[Hora crepuscular

DIÁLOGO LALIA

(Primera entrega. Abril de 2002)

[Hora crepuscular. Quinta en una vega tras los últimos andurriales y descampados que cercan la vieja corte de Madrid. Por el sendero que desde la entrada de la finca rodea las centenarias moreras, sobre una de las cuales cuelga un destartalado columpio, vestigio de una infancia ya lejana, se dirige hacia la puerta de la casa solariega, con taciturno paso sobre el irregular empedrado entre el que a veces se adivina el musgo, una silueta que, tras recomponer un tanto su gabán, y echando todavía una nueva mirada alrededor, golpea el aldabón de aquella puerta a cuyo otro lado espera hallar a un viejo amigo]

- ¡Hombre, por fin me encontraste! Ya pasé antes por la estación por si aparecías en el tren de las cinco (no estaba seguro de cuál me habías dicho), pero me apresuré de vuelta por si venías por otro camino y no me encontrabas aquí, y acababa de llegar. ¿Cómo fue el viaje? ¡Mi buen Jakob Kotangens-Kostverächter!

- ¡Felices los ojos que te ven, Héctor! Pues sin mucha novedad; ya sabes, la gente de los trenes anda algo mortecina, y me he pasado el breve trecho desde Madrid sin llegar a hablar con nadie.

HÉCTOR-   ¡Pasa, que seguro que traes algo de cansancio del traqueteo! Vamos adonde la chimenea y te voy contando algo de lo que ha pasado por aquí desde tu última visita. ¿Traes hambre?    

JAKOB KOTANGENS-KOSTVERÄCHTER- Nada, hombre, no te preocupes. Ya veo que te has instalado aquí de maravilla, con tu chimenea, y en esos estantes noto que tienes un buen caudal de libros y papelotes. Así que mucho no debes haber mudado tus costumbres.

HÉCTOR- Ya ves. Ya te había contado -¿no?- cómo surgió lo de encargarme (como los caseros de antes) de mantener un poco esta finca mientras tanto y no se les ocurre a los dueños echarme para vender o para hacerse un adosado de esos. El caso es que llevo ya casi dos años y me voy haciendo a los espacios y a los pequeños trabajillos para que no se nos venga encima la casa y ... En fin, me sorprendió tu llamada del otro día. No esperaba que fueras a volver por aquí tan de sorpresa a visitar a los amigos desperdigados por este Madrid.

KOTANGENS-KOSTVERÄCHTER- Pues cinco días van ya desde que me vine de nuestra querida Gotinga, en que aún se te recuerda y donde tú, un estudiante primerizo de alemán, y yo, aprendiendo con lecturas lenguas varias, como la tuya misma, entablamos amistad, y tan duradera, que nunca perdimos el contacto. Así que ahora, más sereno que la última vez que en estas tierras cálidas me bullía el corazón tras las faldas de alguna cuyo nombre todavía no olvido, he vuelto con el ánimo de quedarme un año al menos, a ver si aquí prosigo mis escritos. ¿Estarás ya hecho todo un hombre, no?, quiero decir, ¿ya no tendrá la Germanística secreto alguno para ti?.

HÉCTOR- ¡Bah! ¡No me vengas con rechifles!, que bien que me dejo atrapar por mil quisicosas y me meto en vericuetos de lecturas y de charlas que me han alejado de aquellos mis estudios primeros de Lingüísticas Indoeuropeas y lo del griego y el latín ... y no te digo nada de las aventuras académicas, de cómo siguieron y de cómo acabaron, por no desanimarme nada más haberte vuelto a ver. Ya tendremos tiempo, que sí que me gustaría preguntarte algunas cosas y dudas y, por supuesto, volvernos a encontrar para discutir con algún otro de los viejos compadres, que alguno ni sé por dónde anda desde hace meses.

KOTANGENS-KOSTVERÄCHTER- No nos vendría mal recuperar aquellas charlas, no, y más cuando estos años la Lingüística no ha parado de moverse y agitarse. No sabe uno muchas veces si se ha quedado desfasado, como dicen; tal vez por ello sería un buen examen ponerse con rigor a averiguar lo que sabemos y leímos dónde anda. Ya sabes, yo no he cesado de tratar con lenguas y teorías, de producir mis libros, de traducir a otros, pero con todo... Siento tal vez haber envejecido, no estar ya ágil para tanto. Y mira, ahora que veo aquí que tienes aparatos de sonido, podíamos sin más grabar nuestras palabras, no sea que se pierdan, como antes.

HÉCTOR- No sé si, además de seguir hablando tan bien español, has debido de adquirir dotes de adivinador, porque, ahora que decías eso de mis aparatillos de sonidos y música me he acordado que tenía ahí el casete ése pequeño grabando desde hace un poco antes de llegar tú, que iba a ponerme a recitar unos versos que me piden unos amigos para mostrárselos y hacérselos aprender a sus alumnos, y ahí se me quedó escuchando nuestros saludos y recuerdos. La verdad es que yo también echaba de menos aquellas charlas inacabables nuestras y que las pocas notas que íbamos tomando apenas hayan dado ningún fruto. Lo dejo entonces que siga registrando ¿no?

