un presente al rey de la
tierra y enviarle la carta de los reyes, y para ella tenía una marinero que
había andado en Guinea en lo mismo, y ciertos indios de Guanahaní que querían
ir con él, con que después los tornasen a su tierra. Al parecer del Almirante,
distaba de la línea equinoccial cuarenta y dos grados hacia la banda del Norte
no está corrupta la letra de donde trasladé esto, y dice que había de trabajar
de ir al Gran Can, que pensaba que estaba allí, o en la ciudad de Catay, que es
del Gran Can, que dice que es muy grande, según le fue dicho antes que partiese
de España. Toda aquesta tierra dice ser baja y hermosa y honda la mar.
Miércoles, 31 de octubre
Toda
la noche martes anduvo barloventeando, y vio un río donde no pudo entrar por
ser baja la entrada; y pensaron los indios que pudieran entrar los navíos como
entraban sus canoas. Y, navegando adelante, halló un cabo que salía muy fuera y
cercado de bajos, y vio una concha o bahía donde podían estar navíos pequeños,
y no lo pudo encabalgar porque el viento se había tirado del todo al Norte y
toda la costa se corría al Nornoroeste y Sudeste, y otro cabo que vio adelante
le salía más afuera. Por esto y porque el cielo mostraba de ventar recio se
hubo de tornar al río de Mares.
Jueves, 1 de noviembre
En
saliendo el sol envió el Almirante las barcas a tierra a las casas que allí
estaban, y hallaron que era toda la gente huida, y desde a buen rato pareció un
hombre y mandó el Almirante que lo dejasen asegurar, y volvieron las barcas. Y
después de comer tomó a enviar a tierra uno de los indios que llevaba, el cual
desde lejos le dio voces diciendo que no hubiesen miedo porque era buena gente
y no hacían mal a nadie, ni eran del Gran Can, antes daban de lo suyo en muchas
islas que habían estado; y echóse a nadar el indio y fue a tierra, y dos de los
de allí lo tomaron de brazos y lleváronlo a una casa donde se informaron de él.
Y como fueron ciertos que no se les había de hacer mal, se aseguraron y
vinieron luego a los navíos más de dieciséis almadías o canoas con algodón
hilado y otras cosillas suyas, de las cuales mandó el Almirante que no se
tomase nada, porque supiesen que no buscaba el Almirante salvo oro, al que
ellos llamaban nucay. Y así en todo el día anduvieron y vinieron de tierra a
los navíos, y fueron de los cristianos a tierra muy seguramente. El Almirante
no vio a alguno de ellos oro, pero dice el Almirante que vio a uno de ellos un
pedazo de plata labrado colgado a la nariz, que tuvo por señal que en la tierra
había plata. Dijeron por señas que antes de tres días vendrían muchos
mercaderes de la tierra dentro a comprar de las cosas que allí llevan los
cristianos y darían nuevas del rey de aquella tierra, el cual, según se pudo
entender por las señas que daban, que estaba de allí cuatro jornadas, porque
ellos habían enviado muchos por toda la tierra a le hacer saber del Almirante.
«Esta gente -dice el Almirante- es de la misma calidad y costumbre de los otros
hallados, sin ninguna secta que yo conozca, que hasta hoy aquestos que traigo
no he visto hacer ninguno oración, antes dicen la Salve y el Ave María, con las
manos al cielo como le muestran, y hacen la señal de la cruz. Toda la lengua
también es una y todos amigos, y creo que sean todas estas islas y que tengan
guerra con el Gran Can, a que ellos llaman Cavila y a la provincia Bafan. Y así
andan también desnudos como los otros.» Esto dice el Almirante. El río dice que
es muy hondo, y en la boca pueden llegar los navíos con el bordo hasta tierra;
no llega el agua dulce a la boca con una legua, y es muy dulce. «Y es cierto
-dice el Almirante- que ésta es la tierra firme y que estoy -dice él- ante
Zaitón y Quinsay cien leguas poco más o poco menos lejos de lo uno y de lo
otro, y bien se muestra por la mar que viene de otra suerte que hasta aquí no
ha venido, y ayer que iba al Noroeste hallé que hacía frío.»
Viernes, 2 de noviembre
Acordó
el Almirante enviar dos hombres españoles: el uno se llamaba Rodrigo de Jerez,
que vivía en Ayamonte, y el otro era un Luis de Torres, que había vivido con el
Adelantado de Murcia y había sido judío, y sabía dice que hebraico y caldeo y
aun algo arábigo; y con éstos envió dos indios, uno de los que consigo traía de
Guanahaní y el otro de aquellas casas que en el río estaban poblados. Dióles
sartas de cuentas para
comprar
de comer si los faltase y seis días de término para que volviesen. Dióles
muestras de especiería para ver si alguna de ellas topasen. Dióles instrucción
de cómo habían de preguntar por el rey de aquella tierra y lo que le habían de
hablar de parte de los Reyes de Castilla, cómo enviaban al Almirante para que
les diese de su parte sus cartas y un presente y para saber de su estado y
cobrar amistad con él y favorecerle en lo que hubiese de ellos menester, etc.,
y que supiesen de ciertas provincias y puertos y ríos de que el Almirante tenía
noticia y cuánto distaban de allí, etc. Aquí tomó el Almirante el altura con un
cuadrante esta noche, y halló que estaba 42 grados de la línea equinoccial, y
dice que por su cuenta halló que había andado desde la isla de Hierro mil y
ciento y cuarenta y dos leguas, y todavía afirma que aquella es tierra firme.
Viernes, 2 de noviembre
Sábado, 3 de noviembre
En
la mañana entró en la barca el Almirante, y porque hace el río en la boca un
gran lago, el cual hace un singularísimo puerto muy hondo y limpio de piedras,
muy buena playa para poner navíos a monte
y mucha leña, entró por el río arriba hasta llegar al agua dulce, que
sería cerca de dos leguas, y subió en un montecillo por descubrir algo de la
tierra, y no pudo ver nada por las grandes arboledas, las cuales eran muy
frescas, odoríferas, por lo cual dicen no tener duda que no haya hierbas
aromáticas. Dice que todo era tan hermoso lo que veía, que no podía cansar los
ojos de ver tanta lindeza y los cantos de las aves y pajaritos. Vinieron en
aquel día muchas almadías o canoas a los navíos a rescatar cosas de algodón
hilado y redes en que dormían, que son hamacas.
Domingo, 4 de noviembre
Luego,
en amaneciendo, entró el Almirante en la barca, y salió a tierra a cazar de las
aves que el día antes había visto. Después de vuelto, vino a él Martín Alonso
Pinzón con dos
pedazos
de canela, y dijo que un portugués que tenía en su navío había visto a un indio
que traía dos manojos de ella muy grandes, pero que no se la osó rescatar por
la pena que el Almirante tenía puesta que nadie rescatase. Decía más: que aquel
indio traía unas cosas bermejas como nueces. El contramaestre de la Pinta dijo
que había hallado árboles de canela. Fue el Almirante luego allá y halló que no
eran. Mostró el Almirante a unos indios de allí canela y pimienta -parece que
de la que llevaba de Castilla para muestra- y conociéronla, dice que, y dijeron
por señas que cerca de allí había mucho de aquello al camino del Sudeste.
Mostróles oro y perlas, y respondieron ciertos viejos que en un lugar que
llamaron Bohío había infinito y que lo traían al cuello y a las orejas y a los
brazos y a las piernas, y también perlas. Entendió más: que decían que había
naos grandes y mercaderías, y todo esto era al Sudeste. Entendió también que
lejos de allí había hombres de un ojo y otros con hocicos de perros que comían
los hombres y que en tomando uno lo degollaban y le bebían su sangre y le
cortaban su natura. Determinó de volver a la nao el Almirante a esperar los dos
hombres que había enviado para determinar de partirse a buscar aquellas
tierras, si no trajesen aquéllos alguna buena nueva de lo que deseaban. Dice
más el Almirante: «Esta gente es muy mansa y muy temerosa, desnuda como dicho
tengo, sin armas y sin ley. Estas tierras son muy fértiles: ellos las tienen
llenas de mames, que son como zanahorias, que tienen sabor de castañas, y
tienen faxones y habas muy diversas de las nuestras y mucho algodón, el cual no
siembran, y nacen por los montes árboles grandes, y creo que en todo tiempo lo
hay para coger, porque vi los cogujos abiertos y otros que se abrían y flores
todo en un árbol, y otras mil maneras de frutas que me no es posible escribir;
y todo debe ser cosa provechosa.» Todo esto dice el Almirante.
Lunes, 5 de noviembre
En
amaneciendo mandó poner la nao a monte y los otros navíos, pero no todos
juntos, sino que quedasen siempre dos en el lugar donde estaban, por la
seguridad, aunque dice que aquella gente era muy segura y sin temor se pudieran
poner todos los navíos juntos en monte. Estando así vino el contramaestre de la
Niña a pedir albricias al Almirante porque había hallado almáciga, mas no traía
la muestra porque se le había caído. Prometióselas el Almirante y envió a
Rodrigo Sánchez y a Maestre Diego a los árboles y trajeron un poco de ella, la
cual guardó para llevar a los Reyes y también del árbol; y dice que se conoció
que era almáciga, aunque se ha de coger a sus tiempos, y que había en aquella
comarca para sacar mil quintales cada año. Halló dice que allí mucho de aquel
palo que le pareció liñáloe. Dice más, que aquel puerto de Mares es de los
mejores del mundo y mejores aires y más mansa gente, y porque tiene un cabo de
peña altillo se puede hacer una fortaleza, para que si aquello saliese rico y
cosa grande estarían allí los mercaderes seguros de cualquiera otras nacienes.
Y dice: «Nuestro Señor, en cuyas manos están todas las victorias, aderezca todo
lo que fuere a su servicio.» Dice que dijo un indio por señas que el almáciga
era buena para cuando les dolía el estómago.
Martes, 6 de noviembre
Ayer
en la noche, dice el Almirante, vinieron los dos hombres que había enviado a
ver a la tierra dentro, y le dijeron cómo habían andado doce leguas que había
hasta una población de cincuenta casas, donde dice que había mil vecinos, porque
viven muchos en una casa. Estas casas son de manera de alfaneques grandísimos.
Dijeron que los habían recibido con gran solemnidad, según su costumbre, y
todos, así hombres como mujeres, los venían a ver, y aposentáronlos en las
mejores casas; los cuales los tocaban y les besaban las manos y los pies,
maravillándose y creyendo que venían del cielo, y así se lo daban a entender.
Dábanles de comer de lo que tenían. Dijeron que en llegando los llevaron de
brazos los más honrados del pueblo a la casa principal, y diéronles dos sillas
en que se asentaron, y ellos todos se asentaron en el suelo en derredor de
ellos. El indio que con ellos iba les notificó la manera de vivir de los
cristianos y cómo eran buena gente. Después, saliéronse los hombres y entraron las
mujeres, y sentáronse de la misma manera en derredor de ellos, besándoles las
manos y los pies, atentándolos si eran de carne y de hueso como ellos.
Rogábanles que se estuviesen allí con ellos al menos por cinco días. Mostraron
la canela y pimienta y otras especias que el Almirante les había dado, y
dijéronles por señas que mucha de ella había cerca de allí al Sudeste; pero que
en allí no sabían si la había. Visto cómo no tenían recaudo de ciudades, se
volvieron, y que si quisieran dar lugar a los que con ellos se querían venir,
que más de quinientos hombres y mujeres vinieran con ellos, porque pensaban que
se volvían al cielo. Vino empero, con ellos, un principal del pueblo y un su
hijo y un hombre suyo. Habló con ellos el Almirante, hízoles mucha honra, señaló
muchas tierras e islas que había en aquellas partes, pensó de traerlos a los
Reyes, y dice que no supo qué se le antojó; parece que de miedo, y de noche
oscuro quisose ir a tierra. Y el Almirante dice que porque tenía la nao en seco
en tierra, no le queriendo enojar, le dejó ir, diciendo que en amaneciendo
tornaría; el cual nunca tomó. Hallaron los dos cristianos por el camino mucha
gente que atravesaba a sus pueblos, mujeres y hombres, con un tizón en la mano,
hierbas para tomar sus sahumerios que acostumbra. No hallaron población por el
camino de más de cinco casas, y todas les hacían el mismo acatamiento. Vieron
muchas maneras de árboles e hierbas y flores odoríferas. Vieron aves de muchas
maneras diversas de las de España, salvo perdices y ruiseñores que cantaban y
ánsares, y de esto hay allí harto; bestias de cuatro pies no vieron, salvo
perros que no ladraban La tierra muy fértil y muy labrada de aquellos mames y
faxoes y habas muy diversas de las nuestras; eso mismo panizo y mucha cantidad
de algodón cogido e hilado y obrado, y que en una sola casa habían visto más de
quinientas arrobas y que se pudiera haber allí cada año cuatro mil quintales.
Dice el Almirante que le parecía que no lo sembraban y que da fruto todo el
año: es muy fino, tiene el capullo muy grande. Todo lo que aquella gente tenía
dice que daba por muy vil precio, y que una gran espuerta de algodón daba por
cabo de agujeta u otra cosa que se le dé. Son gente, dice el Almirante, muy sin
mal ni guerra: desnudos todos, hombres y mujeres, como su madre los parió.
Verdad es que las mujeres traen una cosa de algodón solamente tan grande que
les cobija su natura y no más, y son ellas de muy buen acatamiento, ni muy
negras, salvo menos que canarias. «Tengo por dicho, serenísimos Príncipes -dice
el Almirante- que sabiendo la lengua dispuesta suya personas devotas
religiosas, que luego todos se tornarían cristianos; y así espero en Nuestro
Señor que Vuestras Altezas se determinarán a ello con mucha diligencia para
tornar a la Iglesia tan grandes pueblos, y los convertirán, así como han
destruido aquellos que no quisieron confesar el Padre y el Hijo y el Espíritu
Santo; y después de sus días, que todos somos mortales, dejarán sus reinos en
muy tranquilo estado y limpios de herejía y maldad, y serán bien recibidos
delante del Eterno Criador, al cual plega de les dar larga vida y
acrecentamiento grande de mayores reinos y señoríos y voluntad y disposición
para acrecentar la santa religión cristiana, así como hasta aquí tienen hecho,
amén. Hoy tiré la nao de monte y me despacho para partir el jueves en nombre de
Dios e ir al Sudeste a buscar del oro y especierías y descubrir tierra.» Estas
todas son palabras del Almirante, el cual pensó partir el jueves; pero porque
le hizo el viento contrario no pudo partir hasta doce días de noviembre.
Lunes, 12 de noviembre
Partió
del puerto y río de Mares al rendir del cuarto de alba para ir a una isla que
mucho afirmaban los indios que traía, que se llamaba Babeque, adonde, según
dicen por señas, que la gente de ella coge el oro con candelas de noche en la
playa, y después con martillo dice que hacían vergas de ello, y para ir a ella
era menester poner la proa al Este cuarta del Sudeste. Después de haber andado
ocho leguas por la costa delante, halló un río que parecía muy caudaloso y
mayor que ninguno de los otros que había hallado. No se quiso detener ni entrar
en algunos de ellos por dos respectos: el uno y principal porque el tiempo y
viento era bueno para ir en demanda de la dicha isla de Babeque; el otro, porque
si en él hubiera alguna populosa o famosa ciudad cerca de la mar se pareciera,
y para ir por el río arriba era menester navíos pequeños, lo que no eran los
que llevaban; y así se perdiera también mucho tiempo, y los semejantes ríos son
cosa para descubrirse por sí. Toda aquella costa era poblada mayormente cerca
del río, a quien puso por nombre el río del Sol. Dijo que el domingo antes, 11
de noviembre, le había parecido que fuera bien tomar algunas personas de las de
aquel río para llevar a los Reyes porque aprendieran nuestra lengua, para saber
lo que hay en la tierra y porque volviendo sean lenguas de los cristianos y
tomen nuestras costumbres y las cosas de la Fe, «porque yo vi y conozco -dice
el Almirante- que esta gente no tiene secta ninguna ni son idólatras, salvo muy
mansos y sin saber qué sea mal ni matar a otros ni prender, y sin armas y tan
temerosos que a una persona de los nuestros huyen ciento de ellos, aunque
burlen con ellos, y crédulos y conocedores que hay Dios en el cielo, y firmes que
nosotros habemos venido del cielo, y muy presto a cualquiera oración que nos
les digamos que digan y hacen el señal de la cruz. Así que deben Vuestras
Altezas determinarse a los hacer cristianos, que creo que si comienzan, en poco
tiempo acabarán de los haber convertido a nuestra Santa Fe multidumbre de
pueblos, y cobrando grandes señoríos y riqueza y todos sus pueblos de la
España, porque sin duda es en estas tierras grandísimas sumas de oro, que no
sin causa dicen estos indios que yo traigo, que hay en estas islas lugares
adonde cavan el oro y lo traen al pescuezo, a las orejas y a los brazos y a las
piernas, y son manillas muy gruesas, y también hay piedras y hay perlas
preciosas e infinitas especierías; y en este río de Mares, de donde partí esta
noche, sin duda hay grandísima cantidad de almáciga y mayor si mayor se
quisiere hacer, porque los mismos árboles plantándolos prenden de ligero y hay
muchos y muy grandes y tienen la hoja como lentisco y el fruto, salvo que es
mayor, así los árboles como la hoja, como dice Plinio, y yo he visto en la isla
de Xío, en el Archipiélago, y mandé sangrar muchos de estos árboles para ver si
echarían resma para traer, y como haya siempre llovido el tiempo que yo he
estado en el dicho río, no he podido haber de ella, salvo muy poquita que
traigo a Vuestras Altezas, y también puede ser que conviene al tiempo que los
árboles comienzan a salir del invierno y quieren echar la flor; y acá ya tienen
el fruto casi maduro ahora. Y también aquí se habría grande suma de algodón y creo
que se vendería muy bien acá sin le llevar a España, salvo a las grandes
ciudades del Gran Can que se des cubrirán sin duda y otras muchas de otros
señores que habrán en dicha servir a Vuestras Altezas, y adonde se les darán de
otras cosas de España y de las tierras de Oriente, pues éstas son a nos en
Poniente. Y aquí hay también infinito liñáloe, aunque no es cosa para hacer
gran caudal, mas del almáciga es de entender bien, porque no la hay salvo en
dicha isla de Xío, y creo que sacan de ello bien cincuenta mil ducados, si mal
no me acuerdo. Y hay aquí, en la boca de dicho río, el mejor puerto que hasta
hoy vi, limpio y ancho y hondo y buen lugar y asiento para hacer una villa y
fuerte, y que cualesquier navíos se puedan llegar el bordo a los muros, y
tierra muy temperada y alta y muy buenas aguas. Así que ayer vino a bordo de la
nao una almadía con seis mancebos, y los cinco entraron en la nao; estos mandé
detener y los traigo. Y después envié a una casa que es de la parte del río del
Poniente, y trajeron siete cabezas de mujeres entre chicas y grandes y tres
niños. Esto hice porque mejor se comportan los hombres en España habiendo
mujeres de su tierra que sin ellas, porque ya otras muchas veces se acaeció
traer los hombres de Guinea para que aprendiesen la lengua en Portugal, y
después que volvían y pensaban de se aprovechar de ellos en su tierra por la
buena compañía que les había hecho y dádivas que se les había dado, en llegando
en tierra jamás parecían. Otros no lo hacían así. Así que, teniendo sus
mujeres, tendrán ganas de negociar lo que se les encargare, y también estas
mujeres mucho enseñarán a los nuestros su lengua, la cual es toda una en todas
estas islas de India, y todos se entienden y todas las andan con sus almadías,
lo que no han en Guinea, adonde es mil maneras de lenguas que la una no
entiende la otra. Esta noche vino a bordo en una almadía el marido de una de
estas mujeres y padre de tres hijos, un macho y dos hembras, y dijo que yo le
dejase venir con ellos, y a mí me aplogó mucho, y quedan ahora todos consolados
con el que deben todos ser parientes, y él es ya hombre de cuarenta y cinco
años.» Todas estas palabras son formales del Almirante. Dice también arriba que
hacía algún frío, y por esto que no le fuera buen consejo en invierno navegar
al Norte para descubrir. Navegó este lunes, hasta el sol puesto, dieciocho
leguas al Este cuarta del Sudeste hasta un cabo, al que puso por nombre el Cabo
de Cuba.
Martes, 13 de noviembre
Esta
noche toda estuvo a la corda, como dicen los marineros, que es andar
barloventeando y no andar nada, por ver un abra, que es una abertura de sierras
como entre sierra y sierra, que le comenzó a ver al poner del sol, adonde se
mostraban dos grandísimas montañas, y parecía que se apartaba la tierra de Cuba
con aquella de Bohío, y esto decían los indios que consigo llevaban, por señas.
Venido el día claro, dio las velas sobre la tierra y pasó una punta que le
pareció anoche obra de dos leguas, y entró en un grande golfo, cinco leguas al
Sursudoeste, y le quedaban otras cinco para llegar al cabo adonde, en medio de
dos grandes montes, hacía un degollado, el cual no pudo determinar si era
entrada de mar. Y porque deseaba ir a la isla que llamaban Babeque, adonde
tenía nueva, según él entendía, que había mucho oro, la cual isla le salía al
Este, como no vio alguna grande población para ponerse al rigor del viento que
le crecía más que nunca hasta allí, acordó de hacerse a la mar y andar al Este
con el viento que era Norte; y andaba ocho millas cada hora, y desde las diez
del día que tomó aquella derrota hasta el poner del sol anduvo cincuenta y seis
millas, que son catorce leguas al Este, desde el Cabo de Cuba. Y de la otra
tierra del Bohío que le quedaba a sotaviento comenzando del cabo del sobredicho
golfo, descubrió a su parecer ochenta millas, que son veinte leguas, y corriase
toda aquella costa Essueste y Oesnoroeste.
Miércoles, 14 de noviembre
Toda
la noche de ayer anduvo al reparo y barloventeando (porque decía que no era
razón de navegar entre aquellas islas de noche hasta que las hubiese
descubierto), porque los indios que traía le dijeron ayer martes que habría
tres jornadas desde el río de Mares hasta la isla de Babeque, que se debe
entender jornadas de sus almadías, que pueden andar siete leguas, y el viento
también le escaseaba, y habiendo de ir al Este no podía sino a la cuarta del
Sudeste, y por otros inconvenientes que allí refiere se hubo de detener hasta
la mañana. Al salir del sol determinó de ir a buscar puerto, porque de Norte se
había mudado el viento al Nordeste, y si puerto no hallara fuérale necesario
volver atrás a los puertos que dejaba en la isla de Cuba. Llegó a tierra
habiendo andado aquella noche veinticuatro millas al Este cuarta del Sudeste.
Anduvo al Sur... millas hasta tierra, adonde vio muchas entradas y muchas
isletas y puertos, y porque el viento era mucho y la mar muy alterada no osó
acometer a entrar; antes corrió por la costa al Noroeste cuarta del Oeste,
mirando si había puerto, y vio que había muchos, pero no muy claros. Después de
haber andado así sesenta y cuatro millas halló una entrada muy honda, ancha un
cuarto de muía, y buen puerto y río, donde entró y puso la popa al Sursudoeste
y después al Sur hasta llegar al Sudeste, todo de buena anchura y muy hondo,
donde vio tantas islas que no las pudo contar todas, de buena grandeza y muy
altas tierras llenas de diversos árboles de mil maneras e infinitas palmas.
Maravillóse en gran manera al ver tantas islas y tan altas, y certifica a los
Reyes que las montañas que desde anteayer ha visto por estas costas y las de
estas islas que le parece que no las hay más altas en el mundo ni tan hermosas
y claras, sin niebla ni nieve, y al pie de ellas grandísimo fondo; y dice que
cree que estas islas son aquellas innumerables que en los mapamundos en fin de
Oriente se ponen. Y dijo que creía que había grandísimas riquezas y piedras
preciosas y especiería en ellas, y que duran muy mucho al Sur y se ensanchan a
toda parte. Púsoles nombre la mar de Nuestra Señora, y al puerto que está cerca
de la boca de la entrada de las dichas islas puso puerto del Príncipe, en el
cual no entró, mas de verlo desde fuera hasta otra vuelta que dio el sábado de
la semana venidera, como allí aparecerá. Dice tantas y tales cosas de la
fertilidad y hermosura y altura de estas islas que hailó en este puerto, que
dice a los Reyes que no se maravillen de encarecerías tanto, porque les
certifica que cree que no dice la centésima parte: algunas de ellas que parecía
que llegan al cielo y hechas como puntas de diamantes; otras que sobre su gran
altura tienen encima como una mesa y al pie de ellas fondo grandísimo, que
podrá llegar a ellas una grandísima carraca todas llenas de arboledas y sin
peñas.
Jueves, 15 de noviembre
Acordó
de andarías estas islas con las barcas de los navíos, y dice maravillas de
ellas y que halió almáciga e infinito liñáloe, y algunas de ellas eran labradas
de las raíces de que hacen su pan los indios, y halló haber encendido fuego en
algunos lugares. Agua dulce no vio; gente había alguna y huyeron. En todo lo
que anduvo halló fondo de quince y dieciséis brazas, y todo basa, que quiere
decir que el suelo de abajo es arena y no peñas, lo que mucho desean los
marineros, porque las peñas cortan los cables de las anclas de las naos.
Viernes, 16 de noviembre
Porque
en todas las partes, islas y tierras donde entraba dejaba siempre puesta una
cruz, entró en la barca y fue a la boca de aquellos puertos y en una punta de
la tierra halló dos maderos muy grandes, uno más largo que el otro y el uno
sobre el otro hechos una cruz, que dice que un carpintero no los pudiera poner
más proporcionados; y, adorada aquella cruz, mandó hacer de los mismos maderos
una muy grande y alta cruz. Halló cañas por aquella playa que no sabía dónde
nacían, y creía que las traería algún río y las echaba a la playa, y tenía en
esto razón. Fue a una caía dentro de la entrada del puerto de la parte del
sudeste (caía es una entrada angosta que entra el agua del mar en la tierra):
allí hacía un alto de piedra y peña como cabo y al pie de él era muy hondo, que
la mayor carraca del mundo pudiera poner el bordo en tierra, y había un lugar o
rincón donde podían estar seis navíos sin anclas como en una caía. Parecióle
que se podía hacer allí una fortaleza a poca costa, si en algún tiempo en
aquella mar de islas resultase algún rescate famoso. Volviéndose a la nao,
halló los indios que consigo traía que pescaban caracoles muy grandes que en
aquellas mares hay, e hizo entrar la gente allí y buscar si había nácaras, que
son las ostras donde se crían las perlas, y hallaron muchas, pero no perlas, y
atribuyó a que no debía de ser el tiempo de ellas; que creía él que era por
mayo y junio. Hallaron los marineros un animal que parecía taso o taxo.
Pescaron también con redes y hallaron un pez, entre otros muchos, que parecía
un propio puerco, no como tonina, el cual dice que era todo concha muy tiesta y
no tenía cosa blanda sino la cola y los ojos, y un agujero debajo de ella para
expeler sus superfluidades. Mandólo salar para llevarlo que viesen los Reyes
Sábado, 17 de noviembre
Entró
en la barca por la mañana y fue a ver las islas que no había visto por la banda
del Sudoeste. Vio muchas otras y muy fértiles y muy graciosas, y entre medio de
ellas muy gran fondo: algunas de ellas dividían arroyos de agua dulce, y creía
que aquella agua y arroyos salían de algunas fuentes que manaban en los altos
de las sierras de las islas. De aquí yendo adelante, halló una ribera de agua
muy hermosa y dulce, y salía muy fría por lo enjuto de ella: había un prado muy
lindo y palmas muchas y altísimas más que las que había visto. Halló nueces
grandes de las de India, creo que dice, y ratones grandes de los de India
también y cangrejos grandísimos. Aves vio muchas y olor vehemente de almizque,
y creyó que lo debía de haber allí. Este día, de seis mancebos que tomó en el
río de Mares, que mandó que fuesen en la carabela Niña, se huyeron los dos más
viejos.
