
Las invasiones célticas en España se iniciaron en el s. IX a.C. por los pasos del Pirineo, recibiendo Cataluña las bandas de incineradores, entre los que figura la tribu de los beribraces. Las primeras incursiones célticas no llegaron a fusionarse con los íberos, tribus de la Península Ibérica.
Una oleada en el s. VII a.C. trae la cerámica por los berones y pelendones. Hacia el año 600 a.C. se instalan los sefes, lugones y los elementos celtas de los vetones y, finalmente, en el s. VI a.C. llegan los belgas, si bien sobre éstos últimos no todos los historiadores coinciden en afirmarlo.
Pero la oleada de galli que cruzó los Pirineos en el año 500 a.C., y que se estableció inicialmente en la ribera del Ebro, avanzó más hacia el centro y llegó a fusionarse con los nativos íberos, formando el pueblo celtíbero. Su área de expansión tuvo como foco principal la región aragonesa. De allí avanzaron hacia el sur, hasta alcanzar el borde nororiental de la meseta.
![]() Castro celta gallego de Santa Tecla, La Guardia, Pontevedra. |
Las tribus consideradas de la etnia celtibérica, algunas de ellas según Ptolomeo, además de los propios celtíberos, fueron los arévacos, vacceos, belos, titos, carpetanos, vascones, túrmogos, cántabros, astures, oretanos, várdulos, autrígones, lobetanos, caristos, ilergetes, castellani, edetanos, callaeci, celtici, lusitanos, bastetanos, vettones, turdetanos, etc. Los celtíberos vestían de negro, con el típico sagum galo y ceñidas calzas; se cubrían con una capa o manto con capilla. Dedicados a la caza y a la pesca, vivieron en aldeas. Su religión era fundamentalmente druídica; sus ritos, celtas; sus sacerdotes muy similares a los druidas. Fueron típicas sus danzas y sacrificios en las noches de plenilunio. |
Alfredo Jimeno Martínez, arqueólogo de Soria (actual provincia de España que corresponde casi íntegramente a la antigua Celtiberia), nos dice en su artículo Religión y ritual funerario celtibéricos que "la sociedad celtibérica presenta un fuerte contenido militar, potenciado a partir del siglo IV a.C. con la actividad en el Alto Duero de los arévacos. Para los celtíberos la guerra era una forma de conseguir prestigio, riqueza y reconocimiento social". A decir de Silo Itálico: "los celtíberos tienen preparado el ánimo para la muerte y el cuerpo para la fatiga y luchan contra ellos mismos cuando no existe contrincante exterior" y "se muestran felices en las batallas y se lamentan en las enfermedades". Como apunta Sopeña, ante la indignidad que supone la pérdida de libertad, el guerrero celtíbero prefiere la muerte a través del suicidio (devotio).
La gesta de Numantia (hoy conocida como Numancia), capital de los pueblos celtíberos controlada por la tribu de los arévacos, ha pasado de generación en generación, ya que lucharon por su independencia hasta límites sobrehumanos frente al poderío romano.
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El primer ataque a Numancia se produjo al comienzo de la segunda guerra celtíbera (153 a.C.), al frente del cual se encontraba el cónsul romano Quinto Fulvio Nobilior, quien cercó a Numancia con 30.000 hombres y la atacó con 300 jinetes y 10 elefantes. Esta fue tambien la primera derrota del ejército de Roma frente al valor numantino, abriéndose un periodo de veinte años de infructuosos ataques posteriores que hicieron temblar al propio senado romano. |
![]() Ruinas de Numancia, Soria. |
En el año 133 a.C. Cornelio Escipión llegó a las inmediaciones de Numancia junto con 60.000 hombres y levantó una muralla de nueve kilómetros circunvalándola y estableciendo siete campamentos alrededor de ella, cuyos emplazamientos están hoy día señalizados para que puedan conocer su ubicación los visitantes que acuden a las ruinas de Numancia. Había comenzado el asedio, dejando a los numantinos sin provisiones ni recursos para vivir. La carencia de alimentos se fue haciendo cada vez más insoportable hasta que en el verano de 133 a.C. se produjo la caída heroica de Numancia, suicidándose todos sus habitantes y entregando la ciudad en llamas. Habían culminado 30 años de ataques y asedio. Se sabe que la ciudad celtíbera ocupó más de 20 hectáreas estando atravesada longitudinalmente por dos calles principales. Sus casas tenían cimientos de piedra, paredes de madera entramada con ladrillo y cubiertas de ramaje y barro.