KOTANGENS-KOSTVERÄCHTER- Ya sabes que eso del registro me tiene a mí en ascuas desde hace mucho. Y sigo todavía con el propósito de terminar alguna vez aquel enorme libro de la escritura y signos gráficos. Y al cabo, no dista mucho este casete de lo que hace el viejo invento de las tablillas que nos hablan con sus surcos desde el fondo de los siglos. Así que, por mí, vale, y no estaría mal que se juntaran otros pocos: que ya estamos tú y yo muy vistos el uno para el otro. 

HÉCTOR- Ahora que lo dices, te tenía preparada una sorpresa: invité a venir más tarde a un amigo, a quien no sé si llegaste a conocer, que quería verme y contarme no se qué de sus batallas con lenguas y realidades. Aprovechémonos pues de la circunstancia y unos de otros, que no se da muchas veces esta coincidencia y estas ganas. Voy a prepararnos un té y ahora seguimos ¿vale?

KOTANGENS-KOSTVERÄCHTER- De acuerdo, te espero echándole un vistazo a los estantes con tus libros.   

HÉCTOR- Ya estoy de vuelta. ¿Qué? Ya ves el desorden de libros y fotocopias de artículos que tengo. Más o menos como ando yo, también desordenado y a saltos en mis lecturas y a vueltas con mis intentos varios de poner por escrito algún orden ...

KOTANGENS-KOSTVERÄCHTER- ¿A qué orden te refieres? ¿A saber cómo ubicar los muchos autores y escuelas que ya desde principios o mediados del siglo XIX, a partir de mi paisano Humboldt o luego con los comparatistas y neogramáticos, han ido poblando el campo, hasta el brote y eclosión de múltiples tendencias actuales, variantes casi todas ellas dentro de la ya añeja gramática generativa, pasando por algunos venerables sabios que antecedieron, como el mismo De Saussure, de quien parte todo el alboroto, o Hjelmslev, o Trubetzkoy, o Bloomfield o Sapir, de modo que decidas por quién o quiénes optar o de quiénes renegar? ¿A elevar a rango primordial la Historia de la Lingüística, como disciplina básica sin la cual las otras divisiones de nuestra querida Lingüística o hasta de la Gramática (ya sabes, cosas como aquello de Lingüística Histórica, o Sintaxis o Fonémica) perderían no poco de sentido? ¿O más bien por orden vas pensando en que habrá de estar escrito, como quien dice, de qué modo han de disponerse los distintos procedimientos del análisis, en si unos métodos necesariamente preceden a otros sin importar la escuela que abracemos?

HÉCTOR-  Veo que vienes con ganas de guerra y eso que aún no te has sentado. No, no pretendía yo con eso del orden que nos metiéramos por esos jardines. Era sólo una manera de queja en general (que uno no sabe hasta qué punto es problema suyo, si es uno el que desordena, o de la manera en que los condicionantes académicos, bueno, institucionales y económicos, juegan ahí). Porque, claro, yo -para que nos entendamos- no soy un lingüista en el sentido en que hoy se maneja el término y tampoco por lo que ello implica de estar dedicado a producir Teoría en forma de articulillos y a colaborar al saber total de la cosa confiando en que ya alguien vendrá en un futuro a dar constancia de lo que sabemos entre todos. Ya ves, tú mismo has sacado el nombre de viejos maestros nuestros que aún se atrevían –o sencillamente, podían- atacar la cuestión de una manera general, preguntarse por el lenguaje con todo el atrevimiento, como los propios títulos de sus obras lo anunciaban ... ¿Qué hay ahora de eso? Seguro que de una forma o de otra tú también, querido Jakob, sientes lo mismo, ¿no?

     A mí me parece que nosotros nos podemos permitir el lujo y el placer, aquí y ahora, de ver lo que hemos aprendido de nuestros choques con la literatura acerca del lenguaje y de las lenguas particulares, de nuestras torpezas tratando de entender a los que se ocupan “profesionalmente” de estos asuntos y ver, también, nuestras limitaciones, que tratamos de  vencer a base de algo entre cabezonería y pasión ...

JAKOB-  Ya, pero por más que sigas, como veo, un tanto cascarrabias, no queda con tus observaciones sociológicas o psicológicas sobre la Lingüística resuelto el trance. Porque no es tan fácil despachar en cuatro frases lo que se hace en ese campo en nuestros días (y conste que puedo en algo compartir tus impresiones), como perdonando la vida a la ingente tropa de gramáticos que asoman por doquier. Nuestra propia inclinación a seguir tratando de estas cosas de lenguaje viene a probar que nunca alcanza ese cansancio o como hartazgo que decías a hacer que nos rindamos y abandonemos despechados la batalla.