Domingo, 18 de noviembre
Salió
en las barcas otra vez con mucha gente de los navíos y fue a poner la gran cruz
que había mandado hacer de los dichos dos maderos a la boca de la entrada de
dicho puerto del Príncipe, en un lugar vistoso y descubierto de árboles: ella
muy alta y muy hermosa vista. Dice que la mar crece y descrece allí mucho más
que en otro puerto de lo que por aquella tierra haya visto, y que no es más
maravilla por las muchas islas, y que la marea es al revés de las nuestras,
porque allí la luna al Sudoeste cuarta del Sur es bajamar en aquel puerto. No
partió de aquí por ser domingo.
Lunes, 19 de noviembre
Partió
antes que el sol saliese y con calma; y después al medio día ventó algo el Este
y navegó al Nornordeste. Al poner del sol le quedaba el puerto del Príncipe al
Sursudoeste, y estaría de él siete leguas. Vio la isla de Babeque al Este
justo, de la cual estaría sesenta millas. Navegó toda esta noche al Nordeste
escaso, andaría sesenta millas y hasta las diez del día martes otras doce, que
son por todas diez y ocho leguas, y al Nordeste cuarta del Norte.
Martes, 20 de noviembre
Quedábanle
el Babeque o las islas del Babeque al Essueste, de donde salía el viento que
llevaba contrario. Y viendo que no se mudaba y la mar se alteraba, determinó de
dar la vuelta al puerto del Príncipe, de donde había salido, que le quedaba
veinticinco leguas. No quiso ir a la isleta que llamó Isabela, que le estaba
doce leguas, que pudiera ir a surgir aquel día, por dos razones. La una porque
vio dos islas al Sur: las quería ver; la otra porque los indios que traía, que
había tomado en Guanahaní, que llamó San Salvador, que estaba a ocho leguas de
aquella Isabela, no se le fuesen, de los cuales dice que tiene necesidad y por
traerlos a Castilla, etc. Tenían dice que entendido que en hallando oro los
había el Almirante de dejar tornar a su tierra. Llegó en paraje del puerto del
Príncipe; pero no lo pudo tomar, porque era de noche y porque le decayeron las
corrientes al Noroeste. Tomó a dar la vuelta y puso la proa al Nordeste con
viento recio; amansó y mudóse el viento al tercero cuarto de la noche, puso la
proa en el Este cuarta del Nordeste: el viento era Sursudeste y mudóse al alba
de todo en Sur, y tocaba en el Sudeste. Salido el sol marcó el puerto del
Príncipe, y quedábale al Sudoeste y casi a la cuarta del Oeste, y estaría de él
a cuarenta y ocho millas, que son doce leguas.
Miércoles, 21 de noviembre
Al
sol salido navegó al Este con viento Sur; anduvo poco por la mar contraria.
Hasta horas de vísperas hubo andado veinticuatro millas. Después se mudó el
viento al Este y anduvo al Sur cuarta del Sudeste, y al poner del sol había
andado doce millas. Allí se halló el Almirante en cuarenta y dos grados de la
línea equinoccial a la parte del Norte, como en el puerto de Mares; pero aquí
dice que tiene suspenso el cuadrante hasta llegar a tierra que lo adobe 118 Por
manera que le parecía que no debía distar tanto, y tenía razón, porque no era
posible como no estén estas islas sino en... 119 grados. Para creer que el
cuadrante andaba bueno le movía ver dice que el Norte tan alto como en
Castilla, y si esto es verdad mucho allegado y alto andaba con la Florida; pero
¿dónde están luego ahora estas islas que entre manos traía? Ayudaba a esto que
hacia dice que gran calor; pero claro es que si estuviera en la costa de
Florida que no hubiera calor sino frío. Y es también manifiesto que en cuarenta
y dos grados en ninguna parte de la tierra se cree hacer calor, y si no fuese
por alguna causa de per accidens, lo
que hasta hoy no creo yo que se sabe. Por este calor que allí el Almirante dice
que padecía, arguye que en estas Indias y por allí donde andaba debía de haber
mucho oro. Este día se apartó Martín Alonso Pinzón con la carabela Pinta, sin
obediencia y voluntad del Almirante, por codicia, dice que pensando que un
indio que el Almirante había mandado poner en aquella carabela le había de dar
mucho oro, y así se fue sin esperar, sin causa de mal tiempo, sino porque
quiso. Y dice aquí el Almirante: «otras muchas me tiene hecho y dicho»
Jueves, 22 de noviembre
Miércoles
en la noche navegó al Sur cuarta del Sudeste con el viento Este, y era casi
calma. Al tercer cuarto ventó Nornordeste. Todavía iba al Sur por ver aquella
tierra que por allí le quedaba, y cuando salió el sol se halló tan lejos como
el día pasado por las corrientes contrarias, y quedábale la tierra a cuarenta
millas. Esta noche Martín Alonso siguió el camino del Este para ir a la isla de
Babeque, donde dicen los indios que hay mucho oro, el cual iba a vista del
Almirante, y habría hasta él dieciséis millas. Anduvo el Almirante toda la
noche la vuelta de tierra e hizo tomar algunas de las velas y tener farol toda
la noche, porque le pareció que venía hacia él, y la noche hizo muy clara y el
vientecillo bueno para venir a él.
Viernes, 23 de noviembre
Navegó
el Almirante todo el día hacia la tierra, al Sur siempre, con poco viento, y la
corriente nunca le dejó llegar a ella, antes estaba hoy tan lejos de ella al
poner del sol como en la mañana. El viento era Esnordeste y razonable para ir
al Sur, sino que era poco; y sobre este cabo encabalga otra tierra o cabo que
va también al Este, a quien aquellos indios que llevaba llamaban Bohío, la cual
decían que era muy grande y que había en ella gente que tenía un ojo en la
frente, y otros que se llamaban caníbales,
a quien mostraban tener gran miedo. Y desde que vieron que lleva este
camino, dice que no podían hablar, porque los comían y que son gente muy
armada. El Almirante dice que bien cree que había algo de ello, mas que, pues
eran armados, serían gente de razón, y creía que habrían cautivado algunos y
que porque no volvían dirían que los comían. Lo mismo creían de los cristianos
y del Almirante al principio que algunos los vieron.
Sábado, 24 de noviembre
Navegó
aquella noche toda, y a la hora de tercia del día tomó la tierra sobre la isla
Llana, en aquel mismo lugar donde había arribado la semana pasada cuando iba a
la isla de Babeque. Al principio no osó llegar a la tierra, porque le parecía
que aquella abra de sierras rompía la mar mucho en ella. Y en fin llegó a la
mar de Nuestra Señora, donde había las muchas islas, y entró en el puerto que está
junto a la boca de la entrada de las islas, y dice que si él antes supiera este
puerto y no se ocupara en ver las islas de la mar de Nuestra Señora, no le
fuera necesario volver atrás, aunque dice que lo da por bien empleado por haber
visto las dichas islas. Así que llegando a tierra envió la barca y tentó el
puerto y halló muy buena barra, honda de seis brazas hasta veinte y limpio,
todo basa. Entró en él, poniendo la proa al Sudoeste y después volviendo al
Oeste, quedando la isla Llana de la parte del Norte, la cual, con otra su
vecina, hacen una laguna de mar en que cabrían todas las naos de España y
podían estar seguras, sin amarras, de todos los vientos. Y esta entrada de la
parte del Sudeste, que se entra poniendo la proa al Sursudoeste, tiene la salida
al Oeste muy honda y muy ancha; así que se puede pasar entremedio de las dichas
islas; y por conocimiento de ellas a quien viniese de la mar de la parte del
Norte, que es su travesía de esta costa, están las dichas islas al pie de una
grande montaña que es su longura de Este Oeste, y es harto luenga y más alta y
luenga que ninguna de todas las otras que están en esta costa, adonde hay
infinitas; y hace fuera una restinga al luengo de la dicha montaña como un
banco que llega hasta la entrada. Todo esto de la parte del Sudeste, y también
de la parte de la isla Llana hace otra restinga, aunque ésta es pequeña, y así
entremedias de ambas hay grande anchura y fondo grande, como dicho es. Luego a
la entrada, a la parte del Sudeste, dentro en el mismo puerto, vieron un río
grande y muy hermoso y de más agua
que hasta entonces habían visto, y que venía el agua dulce hasta la mar. A la
entrada tiene un banco, mas después adentro es muy hondo de ocho y nueve
brazas. Está todo lleno de palmas y de muchas arboledas como los otros.
Domingo, 25 de noviembre
Antes
del sol salido entró en la barca y fue a ver un cabo o punta de tierra al Sudeste de la isleta Llana, obra de
una legua y media, porque le parecía que había de haber algún río bueno. Luego,
a la entrada del cabo de la parte del Sudeste, andando dos tiros de ballesta,
vio venir un grande arroyo de muy linda agua que descendía de una montaña abajo
y hacía gran ruido. Fue al río y vio en él unas piedras relucir, con unas
manchas en ellas de color de oro, y acordándose que en el río Tejo, al pie de
él, junto a la mar, se halla oro, y parecióle que cierto debía tener oro, y
mandó coger ciertas de aquellas piedras para llevar a los Reyes. Estando así
dan voces los mozos grumetes, diciendo que veían pinales Miró por la sierra y viólos tan grandes y maravillosos que no
podía encarecer su altura y derechura como husos gordos y delgados, donde
conoció que se podían hacer navíos e infinita tablazón y mástiles para las
mayores naos de España. Vio robles y madroños, y un buen río y aparejo para
hacer sierras de agua. La tierra y los aires más templados que hasta allí, por
la altura y hermosura de las sierras. Vio por la playa muchas otras piedras de
color de hierro, y otras que decían algunos que eran Ininas de plata, todas las
cuales trae el río. Allí cogió una entena
y mástil para la mesana de la carabela Niña. Llegó a la boca del río y
entró en una cala al pie de aquel cabo
de la parte del Sudeste muy honda y grande, en que cabrían cien naos sin alguna
amarra ni anclas; y el puerto, que los ojos otro tal nunca vieron. Las sierras
altísimas, de las cuales descendían muchas aguas lindísimas; y todas las
sierras llenas de pinos y por todo aquello diversísimas y hermosísimas
florestas de árboles. Otros dos o tres ríos le quedaban atrás. Encarece todo
esto en gran manera a los Reyes y muestra haber recibido de verlo, y mayormente
los pinos, inestimable alegría y gozo, porque se podían hacer allí cuantos
navíos desearen, trayendo los aderezos, si no fuere madera y pez, que allí se
hará harta; y afirma no encarecerlo la centésima parte de lo que es, y que
plugo a Nuestro Señor de le mostrar siempre una cosa mejor que otra, y siempre
en lo que hasta aquí había descubierto iba de bien en mejor, así en las tierras
y arboledas y hierbas y frutos y flores como en las gentes, y siempre de
diversa manera, y así en un lugar como en otro, lo mismo en los puertos y en
las aguas. Y finalmente dice que, cuando el que lo ve le es tanta la
admiración, cuánto más será a quien lo oyere, y que nadie lo podrá creer si no
lo viere.
Lunes, 26 de noviembre
Al salir el
sol levantó las anclas del puerto de Santa Catalina, adonde estaba dentro de la isla Llana, y navegó de luengo de la
costa con poco viento Sudoeste al camino del Cabo del Pico, que era al Sudeste. Llegó al Cabo tarde, porque le calmó el
viento, y, llegado, vio al Sudeste cuarta del Este otro cabo que estaría de él
sesenta millas, y de allí vio otro cabo que estaría hacia el navío al Sudeste
cuarta del Sur, y parecióle que estaría de él veinte millas, al cual puso
nombre el Cabo de Campana, al cual no pudo llegar de día porque le tornó a
calmar del todo el viento. Andaría en todo aquel día treinta y dos millas, que
son ocho leguas; dentro de las cuales notó y marcó nueve puertos muy señalados,
los cuales todos los marineros hacían maravillas, y cinco ríos grandes, porque
iba siempre junto con tierra para verlo bien todo. Toda aquella tierra es
montañas altísimas muy hermosas, y no secas ni de peñas sino todas andables y
valles hermosísimos. Y así los valles como las montañas eran llenos de árboles
altos y frescos, que es gloria mirarlos, y parecía que eran muchos pinales. Y
también detrás del dicho Cabo del Pico, de la parte del Sudeste, están dos
isletas que tendrán cada una en cerco dos leguas y dentro de ellas tres
maravillosos puertos y dos grandes ríos. En toda esta costa no vio poblado
ninguno desde la mar; podría ser haberlo, y hay señales de ello, porque donde
quiera que saltaban en tierra hallaban señales de haber gente y fuegos muchos.
Estimaba que la tierra que hoy vio de la parte Sudeste del Cabo de Campana era
la isla que llamaban los indios Bohío: parécelo porque el dicho cabo está
apartado de aquella tierra. Toda la gente que hasta hoy ha hallado dice que
tiene grandísimo temor de los Caniba o Canima, y dicen que viven en esta isla
de Bohío, la cual debe ser muy
grande, según le parece y cree que van a tomar a aquellos a sus tierras y
casas, como sean muy cobardes y no saber de armas. Y a esta causa le parecía
que aquellos indios que traía no suelen poblarse a la costa de la mar, por ser
vecinos a esta tierra, los cuales dice que después que le vieron tomar la
vuelta de esta tierra no podían hablar temiendo que los habían de comer, y no
les podía quitar el temor, y decían que no tenían sino un ojo y la cara de
perro, y creía el Almirante que
mentían, y sentía el Almirante que debían de ser del señorío del Gran Can, que
los cautivaban.
Martes, 27 de noviembre
Ayer
al poner del sol llegó cerca de un cabo, que llamó Campana, y porque el cielo
claro y el viento poco no quiso ir a tierra a surgir, aunque tenía de sotavento
cinco o seis puertos maravillosos, porque se detenía más de lo que quería por
el apetito y deleitación que tenía y recibía de ver y mirar la hermosura y
frescura de aquellas tierras donde quiera que entraba, y por no se tardar en
proseguir lo que pretendía. Por estas razones se tuvo aquella noche a la corda
y temporejar hasta el día. Y porque los aguajes y corrientes lo habían echado
aquella noche más de cinco o seis leguas al Sudeste adelante de donde había
anochecido y le había parecido la tierra de Campana; y allende aquel cabo
parecía una grande entrada que mostraba dividir una tierra de otra y hacía como
isla en medio, acordó volver atrás con viento Sudoeste, y vino adonde le había
parecido la abertura, y halló que no era sino una grande bahía, y al cabo de
ella, de la parte del Sudeste, un cabo, en el cual hay una montaña alta y
cuadrada que parecía isla. Saltó el
viento en el Norte y tomó a tomar la vuelta del Sudeste, por correr la costa y
descubrir todo lo que allí hubiese. Y vio luego al pie de aquel Cabo de Campana
un puerto maravilloso y un gran río,
y de allí a un cuarto de legua otro río, y de allí a media legua otro río, y
dende a media legua otro río, y dende a otra otro río, y dende a otro cuarto,
otro río, y dende a otra legua otro río grande, desde el cual hasta el Cabo de
Campana habría veinte millas, y le quedaban al Sudeste. Y los más de estos ríos tenían grandes entradas y anchas y
limpias, con sus puertos maravillosos para naos grandísimas, sin bancos de
arena ni de peña ni restingas. Viniendo así por la costa a la parte del Sudeste
del dicho postrero río halló una grande población, la mayor que hasta hoy haya hallado, y vio venir infinita gente a
la ribera de la mar dando grandes voces, todos desnudos, con sus azagayas en la
mano. Deseó hablar con ellos y amainó las velas, y surgió y envió las barcas de
la nao y de la carabela por manera ordenados que no hiciesen daño alguno a los
indios ni lo recibiesen, mandando que les diesen algunas cosillas de aquellos
rescates. Los indios hicieron ademanes de no los dejar saltar en tierra y
resistirlos. Y viendo que las barcas se allegaban más a tierra y que no les
habían miedo, se apartaron de la mar. Y creyendo que saliendo dos o tres
hombres de las barcas no temieran, salieron dos cristianos diciendo que no
hubiesen miedo en su lengua, porque sabían algo de ella por la conversación de
los que traen consigo. En fin, dieron todos a huir, que ni grande ni chico quedó.
Fueron los tres cristianos a las casas, que son de paja y de la hechura de las
otras que habían visto, y no hallaron a nadie ni cosa en alguna de ellas.
Volviéronse a los navíos y alzaron velas a mediodía, para ir a un cabo hermoso
que quedaba al Este, que habría hasta él ocho leguas. Habiendo andado media
legua por la misma bahía, vio el Almirante a la parte del Sur un singularísimo
puerto, y de la parte del Sudeste
unas tierras hermosas a maravilla, así como una vega montuosa dentro en estas
montañas, y parecían grandes humos y
grandes poblaciones en ella, y las tierras muy labradas; por lo cual determinó
de se bajar a este puerto y probar si podía haber lengua o práctica con ellos,
el cual era tal que, si a los otros puertos había alabado, éste dice que
alababa más con las tierras y templanza y comarca de ellas y población. Dice
maravillas de la lindeza de la tierra y de los árboles, donde hay pinos y
palmas, y de la grande vega, que
aunque no es llana de llano que va
al Sursudeste, pero es llana de montes llanos y bajos, la más hermosa cosa del
mundo, y salen por ella muchas riberas de agua que descienden de estas
montañas. Después de surgida la nao, saltó el Almirante en la barca para
sondear el puerto, que es como una escudilla; y cuando fue frontero de la boca
al Sur halló una entrada de un río que tenía de anchura que podía entrar una
galera por ella y de tal manera que no se veía hasta que se llegase a ella y,
entrando por ella tanto como longura de la barca tenía cinco brazas y de ocho de hondo. Andando por ella
fue cosa maravillosa ver las arboledas y frescuras y el agua clarísima y las
aves y la amenidad, que dice que le parecía que no quisiera salir de allí. Iba
diciendo a los hombres que llevaba en su compañía que para hacer relación a los
Reyes de las cosas que veían no bastaran mil lenguas a referirlo ni su mano
para lo escribir, que le parecía que estaba encantado. Deseaba que aquello
vieran muchas otras personas prudentes y de crédito, de las cuales dice ser
cierto que no encarecieran estas cosas menos que él. Dice más el Almirante aquí
estas palabras: «Cuánto será el beneficio que de aquí se puede haber, yo no lo
escribo. Es cierto, Señores Príncipes, que donde hay tales tierras que debe
haber infinitas cosas de provecho, mas yo no me detengo en ningún puerto,
porque querría ver todas las más tierras que yo pudiese para hacer relación de
ellas a Vuestras Altezas, y también no sé la lengua, y la gente de estas
tierras no me entienden, ni yo ni otro que yo tenga a ellos. Y estos indios que
yo traigo muchas veces les entiendo una cosa por otra al contrario, ni fío
mucho de ellos, porque muchas veces han probado a huir. Mas ahora, placiendo a
Nuestro Señor, veré lo más que yo pudiere, y poco a poco andaré entendiendo y
conociendo y haré enseñar esta lengua a personas de mi casa, porque veo que es
toda lengua una hasta aquí; y después se sabrán los beneficios y se trabajará
de hacer todos estos pueblos cristianos porque de ligero se hará, porque ellos
no tienen secta ninguna ni son idólatras, y Vuestras Altezas mandarán hacer en
estas partes ciudad y fortaleza y se convertirán estas tierras. Y certifico a
Vuestras Altezas que debajo del sol no me parece que las pueda haber mejores en
fertilidad, en temperancia de frío y calor, en abundancia de aguas buenas y
sanas, y no como los ríos de Guinea, que son todos pestilencia, porque, loado
Nuestro Señor, hasta hoy de toda mi gente no ha habido persona que le haya mal
de cabeza ni estado en cama por dolencia, salvo un viejo de dolor de piedra, de
que él estaba toda su vida apasionado, y luego sanó al cabo de dos días. Esto
que digo es en todos tres navíos. Así que placerá a Dios que Vuestras Altezas
enviarán acá o vendrán hombres doctos y verán después la verdad de todo. Y
porque atrás tengo hablado del sitio de villa y fortaleza en el río de Mares,
por el buen puerto y por la comarca, es cierto que todo es verdad lo que yo
dije, mas no hay ninguna comparación de allá aquí, ni de la mar de Nuestra
Señora; porque aquí debe haber infra la tierra grandes poblaciones y gente
innumerable y cosas de grande provecho, porque aquí y en todo lo otro
descubierto y tengo esperanza de descubrir antes que yo vaya a Castilla, digo
que tendrá la cristiandad negociación en ellas, cuanto más la España, a quien
debe estar sujeto todo. Y digo que Vuestras Altezas no deben consentir que aquí
trate ni haga pie ningún extranjero, salvo católicos cristianos, pues esto fue
el fin y el comienzo del propósito, que fuese por acrecentamiento y gloria de
la religión cristiana, ni venir a estas partes ninguno que no sea buen
cristiano.» Todas son sus palabras. Subió allí por el río arriba y halló unos
brazos del río, y, rodeando el puerto, halló a la boca del río estaban unas
arboledas muy graciosas, como una muy deleitable huerta, y allí halló una
almadía o canoa, hecha de un madero tan grande como una fusta de doce bancos, muy hermosa, varada
debajo de una atarazana o ramada hecha de madera y cubierta de grandes hojas de
palma, por manera que ni el sol ni el agua le podían hacer daño. Y dice que
allí era el propio lugar para hacer una villa o ciudad y fortaleza por el buen
puerto, buenas aguas y tierras, buenas comarcas y mucha leña.
Miércoles, 28 de noviembre
Estúvose
en aquel puerto aquel día porque llovía y hacía gran cerrazón, aunque podía
correr toda la costa con el viento, que era Sudoeste; y fuera a popa, pero
porque no pudiera ver bien la tierra, y no sabiéndola es peligroso a los
navíos, no se partió. Salieron a tierra la gente de los navíos y entraron
algunos de ellos un rato por la tierra adentro a lavar su ropa. Hallaron
grandes poblaciones y las casas vacías, porque se habían huido todos.
Tornáronse por otro río abajo, mayor que aquel donde estaban en el puerto.
Jueves, 29 de noviembre
Porque
llovía y el cielo estaba de la manera cerrado, no se partió. Llegaron algunos
de los cristianos a otra población cerca de la parte de Noroeste, y no hallaron
en las casas a nadie ni nada. Y en el camino toparon con un viejo que no les
pudo huir; tomáronle y dijéronle que no le querían hacer mal, y diéronle
algunas cosillas del rescate y dejáronlo. El Almirante quisiera verlo para
vestirlo y tomar lengua de él, porque le contentaba mucho la felicidad de
aquella tierra y disposición que para poblar en ella había, y juzgaba que debía
de haber grandes poblaciones. Hallaron en una casa un pan de cera, que trajo a
los Reyes, y dice que donde cera hay también debe haber otras mil cosas buenas.
Hallaron también los marineros en una casa una cabeza de hombre dentro de un cestillo cubierto con
otro cestillo y colgado de un poste de la casa, y de la misma manera hallaron
otra en otra población.Creyó el Almirante que debía ser de algunos Principales
de linaje, porque aquellas casas eran de manera que se acogen en ellas mucha
gente en una sola, y deben ser parientes descendientes de uno solo.
Viernes, 30 de noviembre
No
se pudo partir, porque el viento era Levante muy contrario a su camino. Envió
ocho hombres bien armados y con ellos dos indios de los que traía, para que
viesen aquellos pueblos de la tierra dentro y por haber lengua. Llegaron a
muchas casas y no hallaron a nadie ni nada, que todos se habían huido. Vieron
cuatro mancebos que estaban cavando en sus heredades. Así como vieron los
cristianos dieron a huir; no los pudieron alcanzar. Anduvieron dice que mucho
camino. Vieron muchas poblaciones y tierra fertilísima y toda labrada y grandes
riberas de agua, y cerca de una vieron una almadía o canoa de noventa y cinco
palmos de longura de un solo madero, muy hermosa, y que en ella cabrían y
navegarían ciento cincuenta personas.
Sábado, 1 de diciembre
No
se partió, por la misma causa del viento contrario y porque llovía mucho.
Asentó una cruz grande a la entrada de aquel puerto que creo llamó el Puerto
Santo, sobre unas peñas vivas. La punta es aquella que está a la parte del
Sudeste, a la entrada del puerto, y quien hubiere de entrar en este puerto se
debe llegar más sobre la parte del Noroeste a aquella punta que sobre la otra
del Sudeste; puesto que al pie de ambas, junto con la peña, hay doce brazas de
hondo y muy limpio. Más a la entrada del puerto, sobre la punta del Sudeste,
hay una baja que sobreagua, la cual dista de la punta tanto que se podría pasar
entre medias, habiendo necesidad, porque al pie de la baja y del cabo todo es
fondo de doce y de quince brazas, y a la entrada se ha de poner la proa al
Sudoeste.
Domingo, 2 de diciembre
Todavía
fue contrario el viento y no pudo partir; dice que todas las noches del mundo
vienta terral, y que todas las naos
que allí estuvieren no hayan miedo de toda la tormenta del mundo, porque no
puede recalar dentro por una baja que está al principio del puerto, etc. En la
boca de aquel río dice que halló un grumete ciertas piedras que parecen tener
oro; trájolas para mostrar a los Reyes. Dice que hay por allí, a tiro de
lombarda, grandes ríos.
Lunes, 3 de diciembre
Por
causa de que hacía siempre tiempo contrario, no partía de aquel puerto, y
acordó de ir a ver un cabo muy hermoso un cuarto de legua del puerto de la
parte del Sudeste. Fue con las barcas y alguna gente armada. Al pie del cabo
había una boca de un buen río, puesta la proa al Sudeste para entrar, y tenía
cien pasos de anchura; tenía una braza de fondo a la entrada o en la boca; pero
dentro había doce brazas, y cinco, y cuatro, y dos, y cabrían en él cuantos
navíos hay en España. Dejando un brazo de aquel río fue al Sudeste y halló una
caleta en que vio cinco muy grandes almadías que los indios llaman canoas, como
fustas muy hermosas y labradas que dice era placer verlas, y al pie del monte
vio todo labrado. Estaban debajo de árboles muy espesos, y yendo por un camino
que salía a ellas fueron a dar a una atarazana muy bien ordenada y cubierta,
que ni sol ni agua no les podía hacer daño, y debajo de ella había otra canoa
hecha de un madero como las otras, como una fusta de diecisiete bancos. Era
placer ver las labores que tenía y su hermosura. Subió una montaña arriba y
después hallóla toda llana y sembrada de muchas cosas de la tierra y calabazas,
que era gloria verla; y en medio de ella estaba una gran población. Dio de
súbito sobre la gente del pueblo, y, como los vieron, hombres y mujeres dan de
huir. Aseguróles el indio que llevaba consigo de los que traía, diciendo que no
hubiesen miedo, que gente buena era. Hízolos dar el Almirante cascabeles y
sortijas de latón y cuentezuelas de vidrio verdes y amarillas, con que fueron
muy contentos, visto que no tenían oro ni otra cosa preciosa y que bastaba
dejarlos seguros y que toda la comarca era poblada y huidos los demás de miedo
(y certifica el Almirante a los Reyes que diez hombres hagan huir a diez mil:
tan cobardes y medrosos son que ni traen armas, salvo unas varas, y en el cabo
de ellas un palillo agudo tostado), acordó volverse. Dice que las varas se las
quitó todas con buena maña, rescatándoselas de manera que todas las dieron.
