"Página
personal de las artes escénicas"
En primer lugar, algunos maestros. Indispensables:
Y después
el aprendiz se lanza, temerariamente, al ruedo:
"EMPATIZ-ARTE":
MONÓLOGO PARA ACTOR SESUDO
Estaba
yo el otro día leyendo un articulillo de un prestigioso autor teatral,
extraña especie donde las haya, que me dejó bastante perplejo.
El citado, mejor dicho el aludido caballero, que era hombre, o eso su nombre
indicaba, escribía a propósito de que si los actores, nosotros,
yo mismo, quizá alguno de ustedes, tenemos la preparación
adecuada para interpretar un papel. Si, si. Ya sé. Pensarán
ustedes que hay de todo, como en botica. Pero no. Este señor se
cuestionaba al colectivo entero y a todas las posibilidades interpretativas
posibles. A todos. No es bronca ni nada el tío. Es como meterse,
yo que sé, con Hacienda que somos todos.
Vale, la historia era como sigue. ¿Cómo puede un actor interpretar
un personaje al que no entiende?. Esto parece una tontería pero
no es así. Vamos a ver. Como puedo interpretar yo a....yo que sé...Einstein,
si no tengo ni puñetera idea, y no me puedo ni imaginar, que es
eso de la Teoría de la Relatividad. Esto es una gilipollez. Obviamente.
Los actores cuando interpretamos, cuando nos metemos en la piel de un personaje
lo hacemos a través de una serie de procesos para acercarnos al
personaje e identificarnos con él.. Es lo que en teatro llamamos
empatía. Pero claro. Tu puedes empatizar físicamente con
un personaje. En su manera de andar. En los gestos que hace. En su forma
de estar. Yo que sé. De mil maneras. Luego intentas ponerte en su
lugar y saber las cosas que le han pasado. ¿Si sufre? ¿Si
goza? ¿Si está preocupado? Estas cosas cualquier buen actor
puede hacerlas. Pero empatizar con el pensamiento de un personaje, es muy
complicado. Es el caso que hablábamos, de Einstein. Yo no puedo
empatizar con la teoría de la relatividad.
Pero ahí no queda la cosa. Por supuesto, hay que saber si ese pensamiento
conforma a una persona. Si expresamos nuestros pensamientos. Normalmente,
no lo hacemos. En teatro, a veces, si que hay apartes donde un personaje
expresa sus pensamientos más íntimos. Pero son pensamientos
que ha escrito un autor, no son pensamientos reales. Por ejemplo, Hamlet.
Cuando va el tío y se pone: “Ser, o no ser, esta es la cuestión,
si es más noble sufrir en el ánimo los tiros y flechazos
de la insultante Fortuna , o alzarse en armas...” se supone que está
expresando sus pensamientos. Pero nadie se pone en su casa, o en el metro,
a pensar de esa manera. Y menos en voz alta. Estaría gracioso, que
todos los días en la línea 3, cuando vamos todos por la mañana
como sardinas en lata, alguien se pusiera a expresarnos sus pensamientos
más elevados. En la siguiente parada seguro que le echaban fuera
a patadas. Uf. No. Las cosas no son así.
Entonces ¿se puede empatizar con un personaje a otro nivel? No creo.
La verdad es que eso es una tarea casi imposible. Estaríamos en
otra esfera de teatro. En un mundo de telépatas, lo mismo era hasta
necesario. Bueno. A que se reduce al final esta perplejidad mía.
Muy sencillo. Todos damos por hecho de que para empatizar con el personaje
hay que comprenderle, por lo menos en cierta medida. Sus motivaciones fundamentalmente.
Y aquí está el nudo de la cuestión. En que se basa
la interpretación en nuestros días. Muy claro señores.
Naturalismo. Ustedes no deben de darse cuenta de que yo estoy actuando.