       Más bien quería llamarte la atención sobre el problema de la secuencia lógica y hasta temporal con la que se ha de contar de un modo u otro en la descripción y teoría lingüísticas. No sé si te acuerdas del todo, por ejemplo, de cómo en la fonología de Chomsky y Halle, y en sus discípulos más inmediatos, la aplicación de las reglas obedecía a un criterio que llamaban derivativo o derivacional. Así, sobre el elemento de partida obraba una regla que ocupaba respecto a las restantes un orden fijo en la lengua de que se tratase; si la estructura fonológica de un sistema concreto consistía en un número determinado de reglas, podía uno -el hablante, supongo- saltarse algunas de ellas, pero nunca invertir el orden prefijado. La segunda regla activa en un caso operaba siempre sobre la resultante de la primera, y así sucesivamente. Se trataba de aquello de la aplicación recursiva, que en sintaxis cobraba a veces una acepción algo distinta.  

  HÉCTOR-   Acepto tus reproches a mis quejas, tan vagas aún, tan poco precisas, que hasta para eso uno anhela precisión. Si nos damos tiempo, tiempo habrá de dar razón a esas quejas. Bueno, ya que has tirado por eso del orden, y dado que la cosa anda por ahí muy confusa, y liada, pero no liada de cualquier manera, aquí se trataría, entre nosotros (y eso es lo que hago ahora, creo), de no perder de vista dónde estamos y no enredarnos más de lo necesario en epistemologías, que así está el patio últimamente. Porque a veces, ¿recuerdas?, decíamos que la guía, la vía, era la lengua, la propia lengua que aquí está funcionando, la que hablamos, en acto, y que se pone a hablar de ella misma (sea lo que sea lo que esto quiera decir: ya se verá); que ella debía de “descubrirse”, lo que viene a declarar que es ajena a nuestro saber consciente, y que, en ella, además (en cuanto, la “sabemos”) estaba la clave para cualquier generalización. Puestos a desenredarnos, entonces, y ya que vamos entrando en calor dialéctico, te llevo un poco antes de eso de las derivaciones y las reglas, que seguro que habrá que debatir: llevamos un rato charlando, o sea, soltando no sé cuántas frases (en este caso en este idioma que hablamos, este español más o menos estándar y oficial) sin pararnos para nada en cómo las construimos, etc., llevados como estamos por “la cosa” de la que hablamos, así que se me ocurre que cualquier pregunta sobre cuál deba ser el orden, el nuestro al dialogar, en primer lugar, ya está orientada, o marcada, por el propio lenguaje, el que nos permite preguntarnos por unos términos dados (‘palabra’, ‘frase’, ‘lengua’ y los demás) y, como cuestión de orden no estaría mal empezar por lo más elemental, esto es: por el lenguaje como el caso único que es (cosa única entre las cosas); lo que hace el lenguaje como una acción única, en cuanto a esa especial capacidad suya, que a nosotros debería marcarnos el camino, porque la palabra “lenguaje” se usa para “nombrar” la operación de hablar, ¿no?

   Y te recuerdo, de paso y por si nos sirve de algo, que en las notas de la edición crítica del Cours del abuelo De Saussure, se achacaban varias de las malas interpretaciones y de no pocos de los equívocos posteriores (que ya irán saliendo ... vamos ... eso pienso) a algo que se decía en el capítulo III, acerca del “objeto de la Lingüística” que era que –si no me acuerdo mal-, al hablar de aquello del “objeto” de la Lingüística, y tras explicar las dificultades de dar una respuesta, se daba la “solución”: que el verdadero objeto era “la langue”, y todo lo demás que recordáis. Pero ... a lo que iba: que eso del “objeto”, no era más que, si bien se entendía, el objetivo de la investigación, la finalidad del estudio, de manera que sólo habrá objeto cuando este se haya determinado, se haya “conocido”. La cosa se me vino ahora y no sé ... si quieres le echamos un vistazo, o te parece mejor...

JAKOB- Pues sí que tienes buena panorámica desde estos ventanales, con el jardín aquí delante, que avista uno con la mirada hasta la verja y la loma de al lado de la carretera....¿Me decías? ¡Ah, lo del abuelo De Saussure, como lo llamas! No sé, no querría yo discutir eso ahora. Supongo, porque tampoco me sé de memoria el texto ni la ubicación de todos los pasajes, que te refieres a aquello famoso de que el objeto de la lingüística es la lengua en sí misma y por sí misma...¿o no? Frase que, por cierto, y espero haberla recordado bien, apuntan los comentaristas que es manifiestamente apócrifa, salida de la pluma de los discípulos que vinieron a editar los célebres apuntes, aunque no por ello dejan de señalar casi todos que resulta fiel al espíritu del maestro. Y me parece que la cosa no es siquiera tan sencilla como la planteas en lo que se refiere a nuestro ilustre ginebrino, porque bien que se ocupaba de distinguir entre objeto de la lingüística y tarea de la lingüística.... En fin, yo, por mi parte, no puedo dejar de recordar, un poco a modo de chanza, cómo Roman Jakobson (creo que era él, sí) explicaba que la lingüística moderna se dividía en dos grandes ramas, a saber, el comentario y glosa del Curso –o del Cours, para ser más exactos con las demandas filológicas -, y la lingüística propiamente dicha, y abogo porque aquí nos limitemos, al menos por ahora, a este segundo aspecto. No sé tú qué piensas. En cuanto a lo del orden y lo del descubrimiento....Oye, que me parece que tendremos que salir a abrir: se ha parado un camión que parece del butano delante de la verja, y ha bajado alguien, por lo que adivino con la luz de las farolas. ¿Pero reparten el gas a estas horas?