Tornados adonde habían dejado las barcas, envió ciertos cristianos al lugar por
donde subieron, porque le había parecido que había visto un gran colmenar.
Antes de que viniesen los que habían enviado, ajuntáronse muchos indios y vinieron
a las barcas donde ya se había el Almirante recogido con su gente toda; uno de
ellos se adelantó en el río junto con la popa de la barca e hizo una grande
plática que el Almirante no entendía, salvo que los otros indios de cuando en
cuando alzaban las manos al cielo y daban una grande voz. Pensaba el Almirante
que lo aseguraban y que les placía de su venida; pero vio al indio que consigo
traía demudarse la cara y amarillo como la cera, y temblaba mucho, diciendo por
señas que el Almirante se fuese fuera del río, que los querían matar, y llegóse
a un cristiano que tenía una ballesta armada y mostróla a los indios, y
entendió el Almirante que los decía que los matarían todos, porque aquella
ballesta tiraba lejos y mataba. También tomó una espada y la sacó de la vaina,
mostrándola diciendo lo mismo; lo cual oído por ellos dieron todos en huir,
quedando todavía temblando el dicho indio de cobardía y poco corazón, y era
hombre de buena estatura y recio. No quiso el Almirante salir del río; antes
hizo remar en tierra hacia donde ellos estaban, que eran muy muchos, todos
tintos de colorado y desnudos como su madre los parió, y alguno de ellos con
penachos en la cabeza y otras plumas, todos con sus manojos de azagayas.
«Lleguéme a ellos y diles algunos bocados de pan y demandéles las azagayas, y
dábales por ellas a unos un cascabelito, a otros una sortijuela de latón, a
otros unas cuentezuelas; por manera que todos se apaciguaron y vinieron todos a
las barcas y daban cuanto tenían por cualquiera cosa que les daban. Los
marineros habían muerto una tortuga y la cáscara estaba en la barca en pedazos,
y los grumetes dábanles de ella como la una y los indios les daban un manojo de
azagayas. Ellos son gente como los otros que he hallado -dice el Almirante-, y
de la misma creencia, y creían que veníamos del cielo; y de lo que tienen luego
lo dan por cualquier cosa que les den, sin decir que es poco, y creo que así
harían de especiería y de oro si lo tuviesen. Vi una casa hermosa no muy grande
y de dos puertas, porque así son todas, y entré en ella y vi una obra
maravillosa, como cámaras hechas por una cierta manera que no lo sabría decir,
y colgando al cielo de ella caracoles y otras cosas. Yo pensé que era templo y
los llamé y dije por señas si hacían en ella oración; dijeron que no, y subió
uno de ellos arriba y me daba todo cuanto allí había, y de ello tomé algo.»
Martes, 4 de diciembre
Hízose
a la vela con poco viento y salió de aquel puerto que nombró Puerto Santo. A
las dos leguas vio un buen río de que ayer habló. Fue de luengo de costa, y
corríase toda la tierra, pasado el dicho cabo, Essueste y Oesnoroeste hasta el
Cabo Lindo, que está al cabo del
Monte al Este cuarta del Sudeste, y hay de uno a otro cinco leguas. Del cabo
del Monte a legua y media hay un gran río algo angosto; pareció que tenía buena
entrada y era muy hondo. Y de allí a tres cuartos de legua vio otro grandísimo
río, y debe venir de muy lejos. En la boca tenía cien pasos y en ella ningún
banco, y en la boca ocho brazas y buena entrada: porque lo envió a ver y sondar
con la barca, y tiene el agua dulce hasta dentro en la mar, y es de los
caudalosos que había hallado, y debe haber grandes poblaciones. Después del
Cabo Lindo hay una grande bahía que sería buen paso por Esnordeste y Sudeste y
Sur-sudoeste.
Miércoles, 5 de diciembre
Toda
esta noche anduvo a la corda sobre el Cabo Lindo, adonde anocheció por ver la
tierra que iba al Este; y al salir del sol vio otro cabo al Este a dos leguas y
media. Pasado aquél, vio que la costa volvía al Sur y tomaba del Sudoeste, y
vio luego un cabo muy hermoso y alto
a la dicha derrota, y distaba de ese otro siete leguas. Quisiera ir allá, pero
por el deseo que tenía de ir a la isla de Babeque, que le quedaba, según decían
los indios que llevaban, al Nordeste, lo dejó. Tampoco pudo ir al Babeque,
porque el viento que llevaba era Nordeste. Yendo así, miró al Sudeste y vio
tierra y era una isla muy grande, de
la cual tenía dice que información de los indios, a que llamaban ellos Bohío,
poblada de gente. De esta gente dice que los de Cuba o Juana y de todas estas otras islas tienen
gran miedo, porque dice que comían los hombres. Otras cosas le contaban los
dichos indios, por señas, muy maravillosas: mas el Almirante no dice que las
creía, sino que debían tener más astucia y mejor ingenio los de aquella isla
Bohío para los cautivar que ellos, porque eran muy flacos de corazón. Así que
porque el tiempo era Nordeste y tomaba del Norte, determinó dejar a Cuba o
Juana, que hasta entonces había tenido por tierra firme por su grandeza, porque
bien habría andado en un paraje ciento y veinte leguas; y partió al Sudeste
cuarta del Este. Puesto que la tierra que él había visto se hacía al Sudeste,
daba este resguardo porque siempre
el viento rodea el Norte para el Nordeste y de allí al Este y Sudeste. Cargó
mucho el viento y llevaba todas sus velas, la mar llana y la corriente que le
ayudaba, por manera que hasta la una después de medio día desde la mañana hacía
de camino ocho millas por hora, y eran seis horas aún no cumplidas, porque dice
que allí eran las noches cerca de quince horas. Después anduvo diez millas por
hora; y así andaría hasta poner del sol ochenta y ocho millas, que son
veintidós leguas, todo al Sudeste. Y porque se hacía noche, mandó a la carabela
Niña que se adelantase para ver con el día el puerto, porque era velera, y
llegando a la boca del puerto, que era como la bahía de Cádiz, y porque era ya
de noche, envió a su barca que sondease el puerto, la cual llevó lumbre de
candela; y antes que el Almirante llegase adonde la carabela estaba
barloventeando y esperando que la barca le hiciese señas para entrar en el
puerto, apagósele la lumbre a la barca. La carabela, como no vio lumbre, corrió
de largo e hizo lumbre al Almirante, y, llegado a ella, contaron lo que había acaecido.
Estando en esto, los de la barca hicieron otra lumbre: la carabela fue a ella,
y el Almirante no pudo, y estuvo toda aquella noche barloventeando.
Jueves, 6 de diciembre
Cuando
amaneció, se halló cuatro leguas del puerto. Púsole nombre Puerto María, y vio un cabo hermoso al Sur cuarta
del Sudoeste, al cual puso nombre Cabo de la Estrella, y parecióle que era la postrera tierra de aquella isla hacia el
Sur; y estaría el Almirante de él veintiocho millas. Parecíale otra tierra como
isla no grande al Este, y estaría de
él a cuarenta millas. Quedábale otro cabo muy hermoso y bien hecho, a quien
puso nombre Cabo del Elefante, al
Este cuarta del Sudeste, y distábale ya cincuenta y cuatro millas. Quedábale
otro cabo al Essueste, al que puso nombre del Cabo Cinquin; estaría de él
veintiocho millas. Quedábale una gran escisura o abertura o abra a la mar, que
le pareció ser río, al Sudeste, y tomaba de la cuarta del Este, habría de él a
la abra veinte millas. Parecíale que entre el Cabo del Elefante del de Cinquin
había una grandísima entrada, y algunos de los marineros decían que era
apartamiento de isla; a aquélla puso por nombre la Isla de la Tortuga. Aquella
isla grande parecía altísima tierra, no cerrada con montes, sino rasa como
hermosas campiñas, y parece toda labrada o grande parte de ella, y parecían las
sementeras como trigo en el mes de mayo en la campiña de Córdoba. Viéronse
muchos fuegos aquella noche, y de día muchos humos como atalayas, que parecía
estar sobre aviso de alguna gente con quien tuviesen guerra. Toda la costa de
esta tierra va al Este. A hora de vísperas entró en el puerto dicho, y púsole
nombre Puerto de San Nicolao, porque
era el día de San Nicolás, por honra suya, y a la entrada de él se maravilló de
su hermosura y bondad. Y aunque tiene mucho alabados los puertos de Cuba, pero
sin duda dice él que no es menos éste, antes los sobrepuja y ninguno le es
semejante. En boca y entrada tiene legua y media de ancho, y se pone la proa al
Sursudeste, puesto que por la grande anchura se puede poner la proa adonde
quisieren. Va de esta manera al Sursudeste dos leguas; y a la entrada de él por
la parte del Sur se hace como una angla, y de allí se sigue así igual hasta el
cabo, adonde está una playa muy hermosa y un campo de árboles de mil maneras y
todos cargados de frutas, que creía el Almirante ser de especiería y nueces
moscadas, sino que no estaban maduras y no se conocía, y un río en medio de la
playa. El fondo de este puerto es maravilloso, que hasta llegar a la tierra en
longura de una nao no llegó la sondaresa o plomada al fondo con cuarenta
brazas, y hay hasta esta longura el fondo de quince brazas y muy limpio; y así
es todo el dicho puerto de cada cabo, hondo dentro una pasada de tierra de quince brazas, y limpio; y
de esta manera es toda la costa, muy hondable y limpia, que no parece una sola
baja, y al pie de ella, tanto como longura de un remo de barca de tierra, tiene
cinco brazas. Y después de la longura de dicho puerto, yendo al Sursudeste (en
la cual longura pueden barloventear mil carracas), bojó un brazo del puerto al Nordeste por la tierra dentro de una grande
media legua, y siempre en una misma anchura, como que lo hicieran por un
cordel; el cual queda de manera que, estando en aquel brazo, que será de
anchura de veinticinco pasos, no se puede ver la boca de la entrada grande, de
manera que queda puerto cerrado, y el fondo de este brazo es así en el comienzo
hasta el fin de once brazas, y todo base o arena limpia, y hasta tierra y poner
los bordes en las hierbas tiene ocho brazas. Es todo el puerto muy airoso y
desabahado, de árboles raso. Toda
esta isla le pareció de más peñas que ninguna otra que haya hallado: los
árboles más pequeños, y muchos de ellos de la naturaleza de España, como
carrascos y madroños y otros, y lo mismo de las hierbas. Es tierra muy alta, y
toda campiña o rasa y de muy buenos aires, y no se ha visto tanto frío como
allí, aunque no es de contar por frío, mas díjolo al respecto de las otras
tierras. Hacia enfrente de aquel puerto una hermosa vega, y en medio de ella el
río susodicho; y en aquella comarca, dice, debe haber grandes poblaciones según
se veían las almadías con que navegan tantas y tan grandes de ellas como una
fusta de quince bancos. Todos los indios huyeron y huían como veían los navíos.
Los que consiguió de las isletas traía, tenían tanta gana de ir a su tierra que
pensaba, dice el Almirante, que, después que se partiese de allí, los tenía de
llevar a sus casas, y que ya lo tenían por sospechoso porque no llevaba el
camino de su casa, por lo cual dice que ni les creía lo que le decían, ni los
entendía bien ni ellos a él, y dice que habían el mayor miedo del mundo de la
gente de aquella isla. Así que, por querer haber lengua con la gente de aquella
isla, le fuera necesario detenerse algunos días en aquel puerto, pero no lo
hacia por ver mucha tierra y por dudar que el tiempo le duraría. Esperaba en
Nuestro Señor que los indios que traía sabrían su lengua y él la suya, y
después tornaría, y hablará con aquella gente, y placerá a Su Majestad, dice él,
que hallará algún buen rescate de oro antes que vuelva.
Viernes, 7 de diciembre
Al
rendir del cuarto del alba, dio las velas y salió de aquel Puerto de San
Nicolás y navegó con el viento Sudoeste al Nordeste dos leguas, hasta un cabo
que hace el Cheranero, y quedábale
al Sudeste un angla y el Cabo de la Estrella al Sudoeste, y distaba del
Almirante veinte y cuatro millas. De allí navegó al Este, luengo de costa hasta
el cabo Cinquin, que sería cuarenta y ocho millas; verdad es que las veinte
fueron al Este cuarta del Nordeste, y aquella costa es tierra toda muy alta y
muy grande fondo; hasta dar en tierra es de veinte y treinta brazas, y fuera
tanto como un tiro de lombarda no se halla fondo, lo cual todo lo probó el
Almirante aquel día por la costa, mucho a su placer con el viento Sudoeste. El
angla que arriba dijo llega dice que al Puerto de San Nicolás tanto como tiro
de una lombarda, que si aquel espacio se atajase y cortase quedaría hecho isla,
lo demás bojaría en el cerco tres o cuatro millas. Toda aquella tierra era muy
alta y no de árboles grandes sino como carrascos y madroños, propia, dice, que
tierra de Castilla. Antes que llegase al dicho cabo de Cinquin con dos leguas,
halló una anglezuela como la abertura de una montaña, por la cual descubrió un
valle grandísimo, y violo todo sembrado como cebadas, y sintió que debía de
haber en aquel valle grandes poblaciones, y a las espaldas de él había grandes
montañas y muy altas. Y cuando llegó al Cabo de Cinquin, le demoraba el Cabo de
la Tortuga al Nordeste, y habría treinta y dos millas, y sobre este Cabo
Cinquin, a tiro de una lombarda, está una peña en la mar que sale en alto que
se puede ver bien; y, estando el Almirante sobre dicho cabo, le demoraba el
Cabo del Elefante al Este cuarta del Sudeste, y habría hasta él setenta millas,
y toda tierra muy alta. Y a cabo de seis leguas halló una grande angla, y vio
por la tierra dentro muy grandes valles y campiñas y montañas altísimas, todo a
semejanza de Castilla. Y dende a ocho millas halló un río muy hondo, sino que
era angosto, aunque bien pudiera entrar en él una carraca, y la boca todavía
sin banco ni bajas. Y dende a dieciséis millas halló un puerto muy ancho y muy
hondo, hasta no hallar fondo en la entrada ni a las bordas a tres pasos, salvo
quince brazas, y va dentro un cuarto de legua. Y puesto que fuese aún muy
temprano, como la una después de mediodía, y el viento era a popa y recio, pero
porque el cielo mostraba querer llover mucho y había gran cerrazón, que es
peligrosa aun para la tierra que se sabe, cuanto más en la que no se sabe,
acordó entrar en el puerto, al cual llamó Puerto de la Concepción, y salió a tierra en un río no muy
grande que está al cabo del puerto, que viene por unas vegas y campiñas que era
una maravilla ver su hermosura. Llevó redes para pescar, y antes que llegase a
tierra saltó una lisa como las de España propia en la barca, que hasta entonces
no había visto peces que pareciesen a los de Castilla. Los marineros pescaron y
mataron otras, y lenguados y otros peces como los de Castilla. Anduvo un poco
por aquella tierra que es toda labrada, y oyó cantar el ruiseñor y otros
pajaritos como los de Castilla. Vieron cinco hombres, mas no les quisieron
aguardar sino huir. Halló arrayán y
otros árboles y hierbas como los de Castilla, y así es la tierra y las
montañas.
Sábado, 8 de diciembre
Allí
en aquel puerto les llovió mucho con viento Norte muy recio: el puerto es
seguro de todos los vientos excepto Norte, puesto que no le puede hacer daño
alguno, porque la resaca es grande, que no da lugar a que la nao vire sobre las
amarras ni el agua del río. Después de medianoche se tomó el viento al Nordeste
y después al Este, de los cuales vientos es aquel puerto bien abrigado por la
isla de la Tortuga, que está frontera treinta y seis millas.
Domingo, 9 de diciembre
Este
día llovió e hizo tiempo de invierno como en Castilla por octubre. No había
visto población sino una casa muy hermosa en el Puerto de San Nicolás, y mejor
hecha que en otras partes de las que había visto. La isla es muy grande, y dice
el Almirante que no será mucho que boje doscientas leguas: ha visto que es toda
muy labrada; creía que debían ser las poblaciones lejos de la mar de donde ven
cuando llegaba, y así huían todos y llevaban consigo todo lo que tenían y
hacían ahumadas como gente de guerra. Este puerto tiene en la boca mil pasos,
que es un cuarto de legua: en ella ni hay banco ni baja, antes no se halla casi
fondo hasta en tierra a la orilla de la mar, y hacia dentro, en luengo, va tres
mil pasos todo limpio y basa, que cualquiera nao puede surgir en él sin miedo y
entrar sin resguardo. Al cabo de él tiene dos bocas de ríos que traen poca
agua; enfrente de él hay unas vegas las más hermosas del mundo y casi
semejables a las tierras de Castilla, antes éstas tienen ventaja, por lo cual
puso nombre a la dicha isla la Isla Española.
Lunes, 10 de diciembre
Ventó
mucho el Nordeste, e hízole garrar las
anclas medio cable, de que se maravilló el Almirante, y echólo a que las anclas
estaban mucho a tierra y venía sobre ella el viento. Y visto que era contrario
para ir donde pretendía, envió seis hombres bien aderezados de armas a tierra,
que fuesen dos o tres leguas dentro en la tierra para ver si pudieran haber
lengua. Fueron y volvieron no habiendo hallado gente ni casas: hallaron empero
unas cabañas y caminos muy anchos y lugares donde habían hecho lumbre muchos;
vieron las mejores tierras del mundo y hallaron árboles de almáciga muchos, y
trajeron de ella y dijeron que había mucha, salvo que no es ahora el tiempo
para cogerla, porque no cuaja.
Martes, 11 de diciembre
No
partió por el viento, que todavía era Este y Nordeste. Frontero de aquel
puerto, como está dicho, está la isla de la Tortuga, y parece grande isla, y va
la costa de ella casi como la Española, y puede haber de la una a la otra, a lo
más, diez leguas; conviene a saber, desde el Cabo de Cinquin a la cabeza de la
Tortuga; después la costa de ella se corre al Sur. Dice que quería ver el
entremedio de estas dos islas por ver la isla Española, que es la más hermosa cosa
del mundo, y porque, según le decían los indios que traía, por allí se había de
ir a la isla de Babeque, los cuales le decían que era isla muy grande y de muy
grandes montañas y ríos y valles, y decían que la isla de Bohío era mayor que
la Juana a que llaman Cuba, y que no está cercada de agua, y parece dar a
entender ser tierra firme, que es aquí detrás de esta Española, a que ellos
llaman Caritaba, y que es cosa infinita, y casi traen razón que ellos sean
trabajados de gente astuta, porque todas estas islas viven con gran miedo de
los de Caniba, «y así torno a decir como otras veces dije -dice él- que Caniba
no es otra cosa sino la gente del Gran Can, que debe ser aquí muy vecino, y
tendrá navíos y vendrán a cautivarlos, y como no vuelven creen que se los han
comido. Cada día entendemos más a estos indios y ellos a nosotros, puesto que
muchas veces hayan entendido uno por otro», dice el Almirante. Envió gente a
tierra, hallaron mucha almáciga sin cuajarse; dice que las aguas lo deben
hacer, y que en Xío lo cogen por marzo, y que en enero la cogerían en aquestas
tierras por ser tan templadas. Pescaron muchos pescados como los de Castilla,
albures, salmones, pijotas, gallos, pámpanos, lisas, corvinas, camarones, y
vieron sardinas; hallaron mucho liñáloe.
Miércoles, 12 de diciembre
No
partió aqueste día, por la misma causa del viento contrario dicha. Puso una
gran cruz a la entrada del puerto de la parte del Oeste, en un alto muy
vistoso, «en señal -dice él- que Vuestras Altezas tienen la tierra por suya, y
principalmente por señal de Jesucristo Nuestro Señor y honra de la
Cristiandad»; la cual puesta, tres marineros metiéronse por el bosque a ver los
árboles y hierbas, y oyeron un gran golpe de gente, todos desnudos como los de
atrás, a los cuales llamaron y fueron tras ellos, pero dieron los indios a
huir, y, finalmente tomaron una mujer, que no pudieron más, «porque yo -dice
él- les había mandado que tomasen algunos para honrarlos y hacerles perder el
miedo y si hubiesen alguna cosa de provecho, como no parece poder ser otra cosa
según la hermosura de la tierra; y así trajeron una mujer muy moza y hermosa a
la nao, y habló con aquellos indios, porque todos tenían una lengua». Hízola el
Almirante vestir y diole cuentas de vidrio y cascabeles y sortija de latón y
tornóla a enviar a tierra muy honradamente, según su costumbre; envió algunas
personas de la nao con ella, y tres de los indios que llevaba consigo, porque
hablasen con aquella gente. Los marineros que iban en la barca, cuando la
llevaban a tierra, dijeron al Almirante que ya no quisiera salir de la nao,
sino quedarse con las otras mujeres indias que había hecho tomar en el puerto
de Mares de la isla Juana de Cuba. Todos estos indios que venían con aquella
india dice que venían en una canoa, que es su carabela en que navegan, de
alguna parte, y cuando asomaron a la entrada del puerto y vieron los navíos,
volviéronse atrás y dejaron la canoa por allí en algún lugar y fuéronse camino
de su población. Ella mostraba el paraje de la población. Traía esta mujer un
pedacito de oro en la nariz, que era señal que había en aquella isla oro.
Jueves, 13 de diciembre
Volvieron
los tres hombres que había enviado el Almirante con la mujer a tres horas de la
noche, y no fueron con ella hasta la población, porque les pareció lejos o
porque tuvieron miedo. Dijeron que otro día vendría mucha gente a los navíos,
porque ya debían de estar asegurados por las nuevas que daría la mujer. El
Almirante, con deseo de saber si había alguna cosa de provecho en aquella
tierra, y por haber alguna lengua con aquella gente por ser la tierra tan
hermosa y fértil, y tomasen gana de servir a los Reyes, determinó de tornar a
enviar a la población, confiando en las nuevas que la india habría dado de los
cristianos ser buena gente, para lo cual escogió nueve hombres bien aderezados
de armas y aptos para semejante negocio, con los cuales fue un indio de los que
traía. Estos fueron a la población que estaba cuatro leguas y media al Sudeste,
la cual hallaron en un grandísimo valle y vacía, porque, como sintieron ir los
cristianos, todos huyeron, dejando cuanto tenían, la tierra dentro. La
población era de mil casas y de más de mil hombres. El indio que llevaban los
cristianos corrió tras ellos dando voces, diciendo que no hubiesen miedo, que
los cristianos no eran de Cariba, mas antes eran del cielo, y que daban muchas
cosas hermosas a todos los que hallaban. Tanto les impresionó lo que decía, que
se aseguraron y vinieron juntos de ellos más de dos mil, y todos venían a señal
de gran reverencia y amistad, los cuales estaban todos temblando hasta que
mucho los aseguraron. Dijeron los cristianos que, después que ya estaban sin
temor, iban todos a sus casas, y cada uno les traía de lo que tenía de comer,
que es pan de niames, que son unas raíces como rábanos grandes que nacen, que
siembran y nacen y plantan en todas sus tierras, y es su vida, y hacen de ellas
pan y cuecen y asan y tienen sabor propio de castañas, y no hay quien no crea
comiéndolas que no sean castañas. Dábanles pan y pescado y de lo que tenían. Y
porque los indios que traía en el navío tenían entendido que el Almirante
deseaba tener algún papagayo, parece que aquel indio que iba con los cristianos
díjoles algo de esto, y así les trajeron papagayos y les daban cuanto les
pedían sin querer nada por ello. Rogábanles que no se viniesen aquella noche y
que les darían otras muchas cosas que tenían en la sierra. Al tiempo que toda
aquella gente estaba junto con los cristianos, vieron venir una gran batalla o
multitud de gente con el marido de la mujer que había el Almirante honrado y
enviado, la cual traían caballera sobre sus hombros, y venían a dar gracias a
los cristianos por la honra que el Almirante le había hecho y dádivas que le
había dado. Dijeron los cristianos al Almirante que era toda gente más hermosa
y de mejor condición que ninguna otra de las que habían hasta allí hallado;
pero dice el Almirante que no sabe cómo puedan ser de mejor condición que las
otras, dando a entender que todas las que habían en las otras islas hallado era
de muy buena condición. Cuanto a la hermosura, dicen los cristianos que no
había comparación, así en los hombres como en las mujeres, y que son blancos
más que los otros, y que entre los otros vieron dos mujeres mozas tan blancas
como podían ser en España. Dijeron también de la hermosura de las tierras que
vieron, que ninguna comparación tienen las de Castilla las mejores en hermosura
y en bondad, y el Almirante así lo veía por las que ha visto y por las que
tenía presentes, y decíanle que las que veía ninguna comparación tenían con
aquellas de aquel valle, ni la campiña de Córdoba llegaba a aquélla con tanta
diferencia como tiene el día de la noche. Decían que todas aquellas tierras
estaban labradas y que por medio de aquel valle pasaba un río muy ancho y grande
que podía regar todas las tierras. Estaban todos los árboles verdes y llenos de
fruta y las hierbas todas floridas y muy altas; los caminos muy anchos y
buenos, los aires eran como en abril en Castilla, cantaba el ruiseñor y otros
pajaritos como en el dicho mes en España, que dicen que era la mayor dulzura
del mundo. Las noches cantaban algunos pajaritos suavemente; los grillos y
ranas se oían muchas; los pescados como en España. Vieron muchos almácigos y
liñáloe y algodonales; oro no hallaron, y no es maravilla que en tan poco
tiempo no se halle. Tomó aquí el Almirante experiencia de qué horas era el día
y la noche, y de sol a sol halló que pasaron veinte ampolletas, que son de a
media hora, aunque dice que allí puede haber defecto, o porque no la vuelven presto
o deja de pasar algo. Dice también que halló por el cuadrante que estaba de la
línea equinoccial treinta y cuatro grados.
Viernes, 14 de diciembre
Salió
de aquel Puerto de la Concepción con terral, y luego desde a poco calmó, y así
lo experimentó cada día de los que por allí estuvo. Después vino viento
Levante; navegó con él al Nornordeste, llegó a la isla de la Tortuga, vio una
punta de ella que llamó la Punta Pierna, que estaba al Esnordeste de la cabeza
de la isla, y habría doce millas; y de allí descubrió otra punta que llamó la
Punta Lanzada, en la misma derrota del Nordeste, que habría dieciséis millas. Y
así, desde la cabeza de la Tortuga hasta la Punta Aguda habría cuarenta y
cuatro millas, que son once leguas al Esnordeste. En aquel camino había algunos
pedazos de playa grandes. Esta isla de la Tortuga es tierra muy alta, pero no
montañosa, y es muy hermosa y muy poblada de gente como la de la isla Española,
y la tierra así toda labrada, que parecía ver la campiña de Córdoba. Visto que
el viento le era contrario y no podía ir a la isla Baneque, acordó tornarse al
Puerto de la Concepción, de donde había salido, y no pudo cobrar un río que
está de la parte del Este del dicho puerto dos leguas.