La ciudad incendiada permaneció abandonada durante un siglo y posteriormente fue habitada por los romanos e indígenas celtíberos romanizados de la Hispania, hasta que finalmente pereció ante las invasiones bárbaras.
Otras ciudades celtíberas (que actuaban además como verdaderos estados independientes, controlando el territorio que de ellas dependía) son: Uxama, Termes, Ocilis, Segontia, Bilbilis, Mundobriga, Contrebia, Volux, Nertobriga, Clunia, Burado, Atacum, Vareia, etc.
Señalaremos aquí la interesante y sorprendente teoría del escritor e investigador soriano Ángel Almazán, acerca del numantino Vaso de los Toros, tinaja celtibérica que, según el arqueólogo Blas Taracena, "se halló en una calle -de las ruinas de Numancia-, entre el lecho de carbones, rota intencionadamente el día del sacrificio de la ciudad".
Almazán nos recuerda que hoy día se estima que no data su destrucción del año 133 a.C., al ser conquistada Numancia por Escipión, sino de mediados del siglo I a.C.
Decora la tinaja, según explica Taracena, "un toro con cabeza de frente, sin patas, y con el cuerpo formado por ruedas que se expresan en movimiento, enmarcando la cola terminada en otra cabeza; después soles radiados cruzados por un aspa y otro toro completo con la cabeza de perfil y hocico bífido devorando un pez de dos cabezas..." Federico Wattenberg la describe como "gran vaso de barro rojo abrillantado, con decoración pintada de dos toros en negro, de dibujo complejo, y un pez doble debajo de uno de ellos".

Pues bien, interpretando los diversos elementos, a partir principalmente de los dibujos de la conservadora del centro museístico numantino Mariam Arlegui, Almazán llegó a la conclusión de la iconología del vaso de los Toros es una representación cosmogónica védica que revela la raiz indoeuropea de los numantinos.
¡El Palacio Celeste de Indra, los Cuencos de Soma, Varuna, Matsya, Vritra o el Brâhma-Atman... estarían representados en esta enigmática cerámica celtibérica española!
Al poco de publicar, en el verano de 1999, un artículo sobre esta cuestión en la Revista de Soria que el propio Almazán dirije, el autor nos informó, al inquirirle sobre ello, que aún no se había producido ninguna reacción oficial o extraoficial ante tan revolucionaria hipótesis, y ello a pesar de haber remitido dicho artículo a los mayores especialistas en historiografía celtibérica de España.
Dice Estrabón que para "ciertos autores los galaicos (celtas que se asentaron en lo que es la actual Galicia) son ateos; más no así los celtíberos y los otros pueblos que lindan con ellos por el Norte, todos los cuales tienen cierta divinidad innominada a la que, en las noches de luna llena, las familias rinden culto danzando, hasta el amanecer, ante las puertas de sus casas". El Dr. Jimeno Martínez, que es director del Plan Arqueológico de Numancia, nos dice: "Algunas de estas danzas se han querido ver representadas en las cerámicas de Numancia e, incluso, Taracena -que fuera director del hoy Museo Numantino- vio en las danzas de carácter guerrero que se bailan en la zona de San Leonardo, Soria, reminiscencias de esta costumbre ancestral.
