La Modernidad, con el único escollo de un gerontocomunismo que moría a finales de los años ochenta a los pies del Muro de Berlín, está a punto de desembocar en un mundo unívoco. Neoliberal en lo ideológico, "centrista" en lo estético-político, ultracapitalista en lo económico, desvertebrada —y más que desvertebrada, informe— en lo social, e inane y bastarda en lo cultural. Un mundo así requiere, obviamente, una única forma en el ámbito de lo político: la partitocracia (que no democracia, puesto que democracia es el "gobierno del pueblo") parlamentaria, cuya pluralidad se va limando con el paso del tiempo hasta adquirir el aspecto de una suerte de "monopartido" según el modelo norteamericano: un haz "progresista" y un envés "moderado". Fuera de este marco político-ideológico —y de su lógica— sólo existiría la irracionalidad y la barbarie. Así, los fascismos —los que lo son y los que no lo son, porque eso carece de importancia— representarían la sombra de un "pasado que no pasa", unas ideologías abyectas y criminales que no merecen más tratamiento que el de la condena y la satanización. Pero no sólo aquéllos. También los "ecologismos radicales" se han convertido ya en sospechosos de un solapado "nazismo verde" y hasta los (escasísimos) comunistas que no han vuelto al redil socialdemócrata, empiezan ya a degustar las hieles de su propia ricino dimitroviano.
El hecho de que la banca, el establishment político, los medios de comunicación, las diversas policías y hasta las ONGs conformen el nuevo y abrumadoramente triunfante "mundo feliz", ello no impide la vigilancia extramuros. El hombre light —para emplear la feliz terminología del psiquiatra Enrique Rojas—, se convierte así en un "militante combativo y celoso" y "los que pecan de pensamiento, palabra, obra u omisión" en personas, cuanto menos, carentes de toda legitimidad y, en casos extremos, incluso de los más mínimos derechos democráticos. Por la historia sabemos que todas las dictaduras —sin excepción— tenían y tienen sus "policías del pensamiento", por la práctica política correcta de hogaño, sabemos que esos "policías del pensamiento", lejos de conformar un cuerpo a extinguir, gozan de una envidiable salud. El "policía del pensamiento", de hecho, se conforma en un antídoto y, al mismo tiempo, en justa reciprocidad, en una forma de promoción: a los gerifaltes de toda laya —¡ya se sabe!— les agradan los Torquemadas y los Torquemadas necesitan comer de caliente, al menos, una vez al día.
Así, no es de extrañar que lo que es presunta defensa de las libertades acaba convirtiéndose en ataque despiadado, liberticida y totalitario. Este fenómeno no es exclusivo de nuestro país ni siquiera continental, sino mundial, como planetario es el pensamiento único. El hecho de que los fenómenos políticos de extrema derecha en España hayan sido mucho menos que insignificantes durante las décadas ochenta y noventa, no ha evitado, sin embargo, la presencia de "policías del pensamiento" que, bajo el estandarte del "mejor prevenir que curar", han operado en la dirección de una denuncia histérica de un peligro a todas luces inexistente y de la urgente necesidad de evitar la presencia del indeseable Anticristo, que unas veces adopta el rostro de Gonzalo Fernández de la Mora, otras de Mario Conde y las más de Jesús Gil...
El trío más prolífico —y conocido— de nuestros "policías del pensamiento" han sido —y son— José Luis Jiménez, Xavier Casals y Mariano Sánchez Soler. Sobre la producción de los dos primeros, tendremos la ocasión de hablar en otra ocasión. A todos ellos, sin embargo, les une una común característica: la aplicación de la fórmula reductio ad Hitlerum, consistente en ir hilvanando los discursos que van desde la derecha [en el caso de Xavier Casals, desde el propio Partido Popular, considerándola como una "derecha anómala"] a la dinámica delincuente de los grupúsculos de "rapados". Se trata de un meltingpotismo artificial y calculado, pero de demoledora eficacia. Con él que se presentan ideologías disidentes o transversales, no ya como potencialmente criminales, sino como "factorías ideológicas" de cualquier crimen político, ya sea éste real o metafórico. Todo lo que en ese gran cajón de sastre se etiqueta arbitraria y malévolamente como extrema derecha —o fascismo, o nazismo, pues los marchamos son intercambiables— es criminal por definición y todas las personas que se consideran —o que los "policías del pensamiento" señalen— de extrema derecha o simplemente se atrevan a contestar al Sistema, pasan a engrosar la lista de potenciales gaseadores de Auschwitz.
Si en los casos de Jiménez y Casals, su quehacer policial queda camuflado tras el manto de un análisis pretendidamente científico —a años-luz, sin embargo, de la rigurosidad y seriedad, pongamos por caso, de un Taguieff, sobre cuestiones actuales, o de un Sternhell, sobre la génesis de este tipo de fenómenos— el libro de Mariano Sánchez Soler Descenso a los fascismos —en realidad una nueva versión de Los hijos del 20-N. Historia violenta del fascismo español [Temas de Hoy, Madrid, 1993], al que se le ha "lavado la cara" y se le ha "puesto al día" añadiéndole mayores dislates y algo de navegación internáutica— conforma un auténtico bodrio en el que la desvergüenza intelectual supera con mucho el nivel de los "dossiers" de revistas tipo Interviú o Tiempo, por sólo citar a dos de las publicaciones especializadas. Sería tedioso hacer un análisis pormenorizado de tanta mala fe —no pocas veces barnizada de estulticia—, por lo que bastará con un botón de muestra. En la pág. 237, en el capítulo dedicado a la violencia fascista de los años noventa, podemos leer: "31 de agosto [de 1997]. Mueren Diana de Gales y Dodi Al Fayed en accidente de tráfico en París". ¿Y por qué no la cogida mortal de Manolete en la plaza de Linares, allá por 1947? ¿Y por qué no el hundimiento del Titanic? ¿Y por qué no el próximo terremoto en Turquía...?
Descenso a los fascismos, sin embargo, no es un libro a quemar, porque Descenso a los fascismos tiene, a nuestro entender, un enorme valor pedagógico: nos muestra de forma descarnada el lado más torvo del pensamiento único. Importa de este libro no el qué —insistimos— sino el cómo. La virtud de Sánchez Soler reside precisamente en poner las cartas boca arriba y decir en voz alta —en letra impresa, en este caso— lo que los neoliberales —ex rojos y ex azules incluídos— piensan de manera callada o, para ser más exactos, pensaban de manera callada hasta que, hace pocos semanas, la Bestia 666 de Carintia irrumpió en la pantalla de la "caja tonta".