Sábado, 15 de diciembre
Salió
del puerto de la Concepción otra vez para su camino, pero, en saliendo del
puerto, ventó Este recio su contrario, y tomó la vuelta de la Tortuga hasta
ella, y de allí dio vuelta para ver aquel río que ayer quisiera ver y tomar y
no pudo, y de esta vuelta tampoco lo pudo tomar, aunque surgió media legua de
sotaviento en una playa, buen surgidero y limpio. Amarrados sus navíos, fue con
las barcas a ver el río, y entró por un brazo de mar que está antes de media
legua, y no era la boca. Volvió, y halló la boca que no tenía aún una braza, y
venía muy recio; entró con las barcas por él, para llegar a las poblaciones que
los que anteayer había enviado habían visto, y mandó echar la sirga en tierra, y, tirando los marineros de
ella, subieron las barcas dos tiros de lombarda, y no pudo andar más por la
reciura de la corriente del río. Vio algunas cosas y el valle grande donde
están las poblaciones, y dijo que otra cosa más hermosa no había visto, por
medio del cual valle viene aquel río. Vio también gente a la entrada del río,
mas todos dieron a huir. Dice más, que aquella gente debe ser muy cazada, pues
vive con tanto temor, porque en llegando que llegan a cualquier parte, luego
hacen ahumadas de las atalayas por toda la tierra, y esto más en esta isla
Española y en la Tortuga, que también es grande isla, que en las otras que
atrás dejaba. Puso nombre al valle Valle del Paraíso, y al río Guadalquivir, porque dice que así viene tan grande
como el Guadalquivir por Córdoba, y a las veras o riberas de él, playa de
piedras muy hermosas, y todo andable.
Domingo, 16 de diciembre
A
la media noche, con el ventezuelo de tierra, dio las velas por salir de aquel
golfo, y viniendo del bordo de la isla Española yendo a la bolina, porque luego a hora de tercia ventó
Este, a medio golfo halló una canoa con un indio solo en ella, de que se
maravillaba el Almirante cómo se podía tener sobre el agua siendo el viento
grande. Hízole meter en la nao a él y su canoa, y halagado, diole cuentas de
vidrio, cascabeles y sortijas de latón y llevólo en la nao hasta tierra a una
población que estaba de allí dieciséis millas junto a la mar, donde surgió el
Almirante y halló buen surgidero en la playa junto a la población, que parecía
ser de nuevo hecha, porque todas las casas eran nuevas. El indio fuese luego
con su canoa a tierra, y da nuevas del Almirante y de los cristianos ser buena
gente, puesto que ya las tenían por lo pasado de las otras donde habían ido los
seis cristianos; y luego vinieron más de quinientos hombres, y desde a poco
vino el rey de ellos, todos en la playa junto a los navíos, porque estaban
surgidos muy cerca de tierra. Luego uno a uno, y muchos a muchos, venían a la
nao sin traer consigo cosa alguna, puesto que algunos traían algunos granos de
oro finísimo en las orejas y en la nariz, el cual luego daban de buena gana.
Mandó hacer honra a todos el Almirante, y dice él «porque son la mejor gente
del mundo y más mansa; y sobre todo, que tengo mucha esperanza en Nuestro Señor
que Vuestras Altezas los harán todos cristianos, y serán todos suyos, que por suyos
los tengo». Vio también que el dicho rey estaba en la playa, y que todos le
hacían acatamiento. Envióle un presente el Almirante, el cual dice que recibió
con mucho estado, y que sería mozo de hasta veintiún años, y que tenía un ayo
viejo y otros consejeros que le aconsejaban y respondían, y que él hablaba muy
pocas palabras. Uno de los indios que traía el Almirante habló con él, y le
dijo cómo venían los cristianos del cielo, y que andaba en busca de oro y
quería ir a la isla de Baneque; y él respondió que bien era, y que en la dicha
isla había mucho oro; el cual mostró, al alguacil del Almirante que le llevó el
presente, el camino que habían de llevar, y que en dos días iría de allí a
ella, y que si de su tierra había menester algo lo daría de muy buena voluntad.
Este rey y todos los otros andaban desnudos como sus madres los parieron, y así
las mujeres, sin algún empacho, y son los más hermosos hombres y mujeres que
hasta allí hubieron hallado: harto blancos, que si vestidos anduviesen y
guardasen del sol y del aire, serían casi tan blancos como en España, porque
esta tierra es harto fría y la mejor que lengua puede decir. Es muy alta, y
sobre el mayor monte podrían arar bueyes, y hecha toda a campiñas y valles. En
toda Castilla no hay tierra que se pueda comparar a ella en hermosura y bondad.
Toda esta isla y la de la Tortuga son todas labradas como la campiña de
Córdoba. Tienen sembrado en ellas ajes, que son unos ramillos que planta, y al
pie de ellos nacen unas raíces como zanahorias, que sirven por pan, y rallan y
amasan y hacen pan con ellas, y después tornan a plantar el mismo ramillo en
otra parte y torna a dar cuatro o cinco de aquellas raíces que son muy
sabrosas, propio gusto de castaña. Allí las hay más gordas y buenas que había
visto en ninguna parte, porque también dice que de aquéllas había en Guinea.
Las de aquel lugar eran tan gordas como la pierna, y aquella gente todos dicen
que eran gordos y valientes y no flacos, como los otros que antes había
hallado, y de muy dulce conversación, sin secta. Y los árboles de allí dice que
eran tan viciosos que las hojas dejaban de ser verdes y eran prietas de
verdura. Era cosa de maravilla ver aquellos valles y los ríos y buenas aguas, y
las tierras para pan, para ganados de toda suerte, de que ellos no tienen
alguna, para huertas y para todas las cosas del mundo que el hombre sepa pedir.
Después a la tarde vino el rey a la nao. El Almirante le hizo la honra que
debía y le hizo decir cómo era de los Reyes de Castilla, los cuales eran los
mayores Príncipes del mundo. Mas ni los indios que el Almirante traía, que eran
los intérpretes, creían nada, ni el rey tampoco, sino creían que venían del
cielo y que los reinos de los reyes de Castilla eran en el cielo y no en este
mundo. Pusiéronle de comer al rey de las cosas de Castilla y él comía un bocado
y después dábalo todo a sus consejeros y al ayo y a los demás que metió
consigo. «Crean Vuestras Altezas que estas tierras son en tanta cantidad y
buenas y fértiles y en especial éstas de esta isla Española, que no hay persona
que lo sepa decir, y nadie lo puede creer si no lo viese. Y crean que esta isla
y todas las otras son así suyas como Castilla, que aquí no falta salvo asiento
y mandarles hacer lo que quisieren, porque yo con esta gente que traigo, que no
son muchos, correría todas estas islas sin afrenta, que ya he visto sólo tres
de estos marineros descender en tierra y haber multitud de estos indios y todos
huir, sin que les quisiesen hacer mal. Ellos no tienen armas, y son todos
desnudos y de ningún ingenio en las armas y muy cobardes, que mil no
aguardarían tres, y así son buenos para les mandar y les hacer trabajar,
sembrar y hacer todo lo otro que fuere menester, y que hagan villas y se
enseñen a andar vestidos y a nuestras costumbres.»
Lunes, 17 de diciembre
Ventó
aquella noche reciamente viento Esnordeste; no se alteró mucho la mar porque lo
estorba y escuda la isla de la Tortuga que está frontero y hace abrigo. Así
estuvo allí aqueste día. Envió a pescar los marineros con redes; holgáronse
mucho con los cristianos los indios y trajéronles ciertas flechas de los Caniba
o de los Caníbales, y son de las espigas de cañas, e injértanles unos palillos
tostados y agudos, y son muy largos. Mostráronles dos hombres que les faltaban
algunos pedazos de carne de su cuerpo e hiciéronles entender que los caníbales
los habían comido a bocados; el Almirante no lo creyó. Tomó a enviar ciertos
cristianos a la población, y a trueque de cuentezuelas de vidrio rescataron
algunos pedazos de oro labrado en hoja delgada. Vieron a uno que tuvo el Almirante por gobernador de aquella
provincia, que llamaban cacique, un
pedazo tan grande como la mano de aquella hoja de oro, y parecía que lo quería
rescatar; el cual se fue a su casa y los otros quedaron en la plaza. Y él hacía
hacer pedazuelos de aquella pieza, y trayendo cada vez un pedazuelo
rescatábalo. Después de que no hubo más, dijo por señas que él había enviado a
por más y que otro día lo traerían. «Estas cosas todas y la manera de ellos y
sus costumbres y mansedumbre y consejo, muestra de ser gente más despierta y
entendida que otros que hasta allí hubiese hallado», dice el Almirante. En la
tarde vino allí una canoa de la isla de la Tortuga con bien cuarenta hombres,
y, llegando a la playa, toda la gente del pueblo que estaba junta se asentaron
todos en señal de paz, y algunos de la canoa y casi todos descendieron en
tierra. El cacique se levantó solo, y con palabras que parecían de amenaza los
hizo volver a la canoa y les echaba agua, y tomaba piedras de la playa y las
echaba en el agua; y después que ya todos con mucha obediencia se pusieron y
embarcaron en la canoa, él tomó una piedra y la puso en la mano a mi alguacil
para que la tirase, al cual yo había enviado a tierra y al escribano y a otros
para ver si traían algo que aprovechase, y el alguacil no les quiso tirar. Allí
mostró mucho aquel cacique que se favorecía con el Almirante. La canoa se fue
luego, y dijeron al Almirante, después de ida, que en la Tortuga había más oro
que en la isla Española, porque es más cerca de Baneque. Dijo el Almirante que
no creía que en aquella isla Española ni en la Tortuga hubiese minas de oro,
sino que lo traían de Baneque, y que traen poco, porque no tienen aquéllos qué
dar por ello, y aquella tierra es tan gruesa que no ha menester que trabajen
mucho para sustentarse ni para vestirse, como anden desnudos. Y creía el
Almirante que estaba muy cerca de la fuente, y que Nuestro Señor le había de
mostrar dónde nace el oro. Tenía nueva que de allí al Baneque había cuatro jornadas, que podrían ser
treinta o cuarenta leguas, que en un día de buen tiempo se podía andar.
Martes, 18 de diciembre
Estuvo
en aquella playa surto este día porque no había viento y también porque había
dicho el cacique que habría de traer oro, no porque tuviese en mucho al
Almirante el oro, dice, que podía traer, pues allí no había minas, sino por
saber mejor de dónde lo traían. Luego en amaneciendo mandó ataviar la nao y la
carabela de armas y banderas por la fiesta que era este día de Santa María de
la O, o conmemoración de la Anunciación. Tiráronse muchos tiros de lombardas, y
el rey de aquella isla Española, dice
el Almirante, había madrugado de su casa, que debía distar cinco leguas de
allí, según pudo juzgar, y llegó a la hora de tercia a aquella población donde
ya estaban algunos de la nao que el Almirante había enviado para ver si venia
oro; los cuales dijeron que venían con el rey más de doscientos hombres y que
lo traían en unas andas cuatro hombres, y era mozo como arriba se dijo. Hoy,
estando el Almirante comiendo debajo del castillo, llegó a la nao con toda su
gente. Y dice el Almirante a los Reyes: «Sin duda pareciera bien a Vuestras
Altezas su estado y acatamiento que todos le tienen, puesto que todos andan
desnudos. El, así como entró en la nao, halló que estaba comiendo a la mesa
debajo del castillo de popa, y él, a buen andar, se vino a sentar a par de mí y
no me quiso dar lugar que yo me saliese a él ni me levantase de la mesa, salvo
que yo comiese. Yo pensé que él tendría a bien comer de nuestras viandas; mandé
luego traerle cosas que él comiese. Y, cuando entró debajo del castillo, hizo
señas con la mano que todos los suyos quedasen fuera, y así lo hicieron con la
mayor prisa y acatamiento del mundo, y se asentaron todos en la cubierta, salvo
dos hombres de una edad madura, que yo estimé por sus consejeros y ayo, que
vinieron y se asentaron a sus pies, y de las viandas que yo le puse delante
tomaba de cada una tanto como se toma para hacer la salva, y después luego lo demás enviábalo a los suyos, y todos comían de
ella; y así hizo en el beber, que solamente llegaba a la boca y después así lo
daba a los otros, y todo con un estado maravilloso y muy pocas palabras, y
aquellas que él decía, según yo podía entender, eran muy asentadas y de seso, y
aquellos dos le miraban a la boca y hablaban por él y con él y con mucho
acatamiento. Después de comido, un escudero traía un cinto, que es propio como
los de Castilla en la hechura, salvo que es de otra obra, que él tomó y me lo
dio, y dos pedazos de oro labrado que eran muy delgados, que creo que aquí
alcanzan poco de él, puesto que tengo que están muy vecinos de donde nace y hay
mucho. Yo vi que le agradaba un arambel que
yo tenía sobre mi cama; yo se lo di y unas cuentas muy buenas de ámbar que yo
traía al pescuezo y unos zapatos colorados y una almatraja de agua de azahar, de que quedó tan contento que fue maravilla; y
él y su ayo y consejeros llevan grande pesar porque no me entendían ni yo a
ellos. Con todo, le conocí que me dijo que si me cumpliese algo de aquí, que
toda la isla estaba a mi mandar. Yo envié por unas cuentas mías adonde por un
señal tengo un excelente de oro en
que están esculpidos Vuestras Altezas y se lo mostré y le dije otra vez como
ayer que Vuestras Altezas mandaban y señoreaban todo lo mejor del mundo, y que
no había tan grandes príncipes; y le mostré las banderas reales y las otras de
la Cruz, de que él tuvo en mucho; y qué grandes señores serían Vuestras
Altezas, decía él contra sus consejeros, pues de tan lejos y del cielo me
habían enviado hasta aquí sin miedo. Y otras cosas muchas se pasaron que yo no
entendía, salvo que bien veía que todo tenía a grande maravilla.» Después que
ya fue tarde y él se quiso ir, el Almirante le envió en la barca muy
honradamente e hizo tirar muchas lombardas, y, puesto en tierra, subió en sus
andas y se fue con sus más de doscientos hombres; y a su hijo le llevaban atrás
en los hombros de un indio, hombre muy honrado. A todos los marineros y gente
de los navíos donde quiera que los topaba les mandaba dar de comer y hacer
mucha honra. Dijo un marinero que le había topado en el camino y visto, que
todas las cosas que le había dado el Almirante y cada una de ellas llevaba
delante del rey un hombre, a lo que parecía de los más honrados. Iba su hijo
atrás del rey buen rato, con tanta compañía de gente como él, y otro tanto un
hermano del mismo rey, salvo que iba el hermano a pie y llevábanlo del brazo
dos hombres honrados. Este vino a la nao después del rey, el cual dio al
Almirante algunas cosas de los dichos rescates, y allí supo el Almirante que al
rey llamaban en su lengua cacique. En este día se rescató dice que poco oro;
pero supo el Almirante, de un hombre viejo, que había muchas islas comarcanas a
cien leguas y más, según pudo entender, en las cuales nace mucho oro, hasta
decirle que había isla que era todo oro, y en las otras que hay tanta cantidad
que lo cogen y ciernen como con cedazos y lo funden y hacen vergas y mil
labores: figuraba por señas la hechura. Este viejo señaló al Almirante la
derrota y el paraje donde estaba; determinóse el Almirante de ir allá, y dijo
que, si no fuera el dicho viejo tan principal persona de aquel rey, que lo
detuviera y llevara consigo, o si supiera la lengua que se lo rogara, y creía,
según estaba bien con él y con los cristianos, que se fuera con él de buena
gana. Pero, porque tenía ya aquellas gentes por de los Reyes de Castilla y no
era razón de hacerles agravio, acordó de dejarlo. Puso una cruz muy poderosa en
medio de la plaza de aquella población, a lo cual ayudaron los indios mucho, e
hicieron dice que oración y la adoraron, y, por la muestra que dan, espera en
Nuestro Señor el Almirante que todas aquellas islas han de ser cristianas.
Miércoles, 19 de diciembre
Esta
noche se hizo a la vela por salir de aquel golfo que hace allí la isla de la
Tortuga con la Española, y siendo de día tomó el viento Levante, con el cual
todo este día no pudo salir de entre aquellas dos islas, y a la noche no pudo
tomar un puerto que por allí parecía. Vio por allí cuatro cabos de tierra y una
grande bahía y río, y de allí vio una angla muy grande y tenía una población, y
a las espaldas un valle entre muchas montañas altísimas, llenas de árboles, que
juzgó ser pinos, y sobre los Dos Hermanos
hay una montaña muy alta y gorda que va de Norte al Sudoeste, y del Cabo de
Torres al Essueste está una isla pequeña, a la cual puso nombre Santo Tomás,
porque es mañana su vigilia. Todo el cerco de aquella isla tiene cabos y
puertos maravillosos, según juzgaba él desde la mar. Antes de la isla, de la
parte del Oeste, hay un cabo que entra mucho en la mar alto y bajo, y por eso
le puso nombre Cabo Alto y Bajo. Del camino de Torres al Este cuarta del
Sudeste hay sesenta millas hasta una montaña más alta que otra, que entra en la
mar, y parece desde lejos isla por sí, por un degollado que tiene de la parte
de tierra; púsole nombre Monte Caribata porque aquella provincia se llamaba
Caribata. Es muy hermoso y lleno de árboles verdes y claros, sin nieve y sin
niebla, y era entonces por allí el tiempo, cuanto a los aires y templanza, como
por marzo en Castilla, y en cuanto a los árboles y hierbas como por mayo; las
noches dice que eran de catorce horas.
Jueves, 20 de diciembre
Hoy,
al ponerse el sol, entró en un puerto que estaba entre la isla de Santo Tomás y
el Cabo de Caribata, y surgió. Este puerto es hermosísimo y cabrían en él
cuantas naos hay en cristianos: la entrada de él parece desde la mar imposible
a los que no hubiesen en él entrado, por unas restingas de peñas que pasan
desde el monte hasta casi la isla, y no puestas por orden, sino unas acá y
otras acullá, unas a la mar y otras a la tierra; por lo cual es menester estar
despiertos para entrar por unas entradas que tienen muy anchas y buenas para
entrar sin temor, y todo muy hondo de siete brazas, y pasadas las restingas
dentro hay doce brazas. Puede la nao estar con una cuerda cualquiera amarrada
contra cualesquiera vientos que haya. A la entrada de este puerto dice que
había un canal, que queda a la parte del Oeste de una isleta de arena, y en
ella muchos árboles, y hasta el pie de ella hay siete brazas; pero hay muchas
bajas en aquella comarca, y conviene abrir el ojo hasta entrar en el puerto;
después no hayan miedo a toda la tormenta del mundo. De aquel puerto se parecía
un valle grandísimo y todo labrado, que desciende a él del Sudeste, todo
cercado de montañas altísimas que parecen que llegan al cielo, y hermosísimas,
llenas de árboles verdes, y sin duda que hay allí montañas más altas que la
isla de Tenerife en Canaria, que es tenida por de las más altas que puede
hallarse. De esta parte de la isla de Santo Tomás está otra isleta a una legua,
y dentro de ella otra, y en todas hay puertos maravillosos; mas cumple mirar
por las bajas. Vio también poblaciones y ahumadas que se hacían.
Viernes, 21 de diciembre
Hoy
fue con las barcas de los navíos a ver aquel puerto; el cual vio ser tal que
afirmó que ninguno se le iguala de cuantos haya jamás visto, y excúsase
diciendo que ha loado los pasados tanto que no sabe cómo lo encarecer, y que
teme que sea juzgado por manifestar excesivo más de lo que es verdad. A esto
satisface diciendo: que él trae consigo marineros antiguos, y éstos dicen y
dirán lo mismo, y todos cuantos andan en la mar; conviene a saber, todas las
alabanzas que ha dicho de los puertos pasados ser verdad, y ser éste muy mejor
que todos ser asimismo verdad. Dice más de esta manera: «Yo he andado
veintitrés años en la mar, sin salir de ella tiempo que se haya de contar, y vi
todo el Levante y Poniente, que hice por ir al camino de Septentrión, que es
Inglaterra, y he andado la Guinea, mas en todas estas partidas no se hallaría
la perfección de los puertos... hallado
siempre lo... mejor que el otro, que yo con buen tiento miraba mi
escribir, y torno a decir que afirmo haber bien escrito, y que ahora éste es
sobre todos y cabrían en él todas las naos del mundo, y cerrado, que con una
cuerda, la más vieja de la nao, la tuviese amarrada.» Desde la entrada hasta el
fondo habrá cinco leguas. Vio unas tierras muy labradas, aunque todas son así,
y mandó salir dos hombres fuera de las barcas que fuesen a un alto para que
viesen si había población, porque de la mar no se veía ninguna; puesto que
aquella noche, cerca de las diez horas, vinieron a la nao en una canoa ciertos
indios a ver al Almirante y a los cristianos por maravilla, y les dio de los
rescates, con que se holgaron mucho. Los dos cristianos volvieron y dijeron
dónde habían visto una población grande, un poco desviada de la mar. Mandó el
Almirante remar hacia la parte donde la población estaba hasta llegar cerca de
tierra, y vio unos indios que venían a la orilla de la mar, y parecía que
venían con temor, por lo cual mandó detener las barcas y que les hablasen los
indios que traía en la nao, que no les haría mal alguno. Entonces se allegaron
más a la mar, y el Almirante más a tierra; y después que del todo perdieron el
miedo, venían tantos que cubrían la tierra, dando mil gracias, así hombres como
mujeres y niños; los unos corrían de acá y los otros de allá a nos traer pan
que hacen de niames, que ellos llaman ajes, que es muy blanco y bueno, y nos
traían agua en calabazas y en cántaros de barro de la hechura de los de
Castilla, y nos traían cuanto en el mundo tenían y sabían que el Almirante
quería, y todo con un corazón tan largo y tan contento que era maravilla; «y no
se diga que porque lo que daban valía poco por eso lo daban liberalmente -dice
el Almirante-, porque lo mismo hacían y tan liberalmente los que daban pedazos
de oro como los que daban la calabaza de agua; y fácil cosa es de conocer -dice
el Almirante- cuándo se da una cosa con muy deseoso corazón de dar». Estas son
sus palabras: «Esta gente no tiene varas ni azagayas ni otras ningunas armas,
ni los otros de toda esta isla, y tengo que es grandísima: son así desnudos
como su madre los parió, así mujeres como hombres, que en las otras tierras de
la Juana y las otras de las otras islas traían las mujeres delante de sí unas
cosas de algodón con que cobijan su natura, tanto como una bragueta de calzas
de hombre, en especial después que pasan de edad de doce años; mas aquí ni moza
ni vieja; y en los otros lugares todos los hombres hacían esconder sus mujeres
de los cristianos por celos, más allí no, y hay muy lindos cuerpos de mujeres,
y ellas las primeras que venían a dar gracias al cielo y traer cuanto tenían,
en especial cosas de comer, pan de ajes y gonza avellanada y de cinco o seis maneras frutas», de los cuales mandó curar el Almirante para traer a los Reyes. No
menos dice que hacían las mujeres en las otras partes antes que se escondiesen,
y el Almirante mandaba en todas partes estar todos los suyos sobre aviso que no
enojasen a alguno en cosa ninguna y que nada les tomasen contra su voluntad, y
así les pagaban todo lo que de ellos recibían. Finalmente -dice el Almirante-
que no puede creer que hombre haya visto gente de tan buenos corazones y
francos para dar y tan temerosos, que ellos se deshacían todos por dar a los
cristianos cuanto tenían y, en llegando los cristianos, luego corrían a traerlo
todo. Después envió el Almirante seis cristianos a la población para que la
viesen qué era, a los cuales hicieron cuanta honra podían y sabían y les daban
cuanto tenían, porque ninguna duda les queda, sino que creían que el Almirante
y toda su gente habían venido del cielo: lo mismo creían los indios que consigo
el Almirante traía de las otras islas, puesto que ya se les había dicho lo que
debían de tener. Después de haber ido los seis cristianos, vinieron ciertas
canoas con gente a rogar al Almirante, de parte de un señor, que fuese a su
pueblo cuando de allí se partiese. (Canoa es una barca en que navegan, y son de
ellas grandes y de ellas pequeñas). Y visto que el pueblo de aquel señor estaba
en el camino sobre una punta de tierra, esperando con mucha gente al Almirante,
fue allá, y antes que se partiese vino a la playa tanta gente que era espanto,
hombres y mujeres y niños, dando voces que no se fuese sino que se quedase con
ellos. Los mensajeros del otro señor que había venido a convidar estaban
aguardando con sus canoas, porque no se fuese sin ir a ver al señor, y así lo
hizo, y, en llegando que llegó el Almirante adonde aquel señor le estaba
esperando, y tenían muchas cosas de comer, mandó asentar toda su gente; manda
que lleven lo que tenía de comer a las barcas donde estaba el Almirante, junto
a la orilla de la mar. Y como vio que el Almirante había recibido lo que le
habían llevado, todos o los más de los indios dieron a correr al pueblo, que
debía estar cerca, para traerle más comida y papagayos y otras cosas de lo que
tenían, con tan franco corazón que era maravilla. El Almirante les dio cuentas
de vidrio y sortijas de latón y cascabeles, no porque ellos demandasen algo,
sino porque le parecía que era razón, y sobre todo -dice el Almirante- porque
los tiene ya por cristianos y por de los Reyes de Castilla más que las gentes
de Castilla; y dice que otra cosa no falta, salvo saber la lengua y mandarles,
porque todo lo que se les mandare harán sin contradicción alguna. Partióse de
allí el Almirante para los navíos, y los indios daban voces, así hombres como
mujeres y niños, que no se fuesen y se quedasen con ellos los cristianos.
Después que se partían venían tras ellos a la nao canoas llenas de ellos, a los
cuales hizo hacer mucha honra y darles de comer y otras cosas que llevaron.
Había también venido antes otro señor de la parte del Oeste, y aun a nado
venían muy mucha gente, y estaba la nao más de grande media legua de tierra. El
señor que dije se había tornado; envióle ciertas personas para que le viesen y
le preguntasen de estas islas; y los recibió muy bien, y los llevó consigo a su
pueblo para darles ciertos pedazos grandes de oro, y llegaron a un gran río, el
cual los indios pasaron a nado: los cristianos no pudieron y así se tornaron.
En toda esta comarca hay montañas altísimas que parecen llegar al cielo, que la
de la isla de Tenerife parece nada en comparación de ellas en altura y en
hermosura, y todas son verdes, llenas de arboledas que es una cosa de
maravilla. Entre medio de ellas hay vegas muy graciosas, y al pie de este
puerto al Sur hay una vega tan grande que los ojos no pueden llegar con la
vista al cabo, sin que tenga impedimento de montaña, que parece que debe tener
quince o veinte leguas, por la cual viene un río, y es toda poblada y labrada y
está tan verde ahora como si fuera en Castilla por mayo o por junio, puesto que
las noches tienen catorce horas y sea la tierra tanto septentrional. Así, este
puerto es muy bueno para todos los
vientos que puedan ventar, cerrado y hondo y todo poblado de gente muy buena y
mansa y sin armas buenas ni malas, y puede cualquier navío estar sin miedo en
él que otros navíos que vengan de noche a le saltear, porque, puesto que la
boca sea bien ancha de más de dos leguas, es muy cerrada de dos restingas de
piedra que escasamente la ven sobre agua, salvo una entrada muy angosta en esta
restinga, que no parece sino que fue hecho a mano y que dejaron una puerta
abierta cuanto los navíos puedan entrar. En la boca hay siete brazas de fondo
hasta el pie de una isleta llana que tiene una playa y árboles; al pie de ella
de la parte del Oeste tiene la entrada, y se puede llegar una nao sin miedo
hasta poner el borde junto a la peña. Hay de la parte del Noroeste tres islas y
un gran río a una legua del cabo de este puerto; es el mejor del mundo; púsole
nombre el Puerto de la Mar de Santo Tomás, porque era hoy su día: díjole mar
por su grandeza.