HÉCTOR.-  Espera... Desde aquí me parece que es... creo que es el amigo Horacio.  Voy a abrirle. Ahora  mismo vuelvo.

       -¿Cómo tú por aquí? ¡Chaval!

HORACIO - ¡Hey, Héctor! ¡Hola! Ayúdame con estos fardos. Vengo cargado del pueblo y no es plan cruzar la ciudad con tanto peso. El camión tiene prohibido circular por el centro a estas horas, y no era cosa de que le pusieran una multa... Son maja gente, jugamos el tute allá en la sierra cuando descansan del reparto.

HÉCTOR.- Vienes muy a propósito. Que parece que la tarde va de reencuentros.... Hace media hora que llegó mi viejo camarada Jakob, el alemán. Creo que ya te he hablado de él ¿no?

HORACIO.- ¿Jakob? Sí, sí, ya sé. Seguro que os pillo en plena charrada, ¿Eh? Anda, agarra esa bolsa.  Son suministros para la casa de mi primo y algo se puede aprovechar si no habéis cenado aún .

HÉCTOR.- ¡Bravo por lo de la cena!  Vamos para adentro.

       - Jakob, este es  mi amigo Horacio, que vive en un pueblo del Norte, de la sierra, y que está bastante estudiado en cosas de matemáticas. Nos solemos encontrar todas las semanas en la capital por la Tertulia esa de la que te hablé en aquella última carta.

HORACIO.- ¡Hola, ya me ha hablado también Héctor algo de usted! Si le parece que nos tuteemos a la usanza de aquí... creo que en la bolsa hay un buen Somontano con que celebrarlo. Veamos... ¡aquí está!  Supongo que no será el mismo sabor que el de los labios de esa niña de la fuente, pero también tiene su magia.

HECTOR.- Ahora mismo traigo un sacacorchos...

JAKOB- Encantado de conocerle, señor Horacio...bueno, de conocerte...que no quiero ser demasiado almidonado, como dicen los españoles, y darle la espalda al tuteo. No recuerdo que Héctor me mencionara en ninguna de las cartas nada de un amigo matemático, y eso que sí que en ocasiones se refería entusiasmado a la Tertulia que había ayudado a poner en marcha...Por ello, al gusto de un nuevo conocido he de decir que añado el regocijo por estar al lado de alguien que comprende los misterios de la Cantidad y de las Formas Puras...perdón, ya me dejaba llevar por el embrujo de los sabios de mi tierra...Espero, Horacio, que tengamos ocasión, hoy mismo u otro día cualquiera, de discutir de todo un poco. Bien sabe la niña ésa de la fuente de mi querida Gotinga, de cuyos labios, no creas, apenas tenemos los estudiantes mucho recuerdo, ebrios como estamos la noche en que por primera vez somos doctores, lo mucho que siempre he echado en falta en los estudios de lingüística una mayor presencia de los de tu condición....

       - Anda, sí que estás espléndido, amigo Héctor. No hacía falta que sacaras esos ahumados. Ya sabes que son mi debilidad...¿Ya está Horacio sobre aviso de nuestro intento de retomar las charlas sobre lenguaje? ¿Le habías contado algo otras veces, o ahora en el camino, que os veía tan enfrascados en no sé qué?

HÉCTOR.-  Ya tenemos hablado, sí, aunque nunca me he podido aprovechar de él lo bastante con estas idas y venidas a la ciudad que nos traemos -y ¡menos mal de esos (siempre demasiado pocos) benditos trenes! Le estaba contando antes cómo nos había dado por, hablando del lenguaje, tirar de esa hebra del “orden” -que parece que uno echa de menos por este lado y por el otro cierto orden- y que había añadido yo lo de “descubrimiento” como cuestión metódica fundamental y que se desprende sin más de la mayoría de los estudios (aunque no lo diga casi nadie explícitamente ¿queréis que os diga por qué?).

       Espero que se nos vaya enhebrando un poco más el  diálogo, que creo que los años sin vernos, o la falta de costumbre entre nosotros -¿No, Jakob?- nos ponen algunos obstáculos. Eso sin contar con la “cosa” misma, que aún no sabemos si es la Teoría o el Lenguaje “in person” o cómo se puede comer eso... y, hablando de comer, vamos con ese vino y vayamos soltando con su calorcillo la lengua a hablar. ¿Estamos?

