Familia Cisterciense  

Parte de 
Familia Cisterciense,
nº 15 (julio 2001)
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Initiale C(upiens loqui) con Cesáreo y la cabeza de Cristo.
Cesáreo de Heisterbach

P. García M. Colombás

 El exemplum fue, en la edad Media, el instrumento
más adecuado para divulgar la cultura de la Iglesia
entre la masa de gente inculta que necesitaba
convertirse a las costumbres conconantes con el
Evangelio. Al lado de su sentido corriente de ejemplo
a seguir o de modelo a imitar, el vocablo exemplum
designaba un tipo bien definido de relato que poseía
una técnica peculiar de persuasión. Exemplum, en
este contexto, podría definirse como una narración
breve, presentada como verídica y destinada a
insertarse en un discurso -por lo general, un sermón
- con el fin de convencer a un auditorio mediante una
lección saludable. El exemplum tuvo, entre los
cistercienses de la primera mitad del siglo XIII, un  >
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cultivador célebre: Cesáreo de Heisterbach (1). 
Uno de los más conocidos, pero también de los menos
estudiados. Pese a su gran talla como autor,
reconocida generalmente. Edmund Mikkers, por
ejemplo, no duda en afirmar que es "el principal 
espiritual de los países germánicos" entre los
cistercienses de su época (2), "un escritor importante
y un testigo de la espiritualidad cisterciense tal como
se la vivía en Renania a principios del siglo XIII (3), y
Hermann Hesse -un buen árbitro desde el punto de
vista literario- confiesa: "le he ganado afecto a este
homilético y fabulista de Heisterbach en horas de
lectura amena e instructiva; hasta le considero un
poeta" (4). Lo lamentable, según Hesse, es que una de
"las fuentes más importantes de la historia
eclesiástica y cultural del siglo XIII", como son los
escritos de Césareo, no sea más conocida.
"Historiadores de la cultura, filólogos, teólogos
católicos y protestantes se han ocupado de él con
frecuencia y a veces en profundidad. pero fuera de la
reducida república de los sabios casi nadie conoce al
humilde monje, excepto algunos silenciosos
admiradores seculares", entre los que se cuenta a sí
mismo el propio Hesse (5). Como se ve, unos se que-
jan de que es poco estudiado, y otros de que no es co-
nocido más que por un grupo de intelectuales. Segu-
ramente ambos extremos son reales, al menos hasta
cierto punto. 
(1) Buena introducción a su vida y obra en F. Wagner, Caesarius von Heisterbach, en Lexikon des Mittelalters 2, 1363-1366; J.-M. Canivez, Césaire d'Heisterbach: DS 2, 430-432 (ya un poco anticuado); E. Mikkers, La spiritualité, 758-759 (con bibliografía); F. Wagner, Studien zu Caesarius von Heisterbach, en AC 29 (1973) 79-95. (2) La spiritualité, 758. (3) Ibid. 759. (4) Leyendas medievales publicadas por Hermann Hesse. 4 (Barcelona 1979), 60. (5) Ibid.
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Poco sabemos de su vida. Hizo sus primeros estu-
dios en Colonia por los años 1189-1198. Ingresó en
la abadía de Heisterbach en 1199. Se le confió la 
instrucción de los novicios y conversos, lo que influyó
decisivamente en su obra literaria. Desempeño el 
cargo de prior. Y murió hacia el año 1245. Muchos de
sus escritos se han perdido. A veces -comúnmente- se
le presenta sólo como un fabulador genial. En realidad
su obra es amplia y variada. Según un catálogo, com-
prende no menos de treinta y seis números, y abarca
sermones, homilías, algunos escritos de polémica
antiherética, el Dialogus miraculorum, los ocho
libros -de hecho sólo pudo redactar dos- de milagros,
la biografía de Engelberto, arzobispo de Colonia, y la
de Isabel de Turingia, algunas cartas personales (6).
Casi todas estas obras tienen un fin doctrinal; las 
homilías se dirigen sobre todo a los hermanos con-
versos (7), lo mismo que los "milagros" contenidos 
en el Diálogo y en otros lugares de sus escritos; le 
sirven para enseñar a los simples las verdades 
fundamentales del cristianismo y del monacato de 
un modo muy práctico, concreto y ameno. 
El Dialogus miraculorumes la obra más conocida y,
sin duda, la más característica de Cesáreo (8). Consta
