Brevisima
relacion de la destruicion de las Indias
Colegida
por el obispo
Don Fray
Bartolomé de Las Casas o Casaus,
De la
orden de Santo Domingo
Año 1552
ARGUMENTO DEL PRESENTE
Todas las cosas que han acaescido en las Indias, desde su
maravilloso descubrimiento y del principio que a ellas fueron españoles para
estar tiempo alguno, y después, en el proceso adelante hasta los días de agora,
han sido tan admirables y tan no creíbles en todo género a quien no las vido,
que parece haber añublado y puesto silencio y bastantes a poner olvido a todas
cuantas por hazañosas que fuesen en los siglos pasados se vieron y oyeron en el
mundo. Entre estas son las matanzas y estragos de gentes inocentes y
despoblaciones de pueblos, provincias y reinos que en ella se han perpetrado, y
que todas las otras no de menor espanto. Las unas y las otras refiriendo a
diversas personas que no las sabían, y el obispo don fray Bartolomé de las
Casas o Casaus, la vez que vino a la corte después de fraile a informar al
Emperador nuestro señor (como quien todas bien visto había), y causando a los
oyentes con la relación de ellas una manera de éxtasis y suspensión de ánimos,
fué rogado e importunado que de estas postreras pusiese algunas con brevedad
por escripto. El lo hizo, y viendo algunos años después muchos insensibles
hombres que la cobdicia y ambición ha hecho degenerar del ser hombres, y sus
facinorosas obras traído en reprobado sentido, que no contentos con las
traiciones y maldades que han cometido, despoblando con exquisitas especies de
crueldad aquel orbe, importunaban al rey por licencia y auctoridad para
tornarlas a cometer y otras peores (si peores pudiesen ser), acordó presentar
esta suma, de lo que cerca de esto escribió, al Príncipe nuestro señor, par que
Su Alteza fuese en que se les denegase; y parecióle cosa conveniente ponella en
molde, porque Su Alteza la leyese con más facilidad. Y esta es la razón del
siguiente epítome, o brevísima relación.
FIN DEL
ARGUMENTO
PROLOGO
del
obispo fray Bartolomé de las Casas o Casaus para el muy alto y muy poderoso
señor el príncipe de las Españas, don Felipe, nuestro señor
Muy alto e muy poderoso señor:
Como la Providencia Divina tenga ordenado en su mundo que
para direción y común utilidad del linaje humano se constituyesen, en los
reinos y pueblos, reyes, como padres y pastores (según los nombra Homero), y,
por consiguiente, sean los más nobles y generosos miembros de las repúblicas,
ninguna dubda de la rectitud de sus ánimos reales se tiene, o con recta razón
se debe tener, que si algunos defectos, nocumentos y males se padecen en ellas,
no ser otra la causa sino carecer los reyes de la noticia de ellos. Los cuales,
si les constasen, con sumo estudio y vigilante solercia extirparían. Esto
parece haber dado a entender la divina Escriptura de los proverbios de Salomón.
Rex qui sedet in solio iudicit, dissipatomne malum intuitu suo. Porque
de la innata y natural virtud del rey, así se supone, conviene a saber, que la
noticia sola del mal de su reino es bastantísima para que lo disipe, y que ni
por un momento solo, en cuanto en sí fuere, lo pueda sufrir.
Considerando, pues, yo (muy poderoso señor), los males e
daños, perdición e jacturas (de los cuales nunca otros iguales ni semejantes se
imaginaron poderse por hombres hacer) de aquellos tantos y tan grandes e tales
reinos, y, por mejor decir, de aquel vastísimo e nuevo mundo de las Indias,
concedidos y encomendados por Dios y por su Iglesia a los reyes de Castilla
para que se los rigiesen e gobernasen, convertiesen e prosperasen temporal y
espiritualmente, coreo hombre que por cincuenta años y más de experiencia,
siendo en aquellas tierras presente los he visto cometer; que, constándole a
Vuestra Alteza algunas particulares hazañas de ellos, no podría contenerse de
suplicar a Su Majestad con instancia importuna que no conceda ni permita las
que los tiranos inventaron, prosiguieron y han cometido [que] llaman
conquistas, en las cuales, si se permitiesen, han de tornarse a hacer, pues de
sí mismas (hechas contra aquellas indianas gentes, pacíficas, humildes y mansas
que a nadie ofenden), son inicuas, tiránicas y por toda ley natural, divina y
humana, condenadas, detestadas e malditas; deliberé, por no ser reo, callando,
de las perdiciones de ánimas e cuerpos infinitas que los tales perpetraran,
poner en molde algunas e muy pocas que los días pasados colegí de innumerables,
que con verdad podría referir, para que con más facilidad Vuestra Alteza las
pueda leer.
Y puesto que el arzobispo de Toledo, maestro de Vuestra
Alteza, siendo obispo de Cartagena me las pidió e presentó a Vuestra Alteza,
pero por los largos caminos de mar y de tierra que Vuestra Alteza ha
emprendido, y ocupaciones frecuentes reales que ha tenido, puede haber sido
que, o Vuestra Alteza no las leyó o que ya olvidadas las tiene, y el ansia
temeraria e irracional de los que tienen por nada indebidamente derramar tan
inmensa copia de humana sangre e despoblar de sus naturales moradores y
poseedores, matando mil cuentos de gentes, aquellas tierras grandísimas, e
robar incomparables tesoros, crece cada hora importunando por diversas vías e
varios fingidos colores, que se les concedan o permitan las dichas conquistas
(las cuales no se les podrían conceder sin violación de la ley natural e
divina, y, por consiguiente, gravísimos pecados mortales, dignos de terribles y
eternos suplicios), tuve por conviniente servir a Vuestra Alteza con este
sumario brevísimo, de muy difusa historia, que de los estragos e perdiciones
acaecidas se podría y debería componer.
Suplico a Vuestra Alteza lo resciba e lea con la clemencia
e real benignidad que suele las obras de sus criados y servidores que
puramente, por sólo el bien público e prosperidad del estado real, servir
desean. Lo cual visto, y entendida la deformidad de la injusticia que a aquellas
gentes inocentes se hace, destruyéndolas y despedazándolas sin haber causa ni
razón justa para ello, sino por sola la codicia e ambición de los que hacer tan
nefarias obras pretenden, Vuestra Alteza tenga por bien de con eficacia
suplicar e persuadir a Su Majestad que deniegue a quien las pidiere tan nocivas
y detestables empresas, antes ponga en esta demanda infernal perpetuo silencio,
con tanto terror, que ninguno sea osado desde adelante ni aum solamente se las
nombrar.
Con es esta (muy alto señor) convenientísima e necesaria
para que todo el estado de la corona real de Castilla, espiritual y
temporalmente, Dios lo prospere e conserve y haga bienaventurado. Amén.
BREVISIMA RELACION DE LA DESTRUICION
DE LAS INDIAS
Descubriéronse las Indias en el año de mil y cuatrocientos
y noventa y dos. Fuéronse a poblar el año siguiente de cristianos españoles,
por manera que ha cuarenta e nueve años que fueron a ellas cantidad de
españoles; e la primera tierra donde entraron para hecho de poblar fué la
grande y felicísima isla Española, que tiene seiscientas leguas en torno. Hay
otras muy grandes e infinitas islas alrededor, por todas las partes della, que
todas estaban e las vimos las más pobladas e llenas de naturales gentes, indios
dellas, que puede ser tierra poblada en el mundo. La tierra firme, que está de
esta isla por lo más cercano docientas e cincuenta leguas, pocas más, tiene de
costa de mar más de diez mil leguas descubiertas, e cada día se descubren más,
todas llenas como una colmena de gentes en lo que hasta el año de cuarenta e
uno se ha descubierto, que parece que puso Dios en aquellas tierras todo el
golpe o la mayor cantidad de todo el linaje humano.
Todas estas universas e infinitas gentes a todo género
crió Dios los más simples, sin maldades ni dobleces, obedientísimas y
fidelísimas a sus señores naturales e a los cristianos a quien sirven; más
humildes, más pacientes, más pacíficas e quietas, sin rencillas ni bollicios,
no rijosos, no querulosos, sin rencores, sin odios, sin desear venganzas, que hay
en el mundo. Son asimismo las gentes más delicadas, flacas y tiernas en
complisión e que menos pueden sufrir trabajos y que más fácilmente mueren de
cualquiera enfermedad, que ni hijos de. príncipes e señores entre nosotros,
criados en regalos e delicada vida, no son más delicados que ellos, aunque sean
de los que entre ellos son de linaje de labradores.
Son también gentes paupérrimas y que menos poseen ni
quieren poseer de bienes temporales; e por esto no soberbias, no ambiciosas, no
cubdiciosas. Su comida es tal, que la de los sanctos padres en el desierto no
parece haber sido más estrecha ni menos deleitosa ni pobre. Sus vestidos,
comúnmente, son en cueros, cubiertas sus vergüenzas, e cuando mucho cúbrense
con una manta de algodón, que será como vara y media o dos varas de lienzo en
cuadra. Sus camas son encima de una estera, e cuando mucho, duermen en unas
como redes colgadas, que en lengua de la isla Española llamaban hamacas.
Son esos mesmo de limpios e desocupados e vivos
entendimientos, muy capaces e dóciles para toda buena doctrina; aptísimos para
recebir nuestra sancta fee católica e ser dotados de virtuosas costumbres, e
las que menos impedimientos tienen para esto, que Dios crió en el mundo. Y son
tan importunas desque una vez comienzan a tener noticia de las cosas de la fee,
para saberlas, y en ejercitar los sacramentos de la Iglesia y el culto divino,
que digo verdad que han menester los religiosos, par sufrillos, ser dotados por
Dios de don muy señalado de paciencia; e, finalmente, yo he oído decir a muchos
seglares españoles de muchos años acá e muchas veces, no pudiendo negar la
bondad que en ellos veen: «Cierto estas gentes eran las más bienaventuradas del
mundo si solamente conocieran a Dios.»
En estas ovejas mansas, y de las calidades susodichas por
su Hacedor y Criador así dotadas, entraron los españoles, desde luego que las
conocieron, como lobos e tigres y leones cruelísimos de muchos días
hambrientos. Y otra cosa no han hecho de cuarenta años a esta parte, hasta hoy,
e hoy en este día lo hacen, sino despedazallas, matallas, angustiallas,
afligillas, atormentallas y destruillas por las estrañas y nuevas e varias e
nunca otras tales vistas ni leídas ni oídas maneras de crueldad, de las cuales
algunas pocas abajo se dirán, en tanto grado, que habiendo en la isla Española
sobre tres cuentos de ánimas que vimos, no hay hoy de los naturales de ella
docientas personas. La isla de Cuba es cuasi tan luenga como desde Valladolid a
Roma; está hoy cuasi toda despoblada. La isla de Sant Juan e la de Jamaica,
islas muy grandes e muy felices e graciosas, ambas están asoladas. Las islas de
los Lucayos, que están comarcanas a la Española y a Cuba por la parte del
Norte, que son más de sesenta con las que llamaban de Gigantes e otras islas
grandes e chicas, e que la peor dellas es más fértil e graciosa que la huerta
del rey de Sevilla, e la más sana tierra del mundo, en las cuales había más de
quinientas mil ánimas, no hay hoy una sola criatura. Todas las mataron
trayéndolas e por traellas a la isla Española, después que veían que se les
acababan los naturales Bella. Andando en navío tres años a rebuscar por ellas
la gente que había, después de haber sido vendimiadas, porque un buen cristiano
se movió por piedad para los que se hallasen convertillos e ganallos a Cristo,
no se hallaron sino once personas, las cuales yo vide. Otras más de treinta
islas, que están en comarca de la isla de Sant Juan, por la misma causa están
despobladas e perdidas. Serán todas estas islas, de tierra, más de dos mil
leguas, que todas están despobladas e desiertas de gente.
De la gran tierra firme somos ciertos que nuestros
españoles por sus crueldades y nefandas obras han despoblado y asolado y que
están hoy desiertas, estando llenas de hombres racionales, más de diez reinos
mayores que toda España, aunque entre Aragón y Portugal en ellos, y más tierra
que hay de Sevilla a Jerusalén dos veces, que son más de dos mil leguas.
Daremos por cuenta muy cierta y verdadera que son muertas
en los dichos cuarenta años por las dichas tiranías e infernales obras de los
cristianos; injusta y tiránicamente, más de doce cuentos de ánimas, hombres y
mujeres y niños; y en verdad que creo, sin pensar engañarme, que son más de
quince cuentos.
Dos maneras generales y principales han tenido lo que allá
han pasado que se llaman cristianos en estirpar y raer de la haz de la tierra a
aquellas miserandas naciones. La una, por injustas, crueles, sangrientas y
tiránicas guerras. La otra, después que han muerto todos los que podrían
anhelar o sospirar o pensar en libertad, o en salir de los tormentos que
padecen, como son todos los señores naturales y los hombres varones (porque
comúnmente no dejan en las guerras a vida sino los mozos y mujeres),
oprimiéndolos con la más dura horrible y áspera servidumbre en que jamás
hombres ni bestias pudieron ser puestas. A estas dos maneras de tiranía
infernal se reducen e ser resuelven o subalternan como a géneros todas las
otras diversas y varias de asolar aquellas gentes, que son infinitas.
La causa por que han muerto y destruído tantas y tales e
tan infinito número de ánimas los cristianos ha sido solamente por tener por su
fin último el oro y henchirse de riquezas en muy breves días e subir a estados
muy altos e sin proporción de sus personas; conviene a saber, por la insaciable
codicia e ambición que han tenido, que ha sido mayor que en el mundo ser pudo,
por ser aquellas tierras tan felices e tan ricas, e las gentes tan humildes,
tan pacientes y tan fáciles a subjectarlas; a las cuales no han tenido más
respecto ni dellas han hecho más cuenta ni estima (hablo con verdad por lo que
sé y he visto todo el dicho tiempo), no digo que de bestias (porque pluguiera a
Dios que como a bestias las hubieran tractado y estimado), pero como y menos
que estiércol de las plazas. Y así han curado de sus vidas y de sus ánimas, e
por esto todos los números e cuentos dichos han muerto sin fee, sin
sacramentos. Y esta es una muy notoria y averiguada verdad, que todos, anque
sean los tiranos y matadores, la saben e la confiesan: que nunca los indios de
todas las Indias hicieron mal alguno a cristianos, antes los tuvieron por
venidos del cielo, hasta que, primero, muchas veces hobieron recebido ellos o
sus vecinos muchos males, robos, muertes, violencias y vejaciones dellos
mesmos.
DE LA ISLA ESPAÑOLA
En la isla Española, que fué la primera, como dejimos,
donde entraron cristianos e comenzaron los grandes estragos e perdiciones
destas gentes e que primero destruyeron y despoblaron, comenzando los
cristianos a tomar las mujeres e hijos a los indios para servirse e para usar
mal dellos e comerles sus comidas que de sus sudores e trabajos salían, no
contentándose con lo que los indios les daban de su grado, conforme a la
facultad que cada uno tenía (que siempre es poca, porque no suelen tener más de
lo que ordinariamente han menester e hacen con poco trabajo e lo que basta para
tres casas de a diez personas cada una para un mes, come un cristiano e
destruye en un día) e otras muchas fuerzas e violencias e vejaciones que les
hacían, comenzaron a entender los indios que aquellos hombres no debían de
haber venido del cielo; y algunos escondían sus comidas; otros su mujeres e
hijos; otros huíanse a los montes por apartarse de gente de tan dura y terrible
conversación. Los cristianos dábanles de bofetadas e puñadas y de palos, hasta
poner las manos en los señores de los pueblos. E llegó esto a tanta temeridad y
desvergüenza, que al mayor rey, señor de toda la isla, un capitan cristiano 1e
violó por fuerza su propia mujer.
De aquí comenzaron los indios a buscar maneras para echar
los cristianos de sus tierras: pusiéronse en armas, que son harto flacas e de
poca ofensión e resistencia y menos defensa (por lo cual todas sus guerras con
poco más que acá juegos de cañas e aun de niños); los cristianos con sus caballos
y espadas e lanzas comienzan a hacer matanzas e crueldades estrañas en ellos.
Entraban e los pueblos, ni dejaban niños y viejos, ni mujeres preñadas ni
paridas que no desbarrigaban e hacían pedazos, como si dieran en unos corderos
metidos en sus apriscos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el
hombre por medio, o le cortaba la cabeza de un piquete o le descubría las
entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de las madres, por las piernas, y
daban de cabeza con ellas en las peñas. Otros, daban con ellas en ríos por las
espaldas, riendo e burlando, e cayendo en el agua decían: bullís, cuerpo de
tal; otras criaturas metían a espada con las madres juntamente, e todos cuantos
delante de sí hallaban. Hacían unas horcas largas, que juntasen casi los pies a
la tierra, e de trece en trece, a honor y reverencia de Nuestro Redemptor e de
los doce apóstoles, poniendoles leña e fuego, los quemaban vivos. Otros, ataban
o liaban todo el cuerpo de paga seca pegándoles fuego así los quemaban. Otros,
y todos los que querían tomar a vida, cortábanles ambas manos y dellas llevaban
colgando, y decíanles: "Andad con cartas." Conviene a saber, lleva
las nuevas a las gentes que estaban huídas por los montes. Comúnmente mataban a
los señores y nobles desta manera: que hacían unas parrillas de varas sobre
horquetas y atábanlos en ellas y poníanles por debajo fuego manso, para que
poco a poco, dando alaridos en aquellos tormentos, desesperados, se les salían
las ánimas.
Una vez vide que, teniendo en las parrillas quemándose
cuatro o cinco principales y señores (y aun pienso que había dos o tres pares
de parrillas donde quemaban otros), y porque daban muy grandes gritos y daban
pena al capitán o le impedían el sueño, mandó que los ahogasen, y el alguacil,
que era peor que verdugo que los quemaba (y sé cómo se llamaba y aun sus
parientes conocí en Sevilla), no quiso ahogallos, antes les metió con sus manos
palos en las bocas para que no sonasen y atizóles el fuego hasta que se asaron
de espacio como él quería. Yo vide todas las cosas arriba dichas y muchas otras
infinitas. Y porque toda la gente que huir podía se encerraba en los montes y
subía a las sierras huyendo de hombres tan inhumanos, tan sin piedad y tan
feroces bestias, extirpadores y capitales enemigos del linaje humano, enseñaron
y amaestraron lebreles, perros bravísimos que en viendo un indio lo hacían
pedazos en un credo, y mejor arremetían a él y lo comían que si fuera un
puerco. Estos perros hicieron grandes estragos y carnecerías. Y porque algunas
veces, raras y pocas, mataban los indios algunos cristianos con justa razón y
santa justicia, hicieron ley entre sí, que por un cristiano que los indios
matasen, habían los cristianos de matar cien indios.
LOS REINOS QUE HABIA EN LA ISLA ESPAÑOLA
Había en esta isla Española cinco reinos muy grandes
principales y cinco reyes muy poderosos, a los cuales cuasi obedecían todos los
otros señores, que eran sin número, puesto que algunos señores de algunas
apartadas provincias no reconocían superior dellos alguno. El un reino se
llamaba Maguá, la última sílaba aguda, que quiere decir el reino de la vega.
Esta vega es de las más insignes y admirables cosas del mundo, porque dura
ochenta leguas de la mar del Sur a 1a. del Norte. Tiene de ancho cinco leguas y
ocho hasta diez y tierras altísimas de una parte y de otra. Entran en ella
sobre treinta mil ríos y arroyos, entre los cuales son los doce tan grandes
como Ebro y Duero y Guadalquivir; y todos los ríos que vienen de la una sierra
que está al Poniente, que son los veinte y veinte y cinco mil, son riquísimos
de oro. En la cual, sierra o sierras se contiene la provincia de Cibao, donde
se dicen las minas de Cibao, donde sale aquel señalado y subido en quilates oro
que por acá tiene gran fama. El rey y señor deste reino se llamaba Guarionex;
tenía señores tan grandes por vasallos, que juntaba uno dellos dieciséis mil
hombre de pelea para servir a Guarionex, e yo conocí a algunos dellos. Este rey
Guarionex era muy obediente y virtuoso, y naturalmente pacífico, y devoto a los
reyes de Castilla, y dió ciertos años su gente, por su mandado, cada persona
que tenía casa, lo güeco de un cascabel lleno de oro, y después, no pudiendo
henchirlo, se lo cortaron por medio e dió llena mitad, porque los indios de
aquella isla tenían muy poca o ninguna industria de coger o sacar el oro de las
minas. Decía y ofrescíase este cacique a servir al rey de Castilla con hacer
una labranza que llegase desde la Isabela, que fué la primera población de los
cristianos, hasta la ciudad de Sancto Domingo, que son grandes cincuenta
leguas, porque no le pidiesen oro, porque decía, y con verdad, que no lo sabían
coger sus vasallos. La labranza que decía que haría sé yo que la podía hacer y
con grande alegría, y que valiera más al rey cada año de tres cuentos de
castellanos, y aun fuera tal que causara esta labranza haber en la isla hoy más
de cincuenta ciudades tan grandes como Sevilla.
El pago que dieron a este rey y señor, tan bueno a tan
grande, fué deshonrallo por la mujer, violándosela un capitán mal cristiano:
él, que pudiera aguardar tiempo y juntar de su gente para vengarse, acordó de
irse y esconderse sola su persona y morir desterrado de su reino y estado a una
provincia que se decía de los Ciguayos, donde era un gran señor su vasallo.
Desde que lo hallaron menos los cristianos, no se les pudo encubrir: van y
hacen guerra al señor que lo tenía; donde hicieron grandes matanzas, hasta que
en fin lo hobieron de hallar y prender, y preso con cadenas y grillos lo
metieron en una nao para traerlo a Castilla. La cual se perdió en la mar y con
él se ahogaron muchos cristianos y gran cantidad de oro, entre lo cual pereció
el grano grande, que era como una hogaza y pesaba tres mil y seiscientos
castellanos, por hacer Dios venganza de tan grandes injusticias.
El otro reino se decía del Marién, donde agora es el
Puerto Real, al cabo de la Vega, hacia el Norte, y más grande que el reino de
Portugal, aunque cierto harto más felice y digno de ser poblado, y de muchas y
grandes sierras y minas de oro y cobre muy rico, cuyo rey se llamaba
Guacanagarí (última aguda), debajo del cual había muchos y muy grandes señores,
de los cuales yo vide y conocí muchos, y a la tierra deste fué primero a parar
el Almirante viejo que descubrió las Indias; al cual recibió la primera vez el dicho
Guacanagarí, cuando descubrió la isla, con tanta humanidad y caridad, y a todos
los cristianos que con él iban, y les hizo tan suave y grancioso rescibimiento
y socorro y aviamiento (perdiéndosele allí aun la nao en que iba el Almirante),
que en su misma patria y de sus mismos padres no lo pudiera rescebir mejor.
Esto sé por relación y palabras del mismo Almirante. Este rey murió huyendo de
las matanzas y crueldades de los cristianos, destruído y privado de su estado,
por los montes perdido. Todos los otros señores súbditos suyos murieron en .la
tiranía y servidumbre que abajo será dicha.
E1 tercero reino y señorío fué la Maguana, tierra también
admirable, sanísima y fertilísima, donde agora se hace la mejor azúcar de
aquella isla. El rey del se llamó Caonabó. Esté, en esfuerzo y estado, y
gravedad, y cerimonias de su servicio, excedió a todos los otros. A éste
prendieron con una gran sutileza y maldad, estando seguro en su casa.