JAKOB- Bueno, ya nos irás contando poco a poco eso de por qué casi nadie hace explícita la idea de descubrimiento a la hora de declarar las intenciones que mueven su estudio, que ardo de impaciencia por saberlo. Pero antes querría, entre trago y trago, presentarle a Horacio la cuestión ésa del orden de la que veníamos hablando cuando nos sorprendió con su visita; así, al tiempo que lo ponemos en antecedentes tal vez logremos aclararnos algo. Se trata de ver en qué medida la prioridad o prelación temporal es un factor constitutivo o hasta determinante en el estudio lingüístico; y ello, a mi entender, en al menos tres sentidos, si es que no encontramos más en el camino. Tengamos bien presente en qué consiste cada uno.

       En primer lugar, cabe plantearse si es asunto baladí, como dicen por aquí vuestros compatriotas castizos, el por dónde empezar una discusión sobre el lenguaje. Puede pensarse, por un lado, que al cabo el resultado vaya a ser el mismo sea cual fuere el origen, confiando, por tanto, en que la estructura anule la génesis, borrando las huellas de ésta. Pero, por el otro, acaso diga alguien, no sin razón, que lo que va primero siempre determina lo que sigue, y condiciona el proceder mismo del discurso. Ésta es la primera consideración, como veis, la de carácter más general.

       Puede uno, en segundo lugar, sin pronunciarse marcadamente sobre el punto anterior, cuestionar si algunas de las parejas conceptuales de más arraigo al acercarse al lenguaje, como la de “lengua / habla” – o, para el caso, “competencia /actuación” – no han de procurar ya una pista, o incluso comprometernos indefectiblemente, con respecto al orden de nuestro proceder como estudiosos. Y nótese que esto conlleva sin remedio una delimitación del objeto central de estudio. Me parece a mí que las disputas a propósito de la prioridad de la lengua o del habla (con los consiguientes estudios estructuralistas o las diversas gramáticas del texto) tienen que entenderse así. Además, la propia idea de “análisis lingüístico” ya toma partido por uno de los términos de la discusión. Recuerdo cómo mi paisano Georg von der Gabelentz llamaba la atención sobre la necesidad de una lingüística analítica y otra sintética. No olvidemos que el hablante opera con totalidades sintéticas. No sé, además, hasta qué punto esto pueda interpretarse directamente como un contraste entre una lingüística more geometrico y una lingüística, digamos, algebraica. A ver si Horacio nos puede decir algo al respecto.

       Por último, está el problema de si hemos de admitir que la lengua se encuentra ordenada, no en el sentido - ya imagináis - de organizada, pues sobre eso no caben dudas, sino en el de que haya relaciones, en último término, temporales, entre elementos de los que la constituyen. Claro que esta equiparación que estoy haciendo entre orden y temporalidad no os creáis que me deja satisfecho....Era a este propósito al que sacaba a relucir aquello de la ordenación serial de las reglas fonológicas, o hasta de lo que llamaban representaciones los entendidos. ¿Qué os parece? ¿He logrado aclarar un poco el panorama, o embrollarlo más?

    HÉCTOR.-  Nada de eso, que demasiado acostumbrados estamos a que nos hagan -sin darse cuenta- trucos de magia los que quieren a toda costa guardarse las espaldas científicas o guardar simplemente las apariencias. Aunque esto sea adelantar sospechas no puedo evitarlo -perdonad-, y paso a lo que decías.

       En el estudio lingüístico, como en cualquier otro, esta especie de “reflexión” en sentido literal se ha de dar sucesivamente, discursivamente, pero, en el estudio lingüístico como caso único (si es que como tal parece que nos avenimos a reconocerlo) sucede que en parte, al menos,  se está contradiciendo así con su objeto.

       En la medida en que es algo que se va diciendo (o escribiendo), en que se discurre sobre ello, sí que la cuestión del “Anfang” es fundamental. Ahora, qué es lo que nos haría decidir por dónde empezar, eso...(a ver si Horacio nos dice después en qué sentido se puede llamar a esto “lingüística o Gramática more algebraico”) Esto me recuerda a aquello de los últimos gramáticos de que la lingüística no es propiamente acerca de la actuación, sino Teoría de la Competencia -¿no es así?-, pero, por el otro lado, en la medida en que (el “more geometrico” de la cosa) se implicaría una visión -digamos- espacial de un orden, aquí el tiempo y lo del principio no contarían mucho. Lo importante sería, en todo caso, la estructura resultante.