Sábado, 22 de diciembre
En
amaneciendo, dio las velas para ir su camino a buscar las islas que los indios
le decían que tenían mucho oro, y de algunas que tenían más oro que tierra; no
le hizo tiempo y hubo de tornar a surgir, y envió la barca a pescar con la red.
El señor de aquella tierra, que
tenía un lugar cerca de allí, le envió una grande canoa llena de gente, y en
ella un principal criado suyo a rogar al Almirante que fuese con los navíos a
su tierra y que le daría cuanto tuviese. Envióle con aquél un cinto que, en
lugar de bolsa, traía una carátula que tenía dos orejas grandes de oro de
martillo, y la lengua y la nariz. «Y como sea esta gente de muy buen corazón, que
cuanto le piden dan con la mejor voluntad del mundo, les parece que pidiéndoles
algo les hacen grande merced»: esto dice el Almirante. Toparon la barca y
dieron el cinto a un grumete, y vinieron con su canoa a bordo de la nao con su
embajada. Primero que los entendiesen, pasó alguna parte del día; ni los indios
que él traía los entendían bien, porque tienen alguna diversidad de vocablos en
nombres de las cosas. En fin, acabó de entender por señas su convite. El cual
determinó de partir el domingo para allá, aunque no solía partir de puerto en
domingo, sólo por su devoción y no por superstición alguna; pero con esperanza,
dice él, que aquellos pueblos han de ser cristianos por la voluntad que
muestran y de los Reyes de Castilla, y porque los tiene ya por suyos y porque
le sirvan con amor, les quiere y trabaja hacer todo placer. Antes que partiese
hoy, envió seis hombres a una población muy grande, tres leguas de allí de la
parte del Oeste, porque el señor de ella vino el día pasado al Almirante y dijo
que tenía ciertos pedazos de oro. En llegando allá los cristianos, tomó el
señor de la mano al escribano del Almirante, que era uno de ellos, el cual
enviaba el Almirante para que no consintiese hacer a los demás cosa indebida a
los indios, porque como fuesen tan francos los indios y los españoles tan
codiciosos y desmedidos, que no les basta que por un cabo de agujeta y aun por
un pedazo de vidrio y de escudilla y por otras cosas de no nada les daban los
indios cuanto querían; pero, aunque sin darles algo se lo querían todo haber y
tomar, lo que el Almirante siempre prohibía, y aunque también eran muchas cosas
de poco valor, si no era el oro, las que daban a los cristianos; pero el
Almirante, mirando al franco corazón de los indios, que por seis cuentezuelas de
vidrio darían y daban un pedazo de oro, por eso mandaba que ninguna cosa se
recibiese de ellos que no se les diese algo en pago. Así que tomó por la mano
el señor al escribano y lo llevó a su casa con todo el pueblo, que era muy
grande, que le acompañaba, y les hizo dar de comer, y todos los indios les
traían muchas cosas de algodón labradas y en ovillos hilado. Después que fue
tarde, dioles tres ánsares muy gordas el señor y unos pedacitos de oro, y
vinieron con ellos mucho número de gente y les traían todas las cosas que allá
habían rescatado, y a ellos mismos porfiaban de traerlos a cuestas, y de hecho
lo hicieron por algunos ríos y por algunos lugares lodosos. El Almirante mandó
dar al señor algunas cosas, y quedó él y toda su gente con gran contentamiento,
creyendo verdaderamente que había venido del cielo, y en ver los cristianos se
tenían por bienaventurados. Vinieron este día más de ciento y veinte canoas a
los navíos, todas cargadas de gente, y todos traen algo, especialmente de su
pan y pescado y agua en cantarillos de barro y simientes de muchas simientes
que son buenas especias: echaban un grano en una escudilla de agua y bébenla, y
decían los indios que consigo traía el Almirante que era cosa sanísima.
Domingo, 23 de diciembre
No
pudo partir con los navíos a la tierra de aquel señor que lo había enviado a
rogar y convidar, por falta de viento; pero envió, con los tres mensajeros que
allí esperaban, las barcas con gente y al escribano. Entre tanto que aquéllos
iban, envió dos de los indios que consigo traía a las poblaciones que estaban
por allí cerca del paraje de los navíos, y volvieron con un señor a la nao con
nuevas que en aquella isla Española había gran cantidad de oro, y que a ella lo
venían a comprar de otras partes, y dijéronle que allí hallaría cuanto
quisiese. Vinieron otros que confirmaban haber en ella mucho oro, y mostrábanle
la manera que se tenía en cogerlo. Todo aquello entendía el Almirante con pena;
pero todavía tenía por cierto que en aquellas partes había grandísima cantidad de
ello y que, hallando el lugar donde se saca, habrá gran barato de ello, y según
imaginaba que por no nada. Y torna a decir que cree que debe haber mucho,
porque en tres días que había que estaba en aquel puerto había habido buenos
pedazos de oro, y no puede creer que allí lo traigan de otra tierra. «Nuestro
Señor, que tiene en las manos todas las cosas, vea de me remediar y dar como
fuere su servicio»; éstas son palabras del Almirante. Dice que aquella hora
cree haber venido a la nao más de mil personas y que todas traían algo de lo
que poseen; y antes que lleguen a la nao, con medio tiro de ballesta, se
levantan en sus canoas en pie y toman en las manos lo que traen diciendo:
«Tomad, tomad.» También cree que más de quinientos vinieron a la nao nadando por
no tener canoas, y estaba surta cerca de una legua de tierra. Juzgaba que
habían venido cinco señores, hijos de señores, con toda su casa, mujeres y
niños, a ver los cristianos. A todos mandaba dar el Almirante, porque todo dice
que era bien empleado, y dice: «Nuestro Señor me aderece, por su piedad, que
halle este oro, digo su mina, que hartos tengo aquí que dicen que la saben»;
éstas son sus palabras. En la noche llegaron las barcas, y dijeron que había
gran camino hasta donde venían, y que al monte de Caribatan hallaron muchas
canoas con muy mucha gente que venían a ver al Almirante y a los cristianos del
lugar donde ellos iban. Y tenía por cierto que si aquella fiesta de Navidad
pudiera estar en aquel puerto, viniera toda la gente de aquella isla, que estimaba
ya por mayor que Inglaterra, por verlos; los cuales se volvieron todos con los
cristianos a la población, la cual dice que afirmaba ser la mayor y la más
concertada de calles que otras de las pasadas y halladas hasta allí, la cual
dice que es parte de Punta Santa al Sudeste casi tres leguas. Y como las canoas
andan mucho de remos, fuéronse delante a hacer saber al cacique, que ellos
llamaban allí. Hasta entonces no había podido entender el Almirante silo dicen
por rey o por gobernador. También dicen otro nombre por grande que llaman
nitayno; no sabía silo dicen por
hidalgo o gobernador o juez. Finalmente, el cacique vino a ellos y se ajuntaron
en la plaza, que estaba muy barrida, todo el pueblo, que había más de dos mil
hombres. Este rey hizo mucha honra a la gente de los navíos, y los populares
cada uno les traía algo de comer y de beber. Después el rey dio a cada uno unos
paños de algodón que visten las mujeres, y papagayos para el Almirante y
ciertos pedazos de oro: daban también los populares de los mismos paños y otras
cosas de sus casas a los marineros, por pequeña cosa que les daban, la cual,
según la recibían, parecía que la estimaban por reliquias. Ya a la tarde,
queriendo despedir, el rey les rogaba que aguardasen hasta otro día; lo mismo
todo el pueblo. Visto que determinaban su venida, vinieron con ellos mucho del
camino, trayéndoles a cuestas lo que el cacique y los otros les habían dado
hasta las barcas, que quedaban a la entrada del río.
Lunes, 24 de diciembre
Antes
de salido el sol, levantó las anclas con el viento terral. Entre los muchos
indios que ayer habían venido a la nao, que les habían dado señales de haber en
aquella isla oro y nombrado los lugares donde lo cogían, vio uno parece que más
dispuesto y aficionado o que con más alegría le hablaba, y halagólo rogándole
que se fuese con él a mostrarle las minas del oro. Este trajo otro compañero o
pariente consigo, los cuales, entre los otros lugares que nombraban donde se
cogía el oro dijeron de Cipango, al cual ellos llaman Cibao, y allí afirman que
hay gran cantidad de oro, y que el cacique trae las banderas de oro de
martillo, salvo que está muy lejos al Este. El Almirante dice aquí estas
palabras a los Reyes: «Crean Vuestras Altezas que en el mundo todo no puede
haber mejor gente, ni más mansa. Deben tomar Vuestras Altezas grande alegría
porque luego los harán cristianos y los habrán enseñado en buenas costumbres de
sus reinos, que más mejor gente ni tierra puede ser, y la gente y la tierra en
tanta cantidad que yo no sé ya cómo lo escriba; porque yo he hablado en
superlativo grado la gente y la tierra de la Juana, a que ellos llaman Cuba;
mas hay tanta diferencia de ellos y de ella a ésta en todo como del día a la
noche, ni creo que otro ninguno que esto hubiese visto hubiese hecho ni dijese
menos de lo que yo tengo dicho, y digo que es verdad que es maravilla las cosas
de acá y los pueblos grandes de esta isla Española, que así la llamé y ellos la
llaman Bohío, y todos de muy singularísimo trato amoroso y habla dulce, no como
los otros que parece cuando hablan que amenazan, y de buena estatura hombres y
mujeres y no negro. Verdad es que todos se tiñen, algunos de negro y otros de
otra color, y los más de colorado. He
sabido que lo hacen por el sol, que no les haga tanto mal, y las casas y
lugares tan hermosos, y con señorío en todos como juez o señor de ellos, y
todos le obedecen que es maravilla, y todos estos señores son de pocas palabras
y muy lindas costumbres, y su mando es lo más con hacer señas con la mano, y
luego es entendido que es maravilla.» Todas son palabras del Almirante. Quien
hubiere de entrar en la mar de Santo Tomé, se debe meter una buena legua sobre
la boca de la entrada sobre una isleta llana que en el medio hay, que le puso
nombre la Amiga, llevando la proa en ella. Y después que llegare a ella con el
tiro de una piedra, pase de la parte del Oeste y quédele ella al Este, y se
llegue a ella y no a la otra parte, porque viene una restinga muy grande del
Oeste, y aun en la mar fuera de ella hay unas tres bajas, y esta restinga se
llega a la Amiga un tiro de lombarda, y entremedias pasará y hallará a lo más
bajo siete brazas, y cascajos abajo, y dentro hallará puerto para todas las
naos del mundo y que estén sin amarras. Otra restinga y bajas vienen de la
parte del Este a la dicha isla Amiga, y son muy grandes y salen en la mar mucho
y llega hasta el cabo casi dos leguas; pero entre ellas pareció que había
entrada a tiro de dos lombardas de la Amiga, y al pie del Monte Garibatan de la
parte del Oeste hay un muy buen puerto y muy grande.
Martes, 25 de diciembre, día de Navidad
Navegando
con poco viento el día de ayer desde la mar de Santo Tomé hasta la Punta Santa,
sobre la cual a una legua estuvo así hasta pasado el primer cuarto, que serían
a las once horas de la noche, acordó echarse a dormir, porque había dos días y
una noche que no había dormido. Como fuese calma, el marinero que gobernaba la
nao acordó irse a dormir, y dejó el gobernario a un mozo grumete, lo que mucho
siempre había el Almirante prohibido en todo el viaje, que hubiese visto o que
hubiese calma: conviene a saber, que no dejasen gobernar a los grumetes. El
Almirante estaba seguro de bancos y de peñas, porque el domingo, cuando envió
las barcas a aquel rey, habían pasado al Este de la dicha Punta Santa bien tres
leguas y media, y habían visto los marineros toda la costa y los bajos que hay
desde la dicha Punta Santa al Este bien tres leguas, y vieron por dónde se
podía pasar, lo que todo este viaje no hizo. Quiso Nuestro Señor que a las doce
horas de la noche, como habían visto acostar y reposar el Almirante y veían que
era calma muerta y la mar como en una escudilla, todos se acostaron a dormir, y
quedó el gobernalle en la mano de aquel muchacho, y las aguas que corrían
llevaron la nao sobre uno de aquellos bancos. Los cuales, puesto que fuese de
noche, sonaban que de una grande legua se oyeran y vieran, y fue sobre él tan
mansamente que casi no se sentía. El
mozo, que sintió el gobernalle y oyó el sonido de la mar, dio voces, a las
cuales salió el Almirante y fue tan presto que aún ninguno había sentido que
estuviesen encallados. Luego el maestre de la nao, cuya era la guardia, salió;
y díjoles el Almirante a él y a los otros que halasen el batel que traían por
popa y tomasen un anda y la echasen por popa, y él con otros muchos saltaron en
el batel, y pensaba el Almirante que hacían lo que les había mandado. Ellos no
curaron sino de huir a la carabela, que estaba a barlovento media legua. La
carabela no los quiso recibir haciéndolo virtuosamente, y por esto volvieron a
la nao; pero primero fue a ella la barca de la carabela. Cuando el Almirante
vio que se huían y que era su gente, y las aguas menguaban y estaba ya la nao
la mar de través, no viendo otro medio, mandó cortar el mástil y alijar de la nao todo cuanto pudieron para
ver si podían sacarla; y como todavía las aguas menguasen no se pudo remediar,
y tomó lado hacia la mar traviesa, puesto que la mar era poco o nada, y
entonces se abrieron los conventos y
no la nao. El Almirante fue a la carabela para poner en cobro la gente de la
nao en la carabela y, como ventase ya vientecillo de la tierra y también aún
quedaba mucho de la noche, ni supiesen cuánto duraban los bancos, temporejó a
la corda hasta que fue de día, y luego fue a la nao por de dentro de la restinga
del banco. Primero había enviado el batel a tierra con Diego de Arana, de
Córdoba, alguacil de la Armada, y Pedro Gutiérrez, repostero de la Casa Real, a
hacer saber al rey que los había enviado a convidar y rogar el sábado que se
fuese con los navíos a su puerto, el cual tenía su villa adelante obra de una
legua y media del dicho banco; el cual como lo supo dicen que lloró, y envió
toda su gente de la villa con canoas muy grandes y muchas a descargar todo lo
de la nao. Y así se hizo y se descargó todo lo de las cubiertas en muy breve
espacio: tanto fue el grande aviamiento y diligencia que aquel rey dio. Y él
con su persona, con hermanos y parientes, estaban poniendo diligencia, así en
la nao como en la guarda de lo que se sacaba a tierra, para que todo estuviese
a muy buen recaudo. De cuando en cuando enviaba uno de sus parientes al
Almirante llorando a lo consolar, diciendo que no recibiese pena ni enojo, que
él le daría cuanto tuviese. Certifica el Almirante a los Reyes que en ninguna
parte de Castilla tan buen recaudo en todas las cosas se pudiera poner sin
faltar una agujeta. Mandólo poner todo junto con las casas entretanto que se
vaciaban algunas cosas que quería dar, donde se pusiese y guardase todo. Mandó
poner hombres armados en rededor de todo, que velasen toda la noche. «El, con
todo el pueblo, lloraban; tanto -dice el Almirante-, son gente de amor y sin
codicia y convenibles para toda cosa, que certifico a Vuestras Altezas que en
el mundo creo que no hay mejor gente ni mejor tierra: ellos aman a sus prójimos
como a sí mismos, y tienen un habla la más dulce del mundo y mansa, y siempre
con risa. Ellos andan desnudos, hombres y mujeres, como sus madres los
parieron. Mas, crean Vuestras Altezas que entre sí tienen costumbres muy
buenas, y el rey muy maravilloso estado, de una cierta manera tan continente
que es placer de verlo todo, y la memoria que tienen, y todo quieren ver, y
preguntan qué es y para qué.» Todo esto dice el Almirante.
Miércoles, 26 de diciembre
Hoy,
al salir del sol, vino el rey de aquella tierra que estaba en aquel lugar a la
carabela Niña, donde estaba el Almirante, y casi llorando le dijo que no
tuviese pena, que él le daría cuanto tenía, y que había dado a los cristianos
que estaban en tierra dos muy grandes casas, y que más les daría si fuesen
menester, y cuantas canoas pudiesen cargar y descargar la nao, y poner en
tierra cuanta gente quisiese; y que así lo había hecho ayer, sin que tomase una
migaja de pan ni otra cosa alguna; «tanto -dice el Almirante- son fieles y sin
codicia de lo ajeno»; y así era sobre todos aquel rey virtuoso. En tanto que el
Almirante estaba hablando con él, vino otra canoa de otro lugar que traía
ciertos pedazos de oro, los cuales quería dar por un cascabel, porque otra cosa
tanto no deseaban como cascabeles. Que aún no llega la canoa a bordo cuando
llamaban y mostraban los pedazos de oro, diciendo chuq chuq por cascabeles, que
están en puntos de se tornar locos por ellos. Después de haber visto esto, y
partiéndose estas canoas que eran de los otros lugares, llamaron al Almirante y
le rogaron que les mandase guardar un cascabel hasta otro día, porque él
traería cuatro pedazos de oro tan grandes como la mano. Holgó el Almirante de
oír esto, y después un marinero que venía de tierra dijo al Almirante que era
cosa de maravilla las piezas de oro que los cristianos que estaban en tierra
rescataban por no nada; por una agujeta daban pedazos que serían más de dos
castellanos, y que entonces no era nada al respecto de lo que sería dende a un
mes. El rey se holgó mucho con ver al Almirante alegre, y entendió que deseaba
mucho oro, y díjole por señas que él sabía cerca de allí donde había de ello
muy mucho en grande suma, y que estuviese de buen corazón, que él le daría
cuanto oro quisiese; y de ello dice que le daba razón, y en especial que lo
había en Cipango, a que ellos llamaban Cibao, en tanto grado que ellos no le
tienen en nada, y que él lo traería allí, aunque también en aquella isla
Española, a quien llaman Bohío, y en aquella provincia Caribata lo había mucho
más. El rey comió en la carabela con el Almirante, y después salió con él en
tierra, donde hizo al Almirante mucha honra y le dio colación de dos o tres
maneras de ajes y con camarones y caza y otras viandas que ellos tenían, y de
su pan que llamaban cazabí; dende lo llevó a ver unas verduras de árboles junto
a las casas, y andaban con él bien mil personas, todos desnudos. El señor ya
traía camisa y guantes que el Almirante le había dado, y por los guantes hizo
mayor fiesta que por cosa de las que le dio. En su comer, con su honestidad y
hermosa manera de limpieza, se mostraba bien ser de linaje. Después de haber
comido, que tardó buen rato estar a la mesa, trajeron ciertas hierbas con que
se fregó mucho las manos; creyó el Almirante que lo hacía para ablandarlas, y
diéronle aguamanos. Después que acabaron de comer, llevó a la playa al
Almirante, y el Almirante envió por un arco turquesco y un manojo de flechas, y
el Almirante hizo tirar a un hombre de su compañía, que sabía de ello, y el
señor, como no sepa qué sean armas, porque no las tienen ni las usan, le
pareció gran cosa; aunque dice que el comienzo fue sobre el habla de los
Caniba, que ellos llaman caribes, que los vienen a tomar, y traen arcos y
flechas sin hierro, que en todas aquellas tierras no había memoria de él ni de
otro metal, salvo de oro y cobre, aunque cobre no había visto sino poco el
Almirante. El Almirante le dijo por señas que los Reyes de Castilla mandarían
destruir a los caribes y que a todos se los mandarían traer las manos atadas.
Mandó el Almirante tirar una lombarda y una espingarda, y viendo el efecto que
su fuerza hacían y lo que penetraban, quedó maravillado. Y cuando su gente oyó
los tiros cayeron todos en tierra. Trajeron al Almirante una gran carátula que
tenía grandes pedazos de oro en las orejas y en los ojos y en otras partes, la
cual le dio con otras joyas de oro que el mismo rey había puesto al Almirante
en la cabeza y al pescuezo; y a otros cristianos que con él estaban dio también
muchas. El Almirante recibió mucho placer y consolación de estas cosas que
veía, y se le templó la angustia y pena que había recibido y tenía de la
pérdida de la nao, y conoció que Nuestro Señor había hecho encallar allí la nao
porque hiciese allí asiento. «Y a esto -dice él- vinieron tantas cosas a la
mano, que verdaderamente no fue aquél desastre, salvo gran ventura. Porque es
cierto -dice él- que si yo no encallara, que yo fuera de largo sin surgir en
este lugar, porque él está metido acá dentro en una grande bahía y en ella dos
o tres restingas de bajas, ni este viaje dejara aquí gente, ni aunque yo
quisiera dejarla no les pudiera dar tan buen aviamento ni tantos pertrechos ni
tantos mantenimientos ni aderezos para fortaleza. Y bien es verdad que mucha
gente de ésta que va aquí me habían rogado y hecho rogar que les quisiera dar
licencia para quedarse. Ahora tengo ordenado de hacer una torre y fortaleza,
todo muy bien, y una grande cava, no porque crea que haya esto menester por
esta gente, porque tengo dicho que con esta gente que yo traigo sojuzgaría toda
esta isla, la cual creo que es mayor que Portugal, y más gente al doble, mas
son desnudos y sin armas y muy cobardes fuera de remedio. Mas es razón que se
haga esta torre y se esté como se ha de estar, estando tan lejos de Vuestras Altezas,
y porque conozcan el ingenio de la gente de Vuestras Altezas y lo que pueden
hacer, porque con amor y temor le obedezcan; y así tendrán tablas para hacer
todas las fortalezas de ellas y mantenimientos de pan y vino para más de un año
y simientes para sembrar y la barca de la nao y un calafate y un carpintero y
un lombardero y un tonelero y muchos entre ellos hombres que desean mucho, por
servicio de Vuestras Altezas y me hacer placer, de saber de la mina donde se
coge el oro. Así que todo es venido mucho a pelo para que se haga este
comienzo; y sobre todo que, cuando encalló la nao fue tan paso que casi no se
sintió ni había ola ni viento.» Todo esto dice el Almirante. Y añade más para
mostrar que fue gran ventura y determinada voluntad de Dios que la nao allí
encallase porque dejase allí gente, que si no fuera por la traición del maestre
y de la gente, que eran todos o los más de su tierra, de no querer echar el
anda por popa para sacar la nao, como el Almirante los mandaba, la nao se
salvara, y así no pudiera saberse la tierra, dice él, como se supo aquellos
días que allí estuvo, y adelante por los que allí entendía dejar, porque él iba
siempre con intención de descubrir y no parar en parte más de un día si no era
por falta de los vientos, porque la nao dice que era muy pesada y no para el
oficio de descubrir. Y llevar tal nao dice que causaron los de Palos, que no
cumplieron con el Rey y la Reina lo que le habían prometido: dar navíos
convenientes para aquella jornada, y no lo hicieron. Concluye el Almirante
diciendo que de todo lo que en la nao había no se perdió una agujeta, ni tabla
ni clavo, porque ella quedó sana como cuando partió, salvo que se cortó y rajó
algo para sacar la vasija y todas las mercaderías, y pusiéronlas todas en
tierra y bien guardadas, como está dicho; y dice que espera en Dios que a la
vuelta que él entendía hacer de Castilla, había de hallar un tonel de oro que
habrían rescatado los que había de dejar y que habrían hallado la mina del oro
y la especiería, y aquello en tanta cantidad que los Reyes antes de tres años
emprendiesen y aderezasen para ir a conquistar la Casa Santa, «que así -dice él- protesté a Vuestras Altezas que toda la
ganancia de esta mi empresa se gastase en la conquista de Jerusalén, y Vuestras
Altezas se rieron y dijeron que les placía, y que sin esto tenían aquella
gana». Palabras del Almirante.
Jueves, 27 de diciembre
En
saliendo el sol, vino a la carabela el rey de aquella tierra, y dijo al
Almirante que había enviado por oro y que lo quería cubrir todo de oro antes
que se fuese, antes le rogaba que no se fuese; y comieron con el Almirante el
rey y un hermano suyo y otro pariente muy privado, los cuales dos le dijeron
que querían ir a Castilla con él. Estando en esto, vinieron ciertos indios con
nuevas cómo la carabela Pinta estaba en un río al cabo de aquella isla; luego
envió el cacique allá una canoa, y
en ella el Almirante un marinero, porque amaba tanto al Almirante que era
maravilla. Ya entendía el Almirante con cuánta prisa podía por despacharse para
la vuelta de Castilla.
Viernes, 28 de diciembre
Para
dar orden y prisa en el acabar de hacer la fortaleza y en la gente que en ella
había de quedar, salió el Almirante en tierra y parecióle que el rey le había
visto cuando iba en la barca; el cual se entró presto en su casa disimulando, y
envió a un su hermano que recibiese al Almirante y llevólo a una de las casas
que tenía dadas a la gente del Almirante, la cual era la mayor y mejor de
aquella villa. En ella le tenían aparejado un estrado de camisas de palma,
donde le hicieron asentar. Después el hermano envió un escudero suyo a decir al
rey que el Almirante estaba allí, como que el rey no sabía que era venido,
puesto que el Almirante creía que lo disimulaba por hacerle mucha más honra.
Como el escudero se lo dijo, dio el cacique dice que a correr para el
Almirante, y púsole al pescuezo una gran plasta de oro que traía en la mano.
Estuvo allí con él hasta la tarde, deliberando lo que había de hacer.
Sábado, 29 de diciembre
En
saliendo el sol, vino a la carabela un sobrino del rey muy mozo y de buen
entendimiento y buenos hígados (como dice el Almirante); y como siempre
trabajase por saber adónde se cogía el oro, preguntaba a cada uno, porque por
señas ya entendía algo, y así aquel mancebo le dijo que a cuatro jornadas había
una isla al Este que se llama Guarionex, y otras que se llamaban Mocorix y
Mayonic y Fuma y Cibao y Coroay, en
las cuales había infinito oro, los cuales nombres escribió el Almirante; y supo
esto que le había dicho un hermano del rey, y riñó con él, según el Almirante
entendió. También otras veces había el Almirante entendido que el rey trabajaba
porque no entendiese dónde nacía y se cogía el oro, porque no lo fuese a
rescatar o comprar a otra parte. «Mas es tanto y en tantos lugares y en esta
misma isla Española -dice el Almirante-, que es maravilla.» Siendo ya de noche
le envió el rey una gran carátula de oro, y envióle a pedir un bacín para
mandar hacer otro, y así se lo envió.