Metiéronlo después en un navío para traello a Castilla, y estando en el puerto
seis navíos para se partir, quiso Dios mostrar ser aquella con las otras grande
iniquidad y injusticia y envió aquella noche una tormenta que hundió todos los
navíos y ahogó todos los cristianos que en ellos estaban, donde murió el dicho
Caonabó cargado de cadenas y grillos. Tenía este señor tres o cuatro hermanos
muy varoniles y esforzados como él; vista la prisión tan injusta de su hermano
y señor y las destruiciones y matanzas que los cristianos en los otros reinos
hacían, especialmente desde que supieron que el rey su hermano era muerto,
pusiéronse en armas para ir a cometer y vengarse de los cristianos: van los
cristianos a ellos con ciertos de caballo (que es la más perniciosa arma que
puede ser para entre indios) y hacen tanto estragos y matanzas que asolaron y
despoblaron la mitad de todo aquel reino.
El cuarto reino es [el] que se llamó de Xaraguá; éste era
como el meollo o méducla o como la corte de toda aquella isla; excedía a la
lengua y habla ser más polida; en la policía y crianza más ordenada y
compuesta; en la muchedumbre de la nobleza y generosidad, porque había muchos y
en gran cantidad señores y nobles; y en la lindeza y hermosura de toda la
gente, a todos los otros. El rey y señor dél se llamaba Behechio; tenía una
hermana que se llamaba Acacaona. Estos dos hermanos hicieron grandes servicios
a los reyes de Castilla e inmensos beneficios a los cristianos, librándolos de
muchos peligros de muerte, y después de muerto el rey Behechio quedo en el
reino por señora Anacaona. Aquí llegó una vez el gobernador que gobernaba esta
isla con sesenta de caballo y más trecientos peones, que los de caballos solos
bastaban para asolar a toda la isla y la tierra firme, y llegáronse más de
trescientos señores a su llamado seguros, de los cuales hizo meter dentro de
una casa de paja muy grande los más señores por engaño, e metidos les mandó
poner fuego y los quemaron vivos. A todos los otros alancearon e metieron a
espada con infinita gente, e a la señora Anacaona, por hacelle honra,
ahorcaron. Y acaescía algunos cristianos, o por piedad o por cudicia, tomar
algunos niños para amparallos no los matasen, e poníanlos a las ancas de los
caballos: venía otro español por detrás e pasábalo con su lanza. Otrosí, estaba
el niño en el suelo, le cortaban las piernas con el espada. Alguna gente que
pudo huir desta tan inhumana crueldad, pasáronse a una isla pequeña que está
cerca de allí ocho leguas en la mar, y el dicho gobernador condenó a todos
estos que allí se pasaron que fuesen esclavos, porque huyeron de la carnicería.
El quinto reino se llamaba Higüey e señoreábalo una reina
vieja que se llamó Higuanamá. A ésta ahorcaron; e fueron infinitas las gentes
que yo vide quemar vivas y despedazar e atormentar por diversas y nuevas
maneras de muertes e tormentos y hacer esclavos todos los que a vida tomaron. Y
porque son tantas las particularidades que en estas matanzas e perdiciones de
aquellas gentes ha habido, que en mucha escriptura no podrían caber (porque en
verdad que creo que por mucho que dijese no pueda explicar de mil partes una),
sólo quiero en lo de las guerras susodichas concluir con decir e afirmar que en
Dios y en mi consciencia que tengo por cierto que para hacer todas las
injusticias y maldades dichas e las otras que dejó e podría decir, no dieron
más causa los indios ni tuvieron más culpa que podrían dar o tener un .
convento de buenos e concertados religiosos para roballos e matallos y los que
de la muerte quedasen vivos, ponerlos en perpetuo captiverio e servidumbre de
esclavos. Y más afirmo, que hasta que todas las muchedumbres de gentes de
aquella isla fueron muertas e asoladas, que pueda yo creer y conjecturar, no
cometieron contra los cristianos un solo pecado mortal que fuese punible por
hombres; y los que solamente son reservados a Dios, como son los deseos de
venganza, odio y rancor que podían tener aquellas gentes contra tan capitales
enemigos como les fueron los cristianos, éstos creo que cayeron en muy pocas
personas de los indios, y eran poco más impetuosos e rigurosos, por la mucha
experiencia que dellos tengo, que de niños o muchachos de diez o doce años. Y
sé por cierta e infalible sciencia que los indios tuvieron siempre justísima
guerra contra los cristianos, e los cristianos una ni ninguna nunca tuvieron
justa contra los indios antes fueron todas diabólicas e injustísimas e mucho
más que de ningún tirano se puede decir del mundo; e lo mismo afirmo de cuantas
han hecho en todas las Indias.
Después de acabadas las guerras e muertes en ellas, todos
los hombres, quedando comúnmente los mancebos y mujeres y niños, repartiéronlos
entre sí, dando a uno treinta, a otro cuarenta, a otro ciento y docientos
(según la gracia que cada uno alcanzaba con el tirano mayor, que decían
gobernador). Y así repartidos a cada cristiano dábanselos con esta color: que
los enseñase en las cosas de la fe católica, siendo comúnmente todos ellos
idiotas y hombres crueles, avarísimos e viciosos, haciéndoles curas de ánimas.
Y la cura o cuidado que dellos tuvieron fué enviar los hombres a las minas a
sacar oro, que es trabajo intolerable, e las mujeres ponían en las estancias,
que son granjas, a cavar las labranzas y cultivar la tierra, trabajo para
hombres muy fuertes y recios. No daban a los unos ni a las otras de comer sino
yerbas y cosas que no tenían sustancia; secábaseles la leche de las tetas a las
mujeres paridas, e así murieron en breve todas las criaturas. Y por estar los
maridos apartados, que nunca vían a las mujeres, cesó entre ellos la
generación; murieron ellos en las minas, de trabajos y hambre, y ellas en las
estancias o granjas, de lo mesmo, e así se acabaron tanta e tales multitudes de
gentes de aquella isla; e así se pudiera haber acabado todas las del mundo.
Decir las cargas que les echaban de tres y cuatro arrobas, e los llevaban
ciento y doscientas leguas (y los mismos cristianos se hacían llevar en
hamacas, que son como redes, acuestas de los indios), porque siempre usaron
dellos como de bestias para cargar: tenían mataduras en los hombros y espaldas,
de las cargas, como muy matadas bestias; decir asimismo los azotes, palos,
bofetadas, puñadas, maldiciones e otros mil géneros de tormentos que en los
trabajos les daban, en verdad que en mucho tiempo ni papel no se pudiese decir
e que fuese para espantar los hombres.
Y es de notar que la perdición destas islas y tierras se
comenzaron a perder y destruir desde que allá se supo la muerte de la
serenísima reina doña Isabel, que fué el año de mil e quinientos e cuatro,
porque hasta entonces sólo en esta isla se habían destruído algunas provincias
por guerras injustas, pero no de todo, y éstas por la mayor parte y cuasi todas
se le encubrieron a la Reina. Porque la Reina, que haya santa gloria, tenía
grandísimo cuidado e admirable celo a la salvación y prosperidad de aquellas
gentes, como sabemos los que lo vimos y palpamos con nuestros ojos e manos los
ejemplos desto.
Débese de notar otra regla en esto: que en todas las
partes de las Indias donde han ido y pasado cristianos, siempre hicieron en los
indios todas las crueldades susodichas, e matanzas, e tiranías, e opresiones
abominables en aquellas inocentes gentes; e añadían muchas más e mayores y más
nuevas maneras de tormentos, e más crueles siempre fueron porque los dejaba
Dios más de golpe caer y derrocarse en reprobado juicio o sentimiento.
DE LAS DOS ISLAS DE SANT JUAN Y JAMAICA
Pasaron a la isla de Sant Juan y a la de Jamaica (que eran
unas huertas y unas colmenas) el año de mil e quinientos y nueve los españoles,
con el fin e propósito que fueron a la Española. Los cuales hicieron e
cometieron los grandes insultos e pecados susodichos, y añidieron muchas
señaladas e grandísimas crueldades más, matando y quemando y asando y echando a
perros bravos, e después oprimiendo y, atormentando y vejando en las minas y en
los otros trabajos, hasta consumir y acabar todos aquellos infelices inocentes:
que había en las dichas dos islas más de seiscientas mil ánimas, y creo que más
de un cuento, e no hay hoy en cada una doscientas personas, todas perecidas sin
fe e sin sacramentos.
DE LA ISLA DE CUBA
El año de mil e quinientos y once pasaron a 1a isla de
Cuba, que es como dije tan luenga como de Valladolid a Roma (donde había
grandes provincias de gentes), comenzaron y acabaron de las maneras susodichas
e mucho más y más cruelmente. Aquí acaescieron cosas muy señaladas. Un cacique
e señor muy principal, que por nombre tenia Hatuey, que se había pasado de la
isla Española a Cuba con mucha gente por huir de las calamidades e inhumanas
obras de los cristianos, y estando en aquella isla de Cuba, e dándole nuevas
ciertos indios, que pasaban a ella los cristianos, ayuntó mucha de toda su
gente e díjoles: "Ya sabéis cómo se dice que los cristianos pasan acá, e
tenéis experiencia cuáles han parado a los señores fulano y fulano y fulano; y
aquellas gentes de Haití (que es la Española) lo mesmo vienen a hacer acá. ¿
Sabéis quizá porqué lo hacen?" Dijeron: "No; sino porque son de su
natura crueles e malos." Dice él: "No lo hacen por sólo eso, sino
porque tienen un dios a quien ellos adoran e quieren mucho y por habello de
nosotros para lo adorar, nos trabajan de sojuzgar e nos matan." Tenía cabe
sí una cestilla llena de oro en joyas y dijo: "Veis aquí el dios de los
cristianos; hagámosle si os parece areítos (que son bailes y danzas) e quizá le
agradaremos y les mandará que no nos hagan mal." Dijeron todos a voces:
"¡Bien es, bien es!" Bailáronle delante hasta que todos se cansaron.
Y después dice el señor Hatuey: "Mirá, como quiera que sea, si lo
guardamos, para sacárnoslo, al fin nos han de matar; echémoslo en este
río." Todos votaron que así se hiciese, e así lo echaron en un río grande
que allí estaba.
Este cacique y señor anduvo siempre huyendo de los
cristianos desque llegaron a aquella isla de Cuba, como quien los conoscía, e
defendíase cuando los topaba, y al fin lo prendieron. Y sólo porque huía de
gente tan inicua e cruel y se defendía de quien lo quería matar e oprimir hasta
la muerte a sí e toda su gente y generación, lo hubieron vivo de quemar. Atado
a un palo decíale un religioso de San Francisco, sancto varón que allí estaba,
algunas cosas de Dios y de nuestra fe, (el cual nunca las había jamás oído), lo
que podía bastar aquel poquillo tiempo que los verdugos le daban, y que si
quería creer aquello que le decía iría al cielo, donde había gloria y eterno
descanso, e si no, que había de ir al infierno a padecer perpetuos tormentos y
penas. El, pensando un poco, pregunto al religioso si iban cristianos al cielo.
El religioso le respondió que sí; pero que iban los que eran buenos. Dijo luego
el cacique, sin más pensar, que no quería él ir allá, sino al infierno, por no
estar donde estuviesen y por no ver tan cruel gente. Esta es la fama y honra
que Dios e nuestra fe ha ganado con los cristianos que han ido a las Indias.
Una vez, saliéndonos a recebir con mantenimientos y
regalos diez leguas de un gran pueblo, y llegados allá, nos dieron gran
cantidad de pescado y pan y comida con todo lo que más pudieron; súbitamente se
les revistió el diablo a los cristianos e meten a cuchillo en mi presencia (sin
motivo ni causa que tuviesen) más de tres mil ánimas que estaban sentados
delante de nosotros, hombres y mujeres e niños. Allí vide tan grandes
crueldades que nunca los vivos tal vieron ni pensaron ver.
Otra vez, desde a pocos días, envié yo mensajeros,
asegurando que no temiesen, a todos los señores de la provincia de la Habana,
porque tenían por oídas de mi crédito, que no se ausentasen, sino que nos
saliesen a recibir, que no se les haría mal ninguno (porque de las matanzas
pasadas estaba toda la tierra asombrada), y esto hice con parecer del capitán;
e llegados a la provincia saliéronnos a recebir veinte e un señores y caciques,
e luego los prendió el capitán, quebrantando el seguro que yo les había dado, e
los quería quemar vivos otro día diciendo que era bien, porque aquellos señores
algún tiempo habían de hacer algún mal. Vídeme en muy gran trabajo quitallos de
la hoguera, pero al fin se escaparon.
Después de que todos los indios de la tierra desta isla
fueron puesto en la servidumbre e calamidad de los de la Española, viéndose
morir y perecer sin remedio, todos comenzaron a huir a los montes; otros, a
ahorcarse de desesperados, y ahorcábanse maridos e mujeres, e consigo ahorcaban
los hijos; y por las crueldades de un español muy tirano (que yo conocí) se
ahorcaron más de doscientos indios. Pereció desta manera infinita gente.
Oficial del rey hobo en esta isla que le dieron de
repartimiento trescientos indios e a cabo de tres meses había muerto en los
trabajos de las minas los docientos e setenta, que no le quedaron de todos sino
treinta, que fue el diezmo. Después le dieron otros tantos y más, e también los
mató, e dábanle más y más mataba, hasta que se murió y el diablo le llevó el
alma.
En tres o cuatro meses, estando yo presente, murieron de
hambre, por llevalles los padres y las madres a las minas, más de siete mil
niños. Otras cosas vide espantables.
Después acordaron de ir a montear los indios que estaban
por los montes, donde hicieron estragos admirables, e así asolaron e
despoblaron toda aquella isla, la cual vimos agora poco ha y es una gran
lástima e compasión verla yermada y hecha toda una soledad.
DE LA TIERRA FIRME
El año de mil e quinientos e catorce pasó a la tierra
firme un infelice gobernador, crudelísimo tirano, sin alguna piedad ni aun
prudencia, como un instrumento del furor divino, muy de propósito para poblar
en aquella tierra con mucha gente de españoles. Y aunque algunos tiranos habían
ido a la tierra firme e habían robado y matado y escandalizado mucha gente,
pero había sido a la costa de la mar, salteando y robando lo que podían; mas
éste excedió a todos los otros que antes dél habían ido, y a los de todas las
islas, e sus hechos nefarios a todas las abominaciones pasadas, no sólo a la
costa de la mar, pero grandes tierras y reinos despobló y mató, echando inmensas
gentes que en ellos había a los infiernos. Este despobló desde muchas leguas
arriba del Darién hasta el reino e provincias de Nicaragua, inclusive, que son
más de quinientas leguas y la mejor y más felice e poblada tierra que se cree
haber en el mundo. Donde había muy muchos grandes señores, infinitas y grandes
poblaciones, grandísimas riquezas de oro; porque hasta aquel tiempo en ninguna
parte había perecido sobre tierra tanto; porque aunque de la isla Española se
había henchido casi España de oro, e de más fino oro, pero había sido sacado
con los indios de las entrañas de la tierra, de las minas dichas, donde, como
se dijo, murieron.
Este gobernador y su gente inventó nuevas maneras de
crueldades y de dar tormentos a los indios, porque descubriesen y les diesen
oro. Capitán hubo suyo que en una entrada que hizo por mandado dél para robar y
extirpar gentes, mató sobre cuarenta mil ánimas, que vido por sus ojos un
religioso de Sant Francisco, que con él iba, que se llamaba fray Francisco de
San Román, metiéndolos a espada, quemándolos vivos, y echándolos a perros
bravos, y atormentándolos con diversos tormentos.
Y porque la ceguedad perniciosísima que siempre han tenido
hasta hoy los que han regido las Indias en disponer y ordenar la conversión y
salvación de aquellas gentes, la cual siempre han pospuesto (con verdad se dice
esto) en la obra y efecto, puesto que por palabra hayan mostrado y colorado o
disimulado otra cosa, ha llegado a tanta profundidad que haya imaginado e
practicado e mandado que se le hagan a los indios requerimientos que vengan a
la fee, a dar la obediencia a los reyes de Castilla, si no, que les harán
guerra a fuego y a sangre, e los matarán y captivarán, etc. Como si el hijo de
Dios, que murió por cada uno dellos, hobiera en su ley mandado cuando dijo:
Euntes docete omnes gentes, que se hiciesen requerimientos a los infieles
pacíficos e quietos e que tienen sus tierras propias, e si no la recibiesen
luego, sin otra predicación y doctrina, e si no se diesen a sí mesmos al
señorío del rey que nunca oyeron ni vieron, especialmente cuya gente y
mensajeros son tan crueles, tan desapiadados e tan horribles tiranos, perdiesen
por el mesmo caso la hacienda y las tierras, la libertad, las mujeres y hijos
con todas sus vidas, que es cosa absurda y estulta e digna de todo vituperio y
escarnio e infierno.
Así que, como llevase aquel triste y malaventurado
gobernador instrucción que hiciese los dichos requerimientos, para más
justificallos, siendo ellos de sí mesmos absurdos, irracionables e injustísimos,
mandaba, o los ladrones que enviaba lo hacían cuando acordaban de ir a saltear
e robar algún pueblo de que tenían noticia tener oro, estando los indios en sus
pueblos e casas seguros, íbanse de noche los tristes españoles salteadores
hasta media legua del pueblo, e allí aquella noche entre sí mesmos apregonaban
o leían el dicho requerimiento, deciendo: "Caciques e indios desta tierra
firme de tal pueblo, hacemos os saber que hay un Dios y un Papa y un rey de
Castilla que es señor de estas tierras; venid luego a le dar la obediencia,
etc. Y si no, sabed que os haremos guerra, e mataremos e captivaremos,
etc." Y al cuarto del alba, estando los inocentes durmiendo con sus
mujeres e hijos, daban en el pueblo, poniendo fuego a las casas, que comúnmente
eran de paja, e quemaban vivos los niños e mujeres y muchos de los demás, antes
que acordasen; mataban los que querían, e los que tomaban a vida mataban a
tormentos porque dijesen de otros pueblos de oro, o de más oro de lo que allí
hallaban, e los que restaban herrábanlos por esclavos; iban después, acabado o
apagado el fuego, a buscar el oro que había en las casas. Desta manera y en
estas obras se ocupó aquel hombre perdido, con todos los malos cristianos que
llevó, desde el año de catorce hasta el año de veinte y uno o veinte y dos,
enviando en aquellas entradas cinco e seis y más criados, por los cuales le
daban tantas partes (allende de la que le cabía por capitán general) de todo el
oro y perlas e joyas que robaban e de los esclavos que hacían. Lo mesmo hacían
los oficiales del rey, enviando cada uno los más mozos o criados que podía, y
el obispo primero de aquel reino enviaba también sus criados, por tener su
parte en aquella granjería. Más oro robado en aquel tiempo que aquel reino (a
lo que yo puedo juzgar), de un millón de castellanos, y creo que me acortó, e
no se hallará que enviaron al rey sino tres mill castellanos de todo aquello
robado; y más gentes destruyeron de ochocientas mil ánimas. Los otros tiranos
gobernadores que allí sucedieron hasta el año de treinta y tres, mataron e
consintieron matar, con la tiránica servidumbre que a las guerras sucedió, los
que restaban.
Entre infinitas maldades que éste hizo e consintió hacer
el tiempo que gobernó fué que, dándole un cacique o señor, de su voluntad o por
miedo (como más es verdad), nueve mil castellanos, no contentos con esto
prendieron al dicho señor e átanlo a un palo sentado en el suelo, y estendidos
los pies pónenle fuego a ellos porque diese más oro, y él envió a su casa e
trajeron otros tres mil castellanos; tórnanle a dar tormentos, y él, no dando
más oro porque no lo tenía, o porque no lo quería dar, tuviéronle de aquella
manera hasta que los tuétanos le saltaron por las plantas e así murió. Y destos
fueron infinitas veces las que a señores mataron y atormentaron por sacalles
oro.
Otra vez, yendo a saltear cierta capitanía de españoles,
llegaron a un monte donde estaba recogida y escondida, por huir de tan
pestilenciales e horribles obras de los cristianos, mucha gente, y dando de
súbito sobre ella tomaron setenta o ochenta doncellas e mujeres, muertos muchos
que pudieron matar. Otro día juntáronse muchos indios e iban tras los
cristianos peleando por el ansia de sus mujeres e hijas; e viéndose los
cristianos apretados, no quisieron soltar la cabalgada, sino meten las. espadas
por las barrigas de las muchachas e mujeres y no dejaron, de todas ochenta, una
viva. Los indios, que se les rasgaban las entrañas del dolor, daban gritos y
decían: "¡Oh, malos hombres, crueles cristianos!, ¿a las iras matáis?"
Ira llaman en aquella tierra a las mujeres, cuasi diciendo: matar las mujeres
señal es de abominables e crueles hombres bestiales.
A diez o quince leguas de Panamá estaba un gran señor que
se llamaba Paris, e muy rico en oro; fueron allá los cristianos e rescibiólos
como si fueran hermanos suyos e presentó al capitán cincuenta mil castellanos
de su voluntad. El capitán y los cristianos parescióles que quien daba aquella
cantidad de su gracia que debía tener mucho tesoro (que era el fin e consuelo
de sus trabajos); disimularon e dicen que quieren partir; e tornan al cuarto de
alba e dan sobre seguro en el pueblo, quémanlo con fuego que pusieron, mataron
y quemaron mucha gente, e robaron cincuenta o sesenta mil castellanos otros; y
el cacique o señor escapóse, que no le mataron o prendieron. Juntó presto la
más gente que puso e a cabo de dos o tres días alcanzó los cristianos que
llevaban sus ciento y treinta o cuarenta mil castellanos, e da en ellos
varonilmente, e mata cincuenta cristianos, e tómales todo el oro, escapándose
los otros huyendo e bien heridos. Después tornan muchos cristianos sobre el
dicho cacique y asoláronlo a él y a infinita de su gente, e los demás pusieron
e mataron en la ordinaria servidumbre. Por manera que no hay hoy vestigio ni señal
de que haya habido allí pueblo ni hombre nacido, teniendo treinta leguas llenas
de gente de señorío. Destas no tienen cuento las matanzas y perdiciones que
aquel mísero hombre con su compañía en aquellos reinos (que despobló) hizo.
DE LA PROVINCIA DE NICARAGUA
El año de mil e quinientos y veinte y dos o veinte y tres
pasó este tirano a sojuzgar la felicísima provincia de Nicaragua, el cual entró
en ella en triste hora. Desta provincia ¿quién podrá encarescer la felicidad,
sanidad, amenidad y prosperidad e frecuencia y población de gente suya? Era
cosa verdaderamente de admiración ver cuán poblada de pueblos, que cuasi
duraban tres y cuatro leguas en luengo, llenos de admirables frutales que
causaba ser inmensa la gente. A estas gentes (porque era la tierra llana y
rasa, que no podían esconderse en los montes, y deleitosa, que con mucha
angustia e dificultad, osaban dejarla, por lo cual sufrían e sufrieron grandes
persecuciones, y cuanto les era posible toleraban las tiranías y servidumbre de
los cristianos, e porque de su natura era gente muy mansa e pacífica) hízoles
aquel tirano, con sus tiranos compañeros que fueron con él (todos los que a
todo el otro reino le habían ayudado a destruir), tantos daños, tantas
matanzas, tantas crueldades, tantos captiverios e sinjusticias, que no podría
lengua humana decirlo. Enviaba cincuenta de caballo e hacía alancear toda una
provincia mayor que el condado de Rusellón, que no dejaba hombre, ni mujer, ni
viejo, ni niño a vida, por muy liviana cosa: así como porque no venían tan
presto a su llamada o no le traían tantas cargas de maíz, que es el trigo de
allá, o tantos indios para que sirviesen a él o a otro de los de su compañía;
porque como era la tierra llana no podía huir de los caballos ninguno, ni de su
ira infernal.