       Introduzco esta otra dualidad , la de la descripción frente al discurso o catalogación de producciones (interminable). Parecería que entre una cosa y la otra nos deberíamos mover, esto es, entre una y otra andaría el estudio gramatical. Así, será “temporal” en la medida en que sea discursivo, razonador, pero tendrá también lo suyo de “sintético” (en el sentido que dices de síntesis del análisis) en forma, por ejemplo, de esquemas de estructuras. Os recuerdo aquella apenas metáfora de la máquina funcionando frente a la máquina parada,

donde se vería bien lo que ello implica para el estudio, eso a lo que aludes de que ‘orden’ querría decir dos cosas bien diferentes: orden como “una cosa detrás de la otra” y el orden de las cosas que están determinadas por su situación respecto a otras en un espacio ideal, pero que, en todo caso están ahí, quietas, dadas y determinadas por esas relaciones.  Y esto se refiere a lo que llamamos “el objeto”, pero debemos intentar estar alerta con eso del “lenguaje objeto” o del lenguaje como objeto,  que por ahí -creo- se pierden muchos (que para estudiarlo necesitan hacer como si no hablara, de hecho, en su discurso acerca de él).

       Retomando lo que nos traía aquí -esas verdaderas dualidades- un poco a lo bárbaro, la tarea sería -y es- un descubrimiento de esos dos órdenes y de sus relaciones. Y esto me lleva a recordar que de esas cosas ordenadas una detrás de la otra no se puede hacer propiamente Teoría, o, al menos, si eso fuera una Teoría, sería de una clase muy distinta a la verdadera  Teoría,  referida  -claro está- a la ordenación “more geometrico” que decíamos, que esa sí que puede “verse”,  porque vista la tenemos, parece. El análisis que se hace de la síntesis parece que sólo puede ser discursivo ¿no es así? Pero, por otra parte, no hay que olvidar que lo que hacemos como hablantes cuando oímos una frase sería precisamente eso que dije antes, que hacemos como si no hubieran “pasado” cosas una detrás de la otra (sintagmas, palabras o fonemas), como si el sentido se adquiriese precisamente “de golpe” en esa anulación por parte del oyente de lo que iba pasando a partir del hablante. Ahí vemos cómo se anula la temporalidad, que es justo lo que negábamos que una Teoría debiera hacer (y, desde luego, lo de la aplicación de reglas sucesivas y en su orden de tu ejemplo de los fonemas, eso no implicaría para nada ‘tiempo’, sino que esa aplicación de reglas nos situaría en otro territorio, digamos: ni en el sitio –mal llamado sitio- del habla, donde las cosas, las palabras, los fonemas, se “desarrollan”, “pasan”, ni en el verdadero sitio donde el orden de los elementos es algo como lo que llamábamos “geométrico”.

       Vaya esto como desquite contra los que creen, y lo demuestran, que se puede hacer tabula rasa y hablar del lenguaje como si fuera un caso más del hablar de tal o cual cosa natural o, mejor -o sea, peor- social. ¡Venga!, que  si no me paráis, me lanzo a demasiadas cosas y ... ¿Qué te parecen a ti estas disquisiciones, Horacio?

  HORACIO: Eso de analítico y sintético me da un poco de miedo, nunca anda uno seguro de si no será que utilizamos esos términos simplemente porque los hemos aprendido en las lecciones de filosofía y, como son complicados, así presumimos de lo bien que nos los sabemos. Le da a uno la impresión que lo de analizar está claro lo que es, pero al sintetizar no sé yo si se habla de recuperar el objeto original, o de construir otro distinto, o de las dos cosas, según convenga. Ya imaginaréis que me siento más gusto con la imaginería de geometría y álgebra. Ahí está clara la cosa: la geometría trata un espacio, el álgebra trata de una sucesión. Y no seremos los primeros que vean la producción como algo parecido a una secuencia algebraica y la instancia de organización como algo que vive en un campo geométrico.

    De hecho, podemos arriesgarnos a tirar un poquitín más del símil: hay por ahí un teorema que regula el salto de álgebra a geometría. Es un caso especial de álgebras, aquellas llamadas conmutativas, donde el resultado o significado de la secuencia no depende del orden en que se hacen aparecer sus elementos. Pues bien, se prueba que a cada espacio topológico le corresponde de forma única un álgebra que es conmutativa, y que a cada álgebra conmutativa le corresponde de forma única un espacio topológico. Un poco como ocurre en la lengua, donde una instancia implica una producción, y una producción implica una instancia. Aquí, claro, estamos con lenguajes cerrados y la cosa es en verdad muy simple: consiste en saltar de un punto geométrico a una función que sea cero en ese punto, y el álgebra es la de multiplicación de funciones. Pero no deja de ser espectacular de qué manera uno puede pasar de un juego a otro sin perder información de lo que quiere describir.

   Otra cosa es que esta dualidad tenga algo que ver con el hacer lingüística de forma analítica o sintética.

JAKOB- Perdona, pero, a riesgo de revelarme como un lerdo, ¿por qué la función con la que se hace corresponder en los casos que dices un punto geométrico ha de tener como valor en dicho punto cero? Además, no se me ocurre, ni forzándolo mucho, un equivalente propiamente lingüístico para ese cero. ¿Puedes explicarlo un poco más al detalle?