Domingo, 30 de diciembre
Salió
el Almirante a comer a tierra, y llegó a tiempo que habían venido cinco reyes
sujetos a aqueste que se llamaba Guacanagarí, todos con sus coronas,
representando muy buen estado, que dice el Almirante a los Reyes que Sus
Altezas hubieran placer de ver la manera de ellos. En llegando en tierra, el
rey vino a recibir al Almirante, y lo llevó de brazos a la misma casa de ayer,
donde tenía un estrado y sillas en que asentó al Almirante; y luego se quitó la
corona de la cabeza y se la puso al Almirante, y el Almirante se quitó del pescuezo
un collar de buenos alaqueques y cuentas muy hermosas de muy lindos
colores, que parecía muy bien en toda parte, y se lo puso a él, y se desnudó un
capuz de fina grana, que aquel día
se había vestido, y se lo vistió, y envió por unos borceguíes de color que le
hizo calzar, y le puso en el dedo un grande anillo de plata, porque habían
dicho que vieron una sortija de plata a un marinero y que había hecho mucho por
ella. Quedó muy alegre y muy contento, y dos de aquellos reyes que estaban con
él vinieron adonde el Almirante estaba con él y trajeron al Almirante dos
grandes plastas de oro, cada uno la suya. Y estando así vino un indio diciendo
que había dos días que dejara la carabela Pinta al Este en un puerto. Tornóse
el Almirante a la carabela, y Vicente Yáñez, capitán de ella, afirmó que había
visto ruibarbo y que lo había en la isla Amiga, que está a la entrada de la mar
de Santo Tomé, que estaba seis leguas de allí, y que había conocido los ramos y
raíz. Dicen que el ruibarbo echa unos ramitos fuera de tierra y unos frutos que
parecen moras verdes casi secas, y el palillo que está cerca de la raíz es tan
amarillo y tan fino como la mejor color que puede ser para pintar, y debajo de
la tierra hace la raíz como una grande pera.
Lunes, 31 de diciembre
Aqueste
día se ocupó en mandar tomar agua y leña para la partida a España por dar
noticia presto a los Reyes para que enviasen navíos que descubriesen lo que
quedaba por descubrir, porque ya «el negocio parecía tan grande y de tanto tomo
que es maravilla», dijo el Almirante. Y dice que no quisiera partirse hasta que
hubiere visto toda aquella tierra que iba hacia el Este y andaría toda por la
costa, por saber también dice que el tránsito de Castilla a ella, para traer
ganados y otras cosas. Mas, como hubiese quedado con un solo navío, no le
parecía razonable cosa ponerse a los peligros que le pudieran ocurrir
descubriendo. Y quejábase que todo aquel mal e inconveniente haberse apartado de él la carabela
Pinta.
Martes, 1 de enero de 1493
A
media noche despachó la barca que fuese a la isleta Amiga para traer el
ruibarbo. Volvió a vísperas con un serón de ello; no trajeron más porque no
llevaron azada para cavar: aquello llevó por muestra a los Reyes. El rey de
aquella tierra dice que había enviado muchas canoas por oro. Vino la canoa que
fue a saber de la Pinta y el marinero y no la hallaron. Dijo aquel marinero que
a veinte leguas de allí habían visto un rey que traía en la cabeza dos grandes
plastas de oro, y luego que los indios de la canoa le hablaron se las quitó, y
vio también mucho oro a otras personas. Creyó el Almirante que el rey
Guacanagarí debía de haber prohibido a todos que no vendiesen oro a los
cristianos, porque pasase todo por su mano. Mas él había sabido los lugares,
como dije anteayer, donde lo había en tanta cantidad que no lo tenían en
precio. También la especiería que, como dice el Almirante, es mucha y más vale
que pimiento y manegueta. Dejaba
encomendados a los que allí quería dejar que hubiesen cuanta pudiesen.
Miércoles, 2 de enero
Salió
de mañana en tierra para se despedir del rey Guacanagarí y partirse en el
nombre del Señor, y diole una camisa suya y mostróle la fuerza que tenían y
efecto que hacían las lombardas, por lo cual mandó armar una y tirar al costado
de la nao que estaba en tierra, porque vino a propósito de platicar sobre los
caribes, con quien tienen guerra, y vio hasta dónde llegó la lombarda y cómo
pasó el costado de la nao y fue muy lejos la piedra por la mar. Hizo hacer
también una escaramuza con la gente de los navíos armada, diciendo al cacique
que no hubiese miedo a los caribes aunque viniesen. Todo esto dice que hizo el
Almirante porque tuviese por amigos a los cristianos que dejaba, y por ponerle
miedo que los temiese. Llevólo el Almirante a comer consigo a la casa donde
estaba aposentado y a los otros que iban con él. Encomendóle mucho el Almirante
a Diego de Arana y a Pedro Gutiérrez y a Rodrigo Escobedo, que dejaba
juntamente por sus tenientes de aquella gente que allí dejaba, porque todo
fuese bien regido y gobernado a servicio de Dios y de Sus Altezas. Mostró mucho
amor el cacique al Almirante y gran sentimiento en su partida, mayormente
cuando lo vio ir a embarcarse. Dijo al Almirante un privado de aquel rey, que
había mandado hacer una estatua de oro puro tan grande como el mismo Almirante,
y que dende a diez días la habían de traer. Embarcóse con propósito de se
partir luego, mas el viento no le dio lugar. Dejó en aquella isla Española, que
los indios dice que llamaban Bohío, treinta y nueve hombres con la fortaleza, y
dice que muchos amigos de aquel rey Guacanagarí, y sobre aquélíos, por sus
tenientes, a Diego de Arana, natural de Córdoba, y a Pedro Gutiérrez, repostero
de estrado del Rey, criado del despensero mayor, y a Rodrigo de Escobedo,
natural de Segovia, sobrino de fray Rodrigo Pérez, con todos sus poderes que de
los Reyes tenía. Dejóles todas las mercaderías que los Reyes mandaron comprar
para los rescates, que eran muchas, para que las trocasen y rescatasen por oro,
con todo lo que traía la nao. Dejóles también pan bizcocho para un año y vino y
mucha artillería, y la barca de la nao para que ellos, como marineros que eran
los más, fuesen, cuando viesen que convenía, a descubrir la mina de oro, porque
a la vuelta que volviese el Almirante hallase mucho oro, y lugar donde se
asentase una villa, porque aquél no era puerto a su voluntad; mayormente que el
oro que allí traían venía dice que del Este, y cuanto más fuesen al Este tanto
estaban cercanos de España. Dejóles también simientes para sembrar, y sus oficiales,
escribano y alguacil, y un carpintero de naos y calafate y un buen lombardero,
que sabe bien de ingenios, y un tonelero y un físico y un sastre, y todos dice
que hombres de la mar.
Jueves, 3 de enero
No
partió hoy porque anoche dice que vinieron tres de los indios que traía de las
islas que se habían quedado, y dijéronle que los otros y sus mujeres vendrían
al salir del sol. La mar también fue algo alterada, y no pudo la barca estar en
tierra; determinó partir mañana, mediante la gracia de Dios. Dijo que si él
tuviera consigo la carabela Pinta tuviera por cierto de llevar un tonel de oro,
porque osara seguir las costas de estas islas, lo que no osaba hacer por ser
solo, porque no le acaeciese algún inconveniente y se impidiese su vuelta a
Castilla y la noticia que debía dar a los Reyes de todas las cosas que había
hallado. Y si fuera cierto que la carabela Pinta llegara a salvamento en España
con aquel Martín Alonso Pinzón, dijo que no dejara de hacer lo que deseaba;
pero porque no sabía de él y porque, ya que vaya, podrá informar a los Reyes de
mentiras porque no le manden dar la pena que él merecía, como quien tanto mal
había hecho y hacía en haberse ido sin licencia y estorbar los bienes que
pudieran hacerse y saberse de aquella vez, dice el Almirante, confiaba que
Nuestro Señor le daría buen tiempo y se podría remediar todo.
Viernes, 4 de enero
Saliendo
el sol, levantó las anclas con poco viento, con la barca por proa el camino del
Noroeste para salir fuera de la restinga, por otra canal más ancha de la que
entró, la cual y otras son muy buenas para ir por delante de la Villa de la
Navidad, y por todo aquello el más bajo fondo que halló fueron tres brazas
hasta nueve, y estas dos van de Noroeste al Sudeste, según aquellas restingas
eran grandes que duran desde el Cabo Santo hasta el Cabo de Sierpe, que son más
de seis leguas, y fuera en la mar bien tres y sobre el Cabo Santo bien tres, y
sobre el Cabo Santo a una legua no hay más de ocho brazas de fondo, y dentro
del dicho cabo, de la parte del Este, hay muchos bajos y canales para entrar
por ellos, y toda aquella costa se corre Noroeste Sudeste y es toda playa, y la
tierra muy llana hasta bien cuatro leguas la tierra adentro. Después hay
montañas muy altas y es toda muy poblada de poblaciones grandes y buena gente,
según se mostraban con los cristianos. Navegó así al Este, camino de un monte
muy alto que quiere parecer isla pero no lo es, porque tiene participación con
tierra muy baja, el cual tiene forma de un alfaneque muy hermoso, al cual puso
nombre Monte Cristi, el cual está justamente al Este del Cabo Santo, y habrá
dieciocho leguas. Aquel día, por ser el viento muy poco, no pudo llegar al
Monte Cristi con seis leguas. Halló cuatro isletas de arena muy bajas, con una
restinga que salía mucho al Noroeste y andaba mucho al Sudeste. Dentro hay un
grande golfo que va desde dicho monte al Sudeste bien veinte leguas, el cual
debe ser todo de poco fondo y muchos bancos, y dentro de él en toda la costa
muclios ríos no navegables, aunque aquel marinero que el Almirante envió con la
canoa a saber nuevas de la Pinta dijo que vio un río en el cual podían entrar naos. Surgió por allí el Almirante seis
leguas de Monte Cristi en diecinueve brazas, dando la vuelta a la mar por
apartarse de muchos bajos y restingas que por allí había, donde estuvo aquella
noche. Da el Almirante aviso que el que hubiere de ir a la Villa de la Navidad,
que conociere a Monte Cristi, debe meterse en la mar dos leguas, etc.; pero
porque ya se sabe la tierra y más por allí no se pone aquí. Concluye que
Cipango estaba en aquella isla y que hay mucho oro y especiería y almáciga y
ruibarbo.
Sábado, 5 de enero
Cuando
el sol quería salir, dio la vela con el terral; después ventó Este, y vio que
de la parte del Sursudeste del Monte Cristi, entre él y una isleta, parecía ser
buen puerto para surgir esta noche, y tomó el camino al Essueste, y después al
Sursudeste bien seis leguas, diecisiete brazas de fondo y muy limpio, y anduvo
así tres leguas con el mismo fondo. Después bajó a doce brazas hasta el morro
del monte, y sobre el morro del monte a una legua halló nueve, y limpio todo,
arena menuda. Siguió así el camino hasta que entró entre el monte y la isleta, adonde halló tres brazas y media de
fondo con bajamar, muy singular puerto adonde surgió. Fue con la barca a la
isleta, donde halló fuego y rastro de que habían estado allí pescadores. Vio
allí muchas piedras pintadas de colores, o cantera de piedras tales de labores
naturales muy hermosas, dice que para edificios de iglesia o de otras obras
reales, como las que halló en la isleta de San Salvador. Halló también en esta
isleta muchos pies de almáciga. Este Monte Cristi dice que es muy hermoso y
alto y andable, de muy linda hechura, y toda la tierra cerca de él es maja, muy
linda campiña, y él queda así alto que viéndolo de lejos parece isla que no
comunique con alguna tierra. Después del dicho monte, al Este, vio un cabo a
veinticuatro millas al cual llamó Cabo del Becerro, desde el cual hasta el dicho monte pasan en la mar bien dos
leguas unas restingas de bajos, aunque le pareció que había entre ellas canales
para poder entrar; pero conviene que sea de día y vaya sondando con la barca
primero. Desde el dicho monte al Este hacia el Cabo del Becerro las cuatro
leguas es todo playa y tierra muy baja y hermosa, y lo otro es todo tierra muy
alta y grandes montañas labradas y hermosas, y dentro de la tierra va una
sierra de Nordeste al Sudeste, la más hermosa que había visto, que parece
propia como la sierra de Córdoba. Parecen también muy lejos otras montañas muy
altas hacia el Sur y del Sudeste y muy grandes valles y muy verdes y muy
hermosos y muy muchos ríos de agua; todo esto en tanta cantidad apacible que no
creía encarecerlo la milésima parte. Después vio, al Este de dicho monte, una
tierra que parecía otro monte, así como aquel de Cristi en grandeza y
hermosura. Y dende a la cuarta del Este al Nordeste es tierra no tan alta, y
habría bien cien millas o cerca.
Domingo, 6 de enero
Aquel
puerto es abrigado de todos los vientos, salvo de Norte y Noroeste, y dice que
poco reinan por aquella tierra, y aun de éstos se pueden guarecer detrás de la
isleta: tiene tres hasta cuatro brazas. Salido el sol, dio la vela por ir la
costa delante, la cual toda corría al Este, salvo que es menester dar reguardo
a muchas restingas de piedra y arena que hay en la dicha costa. Verdad es que
dentro de ellas hay buenos puertos y buenas entradas por su canales. Después de
medio día ventó Este recio, y mandó subir a un marinero al topo del mástil para
mirar los bajos, y vio venir la carabela Pinta con Este a popa, y llegó al
Almirante, y porque no había donde surgir por ser bajo, volvióse el Almirante
al Monte Cristi a desandar diez leguas atrás que había andado, y la Pinta con
él. Vino Alonso Pinzón a la carabela Niña, donde iba el Almirante, a se excusar
diciendo que se había partido de él contra su voluntad, dando razones por ello;
pero el Almirante dice que eran falsas todas, y que con mucha soberbia y
codicia se había apartado aquella noche que se apartó de él, y que no sabía,
dice el Almirante, de dónde le hubiesen venido las soberbias y deshonestidad
que había usado con él aquel viaje, las cuales quiso el Almirante disimular por
no dar lugar a las malas obras de Satanás, que deseaba impedir aquel viaje como
hasta entonces había hecho, sino que por dicho de un indio de los que el
Almirante le había encomendado con otros que llevaba en su carabela, el cual le
había dicho que en una isla que se llamaba Baneque había mucho oro, y como
tenía el navío sutil y ligero se quiso apartar e ir por sí dejando al
Almirante. Pero el Almirante quisose detener y costear la isla Juana y la
Española, pues todo era un camino del Este. Después que Martín Alonso fue a la
isla Baneque dice que no halló nada de oro, y se vino a la costa de la Española
por información de otros indios que le dijeron haber en aquella isla Española,
que los indios llamaban Bohío, mucha cantidad de oro y muchas minas, y por esta
causa llegó cerca de la Villa de la Navidad, obra de quince leguas, y había
entonces más de veinte días; por lo cual parece que fueron verdad las nuevas
que los indios daban, por las cuales envió el rey Guacanagarí la canoa, y el
Almirante el marinero, y debía ser ida cuando la canoa llegó. Y dice aquí el
Almirante que rescató la carabela mucho oro, que por un cabo de agujeta le
daban buenos pedazos de oro del tamaño de dos dedos y a veces como la mano, y
llevaba el Martín Alonso la mitad y la otra mitad se repartía por la gente.
Añade el Almirante diciendo a los Reyes: «Así que, Señores Príncipes, que yo
conozco que milagrosamente mandó quedar allí aquella nao Nuestro Señor, porque
es el mejor lugar de toda la isla para hacer el asiento y más cerca de las
minas del oro.» También dice que supo que detrás de la isla Juana, de la parte
del Sur, hay otra isla grande, en
que hay muy mayor cantidad de oro que en ésta, en tanto grado que cogían los
pedazos mayores que habas, y en la isla Española se cogían pedazos de oro de
las minas como granos de trigo Llamábase,
dice, aquella isla Yamaye. También dice que supo el Almirante que allí, hacia
el Este, había una isla adonde no había sino solas mujeres, y esto dice que de
muchas personas lo sabía. Y que aquella isla Española, y la otra isla Yamaye,
estaban cerca de tierra firme diez jornadas de canoa, que podían ser sesenta o
setenta leguas, y que era la gente vestida allí.
Lunes, 7 de enero
Este
día hizo tomar una agua que hacía la carabela y calafatearía, y fueron los
marineros en tierra a traer leña y dice que hallaron muchos almácigos y
liñáloe.
Martes, 8 de enero
Por
el viento Este y Sudeste mucho que ventaba no partió este día, por lo cual
mandó que se guarneciese la carabela de agua y leña y de todo lo necesario para
todo el viaje, porque, aunque tenía voluntad de costear toda la costa de
aquella Española que andando el camino pudiese, pero, porque los que puso en
las carabelas por capitanes eran hermanos, conviene a saber Martín Alonso
Pinzón y Vicente Yáñez, y otros que le seguían con soberbia y codicia estimando
que todo era ya suyo, no mirando la honra que el Almirante les había hecho y
dado, no habían obedecido ni obedecían sus mandamientos, antes hacían y decían
muchas cosas no debidas contra él, y el Martín Alonso lo dejó desde el 21 de
noviembre hasta el 6 de enero sin causa alguna ni razón sino por su
desobediencia, todo lo cual el Almirante había sufrido y callado por dar buen
fin a su viaje, así que, por salir de tan mala compañía, con los cuales dice
que cumplía disimular, aunque eran gente desmandada, y aunque tenía dice que
consigo muchos hombres de bien, pero no era tiempo de entender en castigo,
acordó volverse y no parar más, con la mayor prisa que le fue posible. Entró en
la barca y fue al río, que es allí
junto, hacia el Sursudoeste del Monte Cristi una grande legua, donde iban los marineros
a tomar agua para el navío, y halló que el arena de la boca del río, el cual es
muy grande y hondo, era dice que toda llena de oro y en tanto grado que era
maravilla, puesto que era muy menudo. Creía el Almirante que por venir por
aquel río abajo se desmenuzaba por el camino, puesto que dice que en poco
espacio halló muchos granos tan grandes como lentejas; mas de lo menudito dice
que había mucha cantidad. Y, porque la mar era llena y entraba agua salada con
la dulce, mandó subir con la barca el río arriba un tiro de piedra: henchieron
los barriles desde la barca y, volviéndose a la carabela, hallaron metidos por
los aros de los barriles pedacitos de oro, y lo mismo en los aros de la pipa.
Puso por nombre el Almirante al río el Río del Oro, el cual de dentro pasada la
entrada muy hondo, aunque la entrada es baja y la boca muy ancha, y de él a la
Villa de Navidad hay diecisiete leguas. Entremedias
hay otros muchos ríos grandes; en especial tres, los cuales creía que debían
tener mucho más oro que aquél, porque son más grandes, puesto que éste es casi
tan grande como el Guadalquivir por Córdoba; y de ellos a las minas del oro no
hay veinte leguas ~ Dice más el Almirante: que no quiso tomar de la dicha arena
que tenía tanto oro, pues Sus Altezas lo tenían todo en casa y a la puerta de
su Villa de Navidad, sino venirse a más andar por llevarles las nuevas y
quitarse de la mala compañía que tenía y que siempre había dicho que era gente
desmandada.
Miércoles, 9 de enero
A
media noche levantó las velas con el viento Sudeste y navegó al Esnordeste;
llegó a una punta que llamó Punta Roja, que
está justamente al Este del Monte Cristi sesenta millas. Y al abrigo de ella
surgió a la tarde, que serían tres horas antes de que anocheciese. No osó salir
de allí de noche, porque había muchas restingas, hasta que se sepan, porque
después serán provechosas si tienen, como deben tener, canales, y tienen mucho
fondo y buen surgidero seguro de todos vientos. Estas tierras, desde Monte
Cristi hasta allí donde surgió, son tierras altas y llanas y muy lindas
campiñas, y a las espaldas muy hermosos montes que van de Este a Oeste, y son
todos labrados y verdes, que es cosa de maravilla ver su hermosura, y tienen
muchas riberas de agua. En toda esta tierra hay muchas tortugas, de las cuales
tomaron los marineros en el Monte Cristi que venían a desovar en tierra, y eran
muy grandes como una grande tablachina. El
día pasado, cuando el Almirante iba al Río del Oro, dijo que vio tres sirenas
que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan,
que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara. Dijo que otras veces
vio algunas en Guinea, en la Costa Manegueta. Dice que esta noche, con el
nombre de Nuestro Señor, partiría a su viaje sin más detenerse en cosa alguna,
pues había hallado lo que buscaba, porque no quiere más enojo con aquel Martín
Alonso hasta que Sus Altezas supiesen las nuevas de su viaje y de lo que ha
hecho; «y después no sufriré -dice él- hechos de malas personas y de poca
virtud, las cuales contra quien les dio aquella honra presumen hacer su
voluntad con poco acatamiento».
Jueves, 10 de enero
Partióse
de donde había surgido, y al sol puesto llegó a un río, al cual puso nombre río
de Gracia; dista de la parte del Sudeste tres leguas. Surgió a la boca, que es
buen surgidero, a la parte del Este. Para entrar dentro tiene un banco, que no
tiene sino dos brazas de agua y muy angosto: dentro es buen puerto cerrado,
sino que tiene mucha broma. Y de ella iba la carabela Pinta, donde iba Martín
Alonso, muy maltratada, porque dice que estuvo allí rescatando dieciséis días,
donde rescataron mucho oro, que era lo que deseaba Martín Alonso. El cual,
después que supo de los indios que el Almirante estaba en la costa de la misma
isla Española y que no lo podía errar, se vino para él. Y dice que quisiera que
toda la gente del navío jurara que no habían estado allí sino seis días. Mas
dice que era cosa tan pública su maldad, que no podía encubrir. El cual, dice
el Almirante, tenía hechas leyes que fuese para él la mitad del oro que se
rescatase o se hubiese. Y cuando hubo de partirse de allí, tomó cuatro hombres
indios y dos mozos por fuerza, a los cuales el Almirante mandó dar de vestir y
tornar en tierra que se fuesen a sus casas; «lo cual -dice- es servicio de
Vuestras Altezas, así de esta isla en especial como de las otras. Mas aquí,
donde tienen ya asiento Vuestras Altezas, se debe hacer honra y favor a los
pueblos, pues que en esta isla hay tanto oro y buenas tierras y especiería».
Viernes, 11 de enero
A media
noche salió del Río de Gracia con el terral; navegó al Este, hasta un cabo que
llamó Belprado, cuatro leguas; y de allí al Sudeste está el monte a quien puso
Monte de Plata y dice que hay ocho leguas. De allí del
cabo Belprado, al Este cuarta del Sudeste, está el cabo que dijo del Angel, y
hay dieciocho leguas; y de este cabo al Monte de Plata hay un golfo y tierras
las mejores y más lindas del mundo, todas campiñas altas y hermosas, que van
mucho la tierra adentro, y después hay una sierra, que va de Este a Oeste, muy
grande y muy hermosa; y al pie del monte hay un puerto muy bueno y en la
entrada tiene catorce brazas, y este monte es muy alto y hermoso, y todo esto
es poblado mucho. Y creía el Almirante debía haber buenos ríos y mucho oro. Del
Cabo del Angel al Este cuarta del Sudeste, hay cuatro leguas a una punta que
puso del Hierro; y al mismo camino, a cuatro leguas, está una punta que llamó
la Punta Seca; y de allí al mismo camino, a seis leguas, está el cabo que dijo
Redondo; y de allí al Este está el cabo Francés; y en este cabo, de la parte
del Este, hay una angla grande, mas no le pareció haber surgidero. De allí a
una legua está el Cabo del Buen Tiempo; de éste al Sur cuarta del Sudeste hay
un cabo que llamó Tejado, una grande legua; y de éste hacia el Sur vio otro
cabo, y parecióle que habría quince leguas. Hoy hizo gran camino, porque el
viento y las corrientes iban con él. No osó surgir, por miedo a los bajos, y
así estuvo a la corda toda la noche.
Sábado, 12 de enero
Al
cuarto del alba navegó al Este con viento fresco y anduvo así hasta el día, y
en este tiempo veinte millas, y en dos horas después andaría veinticuatro
millas. De allí vio al Sur tierra, y fue hacia ella, y estaría de ella cuarenta
y ocho millas y dice que, dado resguardo al navío, andaría esta noche
veintiocho millas al Nornordeste. Cuando vio la tierra, llamó a un cabo que vio
el Cabo de Padre e Hijo, porque a la punta de la parte del Este tiene dos
farallones, mayor el uno que el otro. Después, al Este dos leguas, vio una
grande abra y muy hermosa entre dos grandes montañas, y vio que era grandísimo
puerto, bueno y de muy buena entrada; pero, por ser muy de mañana y no perder
camino, porque por la mayor parte del tiempo hace por allí Estes y entonces le
lleva Nornoroeste, no quiso detenerse más. Siguió su camino al Este hasta un
cabo muy alto y muy hermoso y todo de piedra tajado a quien puso por nombre
Cabo del Enamorado, el cual estaba al Este de aquel puerto a quien llamó Puerto
Sacro, treinta y dos millas; y, en llegando a él, descubrió otro muy más
hermoso y más alto y redondo, de peña todo, así como el Cabo de San Vicente en
Portugal, y estaba del Enamorado al Este doce millas. Después que llegó a
emparejarse con el del Enamorado, vio, entremedias de él y de otro, que se
hacía una grandísima bahía que tiene de anchor
tres leguas, y en medio de ella está una isleta pequeñuela; el fondo es
mucho a la entrada hasta tierra. Surgió allí en doce brazas, envió la barca en
tierra por agua y por ver si había lengua, pero la gente toda huyó. Surgió
también por ver si toda era aquella una tierra con la Española; y lo que dijo
ser golfo sospechaba no fuese otra isla por sí. Quedaba espantado de ser tan
grande la isla Española.
Domingo, 13 de enero
No
salió de este puerto por no hacer terral con que saliese. Quisiera salir por ir
a otro mejor puerto, porque aquél era algo descubierto, y porque quería ver en
qué paraba la conjunción de la Luna con el Sol, que esperaba a 17 de este mes,
y la oposición de ella con Júpiter y conjunción con Mercurio y el Sol en
opósito con Júpiter, que es causa de grandes vientos. Envió la barca a tierra en
una hermosa playa para que tomasen de los ajes para comer, y hallaron ciertos
hombres con arcos y flechas, con los cuales se pararon a hablar, y les compraron
dos arcos y muchas flechas y rogaron a uno de ellos que fuese a hablar al
Almirante a la carabela; y vino, el cual dice que era muy disforme en la
catadura más que otros que hubiesen visto. Tenía el rostro todo tiznado de
carbón, puesto que en todas partes acostumbran de se teñir de diversos colores.