Enviaba españoles a hacer entradas, que es ir a saltear
indios a otras provincias, e dejaba llevar a los salteadores cuantos indios
querían de los pueblos pacíficos e que les servían. Los cuales echaban en
cadenas porque no les dejasen las cargas de tres arrobas que les echaban a
cuestas. Y acaesció vez, de muchas que esto hizo, que de cuatro mil indios no
volvieron seis vivos a sus casas, que todos los dejaban muertos por los
caminos. E cuando algunos cansaban y se despeaban de las grandes cargas y enfermaban
de hambre e trabajo y flaqueza, por no desensartarlos de las cadenas les
cortaban por la collera la cabeza e caía la cabeza a un cabo y el cuerpo a
otro. Véase qué sentirían los otros. E así, cuando se ordenaban semejantes
romerías, corno tenían experiencia los indios de que ninguno volvía, cuando
salían iban llorando e suspirando los indios y diciendo: "Aquellos son los
caminos por donde íbamos a servir a los cristianos y, aunque trabajábamos
mucho, en fin volvíamonos a cabo de algún tiempo a nuestras casas e a nuestras
mujeres e hijos; pero agora vamos sin esperanza de nunca jamás volver ni verlos
ni de tener más vida."
Una vez, porque quiso hacer nuevo repartimiento de los
indios, porque se le antojó (e aun dicen que por quitar los indios a quien no
quería bien e dallos a quien le parescía) fue causa que los indios no sembrasen
una sementera, e como no hubo para los cristianos, tomaron a los indios cuanto
maíz tenían para mantener a sí e a sus hijos, por lo cual murieron de hambre
más de veinte o treinta mil ánimas e acaesció mujer matar su hijo para comello
de hambre.
Como los pueblos que tenían eran todos una muy graciosa
huerta cada uno, como se dijo, aposentáronse en ellos los cristianos, cada uno
en el pueblo que le repartían (o, como dicen ellos, le encomendaban), y hacía
en él sus labranzas, manteniéndose de las comidas pobres de los indios, e así
les tomaron sus particulares tierras y heredades de que se mantenían. Por
manera que tenían los españoles dentro de sus mesmas casas todos los indios
señores viejos, mujeres e niños, e a todos hacen que les sirvan noches y días,
sin holganza; hasta los niños, cuan presto pueden tenerse en los pies, los
ocupaban en lo que cada uno puede hacer e más de lo que puede, y así los han
consumido y consumen hoy los pocos que han restado, no teniendo ni dejándoles
tener casa ni cosa propia; en lo cual aun exceden a las injusticias en este
género que en la Española se hacían.
Han fatigado, e opreso, e sido causa de su acelerada
muerte de muchas gentes en esta provincia, haciéndoles llevar la tablazón e
madera, de treinta leguas al puerto, para hacer navíos, y enviallos a buscar
miel y cera por los montes, donde los comen los tigres; y han cargado e cargan
hoy las mujeres preñadas y paridas como a bestias.
La pestilencia más horrible que principalmente ha asolado
aquella provincia, ha sido la licencia que aquel gobernador dio a los españoles
para pedir esclavos a los caciques y señores de los pueblos. Pedía cuatro o
cinco meses, o cada vez que cada uno alcanzaba la gracia o licencia del dicho
gobernador, al cacique, cincuenta esclavos, con amenazas que si no los daban lo
habían de quemar vivo o echar a los perros bravos. Como los indios comúnmente
no tienen esclavos, cuando mucho un cacique tiene dos, o tres, o cuatro, iban
los señores por su pueblo e tomaban lo primero todos los huérfanos, e después
pedía a quien tenía dos hijos uno, e a quien tres, dos; e desta manera cumplía
el cacique el número que el tirano le pedía, con grandes alaridos y llantos del
pueblo, porque son las gentes que más parece que aman a sus hijos. Como esto se
hacía tantas veces, asolaron desde el año de veinte y tres hasta el año de
treinta y tres todo aquel reino, porque anduvieron seis o siete años de cinco o
seis navíos al tracto, llevando todas aquellas muchedumbres de indios a vender
por esclavos a Panamá e al Perú, donde todos son muertos, porque es averiguado
y experimentado millares de veces que, sacando los indios de sus tierras
naturales, luego mueren más fácilmente. Porque siempre no les dan de comer e no
les quitan nada de los trabajos, como no los vendan ni los otros los compren
sino para trabajar. Desta manera han sacado de aquella provincia indios hechos
esclavos, siendo tan libres como yo, más de quinientas mil ánimas. Por las guerras
infernales que los españoles les han hecho e por el captiverio horrible en que
los pusieron, más han muerto de otras quinientas y seiscientas mil personas
hasta hoy, e hoy los matan. En obra de catorce años todos estos estragos se han
hecho. Habrá hoy en toda la dicha provincia de Nicaragua obra de cuatro mil o
cinco mil personas, las cuales matan cada día con los servicios y opresiones
cotidianas e personales, siendo (como se dijo) una de las más pobladas del
mundo.
DE LA NUEVA ESPAÑA
En el año de mil e quinientos y diez y siete se descubrió
la Nueva España, y en el descubrimiento se hicieron grandes escándalos en los
indios y algunas muertes por los que la descubrieron. En el año de mil e
quinientos e diez y ocho la fueron a robar e a matar los que se llaman
cristianos, aunque ellos dicen que van a poblar. Y desde este año de diez y
ocho hasta el día de hoy, que estamos en el año de mil e quinientos y cuarenta
e dos, ha rebosado y llegado a su colmo toda la iniquidad, toda la injusticia,
toda la violencia y tiranía que los cristianos han hecho en las Indias, porque
del todo han perdido todo temor a Dios y al rey e se han olvidado de sí mesmos.
Porque son tantos y tales los estragos e crueldades, matanzas e destruiciones,
despoblaciones, robos, violencias e tiranías, y en tantos y tales reinos de la
gran tierra firme, que todas las cosas que hemos dicho son nada en comparación
de las que se hicieron; pero aunque las dijéramos todas, que son infinitas las
que dejamos de decir, no son comparables ni en número ni en gravedad a las que
desde el dicho año de mil e quinientos y cuarenta y dos, e hoy, en este día del
mes de septiembre, se hacen e cometen las más graves e abominables. Porque sea
verdad la regla que arriba pusimos, que siempre desde el principio han ido
cresciendo en mayores desafueros y obras infernales.
Así que, desde la entrada de la Nueva España, que fué a
dieciocho de abril del dicho año de dieciocho, hasta el año de treinta, que
fueron doce años enteros, duraron las matanzas y estragos que las sangrientas e
crueles manos y espadas de los españoles hicieron contínuamente en
cuatrocientas e cincuenta leguas en torno cuasi de la ciudad de Méjico e a su
alrededor, donde cabían cuatro y cinco grandes reinos, tan grandes e harto más
felices que España. Estas tierras todas eran las más pobladas e llenas de
gentes que Toledo e Sevilla, y Valladolid, y Zaragoza juntamente con Barcelona,
porque no hay ni hubo jamás tanta población en estas ciudades, cuando más
pobladas estuvieron, que Dios puso e que había en todas las dichas leguas, que
para andallas en torno se han de andar más de mil e ochocientas leguas. Más han
muerto los españoles dentro de los doce años dichos en las dichas cuatrocientas
y cincuenta leguas, a cuchillo, y a lanzadas y quemándolos vivos, mujeres e
niños, y mozos, y viejos, de cuatro cuentos de ánimas, mientras que duraron
(como dicho es) lo que ellos llaman conquistas, siendo invasiones violentas de
crueles tiranos, condenadas no sólo por la ley de Dios, pero por todas las
leyes humanas, como lo son e muy peores que las que hace el turco para destruir
la iglesia cristiana. Y esto sin los que han muerto e matan cada día en la
susodicha tiránica servidumbre, vejaciones y opresiones cotidianas.
Particularmente, no podrá bastar lengua ni noticia e
industria humana a referir los hechos espantables que en distintas parte, e
juntos en un tiempo en unas, e varios en varias, por aquellos hostes públicos y
capitales enemigos del linaje humano, se han hecho dentro de aquel dicho
circuito, é aun algunos hechos según las circunstancias e calidades que los
agravian, en verdad que cumplidamente apeaas con mucha diligencia e tiempo y
escriptura no se pueda explicar. Pero alguna cosa de algunas partes diré con
protestación e juramento de que no pienso que explicaré una de mil partes.
DE LA NUEVA ESPAÑA
Entre otras matanzas hicieron ésta en una ciudad gran des,
de más de treinta mil vecinos, que se llama Cholula: que saliendo a recibir
todos los señores de la tierra e comarca, e primero todos los sacerdotes con el
sacerdote mayor a los cristianos en procesión y con grande acatamiento e
reverencia, y llevándolos en medio a aposentar a la ciudad, y a las casas de
aposentos del señor o señores delta principales, acordaron los españoles de
hacer allí una matanza o castigo (como ellos dicen) para poner y sembrar su
temor e braveza en todos los rincones de aquellas tierras. Porque siempre fué
esta su determinación en todas las tierras que los españoles han entrado,
conviene a saber: hacer una cruel e señalada matanza porque tiemblen dellos
aquellas ovejas mansas.
Así que enviaron para esto primero a llamar todos los
señores e nobles de la ciudad e de todos los lugares a ella subjectos, con el
señor principal, e así como venían y entraban a hablar al capitán de los
españoles, luego eran presos sin que nadie los sintiese, que pudiese llevar las
nuevas. Habíanles pedido cinco o seis mil indios que les llevasen las cargas;
vinieron todos luego e métenlos en el patio de las casas. Ver a estos indios
cuando se aparejan para llevar las cargas de los españoles es haber dellos una
gran compasión y lástima, porque vienen desnudos, en cueros, solamente
cubiertas sus vergüenzas e con unas redecillas en el hombro con su pobre
comida; pónense todos en cuclillas, como unos corderos muy mansos. Todos
ayuntados e juntos en el patio con otras gentes que a vueltas estaban, pónense
a las puertas del patio españoles armados que guardasen y todos los demás echan
mano a sus espadas y meten a espada y a lanzadas todas aquellas ovejas, que uno
ni ninguno pudo escaparse que no fuese trucidado. A cabo de dos o tres días
saltan muchos indios vivos, llenos de sangre, que se habían escondido e
amparado debajo de los muertos (como eran tantos); iban llorando ante los
españoles pidiendo misericordia, que no los matasen. De los cuales ninguna
misericordia ni compasión hubieron, antes así como salían los hacían pedazos.
A todos los señores, que eran más de ciento y que tenían
atados, mandó el capitán quemar e sacar vivos en palos hincados en la sierra.
Pero un señor, e quizá era el principal y rey de aquella tierra, pudo soltarse
e recogióse con otros veinte o treinta o cuarenta hombres al templo grande que
allí tenían, el cual era como fortaleza que llamaban Cuu, e allí se defendió
gran rato del día. Pero los españoles, a quien no se les ampara nada,
mayormente en estas gentes desarmadas, pusieron fuego al templo e allí los
quemaron dando voces: "¡Oh, malos hombres! ¿Qué os hemos hecho?, ¿porqué
nos matáis? ¡Andad, que a Méjico iréis, donde nuestro universal señor Motenzuma
de vosotros nos hará venganza! " Dícese que estando metiendo a espada los
cinco o seis mil hombres en el patio, estaba cantando el capitán de los
españoles: "Mira Nero de Tarpeya a Roma cómo se ardía; gritos dan niños y viejos,
y él de nada se dolía."
Otra gran matanza hicieron en la ciudad de Tepeaca, que
era mucho mayor e de más vecinos y gente que la dicha, donde mataron a espada
infinita gente, con grandes particularidades de crueldad.
De Cholula caminaron hacia Méjico, y enviándoles el gran
rey Motenzuma millares de presentes, e señores y gentes, e fiestas al camino, e
a la entrada de la calzada de Méjico, que es a dos leguas, envióles a su mesmo
hermano acompañado de muchos grandes señores e grandes presentes de oro y plata
e ropas; y a la entrada de la ciudad, saliendo él mesmo en persona en unas
andas de oro con toda su gran corte a recebirlos, y acompañándolos hasta los
palacios en que los había mandado aposentar, aquel mismo día, según me dijeron
algunos de los que allí se hallaron, con cierta disimulación, estando seguro,
prendieron al gran rey Motenzuma y pusieron ochenta hombres que le guardasen, e
después echáronlo en grillos.
Pero dejado todo esto, en que había grandes y muchas cosas
que contar, sólo quiero decir una señalada que allí aquellos tiranos hicieron.
Yéndose el capitán de los españoles al puerto de la mar a prender a otro cierto
capitán que venía contra él, y dejado cierto capitán, creo que con ciento pocos
más hombres que guardasen al rey Motenzuma, acordaron aquellos españoles de
cometer otra cosa señalada, para acrecentar su miedo en toda la tierra;
industria (como dije) de que muchas veces han usado. Los indios y gente e
señores de toda la ciudad y corte de Motenzuma no se ocupaban en otra cosa sino
en dar placer a su señor preso. Y entre otras fiestas que le hacían era en las
tardes hacer por todos los barrios e plazas de la ciudad los bailes y danzas
que acostumbran y que llaman ellos mitotes, como en las islas llaman areítos,
donde sacan todas sus galas e riquezas, y con ellas se emplean todos, porque es
la principal manera de regocijo y fiestas; y los más nobles y caballeros y de
sangre real, según sus grados, hacían sus bailes e fiestas más cercanas a las
casas donde estaba preso su señor. En la más propincua parte a los dichos
palacios estaban sobre dos mil hijos de señores, que era toda la flor y nata de
la nobleza de todo el imperio de Motenzuma. A éstos fue el capitán de los
españoles con una cuadrilla dellos, y envió otras cuadrillas a todas las otras partes
de la ciudad donde hacían las dichas fiestas, disimulados como que iban a
verlas, e mandó que a cierta hora todos diesen en ellos. Fué él, y estado
embebidos y seguros en sus bailes, dicen "¡Santiago y a ellos!" e
comienzan con las espadas desnudas a abrir aquellos cuerpos desnudos y
delicados e a derramar aquella generosa sangre, que uno no dejaron a vida; lo
mesmo hicieron los otros en las otras plazas.
Fué una cosa esta que a todos aquellos reinos y gentes
puso en pasmo y angustia y luto, e hinchó de amargura y dolor, y de aquí a que
se acabe el mundo, o ellos del todo se acaben, no dejarán de lamentar y cantar
en sus areítos y bailes, como en romances (que acá decimos), aquella calamidad
e pérdida de la sucesión de toda su nobleza, de que se preciaban de tantos años
atrás.
Vista por los indios cosa tan injusta e crueldad tan nunca
vista, en tantos inocentes sin culpa perpetrada, los que habían sufrido con
tolerancia la prisión no menos injusta de su universal señor, porque él mesmo
se lo mandaba que no acometiesen ni guerreasen a los cristianos, entonces
pónense en armas toda la ciudad y vienen sobre ellos, y heridos muchos de los
españoles apenas se pudieron escapar. Ponen un puñal a los pechos al preso
Motenzuma que se pusiese a los corredores y mandase que los indios no
combatiesen la casa, sino que se pusiesen en paz. Ellos no curaron entonces de
obedecelle en nada, antes platicaban de elegir otro señor y capitán que guiase
sus batallas; y porque ya volvía el capitán, que había ido al puerto, con
victoria, y traía muchos más cristianos y venía cerca, cesaron el combate obra
de tres o cuatro días, hasta que entró en la ciudad. El entrado, ayuntaba
infinita gente de toda la tierra, combaten a todos juntos de tal manera y
tantos días, que temiendo todos morir acordaron una noche salir de la ciudad.
Sabido por los indios mataron gran cantidad de cristianos en los puentes de la
laguna, con justísima y sancta guerra, por las causas justísimas que tuvieron,
como dicho es. Las cuales, cualquiera que fuere hombre razonable y justo, las
justificara. Suscedió después el combate de la ciudad, reformados los
cristianos, donde hicieron estragos en los indios admirables y estraños,
matando infinitas gentes y quemando vivos muchos y grandes señores.
Después de las tiranías grandísimas y abominables que
éstos hicieron en la ciudad de Méjico y en las ciudades y tierra mucha (que por
aquellos alderredores diez y quince y veinte leguas de Méjico, donde fueron
muertas infinitas gentes), pasó adelante esta su tiránica pestilencia y fué a
cundir e inficionar y asolar a la provincia de Pánuco, que era una cosa
admirable la multitud de las gentes que tenía y los estragos y matanzas que
allí hicieron. Después destruyeron por la mesma manera la provincia de
Tututepeque y después la provincia de Ipilcingo, y después la de Colima, que
cada una es más tierra que el reino de León y que el de Castilla. Contar los
estragos y muertes y crueldades que en cada una hicieron sería sin duda cosa
dificilísima y imposible de decir, e trabajosa de escuchar.
Es aquí de notar que el título con que entraban e por el
cual comenzaban a destruir todos aquellos inocentes y despoblar aquellas
tierras que tanta alegría y gozo debieran de causar a los que fueran verdaderos
cristianos, con su tan grande e infinita población, era decir que viniesen a
subjectarse e obedecer al rey de España, donde no, que los había de matar e
hacer esclavos. Y los que no venían tan presto a cumplir tan irracionables y
estultos mensajes e a ponerse en las manos de tan inicuos e crueles y bestiales
hombres, llamábanles rebeldes y alzados contra el servicio de Su Majestad. Y
así lo escrebían acá al rey nuestro señor e la ceguedad de los que regían las
Indias no alcanzaba ni entendía aquello que en sus leyes está expreso e más claro
que otro de sus primeros principios, conviene a saber: que ninguno es ni puede
ser llamado rebelde si primero no es súbdito.
Considérese por los cristianos e que saben algo de Dios e
de razón, e aun de las leyes humanas, qué tales pueden parar los corazones de
cualquiera gente que vive en sus tierras segura e no sabe que deba nada a
nadie, e que tiene sus naturales señores, las nuevas que les dijesen así de
súpito: daos a obedescer a un rey estraño, que nunca vistes ni oístes, e si no,
sabed que luego os hemos de hacer pedazos; especialmente viendo por experiencia
que así luego lo hacen. Y lo que más espantable es, que a los que de hecho
obedecen ponen en aspérrima servidumbre, donde son increíbles trabajos e
tormentos más largos y que duran más que los que les dan metiéndolos a espada,
al cabo perecen ellos e sus mujeres y hijos e toda su generación. E ya que con
los dichos temores y amenazas aquellas gentes o otras cualesquiera en el mundo
vengan a obedecer e reconoscer el señorío de rey extraño, no veen los ciegos e
turbados de ambición e diabólica cudicia que no por eso adquieren una punta de
derecho como verdaderamente sean temores y miedos, aquellos cadentes
inconstantísimos viros, que de derecho natural e humano y divino es todo aire
cuanto se hace para que valga, si no es el reatu e obligación que les queda a
los fuegos infernales, e aun a las ofensas y daños que hacen a los reyes de
Castilla destruyéndoles aquellos sus reinos e anichilándole (en cuanto en ellos
es) todo el derecho que tienen a todas las Indias; y estos son e no otros los
servicios que los españoles han hecho a los dichos señores reyes en aquellas
tierras, e hoy hacen.
Con este tan justo y aprobado título envió aqueste capitán
tirano otros dos tiranos capitanes muy más crueles e feroces, peores e de menos
piedad e misericordia que él, a los grandes y florentísimos e felicísimos
reinos, de gentes plenísimamente llenos e poblados, conviene a saber, el reino
de Guatimala, que está a la mar del Sur, y el otro de Naco y Honduras o Guaimura,
que está a la mar del Norte, frontero el uno del otro e que confinaban e
partían términos ambos a dos, trecientas leguas de Méjico. El uno despachó por
la tierra y el otro en navíos por la mar, con mucha gente de caballo y de pie
cada uno.
Digo verdad que de lo que ambos hicieron en mal, y
señaladamente del que fué al reino de Guatimala, porque el otro presto mala
muerte murió, que podría expresar e collegir tantas maldades, tantos estragos,
tantas muertes, tantas despoblaciones, tantas y tan fieras injusticias que
espantasen los siglos presentes y venideros e hinchese dellas un gran libro.
Porque éste excedió a todos los pasados y presentes, así en la cantidad e
número de las abominaciones que hizo, como de las gentes que destruyó e tierras
que hizo desiertas, porque todas fueron infinitas.
El que fué por la mar y en navíos hizo grandes robos y
escándalos y aventamientos de gentes en los pueblos de la costa, saliéndole a
rescibir algunos con presentes en el reino de Yucatán, que está en el camino
del reino susodicho de Naco y Guaimura, donde iba. Después de llegado a ellos
envió capitanes y mucha gente por toda aquella tierra que robaban y mataban y
destruían cuantos pueblos y gentes había. Y especialmente uno que se alzó con
trecientos hombres y se metió la tierra adentro hacia Guatimala, fué
destruyendo y quemando cuantos pueblos hallaba y robando y matando las gentes
dellos. Y fué haciendo esto de industria más de ciento y veinte leguas, porque
si enviasen tras él hallasen los que fuesen la tierra despoblada y alzada y los
matasen los indios en venganza de los daños y destruiciones que dejaban fechos.
Desde a pocos días mataron al capitán principal que le envió y a quien éste se
alzó, y después suscedieron otros muchos tiranos crudelísimos que con matanzas
e crueldades espantosas y con hacer esclavos e vendellos a los navíos que les
traían vino e vestidos y otras cosas; e con la tiránica servidumbre ordinaria,
desde el año de mil y quinientos e veinte y cuatro hasta el año de mil e
quinientos e treinta y cinco asolaron aquellas provincias e reino de Naco y
Honduras, que verdaderamente parescían un paraíso de deleites y estaban más
pobladas que la más frecuentada y poblada tierra que puede ser en el mundo; y
agora pasamos e venimos por ellas y las vimos tan despobladas y destruídas que
cualquiera persona, por dura que fuera, se le abrieran las entrañas de dolor.
Mas han muerto, en estos once años, de dos cuentos de ánimas y no han dejado,
en más de cient leguas en cuadra, dos mil personas, y éstas cada día las matan
en la dicha servidumbre.
Volviendo la péndola a hablar del grande tirano capitán
que fué a los reinos de Guatimala, el cual, como está dicho, excedió a todos
los pasados e iguala con todos los que hoy hay, desde las provincias comarcanas
a Méjico, que por el camino que él fué (según él mesmo escribió en una carta al
principal que le envió) están del reino de Guatimala cuatrocientas leguas, fué
haciendo matanzas y robos, quemando y robando e destruyendo donde llegaba toda
la tierra con el título susodicho, conviene a saber, diciéndoles que se
sujetasen a ellos, hombres tan inhumanos, injustos y crueles, en nombre del rey
de España, incógnito e nunca jamás dellos oído. El cual estimaban ser muy más
injusto e cruel que ellos; e aun sin dejallos deliberar, cuasi tan presto como
el mensaje, llegaban matando y quemando sobre ellos.
DE LA PROVINCIA E REINO DE GUATIMALA
Llegado al dicho reino hizo en la entrada dél mucha
matanza de gente; y no obstante esto, salióle a rescebir en unas andas e con
trompetas y atabales e muchas fiestas e1 señor principal con otros muchos
señores de la ciudad de Ultatlán, cabeza de todo el reino, donde le sirvieron
de todo lo que tenían, en especial dándoles de comer cumplidamente e todo lo
que más pudieron. Aposentáronse fuera de la ciudad los españoles aquella noche,
porque les paresció que era fuerte y que dentro pudieran tener peligro. Y otro
día llama al señor principal e otros muchos señores, e venidos como mansas
ovejas, préndelos todos e dice que le den tantas cargas de oro. Responden que
no lo tienen, porque aquella tierra no es de oro. Mándalos luego quemar vivos,
sin otra culpa ni otro proceso ni sentencia.