HORACIO - Lo intentaré, pero no os engañéis pensando que se trata de probar una identidad, porque nada hay tan distinto de una extensión geométrica como las sucesiones algebraicas. Hay casos en que unas pueden codificar la misma información que las otras, y de eso se trata al hablar de dualidad. Vemos que no hay una identidad de estructuras cuando descubrimos que no es una función lo que corresponde a un punto dado, sino más bien la clase de todas las funciones continuas que se anulan, que toman valor cero, en ese punto, y exclusivamente allí. El paralelismo va más o menos así: En geometría, los puntos se pueden

reunir para formar conjuntos, y de estos se pueden hacer uniones e intersecciones que den como resultado nuevos conjuntos. En álgebra, el producto de dos funciones tiene valor cero en todos los puntos que correspondan a valores cero bien de una, bien de la otra, bien de ambas. Esto es, la unión de conjuntos en la geometría corresponde al producto de las funciones en el álgebra.

       Baste con esto para entender por qué el truco necesita el cero, y por qué el álgebra ha de ser conmutativa: hacemos uso de la multiplicación usual para llevar rastro de una de las operaciones de conjuntos. Al multiplicar, los ceros se acumulan, y eso es independiente del orden en que se produzca la frase del álgebra. Hay, por supuesto, más condiciones y propiedades que pedir al álgebra para que puedan construirse el resto de operaciones geométricas. O al revés, hay ciertas restricciones en la geometría a la hora de construir el

álgebra. Y no es lo mismo que las funciones asignen números reales o complejos. Ah,  si consultáis libros de matemáticas, buscando esto que se llama, creo,  el teorema de Naimark-Segal, veréis también un truquillo más: en vez de asociar a un conjunto las funciones que se anulan sobre él, se le asocia justo lo contrario, las funciones que se anulan sobre el resto

del espacio y son distintas de cero en todo el conjunto que vienen a representar. La esencia de lo que os cuento no varía, simplemente aprovechan ese viejo teorema de lógica clásica que permite sustituir un conjunto por su complementario si se sustituyen las uniones por las

intersecciones y recíprocamente.

HÉCTOR.- Vale. Vale. Paremos un poco y volvamos de nuevo a la cosa, venga.  ¿A qué venía todo esto? ¡Ah! Fue por  aquello de lo analítico y lo sintético que sacó Jakob de su paisano y que relacionó con una lingüística more geometrico frente a otra more algebraico.

   Os propongo que tratemos mejor de reformularlo de nuevo (vamos, me refiero a ese paralelismo que sugeríamos y que no era caprichoso) para que no despisten a nuestro matemático esos palabros u otros. Para ello nos recuerdo un poco así a lo pedagógico y como un lorito algunos puntos que me parecen claros al respecto sobre todo para que Horacio se sitúe y nos diga si se entiende bien. Para que veamos mejor que ese paralelo no tiene nada de mágico, recordad que el discurso geométrico es un discurso como cualquier otro, y sucesivo, lineal o temporal y que en un orden u otro han de aparecer, por ejemplo, sus teoremas. La cuestión está entonces en que, a diferencia del discurso aritmético, que se ocupa justamente de dar razón -por números- de los sucesos temporales, el geométrico en cambio no tiene interiorizada como tema propio la sucesión o tiempo de sí mismo.

     Pero esa condición propia del discurso geométrico o ideal implicaría a su vez que ese tipo de discurso no podría dedicarse al análisis de la producción, sino que a lo único que puede ir es al descubrimiento del sistema establecido, que es por lo que se suele reconocer que tal tipo de discurso ha de ser esencialmente deductivo, o sea, reductor a tautología, y en definitiva a las verdades que no se dicen, sino que están dichas antes del tiempo o del comienzo del discurso.

    Nada hay de extraño, pues, en que, a su vez, invirtiendo la relación, el discurso gramatical propiamente dicho, esto es, el que se dedica a la descripción del sistema de la lengua en cuanto establecido o fijo, suela descubrir estructuras geométricas, más o menos claras, y ahí tenemos como ejemplo eximio el triángulo de las vocales del español o el prisma triangular de las consonantes duras, o, en otro plano, la organización del paradigma del Verbo por el entrecruce de las líneas de Modos, Tiempos y Personas;  y ello, por oposición a un estudio lingüístico exclusivamente dedicado al análisis de la producción o del discurso (a lo que se acercaba, por ejemplo, el de los distribucionalistas), que tendrá un carácter aritmético y de cálculo, y tanto más cuanto más excluya toda mirada al aparato subyacente.

   Vamos, que no hay nada de mágico en estas correlaciones de Aritmética y Geometría con análisis del discurso y descripción gramatical: pues, al fin y al cabo, la Aritmética y la Geometría, entendidas en perfecta separación, no serían sino los estudios correspondientes, con respecto a un lenguaje formal, de la producción lógica temporal y sus mecanismos sintácticos, por así decir, la primera, y la otra de la descripción del aparato de “ideas” establecido y las estructuras de sus relaciones intemporales.