Todos los actos físicos que yo realizo deben de parecerles a ustedes
parte del personaje. Entonces el público empatiza con el personaje
a través del actor. Hemos conseguido un buen trabajo.
No señor. Puede ser que no. Porque además de que todos nos
identifiquemos con todos, estamos contando algo. Todas las representaciones,
teatrales, televisivas, etcétera, tienen un mensaje de fondo. Ya
sé. Ya sé. Lo del mensaje le suena a todo el mundo a aquello
del teatro o las películas con mensaje de otras épocas. ¡Coñazo
supremo pero con mensaje! No. No es eso. Se trata de que en toda comunicación
existe un mensaje. Es fundamental en el acto de la comunicación.
Y cuando no existe estamos hablando por hablar. Saturación de información,
globalización, aborregamiento, encefalograma plano. Puro pasa-tiempo,
de dejar pasar el tiempo.
La verdad, todos necesitamos nuestros momentos para perder el tiempo, en
sentido literal, para descansar despiertos, para relajarnos, para estar
a gusto sin más. Tiene que haber de todo. Pero si utilizamos el
supuesto arte como somnífero, ya ni siquiera vale aquello del arte
por el arte. Ya lo dijo el buque insignia del pensamiento original, o de
orinal, de este país: no es lo mismo estar dormido, que estar durmiendo.
Buenas noches.
Fernando Olaya Perez
26 de mayo de 2002.
NO PUEDE SER (Escena
imposible para alienígena y computador)
Oficina intergaláctica de documentación orgánica (O.I.D.O.).
Multitud de
ciberciudadanos
de todas las especies pululan por una gran sala metalizada carente
de
ornamentación. Varias pantallas conectadas al Gran Ordenador de
Respuesta Estricta (G.O.R.E.) atienden, en sillones transformables adaptables,
a un público variopinto. Zeus titubea antes de acercarse.
Su rostro denota cierta preocupación. Armándose de valor
se acerca a una pantalla libre, la mira cabizbajo y por fin se sienta frente
a ella.
- GORE. (Con una voz metálica, pero agradable, sin alteraciones tonales)Buena jornada, ciberciudadano. Por favor, fije tres segundos su mirada en el centro de la pantalla. Identificación mediante iris. Zeus. Origen chafardiano. Sistema de Gun. Trabajador manual clase K. Sin antecedentes. Proceda por favor.
- ZEUS. (Visiblemente nervioso) Bueno, la verdad…es un tanto complicado para mí. Como sabrá mi especie quedó extinguida en la novena guerra interestelar, y claro…
- GORE. (Cortándole) Mis archivos históricos son los más completos del universo, puede obviar la parte narrativa. Al grano Zeus.
- ZEUS. Pues eso. Como mi especie quedó extinguida entonces, siento la necesidad de…de…(Su habla queda totalmente trabada).
- GORE. Como sabrás, mis sistemas de respuesta estricta no pueden mediatizar tus relaciones con el poder público. Si no estás en condiciones de realizar tu consulta o petición, te rogaría dejaras el puesto libre.
- ZEUS. (Recobrando el aplomo). No. Lo que quiero decir. Esto. Pues, que necesito compañía.
- GORE. Existen cuatrocientos treinta y tres millones, doscientos veintiocho mil novecientos catorce ciberciudadanos en la Confederación en este mismo nanosegundo. A tu disposición hay multitud de Centros de Atención Fraternal y Reciclaje Emocional, más conocidos por CAFRES, donde puedes solucionar tus problemas.
- ZEUS. Si, lo sé. Pero no me refería estrictamente a compañía sin más. Mis relaciones…íntimas están seriamente limitadas por… (de un tirón) la configuración externa de mis órganos reproductores.(Mas pausado) Las relaciones con otras especies no me son del todo satisfactorias.
- GORE. A la disposición de todos los ciberciudadanos hay gran cantidad de Sistemas Adaptables de Producción Orgásmica, los populares SAPOS, perfectamente configurados para todas las especies conocidas.