Desque vieron los señores de todas aquellas provincias que
habían quemado aquellos señor y señores supremos, no más de porque no daban
oro, huyeron todos de sus pueblos metiéndose en los montes, e mandaron a toda
su gente que fuesen a los españoles y les sirviesen como a señores, pero que no
les descubriesen diciéndoles dónde estaban. Viénense toda la gente de la tierra
a decir que querían ser suyos e servirles como a señores. Respondía este
piadoso capitán que no los querían rescebir, antes los habían de matar a todos
si no descubrían dónde estaban los señores. Decían los indios que ellos no
sabían dellos, que se sirviesen dellos y de sus mujeres e hijos y que en sus
casas los hallarían; allí los podían matar o hacer dellos lo que quisiesen; y
esto dijeron y ofrescieron e hicieron los indios muchas veces. Y cosa fué esta
maravillosa, que iban los españoles a los pueblos donde hallaban las pobres
gentes trabajando en sus oficios con sus mujeres y hijos seguros e allí los
alanceaban e hacían pedazos. Y a pueblo muy grande e poderoso vinieron (que
estaban descuidados más que otros e seguros con su inocencia) y entraron los
españoles y en obra de dos horas casi lo asolaron, metiendo a espada los niños
e mujeres e viejos con cuantos matar pudieron que huyendo no se escaparon.
Desque los indios vieron que con tanta humildad, ofertas,
paciencia y sufrimiento no podían quebrantar ni ablandar corazones tan
inhumanos e bestiales, e que tan sin apariencia ni color de razón, e tan contra
ella los hacían pedazos; viendo que así como así habían de morir, acordaron de
convocarse e juntarse todos y morir en la guerra, vengándose como pudiesen de
tan crueles e infernales enemigos, puesto que bien sabían que siendo no sólo
inermes, pero desnudos, a pie y flacos, contra gente tan feroz a caballo e tan
armada, no podían prevalecer, sino a1 cabo ser destruídos. Entonces inventaron
unos hoyos en medio de los caminos donde cayesen los caballos y se hincasen por
las tripas unas estacas agudas y tostadas de que estaban los hoyos llenos,
cubiertos por encima de céspedes e yerbas que no parecía que hubiese nada. Una
o dos veces cayeron caballos en ellos no más, porque los españoles se supieron
dellos guardar, pero para vengarse hicieron ley los españoles que todos cuantos
indios de todo género y edad tomasen a vida, echasen dentro en los hoyos. Y así
las mujeres preñadas e paridas e niños y viejos e cuantos podían tomar echaban
en los hoyos hasta que los henchían, traspasados por las estacas, que era una
gran lástima ver, especialmente las mujeres con sus niños. Todos los demás
mataban a lanzadas y a cuchilladas, echábanlos a perros bravos que los despedazaban
e comían, e cuando algún señor topaban, por honra quemábanlo en vivas llamas.
Estuvieron en estas carnicerías tan inhumanas cerca de siete años, desde el año
de veinte y cuatro hasta el año de treinta o treinta y uno: júzguese aquí
cuánto sería el número de la gente que consumirían.
De infinitas obras horribles que en este reino hizo este
infelice malaventurado tirano e sus hermanos (porque eran sus capitanes no
menos infelices e insensibles que él, con los demás que le ayudaban) fué una
harto notable: que fué a la provincia de Cuzcatán, donde agora o cerca de allí
es la villa de Sant Salvador, que es una tierra felicísima con toda la costa de
la mar del Sur, que dura cuarenta y cincuenta leguas, y en la ciudad de
Cuzcatán, que era la cabeza de la provincia, le hicieron grandísimo
rescebimiento sobre veinte o treinta mil indios le estaban esperando cargados
de gallinas e comida. Llegado y rescebido el presente mandó que cada español
tomase de aquel gran número de gente todos los indios que quisiese, para los
días que allí estuviesen servirse dellos e que tuviesen cargo de traerles lo
que hubiesen menester. Cada uno tomó ciento o cincuenta o los que le parescía
que bastaban para ser muy bien servido, y los inocentes corderos sufrieron la
división e servían con todas sus fuerzas, que no faltaba sino adorallos.
Entre tanto este capitán pidió a los señores que le
trujesen mucho oro, porque a aquello principalmente venían. Los indios
responden que les place darles todo el oro que tienen, e ayuntan muy gran cantidad
de hachas de cobre (que tienen, con que se sirven), dorado, que parece oro
porque tiene alguno. Mándales poner el toque, y desquevido que eran covibre
dijo a los españoles: “Dad al diablo tal tierra; vámonos, pues que no hay oro;
e cada uno los indios que tiene que le sirven echélos en cadena e mandaré
herrárselos por esclavos”. Hácenlo así e hiérranlos con el hierro del rey por
esclavos a todos los que pudieron atar, e yo vide el hijo del señor principal
de aquella ciudad herrado.
Vista por los indios que se soltaron y los demás de toda
la tierra tan gran maldad, comienzan a juntarse e a ponerse en armas. Los
españoles hacen en ellos grandes estragos y matanzas e tórnanse a Guatimala,
donde edificaron una ciudad que agora con justo juicio, con tres diluvios
juntamente, uno de agua e otro de tierra e otro de piedras más gruesas que diez
y veinte bueyes, destruyó la justicia divinal. Donde muertos todos los señores
e los hombres que podían hacer guerra, pusieron todos los demás en la
sobredicha infernal servidumbre, e con pedirles esclavos de tributo y dándoles
los hijos e hijas, porque otros esclavos no los tienen, y ellos enviando navíos
cargados dellos a vender al Perú, e con otras matanzas y estragos que sin los
dichos hicieron, han destruído y asolado un reino de cient leguas en cuadra y
más, de los más felices en fertilidad e población que puede ser en el mundo. Y
este tirano mesmo escribió que era más poblado que el reino de Méjico e dijo
verdad: más ha muerto él y sus hermanos, con los demás, de cuatro y de cinco
cuentos de ánimas en quince o dieciséis años, desde el año de veinte y cuatro
hasta el de cuarenta, e hoy matan y destruyen los que quedan, e así matarán los
demás.
Tenía éste esta costumbre: que cuando iba a hacer guerra a
algunos pueblos o provincias, llevaba de los ya sojuzgados indios cuantos podía
que hiciesen guerra a los otros; e como no les daba de comer a diez y a veinte
mil hombres que llevaba, consentíales que comiesen a los indios que tomaban. Y
así había en su real solenísima carnecería de carne humana, donde en su
presencia se mataban los niños y se asaban, y mataban el hombre por solas las
manos y pies, que tenían por los mejores bocados. Y con estas immanidades,
oyéndolas todas las otras gentes de las otras tierras, no sabían dónde se meter
de espanto.
Mató infinitas gentes con hacer navíos; llevaba de la mar
del Norte a la del Sur, ciento y treinta leguas, los indios cargados con anclas
de tres y cuatro quintales, que se les metían las uñas dellas por las espaldas
y lomos; y llevó desta manera mucha artillería en los hombros de los tristres
desnudos: e yo vide muchos cargados de artillería por los caminos, angustiados.
Descasaba y robaba los casados, tomándoles las mujeres y las hijas, y dábalas a
los marineros y soldados por tenellos contentos para llevallos en sus armadas;
henchía los navíos de indios, donde todos perecían de sed y hambre. Y es verdad
que si hobiese de decir, en particular, sus crueldades, hiciesen un gran libro
que al mundo espantase.
Dos armadas hizo, de muchos navíos cada una con las cuales
abrasó, como si fuera fuego del cielo, todas aquellas tierras. ¡Oh, cuántos
huérfanos hizo, cuántos robó de sus hijos, cuántos privó de sus mujeres,
cuántas mujeres dejó sin maridos, de cuántos adulterios y estupros e violencias
fué causa! ¡Cuántos privó de su libertad, cuántas angustias e calamidades
padecieron muchas gentes por él! ¡Cuántas lágrimas hizo derramar, cuántos
sospiros, cuántos gemidos, cuántas soledades en esta vida e de cuántos
dannación eterna en la otra causó, no sólo de indios, que fueron infinitos,
pero de los infelices cristianos de cuyo consorcio se favoreció en tan grandes
insultos, gravísimos pecados e abominaciones tan execrables! Y plega a Dios que
dél haya habido misericordia e se contente con tan mala fin como al cabo le
dió.
DE LA NUEVA ESPAÑA, Y PANUCO, Y JALISCO
Hechas las grandes crueldades y matanzas dichas y las que
se dejaron de decir en las provincias de la Nueva España y en las de Pánuco,
sucedió en la de Pánuco otro tirano insensible, cruel, el año de mil e
quinientos e veinte y cinco, que haciendo muchas crueldades y herrando muchos y
gran número de esclavos de las maneras susodichas, siendo todos hombres libres,
y enviando cargados muchos navíos a las islas Cuba y Española, donde mejor
venderlos podía, acabó de asolar toda aquella provincia; e acaesció allí dar
por una yegua ochenta indios, ánimas racionales. De aquí fué proveído para
gobernar la ciudad de Méjico y toda la Nueva España con otros grandes tiranos
por oidores y él por presidente. El cual con ellos cometieron tan grandes
males, tantos pecados, tantas crueldades, robos e abominaciones que no se
podrían creer. Con las cuales pusieron toda aquella tierra en tan última
despoblación, que si Dios no les atajara con la resistencia de los religiosos
de Sant Francisco e luego con la nueva provisión [de] un Audiencia Real buena,
amiga de toda virtud, en dos años dejaran la Nueva España como está la isla
Española. Hobo hombre de aquellos, de la compañía deste, que para cercar de pared
una gran huerta suya traía ocho mil indios, trabajando sin pagalles nada ni
dalles de comer, que de hambre se caían muertos súpitamente, y él no se daba
por ello nada.
Desque tuvo nueva el principal desto, que dije que acabó
de asolar a Pánuco, que venía la dicha buena Real Audiencia, inventó de ir la
tierra adentro a descubrir donde tiranizase, y sacó por fuerza de la provincia
de Méjico quince o veinte mil hombres para que le llevasen, e a los españoles
que con él iban, las cargas, de los cuales no volvieron doscientos, que todos
fué causa que muriesen por allá. Llegó a la provincia de Mechuacam, que es
cuarenta leguas de Méjico, otra tal y tan felice e tan llena de gente como la
de Méjico, saliéndole a recebir el rey e señor della con procesión de infinita
gente e haciéndole mil servicios y regalos; prendió luego al dicho rey, porque
tenía fama de muy rico de oro y plata, e porque le diese muchos tesoros
comienza a dalle estos tormentos el tirano: pónelo en un cepo por los pies y el
cuerpo estendido, e atado por las manos a un madero; puesto un brasero junto a
los pies, e un muchacho, con un hisopillo mojado en aceite, de cuando en cuando
se los rociaba para tostalle bien los cueros; de una parte estaba un hombre
cruel, que con una ballesta armada apuntábale al corazón; de otra, otra con un
muy terrible perro bravo echándoselo, que en un credo lo despedazara, e así lo
atormentaron porque descubriese los tesoros que pretendía, basta que, avisado
cierto religioso de Sant Francisco, se lo quitó de las manos; de los cuales
tormentos al fin murió. Y desta manera atormentaron e mataron a muchos señores
e caciques en aquellas provincias, porque diesen oro y plata.
Cierto tirano en este tiempo, yendo por visitador más de
las bolsas y haciendas para roballas de los indios que no de las ánimas o
personas, halló que ciertos indios tenían escondidos sus ídolos, como nunca los
hobiesen enseñado los tristes españoles otro mejor Dios: prendió los señores
hasta que le dieron los ídolos creyendo que eran de oro o de plata, por lo cual
cruel e injustamente los castigó. Y porque no quedase defraudado de su fin, que
era robar, constriñó a los dichos caciques que le comprasen los ídolos, y se
los compraron por el oro o plata que pudieron hallar, para adorarlos como
solían por Dios. Estas son las obras y ejemplos que hacen y honra que procuran
a Dios en las Indias los malaventurados españoles.
Pasó este gran tirano capitán, de la de Mechuacam a la
provincia de Jalisco, que estaba entera e llena como una colmena de gente
poblatísima e felicísima, porque es de las fértiles y admirables de las Indias;
pueblo tenía que casi duraba siete leguas su población. Entrando en ella salen
los señores y gente con presentes y alegría, como suelen todos los indios, a
rescibir. Comenzó a hacer las crueldades y maldades que solía, e que todos allá
tienen de costumbre, e muchas más, por conseguir el fin que tienen por dios,
que es el oro. Quemaba los pueblos, prendía los caciques, dábales tormentos,
hacía cuantos tomaba esclavos. Llevaba infinitos atados en cadenas; las mujeres
paridas, yendo cargadas con cargas que de los malos cristianos llevaban, no
pudiendo llevar las criaturas por el trabajo e flaqueza de hambre, arrojábanlas
por los caminos, donde infinitas perecieron.
Un mal cristiano, tomando por fuerza una doncella para
pecar con ella, arremetió la madre para se la quitar, saca un puñal o espada y
córtala una mano a la madre, y a la doncella, porque no quiso consentir, matóla
a puñaladas.
Entre otros muchos hizo herrar por esclavos injustamente,
siendo libres (como todos lo son), cuatro mil e quinientos hombres e mujeres y
niños de un año, a las tetas de las madres, y de dos, y tres, e cuatro e cinco
años, aun saliéndole a rescibir de paz, sin otros infinitos que no se contaron.
Acabadas infinitas guerras inicuas e infernales y matanzas
en ellas que hizo, puso toda aquella tierra en la ordinaria e pestilencial
servidumbre tiránica que todos los tiranos cristianos de las Indias suelen y
pretenden poner aquellas gentes. En la cual consintió hacer a sus mesmos
mayordomos e a todos los demás crueldades y tormentos nunca oídos, por sacar a
los indios oro y tributos. Mayordomo suyo mató muchos indios ahorcándolos y
quemándolos vivos, y echándolos a perros bravos, e cortándoles pies y manos y
cabezas e lenguas, estando los indios de paz, sin otra causa alguna más de por
amedrentallos para que le sirviesen e diesen oro y tributos, viéndolo e
sabiéndolo el mesmo egregio tirano, sin muchos azotes y palos y bofetadas y
otras especies de crueldades que en ellos hacían cada día y cada hora
ejercitaban.
Dícese de él que ochocientos pueblos destruyó y abrasó en
aquel reino de Jalisco, por lo cual fué causa que de desesperados (viéndose
todos los demás tan cruelmente perecer) se alzasen y fuesen a los montes y matasen
muy justa y dignamente algunos españoles. Y después, con las injusticias y
agravios de otros modernos tiranos que por allí pasaron para destruir otras
provincias, que ellos llaman descubrir, se juntaron muchos indios, haciéndose
fuertes en ciertos peñones, en los cuales agora de nuevo han hecho en ellos tan
grandes crueldades que cuasi han acabado de despoblar e asolar toda aquella
gran tierra, matando infinitas gentes. Y los tristes ciegos, dejados de Dios
venir a reprobado sentido, no viendo la justísima causa, y causas muchas llenas
de toda justicia, que los indios tienen por ley natural, divina y humana de los
hacer pedazos, si fuerzas e armas tuviesen, y echallos de sus tierras, e la
injustísima e llena de toda iniquidad, condenada por todas las leyes, que ellos
tienen para, sobre tantos insultos y tiranías e grandes e inexpiables pecados
que han cometido en ellos, moverles de nuevo guerra, piensan y dicen y escriben
que las victorias que han de los inocentes indios asolándolos, todas se las da
Dios, porque sus guerras inicuas tienen justicia, como se gocen y glorien y
hagan gracias a Dios de sus tiranías como lo hacían aquellos tiranos ladrones
de quien dice el profeta Zacharías, capítulo 11: Pasce pecora ocisionis,
quoe qui occidebant non dolebant sed dicebant, benedictus deus quod divites
facti sumus.
DEL REINO DE YUCATAN
El año de mil e quinientos y veinte y seis fué otro
infelice hombre proveído por gobernador del reino de Yucatán, por las mentiras
y falsedades que dijo y ofrescimientos que hizo al rey, como los otros tiranos
han hecho hasta agora, porque les den oficios y cargos con que puedan robar.
Este reino de Yucatán estaba lleno de infinitas gentes, porque es la tierra de
gran manera sana y abundante de comidas e frutas mucho (aún más que la de la de
Méjico), e señaladamente abunda de miel y cera más que ninguna parte de las
Indias de lo que hasta agora se ha visto. Tiene cerca de trecientas leguas de
boja o en torno el dicho reino. La gente dél era señalada entre todas las de
las Indias, así en prudencia y policía como en carecer de vicios y pecados más
que otra, e muy aparejada e digna de ser traída al conoscimiento de su Dios, y
donde se pudieran hacer grandes ciudades de españoles y vivieran como en un
paraíso terrenal (si fueran dignos della); poro no lo fueron por su gran
cudicia e insensibilidad e grandes pecados, como no han sido dignos de las
otras partes que Dios les había en aquellas Indias demostrado.
Comenzó este tirano con trecientos hombres, que llevó
consigo a hacer crueles guerras a aquellas gentes buenas, inocentes, que
estaban en sus casas sin ofender a nadie, donde mató y destruyó infinitas
gentes. Y porque la tierra no tiene oro, porque si lo tuviera, por sacallo en
las minas los acabara; pero por hacer oro de los cuerpos y de las ánimas de
aquellos por quien Jesucristo murió, hace abarrisco, todos los que no mataba,
esclavos, e a muchos navíos que venían al olor y fama de los esclavos enviaba
llenos de gentes, vendidas por
vino, y aceite, y vinagre, y por tocino, e por vestidos, y
por caballos e por lo que él y ellos habían menester, según su juicio y estima.
Daba a escoger entre cincuenta y cien doncellas, una de
mejor parecer que otra, cada uno la que escogese, por una arroba de vino, o de
aceite, o vinagre, o por un tocino, e lo mesmo un muchacho bien dispuesto,
entre ciento o doscientos escogido, por otro tanto. Y acaesció dar un muchacho,
que parescía hijo de un príncipe, por un queso, é cient personas por un
caballo. En estas obras estuvo desde el año de veinte y seis hasta el año de
treinta y tres, que fueron siete, asolando y despoblando aquellas tierras e
matando sin piedad aquellas gentes, hasta que oyeron allí las nuevas de las
riquezas del Perú, que se le fué la gente española que tenía y cesó por algunos
días aquel infierno; pero después tornaron sus ministros a hacer otras grandes
maldades, robos y captiverios y ofensas grandes de Dios, e hoy no cesan de
hacerlas e cuasi tienen despobladas todas aquellas trecientas leguas, que
estaban (como se dijo) tan llenas y pobladas.
No bastaría a creer nadie ni tampoco a decirse los
particulares casos de crueldades que allí se han hecho. Sólo diré dos o tres
que me ocurrieron. Como andaban los tristes españoles con perros bravos
buscando e aperreando los indios, mujeres y hombres, una india enferma, viendo
que no podía huir de los perros, que no la hiciesen pedazos como hacían a los
otros, tomo una soga y atose al pie un niño que tenía de un año y ahorcóse de
una viga, e no lo hizo tan presto que no llegaran los perros y despedazaron el
niño, aunque antes que acabase de morir lo baptizó un fraile.
Cuando se salían los españoles de aquel reino dijo uno a
un hijo de un señor de cierto pueblo o provincia que se fuese con él; dijo el
niño que no quería dejar su tierra. Responde el español: "Vete conmigo; si
no, cortarte he las orejas." Dice el muchacho que no. Saca un puñal e
córtale una oreja y después la otra. Y diciéndole el muchacho que no quería
dejar su tierra, córtale las narices, riendo y como si le diera un repelón no
más.
Este hombre perdido se loó e jactó delante de un venerable
religioso, desvergonzadamente, diciendo que trabajaba cuanto podía por empreñar
muchas mujeres indias, para que, viéndolas preñadas, por esclavas le diesen más
precio de dinero por ellas.
En este reino o en una provincia de la Nueva España, yendo
cierto español con sus perros a caza de venados o de conejos, un día, no
hallando qué cazar, parescióle que tenían hambre los perros, y toma un muchacho
chiquito a su madre e con un puñal córtale a tarazones los brazos y las
piernas, dando a cada perro su parte; y después de comidos aquellos tarazones
échales todo el corpecito en el suelo a todos juntos. Véase aquí cuánta es la
insensibilidad de los españoles en aquellas tierras e cómo los ha traído Dios in
reprobus sensus, y en qué estima tienen a aquellas gentes, criadas a la imagen
de Dios e redimidas por su sangre. Pues peores cosas veremos abajo.
Dejadas infinitas e inauditas crueldades que hicieron los
que se llaman cristianos en este reino, que no basta juicio a pensallas, sólo
con esto quiero concluirlo: que salidos todos los tiranos infernales dél con el
ansia, que los tiene ciegos, de las riquezas del Perú, movióse el padre fray
Jacobo con cuatro religiosos de su orden de Sant Francisco a ir aquel reino a
apaciguar y predicar e traer a Jesucristo el rebusco de aquellas gentes que
restaban de la vendimia infernal y matanzas tiránicas que los españoles en
siete años habían perpetrado; e creo que fueron estos religiosos el año de
treinta y cuatro, enviándoles delante ciertos indios de la provincia de Méjico
por mensajeros, si tenían por bien que entrasen los dichos religiosos en sus
tierras a dalles noticia de un solo Dios, que era Dios y Señor verdadero de
todo el mundo. Entraron en consejo e hicieron muchos ayuntamientos, tomadas
primero muchas informaciones, qué hombres eran aquellos que se decían padres e
frailes, y qué era lo que pretendían y en qué difirían de los cristianos, de
quien tantos agravios e injusticias habían recebido. Finalmente, acordaron de
rescibirlos con que solos ellos y no españoles allá entrasen. Los religiosos se
lo prometieron, porque así lo llevaban concedido por el visorrey de la Nueva
España e cometido que les prometiesen que no entrarían más allí españoles, sino
religiosos, ni les sería hecho por los cristianos algún agravio.
Predicáronles el' evangelio de Cristo como suelen, y la
intinción sancta de los reyes de España para con ellos; e tanto amor y sabor
tomaron con la doctrina y ejemplo de los frailes e tanto se holgaron de las
nuevas de los reyes de Castilla (de los cuales en todos los siete años pasados
nunca los españoles les dieron noticia que había otro rey, sino aquél que allí
los tiranizaba y destruía), que a cabo de cuarenta días que los frailes habían
entrado e predicado, los señores de la tierra les trujeron y entregaron todos
sus ídolos que los quemasen, y después desto sus hijos para que los enseñasen,
que los quieren más que las lumbres de sus ojos, e les hicieron iglesias y
templos e casas, e los convidaban de otras provincias a que fuesen a
predicalles e dalles noticia de Dios y de aquel que decían que era gran rey de
Castilla. Y persuadidos de los frailes hicieron una cosa que nunca en las
Indias hasta hoy se hizo, y todas las que fingen por algunos de los tiranos que
allá han destruído aquellos reinos y grandes tierras son falsedad y mentira.
Doce o quince señores de muchos vasallos y tierras, cada uno por sí, juntando
sus pueblos, e tomando sus votos e consentimiento, se subjectaron de su propia
voluntad al señorío de los reyes de Castilla, rescibiendo al Emperador, como
rey de España, por señor supremo e universal; e hicieron ciertas señales como
firmas, las cuales tengo en mi poder con el testimonio de los dichos frailes.