de doce libros, que tratan fundamentalmente de la 
perfección del cristiano, del religioso, y los medios 
para alcanzarla. Ante los ojos del lector desfilan, 
guardando un orden claro y distinto, la conversión, la 
contrición, la confesión, la tentación, los demonios, la
simplicidad, la Virgen María, las visiones, el sacra-
mento del Cuerpo y Sangre de Cristo, los milagros, 
los moribundos, las penas y la gloria de los difuntos. >
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Cada libro empieza con una exposición del tema
enunciado en el título; los ejemplos que siguen a
continuación constituyen una prueba o ilustración
de la doctrina expuesta. Desde su publicación hacia 
Ms. de Dialogus miraculorum, Altenberg s. XIV
1223, obtuvo el Dialogus una amplia difusión, como
lo atestiguan el centenar de manuscritos - completos
o parciales- conservados, las dos ediciones incuna- 
bles, su versión al alemán antiguo, su utilización por
innumerables autores a través de los siglos, incluido
el famoso jesuita Alfonso Rodríguez...  La obra de 
Cesáreo fue muy leída e imitada.
(6) F. Wagner, Studien (cf. nota 1). (7) Se han conservado tres series de homilías sobre los evangelios de los domingos y fiestas del año litúrgico. A excepción de la introducción y de la oración final, revisten la forma más bien de meditaciones que de sermones. Como es natural, están esmaltadas de exempla; se ha contado unos 150, de los cuales 80 están tomados del Dialogus. (8) La mejor edición del Dialogus miraculorum es la debida a J. Strange, publicada en dos volúmenes en Colonia, 1851 y 1857, y reimpresa en Londres en 1966. Entre los estudios modernos que le han sido dedicados destacan los de B. P. McGuire, Written Sources and Cistercian Inspiration in Caesarius of Heisterbach's Dialogus Miraculorum, en AC 35 (1979) 227-282; id., Friends and Tales in the Cloister, Oral Sources in Caesarius of Heisterbach's Dialogus Miraculorum, AC 36 (1980) 167-247.
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Cesáreo no es un pájaro solitario en el tejado. No
innova; continúa una tradición. Sin salirnos del
ámbito cisterciense, se ha comprobado hasta la
saciedad que el género literario de las biografías
edificantes y las colecciones de milagros era muy
cultivado en la Orden, especialmente en Alemania. Al
lado del Dialogus miraculorum, de Cesáreo, no hace
mal papel el Liber miraculorum, atribuido a Goswin
de Claraval, procedente de la abadía de Himmerod, o
el atribuido a Giraldo de Casamari. Con todo parece
incontestable que el Diálogo de Cesáreo se lleva la
palma, es muy superior a las otras obras afines (9).
 Al reeditarlo en su Bibliotheca Patrum Cistercien-
sium (10), Bertrand Tissier suprimió numerosos
"ejemplos", por considerarlos "malsonantes y 
fabulosos". No ha faltado quien afirma que Cesáreo es
el embustero más insigne de la Edad Media. Otros 
han insistido en que no pocas de sus historietas, 
"extrañas o inverosímiles, suponen tanto en el oyente
como en el narrador una ingenuidad a toda prueba"
(11). Sin embargo, tiene toda la razón del mundo 
Brian Patrick McGuire cuando afirma que Cesáreo
nos proporciona un espejo de la mentalidad de los
cistercienses de los primeros decenios del siglo 
XIII y de sus contemporáneos, y que su aparente
superficialidad es tan  profunda como la civilización >
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de su época. Más aún: como ha demostrado J.J. van
Moodembroek para un sector determinado de su obra,
nos suministra no poca información sobre los ideales
y la vida cotidiana de varios monasterios de monjas
cistercienses. Cesáreo conocía bien seis monasterios
de religiosas del Císter .tres situados en la Baja
Renania y tres en los Países Bajos septentrionales-
que visitó personalmente varias veces acompañando a
su abad. Como puede verse en sus escritos, trata a las
cistercienses con simpatía, a veces con admiración y
siempre con seriedad (12).
Hermann Hesse -puede decirse sin exagerar- se
enamoró de Cesáreo de Heisterbach y manifestó sin
rebozo la gran simpatía y admiración que le merecía
en sus Leyendas medievales. Estas páginas del pre-