Esta divinidad tradicionalmente identificada con la luna, puede relacionarse, según Marco y Sopeña, con Dis Pater, dios ctónico o infernal, del que, como dice César, todos los galos se proclaman descendientes. Por esta razón miden el tiempo no por días sino por noches, es decir por lunas. La importancia de esta deidad queda reflejada también en la representación de crecientes lunares en las cerámicas y otros objetos. Era tan fuerte su influencia -dice el Dr. Jimeno Martínez- que en alguna ocasión los vacceos (pueblos celtíberos del Duero medio) detuvieron su ataque contra el romano Lépido al interpretar un eclipse de luna como signo prohibitorio de tal acción por la divinidad.
Los ciclos de la luna y el sol eran altamente sugerentes de muerte y resurrección e incluso la idea de que la noche daba luz al día.
El culto al fuego relacionado con el sol, como elemento de purificación, tenía un lugar destacado. En el solsticio de verano se realizaban fiestas de purificación con danzas, carreras, luchas y sacrificios fuera de la ciudad. Se han considerado residuos de estos ancestrales ritos las fiestas del paso del fuego en San Pedro Manrique, Soria, en la noche de San Juan y los numerosos festejos en torno al fuego, que coincidiendo con el solsticio de verano siguen reproduciéndose en esta zona y otras de España.
Los dioses Epona y Lug, que aparecen asimilados al caballo y al toro, ya que las divinidades y sus cualidades más significativas eran representadas en aquellos animales que las poseían. Horacio y Silo Itálico destacan la costumbre de los cántabros (asentados en la cornisa cantábrica del norte de España) de beber sangre de sus caballos para adquirir sus cualidades, haciendo alusión al carácter vivificador de la sangre animal; por otro lado, los toros se representan devorando peces, como mito de fecundación de la tierra.
Epona, Lug o Matres corresponden a las divinidades pancélticas. Epona también es representado en un relieve procedente de Sigüenza, Guadalajara, montada de lado sobre un caballo. A las diosas Matres, relacionadas con la idea de la fecundidad y abundancia, se les dedican dos inscripciones en la provincia de Soria, una en Ágreda y otra en Yanguas. Conocemos otras representaciones iconográficas de estos dioses; así Lug aparece en el santuario de Peñalba de Villastar, Teruel, bien estudiado por Marco, en forma de personaje masculino bifronte con los brazos en cruz y la frente provista de cuernos o con la corona de hojas (similar a varias representaciones centroeuropeas).
La dedicación a los Lugoves, que figura en una lápida de Uxama (Osma), mostraría una manifestación del dios Lug, relacionada con la habilidad manual, lo que queda demostrado al ser el Colegio Sutorum (colegio de zapateros) el que dedica el ara.
Otros dioses son conocidos a través de la epigrafía latina o celtibérica y por referencias iconográficas, a veces discutibles, como la representación, según Blázquez, en perspectiva cenital, sobre un fragmento de cerámica numantina, de un supuesto dios Cernunnos.
Otras representaciones iconográficas se han relacionado con Sucellus, divinidad infernal y funeraria, a la que se asocian algunas
cabezas humanas con piel de lobo (animal asimilado a este dios), de las cerámicas de Numancia, o el hombre revestido con
piel de lobo de la estela cántabra de Zurita, que aparece junto a un caballo y debajo de ellos una escena ritual de exposición
de cadáveres en la que un guerrero muerto es devorado por un buitre, en sintonía con lo que relatan las fuentes, cuando indican que los nertobrigenses
envían a Marcelo un heraldo vestido con piel de lobo y que diferentes autores han relacionado con
cofradías, al decir de Almagro y Álvarez, serían los baños iniciáticos de purificación que
tendrían lugar en las saunas (vinculadas al significado ritual del agua), halladas en los castros del Noroeste, conocidos por los gallegos como pedras fermosas, o
la denominada fragua de Ulaca, Ávila.