Estando en este aprovechamiento de la fee, e con
grandísima alegría y esperanza los frailes de traer a Jesucristo todas las
gentes de aquel reino que de las muertes y guerras injustas pasadas habían
quedado, que aún no eran pocas, entraron por cierta parte dieciocho españoles
tiranos, de caballo, e doce de pie, que eran treinta, e traen muchas cargas de
ídolos tomados de otras provincias a los indios; y el capitán de los dichos
treinta españoles llama a un señor de la tierra por donde entraban e dícele que
tomase de aquellas cargas de ídolos y los repartiese por toda su tierra,
vendiendo cada ídolo por un indio o india para hacello esclavo, amenazándolo
que si no lo hacía que le había de hacer guerra. El dicho señor, por temor
forzado, destribuyó los ídolos por toda su tierra e mandó a todos sus vasallos
que los tomasen para adorallos, e le diesen indios e indias para dar a los
españoles para hacer esclavos. Los indios, de miedo, quien tenía dos hijos daba
uno, e quien tenía tres daba dos, e por esta manera complían con aquel tan
sacrílego comercio, y el señor o cacique contentaba los españoles si fueran
cristianos.
Uno destos ladrones impíos infernales llamado Juan García,
estando enfermo y propinco a la muerte, tenía debajo de su cama dos cargas de
ídolos, y mandaba a una india que le servía que mirasen bien que aquellos
ídolos que allí estaban no los diese a trueque de gallinas, porque eran muy
buenos, sino cada uno por un esclavo; y, finalmente, con este testamento y en
este cuidado ocupado murió el desdichado; ¿y quién duda que no esté en los
infiernos sepultado?
Véase y considérese agora aquí cuál es el aprovechamiento
y religión y ejemplos de cristiandad de los españoles que van a las Indias; qué
honra procuran a Dios; cómo trabajan que sea conoscido y adorado de aquellas
gentes; qué cuidado tienen de que por aquellas ánimas se siembre y crezca e
dilate su sancta fee, e júzguese si fué menor pecado este que el de Jeroboán: qui
peccare fecit Israel, haciendo los dos becerros de oro para que el pueblo
adorase, o si fué igual al de Judas, o que más escándalo causase. Estas, pues,
son las obras de los españoles que van a las Indias, que verdaderamente muchas
e infinitas veces, por la cudicia que tienen de oro, han vendido y venden hoy
en este día e niegan y reniegan a Jesucristo.
Visto por los indios que no había salido verdad lo que los
religiosos les habían prometido (que no habían de entrar españoles en aquellas
provincias, e que los mesmos españoles les traían ídolos de otras tierras a
vender, habiendo ellos entregado todos sus dioses a los frailes para que los
quemasen por adorar un verdadero Dios), alborótase e indígnase toda la tierra
contra los frailes e vanse a ellos diciendo: "¿Por qué nos habéis mentido,
engañándonos que no habían de entrar en esta tierra cristianos? ¿Y por qué nos
habéis quemado nuestros dioses, pues nos traen a vender otros dioses de otras
provincias vuestros cristianos? ¿Por ventura no eran mejores nuestros dioses
que los de las otras naciones?"
Los religiosos los aplacaron lo mejor que pudieron, no
teniendo qué responder. Vanse a buscar los treinta españoles e dícenles los
daños que habían hecho; requiérenles que se vayan: no quisieron, antes hicieron
entender a los indios que los mesmos frailes los habían hecho venir aquí, que
fue malicia consumada. Finalmente, acuerdan de matar los indios los frailes;
huyen los frailes una noche, por ciertos indios que los avisaron, y después de
idos, cayendo los indios en la inocencia e virtud de los frailes e maldad de
los españoles, enviaron mensajeros cincuenta leguas tras ellos rogándoles que
se tornasen e pidiéndoles perdón de la alteración que les causaron. Los
religiosos, como siervos de Dios y celosos de aquellas ánimas, creyéndoles,
tornáronse a la tierra e fueron rescebidos como ángeles, haciéndoles los indios
mil servicios y estuvieron cuatro o cinco meses después. Y porque nunca
aquellos cristianos quisieron irse de la tierra, ni pudo el visorrey con cuanto
hizo sacallos, porque está lejos de la Nueva España (aunque los hizo apregonar
por traidores), e porque no cesaban de hacer sus acostumbrados insultos y
agravios a los indios, paresciendo a los religiosos que tarde que temprano con
tan malas obras los indios se resabiarían e que quizá caerían sobre ellos,
especialmente que no podían predicar a los indios con quietud dellos e suya, e
sin continuos sobresaltos por las obras malas de los españoles, acordaron de
desmamparar aquel reino, e así quedó sin lumbre y socorro de doctrina, y
aquellas ánimas en la escuridad de ignorancia e miseria que estaban,
quitándoles al mejor tiempo el remedio y regadío de la noticia e conoscimiento
de Dios que iban ya tomando avidísimamente, como si quitásemos el agua a las
plantas recién puestas de pocos días; y esto por la inexpiable culpa e maldad
consumada de aquellos españoles.
DE LA PROVINCIA DE SANCTA MARTA
La provincia de Sancta Marta era tierra donde los indios
tenían muy mucho oro, porque la tierra es rica y las comarcas, e tenían
industria de cogello. Y por esta causa, desde el año de mil y cuatrocientos y
noventa y ocho hasta hoy, año de mil e quinientos e cuarenta y dos, otra cosa
no han hecho infinitos tiranos españoles sino ir a ella con navíos y saltear e
matar y robar aquellas gentes por roballes el oro que tenían y tornábanse en
los navíos que iban en diversas e muchas veces, en las cuales hicieron grandes
estragos y matanzas e señaladas crueldades, y esto comúnmente a la costa de la
mar e algunas leguas la tierra dentro, hasta el año de mil e quinientos e
veinte y tres. El año de mil e quinientos e veinte y tres fueron tiranos españoles
a estar de asiento allá; y porque la tierra, como dicho es, era rica,
suscedieron diversos capitanes, unos más crueles que otros, que cada uno
parecía que tenía hecha profesión de hacer más exhorbitantes crueldades y
maldades que el otro, porque saliese verdad la regla que arriba posimos.
El año de mil e quinientos e veinte y nueve, fué un gran
tirano muy de propósito y con mucha gente, sin temor alguno de Dios ni
compasión de humano linaje, el cual hizo con ella tan grandes estragos,
matanzas é impiedades, que a todos los pasados excedió: robó él y ellos muchos
tesoros en obra de seis o siete años que vivió. Después de muerto sin
confesión, y aun huyendo de la residencia que tenía, suscedieron otros tiranos
matadores y robadores, que fueron a consumir las gentes que de las manos y
cruel cuchillo de los pasados restaban. Estendiéronse tanto por la tierra
dentro, vastando y asolando grandes e muchas provincias, matando y captivando
las gentes dellas, por las maneras susodichas de las otras, dando grandes
tormentos a señores y a vasallos, porque descubriesen el oro y los pueblos que
lo tenían, excediendo como es dicho en las obras y número e calidad a todos los
pasados; tanto que desde el año dicho, de mil e quinientos y veinte y nueve
hasta hoy, han despoblado por aquella parte más de cuatrocientas leguas de
tierra que estaba así poblada como las otras.
Verdaderamente afirmo que si en particular hobiera de
referir las maldades, matanzas, despoblaciones, injusticias, violencias,
estragos y grandes pecados que los españoles en estos reinos de Sancta Marta
han hecho y cometido contra Dios, e contra el rey, e aquellas innocentes
naciones, yo haría una muy larga historia; pero esto quedarse ha para su tiempo
si Dios diere la vida. Sólo quiero aquí decir unas pocas de palabras de las que
escribe agora al Rey nuestro señor el obispo de aquella provincia, y es la
hecha de la carta a veinte de mayo del año de mil e quinientos e cuarenta y
uno, el cual entre otras palabras dice así:
"Digo, sagrado César, que el medio para remediar esta
tierra es que vuestra Majestad la saque ya de poder de padrastros y le dé
marido que la tracte como es razón y ella merece; y éste, con toda brevedad,
porque de otra manera, según la aquejan e fatigan estos tiranos que tienen
encargamiento della, tengo por cierto que muy aína dejará de ser,
etcétera." Y más abajo dice: "Donde conoscerá vuestra Majestad
claramente cómo los que gobiernan por estas partes merescen ser desgobernados
para que las repúblicas se aliviasen. Y si esto no se hace, a mi ver, no tienen
cura sus enfermedades. Y conoscerá también cómo en estas partes no hay
cristianos, sino demonios; ni hay servidores de Dios ni de rey, sino traidores
a su ley y a su rey. Porque en verdad quel mayor inconveniente que yo hallo
para traer los indios de guerra y hacellos de paz, y a los de paz al
conoscimiento de nuestra fee, es el áspero e cruel tractamiento que los de paz
resciben de los cristianos. Por lo cual están tan escabrosos e tan avispados
que ninguna cosa les puede ser más odiosa ni aborrecible que el nombre de
cristianos. A los cuales ellos en toda esta tierra llaman en su lengua yaces,
que quiere decir demonios: e sin duda ellos tienen razón, porque las obras que
acá obran ni son de cristianos ni de hombres que tienen uso de razón, sino de
demonios, de donde nace que como los indios veen este obrar mal e tan sin
piedad generalmente, así en las cabezas como en los miembros, piensan que los
cristianos lo tiene por ley y es autor dello su Dios y su rey. Y trabajar de
persuadirles otra cosa es querer agotar la mar y darles materia de reír y hacer
burla y escarnio de Jesucristo y su ley. Y como los indios de guerra vean este
tratamiento que se hace a los de paz, tienen por mejor morir de una vez que no
de muchas en poder de españoles. Sélo esto, invictísimo César, por experiencia
etcétera." Dice más abajo, en un capítulo: "Vuestra Majestad tiene
más servidores por acá de los que piensa, porque no hay soldados de cuantos acá
están que no osen decir públicamente que si saltea o roba, o destruye, o mata,
o quema los vasallos de vuestra Majestad porque le den oro, sirve a vuestra
Majestad, a título que dice que de allí le viene su parte a vuestra Majestad.
Y, por tanto, sería bien, cristianísimo César, que vuestra Majestad diese a
entender, castigando algunos rigurosamente, que no rescibe servicio en cosa que
Dios es deservido."
Todas las susodichas son formales palabras del dicho
obispo de Sancta Marta, por las cuales se verá claramente lo que hoy se hace en
todas aquellas desdichadas tierras y contra aquellas inocentes gentes. Llama
indios de guerra los que están y se han podido salvar, huyendo de las matanzas
de los infelices españoles, por los montes. Y los de paz llama los que, después
de muertas infinitas gentes, ponen en la tiránica y horrible servidumbre arriba
dicha, donde al cabo los acaban de asolar y matar, como parece por las dichas
palabras del obispo; y en verdad que explica harto poco lo que aquéllos
padecen.
Suelen decir los indios de aquella tierra, cuando los
fatigan llevándolos con cargas por las sierras, si caen y desmayan de flaqueza
e trabajo, porque allí les dan de coces y palos e les quiebran los dientes con
los pomos de las espadas porque se levanten y anden sin resollar: "Andá,
que sois malos; no puedo más; mátame aquí, que aquí quiero quedar muerto."
Y esto dícenlo con grandes sospiros y apretamiento del pecho mostrando grande
angustia y dolor. ¡Oh, quién pudiese dar a entender de cient partes una de las
afliciones e calamidades que aquellas innocentes gentes por los infelices
españoles padecen! Dios sea, aquel que lo dé a entender a los que lo puedan y
deben remediar.
DE LA PROVINCIA DE CARTAGENA
Esta provincia de Cartagena está más abajo cincuenta
leguas de la de Sancta Marta, hacia el Poniente, e junto con ella la del Cenú
hasta el golfo de Urabá, que ternán sus cient leguas de costa de mar, e mucha
tierra la tierra dentro, hacia el Mediodía. Estas provincias han sido
tractadas, angustiadas, muertas, despobladas y asoladas, desde el año de mil e
cuatrocientos y noventa y ocho o nueve hasta hoy, como las de Sancta Marta, y
hechas en ellas muy señadas crueldades y muertes y robos por los españoles, que
por acabar presto esta breve suma no quiero decir en particular, y por referir
las maldades que en otras agora se hacen.
DE LA
COSTA DE LAS PERLAS Y DE PARIA
Y LA
ISLA DE LA TRINIDAD
Desde la
costa de Paria hasta el golfo de Venezuela, exclusive, que habrá docientas
leguas, han sido grandes e señaladas las destruiciones que los españoles han
hecho en aquellas gentes, salteándolos y tomándolos los más que podían a vida
para vendellos por esclavos. Muchas veces, tomándolos sobre seguro y amistad
que los españoles habían con ellos tratado, no guardándoles fee ni verdad,
rescibiéndolos en sus casas como a padres y a hijos, dándoles y sirviéndoles
con cuanto tenían y podían. No se podrían cierto fácilmente decir ni encarecer,
particularizadamente, cuáles y cuántas han sido las injusticias, injurias,
agravios y desafueros que las gentes de aquella costa, de los españoles han recebido
desde el año de mil e quinientos y diez hasta hoy. Dos o tres quiero decir
solamente, por las cuales se juzguen otras innumerables en número y fealdad que
fueron dignas de todo tormento y fuego.
En la isla
de la Trinidad, que es mucho mayor que Sicilia e más felice, questá pegada con
la tierra firme por la parte de Paria, e que la gente della es de la buena y
virtuosa en su género que hay en todas las Indias, yendo a ella un salteador el
año de mil e quinientos e dieciséis con otros sesenta o setenta acostumbrados
ladrones, publicaron a los indios que se venían a morar y vivir a aquella isla
con ellos. Los indios rescibiéronlos como si fueran sus entrañas e sus hijos,
sirviéndoles señores e súbditos con grandísima afectión y alegría, trayéndoles
cada día de comer tanto que les sobraba para que comieran otros tantos; porque
esta es común condición e liberalidad de todos los indios de aquel Nuevo Mundo:
dar excesivamente lo que han menester los españoles e cuanto tienen. Hácenles
una gran casa de madera en que morasen todos, porque así la quisieron los
españoles, que fuese una no más, para hacer lo que pretendía hacer e hicieron.
Al tiempo
que ponían la paja sobre las varas o madera e habían cobrido obra de dos
estados, porque los de dentro no viesen a los de fuera, so color de dar priesa
a que se acabase la casa, metieron mucha gente dentro della, e repartiéronse
los españoles, algunos fuera, alrededor de la casa con sus armas, para los que
se saliesen, y otros dentro. Los cuales echan mano a las espadas e comienzan
amenazar los indios desnudos que no se moviesen, si no, que los matarían, e
comenzaron a atar, y otros que saltaron para huir, hicieron pedazos con las
espadas. Algunos que salieron heridos y sanos e otros del pueblo que no habían
entrado, tomaron sus arcos e flechas e recógense a otra casa del pueblo para se
defender, donde entraron ciento o doscientos dellos e defendiendo la puerta;
pegan los españoles fuego a la casa e quémanlos todos vivos. Y con su presa,
que sería de ciento y ochenta o docientos hombres que pudieron atar, vanse a su
navío y alzan las velas e van á la isla de San Juan, donde venden la mitad por
esclavos, e después a la Española, donde vendieron la otra.
Reprendiendo
yo al capitán desta tan insigne traición e maldad, a la sazón en la mesma isla
de Sant Juan, me respondió: "Andá señor, que así me lo mandaron e me lo
dieron por instrucción los que me enviaron, que cuando no pudiese tomarlos por
guerra que 1 s tomase por paz." Y en verdad que me dijo que en toda su vida
había hallado padre ni madre, sino en la isla de la Trinidad, según las buenas
obras que los indios le habían hecho esto dijo para mayor confusión suya e
agravamiento de su pecados. Destas han hecho en aquella tierra firme infinitas,
tomándolos e captivándolos sobre seguro. Véase qué obras son estas y si
aquellos indios ansí tomados si serán justamente hechos esclavos.
Otra vez,
acordando los frailes de Sancto Domingo, nuestra orden de ir a predicar e
convertir aquellas gentes que carescían de remedio e lumbre de doctrina para
salvar sus ánimas, como lo están hoy las Indias, enviaron un religioso
presentado en teología de gran virtud y sanctidad, con un fraile lego su
compañero, para que viese la tierra y tractase la gente e buscase lugar apto
para hacer monasterios. Llegados los religiosos, recibiéronlos los indios como
ángeles del cielo y óyenlos con gran afectión y atención e alegría las palabras
que pudieron entonces darles a entender, más por señas que por habla, porque no
sabían la lengua. Acaesció venir por allí un navío, después de ido el que allí
los dejó; y los españoles dél, usando de su infernal costumbre, traen por
engaño, sin saberlo los religiosos, al señor de aquella tierra, que se llamaba
don Alonso, o que los frailes le habían puesto este nombre, o otros españoles,
porque los indios son amigos e cudiciosos de tener nombre de cristiano e luego
lo piden que se lo den, aun antes que sepan nada para ser bactizados. Así que
engañan al dicho don Alonso para que entrase en el navío con su mujer e otras
ciertas personas, y que les harían allá fiesta. Finalmente, que entraron diez y
siete personas con el señor y su mujer, con confianza que los religiosos
estaban en su tierra y que los españoles por ellos no harían alguna maldad,
porque de otra manera no se fiaran dellos. Entrados los indios en el navío,
alzan las velas los traidores e viénense a la isla Española y véndenlos por
esclavos.
Toda la
tierra, como veen su señor y señora llevados, vienen a los frailes e quiérenlos
matar. Los frailes, viendo tan gran maldad, queríanse morir de angustia, y es
de creer que dieran antes sus vidas que fuera tal injusticia hecha,
especialmente porque era poner impedimento a que nunca aquellas ánimas pudiesen
oír ni creer la palabra de Dios. Apaciguáronlos lo mejor que pudieron y
dijéronles que con el primer navío que por allí pasase escribirían a la isla
Española, y que harían que les tornasen su señor y los demás que con él
estaban. Trujo Dios por allí luego un navío para más confirmación de la
dannación de los que gobernaban, y escribieron a los religiosos de la Española:
en él claman, protestan una y muchas veces; nunca quisieron los oidores
hacerles justicia, porque entre ellos mesmos estaban repartidos parte de los
indios que ansí tan injusta y malamente habían prendido los tiranos.
Los dos
religiosos, que habían prometido a los indios de la tierra que dentro de cuatro
meses vernía su señor don Alonso con los demás, viendo que ni en cuatro ni en
ocho vinieron, aparejáronse para morir y dar la vida a quien la habían ya antes
que partiesen ofrecido. Y así los indios tomaron venganza dellos justamente
matándolos, aunque innocentes, porque estimaron que ellos habían sido causa de
aquella traición; y porque vieron que no salió verdad lo que dentro de los
cuatro meses les certificaron e prometieron; y porque hasta entonces ni aun
hasta agora no supieron ni saben hoy que haya diferencia de los frailes a los
tiranos y ladrones y salteadores españoles por toda aquella tierra. Los
bienaventurados frailes padescieron injustamente, por la cual injusticia
ninguna duda hay que, según nuestra fee sancta, sean verdaderos mártires e
reinen hoy con Dios en los cielos, bienaventurados, como quiera que allí fuesen
enviados por la obediencia y llevasen intención de predicar e dilatar la sancta
fee e salvar todas aquellas ánimas, e padescer cualesquiera trabajos y muerte
que se les ofresciese por Jesucristo crucificado.
Otra vez,
por las grandes tiranías y obras nefandas de los cristianos malos, mataron los
indios otros dos frailes de Sancto Domingo, e uno de Sant Francisco, de que yo
soy testigo, porque me escapé de la mesma muerte por milagro divino, donde
había harto que decir para espantar los hombres según la gravedad e
horribilidad del caso. Pero por ser largo no lo quiero aquí decir hasta su tiempo,
y el día del juicio será más claro, cuando Dios tomare venganza de tan
horribles e abominables insuItos como hacen en las Indias los que tienen nombre
de cristianos.
Otra vez, en
estas provincias, al cabo que dicen de la Codera, estaba un pueblo cuyo señor
se llamaba Higueroto, nombre propio de la persona o común de los señores dél.
Este era tan bueno e su gente tan virtuosa, que cuantos españoles por allí en
los navíos venían hallaban reparo, comida, descanso y todo consuelo y
refrigerio, e muchos libró de la muerte que venían huyendo de otras provincias
donde habían salteado y hecho muchas tiranías e males, muertos de hambre, que
los reparaba y enviaba salvos a la isla de las Perlas, donde había población de
cristianos, que los pudiera matar sin que nadie los supiera y no lo hizo; e,
finalmente, llamaban todos los cristianos a aquel pueblo de Higueroto el mesón
y casa de todos.
Un
malaventurado tirano acordó de hacer allí salto, como estaban aquellas gentes
tan seguras. Y fue allí con un navío e convidó a mucha gente que entrase en el
navío, como solía entrar y fiarse en los otros. Entrados muchos hombres e
mujeres y niños alzó las velas e vínose a la isla de Sant Juan, donde los
vendió todos por esclavos, e yo llegué entonces a la dicha isla e vide al dicho
tirano, y supe allí lo que había hecho. Dejó destruído todo aquel pueblo, y a
todos los tiranos españoles que por aquella costa robaban e salteaban les pesó
y abominaron este tan espantoso hecho, por perder el abrigo y mesón que allí
tenían como si estuvieran .en sus casas.
Digo que
dejo de decir inmensas maldades e casos espantosos que desta manera por
aquellas tierras se han hecho e hoy en este día hacen.
Han traído a
la isla Española y a la de Sant Juan, de toda aquella costa, que estaba poblatísima,
más de dos cuentos de ánimas salteadas, que todas también las han muerto en las
dichas islas echándolos, a las minas y en los otros trabajos, allende de las
multitúdines que en ellas, como arriba decimos, había. Y es una gran lástima y
quebramiento de corazón de ver aquella costa de tierra felicísima toda desierta
y despoblada.
Es esta
averiguada verdad, que nunca traen navío cargado de indios, así robados y
salteados, como he dicho, que no echan a la mar muertos la tercia parte de los
que meten dentro, con los que matan por tomallos en sus tierras. La causa es
porque como para conseguir su fin es menester mucha gente para sacar más
dineros por más esclavos, e no llevan comida ni agua sino poca, por no gastar
los tiranos que se llaman armadores, no basta apenas sino poco más de para los
españoles que van en el navío para saltear y así falta para los tristes, por lo
cual mueren de hambre y sed, y el remedio es dar con ellos en la mar. Y en
verdad que me dijo hombre dellos que desde las islas de los. Lucayos, donde se
hicieron grandes estragos desta manera, hasta la isla Española, que son sesenta
o setenta leguas, fuera un navío sin aguja y sin carta de marear, guiándose
solamente por el rastro de los indios que quedaban en la mar echados del navío
muertos.
Después,
desque los desembarcaran en la isla donde los llevan a vender, es para quebrar
el corazón de cualquiera que alguna señal de piedad tuviere, verlos desnudos y
hambrientos, que se caían de desmayados de hambre niños y viejos, hombres y
mujeres. Después, como a unos corderos los apartan padres de hijos e mujeres de
maridos, haciendo manadas dellos de a diez y de a veinte personas y echan
suertes sobrellos, para que lleven sus partes los infelices armadores, que son
los que ponen su parte de dineros para hacer el armada de dos y de tres navíos,
e para los tiranos salteadores que van a tomallos y salteallos en sus casas. Y
cuando cae la suerte en la manada donde hay algún viejo o enfermo, dice el
tirano a quien cabe: "Este viejo dadlo al diablo. ¿Para qué me lo dais,
para que lo entierre? Este enfermo ¿para qué lo tengo que llevar, para
curallo?" Véase aquí en qué estiman los españoles a los indios e si
cumplen el precepto divino del amor del prójimo, donde pende la Ley y los
Profetas.
