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Un monje joven del convento
Heisterbach
Pasea por el rincón más alejado
del jardín.
Absorbido por pensamientos sobre la eternidad
Que medita con ayuda de la Sagrada Escritura.
Lee lo que el apóstol Pedro decía:
Para el Señor un día es como
mil años
Y mil años le son como un día.
Por muchas vueltas que le da, no lo entiende.
Y dudando se pierde en el bosque.
Lo que pasa alrededor suyo, no lo oye ni lo
ve.
Sólo cuando la campana llama a Vísperas
Se acuerda de la servera disciplina conventual.
Corriendo llega rápidamente al jardín;
Un desconocido le abre la verja.
Vacila un momento - pero ve las luces en la
iglesia
Y ya se oye el canto de los hermanos.
Entra de prisa y va directamente a su silla.
Pero, qué sorpresa. Hay otro cantando
allí.
Observa las filas largas de monjes:
Sólo a desconocidos ve en el lugar.
Está perplejo y todos le miran con asombro.
Se le pide el nombre y por lo que viene.
El contesta y provoca un murmullo en el templo:
Hace trescientos años que nadie se
llama así.
El último con este nombre, dice uno
en voz alta,
Fué un escéptico y se perdió
en el bosque:
A nadie más se le ha confiado ya el
nombre.
Lo escucha el monje y le dan escalofríos.
Les dice el nombre de su abad y el año.
Hacen buscar a la antigua crónica.
Y se desvela un gran milagro de Dios:
El es aquel que desapareció hace tres
siglos.
El susto le paraliza, su pelo se vuelve gris.
Se desmorona, la pena le mata.
Y moribundo advierte al rebaño de sus
hermanos:
Dios está por encima de cualquier lugar
y tiempo.
Lo que Él oculta, sólo lo aclara
un milagro.
No caviléis, pues, pensad en lo que
me pasó.
Yo sé que para Él un día
es como mil años
Y mil años le son como un día.
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