Traía todos los cabellos muy largos y encogidos y atados atrás y después
puestos en una redecilla de plumas de papagayos, y él así desnudo como los
otros. Juzgó el Almirante que debía ser de los caribes que comen los hombres, y
que aquel golfo que ayer había visto que hacía apartamiento de tierra y que
sería isla por sí. Preguntóle por
los caribes y señalóle al Este, cerca de allí; la cual dice que ayer vio el
Almirante antes que entrase en aquella bahía, y díjole el indio que en ella
había muy mucho oro, señalándole la popa de la carabela, que era bien grande, y
que pedazos había tan grandes. Llamaba al oro tuob y no entendía por caona,
como le llaman en la primera parte de la isla, ni por nocay, como lo nombran en
San Salvador y en las otras islas. Al alambre o a un oro bajo llaman en La
Española tuob. De la isla de Matinino dijo aquel indio que era toda poblada de
mujeres sin hombres, y que en ella hay mucho tuob, que es oro o alambre, y que
es más al Este de Carib. También dijo de la isla de Goanin, adonde hay mucho
tuob. De estas islas dice el Almirante que por muchas personas hace días había
noticia. Dice más el Almirante; que en las islas pasadas estaban con gran temor
de Carib, y en algunas le llamaban Caniba, pero en La Española Carib; y que
debe de ser gente arriscada, pues andan por todas estas islas y comen la gente
que pueden haber. Dice que entendía algunas palabras, y por ellas dice que saca
otras cosas, y que los indios que consigo traía entendían más, puesto que
hallaba diferencia de lenguas por la gran distancia de las tierras. Mandó dar
al indio de comer, y diole pedazos de paño verde y colorado y cuentezuelas de
vidrio, a que ellos son muy aficionados, y tornóle a enviar a tierra y díjole
que trajese oro si lo había, lo cual creía por algunas cositas suyas que él
traía. En llegando la barca a tierra, estaban detrás los árboles bien cincuenta
y cinco hombres desnudos, con los cabellos muy largos, así como las mujeres los
traen en Castilla. Detrás de la cabeza traían penachos de plumas de papagayos y
de otras aves, y cada uno traía su arco. Descendió el indio en tierra e hizo
que los otros dejasen sus arcos y flechas, y un pedazo de palo que es como
un... muy pesado que traen en lugar de espada; los cuales después se
llegaron a la barca, y la gente de la barca salió a tierra y comenzáronles a
comprar los arcos y flechas y las otras armas, porque el Almirante así lo tenía
ordenado. Vendidos dos arcos, no quisieron dar más; antes se aparejaron de
arremeter a los cristianos y prenderlos. Fueron corriendo a tomar sus arcos y
flechas donde los tenían apartados y tornaron con cuerdas en las manos para
dice que atar a los cristianos. Viéndolos venir corriendo a ellos, estando los
cristianos apercibidos, porque siempre los avisaba de esto el Almirante,
arremetieron los cristianos a ellos, y dieron a un indio una gran cuchillada en
las nalgas y a otro por los pechos hirieron con una saetada, a lo cual, visto
que podían ganar poco aunque no eran los cristianos sino siete y ellos
cincuenta y tantos, dieron a huir que no quedó ninguno, dejando uno aquí las
flechas y otro allí los arcos. Mataran dice que los cristianos muchos de ellos
si el piloto que iba por capitán de ellos no lo estorbara. Volviéronse luego a
la carabela los cristianos con su barca, y, sabido por el Almirante, dijo que
por una parte le había pesado y por otra no, porque hayan miedo a los
cristianos, porque sin duda, dice él, la gente de allí es dice que de mal hacer
y que creía que eran los de Carib y que comiesen los hombres, y porque,
viniendo por allí la barca que dejó a los treinta y nueve hombres en la
fortaleza y Villa de la Navidad, tengan miedo de hacerles algún mal. Y que si
no son de los caribes, al menos deben ser fronteros y de las mismas costumbres
y gente sin miedo, no como los otros de las otras islas, que son cobardes y sin
armas fuera de razón. Todo esto dice el Almirante y que querría tomar algunos
de ellos. Dice que hacían muchas ahumadas como acostumbraban en aquella isla
Española.
Lunes, 14 de enero
Quisiera
enviar esta noche a buscar las casas de aquellos indios por tomar algunos de
ellos, creyendo que eran caribes, y... por el mucho Este y Nordeste y mucha ola
que hizo en la mar; pero, ya de día, vieron mucha gente de indios en tierra,
por lo cual mandó el Almirante ir allá la barca con gente bien aderezada, los
cuales luego vinieron todos a la popa de la barca, y especialmente el indio que
el día antes había venido a la carabela y el Almirante le había dado las cosillas
de rescate. Con éste dice que venía un rey, el cual había dado al indio dicho
unas cuentas que diese a los de la barca en señal de seguro y de paz. Este rey,
con tres de los suyos, entraron en la barca y vinieron a la carabela. Mandóles
el Almirante dar de comer bizcocho y miel y diole un bonete colorado y cuentas
y un pedazo de paño colorado, y a otros también pedazos de paño, el cual dijo
que traería mañana una carátula de oro, afirmando que allí había mucho, y en
Carib y Matinino. Después los envió a tierra bien contentos. Dice más el
Almirante: que le hacían agua mucha las carabelas por la quilla, y quéjase
mucho de los calafates que en Palos las calafatearon muy mal y que cuando
vieron que el Almirante había entendido el defecto de su obra y los quisiera
constreñir a que la enmendaran, huyeron; pero, no obstante la mucha agua que
las carabelas hacían, confía en Nuestro Señor que lo trajo, le tornará por su
piedad y misericordia, que bien sabía Su Alta Majestad cuánta controversia tuvo
primero antes que se pudiese expedir de Castilla, que ninguno otro fue en su
favor sino El, porque El sabía su corazón y, después de Dios, Sus Altezas, y
todo lo demás le había sido contrario sin razón alguna. Y dice más así: «y han
sido causa que la Corona Real de Vuestras Altezas no tenga cien cuentos de
renta más de la que tiene después que yo vine a les servir, que son siete años
ahora a 20 días de enero este mismo mes, y más lo que acrecentado sería de aquí
en adelante. Mas aquel poderoso Dios remediará todo». Estas son sus palabras.
Martes, 15 de enero
Dice
que quiere partir porque ya no aprovecha nada detenerse, por haber pasado
aquellos desconciertos (debe decir del escándalo de los indios). Dice también
que hoy ha sabido que toda la fuerza del oro estaba en la comarca de la Villa
de la Navidad de Sus Altezas, y que en la isla de Carib había mucho alambre y
en Matinino, puesto que será dificultoso en Carib, porque aquella gente dice
que come carne humana, y que de allí se parecía la isla de ellos y que tenía
determinado de ir allá, pues está en el camino, y a la de Matinino que dice que
era poblada toda de mujeres sin hombres, y ver la una y la otra y tomar dice
algunos de ellos. Envió el Almirante la barca a tierra, y el rey de aquella
tierra no había venido, porque dice que la población estaba lejos; mas envió su
corona de oro, como había prometido, y vinieron otros muchos hombres con
algodón y con pan de ajes, todos con sus arcos y flechas. Después que todo lo
hubieron rescatado, vinieron dice que cuatro mancebos a la carabela, y
pareciéronle al Almirante dar tan buena cuenta de todas aquellas islas que
estaban hacia el Este, en el mismo camino que el Almirante había de llevar, que
determinó de traer a Castilla consigo. Allí dice que no tenían hierro ni otro
metal que se hubiese visto, aunque en pocos días no se puede saber de una
tierra mucho, así por la dificultad de la lengua, que no entendía el Almirante,
sino por discreción, como porque ellos no saben lo que él pretendía en pocos
días. Los arcos de aquella gente dice que eran tan grandes como los de Francia
e Inglaterra; las flechas son propias como las azagayas de las otras gentes que
hasta allí había visto, que son de los pimpollos de las cañas cuando son
simiente, que quedan muy derechas y de longura de una vara y media y de dos, y
después ponen al cabo un pedazo de palo agudo de un palmo y medio; y encima de
este palillo algunos le injertan un diente de pescado, y algunos y los más le
ponen allí hierba, y no tiran como en otras partes, salvo por una cierta manera
que no pueden mucho ofender. Allí había mucho algodón y muy fino y luengo y hay
muchas almácigas, y parecíale que los arcos eran de tejo, y que hay oro y
cobre. También hay mucho ají, que es su pimienta, de ella que vale más que
pimienta, y toda la gente no come sin ella, que la halla muy sana: puédense
cargar cincuenta carabelas cada año en aquella Española. Dice que halló mucha
hierba en aquella bahía, de la que hallaron en el golfo cuando venía el
descubrimiento, por lo cual creía que había islas al Este hasta en derecho de
donde las comenzó a hallar: porque tiene por cierto que aquella hierba nace en
poco fondo junto a tierra; y dice que, si así es, muy cerca estaban estas
Indias de las islas de Canaria, y por esta razón creía que distaban menos de cuatrocientas
leguas.
Miércoles, 16 de enero
Partió
antes del día, tres horas, del golfo que llamó el Golfo de las Flechas, con
viento de la tierra, después con viento Oeste, llevando la proa al Este cuarta
del Nordeste para ir dice que a la isla de Carib, donde estaba la gente de
quien todas aquellas islas y tierras tanto miedo tenían, porque dice que con
sus canoas sin número andaban todas aquellas mares y dice que comían los
hombres que pueden haber. La derrota dice que le habían mostrado unos indios de
aquellos cuatro que tomó ayer en el Puerto de las Flechas. Después de haber
andado a su parecer sesenta y cuatro millas, señaláronle los indios quedaría la
dicha isla al Sudeste; quiso llevar aquel camino y mandó templar las velas, y,
después de haber andado dos leguas, refrescó el viento muy bueno para ir a
España. Notó en la gente que comenzó a entristecerse por desviarse del camino
derecho, por la mucha agua que hacían ambas carabelas, y no tenían algún
remedio salvo el de Dios. Hubo de dejar el camino que creía que llevaba de la
isla y volvió al derecho de España, Nordeste cuarta del Este, y anduvo así
hasta el sol puesto cuarenta y ocho millas, que son doce leguas. Dijéronle los
indios que por aquella vía hallaría la isla de Matinino, que dice que era poblada
de mujeres sin hombres, lo cual el Almirante mucho quisiera por llevar dice que
a los Reyes cinco o seis de ellas; pero dudaba que los indios supiesen bien la
derrota, y él no se podía detener, por el peligro del agua que cogían las
carabelas; mas dice que era cierto que las había, y que cierto tiempo del año
venían los hombres a ellas de la dicha isla de Carib, que dice que estaba de
ellas diez o doce leguas, y si parían niño enviábanlo a la isla de los hombres,
y si niña dejábanla consigo. Dice el Almirante que aquellas dos islas no debían
distar de donde había partido quince o veinte leguas, y creía que eran al
Sudeste, y que los indios no le supieron señalar la derrota. Después de perder
de vista el cabo que nombró de San Theramo,
de la isla Española, que le quedaba al Oeste dieciséis leguas, anduvo doce
leguas al Este cuarta del Nordeste. Llevaba muy buen tiempo.
Jueves, 17 de enero
Ayer,
al poner del sol calmóse algo el viento; andaría catorce ampolletas, que tenía
cada una media hora o poco menos, hasta el rendir del primer cuarto, y andaría
cuatro millas por hora, que son veintiocho millas. Después refrescó el viento y
anduvo así todo aquel cuarto, que fueron diez ampolletas, y después otras seis,
hasta salido el sol, ocho millas por hora, y así andaría por todas ochenta y
cuatro millas que son veintiuna leguas al Nordeste cuarta del Este, y hasta el
sol puesto andaría más de cuarenta y cuatro millas, que son once leguas, al
Este. Aquí vino un alcatraz a la carabela y después otro, y vio mucha hierba de
la que está en la mar.
Viernes, 18 de enero
Navegó
con poco viento esta noche al Este cuarta del Sudeste cuarenta millas, que son
diez leguas, y después al Sudeste cuarta del Este treinta millas, que son siete
leguas y media, hasta salido el sol. Después de salido el sol navegó todo el
día con poco viento Esnordeste y Nordeste y con Este más y menos, puesta la
proa a veces al Norte y a veces a la cuarta del Nordeste y al Nornordeste; y
así, contando lo uno y lo otro, creyó que andaría sesenta millas, que son
quince leguas. Pareció poca hierba en la mar; pero dice que ayer y hoy pareció
la mar cuajada de atunes, y creyó el Almirante que de allí debían de ir a las
almadrabas del Duque de Conil y de Cádiz. Por un pescado que se llama
rabihorcado, que anduvo alrededor de la carabela y después se fue la vía del
Sursudeste, creyó el Almirante que había por allí algunas islas. Y al Essueste
de la isla Española dijo que quedaba la isla de Carib y la de Matinino y otras
muchas.
Sábado, 19 de enero
Anduvo
esta noche cincuenta y seis millas al Norte cuarta del Nordeste, y sesenta y
cuatro al Nordeste cuarta del Norte. Después del sol salido, navegó al Nordeste
con el viento Essueste, con viento fresco, y después a la cuarta del Norte, y
andaría ochenta y cuatro millas, que son veintiuna leguas. Vino la mar cuajada
de atunes pequeños: hubo alcatraces, rabos de juncos y rabihorcados.
Domingo, 20 de enero
Calmó
el viento esta noche, y a ratos ventaba unas rachas de viento, y andaría por
todo veinte millas al Nordeste. Después del sol salido, andaría once millas al
Sudeste, después al Nornordeste treinta y seis millas, que son nueve leguas.
Vio infinitos atunes pequeños. Los aires dice que muy suaves y dulces, como en
Sevilla por abril o mayo, y la mar, dice, a Dios sean dadas muchas gracias,
siempre muy llana. Rabihorcados y pardelas y otras aves muchas parecieron.
Lunes, 21 de enero
Ayer,
después del sol puesto, navegó al Norte cuarta del Nordeste, con el viento Este
y Nordeste: andaría ocho millas por hora hasta media noche, que serían
cincuenta y seis millas. Después anduvo al Nornordeste ocho millas por hora, y
así serían, en toda la noche, ciento cuatro millas, que son veintiséis leguas,
a la cuarta del Norte de la parte del Nordeste. Después del sol salido, navegó
al Nornordeste con el mismo viento Este, y a veces a la cuarta del Nordeste, y
andaría ochenta y ocho millas en once horas que tenía el día, que son veintiuna
leguas, sacada una que perdió porque arribó sobre la carabela Pinta por
hablarle. Hallaba los aires más fríos, y pensaba dice que hallarlos más cada
día cuanto más se llegase al Norte, y también por las noches ser más grandes
por la angostura de la esfera. Parecieron muchos rabos de juncos y pardelas y
otras aves; pero no tantos peces, dice que por ser el agua más fría. Vio mucha
hierba.
Martes, 22 de enero
Ayer,
después del sol puesto, navegó al Nornordeste con viento Este y tomaba del
Sudeste; andaba ocho millas por hora hasta pasadas cinco ampolletas, y tres
antes que se comenzase la guardia, que eran ocho ampolletas. Y así habría
andado setenta y dos millas, que son dieciocho leguas. Después anduvo a la
cuarta del Nordeste al Norte seis ampolletas, que serían otras dieciocho
millas. Después cuatro ampolletas de la segunda guarda al Nordeste, seis millas
por hora, que son tres leguas al Nordeste. Después, hasta el salir del sol,
anduvo al Esnordeste once ampolletas, seis leguas por hora, que son siete
leguas. Después al Esnordeste, hasta las once horas del día, treinta y dos
millas. Y así calmó el viento y no anduvo más en aquel día. Nadaron los indios.
Vieron rabos de juncos y mucha hierba.
Miércoles, 23 de enero
Esta
noche tuvo muchos mudamientos en los vientos; tanteado todo y dados los
resguardos que los marineros buenos suelen y deben dar, dice que andaría esta
noche al Nordeste cuarta del Norte ochenta y cuatro millas, que son veintiuna
leguas. Esperaba muchas veces a la carabela Pinta, porque andaba mal de la
bolina, porque se ayudaba poco de la mesana por el mástil no ser bueno; y dice que
si el capitán de ella, que es Martín Alonso Pinzón, tuviera tanto cuidado de
proveerse de un buen mástil en las Indias, donde tantos y tales había, como fue
codicioso de se apartar de él, pensando de henchir el navío de oro, él lo
pusiera bueno. Parecieron muchos rabos de juncos y mucha hierba: el cielo todo
turbado estos días; pero no había llovido, y la mar siempre muy llana como en
un río, a Dios sean dadas muchas gracias. Después del sol salido, andaría al
Nordeste franco cierta parte del día treinta millas, que son siete leguas y
media, y después lo demás anduvo al Esnordeste otras treinta, que son siete
leguas y media.
Jueves, 24 de enero
Andaría
esta noche toda, consideradas muchas mudanzas que hizo el viento al Nordeste,
cuarenta y cuatro millas, que fueron once leguas. Después de salido el sol
hasta puesto, andaría al Esnordeste catorce leguas.
Viernes, 25 de enero
Navegó
esta noche al Esnordeste un pedazo de la noche, que fueron trece ampolletas,
nueve leguas y media; después anduvo al Nornordeste otras seis millas. Salido
el sol todo el día, porque calmó el viento, andaría al Esnordeste veintiocho
millas, que son siete leguas. Mataron los marineros una tonina y un grandísimo
tiburón, y dice que lo habían bien menester, porque no traían ya de comer sino
pan y vino y ajes de las Indias.
Sábado, 26 de enero
Esta
noche anduvo al Este cuarta del Sudeste cincuenta y seis millas, que son
catorce leguas. Después del sol salido, navegó a las veces al Essueste y a las
veces al Sudeste; andaría hasta las once horas del día cuarenta millas. Después
hizo otro bordo, y después anduvo a la relinga, y hasta la noche anduvo hacia
el Norte veinticuatro millas, que son seis leguas.
Domingo, 27 de enero
Ayer,
después del sol puesto, anduvo al Nordeste y al Norte, y al Norte cuarta del
Nordeste, y andaría cinco millas por hora, y en trece horas serían sesenta y
cinco millas, que son dieciséis leguas y media. Después del sol salido, anduvo
hacia el Nordeste veinticuatro millas, que son seis leguas hasta mediodía, y de
allí hasta el sol puesto andaría tres leguas al Esnordeste.
Lunes, 28 de enero
Esta
noche toda navegó al Esnordeste, y andaría treinta y seis millas, que son nueve
leguas. Después del sol salido, anduvo hasta el sol puesto al Esnordeste veinte
millas, que son cinco leguas. Los aires halló templados y dulces. Vio rabos de
juncos y pardelas y mucha hierba.
Martes, 29 de enero
Navegó
al Esnordeste y andaría en la noche con Sur y Sudoeste treinta y nueve millas,
que son nueve leguas y media. Entre todo el día andaría ocho leguas. Los aires
muy templados como en abril en Castilla; la mar muy llana: peces que llaman
dorados vinieron a bordo.
Miércoles, 30 de enero
En
toda esta noche andaría siete leguas al Esnordeste. De día corrió al Sur cuarta
al Sudeste, trece leguas y media. Vio rabos de juncos y mucha hierba y muchas
toninas.
Jueves, 31 de enero
Navegó
esta noche al Norte cuarta del Nordeste treinta millas, y después al Nordeste
treinta y cinco millas, que son dieciséis leguas. Salido el sol, hasta la noche
anduvo al Esnordeste trece leguas y media. Vieron rabos de junco y pardelas.
Viernes, 1 de febrero
Anduvo
esta noche al Esnordeste dieciséis leguas y media. El día corrió al mismo
camino veintinueve leguas y un cuarto; la mar muy llana, a Dios gracias.
Sábado, 2 de febrero
Anduvo
esta noche al Esnordeste cuarenta millas, que son diez leguas. De día, con el
mismo viento a popa, corrió siete millas por hora; por manera que en once horas
anduvo setenta y siete millas, que son diecinueve leguas y cuarta; la mar muy
llana, gracias a Dios, y los aires muy dulces. Vieron tan cuajada la mar de
hierba que, si no la hubieran visto, temieran ser bajos. Pardelas vieron.
Domingo, 3 de febrero
Esta
noche, yendo a popa con la mar muy llana, a Dios gracias, andaría veintinueve
leguas. Parecióle la estrella del Norte muy alta, como en el Cabo de San
Vicente. No pudo tomar la altura con el astrolabio ni cuadrante, porque la ola
no le dio lugar. El día navegó al Esnordeste su camino, y andaría diez millas
por hora, y, así, en once horas veintisiete leguas.
Lunes, 4 de febrero
Esta
noche navegó al Este cuarta del Nordeste; parte anduvo doce millas por hora y
parte diez, y así andaría ciento treinta millas, que son treinta y dos leguas y
media. Tuvo el cielo muy turbado y lluvioso e hizo algún frío, por lo cual dice
que conocía que no había llegado a las islas de los Azores. Después sol
levantado, mudó el camino y fue al Este. Anduvo en todo el día setenta y siete
millas, que son diecinueve leguas y cuarta.
Martes, 5 de febrero
Esta
noche navegó al Este; andaría toda ella cincuenta y cuatro millas, que son
catorce leguas menos media. El día corrió diez millas por hora, y, así, en once
horas fueron ciento diez millas, que son veintisiete leguas y media. Vieron
pardelas y unos palillos, que era señal que estaban cerca de tierra.
Miércoles, 6 de febrero
Navegó
esta noche al Este; andaría once millas por hora. En trece horas de la noche
andaría ciento cuarenta y tres millas, que son treinta y cinco leguas y cuarta.
Vieron muchas aves y pardelas. El día corrió catorce millas por hora, y, así,
anduvo aquel día ciento cincuenta y cuatro millas, que son treinta y ocho
leguas y media; de manera que fueron, entre día y noche, sesenta y cuatro
leguas poco más o menos. Vicente Yáñez dijo que hoy por la mañana le quedaba la
isla de Flores al Norte y la de Madera al Este. Roldán dijo que la isla del
Fayal o la de San Gregorio le quedaba al Nornordeste y el Puerto Santo al Este.
Pareció mucha hierba.
Jueves, 7 de febrero
Navegó
esta noche al Este; andaría diez millas por hora, y, así, en trece horas ciento
y treinta millas, que son treinta y dos leguas y media; el día, ocho millas por
hora, en once horas ochenta y ocho millas, que son veintidós leguas. En esta
mañana estaba el Almirante al Sur de la isla de Flores sesenta y cinco leguas,
y el piloto Pedro Alonso, yendo al Norte, pasaba entre la Tercera y la de Santa
María, y al Este pasaba de barlovento de la isla de Madera doce leguas de la
parte del Norte. Vieron los marineros hierba de otra manera que la pasada, de
la que hay mucha en la isla de los Azores. Después se vio de la pasada.
Viernes, 8 de febrero
Anduvo
esta noche tres millas por hora al Este por un rato, y después caminó a la
cuarta del Sudeste; anduvo toda la noche doce leguas. Salido el sol, hasta
mediodía corrió veintisiete millas; después, hasta el sol puesto, otras tantas,
que son trece leguas al Sursudeste.
Sábado, 9 de febrero
Un
rato de esta noche andaría tres leguas al Sursudeste; después al Sur cuarta del
Sudeste; después al Nordeste, hasta las diez horas del día, otras cinco leguas,
y después, hasta la noche, anduvo nueve leguas al Este.
Domingo, 10 de febrero
Después
del sol puesto, navegó al Este toda la noche ciento treinta millas, que son
treinta y dos leguas y media; el sol salido, hasta la noche anduvo nueve millas
por hora, y así anduvo en once horas noventa y nueve millas, que son
veinticuatro leguas y media y una cuarta.
En
la carabela del Almirante carteaban y echaban punto Vicente Yáñez y los dos
pilotos Sancho Ruiz y Pedro Alonso Niño y Roldán, y todos ellos pasaban mucho
adelante de las islas de los Azores al Este por sus cartas; y, navegando al
Norte, ninguno tomara la isla de Santa María, que es la postrera de todas las
de los Azores. Antes, serían delante con cinco leguas, y fueran en la comarca
de la isla de la Madera o en el Puerto Santo. Pero el Almirante se hallaba muy
desviado de su camino, hallándose mucho más atrás que ellos, porque esta noche
le quedaba la isla de Flores al Norte, y al Este iba en demanda a Nafe en
África, y pasaba a barlovento de la isla de la Madera de la parte del Norte...
leguas. Así que ellos estaba más cerca de Castilla que el Almirante con ciento
cincuenta leguas. Dice que, mediante la gracia de Dios, desque vean tierra se
sabrá quién andaba más cierto. Dice aquí también que primero anduvo doscientas
sesenta y tres leguas de la isla del Hierro a la venida que viese la primera
hierba, etc.
Lunes, 11 de febrero
Anduvo
esta noche doce millas por hora a su camino, y, así, en toda ella contó treinta
y nueve leguas, y en todo el día corrió dieciséis leguas y media. Vio muchas
aves, de donde creyó estar cerca de tierra.
Martes, 12 de febrero
Navegó
al Este seis millas por hora esta noche, y andaría hasta el día setenta y tres
millas, que son dieciocho leguas y un cuarto. Aquí comenzó a tener grande mar y
tormenta: y, si no fuera la carabela dice que muy buena y bien aderezada,
temiera perderse. El día correría once o doce leguas, con mucho trabajo y
peligro.
Miércoles, 13 de febrero
Después
del sol puesto hasta el día, tuvo gran trabajo del viento y de la mar muy alta
y tormenta; relampagueó hacia el Nordeste tres veces; dijo ser señal de gran
tempestad que había de venir de aquella parte o de su contrario. Anduvo a árbol
seco lo más de la noche; después dio una poca de vela y andaría cincuenta y dos
millas, que son trece leguas. En este día blandeó un poco el viento; pero luego
creció y la mar se hizo terrible y cruzaban las olas que atormentaban los
navíos. Andaría cincuenta y cinco millas, que son trece leguas y media.
Jueves, 14 de febrero
Esta
noche creció el viento y las olas eran espantables, contraria una de otra, que
cruzaban y embarazaban el navío que no podía pasar adelante ni salir de
entremedias de ellas y quebraban en él; llevaba el papahígo muy bajo, para que
solamente lo sacase algo de las ondas: andaría así tres horas y correría veinte
millas. Crecía mucho la mar y el viento; y, viendo el peligro grande, comenzó a
correr a popa donde el viento lo llevase, porque no había otro remedio.
Entonces comenzó a correr también la carabela Pinta, en que iba Martín Alonso,
y desapareció, aunque toda la noche hizo faroles el Almirante y el otro le
respondía; hasta que parece que no pudo más por la fuerza de la tormenta y porque
se hallaba muy fuera del camino del Almirante. Anduvo el Almirante esta noche
al Nordeste cuarta del Este, cincuenta y cuatro millas, que son trece leguas.
Salido el sol, fue mayor el viento y la mar cruzando más terrible: llevaba el
papahígo solo y bajo, para que el navío saliese de entre las ondas que
cruzaban, porque no lo hundiesen. Andaba el camino del Esnordeste, y después a
la cuarta hasta el Nordeste; andaría seis horas así, y en ellas siete leguas y
media. El ordenó que se echase un romero que fuese a Santa María de Guadalupe y
llevase un cirio de cinco libras de cera y que hiciesen voto todos que al que
cayese la suerte cumpliese la romería, para lo cual mandó traer tantos
garbanzos cuantas personas en el navío venían y señalar uno con un cuchillo
haciendo una cruz y meterlos en un bonete bien revueltos. El primero que metió
la mano fue el Almirante y sacó el garbanzo de la cruz, y así cayó sobre él la
suerte y desde luego se tuvo por romero y deudor de ir a cumplir el voto.
Echóse otra vez la suerte para enviar romero a Santa María de Loreto, que está
en la marca de Ancona, tierra del Papa, que es casa donde Nuestra Señora ha
hecho y hace muchos y grandes milagros, y cayó la suerte a un marinero del
Puerto de Santa María, que se llamaba Pedro de Villa, y el Almirante le
prometió de le dar dineros para las costas. Otro romero acordó que se enviase a
que velase una noche en Santa Clara de Moguer e hiciese decir una misa, para lo
cual se tornaron a echar los garbanzos con el de la cruz, y cayó la suerte al
mismo Almirante. Después de esto, el Almirante y toda la gente hicieron voto
de, en llegando a la primera tierra, ir todos en camisa en procesión a hacer
oración en una iglesia que fuese de la invocación de Nuestra Señora.