La tiranía
que los españoles ejercitan contra los indios en el sacar o pescar de las
perlas es una de las crueles e condenadas cosas que pueden ser en el mundo. No
hay vida infernal y desesperada en este siglo que se le pueda comparar, aunque
la de sacar el oro en las minas sea en su género gravísima y pésima. Métenlos
en la mar en tres y en cuatro e cinco brazas de hondo, desde la mañana hasta
que se pone el sol; están siempre debajo del agua nadando, sin resuello,
arrancando las ostras donde se crían las perlas. Salen con unas redecillas
llenas dellas a lo alto y a resollar, donde está un verdugo español en una
canoa o barquillo, e si se tardan en descansar les da de puñadas y por los
cabellos los echa al agua para que tornen a pescar. La comida es pescado, y del
pescado que tienen las perlas, y pan cazabi, e algunos maíz (que son los panes
de allá): el uno de muy poca sustancia y el otro muy trabajoso de hacer, de los
cuales nunca se hartan. Las camas que les dan a la noche es echallos en un cepo
en el suelo, porque no se les vayan. Muchas veces, zabúllense en la mar a su
pesquería o ejercico de las perlas y nunca tornan a salir (porque los tiburones
e marrajos, que son dos especies de bestias marinas crudelísimas que tragan un
hombre entero, los comen y matan).
Véase aquí si
guardan los españoles, que en esta granjería de perlas andan desta manera, los
preceptos divinos del amor de Dios y del prójimo, poniendo en peligro de muerte
temporal y también del ánima, porque mueren sin fee e sin sacramentos, a sus
prójimos por su propia cudicia. Y lo otro, dándoles tan horrible vida hasta que
los acaban e consumen en breves días. Porque vivir los hombres debajo del agua
sin resuello es imposible mucho tiempo, señaladamente que la frialdad continua
del agua los penetra, y así todos comúnmente mueren de echar sangre por la
boca, por el apretamiento del pecho que hacen por causa de estar tanto tiempo e
tan continuo sin resuello, y de cámaras que causa la frialdad. Conviértense los
cabellos, siendo ellos dé su natura negros, quemados como pelos de lobos
marinos, y sáleles por la espalda salitre, que no parecen sino monstruos en
naturaleza de hombres de otra especie.
En este incomportable
trabajo, o por mejor decir ejercicio del infierno, acabaron de consumir a todos
los indios lucayos que había en las islas cuando cayeron los españoles en esta
granjería; e valía cada uno cincuenta y cient castellanos, y los vendían
públicamente, aun habiendo sido prohibido por las justicias mesmas, aunque
injustas por otra parte, porque los lucayos eran grandes nadadores. Han muerto
también allí otros muchos sinnúmero de otras provincias y partes.
DEL RIO YUYAPARI
Por la provincia de Paria sube un río que se llama Yuyapari, más de
docientas leguas la tierra arriba; por él subió un triste tirano muchas leguas
el año de mil e quinientos e veinte y nueve con cuatrocientos o más hombres, e
hizo matanzas grandísimas, quemando vivos y metiendo a espada infinitos
innocentes que estaban en sus tierras y casas sin hacer mal a nadie,
descuidados, e dejó abrasada e asombrada y ahuyentada muy gran cantidad de
tierra. Y, en fin, él murió mala muerte y desbaratóse su armada; y después,
otros tiranos sucedieron en aquellos males e tiranías, e hoy andan por allí
destruyendo e matando e infernando las ánimas que el Hijo de Dios redimió con
su sangre.
DEL REINO DE VENEZUELA
En el año de
mil e quinientos e veinte y seis, con engaños y persuasiones dañosas que se
hicieron al Rey nuestro señor, como siempre se ha trabajado de le encubrir la
verdad de los daños y perdiciones que Dios y las ánimas y su estado rescibían
en aquellas Indias, dió e concedió un gran reino, mucho mayor que toda España,
que es el de Venezuela, con la gobernación e jurisdición total, a los
mercaderes de Alemaña, con cierta capitulación e concierto o asiento que con
ellos se hizo. Estos, entrados con trecientos hombres o más en aquellas
tierras, hallaron aquellas gentes mansísimas ovejas, como y mucho más que los
otros las suelen hallar en todas las partes de las Indias antes que les hagan
daño los españoles. Entraron en ellas, más pienso, sin comparación, cruelmente
que ninguno de los otros tiranos que hemos dicho, e más irracional e
furiosamente que crudelísimos tigres y que rabiosos lobos y leones. Porque con
mayor ansia y ceguedad rabiosa de avaricia y, más exquisitas maneras e
industrias para haber y robar plata y oro que todos los de antes, pospuesto
todo temor a Dios y al rey e vergüenza de las gentes, olvidados que eran
hombres mortales, como más libertados, poseyendo toda la jurisdicción de la tierra,
tuvieron.
Han asolado,
destruído y despoblado estos demonios encarnados más de cuatrocientas leguas de
tierras felicísimas, y en ellas grandes y admirables provincias, valles de
cuarenta leguas, regiones amenísimas, poblaciones muy grandes, riquísimas de
gentes y oro. Han muerto y despedazado totalmente grandes y diversas naciones,
muchas lenguas que no han dejado persona que las hable, si no son algunos que
se habrán metido en las cavernas y entrañas de la tierra huyendo de tan extraño
e pestilencial cuchillo. Más han muerto y destruído y echado a los infiernos de
aquellas innocentes generaciones, por estrañas y varias y nuevas maneras de
cruel iniquidad e impiedad (a lo que creo) de cuatro y cinco cuentos de ánimas;
e hoy, en este día, no cesan actualmente de las echar. De infinitas e inmensas
injusticias, insultos y estragos que han hecho e hoy hacen, quiero decir tres o
cuatro no más, por los cuales se podrán juzgar los que, para efectuar las
grandes destruiciones y despoblaciones que arriba decimos, pueden haber hecho.
Prendieron al señor
supremo de toda aquella provincia sin causa ninguna, más de por sacalle oro
dándole tormentos; soltóse y huyó, e fuése a los montes y alborotóse, e
amedrentóse toda la gente de la tierra, escondiéndose por los montes y breñas;
hacen entradas los españoles contra ellos para irlos a buscar; hállanlos; hacen
crueles matanzas, e todos los que toman a vida véndenlos en públicas almonedas
por esclavos. En muchas provincias, y en todas donde quiera que llegaban, antes
que prendiesen al universal señor, los salían a rescibir con cantares y bailes
e con muchos presentes de oro en gran cantidad; el pago que les daban, por
sembrar su temor en toda aquella tierra, hacíalos meter a espada e hacellos
pedazos.
Una vez,
saliéndoles a rescibir de la manera dicha, hace el capitán, alemán tirano,
meter en una gran casa de paja mucha cantidad de gente y hácelos hacer pedazos.
Y porque la casa tenía unas vigas en lo alto, subiéronse en ellas mucha gente
huyendo de las sangrientas manos de aquellos hombres o bestias sin piedad y de
sus espadas: mandó el infernal hombre pegar fuego a la casa, donde todos los
que quedaron fueron quemados vivos. Despoblóse por esta causa gran número de
pueblos, huyéndose toda la gente por las montañas, donde pensaban salvarse.
Llegaron a
otra gran providencia, en los confines de la provincia e reino de Sancta Marta;
hallaron los indios en sus casas, en sus pueblos y haciendas, pacíficos e
ocupados. Estuvieron mucho tiempo con ellos comiéndoles sus haciendas e los indios
sirviéndoles como si las vidas y salvación les hobieran de dar, e sufriéndoles
sus continuas opresiones e importunidades ordinarias, que son intolerables, y
que come más un tragón español en un día que bastaría para un mes en una casa
donde haya diez personas de indios. Diéronles en este tiempo mucha suma de oro,
de su propia voluntad, con otras innumerables buenas obras que les hicieron. A1
cabo que ya se quisieron los tiranos ir, acordaron de pagarles las posadas por
esta manera. Madó el tirano alemán, gobernador (y también, a lo que creemos,
hereje, porque ni oía misa ni la dejaba de oír a muchos, con otros indicios de
luterano que se le conoscieron), que prendiesen a todos los indios con sus
mujeres e hijos que pudieron, e métenlos en un corral grande o cerca de palos
que para ellos se hizo, e hízoles saber que el que quisiese salir y ser libre
que se había de rescatar de voluntad del inicuo gobernador, dando tanto oro por
sí e tanto por su mujer e por cada hijo. Y por más los apretar mandó que no les
metiesen alguna comida hasta que les trujesen el oro que les pedía por su
rescate. Enviaron muchos a sus casas por oro y rescatábanse según podían;
soltábamos e íbanse a sus labranzas y casas a hacer su comida: enviaba el
tirano ciertos ladrones salteadores españoles que tornasen a prender los
tristes indios rescatados una vez; traíanlos al corral, dábanles el tormento de
la hambre y sed hasta que otra vez se rescatasen. Hobo destos muchos que dos o
tres veces fueron presos y rescatados; otros que no podían ni tenían tanto,
porque lo habían dado todo e1 oro que poseían, los dejó en el corral perecer
hasta que murieron de hambre.
Desta dejó
perdida y asolada y despoblada una provincia riquísima de gente y oro que tiene
un valle de cuarenta leguas, y en ella quemó pueblo que tenía mil casas.
Acordó este
tirano infernal de ir la tierra dentro, con cu dicia e ansia de descubrir por
aquella parte el infierno del Perú. Para este infelice viaje llevó él y los
demás infinitos indios cargados con cargas de tres y cuatro arrobas, ensartados
en cadenas. Cansábase alguno o desmayaba de hambre y del trabajo e flaqueza.
Cortábanle luego la cabeza por la collera de la cadena, por no pararse a
desensartar los otros que iban en los colleras de más afuera, e caía la cabeza a
una parte y el cuerpo a otra e repartían la carga de éste sobre las que
llevaban los otros. Decir las provincias que asoló, las ciudades e lugares que
quemó, porque son todas las casas de paja; las gentes que mató, las crueldades
que en particulares matanzas que hizo perpetró en este camino, no es cosa
creíble, pero espantable y verdadera. Fueron por allí después, por aquellos
caminos, otros tiranos que sucedieron de la mesma Venezuela, e otros de la
provincia de Sancta Marta, con la mesma sancta intención de descubrir aquella
casa sancta del oro del Perú, y hallaron toda la tierra más de docientas leguas
tan quemada y despoblada y desierta, siendo poblatísima e felicísima como es
dicho, que ellos mesmos, aunque tiranos e crueles, se admiraron y espantaron de
ver el rastro por donde aquél había ido, de tan lamentable perdición.
Todas estas
cosas están probadas con muchos testigos por el fiscal del Consejo de las
Indias, e la probanza está en el mesmo Consejo, e nunca quemaron vivos a
ningunos destos tan nefandos tiranos. Y no es nada lo que está probado con los
grandes estragos y males que aquellos han hecho, porque todos los ministros de
la justicia que hasta hoy han tenido en las Indias, por su grande y mortífera
ceguedad no se han ocupado en examinar los delictos y perdiciones e matanzas
que han hecho e hoy hacen todos los tiranos de las Indias, sino en cuanto dicen
que por haber fulano y fulano hecho crueldades a los indios ha perdido el rey
de sus rentas tantos mil castellanos; y para argüir esto poca probanza y harto
general e confusa les basta. Y aun esto no saben averiguar, ni hacer, ni
encarecer como deben, porque si hiciesen lo que deben a Dios y al rey hallarían
que los dichos tiranos alemanes más han robado al rey de tres millones de
castellanos de oro. Porque aquellas provincias de Venezuela, con las que más
han estragado, asolado y despoblado más de cuatrocientas leguas (como dije), es
la tierra más rica y más próspera de oro y era de población que hay en el
mundo. Y más renta le han estorbado y echado a perder, que tuvieran los reyes
de España de aquel reino, de dos millones, en diez y seis años que ha que los
tiranos enemigos de Dios y del rey las comenzaron a destruir. Y estos daños, de
aquí a la fin del mundo no hay esperanza de ser recobrados, si no hiciese Dios
por milagro resuscitar tantos cuentos de ánimas muertas. Estos son los daños
temporales del rey: sería bien considerar qué tales y qué tantos son los daños,
deshonras, blasfemias, infamias de Dios y de su ley, y con qué se recompensarán
tan innumerables ánimas como están ardiendo en los infiernos por la cudicia e
inmanidad de aquestos tiranos animales o alemanes.
Con sólo
esto quiero su infidelidad e ferocidad concluir: que desde que en la tierra
entraron hasta hoy, conviene a saber, estos diez y seis años, han enviado
muchos navíos cargados e llenos de indios por la mar a vender a Sancta Marta e
a la isla Española e Jamaica y la isla de Sant Juan por esclavos, más de un
cuento de indios, e hoy en este día los envían, año de mil e quinientos e
cuarenta y dos, viendo y disimulando el Audiencia real de la isla Española,
antes favoresciéndolo, como todas las otras infinitas tiranías e perdiciones
(que se han hecho en toda aquella costa de tierra firme, que son más de
cuatrocientas leguas que han estado e hoy están estas de Venezuela y Sancta
Marta debajo de su jurisdición) que pudieran estorbar e remediar. Todos estos
indios no ha habido más causa para los hacer esclavos de sola perversa, ciega e
obstinada voluntad, por cumplir con su insaciable cudicia de dineros de
aquellos avarísimos tiranos como todos los otros siempre en todas las Indias
han hecho, tomando aquellos corderos y ovejas de sus casas e a sus mujeres e
hijos por las maneras crueles y nefarias ya dichas, y echalles el hierro del rey
para venderlos por esclavos.
DE LAS PROVINCIAS DE LA TIERRA FIRME POR LA
PARTE QUE SE LLAMA LA FLORIDA
A estas
provincias han ido tres tiranos en diversos tiempos, desde el año de mil e
quinientos y diez o de once, a hacer las obras que los otros e los dos dellos
en las otras partes de las Indias han cometido, por subir a estados
desproporcionados de su merescimiento, con la sangre e perdición de aquellos
sus prójimos. Y todos tres han muerto mala muerte, con destrución de sus
personas e casas que habían edificado de sangre de hombres en otro tiempo
pasado, como yo soy testigo de todos tres, y su memoria está ya raída de la haz
de la tierra, como si no hubieran por esta vida pasado. Dejaron toda la tierra
escandalizada e puesta en la infamia y horror de su nombre con algunas matanzas
que hicieron, pero no muchas, porque los mató Dios antes que más hiciesen,
porque les tenía guardado para allí el castigo de los males que yo sé e vide
que en otras partes de las Indias habían perpetrado.
El cuarto
tirano fué agora postreramente, el año de mil y quinientos e treinta y ocho,
muy de propósito e con mucho aparejo; ha tres años que no saben dél ni parece:
somos ciertos que luego en entrando hizo crueldades y luego desapareció, e que
si es vivo él y su gente, que en estos tres años ha destruído grandes e muchas
gentes si por fonde fué las halló, porque es de los marcados y experimentados e
de los que más daños y males y destruiciones de muchas provincias e reinos con
otros sus compañeros ha hecho. Pero más creemos que le ha dado Dios el fin que
a los otros ha dado.
Después de
tres o cuatro años de escripto lo susodicho, salieron de la tierra Florida el
resto de los tiranos que fué con aqueste tirano mayor que muerto dejaron; de
los cuales supimos las inauditas crueldades y maldades que allí en vida,
principalmente dél y después de su infelice muerte los inhumanos hombres en
aquellos innocentes y a nadie dañosos indios perpetraron; porque no saliese
falso lo que arriba yo había adevinado. Y son tantas, que afirmaron la regla
que arriba al principio pusimos: que cuanto más procedían en descubrir y
destrozar y perder gentes y tierras, tanto más señaladas crueldades e
iniquidades contra Dios y sus prójimos perpetraban. Estamos enhastiados de
contar tantas e tan execrables y horribles e sangrientas obras, no de hombres,
sino de bestias fieras, e por eso no he querido detenerme en contar más de las
siguientes.
Hallaron
grandes poblaciones de gentes muy bien dispuestas, cuerdas, políticas y bien
ordenadas. Hacían en ellos grandes matanzas (como suelen) para entrañar su
miedo en los corazones de aquellas gentes. Afligíanlos y matábanlos con
echalles cargas como a bestias. Cuando alguno cansaba o desmayaba, por no
desensartar de la cadena donde los llevaban en colleras otros que estaban antes
de aquél, cortábanle la cabeza por el pescuezo e caía el cuerpo a una parte y
la cabeza a otra, como de otras partes arriba contamos.
Entrando en
un pueblo donde los rescibieron con alegría e les dieron de comer hasta hartar
e más de seisciento indios para acémilas de sus cargas e servicio de sus
caballos, salidos de los tiranos, vuelve un capitán deudo del tirano mayor a
robar todo el pueblo estando seguros, e mató a lanzadas al señor rey de la
tierra e hizo otras crueldades. En otro pueblo grande, porque les pareció que
estaban un poco los vecinos dél más recatados por las infames y horribles obras
que habían oído dellos, metieron a espada y lanza chicos y grandes, niños y
viejos, súbditos y señores, que no perdonaron a nadie.
A mucho
número de indios, en especial a más de docientos juntos (según se dice), que
enviaron a llamar de cierto pueblo, o ellos vinieron de su voluntad, hizo
cortar el tirano mayor desde las narices con los labrios hasta la barba todas
las caras, dejándolas rasas; y así, con aquella lástima y dolor e amargura,
corriendo sangre, los enviaron a que llevasen las nuevas de las obras y
milagros que hacían aquellos predicadores de la santa fe católica baptizados.
Júzguese agora qué tales estarán aquellas gentes, cuánto amor ternán a los
cristianos y cómo creerán ser el Dios que tienen bueno e justo, y la ley e
religión, que profesan y de que se jactan, inmaculada. Grandísimas y
estrañísimas son las maldades que allí cometieron aquellos infelices hombres,
hijos de perdición. Y así, el más infelice capitán murión con malaventurado,
sin confesión, e no dudamos sino que fué sepultado en los infiernos, si quizá
Dios ocultamente no 1e proveyó, según su divina misericordia e no según los
deméritos dél, por tan execrables maldades.
DEL RIO DE LA PLATA
Desde el año
de mil e quinientos y veinte y dos o veinte y tres han ido al Río de la Plata,
donde hay grandes reinos e provincias, y de gentes muy dispuestas e razonables,
tres o cuatro veces capitanes. En general, sabemos que han hecho muertes e
daños; en particular, como está muy a trasmano de lo que más se tracta de las
Indias, no sabemos cosas que decir señaladas. Ninguna duda empero tenemos que
no hayan hecho y hagan hoy las mesmas obras que en las otras partes se han
hecho y hacen. Porque son los mesmos españoles y entre ellos hay de los que se
han hallado en las otras, y porque van a ser ricos e grandes señores como los
otros, y esto es imposible que pueda ser, sino con perdición e matanzas y robos
e diminución de los indios, según la orden e vía perversa que aquéllos como los
otros llevaron.
Después que
lo dicho se escribió, supimos muy con verdad que han destruído y despoblado
grandes provincias y reinos de aquella tierra, haciendo extrañas matanzas y
crueldades en aquellas desventuradas gentes, con las cuales se han señalado
como los otros y más que otros, porque han tenido más lugar por estar más lejos
de España, y han vivido más sin orden e justicia, aunque en todas las Indias no
la hubo, como parece por todo lo arriba relatado.
Entre otras
infinitas se han leído en el Consejo de las Indias las que se dirán abajo. Un
tirano gobernador dió mandamiento a cierta gente suya que fuese a ciertos
pueblos de indios e que si no les diesen de comer los matasen a todos. Fueron
con esta auctoridad, y porque los indios como a enemigos suyos no se lo
quisieron dar, más por miedo de vellos y por huíllos que por falta de
liberalidad, metieron a espada sobre cinco mil ánimas.
Item,
viniéronse a poner en sus manos y a ofrecerse a su servicio cierto número de
gentes de paz, que por ventura ellos enviaron a llamar, y porque o no vinieron
tan presto o porque como suelen y es costumbre dellos vulgada, quisieron en
ellos su horrible miedo y espanto arraigar, mandó el gobernador que los
entregasen a todos en manos de otros indios que aquéllos tenían por sus
enemigos. Los cuales, llorando y clamando rogaban que los matasen ellos e no
los diesen a sus enemigos; y no queriendo salir de la casa donde estaban, los
hicieron pedazos, clamando y diciendo: «Venimos a serviros de paz e matáisnos;
nuestra sangre quede por estas paredes en testimonio de nuestra injusta muerte
y vuestra crueldad.» Obra fué ésta, cierto, señalada e dina de considerar e
mucho más de lamentar.
DE LOS GRANDES REINOS
Y GRANDES PROVINCIAS DEL PERU
En el año de
mil e quinientos e treinta y uno fué otro tirano grande con cierta gente a los
reinos del Perú, donde entrando con el título e intención e con los principios
que los otros todos pasados (porque era uno de los que se habían más ejercitado
e más tiempo en todas las crueldades y estragos que en la tierra firme desde el
año de mil e quinientos y diez se habían hecho), cresció en crueldades y
matanzas y robos, sin fee ni verdad, destruyendo pueblos, apocando, matando las
gentes dellos e siendo causa de tan grandes males que han sucedido en aquellas
tierras, que bien somos ciertos que nadie bastará a referillos y encarecellos,
hasta que los veamos y conozcamos claros el día del Juicio; y de algunos que
quería referir la deformidad y calidades y circunstancias que los afean y
agravian, verdaderamente yo no podré ni sabré encarecer.
En su
infelice entrada mató y destruyó algunos pueblos e les robó mucha cantidad de
oro. En una isla que está cerca de las mesmas provincias, que se llama Pugna,
muy poblada e graciosa, e rescibiéndole el señor y gente della como a ángeles
del cielo, y después de seis meses habiéndoles comido todos sus bastimentos, y
de nuevo descubriéndoles los trojes del trigo que tenían para sí e sus mujeres
e hijos los tiempos de seca y estériles, y ofreciéndoselas con muchas lágrimas
que las gastasen e comiesen a su voluntad, el pago que les dieron a la fin fué
que los metieron a espada y alancearon mucha cantidad de gentes dellas, y los
que pudieron tomar a vida hicieron esclavos con grandes y señaladas crueldades
otras que en ellas hicieron, dejando casi despoblada la dicha isla.
De allí
vanse a la provincia de Tumbala (sic) ques en la tierra firme, e matan y
destruyen cuantos pudieron. Y porque de sus espantosas y horribles obras huían
todas las gentes, decían que se alzaban e que eran rebeldes al rey. Tenía este
tirano esta industria: que a los que pedía y otros que venían a dalles
presentes de oro y plata y de lo que tenían, decíales que trujesen más, hasta
que él vía que o no tenían más o no traían más, y entonces decía que los
rescebía por vasallos de los reyes de España y abrazábalos y hacía tocar dos
trompetas que tenía, dándoles a entender que desde en adelante no les habían de
tomar más ni hacelles mal alguno, teniendo por lícito todo lo que les robaba y
le daban por miedo de las abominables nuevas que de él oían antes que él los
recibiese so el amparo y protectión del rey; como si después de rescebidos
debajo de la protección real no los oprimiesen, robasen, asolasen y destruyesen
y él no los hubiera así destruído.
Pocos días
después, viniendo el rey universal y emperador de aquellos reinos, que se llamó
Atabaliba, con mucha gente desnuda y con sus armas de burla, no sabiendo cómo
cortaban las espadas y herían las lanzas y cómo corrían los caballos, e quien
eran los españoles (que si los demonios tuvieren oro, los acometerán para se lo
robar), llegó al lugar donde ellos estaban, diciendo: "¿Dónde están esos
españoles? Salgan acá, que no me mudaré de aquí hasta que me satisfagan de mis
vasallos que me han muerto, y pueblos que me han despoblado, e riquezas que me
han robado". Salieron a él, matáronle infinitas gentes, prendiéronle su
persona, que venía en unas andas, y después de preso tractan con él que se
rescatase: promete de dar cuatro millones de castellanos y da quince, y ellos
prométenle de soltalle; pero al fin, no guardándole la fee ni verdad (como
nunca en las Indias con los indios por los españoles se ha guardado),
levántanle que por su mandado se juntaba gente, y él responde que en toda la
tierra no se movía una hoja de un árbol sin su voluntad: que si gente se
juntase creyesen que él la mandaba juntar, y que presto estaba, que lo matasen.