       Ya paro. Espera. Para terminar: está claro que los métodos de las matemáticas pueden ayudar a descubrir (ya salió otra vez la cosa...) elementos y mecanismos de la lengua, pero no hay olvidar nunca que eso de las matemáticas y de la lógica vendría en todo caso inspirado por precisamente el descubrimiento y el desarrollo, por purificación -digamos-, de cosas que estaban ahí dadas en las lenguas. Y en ello estamos. ¿No?

HORACIO.- Hmm... no sé si se capta bien. El discurso geométrico, por ser un discurso, es sucesivo, claro, y por ello no geométrico. Lo geométrico son los objetos de los que habla. De lo que estaba hablando era de la relación entre los objetos de los que habla el discurso geométrico y los objetos de los que habla el discurso algebraico.

       Hay que andar con pies de plomo, Héctor, con cualquier demostración que diga probar la imposibilidad del discurso geométrico para describir los que son secuenciales, sea aritmética o geometría o la producción lingüística misma. Me temo que la misma demostración podría usarse entonces para probar la imposibilidad de obtener una producción a partir de una instancia. Con lo cual habríamos demostrado que hablar es imposible.

       Pero, chicos, creo que ya hemos agotado lo que este símil podía dar de fruto aquí, y exprimirlo más comenzaría a ser de verdad matemática y como tal tendríamos que trabajarla, y os juro que eso es agotador, y más a estas horas de la noche. Es buena idea ver las matemáticas y la lógica como “purificaciones” del mecanismo de la lengua, pero hay que ver entonces qué se puede sacar de ahí; es difícil hacerlo en positivo, porque al purificar aparecen simetrías que el sistema de partida no tiene. Más bien lo veo como un mecanismo de verificación en negativo. Si algo no es posible en el sistema matemático y resulta que sí lo es en la lengua, hay que ver qué relajación lo ha permitido. Si algo es posible en la matemática, hay que preguntarse si es una falsa simetría debido al cierre de este lenguaje, o si también ocurre en la lengua. Fuera de estos usos, cualquier otra aplicación de estas ciencias al lenguaje no pasa de hacer símiles o metáforas disimuladas de ciencia.

JAKOB- No tengo yo tan claro que con eso quede agotada la cuestión, como benévolamente imagina Horacio, que a mi me asaltan infinidad de preguntas y dudas, pero, en fin, será mejor que cambiemos de tercio, como dicen ustedes por estos lares, no vaya a ser que nos empantanemos demasiado, sin sacar acaso de ello nada en limpio. Confiemos en que acaben saliendo en otro momento los asuntos que van quedando de lado por ahora, y que lo hagan con la debida pertinencia.

       Por mi parte, creo que deberíamos ahora plantearnos el problema de la escritura y su relación con ese estudio del lenguaje al que llamamos Lingüística. Vengo en los últimos tiempos ¾ con especial apremio desde el episodio de mi inhabilitación de la Cátedra, desde el que me hallo en la posición, harto ventajosa, por más que precaria en lo económico, de no tener por qué andarme con delicadezas fingidas o con escrúpulos vanos ¾ albergando cada vez más sospechas acerca de las teorías del lenguaje que no se detienen ni por un instante a considerar la escritura (ya veis, por caso, el nulo interés que el asunto despierta en las gramáticas generativas, como no sea en usos derivados, como cuando se hablaba de “reglas de reescritura”), o que lo hacen dando ya por sentada la relación que ésta ha de tener con el lenguaje y las lenguas, sin intentar mayores averiguaciones. Pienso que no podemos contentarnos con decir que es una simple representación del habla ¾ y, además, ¿qué era eso de las representaciones? ¿es que las clásicas “Vorstellungen” de mi lengua, de las que tanto hablaron Cassirer o Freud, por ejemplo, son lo mismo a lo que aluden quienes no dejan de referirse a “mental representations” en los estudios más en boga sobre el lenguaje en el ámbito anglosajón? ¾, sino que debemos hilar mucho más fino; y no por otra cosa sino que en ello está en juego, a mi entender, el deslindar adecuadamente una Teoría del Lenguaje de una Lingüística General y, a su vez, de una hipotética Teoría de la Escritura, decisión metodológica que, dicho sea de paso, cada vez está más en desuso y no sé si cubierta de descrédito. Sobre cómo deba hacerse esto, espero poder ir insinuando, si nuestras charlas tienen la debida continuidad, algunas ocurrencias de las que he incubado mientras sigo con la idea de sacar a la luz el libro sobre la cuestión. Por cierto, y sin pretender con esto contradecir mi propósito de cambiar de tema, ¿no teníais los matemáticos, Horacio, alguna definición extremadamente formalista de escritura, que pudiera venir en nuestro auxilio, aunque sólo fuera para combatirla vehementemente? No sé qué os parecerá esta insistencia mía en incorporar la escritura a nuestras divagaciones.

 

            

 

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