- ZEUS. (Algo desesperado) Si, ya lo sé. Pero no terminan de satisfacerme. Estos aparatos son fabulosos, pero…también algo fríos. Me gustaría poder combinar ambas cosas. Necesito a alguien de mi especie.
- GORE. Tu eres el último individuo de tu especie. No existe ninguna posibilidad de encontrar en todo el universo a otro chafardiano.
- ZEUS. Claro, eso es un problema…importante. (Dudando otra vez) Yo… había pensado en la posibilidad de una clonación con gestación extrauterina.
- GORE. Negativo. Ese tipo de clonaciones no están prescritas en este caso. La posibilidad de autorreproducción no está contemplada en el ordenamiento actual.
- ZEUS. Pero la finalidad no es reproductora, es estrictamente sexual. Bueno, no estrictamente. Pero no contemplo esa posibilidad.
- GORE. La creación de un ser con todos los derechos de ciberciudadano no puede estar mediatizada por condicionantes previos de esterilidad.
- ZEUS. Eso no es ningún problema, yo mismo me esterilizaría.
- GORE. La solución de un problema no puede generar otro de mayor envergadura. Ciberciudadano Zeus, los poderes públicos le advierten que si prosigue en su obcecación, habrá de procederse en su caso con mayor energía.
- ZEUS. No me está haciendo ningún caso. Los poderes públicos deben de velar por la felicidad de todos los ciberciudadanos. Eso es lo que dice el artículo 1 de nuestra Constitución interestelar.
- GORE. En aplicación del citado artículo 1, y ante la imposibilidad de dotar el ciberciudadano Zeus de una felicidad estable, se procede a su aniquilación.
- ZEUS. (Aterrado) No, no, espere. Yo sólo quiero ser feliz, como todo el mundo. Esto no es ningún delito.
Un rayo cósmico de color violáceo disuelve literalmente a Zeus en su acomodo.
- GORE. Informe 54X434KR34333TT. La raza chafardiana ha quedado extinguida en el día de hoy. Motivo: Imposibilidad de acoplamiento al pulso de felicidad colectiva. Inconformismosubversivo. Fin del informe. El siguiente, por favor.
Fernando
Olaya Pérez. Enero 2002
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por qué no ?
Fernando Olaya Pérez 13-2-02
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Shakespeare. William Shakespeare. Y el teatro. Desde luego, si es cierto que el amigo William se ayudaba del cannabis para doparse, como afirman ahora algunos investigadores surafricanos, no debe restársele ningún mérito. Si tuviera que acudir hoy en día a ver algunos de los montajes que se hacen sobre sus obras, necesitaría drogas más potentes para resistirse a la arrebatadora tentación de efectuar una triple pirueta en picado desde el segundo anfiteatro. Pero desde luego no podría quejarse al ser el autor más representado de todos los tiempos. Como dijo alguien, que me escenifiquen –mis obras-, aunque lo hagan mal. Bueno, no exageremos. Puede ir usted tranquilamente a ver las representaciones de “Otelo, el moro” del Centro Andaluz de Teatro y pasar un rato entretenido entre celos, cotilleos y traiciones.
Esta versión española del texto la firma Luis García Montero. Quizá haya suavizado un tanto el tono tremendista de la obra, modernizándolo así, para mejor entendimiento de los actuales. Intensificación el tema del poder, omnipresente, para aguar –incluso en llantos- unas pasiones personales privadas de oscuros nubarrones, tormentas y negruras. Y así acercamos a Otelo al culebrón actual. Algo que fue siempre, pero también algo más. Más que diluirnos en la supuesta modernidad.