No onstante todo esto, lo condenaron a quemar vivo, aunque después rogaron algunos
al capitán que lo ahogasen, y ahogado lo quemaron. Sabido por él, dijo:
"Por qué me quemáis, qué os he hecho? ¿No me prometistes de soltar dándoos
el oro? ¿No os di más de lo que os prometí? Pues que así lo queréis, envíame a
vuestro rey de España", e otras muchas cosas que dijo para gran confusión
y detestación de la gran injusticia de los españoles; y en fin lo quemaron.
Considérese
aquí la justicia e título desta guerra; la prisión deste señor e la sentencia y
ejecución de su muerte, y la cosciencia con que tienen aquellos tiranos tan
grandes tesoros como en aquellos reinos a aquel rey tan grande e a otros
infinitos señores e particulares robaron.
De infinitas
hazañas señaladas en maldad y crueldad, en estirpación de aquellas gentes,
cometidas por los que se llaman cristianos, quiero aquí referir algunas pocas
que un fraile de Sant Francisco a los principios vido, y las firmó de su nombre
enviando treslados por aquellas partes y otros a estos reinos de Castilla, e yo
tengo en mi poder un traslado con su propia firma, en el cual dice así:
"Yo,
fray Marcos de Niza, de la orden de Sant Francisco, comisario sobre los frailes
de la mesma orden en las provincias del Perú, que fué de los primeros
religiosos que con los primeros cristianos entraron en las dichas provincias,
digo dando testimonio verdadero de algunas cosas que yo con mis ojos vi en
aquella tierra, mayormente cerca del tractamiento y conquistas hechas a los
naturales. Primeramente, yo soy testigo de vista y por experiencia cierta
conoscí y alcancé que aquellos indios del Perú es la gente más benívola que
entre indios se ha visto, y allegada e amiga a los cristianos. Y vi que
aquéllos daban a los españoles en abundancia oro y plata e piedras preciosas y
todo cuanto les pedían que ellos tenían, e todo buen servicio, e nunca los
indios salieron de guerra sino de paz, mientras no les dieron ocasión con los
malos tractamientos e crueldades, antes los rescebían con toda benivolencia y
honor en los pueblos a los españoles, dándoles comidas e cuantos esclavos y
esclavas pedían para servicio.
"ltem,
soy testigo e doy testimonio que sin dar causa ni ocasión aquellos indios. A
los españoles, luego que entraron en sus tierras, después de haber dado el
mayor cacique Atabaliba más de dos millones de oro a los españoles, y
habiéndoles dado toda la tierra en su poder sin resistencia, luego quemaron al
dicho Atabaliba, que era señor de toda la tierra, y en pos dél quemaron vivo a
su capitán general Cochilimaca, el cual había venido de paz al gobernador con
otros principales. Asimesmo, después déstos dende a pocos días quemaron a
Chamba, otro señor muy principal de la provincia de Quito, sin culpa ni haber
hecho por qué.
"Asimesmo
quemaron a Chapera, señor de los canarios, injustamente. Asimesmo Albia, gran
señor de los que había en Quito, quemaron los pies e le dieron otros muchos
tormentos porque dijese dónde estaba el oro de Atabaliba, del cual tesoro (como
pareció) no sabía él nada. Asimesmo quemaron en Quito a Cozopanga, gobernador
que era de todas las provincias de Quito. El cual, por ciertos requerimientos
que le hizo Sebastián de Benalcázar, capitán del gobernador, vino de paz, y
porque no dió tanto oro como le pedían, lo quemaron con otros muchos caciques e
principales. Y a lo que yo pude entender su intento de los españoles era que no
quedase señor en toda la tierra.
"ltem,
que los españoles recogieron mucho número de indios y los encerraron en tres
casas grandes, cuantos en ellas cupieron, e pegáronles fuego y quemáronlos a
todos sin hacer la menor cosa contra español ni dar la menor causa. Y acaesció
,allí que un clérigo que se llama Ocaña sacó un muchacho del fuego en que se
quemaba, y vino allí otro español y tomóselo de las manos y lo echó en medio de
las llamas, donde. se hizo ceniza con los demás. El cual dicho español que así
había echado en el fuego al indio, aquel mesmo día, volviendo al real, cayó
súbitamente muerto en el camino e yo fuí de parecer que no lo enterrasen.
"Item,
yo afirmo que yo mesmo vi ante mis ojos a los españoles cortar manos, narices y
orejas a indios e indias sin propósito, sino porque se les antojaba hacerlo, y
en tantos lugares y partes que sería largo de contar. E yo vi que los españoles
les echaban perros a los indios para que los hiciesen pedazos, e los vi así
aperrear a muy muchos. Asimesmo vi yo quemar tantas casas e pueblos, que no
sabría decir el número según eran muchos. Asimesmo es verdad que tomaban niños
de teta por los brazos y los echaban arrojadizos cuanto podían, e otros
desafueros y crueldades sin propósito, que me ponían espanto, con otras
innumerables que vi que serían largas de contar.
"ltem,
vi que llamaban a los caciques e principales indios que viniesen de paz
seguramente e prometiéndoles seguro, y en llegando luego los quemaban. Y en mi
presencia quemaron dos: el uno en Andón y el otro en Tumbala, e no fuí parte
para se lo estorbar que no los quemasen, con cuanto les prediqué. E según Dios
e mi conciencia, en cuanto yo puedo alcanzar, no por otra causa sino por estos
malos tractamientos, como claro parece a todos, se alzaron y levantaron los
indios del Perú, y con mucha causa que se les ha dado. Porque ninguna verdad
les han tractado, ni palabra guardado, sino que contra toda razón e injusticia,
tiranamente los han destruído con toda la tierra, haciéndoles tales obras que
han determinado antes de morir que semejantes obras sufrir.
"ltem,
digo que por la relación de los indios hay mucho más oro escondido que
manifestado, el cual, por las injusticias e crueldades que los españoles
hicieron no lo han querido descubrir, ni lo descubrirán mientras rescibieren
tales tractamientos, antes querrán morir como los pasados. En lo cual Dios
Nuestro Señor ha sido mucho ofendido e su Majestad muy deservido y defraudado
en perder tal tierra que podía dar buenamente de comer a toda Castilla, la cual
será harto dificultosa y costosa, a mi ver, de la recuperar".
Todas estas
son sus palabras del dicho religioso formales, y vienen también firmadas del
obispo de Méjico, dando testimonio de que todo esto afirmaba el dicho Padre
fray Marcos.
Hase de
considerar aquí lo que este Padre dice que vido, porque fué cincuenta o cien
leguas de tierra, y ha nueve o diez años, porque era a los principios, e había
muy pocos que al sonido del oro fueran cuatro y cinco mil españoles y se
estendieron por muchos y grandes reinos y provincias más de quinientas y
setecientas leguas, que las tienen todas asoladas, perpetrando las dichas obras
y otras más fieras y crueles. Verdaderamente, desde entonces acá hasta hoy más
de mil veces más se ha destruído y asolado de ánimas que las que ha contado, y
con menos temor de Dios y del rey e piedad, han destruído grandísima parte del
linaje humano. Más faltan y han muerto de aquellos reinos hasta hoy (e que hoy
también los matan) en obra de diez años, de cuatro cuentos de ánimas.
Pocos días
ha que acañaverearon y mataron una gran reina, mujer del Inga, el que quedó por
rey de aquellos reinos, al cual los cristianos, por sus tiranías, poniendo las
manos en él, lo hicieron alzar y está alzado. Y tomaron a la reina su mujer y
contra toda justicia y razón la mataron (y aun dicen que estaba preñada)
solamente por dar dolor a su marido.
Si se
hubiesen de contar las particulares crueldades y matanzas que los cristianos en
aquellos reinos del Perú han cometido e cada día hoy cometen, sin dubda ninguna
serían espantables y tantas que todo lo que hemos dicho de las otras partes se
escureciese y paresciese poco, según la cantidad y gravedad dellas.
DEL NUEVO REINO DE GRANADA
El año de
mil y quinientos y treinta y nueve concurrieron muchos tiranos yendo a buscar
desde Venezuela y desde Sancta Marta y desde Cartagena el Perú, e otros que del
mesmo Perú descendían a calar y penetrar aquellas tierras, e hallaron a las
espaldas de Sancta Marta y Cartagena, trecientas leguas la tierra dentro, unas
felicísimas e admirables provincias llenas de infinitas gentes mansuetísimas y
buenas como las otras y riquísimas también de oro y piedras preciosas, las que
se dicen esmeraldas. A las cuales provincias pusieron por nombre el Nuevo Reino
de Granada, porque el tirano que llegó primero a esas tierras era natural del
reino que acá está de Granada. Y porque muchos inicuos e crueles hombres de los
que allí concurrieron de todas partes eran insignes carn¡ceros y derramadores
de la sangre humana, muy acostumbrados y experimentados en los grandes pecados
susodichos en muchas partes de las Indias, por eso han sido tales y tantas sus
endemoniadas obras y las circunstancias y calidades que las afean e agravian,
que han excedido a muy muchas y aun a todas las que los otros y ellos en las
otras provincias han hecho y cometido.
De infinitas
que en estos tres años han perpetrado e que agora en este día no cesan de
hacer, diré algunas muy brevemente de muchas: que un gobernador (porque no le
quiso admitir el que en el dicho Nuevo Reino de Granada robaba y mataba para
que él robase e matase) hizo una probanza contra él de muchos testigos, sobre
los estragos e desafueros y matanzas que ha hecho e hace, la cual se leyó y
está en el Consejo de las Indias.
Dicen en la
dicha probanza los testigos, que estando todo aquel reino de paz e sirviendo a
los españoles, dándoles de comer de sus trabajos los indios continuamente y
haciéndoles labranzas y haciendas e trayéndoles mucho oro y piedras preciosas,
esmeraldas y cuanto tenían y podían, repartidos los pueblos y señores y gentes
dellos por los españoles (que es todo lo que pretenden por medio para alcanzar
su fin último, que es el oro) y puestos todos en la tiranía y servidumbre
acostumbrada, el tirano capitán principal que aquella tierra mandaba prendió al
señor y rey de todo aquel reino e túvolo preso seis o siete meses pidiéndole
oro y esmeraldas, sin otra causa ni razón alguna. El dicho rey, que se llamaba
Bogotá, por miedo que le pusieron, dijo que él daría una casa de oro que le
pedían, esperando de soltarse de las manos de quien así lo afligía, y envió
indios a que le trajesen oro, y por veces trajeron mucha cantidad de oro e
piedras, pero porque no daba la casa de oro decían los españoles que lo matase,
pues no cumplía lo que había prometido. El tirano dijo que se lo pidiesen por
justicia ante él mesmo; pidiéronlo así por demanda, acusando al dicho rey de la
tierra; él dió sentencia condenándolo a tormentos si no dierse la casa de oro.
Danle el tormento del tracto de cuerda; echábanle sebo ardiendo en la barriga,
pónenle a cada pie una herradura hincada en un palo, y el pescuezo atado a otro
palo, y dos hombres que le tenían las manos, e así le pagaban fuego a los pies,
y entraba el tirano de rato en rato y decía que así lo había de matar poco a
poco a tormentos si no le daba el oro. Y así lo cumplió e mató al dicho señor
con los tormentos. Y estando atormentándolo mostró Dios señal de que detestaba
aquellas crueldades en quemarse todo el pueblo donde las perpetraban. Todos los
otros españoles, por imitar a su buen capitán y porque no saben otra cosa sino
despedazar aquellas gentes, hicieron lo mesmo, atormentando con diversos y
fieros tormentos cada uno al cacique y señor del pueblo o pueblos que tenían
encomendados, estándoles sirviéndoles dichos señores con todas sus gentes y
dándoles oro y esmeraldas cuanto podían y tenían. Y sólo los atormentaban
porque les diesen más oro y piedras de lo que les daban. Y así quemaron y
despedazaron todos los señores de aquella tierra. Por miedo de las crueldades
egregias que uno de los tiranos particulares en los indios hacía, se fueron a
los montes huyendo de tanta inmanidad un gran señor que se llamaba Daitama, con
mucha gente de la suya. Porque esto tienen por remedio y refugio (si les valiese).
Y a esto llaman los españoles levantamientos y rebelión. Sabido por el capitán
principal tirano, envía gente al dicho hombre cruel (por cuya ferocidad los
indios que estaban pacíficos e sufriendo tan grandes tiranías y maldades se
habían ido a los montes), el cual fué a buscallos, y porque no basta a
esconderse en las entrañas de la tierra, hallaron gran cantidad de gente y
mataron y despedazaron más de quinientas ánimas, hombres y mujeres e niños,
porque a ningún género perdonaban. Y aun dicen los testigos que el mesmo señor
Daitama había, antes que la gente le matasen, venido al dicho cruel hombre y le
había traído cuatro o cinco mil castellanos, e no obstante esto hizo el estrago
susodicho.
Otra vez,
viniendo a servir mucha cantidad de gente a los españoles y estando sirviendo
con la humildad e simplicidad que suelen, seguros, vino el capitán una noche a
la ciudad donde los indios servían, y mandó que a todos aquellos indios los
metiesen a espada, estando de ellos durmiendo y Bellos cenando y descansando de
los trabajos del día. Esto hizo porque le pareció que era bien hacer aquel
estrago para entrañar su temor en todas las gentes de aquella tierra.
Otra vez
mandó el capitán tomar juramento a todos los españoles cuántos caciques y
principales y gente común cada uno tenía en el servicio de su casa, e que luego
los trajesen a la plaza, e allí les mandó cortar a todos las cabezas, donde
mataron cuatrocientas a quinientas ánimas. Y dicen los testigos que desta
manera pensaba apaciguar la tierra.
De cierto
tirano particular dicen los testigos que hizo grandes crueldades, matando y,
cortando muchas manos y narices a hombres y mujeres y destruyendo muchas
gentes.
Otra vez
envió el capitán al mesmo cruel hombre con ciertos españoles a la provincia de
Bogotá a hacer pesquisa de quién era el señor que había sucedido en aquel
señorío, después que mató a tormentos al señor universal, y anduvo por muchas
leguas de tierra prendiendo cuantos indios podía haber, e porque no le decían
quién era el señor que había sucedido, a unos cortaba las manos y a otros hacía
echar a los perros bravos que los despedazaban, así hombres como mujeres, y
desta manera mató y destruyó muchos indios e indias. Y un día, al cuarto del
alba, fué a dar sobre unos caciques o capitanes y gente mucha de indios que
estaban de paz y seguros, que los había asegurado y dado la fe de que no
recibirían mal ni daño, por la cual seguridad se salieron de los montes donde
estaban escondidos a poblar a lo raso, donde tenían su pueblo, y así estando
descuidados y con confianza de la fe que les habían dado, prendió mucha
cantidad de gente, mujeres y hombres, y les mandaba poner la mano tendida en el
suelo, y él memso, con un alfanje, les cortaba las manos e decíales que aquel
castigo les hacía porque no le querían decir dónde estaba el señor nuevo que en
aquel reino había suscedido.
Otra vez,
porque no le dieron un cofre lleno de oro los indios, que les pidió este cruel
capitán, envió gente a hacer guerra, donde mataron infinitas ánimas, e cortaron
manos e narices a mujeres y a hombres que no se podrían contar, y a otros
echaron a perros bravos, que los comían y despedazaban.
Otra vez,
viendo los indios de una provincia de aquel reino que habían quemado los
españoles tres o cuatro señores principales, de miedo se fueron a un peñón
fuerte para defender de enemigos que tanto carescían de entrañas de hombres, y
serían en el peñón y habría (según dicen los testigos) cuatro o cinco mil
indios. Envía el capitan susodicho a un grande y señalado tirano (que a muchos
de los que de aquellas partes tienen cargo de asolar, hace ventaja) con cierta
gente de españoles para que castigase, diz que los indios alzados que huían de
tan gran prestilencia y carnecería, como si hubieran hecho alguna sin justicia
y a ellos perteneciera hacer el castigo y , tomar la venganza, siendo dignos
ellos de todo crudelísimo tormento sin misericordia, pues tan ajenos son de
ella y de piedad con aquellos innocentes. Idos los españoles al peñón, súbenlo
por fuerza, como los indios sean desnudos y sin armas, y llamando los españoles
a los indios de paz y que los aseguraban que no les harían mal alguno, que no
peleasen, luego los indios cesaron: manda el crudelísimo hombre a los españoles
que tomasen todas las fuerzas del peñón, e tomadas, que diesen en los indios.
Dan los tigres y leones en las ovejas mansas y desbarrigan y matan a espada
tantos, que se pararon a descansar: tanto eran los que habían hecho pedazos.
Después de haber descansado un rato mandó el capitán que matasen y desempeñasen
del peñón abajo, que era muy alto, toda la gente que viva quedaba. Y así la
desempeñaron toda, e dicen los testigos que veían nubada de indios echados del
peñón abajo de setencientos hombres juntos, que caían donde se hacían pedazos.
Y por
consumar del todo su gran crueldad rebuscaron todos los indios que se habían
escondido entre las matas, y mandó que a todos les diesen estocadas y así los
mataron y echaron de las peñas abajo. Aún no quiso contentarse con las cosas
tan crueles ya dichas; pero quiso señalarse más y aumentar la horribilidad de
sus pecados en que mandó que todos los indios e indias que los particulares
habían tomado vivos (porque cada uno en aquellos estragos suele escoger alguno
indios e indias y muchachos para servirse) los metiesen en una casa de paja
(escogidos y dejados los que mejor le parecieron para su servicio) y les
pegasen fuego, e así los quemaron vivos, que serían obra de cuarenta o
cincuenta. Otros mandó echar a los perros bravos, que los despedazaron y
comieron.
Otra vez,
este mesmo tirano fué a cierto pueblo que se llamaba Cota y tomó muchos indios
e hizo despedazar a los perros quince o veinte señores e principales, y cortó
mucha cantidad de manos de: mujeres y hombres, y las ató en unas cuerdas, las
puso colgadas de un palo a la lengua, porque viesen los otros indios lo que
había hecho a aquéllos, en que habría setenta pares de manos; y cortó muchas
narices a mujeres y a niños.
Las hazañas
y crueldades deste hombre, enemigo de Dios, no las podría alguno explicar,
porque son inumerables e nunca tales oídas ni vistas que ha hecho en aquella
tierra y en la provincia de Guatimala, y dondequiera que ha estado. Porque ha
muchos años que anda por aquellas tierras haciendo aquestas obras y abrasando y
destruyendo aquellas gentes y tierras.
Dicen más
los testigos en aquella probanza: que han sido tantas, y tales, y tan grandes
las crueldades y muertes que se han hecho y se hacen hoy en el dicho Nuevo
Reino de Granada por sus personas los capitanes, y consentido hacer a todos
aquellos tiranos y destruidores del género humano que con él estaban, que
tienen toda la tierra asolada y perdida, e que si su Majestad con tiempo no lo
manda remediar (según la matanza en los indios se hace solamente por sacalles
el oro que no tienen, porque todo lo que tenían lo han dado) que se acabará en
poco de tiempo que no haya indios ningunos para sostener la tierra y quedará
toda yerma y despoblada.
Débese aquí
de notar la cruel y pestilencial, tiranía de aquellos infelices tiranos, cuán
recia y vehemente e diabólica ha sido, que en obra de dos años o tres que ha
que aquel Reino se descubrió, que (según todos los que en él han estado y los
testigos de la dicha probanza dicen) estaba el más poblado de gente que podía
ser tierra en el mundo, lo hayan todo muerto y despoblado tan sin piedad y
temor de Dios y del rey, que digan que si en breve su Majestad no estorba
aquellas infernales obras, no quedará hombre vivo ninguno. Y así lo creo yo,
porque muchas y grandes tierras en aquellas partes he visto por mis mismos
ojos, que en muy breves días las han destruído y del todo despoblado.
Hay otras
provincias grandes que confinan con las partes del dicho Nuevo Reino de
Granada, que se llaman Popayán y Cali, e otras tres o cuatro que tienen más de
quinientas leguas, las han asolado y destruído por las manera que esas otras,
robando y matando, con tormentos y con los desafueros susodichos, las gentes
dellas que eran infinitas. Porque la tierra es felicísima, y dicen los que
agora vienen de allá que es una lástima grande y dolor ver tantos y tan grandes
pueblos quemados y asolados como vían pasando por ellas, que donde había pueblo
de mil e dos mil vecinos no hallaban cincuenta, e otros totalmente abrasados y
despoblados. Y por muchas partes hallaban ciento y docientas leguas e trecientas
todas despobladas, quemadas y destruidas grandes poblaciones. Y, finalmente,
porque desde los reinos del Perú, por la parte de la provincia del Quito,
penetraron grandes y crueles tiranos hacia el dicho Nuevo Reino de Granada y
Popayán e Cali, por la parte de Cartagena y Urabá, y de Cartagena otros
malaventurados tiranos fueron a salir al Quito, y después otros por la parte
del río de Sant Juan, que es a la costa del Sur (todos los cuales se vinieron a
juntar), han estirpado y despoblado más de seiscientas leguas de tierras,
echando aquellas tan inmensas ánimas a los infiernos; haciendo lo mesmo el día
de hoy a las gentes míseras, aunque inocentes, que quedan.
Y que porque
sea verdadera la regla que al principio dije, que siempre fué creciendo la
tiranía e violencias e injusticias de los españoles contra aquellas ovejas
mansas, en crudeza, inhumanidad y maldad, lo que agora en las dichas provincias
se hace entre otras cosas dignísimas de todo fuego y tormento, es lo siguiente:
Después de
las muertes y estragos de las guerras, ponen, como es dicho, las genes en la
horrible servidumbre arriba dicha, y encomiendan a los diablos a uno docientos
e a otro trecientos indios. El diablo comendero diz que hace llamar cient
indios ante sí: luego vienen como unos corderos; venidos, hace cortar las
cabezas a treinta o cuarenta dellos e diz a los otros: "Los mesmo os tengo
de hacer si no me servís bien o si os vais sin mi licencia."
Considérese
agora, por Dios, por los que esto leyeren, qué obra es ésta e si excede a toda
crueldad e injusticia que pueda ser pensada; y si les cuadra bien a los tales
cristianos llamallos diablos, e si sería más encomendar los indios a los
diablos del infierno que es encomendarlos a los cristianos de las Indias.
Pues otra
obra diré que no sé cuál sea más cruel, e más infernal, e más llena de
ferocidad de fieras bestias, o ella o la que agora se dijo. Ya está dicho que
tienen los españoles de las Indias enseñados y amaestrados perros bravísimos y
ferocísimos para matar y despedazar los indios. Sepan todos los que son
verdaderos cristianos y aun los que no lo son si se oyó en el Inundo tal obra,
que para mantener los dichos perros traen muchos indios en cadenas por los
caminos, que andan como si fuesen manadas de puercos, y matan dellos, y tienen
carnecería pública de carne humana, e dícense unos a otros: "Préstame un
cuarto de un bellaco desos para dar de comer a mis perros hasta que yo mate
otro", como si prestasen cuartos de puerco o de carnero. Hay otros que se
van a caza las mañanas con sus perros, e volviéndose a comer, preguntados cómo
les ha ido, responden: "Bien me ha ido, porque obra de quince o veinte
bellacos dejo muertos con mis perros." Todas estas estas cosas e otras
diabólicas vienen agora probadas en procesos que han hecho unos tiranos contra
otros. ¿Qué puede ser más fea ni fiera ni inhumana cosa?
