Familia Cisterciense - noviembre 2002  
Elogio del Horizonte

.Chillida (1924 - 2002)
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..por el espacio intermedio ·
..En defensa de un monacato moderno temporal
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..Artículo de Michael Schrom publicado en
..Christ in der Gegenwart, nº 30/2002
..Verlag Herder, D-79080 Freiburg i. Br.
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..Hace 25 años el teólogo de Münster Johann Baptist Metz publicó un librito con el título “¿Tiempo de las Ordenes?” (versión castellana: Las Órdenes religiosas. Su misión en un futuro próximo como testimonio vivo del seguimiento de Cristo, Barcelona 1978. De manera crítica y provocativa preguntó por el carisma específico, por los dones especiales de las comunidades religiosas para afrontar los desafíos culturales, sociales y políticos del presente. Llegó a la conclusión que las órdenes en tiempos de cambios radicales tendrían que ser algo así como un laboratorio de experimentación de la fe, una especie de sistema de alarma temprana con carácter de modelo para toda la Iglesia que a menudo en su totalidad aún no ha tomado conciencia del cambio y consecuentemente anda despistada. Las órdenes serían ante todo “correctivos, una especie de terapia de “shock” del Espíritu Santo para la gran Iglesia”. Reclaman la radicalidad del evangelio, oponen resistencia al peligro del conformismo, de volverse burgués y transformarse en algo inocuo sin importancia. “En este sentido las órdenes son la forma institucionalizada de un peligroso recuerdo en el seno de la Iglesia. De hecho, la mayoría de ellas han surgido no en épocas de florecimiento, sino de profunda desorientación e inseguridad de la Iglesia.”
¿Qué efecto tienen semejantes frases hoy, un cuarto de siglo después? ¿Tienen que ver con la realidad espiritual de las parroquias, comunidades cristianas, organizaciones - y la vida del individuo con inquietudes religiosas? Lo que Metz en su día profetizó, que las parroquias serían solicitadas más y más como unas estaciones eclesiásticas de servicio al ciudadano, hoy casi por todas partes es la realidad. Es cierto, la gente aprecia todo tipo de misas bonitas, ofertas cualificadas en la pastoral infantil y juvenil, servicios sociales, eventos religioso-espirituales. Pero a la vez hay que admitir sin más el hecho de que la parroquia ya no es considerada por mucha gente inquieta, movida por preguntas incómodas, como lugar propio de aprendizaje de la religiosidad más profunda. A menudo en las parroquias, incluso en sus liturgias dominicales, se echa en falta una verdadera y profunda penetración en el espíritu y la ratio de la fe, que despertara sacudiendo de la acomodación burguesa y religiosa para conducir a una espiritualidad actualizada para el tiempo moderno o postmoderno. En la vida ordinaria de las parroquias las preguntas religiosa y existencialmente más palpitantes e inquietantes ya no ocupan el primer lugar. Basta verificar lo disminuidos que se han quedado los antes tan nutridos grupos ecuménicos. Tampoco les va mejor a los círculos de lectura bíblica. La creciente sobrecarga organizativa de los párrocos por la falta de sacerdotes desgraciadamente no pocas veces incide aún más en la disolución de la vida espiritual de los feligreses. Con la creación de unidades pastorales cada vez más grandes se agravará la situación. 
Para la generación joven y de mediana edad - sobre todo en las ciudades - el párroco hace bastante que ya no es el experto para acudir con cuestiones clave de la vida y de la fe, y la parroquia definitivamente ha dejado de ser el centro espiritual. Incluso los religiosamente comprometidos han adquirido una relación distendida-distanciada hacia su parroquia. Uno se siente de alguna manera parte de ella, sin embargo no es realmente como estar en casa cuando se trata de las virulencias de la vida interior que justamente en lo religioso piden más hondura. Espiritualmente muchas parroquias están desecadas. Ni pensar ya en poder atraer a gente de fuera. Excepciones confirman la regla.