El montaje está a cargo –lo dirige- Emilio Hernández. Hay algunos aciertos de interés. Momentos de desarrollo simultáneo de la acción, enmarcaciones visuales de gran fuerza, o simpáticas transiciones entre actos. Todo esto cohabita con inexplicables efectos que no parecen aportar nada al montaje. El banquillo de los actores a modo de visibles e impacientes jugadores de fútbol a punto de saltar al terreno de juego que charlan sobre el desarrollo de la función. Micrófonos en “off” para radiar tergiversadas y fundamentales escenas de la obra, o en “on” para cantar alguna que otra imposible canción. Simbólico escenario alfombrado que el público no ve –menos en los palcos-gallineros- y que es desmantelado, simbólicamente, por unos cansados utilleros-actores. Unos omnipresentes senadores, cuasi grandes-hermanos del poder, con un incomprensible Magnífico en silla de ruedas. Un castillo almenado de altavoces que nos recuerdan constantemente que se va a hacer uso de ellos. En fin, elementos escenográficos, que mi ignorancia me sugiere, que deben de ser actualísimos, pero a los que no encuentro una mínima justificación, una mínima funcionalidad en la obra.
Mención aparte merece el texto introducido por el Sr. Hernandez en el programa de mano de la obra. Debidamente enmarcado entre otros de gran calibre de Stanislavski y el propio García Montero, se hace un extraño –más bien flipante o lioso- alegato de la actualidad de la obra, extrayendo con “forceps” temas como el maltrato a las mujeres, el racismo, la xenofobia o el ¿evolucionismo?. Políticamente correcto. Seguramente sin venir a cuento.
Los actores son voluntariosos y hay algunos personajes bastante logrados. Su movimiento es frecuentemente armónico y con una interesante gestualidad. El vestuario, en plan legión extranjera, se deja acomodar en nuestra retina al compás de una buena iluminación.
Siento que, por momentos, estoy siendo demasiado cruel. Como Otelo. Que seguramente es más actual de lo que a veces creemos. Los clásicos deben evolucionar. Sin dudarlo. Pero hacia alguna parte. Cambiar por cambiar. El cambiazo. El muro. El moro.
Fernando Olaya Pérez
18 de mayo de 2001

Luigi es mecánico de motocicletas. Tiene unas manos delicadas para todo lo que sean tuercas, motores o bielas, pero también son fuertes. De hecho en su juventud practicó el noble arte del boxeo, llegando a disputar alguna pelea profesional. No tuvo demasiada suerte y una lesión en un dedo le impidió seguir su vocación. Ahora sus sienes plateadas le dan un aire algo enigmático, pero años atrás había llegado a estar catalogado, incluso, como guapo. El aspecto sucio y descuidado que luce entre grasa y herramientas tiene su contrapunto en su obsesión por la limpieza y los trajes. Una de sus mayores obsesiones es la grasa que se incrusta entre las uñas, y a cuya limpieza dedica diariamente bastante tiempo. El sombrero de ala, es la otra. Algo anacrónico, le da un aire de mafioso años cuarenta, pero Luigi lo luce con auténtica chulería.
De tanto cachondeo con su aspecto, su Luis original se transformó en Luigi, y así se quedó. Luigi se ha casado dos veces. Nunca tuvo hijos, nadie sabe por qué, y ahora vive sólo. Todavía cree en el matrimonio, pero este no parece ya, creer en él. Tiene una amante fija, pero su primera mujer todavía le apaña el apartamento de vez en cuando. La segunda murió en un accidente de automóvil.
El güisqui es su gran compañero. Solo bebe “bourbon” con agua,
nunca agua sola. Es bebedor, pero no borrachín. Su sueldo vuela
todos los meses en las más variadas apuestas. Tragaperras, fútlbol,
Lotto, etc. El casino es un acontecimiento especial, elegante y aristocrático,
una vez al mes, pero es más frecuente verle en sitios de apuestas
clandestinas. Luiggi también es un estoico. Nunca muda el gesto
gane o pierda. Es imperturbable en el juego y en el güisqui, aunque
es capaz de descomponerse por la más nímia discusión.
Fernando Olaya Pérez