Los celtíberos no encerraban a sus dioses en recintos construidos, ya que como dice Tácito en relación a los germanos "creen que no es posible encerrar a los dioses dentro de unas paredes ni que se les pueda representar con aspecto humano, dada la grandeza de las cosas celestes". Desarrollaban sus cultos al aire libre; así, el vocablo céltico que designa por antonomasia al santuario es nemeton, en donde se produce la comunicación entre dioses y hombres, que presenta modalidades diversas, ya que puede ser un claro en el bosque, la cima de una montaña o un lugar elevado (Peñalba de Villastar, Panoias y Ulaca), las fuentes, los ríos o una cueva.
En el santuario de Peñalba de Villastar, Teruel, existen inscripciones rupestres de tipo votivo, que muestran onomástica céltica, ibérica o romana, lo que se explica por ser un santuario de frontera, al que acudirían peregrinos tanto ibéricos como celtíberos, así como de lugares distantes. En Calatayud, Zaragoza, (antigua Bilbilis de los celtíberos), se habla del "sagrado encinar de Burado" (se ha relacionado con Beratón), que aún recibía veneración en el siglo I; o del Mons Caius (sagrada montaña conocida hoy como El Moncayo). También se conocen en la Celtiberia santuarios en cueva, como La Griega, en la provincia de Segovia, con un amplio numero de inscripciones, una dedicada a la diosa Nemedus Augustus y, posiblemente, la cueva de San García, en Santo Domingo de Silos, con inscripciones también indígenas.
Diversas fuentes hablan, de una manera poco clara, de sacrificios humanos, que se han vinculado, a veces, a rituales de fundación de ciudades, aunque sobre bases poco claras. No obstante, Estrabón menciona las hecatombes de hombres y caballos a una deidad asimilada al Ares griego.
En la Península Ibérica existen evidencias sobre el ritual de las cabezas cortadas de los vencidos que colgaban de sus caballos y exhibían como trofeos en sus casas.
Algunos autores, como Taracena y Maluquer, consideran este rito céltico relacionado con los sacrificios humanos, pero parece más adecuado interpretar este ritual con un contenido apotopraico, pues se trata de una costumbre guerrera relacionada con la creencia céltica de que en la cabeza reside el alma humana; de ahí la importancia simbólica de este elemento, que puede en ocasiones representar a la misma divinidad. A esto puede responder en gran parte la omnipresencia de la cabeza en las diferentes manifestaciones artísticas en el mundo celta (representación de máscaras y cabezas en relieve o pintadas de Numancia y Uxama).
Otro rito a destacar es la amputación de manos, que aunque no está directamente documentada entre los celtíberos (se documenta en las estelas del Palau de Alcañiz y en el monumento de Binéfar, en el ámbito ibérico del valle del Ebro), sí se alude indirectamente en alguno de los episodios del enfrentamiento entre romanos y numantinos; así, cuando aquellos les piden a los de Numancia que entreguen las armas, estos lo consideran como si les ordenasen cortarse las manos.
No se conocen textos sobre la Celtiberia que hablen de sacerdotes o colegios sacerdotales, como los referidos por César para la Galia y Britania. Pero si debió existir un sacerdocio organizado y este sacerdocio tendría las características del druídico.
Los textos antiguos nos transmiten algunos acontecimientos que pueden interpretarse en este sentido -asegura el Dr. Jimeno Martínez-; así, el episodio narrado en los textos antiguos sobre Olíndicos, al que se le cita como viros veranos, que vaticina (misión de los druidas) la derrota de los romanos al recibir una lanza del cielo. Por otro lado, la representación iconográfica de un vaso de Arcobriga, en donde aparece un hombre con un árbol en la cabeza, permite deducir su naturaleza sacerdotal, por la conocida relación que existe entre el druida y el árbol. También la interpretación de algunos textos celtíberos, como la cara B del Bronce de Botorrita, permite deducir de algunos tratamientos (bintis) aplicados a diferentes personas, que se trata de druidas o sacerdotes vinculados a diferentes funciones jurídicas o institucionales.
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