Dramatismo de un mundo alternativo

En estas condiciones atmosféricas pastoralmente difíciles las órdenes podrían hacerse con el valiosísimo papel de “iniciadores y catalizadores del seguimiento”, tal como lo ha esbozado Johann Baptist Metz. Condición previa es que los monjes y las monjas sean reconocibles a la vez como comunidad monástica y como centro espiritual. Esto supone que los sacerdotes religiosos no llevan cargas parroquiales y que la orden no esté “clericalizada” o “burocratizada”. Todo lo contrario allí debería ser palpable algo del dramatismo de un mundo radicalmente distinto y espiritualmente denso.
Quien llega a un monasterio ya sabe por la estética de los signos exteriores que está entrando en un mundo que es y que quiere ser distinto del de fuera, pero también distinto del mundo de la parroquia. El riguroso ritmo cotidiano entre trabajar y orar, hablar y callar, hacer y reposar, los hábitos, el testimonio de vida comunitaria en pobreza, celibato y obediencia - todo ello despierta expectativas diferentes, plantea ya a nivel puramente exterior otras cuestiones. Al contrario de la vida parroquial aquí incluso entre foráneos, entre gente “alejada” de la religión surge espontáneamente el deseo de “sumergirse” una vez. Porque realmente es una alternativa levantarse muy temprano, empezar el día orando, hablar poco, renunciar a distraerse o divertirse, y en su lugar enfrentarse con un texto exigente de espiritualidad y meterse en la cama solo y temprano por la noche.

Una ventaja: “pobre en emociones”

Siempre ha habido hombres, cristianos y no-cristianos, que en su búsqueda espiritual se han expuestos a tales experiencias mantenidas durante siglos en los conventos. Aún hoy hay jóvenes que siguen fascinados por el estilo de vida de los hermanos de Taizé, y muchas personas se retiran a un monasterio antes de las fiestas para vivir allí los días festivos y su correspondiente liturgia más profunda y intensamente que como les permitiría a veces la rutina y el ajetreo en sus parroquias. A diferencia de la parroquia al convento no se le percibe tanto como una estación de servicio. Más bien se le ve como un lugar de introspección, de retiro ascético, de combate espiritual, solo o en grupo, también de afrontar conscientemente la soledad existencial ante la certeza de la propia muerte. 
De alguna manera las órdenes reflejan una emocionalidad reducida. Distinto de, por ejemplo, los grupos carismáticos o los nuevos movimientos espirituales, son justamente las órdenes contemplativas las que mantienen el escepticismo frente a una teología y una pastoral emocionalizada que pronto reduce Dios a una terapia fácil, le convierte en objeto útil y le quita toda trascendencia. Para Johann Baptist Metz la orientación hacia las raíces mismas de la radical exposición del hombre al Dios presente es en todo un carisma de las órdenes, lo cual expresa así: “Podría bien decirse que, en su relación con la teología eclesial, las órdenes fueron especialmente innovadoras e inspiradoras, o, por el contrario, acentuadamente conservadoras, e incluso desconfiadas, es decir, que muchas veces se mantuvieron, a ciencia y conciencia, pobres en teología. Y esto no porque alimentaran, por principio, hostilidad a la teología, sino por escepticismo ante la teología eclesial dominante en aquel momento, por tratarse de una teología en la que las órdenes no consideraban que se superaban las necesidades y las crisis de la vida religiosa y eclesial que ellas advertían, sino que más bien aquella teología ambiente no hacía más que reproducir y confirmar aquellas crisis.”

Paris, Tilburg, Dachau

Ejemplos alentadores no hay pocos. En Paris por ejemplo se ha formado en torno de la Communauté de Jérusalem una red de diversos grupos de laicos que de muy distinta manera se benefician de la espiritualidad y liturgia de los hermanos y hermanas. Hay días de retiro con las hermanas y hermanos, tandas de cursos de catequesis juvenil, mesas redondas regulares y actividades sociales. El Monasterio Capuchino en la ciudad holandesa de Tilburg ofrece a hombres y mujeres interesados compartir temporalmente la vida conventual. Durante tres a cinco años es posible la convivencia sin obligación de votos. Uno debe orar, comer, fregar, trabajar y al final del día charlar entre todos, explica el abad Hans de Visser este proyecto modelo que ha sido elaborado por los hermanos para facilitar a laicos que quieran seguir siendo laicos una manera de compartir la vida de los monjes. Los Benedictinos de Niederaltaich ya disponen de experiencias con el modelo del “monacato temporal” desde hace cuarenta años. “Vida monacal no es lo mismo que vivir en el monasterio”, dice el archiabad de Niederaltaich Emmanuel Jungclaussen, y sigue: “vida monacal significa vivir desde un recogimiento interior, desde el silencio, en clausura, lo que quiere decir estar-consigo-mismo, habitar dentro de sí mismo al contrario de una vida en dispersión.”
El Monasterio de las Carmelitas en Dachau, pegado al muro exterior del antiguo campo de concentración, es desde hace años punto de encuentro de un grupo de jóvenes teólogos que intenta poner a la práctica justamente esto. Unos son sacerdotes, otros casados trabajando en la pastoral, y otros ejercen alguna profesión civil. Los encuentros mensuales se inspiran en la vida cotidiana monacal y están bien estructurados. Silencio, meditación, oración, corto intercambio personal, estudio colectivo de un “clásico”, por ejemplo Teresa de Ávila o Juan de la Cruz, discusión.  El hecho de que Teresa o Juan no sean teólogos sistemáticos, sino que han forjado ideas propias recurriendo a un lenguaje místico, hace que las charlas siempre acaben ampliándose contrastando los grandes conceptos con lo personal para, de esta manera, ponerlos a prueba. ¿Existe Dios? ¿Qué quiere decir providencia, vocación, gracia, salvación, intercesión? ¿Y qué es para mí?