Allende los votos generales o comunes, cada
uno hacía en especial su voto, porque ninguno pensaba escapar, teniéndose todos
por perdidos, según la terrible tormenta que padecían. Ayudaba a acrecentar el
peligro que venía el navío con falta de lastre, por haberse alivianado la carga,
siendo ya comidos los bastimentos y el agua y vino bebido, lo cual, por codicia
del próspero tiempo que entre las islas tuvieron, no proveyó el Almirante,
teniendo propósito de lo mandar lastrar en la isla de las Mujeres, adonde llevó
propósito de ir. El remedio que para esta necesidad tuvo fue, cuando hacerlo
pudieron, henchir las pipas que tenían vacías de agua y vino, de agua de la
mar, y con esto en ella se remediaron. Escribe aquí el Almirante las causas que
le ponían temor de que allí Nuestro Señor no quisiese que pereciese y otras que
le daban esperanza de que Dios lo había de llevar en salvamento, para que tales
nuevas como llevaba a los Reyes no pereciesen. Parecíale que el deseo grande
que tenía de llevar estas nuevas tan grandes y mostrar que había salido
verdadero en lo que había dicho y proferídose a descubrir, le ponía grandísimo
miedo de no lo conseguir, y que cada mosquito dice que le podía perturbar e
impedir. Atribúyelo esto a su poca fe y desfallecimiento de confianza de la
Providencia Divina. Confortábanle, por otra parte, las mercedes que Dios le
había hecho en darle tanta victoria, descubriendo lo que descubierto había y
cumplídole Dios todos sus deseos, habiendo pasado en Castilla en sus despachos
muchas adversidades y contrariedades. Y que como antes hubiese puesto su fin y
enderezado todo su negocio a Dios y le había oído y dado todo lo que le había
pedido, debía creer que le daría cumplimiento de lo comenzado y le llevaría en
salvamento. Mayormente que, pues le había librado a la ida, cuando tenía mayor
razón de temer de los trabajos que tenía con los marineros y gente que llevaba,
los cuales todos a una voz estaban determinados de se volver y alzarse contra
él haciendo protestaciones, y el eterno Dios le dio esfuerzo y valor contra todos
y otras cosas de mucha maravilla que Dios había mostrado en él y por él en
aquel viaje, allende aquellas que Sus Altezas sabían de las personas de su
casa; así que dice que no debiera temer la dicha tormenta. Mas su flaqueza y
congoja -dice él- «no me dejaba asentar la ánima». Dice más, que también le
daban gran pena dos hijos que tenía en Córdoba al estudio, que los dejaba
huérfanos de padre y madre en tierra extraña, y los Reyes no sabían los
servicios que les había en aquel viaje hecho y las nuevas tan prósperas que les
llevaba para que se moviesen a los remediar. Por esto y porque supiesen Sus
Altezas cómo Nuestro Señor le había dado victoria de todo lo que deseaba de las
Indias y supiesen que ninguna tormenta había en aquellas partes, lo cual dice que
se puede conocer por la hierba y los árboles que están nacidos y crecidos hasta
dentro en la mar, y porque si se perdiese con aquella tormenta los Reyes
hubiesen noticia de su viaje, tomó un pergamino y escribió en él todo lo que
pudo de todo lo que había hallado, rogando mucho a quien lo hallase que lo
llevase a los Reyes. Este pergamino envolvió en un paño encerado, atado muy
bien, y mandó traer un gran barril de madera y púsolo en él sin que ninguna
persona supiese qué era, sino que pensaron todos que era alguna devoción; y así
lo mandó echar en la mar. Después, con los aguaceros y turbionadas, se mudó el
viento al Oeste, y andaría así a popa sólo con el trinquete cinco horas con la
mar muy desconcertada; y andaría dos leguas y media al Nordeste. Había quitado
el papahígo de la vela mayor, por miedo que alguno onda de la mar no se lo
llevase del todo.
Viernes, 15 de febrero
Ayer,
después del sol puesto, comenzó a mostrarse claro el cielo de la banda del
Oeste, y mostraba que quería de hacia allí ventar. Dio la boneta a la vela
mayor: todavía era la mar altísima, aunque iba algo bajándose. Anduvo al
Esnordeste cuatro millas por hora y en trece horas de noche fueron trece
leguas. Después del sol salido vieron tierra: parecíales por proa al
Esnordeste; algunos decían que era la isla de la Madera, otros que era la Roca
de Sintra en Portugal, junto a Lisboa. Saltó luego el viento por proa
Esnordeste, y la mar venía muy alta del Oeste; habría de la carabela a tierra
cinco leguas. El Almirante, por su navegación, se hallaba estar con las islas
de los Azores, y creía que aquella era una de ellas: los pilotos y marineros se
hallaban ya con tierra de Castilla.
Sábado, 16 de febrero
Toda
esta noche anduvo dando bordos por encabalgar la tierra que ya se conocía ser
isla. A veces iba al Nordeste, otras al Nornordeste, hasta que salió el sol,
que tomó la vuelta del Sur por llegar a la isla que ya no veían por la gran
cerrazón, y vio por popa otra isla que distaría ocho leguas. Después del sol
salido, hasta la noche anduvo dando vueltas por llegarse a la tierra con el
mucho viento y mar que llevaba. Al decir la Salve, que es a boca d noche,
algunos vieron lumbre de sotavento, y parecía que debía ser la isla que vieron
ayer primero; y toda la noche anduvo barloventeando y allegándose lo más que
podía para ver si al salir del sol veía alguna de las islas. Esta noche reposó
el Almirante algo, porque desde el miércoles no había dormido ni podido dormir,
y quedaba muy tullido de las piernas
por estar siempre desabrigado al frío y al agua y por el poco comer. El
sol salido, navegó al Sursudoeste, y a la noche llegó a la isla y por la gran
cerrazón no pudo conocer qué isla era.
Lunes, 18 de febrero
Ayer,
después del sol puesto, anduvo rodeando la isla para ver dónde había de surgir
y tomar lengua. Surgió con un anda que luego perdió. Tomó a dar la vela y
barloventeó toda la noche. Después del sol salido, llegó otra vez de la parte
del Norte de la isla, y donde le pareció surgió con un anda, y envió la barca
en tierra y hubieron habla con la gente de la isla, y supieron cómo era la isla
de Santa María, una de las de los Azores, y enseñáronles el puerto donde habían
de poner la carabela; y dijo la gente de la isla que jamás habían visto tanta
tormenta como la que había hecho los quince días pasados y que se maravillaban
cómo habían escapado; los cuales dice que dieron gracias a Dios e hicieron
muchas alegrías por las nuevas que sabían de haber el Almirante descubierto las
Indias. Dice el Almirante que aquella su navegación había sido muy cierta y que
había carteado bien, que fuesen dadas muchas gracias a Nuestro Señor, aunque se
hacía algo delantero. Pero tenía por cierto que estaba en la comarca de las
islas de los Azores, y que aquélla era una de ellas. Y dice que fingió haber andado
más camino por desatinar a los pilotos y marineros que carteaban, por quedar él
señor de aquella derrota de las Indias, como de hecho queda, porque ninguno de
todos ellos traía su camino cierto, por lo cual ninguno puede estar seguro de
su derrota para las Indias.
Martes, 19 de febrero
Después
del sol puesto, vinieron a la ribera tres hombres de la isla y llamaron.
Envióles la barca, en la cual vinieron y trajeron gallinas y pan fresco, y era
día de Carnestolendas, y trajeron otras cosas que enviaba el capitán de la
isla, que se llamaba Joáo da Castanheira, diciendo que lo conocía muy bien y
que por ser noche no venía a verlo; pero en amaneciendo vendría y traería más
refresco, y traería consigo tres hombres que allá quedaban de la carabela, y
que no los enviaba por el gran placer que con ellos tenía oyendo las cosas de
su viaje. El Almirante mandó hacer mucha honra a los mensajeros, y mandóles dar
camas en que durmiesen aquella noche, porque era tarde y estaba la población
lejos. Y porque el jueves pasado, cuando se vio en la angustia de la tormenta,
hicieron el voto y votos susodichos y el de que en la primera tierra donde
hubiese casa de Nuestra Señora saliesen en camisa, etc., acordó que la mitad de
la gente fuese a cumplirlo a una casita que estaba junto con la mar como
ermita, y él iría después con la otra mitad. Viendo que era tierra segura, y
confiando en las ofertas del capitán y en la paz que tenía Portugal con
Castilla, rogó a los tres hombres que se fuesen a la población e hiciesen venir
un clérigo para que les dijese una misa. Los cuales, idos en camisa, en
cumplimiento de su romería, y estando en su oración, saltó con ellos todo el
pueblo a caballo y a pie con el capitán y prendiéronlos a todos. Después,
estando el Almirante sin sospecha esperando la barca para salir él a cumplir su
romería con la otra gente hasta las once del día, viendo que no venían,
sospechó que los tenían o que la barca se había quebrado, porque toda la isla
está cercada de peñas muy altas. Esto no podía ver el Almirante porque la
ermita estaba detrás de una punta. Levantó el anda y dio la vela hasta en
derecho de la ermita, y vio muchos de caballo que se apearon y entraron en la
barca con armas, y vinieron a la carabela para prender al Almirante. Levantóse
el capitán en la barca y pidió seguro al Almirante. Dijo que se lo daba; pero
¿qué innovación era aquélla que no veía ninguna de su gente en la barca?, y
añadió el Almirante que viniese y entrase en la carabela, que él haría todo lo
que él quisiese. Y pretendía el Almirante con buenas palabras traerlo por
prenderlo para recuperar su gente, no creyendo que violaba la fe dándole
seguro, pues él, habiéndole ofrecido paz y seguridad, lo había quebrantado. El
capitán, como dice que traía mal propósito, no se fió a entrar. Visto que no se
llegaba a la carabela, rogóle que le dijese la causa porque detenía su gente, y
que de ello pesaría al Rey de Portugal, y que en tierra de los Reyes de
Castilla recibían los portugueses mucha honra y entraban y estaban seguros como
en Lisboa, y que los Reyes le habían dado carta de recomendación para todos los
príncipes y señores y hombres del mundo, las cuales le mostraría si se quisiese
llegar; y que él era su Almirante del Mar Océano y Virrey de las Indias, que
ahora eran de Sus Altezas, de lo cual mostraría las provisiones firmadas de sus
firmas y selladas con sus sellos, las cuales les enseñó de lejos, y que los
Reyes estaban en mucho amor y amistad con el Rey de Portugal y le habían
mandado que hiciese toda la honra que pudiese a los navíos que topase de
Portugal, y que, dado que no le quisiese darle su gente, no por eso dejaría de
ir a Castilla, pues tenía harta gente para navegar hasta Sevilla, y serían él y
su gente bien castigados, haciéndoles aquel agravio. Entonces respondió el capitán
y los demás no conocer acá Rey y Reina de Castilla, ni sus cartas, ni le habían
miedo; antes les darían a saber qué era Portugal, casi amenazando. Lo cual
oído, el Almirante hubo mucho sentimiento, y dice que pensó si había pasado
algún desconcierto entre un reino y otro después de su partida, y no se pudo
sufrir que no les respondiese lo que era razón. Después tornóse dice que a
levantar aquel capitán desde lejos y dijo al Almirante que se fuese con la
carabela al puerto, y que todo lo que él hacía y había hecho, el Rey su Señor
se lo había enviado a mandar; de lo cual el Almirante tomó testigos los que en
la carabela estaban, y tomó el Almirante a llamar al capitán y a todos ellos y
les dio su fe y prometió, como quien era, de no descender ni salir de la
carabela hasta que llevase un ciento de portugueses a Castilla y despoblar toda
aquella isla. Y así se volvió a surgir en el puerto donde estaba primero,
porque el tiempo y viento era muy malo para hacer otra cosa.
Miércoles, 20 de febrero
Mandó
aderezar el navío y henchir las pipas de agua de la mar por lastre, porque
estaba en muy mal puerto y temió que se le cortasen las amarras, y así fue; por
lo cual dio la vela hacia la isla de San Miguel, aunque en ninguna de la de los
Azores hay buen puerto para el tiempo que entonces hacía, y no tenía otro
remedio sino huir a la mar.
Jueves, 21 de febrero
Partió
ayer de aquella isla de Santa María para la de San Miguel, para ver si hallaba
puerto para poder sufrir tan mal tiempo como hacía, con mucho viento y mucha
mar, y anduvo hasta la noche sin poder ver tierra una ni otra por la gran
cerrazón y oscuridad que el viento y la mar causaban. El Almirante dice que
estaba con poco placer, porque no tenía sino tres marineros solos que supiesen
de la mar, porque los que más allí estaban no sabían de la mar nada. Estuvo a
la corda toda la noche con muy mucha tormenta y grande peligro y trabajo, y en
lo que Nuestro Señor le hizo merced fue que la mar o las ondas de ella venían
de sola una parte, porque si cruzaran como las pasadas, muy mayor mal
padeciera. Después del sol salido, visto que no veía la isla de San Miguel,
acordó tornarse a la Santa María por ver si podía cobrar su gente y la barca y
las amarras y anclas que allá dejaba. Dice que estaba maravillado de tan mal
tiempo como había en aquellas islas y partes, porque en las Indias navegó todo
aquel invierno sin surgir, y había siempre buenos tiempos, y que una sola hora
no vio la mar que no se pudiese bien navegar, y en aquellas islas había
padecido tan grave tormenta, y lo mismo le acaeció a la ida hasta las Islas de
Canaria; pero, pasado de ellas, siempre halló los aires y la mar con gran
templanza. Concluyendo, dice el Almirante que bien dijeron los sacros teólogos
y los sabios filósofos que el Paraíso Terrenal está en el fin de Oriente,
porque es lugar temperadísimo. Así que aquellas tierras que ahora él había
descubierto es -dice él- el fin del Oriente.
Viernes, 22 de febrero
Ayer
surgió en la isla de Santa María en el lugar o puerto donde primero había
surgido, y luego vino un hombre a capear desde unas peñas que allí estaban
fronteras, diciendo que no se fuesen de allí. Luego vino la barca con cinco
marineros, dos clérigos y un escribano: pidieron seguro, y, dado por el
Almirante, subieron a la carabela; y porque era noche durmieron allí, y el
Almirante les hizo la honra que pudo. A la mañana le requirieron que les
mostrase poder de los Reyes de Castilla para que a ellos les contase cómo con
poder de ellos había hecho aquel viaje. Sintió el Almirante que aquello hacían
por mostrar color que no habían en lo hecho errado, sino que tuvieron razón,
porque no habían podido haber la persona del Almirante, la cual debieran de
pretender coger a las manos, pues vinieron con la barca armada, sino que no
vieron que el juego les saliera bien, y con temor de lo que el Almirante había
dicho y amenazado; lo cual tenía propósito de hacer, y creyó que saliera con
ello. Finalmente, por haber la gente que le tenían, hubo de mostrarles la carta
general de los Reyes para todos los príncipes y señores de encomienda y otras
provisiones; y dioles de lo que tenía y fuéronse a tierra contentos, y luego
dejaron toda la gente con la barca, de los cuales supo que si tomaran al
Almirante nunca lo dejaran libre; porque dijo el capitán que el Rey, su señor,
se lo había así mandado.
Sábado, 23 de febrero
Ayer
comenzó a querer abonanzar el tiempo; levantó las anclas y fue a rodear la isla
para buscar algún buen surgidero para tomar leña y piedra para lastre, y no
pudo tomar surgidero hasta dos horas completas.
Domingo, 24 de febrero
Surgió
ayer en la tarde para tomar leña y piedra, y, porque la mar era muy alta no
pudo la barca llegar en tierra; y, al rendir de la primera guardia de noche,
comenzó a ventar Oeste y Sudoeste. Mandó levantar las velas por el gran peligro
que en aquellas islas hay en esperar el viento Sur sobre el anda, y en ventando
Sudoeste luego vienta Sur. Y, visto que era buen tiempo para ir a Castilla,
dejó de tomar leña y piedra e hizo que gobernasen al Este; y andaría hasta el sol
salido, que haría seis horas y media, siete millas por hora, que son cuarenta y
cinco millas y media. Después del sol salido hasta el ponerse, anduvo seis
millas por hora, que en once horas fueron sesenta y seis millas, y cuarenta y
cinco y media de la noche fueron ciento once y media, y por consiguiente,
veintiocho leguas.
Lunes, 25 de febrero
Ayer,
después del sol puesto, navegó al Este su camino cinco millas por hora: en
trece horas de esta noche andaría sesenta y cinco millas, que son dieciséis
leguas y cuarta. Después del sol salido, hasta ponerse, anduvo otras dieciséis
leguas y media con la mar llana, gracias a Dios. Vino a la carabela un ave muy
grande que parecía águila.
Martes, 26 de febrero
Ayer,
después del sol puesto, navegó a su camino al Este, la mar llana, a Dios
gracias: lo más de la noche andaría ocho millas por hora; anduvo cien millas,
que son veinticinco leguas. Después del sol salido, con poco viento, tuvo
aguaceros; anduvo obra de ocho leguas al Esnordeste.
Miércoles, 27 de febrero
Esta
noche y día anduvo fuera de camino por los vientos contrarios y grandes olas y
mar, y hallábase ciento veinticinco leguas del Cabo de San Vicente, y ochenta
de la isla de la Madera y ciento seis de la Santa María. Estaba muy penado con
tanta tormenta, ahora que estaba a la puerta de casa.
Jueves, 28 de febrero
Anduvo
de la misma manera esta noche con diversos vientos al Sur y al Sudeste, y a una
parte y a otra, y al Nordeste y al Esnordeste, y de esta manera todo este día.
Viernes, 1 de marzo
Anduvo
esta noche al Este cuarta del Nordeste, doce leguas; de día corrió al Este
cuarta del Nordeste, veintitrés leguas y media.
Sábado, 2 de marzo
Anduvo
esta noche a su camino al Este cuarta del Nordeste, veintiocho leguas; y el día
corrió veinte leguas.
Domingo, 3 de marzo
Después
del sol puesto navegó a su camino al Este. Vínole una turbonada que le rompió
todas las velas, y viose en gran peligro, mas Dios los quiso librar. Echó
suertes para enviar un peregrino dice a Santa María de la Cinta en Huelva, que
fuese en camisa, y cayó la suerte al Almirante. Hicieron todos también voto de
ayunar el primer sábado que llegasen a pan y agua. Andaría sesenta millas antes
que se le rompiesen las velas; después anduvieron a árbol seco, por la gran
tempestad del viento y la mar que de dos partes los comía. Vieron señales de
estar cerca de tierra. Hallábanse todo cerca de Lisboa.
Lunes, 4 de marzo
Anoche
padecieron terrible tormenta, que se pensaron perder de las mares de dos partes
que venían y los vientos, que parecía que levantaban la carabela en los aires,
y agua del cielo y relámpagos de muchas partes; plugo a Nuestro Señor de lo
sostener, y anduvo así hasta la primera guardia, que Nuestro Señor le mostró
tierra, viéndola los marineros. Y entonces, por no llegar a ella hasta
conocerla, por ver si hallaba algún puerto o lugar donde se salvar, dio el
papahígo por no tener otro remedio y andar algo, aunque con gran peligro,
haciéndose a la mar; y así los guardó Dios hasta el día, que dice que fue con
infinito trabajo y espanto. Venido el día, conoció la tierra, que era la Roca
de Sintra, que es junto con el río de Lisboa, adonde determinó entrar, porque
no podía hacer otra cosa: tan terrible era la tormenta que hacía en la villa de
Cascaes, que es a la entrada del río. Los del pueblo dice que estuvieron toda
aquella mañana haciendo plegarias por ellos, y, después que estuvo dentro,
venía la gente a verlos por maravilla de cómo habían escapado; y así, a hora de
tercia, vino a pasar a Rastelo dentro del río de Lisboa, donde supo de la gente
de la mar que jamás hizo invierno de tantas tormentas y que se habían perdido
veinticinco naos en Flandes y otras estaban allí que había cuatro meses que no
habían podido salir. Luego escribió el Almirante al Rey de Portugal, que estaba
a nueve leguas de allí, cómo los Reyes de Castilla le habían mandado que no
dejase de entrar en los puertos de Su Alteza a pedir lo que hubiese menester
por sus dineros, y que el Rey le mandase dar lugar para ir con la carabela a la
ciudad de Lisboa, porque algunos ruines, pensando que traía mucho oro, estando
en puerto despoblado, se pusiesen a cometer alguna ruindad, y también porque
supiese que no venía de Guinea, sino de las Indias.
Martes, 5 de marzo
Hoy,
después que el patrón de la nao grande del Rey de Portugal, la cual estaba
también surta en Rastelo y la más bien artillada de artillería y armas que dice
que nunca nao se vio, vino el patrón de ella, que se llamaba Bartolomé Díaz de
Lisboa, con el batel armado a la carabela, y dijo al Almirante que entrase en
el batel para ir a dar cuenta a los hacedores del Rey y al capitán de la dicha
nao. Respondió el Almirante que él era Almirante de los Reyes de Castilla y que
no daba él tales cuentas a tales personas, ni saldría de las naos ni navíos
donde estuviese si no fuese por la fuerza de no poder sufrir las armas.
Respondió el patrón que enviase al maestre de la carabela. Dijo el Almirante
que ni al maestre ni a otra persona si no fuese por fuerza, porque en tanto
tenía el dar persona que fuese como ir él, y que ésta era la costumbre de los
Almirantes de los Reyes de Castilla, de antes morir que se dar ni dar gente
suya. El patrón se moderó y dijo que, pues estaba en aquella determinación, que
fuese como él quisiese; pero que le rogaba que le mandase mostrar las cartas de
los Reyes de Castilla si las tenía. El Almirante plugo de mostrárselas, y luego
se volvió a la nao e hizo relación al capitán, que se llamaba Álvaro Damán, el
cual, con mucha orden, con atabales y trompetas y añafiles, haciendo gran fiesta,
vino a la carabela y habló con el Almirante y le ofreció de hacer todo lo que
le mandase.
Miércoles, 6 de marzo
Sabido
cómo el Almirante venía de las Indias, hoy vino tanta gente a verlo y a ver los
indios, de la ciudad de Lisboa, que era cosa de admiración, y las maravillas
que todos hacían, dando gracias a Nuestro Señor y diciendo que, por la gran fe
que los Reyes de Castilla tenían y deseo de servir a Dios, que Su Alta Majestad
los daba todo esto.
Jueves, 7 de marzo
Hoy
vino infinitísima gente a la carabela y muchos caballeros, y entre ellos los
hacedores del Rey, y todos daban infinitísimas gracias a Nuestro Señor por
tanto bien y acrecentamiento de la Cristiandad que Nuestro Señor había dado a
los Reyes de Castilla, el cual dice que apropiaban porque Sus Altezas se
trabajaban y ejercitaban en el acrecentamiento de la religión de Cristo.
Viernes, 8 de marzo
Hoy
recibió el Almirante una carta del Rey de Portugal con D. Martín de Noronha,
por la cual le rogaba que se llegase adonde él estaba, pues el tiempo no era
para partir con la carabela; y así lo hizo por quitar sospecha, puesto que no
quisiera ir, y fue a dormir a Sacamben. Mandó el Rey a sus hacedores que todo
lo que hubiese el Almirante menester y su gente y la carabela se lo diese sin
dineros y se hiciese todo como el Almirante quisiese.
Sábado, 9 de marzo
Hoy
partió de Sacamben para ir adonde el Rey estaba, que era el valle del Paraíso,
nueve leguas de Lisboa: porque llovió no pudo llegar hasta la noche. El Rey le
mandó recibir a los principales de su casa muy honradamente, y el Rey también
le recibió con mucha honra y le hizo mucho favor y mandó sentar y habló muy
bien, ofreciéndole que mandaría hacer todo lo que a los Reyes de Castilla y a
su servicio cumpliese cumplidamente y más que por cosa suya; y mostró haber
mucho placer del viaje haber habido buen término y se haber hecho, mas que
entendía que en la capitulación que había entre los Reyes y él que aquella
conquista le pertenecía . A lo cual
respondió el Almirante que no había visto la capitulación ni sabía otra cosa
sino que los Reyes le habían mandado que no fuese a la Mina ni en toda Guinea,
y que así se había mandado pregonar en todos los puertos del Andalucía antes
que para el viaje partiese. El Rey graciosamente respondió que tenía él por
cierto que no habría en esto menester terceros. Diole por huésped al prior del
Clato, que era la más principal persona que allí estaba, del cual el Almirante
recibió muy muchas honras y favores.
Domingo, 10 de marzo
Hoy,
después de misa, le tomó a decir el Rey si había menester algo, que luego se le
daría, y departió mucho con el Almirante sobre su viaje, y siempre le mandaba
estar sentado y hacer mucha honra.
Lunes, 11 de marzo
Hoy
se despidió del Rey, y le dijo algunas cosas que dijese de su parte a los
Reyes, mostrándole siempre mucho amor. Partióse después de comer, y envió con
él a D. Martín de Noronha, y todos aquellos caballeros le vinieron a acompañar
y hacer honra buen rato. Después vino a un monasterio de San Antonio, que es
sobre un lugar que se llama Villafranca, donde estaba la Reina; y fuele a hacer
reverencia y besarle las manos, porque le había enviado a decir que no se fuese
hasta que la viese, con la cual estaban el Duque y el Marques, donde recibió el
Almirante mucha honra. Partióse de ella el Almirante de noche, y fue a dormir a
Allandra.
Martes, 12 de marzo
Hoy,
estando para partir de Allandra para la carabela, llegó un escudero del Rey que
le ofreció de su parte que, si quisiese ir a Castilla por tierra, que aquél
fuese con él para lo aposentar y mandar dar bestias y todo lo que hubiese
menester. Cuando el Almirante de él se partió, le mandó dar una mula y otra a
su piloto, que llevaba consigo, y dice que al piloto mandó hacer merced de
veinte espadines, según supo el Almirante. Todo dice que se decía que lo hacía
porque los Reyes lo supiesen. Llegó a la carabela en la noche.
Miércoles, 13 de marzo
Hoy
a las ocho horas, con la marea de ingente y el viento Nornoroeste, levantó las
anclas y dio la vela para ir a Sevilla.
Jueves, 14 de marzo
Ayer,
después del sol puesto, siguió su camino al Sur, y antes del sol salido se
halló sobre el Cabo de San Vicente, que es en Portugal. Después navegó al Este
para ir a Saltés, y anduvo todo el día con poco viento hasta ahora que está
sobre Faro.
Viernes, 15 de marzo
Ayer,
después del sol puesto, navegó a su camino hasta el día con poco viento, y al
salir del sol se halló sobre Saltés, y a hora de mediodía, con la marea de
montante, entró por la barra de Saltés hasta dentro del puerto de donde había
partido a 3 de agosto del año pasado Y así dice él que acababa ahora esta
escritura, salvo que estaba de propósito de ir a Barcelona por la mar, en la
cual ciudad le daban nuevas que Sus Altezas estaban, y esto para les hacer
relación de todo su viaje que Nuestro Señor le había dejado hacer y le quiso
alumbrar en él. Porque ciertamente, allende que él sabía y tenía firme y fuerte
sin escrúpulo que Su Alta Majestad hace todas las cosas buenas y que todo es
bueno salvo el pecado y que no se puede abalar ni pensar cosa que no sea con su
consentimiento, «esto de este viaje conozco -dice el Almirante- que
milagrosamente lo ha mostrado, así como se puede comprender por esta escritura,
por muchos milagros señalados mostrados en el viaje, y de mi, que ha tanto
tiempo que estoy en la Corte de Vuestras Altezas con opósito y contra sentencia
de tantas personas principales de vuestra casa, los cuales todos eran contra mí
poniendo este hecho que era burla. El cual espero en Nuestro Señor que será la
mayor honra de la Cristiandad que así ligeramente haya jamás acaecido». Estas
son finales palabras del Almirante D. Cristóbal Colón de su primer viaje a las
Indias y al descubrimiento de ellas.