mio Nobel de literatura contienen probablemente la
mejor silueta moral que del cisterciense del siglo 
XIII se haya intentado escribir. Cesáreo, dice Hesse
entre otras cosas, compuso en el Diálogo un "libro
didáctico", no una simple colección de anécdotas más
o menos imaginarias. Pero, "si bien da definiciones,
formuladas a conciencia, de la conversión, contrición
y confesión, de los premios y castigos divinos, no se
las introduce a sus alumnos en la garganta cruel-
mente y con aridez indigerible, sino que las ofrece
como de paso y en dosis pequeñas y saludables"(13). 
(9) Cf. E. Mikkers, La spiritualité, 762-766. (10) Tomo 2 (Bonnefontaine 1662). (11) J.-M. Canivez, Césaire d'Heisterbach: DHGE 2, 431. 
(12) Caesarius von Heisterbach über Zisterzienserinnen, en Cîteaux 41 (1990) 45-64. (13)Leyendas medievales (cf. nota 4), 63.
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Y más adelante: El Diálogo es "obra de un narrador
ameno, de un solitario fabulador, la creación de un 
poeta, el espejo de una época vivamente agitada y a la 
vez de un ser humano puro y bueno. Pues los capítu- 
los no contienen dogmas y tesis, sino cada uno una 
historia pequeña y muy bien narrada, ya una divertida 
y fresca, ya una seria y amarga, ya una conmovedora y
fina". La parte doctrinal "también es excelente en 
cuanto tal; pues por más que el autor se desvíe, sigue 
siendo el mismo hombre probo, bienintencionado y 
bueno, cuya naturaleza educa de por sí, y también 
sigue siendo un creyente y un monje convencido. 
Aunque a veces llegue a lo burlesco, percibimos 
detrás del narrador que juega con las ideas al reli-
gioso serio e impertérrito, y cuando narra los mila-
gros de la Virgen adquiere... una ternura fina y 
poética sencillamente conmovedora" (14). Sus relatos
revisten una gran variedad. "Habla sobre la vida de 
los monjes, comerciantes y seglares, sobre guerras y 
cruzadas,... a veces incluso acusa a la Iglesia secular, 
y cuando tiene que decir algo malo sobre los monjes, e
incluso sobre los de su propio convento, lo hace con 
vergüenza y tristeza, y con toda discreción, pero 
honesta y objetivamente". "Predominan las anécdo- 
tas: breves ejemplos de una conversión o de un casti- 
go, pequeñas escenas de la vida mundanal o conventu- 
al, agudezas, respuestas acertadas y también ilustra-
ciones vivas de pasajes de la Biblia. A menudo no 
tiene más que diez líneas, y manan inagotables de 
una memoria inmensamente segur y cuidada, y de una
observación realista y clara de la vida cotidiana" (15) 
Cesáreo es puro y natural. En cierta ocasión, alude a 
una mujer "amiga de don Enrique, nuestro abad". No 
se le ocurre explicar qué entiende por esta expresión. 
Le parece la cosa más natural que un abad y una 
mujer piadosa mantengan una amistad espiritual. De 
hecho, Cesáreo se refiere con frecuencia a relaciones
de amistad espiritual entre monjes y monjas o muje-
res piadosas. En sus páginas, el clima de sospecha o
menosprecio respecto a la mujer se transforma en
acogida y receptividad para toda aportación femenina
en materia de contemplación y cualidades de corazón.
..
San Cesáreo y san Jorge, retablo en Colonia de B.Bruyn (1550)
Su lenguaje y su estilo son admirables. "Sobre todo,
escribe en un latín que nadie escribía mejor en su
tiempo y región. No es latín clásico. Pero está tan
alejado del esquemático latín promedio del lenguaje
eclesiástico como del latín germanizado, torpemente
violento, de algunos cronistas. En lo esencial, el rela-
to está sentido y pensado en latín, por lo cual es claro
y conciso; sobre todo,las construcciones son simples.
Como narrador, Caesarius puede ser llamado un
artista... Más importante que la composición son la
plasticidad, la honestidad y seguridad literaria de la
narraciones" (16). Cesáreo es, en suma, un "narra-
dor sereno y contemplativo! (17). 

(texto tomado de: García M. Colombás, La tradición
benedictina: Ensayo histórico. V. Los siglos XIII y
XIV, Zamora, 1995, pp. 122-130)

(14)Leyendas medievales (cf. nota 4), 64. (15)Ibid., 67. (16)Ibid., 66. (17)Ibid., 67.
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