Despertar en las iglesias de la reforma

Decisivo es el libre concurso espiritual, explica la gerente de grupo y coeditora de la revista “Interioridad cristiana”  Veronika Elisabeth Schmitt; se ha de plantear las cuestiones sin dogma, pero de una manera meditada y existencialmente validada, incluir las perspectivas femeninas y masculinas, esforzarse juntos en el combate espiritual y orar y festejar juntos. De esta manera las órdenes comparten su rico patrimonio espiritual con el mundo y no obstante no sólo son donantes sino que toman directamente parte en la vida presente de “afuera”. Se está abriendo algo como un “espacio intermedio”, que va configurándose de modo muy particular a la par con el camino espiritual común. Se están formando profundas y vivas relaciones en el marco de un diálogo espiritual-intelectual que pueden romper la rigurosa separación y así contribuir a una renovación y un renacimiento espiritual. Resulta que hace sólo poco - y del todo independiente de esta comunidad - un grupo de mujeres se ha dirigido con la misma petición al convento. Preguntan por un acompañamiento religioso en sentido amplio. 
Entretanto en muchos monasterios y de forma muy diversa existen esos “grupos asociados”, lo que ha llevado a la Asamblea de Superioras de Conventos en Alemania a organizar un seminario dedicado a este tema la primavera pasada. En el seno de la Iglesia Evangélica Alemana, la Conferencia Episcopal de la Iglesia Evangélica-luterana Unificada en el 1993 por primera vez desde la reforma y de manera oficial ha reconocido a comunidades conventuales como legítima forma de vida cristiana dentro de las iglesias reformadas. La consecuencia es una gran diversidad y comienzos esperanzadores también por aquí. Para el ecumenismo, la activación del camino hacia la unión de los cristianos, esto podría convertirse en un factor de importancia. Recientemente tuvo lugar en el Monasterio Neresheim un encuentro de representantes de comunidades evangélicas, clásicos órdenes católicas y de los nuevos movimientos espirituales para orar y discutir juntos. Un signo lleno de esperanza. Por la parte católica ya se está buscando en el derecho canónico nuevas posibilidades de enlazar cristianos seglares con la vida monástica, salvaguardando el carisma propio de cada una de las partes, porque hay algo evidente: no cabe en la forma clásica del modelo de la Tercera Orden este movimiento que aspira a una especie de monacato moderno temporal. La diversidad de los grupos es demasiado grande para ello.
La cuestión jurídica sin embargo es sólo de segundo rango. Más importante es que las órdenes tomen conciencia de la enorme tarea espiritual que hoy les concierne y que estén dispuestas a desarrollar ideas creativas y, en su caso, a desprenderse de formas tradicionales que podrían resultar un obstáculo para emprender un fructífero camino. El temor por la propia identidad no debe ser primordial, ya que el consejo evangélico de la pobreza también incluye la desaparición del propio movimiento cuando se ha cumplido su función histórica. 
Metz: “Es indudable que toda orden se identifica a sí misma a través de la narración de su propia historia. Y es también indudable que la historia de la fundación alcanza un especial rango normativo. Ahora bien, la historia concreta de la fundación de las órdenes es y sigue en sí misma una historia abierta.” La medida que todo lo mide, también la historia de la fundación y la fidelidad a ella en todos los avatares de la vida histórica, es la “ley del seguimiento”. La historia auténtica de una orden es, por tanto, y por encima de todo, historia de seguimiento. Y como quiera que el seguimiento dista mucho de ser imitación antihistórica desligada de su medio ambiente, “es preciso ir añadiendo nuevos capítulos a la historia de las órdenes.” Se ha cumplido el tiempo para nuevos lugares de este tipo, para nuevos experimentos de espiritualidad, liturgia y vida.

msc (Michael Schrom) 
Agradezco al autor y a la revista su consentimiento de la traducción y publicación en esta página web.
 
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