Con eso
quiero acabar hasta que vengan nuevas de más egregias en maldad (si más que
éstas pueden ser) cosas, o hasta que volvamos allá a verlas de nuevo, como
cuarenta y dos años ha que los veemos por los ojos sin cesar, protestando en
Dios y en mi consciencia que, según creo y tengo por cierto, que tantas son las
maldiciones, daños, destruiciones, despoblaciones, estragos, muertes y muy
grandes crueldades horribles y especies feísimas dellas, violencias,
injusticias, y robos y matanzas que en aquellas gentes y tierras se han hecho (
y aún se hacen hoy en todas aquellas partes de las Indias), que en todas
cuantas cosas he dicho y cuanto lo he encarescido, no he dicho ni encarescido,
en calidad ni en cantidad, de diez mil partes (de lo que se ha hecho y se hace
hoy) una.
Y para que
más compasión cualquiera cristiano haya de aquellas inocentes naciones y de su
perdición y condenación más se duela, y más culpe y abomine y deteste la
cudicia y ambición y crueldad de los españoles, tengan todos por verdadera esta
verdad, con las que arriba he afirmado: que después que se descubrieron las
Indias hasta hoy, nunca en ninguna parte dellas los indios hicieron mal a
cristiano, sin que primero hubiesen rescebido males y robos e traiciones
dellos. Antes siempre los estimaban por inmortales y venidos del cielo, e como
a tales los rescebían, hasta que sus obras testificaban quién eran y qué
pretendían.
Otra cosa es
bien añidir: que hasta hoy, desde sus principios, no se ha tenido más cuidado
por los españoles de procurar que les fuese predicada la fe de Jesucristo a
aquellas gentes, que si fueran perros o otras bestias; antes han prohibido de
principal intento a los religiosos, con muchas aflictiones y persecuciones que
les han causado, que no les predicasen, porque les parecía que era impedimento
para adquirir el oro e riquezas que les prometían sus cudicias. Y hoy en todas
las Indias no hay más conoscimiento de Dios, si es de palo, o de cielo, o de la
tierra, que hoy ha cient años entre aquellas gentes, si no es en la Nueva
España, donde han andado religiosos, que es un rinconcillo muy chico de las
Indias; e así han perescido y perescen todas sin fee y sin sacramentos.
Fue inducido
yo, fray Bartolomé de las Casas o Casaus, fraile Sancto Domingo, que por la
misericordia de Dios ando en esta corte de España procurando echar el infierno
de las Indias, y que aquellas infinitas muchedumbres de ánimas redemidas por la
sangre de Jesucristo no parezcan sin remedio para siempre, sino que conozcan a
su criador y se salven, y por compasión que he de mi patria, que es Castilla,
no la destruya Dios por tan grandes pecados contra su fee y honra cometidos y
en los prójimos, por algunas personas notables, celosas de la honra de Dios e
compasivas de las aflictiones y calamidades ajenas que residen en esta corte,
aunque yo me lo tenía en propósito y no lo había puesto por obra por mis
cuntinuas ocupaciones. Acabéla en Valencia, a ocho de diciembre de mil e
quinientos y cuarenta y dos años, cuando tienen la fuerza y están en su colmo
actualmente todas las violencias, opresiones, tiranías, matanzas, robos y
destrucciones, estragos, despoblaciones, angustias y calamidades susodichas, en
todas las partes donde hay cristianos de las Indias. Puesto que en unas partes
son más fieras y abominables que en otras. Méjico y su comarca está un poco
menos malo, o donde al menos no se osa hacer públicamente, porque allí, y no en
otra parte, hay alguna justicia (aunque muy poca), porque allí también los
matan con infernales tributos. Tengo grande esperanza que porque el emperador y
rey de España, nuestro señor don Carlos, quinto deste nombre, va entendiendo
las maldades y traiciones que en aquellas gentes e tierras, contra la voluntad
de Dios y suya, se hacen y han hecho (porque hasta agora se le ha encubierto
siempre la verdad industriosamente), que ha de extirpar tantos males y ha de
remediar aquel Nuevo Mundo que Dios le ha dado, como amador y cultor que es de
justicia, cuya gloriosa y felice vida e imperial estado Dios todopoderososo,
para remedio de toda su universal Iglesia e final salvación propia de su real
ánimo, por largos tiempos Dios prospere. Amén.
Después de
escripto lo susodicho, fueron publicadas ciertas leyes y ordenanzas que Su Majestad
por aquel tiempo hizo en la ciudad de Barcelona, año de mil e quinientos y
cuarenta y dos, por el mes de noviembre; en la villa de Madrid, el año
siguiente. Por las cuales se puso la orden que por entonces pareció convenir,
para que cesasen tantas maldades y pecados que contra Dios y los prójimos y en
total acabamiento y perdición de aquel orbe convenía. Hizo las dichas leyes Su
Majestad después de muchos ayuntamientos de personas de gran autoridad, letras
y consciencia, y disputas y conferencias en la villa de Valladolid, y,
finalmente, con acuerdo y parecer de todos los más, que dieron por escrito sus
votos e más cercanos se hallaron de las reglas de la ley de Jesucristo, como
verdaderos cristianos, y también libres de la corrupción y ensuciamiento de los
tesoros robados de las Indias. Los cuales ensuciaron las manos e más las ánimas
de muchos que entonces las mandaban, de donde procedió la ceguedad suya para
que las destruyesen, sin tener escrúpulo algunos dello.
Publicadas
estas leyes, hicieron los hacedores de los tiranos que entonces estaban en la
Corte muchos treslados Bellas (como a todos les pesaba, porque parecía que se
les cerraban las puertas de participar lo robado y tiranizado) y enviáronlos a
diversas partes de las Indias. Los que allá tenían cargo de las robar, acabar y
consumir con sus tiranías, como nunca tuvieron jamás orden, sino toda la
desorden que pudiera poner Lucifer, cuando vieron los treslados, antes que
fuesen los jueces nuevos que los habían de ejecutar, conosciendo (a lo que se
dice y se cree) de los que acá hasta entonces los habían en sus pecados e
violencias sustentado, que lo debían hacer, alborotáronse de tal manera, que
cuando fueron los buenos jueces a la ejecutar, acordaron de (como habían
perdido a Dios el amor y temor) perder la vergüenza y obediencia a su rey. Y
así cumplir con su insaciable cudicia de dineros de aquellos avarísimos
tiranos, como todos los otros siempre en todas acordaron de tomar por renombre
traidores, siendo crudelísimos y desenfrenados tiranos; señaladamente en los
reinos del Perú, donde hoy, que estamos en el año de mil e quinientos y
cuarenta y seis, se cometen tan horribles y espantables y nefarias obras cuales
nunca se hicieron ni en las Indias ni en el mundo, no sólo en los indios, los
cuales ya todos o cuasi todos los tienen muertos, e aquellas tierras dellos
despobladas, pero en sí mesmo unos a otros, con justo juicio de Dios: que pues
no ha habido justicia del rey que los castigue, viniese del cielo, permitiendo
que unos fuesen de otros verdugos.
Con el favor
de aquel levantamiento de aquéllos, en todas las otras partes de aquel mundo no
han querido cumplir las leyes, e con color de suplicar dellas están tan alzados
como los otros. Porque se les hace de mal dejar los estados y haciendas usurpadas
que tienen, e abrir mano de los indios que tienen en perpetuo captiverio. Donde
han cesado de matar con espadas de presto, mátanlos con servicios personales e
otras vejaciones injustas e intolerables su poco a poco. Y hasta agora no es
poderoso el rey para lo estorbar, porque todos, chicos y grandes, andan a
robar, unos más, otros menos; unos pública e abierta, otros secreta y
paliadamente. Y con color de que sirven al Rey deshonran a Dios y roban y
destruyen al Rey.
Fué impresa
la presente obra en la muy noble e muy leal ciudad de Sevilla, en casa de
Sebastián Trujillo, impresor de libros. A nuestra señora de Gracia. Año de
MDLII.
LO QUE SE SIGUE ES UN PEDAZO DE UNA CARTA
y relación
que escribió cierto hombre de los mismos que andaban en estas estaciones,
refiriendo las obras que hacía e consentía hacer el capitán por la tierra que
andaba. Y puesto que, porque la dicha carta y relación se dió a encuadernar con
otras cosas, o el librero olvidó o perdió una hoja della que contenía cosas
espantables (todo lo cual se me dió por uno de los mismos que las hacían e yo
tuve todo en mi poder) va sin principio y cabo lo siguiente; pero por ser este
pedazo que queda lleno de cosas notables, parecióme no deberse dejar de
imprimir, porque no creo que causará mucho menos lástima y horror a V.A.,
juntamente con deseo de poner el remedio, que algunas de las deformidades
referidas.
CARTA
... dió
licencia que los echasen en cadena y prisiones, e así los echaron, y el dicho
capitán traía tres o cuatro cadenas dellos para él, y haciendo esto y no
procurando de sembrar ni poblar (como se había de hacer), sino robando y
tomando a los indios la comida que tenían, vinieron en tanta necesidad los
naturales, que se hallaban mucha cantidad dellos en los caminos muertos de hambre.
Y en ir y venir a la costa los indios cargados de las cosas de los españoles,
mató cerca de diez mil ánimas, porque ninguno llegó a la costa que no muriese,
por ser la tierra caliente.
Después
desto, siguiendo el rastro y por el mismo camino que vino Juan de Ampudia,
echando los indios que habían sacado del Quito adelante una jornada, para que
descubriesen los pueblos de los indios e los robasen para cuando él llegase con
su gente, y estos indios eran dél y de los compañeros, cual docientos, cual
trescientos, cual ciento, como cada uno traía; los cuales con todo lo que
robaban acudían a sus amos. Y en esto hacían grandes crueldades en los niños e
mujeres. Y esta misma orden trujo en el Quito, e abrasando toda la tierra e las
casas de depósito que tenían los señores de maíz, consintiendo hacer gran
estrago en matar ovejas en gran cantidad, siendo la principal población e
mantenimiento de los naturales y españoles, porque para solos los sesos de las
ovejas e para el sebo consintía matar docientas e trecientas ovejas y echaban
la carne a mal. Y los indios amigos que con él andaban, para sólo comer los
corazones de las ovejas, mataban mucha cantidad, porque ellos no comían otra
cosa. Y ansí dos hombres en una provincia llamada Purúa mataron veinte y cinco
carneros e ovejas de carga que valían entre los españoles a veinte e a veinte y
cinco pesos cada uno, sólo para comer los sesos y el sebo. Y ansí, en esta
desorden matando excesivamente se perdieron más de cient mil cabezas de ganado,
a cuya causa la tierra vino en muy gran necesidad, e los naturales se murieron
en muy gran cantidad de hambre. Y habiendo en el Quito tanto maíz que no se
puede decir, por esta mala orden vino tanta necesidad, que vino a valer una
hanega de maíz diez pesos, e una oveja otro tanto.
Después quel
dicho capitán volvió de la costa, determinó de partirse desde Quito, para ir en
busca del capitán Juan de Ampudia; sacó más de docientos hombres de pie e de
caballo, entre los cuales sacó muchos vecinos de la villa de Quito, e a los
vecinos que iban con el dicho capitán les dió licencia para que sacasen sus
caciques de sus repartimientos con todos los indios que ellos quisiesen sacar,
y ellos 1o hicieron ansí, entre los cuales sacó a Alonso Sánchez Nuita con su
cacique, más de cien indios con sus mujeres, e por el consiguiente Pedro Lobo e
su sobrino más de ciento e cincuenta con sus mujeres; e muchos dellos sacaban
sus hijos, porque todos se morían de hambre. E asimismo sacó Morán, vecino de
Popayán, más de docientas personas, e lo mismo hicieron todos los otros vecinos
e soldados, cada uno como podía. Y los dichos soldados preguntáronle que si les
daría licencia pra echar en prisiones los indios e indias que llevaban, y él
les dijo y respondió que sí, hasta que se muriesen, y después de muertos aquéllos,
otros; que si los indios eran vasallos de su Majestad, que también lo eran los
españoles y se morían en la guerra.
Y desta
manera salió del Quito el dicho capitán a un pueblo que se llama Otabalo, que a
la sazón tenía por su repartimiento, e pidióle al cacique que le diese
quinientos hombres para la guerra, e ansí se los dió, con ciertos indios
principales. Y parte de aquesta gente repartió entre los soldados, e los demás
los llevó consigo, dellos cargados e dellos en cadenas, e algunos sueltos para
que le sirviesen e le trajesen de comer; e desta manera los llevaron los
soldados en cadenas y en sogas atados. Y cuando salieron de las provincias de
Quito sacaron más de seis mil indios e indias, e de todos ellos no se volvieron
veinte hombres a su tierra, porque todos se murieron con los grandes trabajos y
excesivos que les dieron en las tierras calientes, desnaturándolos de su
natural.
Y acaesció
en este tiempo que un Alonso Sánchez que envió el dicho capitán por capitán de
cierta gente a una provincia, topó en el camino cierta cantidad de mujeres e de
muchachos cargados de comida, e le aguardaron y esperaron sin le huir, para le
dar della, e a todos los mandó meter a cuchillo de espada. Y acaesció un
misterio: que un soldado, dando de cuchilladas a una india, del primer golpe se
le quebró la mitad de la espada, y del segundo no le quedó sino la empuñadera,
sin poder herir la india. Y otro soldado, con un puñal de dos filos queriendo
dar de puñaladas a otra india, al primer golpe se le quebró e despuntó con
cuatro dedos de punta, e al segundo no le quedó más que la empuñadura. Y al
tiempo quel dicho capitán salió del Quito sacando tanta cantidad de naturales,
descasándolos, dando las mujeres mozas a los indios quél traía y las otras a
los que quedaban por viejos, salió una mujer con un niño chiquito en los brazos
tras él dando voces, diciéndole que no le llevase a su marido, porque tenía
tres niños chiquitos y que ella no los podría criar y que se le morirían de
hambre; e visto que la primera vez le respondió mal, tornó a segundar con
mayores voces diciendo que sus hijos se le habían de morir de hambre; e visto
que la mandaba echar por ahí e que no le quiso dar a su marido, dió con el niño
en unas piedras y lo mató.
Que al
tiempo que el dicho capitán llegó a las provincias de Lili, a un pueblo llamado
Palo, junto al río Grande, donde halló al capitán Juan de Ampudia que había
venido adelante a descubrir y pacificar las tierras; el dicho Ampudia tenía
poblada una villa, llamada Ampudia, en nombre de Su Majestad y del marqués
Francisco Pizarro, y en ella tenía puestos por alcaldes ordinarios a Pedro
Solano de Quiñones y ocho regidores, e toda la más de la tierra tenía y estaba
de paz y repartida; e así como supo que el dicho capitán estaba en el río fuélo
a ver con muchos de los vecinos e con muchos indios de paz cargados de comida y
fruta, y de allí adelante todos los indios más cercanos le venían a ver y a le
traer de comer al dicho capitán. Eran los indios de Jamundi y Palo y de Solimán
y de Bolo, y porque no traían tanto maíz como él quería, mandó ir a muchos
españoles con sus indios e indias que fuesen por maíz, y dondequiera que lo
hallasen que lo trujesen; ansí fueron a Bolo e a Palo, e hallaron a los indios
e indias en sus casas en paz, e los dichos españoles e los que con ellos fueron
les tomaron y robaron el maíz e oro y mantas e todos lo que los indios tenían,
e ataron muchos dellos.
E visto esto
por los indios e que les hacían tan mal tratamiento, fueron al dicho capitán a
quejarse del mal tratamiento que se les había hecho, y que les volviesen todo
lo que les habían tomado los españoles. Y él no les quiso hacer volver cosa
ninguna, y les dijo que no irían otra vez. Y luego de allí a cuatro o cinco
días volvieron los españoles por maíz y por robar los indios naturales, y visto
por los indios la poca verdad quel dicho capitán les sostenía y guardaba, se
alzó toda la tierra, de donde resultó mucho daño y deservicio a Dios Nuestro
Señor y a Su Majestad, a causa de lo susodicho. Y ansí está despoblada toda la
tierra, porque los han destruído sus enemigos los olomas y los manipos, que son
gente de sierra y bellicosa, que abajaban cada día a los llanos a tomallos y a
robarlos, como los veían que andaban desamparados sus pueblos y naturaleza, y
entre ellos el que más podía comía al otro, porque todos perecían de hambre. Y
esto hecho, el dicho capitán vino a la dicha villa de Ampudia, donde le
rescibieron por general, y de allí a siete días partió para los aposentos de
Lili y de Peti con más de doscientos hombres de pie y de caballo.
Que después
desto el dicho capitán envió sus capitanes a unas partes y a otras a hacer
cruda guerra a los indios naturales, e ansí mataron mucha cantidad de indios e
indias y les quemaron sus casas y les robaron sus haciendas: esto duró muchos
días. Y como vieron los señores de la tierra que los mataban y destruían,
enviaron indios de paz con comida. Y partido el dicho capitán para un pueblo
que se llama lee, con todos los indios que habían prendido los españoles en
Lili, sin soltar a ninguno, y llegando a dicho pueblo de Ice, luego envió
españoles a robar y a tomar e matar todos los indios e indias que pudiesen, y
mandó quemar muchas casas, y ansí quemaron más de cien casas. Y de allí fue a
otro pueblo que se llamaba Tolilicuy, y el cacique luego le salió de paz con
muchos indios, y el dicho capitán le pidió oro a él e a todos sus indios. E1
cacique dijo que no tenía sino poco, pero lo que tenía él se lo daría. Y luego
empezaron a le dar todos todo lo que podían, y el dicho capitán daba a cada uno
de los dichos indios una cédula con el nombre del dicho indio de cómo le había
dado oro, e que al indio que no traía aquella cédula que lo echaría a los
perros, porque no le daba oro. Y así, con temor desto, todos los indios que
tenían oro se lo dieron todo lo que podían, e los que no tenían oro se fueron
al monte e otros pueblos por temor que no los matase; a cuya causa perecieron
mucha cantidad de los naturales.
Y luego
mandó el dicho capitán al cacique que enviase dos indios a otro pueblo que se
llama Dagua, que viniesen de paz y le trujesen mucho oro. Y llegado a otro
pueblo envió aquella noche a tomar indios muchos españoles e los indios de
Tulilicuy. Y ansí trujeron otro día más de cien personas, e todos los que
podían llevar cargas los tomó para sí e para los soldados e los echaron en
cadenas, donde murieron todos, y las criaturas diólas el dicho capitán al dicho
cacique Tulilicuy para que los comiese. Y hoy día están los cueros de las
criaturas llenos de ceniza en casa del dicho cacique Tulilicuy.
Y ansí se
partió de allí, sin lengua ninguna, para las provincias de Calili, donde se
juntó el capitán Juan de Ampudia, que le había él enviado a descubrir por otro
camino, haciendo mucho estrago y mal en los naturales, el uno y el otro, por
dondequiera que iban. Y el dicho Juan de Ampudia llegó en un pueblo que al
cacique del se llamaba Bitaco, el cual tenía hechos ciertos hoyos para su
defensa; e cayeron en ellos dos caballos, el uno de Antonio Redondo y el otro
de Marcos Márquez, y el de Marcos Márquez murió y el otro no, y por esto mandó
el dicho Ampudia que prendiesen todos los indios e indias que pudiesen, e ansí
prendieron e juntaron más de cien personas e los echaron a todos en aquellos
hoyos vivos e los mataron, e quemaron más de cien casas en el dicho pueblo. E
ansí se juntaron ambos en un pueblo grande, e sin llamar los indios de paz ni
tener lengua con que los llamar, alancearon y mataron mucha cantidad dellos, e
les dieron cruda guerra. Y como es dicho, luego que se juntaron le dijo el dicho
Ampudia al capitán lo que había hecho en Bitaco e cómo había echado tanta gente
en los hoyos, y el dicho capitán le dijo e respondió que era muy bien hecho, e
que ansí lo había hecho en Riobamba cuando entró, que es en las provincias de
Quito, que echó en los hoyos más de doscientas personas; e allí estuvieron
dando guerra a toda la tierra.
Después
desto, en la provincia de Birú o de Ancerma entró en esta provincia haciendo
cruda guerra a fuego y a sangre, hasta los pozos dé la sal. Y de allí envió a Francisco
García Tobar adelante, dando muy cruda guerra a los naturales como de antes, y
le venían los indios de dos en dos haciendo señas que querían paz de parte de
toda la tierra, e diciéndoles qué querían, que si oro o mujeres o comida, que
ellos se lo darían, e que no los matasen así; e ansí es verdad, según han dicho
ellos después. Y el dicho Francisco García les dijo que se fuesen, que estaban
borrachos e que no los entendía, y ansí volvió adonde estaba el dicho capitán,
e se partieron para salir de toda la provincia, dando muy cruda guerra a los
naturales, robándolos e matándolos a todos; y sacó de allí más de dos mil
ánimas él y los soldados que consigo traía; e todos estos murieron en cadenas.
Antes que saliesen de la poblazón, mataron más de quinientos.
E ansí se
volvió a la provincia de Calili, y en el camino, si algún indio o india se
cansaba de manera que no podía andar, luego le daban de estocadas e le cortaban
la cabeza, estando en la cadena, por no la abrir; e porque los otros que
aquello vían no se hiciesen malos. Así, desta manera murieron todos, e por
estos caminos se perdió toda la gente que sacó de Quito e de Pasto y de Quilla
Cangua e Patia e Popayán e Lili e de Cali e de Ancerma, y muy gran cantidad de
gente se murió. E luego a la vuelta que volvió al pueblo grande, entraron en él
matando todos los que podía. Y en este día prendieron trecientas personas.
De la
provincia de Lili envió al dicho capitán Juan de Ampudia con mucha gente a los
aposentos y población de Lili a que prendiesen todos los indios e indias que
pudiesen e se los trujesen para las cargas, porque toda la gente que había
traído de Ancerma e de allí para adelante se le habían muerto, que era en gran
cantidad; y el dicho Juan de Ampudia trajo más de mil personas y mató muchos. Y
así el dicho capitán tomó toda la gente que hubo menester y la demás dió a los
soldados, e luego los echaron en cadenas, donde todos murieron. Y así,
despoblando la dicha villa de los españoles y de los naturales (en tanta
cantidad como parece por los pocos que han quedado), se partió para Popayán. Y
en el camino dejó un español vivo, porque no podía andar tanto como los sanos,
que se llamaba Martín de Aguirre.
Y llegado a
Popayán pobló aquel pueblo, y comenzó a ranchear y robar los indios de aquellas
comarcas con la desorden que habían hecho en las otras. Y así hizo cuño real y
fundió todo el oro que se había habido e Juan de Ampudia tenía antes que él
viniese, e sin cuenta y razón, sin dar parte alguna a ningún soldado, lo tomó
todo para sí, salvo que dió lo que quiso a algunos que se les habían muerto los
caballos. Y hecho esto, llevando los quintos de Su Majestad, dijo que iba a
Cuzco a dar cuenta a su Gobernador, y se partió para el Quito, y en el camino
prendió mucha cantidad de indios e indias, e todos murieron en el camino e
allá. Y demás desto, el dicho capitán tornó a deshacer el cuño real que había
hecho.
Bien es aquí
referir una palabra quéste de sí mesmo dijo, como aquel que no ignoraba los
males y la crueldad dellos que hacía. Dijo así: "De aquí a cincuenta años,
los que pasaren por aquí y oyeren estas cosas dirán: por aquí anduvo el tirano
de Fulano."
Estas
entradas y salidas que aqueste por aquellos reinos hizo, y esta manera de
visitar aquellas gentes que vivían seguras en sus tierras, y estas obras que
ejercitaban en ellas V. A. sepa y sea cierto que han hecho por la misma imagen
y semejanza los españoles desde que se descubrieron hasta hoy en todas las
Indias.