Ni vitalismo ni racionalismo
No hay más remedio que irse acercando cada vez
más a la filosofía óa la filosofía en el sentido más
riguroso de la palabraó. Hasta ahora fue conveniente que los escritores
españoles cultivadores de esta ciencia procurasen ocultar la musculatura
dialéctica de sus pensamientos filosóficos tejiendo sobre
ella una película con color de carne. Era menester seducir hacia
los problemas filosóficos con medios líricos. La estratagema
no ha sido estéril. Hoy existe en el mundo de habla española
un amplio círculo de personas próximas ya a la filosofía.
Es, pues, buen tiempo para dar el segundo paso y comenzar a hablar de filosofía
filosóficamente. Más, por supuesto, con cautela, y pulgada
a pulgada, debe entrarse en el nuevo terreno. Una larga experiencia de
cátedra, tribuna e imprenta me ha proporcionado una opinión
bastante desfavorable sobre la capacidad filosófica de nuestros
pueblos en la época presente. La filosofía sólo puede
vivir respirando un aire que se llama rigor mental, precisión, abstracción.
Pertenece a la fauna de grandes altitudes y necesita viento fino de sierras
un poco enrarecido y de gran sutileza. Nietzsche, encaramado en un picacho
de la Engadina, con un abismo a sus pies, es sorprendido por la dama turista
que le pregunta: ì¿Qué hace usted ahí, señor
profesor?î A lo que él responde: ì¡Ya lo ve usted, señora,
cazo pensamientos!î
Yo preferiría como lectores a cazadores de gamuzas
que saben dar el brinco justo sobre la aguja de granito, ni más
acá ni más allá. Pero no los he encontrado. Y menos
entre intelectuales de profesión. Predomina la mente tosca que aplasta
el menudo insecto de la idea articulada entre sus dedos gruesos de labriego.
No le duele a la gente aplastar hormigas ni confundir conceptos.
Yo ahora quisiera salir brevemente al paso de una de
estas confusiones o malas inteligencias con que suele interpretarse la
ideología filosófica deslizada subrepticiamente por mí
en casi todos mis ensayos. Se acostumbra con motivo de ella a hablar de
ìvitalismoî.
No siento la hostilidad, que otros proclaman, creyendo
con ello ejecutar un acto genial, hacia los ismos. Al contrario,
me encanta toda palabra que termina en esa aguda forma con que se señala
góticamente hacia la altura de las abstracciones. En ella se reconoce
el concepto filosófico, como en el vértice del asta al buen
lancero.
Pero hoy se habla en todo el mundo demasiado y demasiado
torpemente de ìvitalismoî. Es preciso hacer intervenir la policía
y que las cosas entren en zona de plena claridad.
El vocablo ìvitalismoî, como todos los vocablos, significa
muchas cosas dispares, y ya que con él se pretende, nada menos,
resumir todo un sistema de pensamientos, convendría haberse tomado
antes el trabajo de usarlo con precisión.
Y lo primero que hace falta es descartar el sentido adscrito
a este término cuando se le emplea para calificar, no una filosofía,
sino una modalidad de la ciencia biológica. En esta acepción,
vitalismo significa:
A) Toda teoría biológica que considera
a los fenómenos orgánicos irreductibles a los principios
físico-químicos. Este vitalismo puede ser de dos modos:
a) O avanza hasta suponer una entidad específica
y distinta de las fuerzas fisicoquímicas, que llama ìfuerza vitalî,
ìentelequiaî, etc., como hace Driesch.
b) O, simplemente, ateniéndose a un riguroso empirismo,
se limita a estudiar los fenómenos vitales en la arisca peculiaridad
que ellos manifiestan, sin suponer tras ellos una entidad vital específica,
pero, a la vez, evitando su violenta reducción al sistema de la
física. Así Hertwig.
En el caso a) tendremos el estricto ìvitalismo biológicoî;
en el segundo, lo que Hertwig llama ìbiologismoî.
Ninguno de estos sentidos puede aplicarse a una filosofía,
y quedan limitados a designar direcciones especiales de la ciencia particular
que investiga los problemas orgánicos. En la medida en que un hombre
no profesional puede marcar sus simpatías y repulsiones, yo diría
que me siento incompatible con el ìvitalismoî sensu stricto y, por
el contrario, veo en el puro ìbiologismoî óno en la forma insuficiente
y pobre que le ha dado el viejo Oskar Hertwigó la dirección de más
fecundo porvenir. Uno de los síntomas más claros del tiempo
nuevo es la resolución que transparece hoy en todas las ciencias,
tomada en cada una espontáneamente y sin previo acuerdo, de ser
cada cual fiel a su problema peculiar, que exige un peculiarísimo
método, evitando la influencia en ella de otras ciencias y, viceversa,
renunciando a imperar las demás. Salimos, por fin, del frenesí
imperialista que en el siglo XIX ha arrebatado a todo el mundo ópueblos,
individuos, disciplinas, artes, estilosó, bajo cuya desmesura cada ciencia
y cada arte quiso ser la única auténtica y pretendió
subyugar las restantes. Pintura o música o poesía, quisieron
cada una ser por su lado todo. Recuérdese la aspiración del
wagnerismo, ambicioso de suplantar la metafísica y la religión
con su melodía infinita.
Una significación por completo distinta de ésta
tiene la palabra ìvitalismoî cuanto intenta referirse a tendencias filosóficas.
Pero, aun en este caso, puede designar tres posiciones ideológicas
radicalmente diversas.
B) Por vitalismo (filosófico) cabe entender:
1º) la teoría del conocimiento según
la cual es éste un proceso biológico como otro cualquiera,
que no tiene leyes y principios exclusivos, sino que es regido por las
leyes generales orgánicas: adaptación, ley del mínimo
esfuerzo, economía. En este sentido son vitalistas buena parte,
por no decir todas, de las escuelas filosóficas positivistas, pero
especialmente el empirio-criticismo de Avenarius o Mach y el beatífico
pragmatismo. Esta tendencia convierte la filosofía en un simple
capítulo de la biología.
2º) La filosofía que declara no ser la razón
el modo superior de conocimiento, sino que cabe una relación cognoscitiva
más próxima, propiamente inmediata a la realidad última.
Esta forma de conocimiento es la que se ejerce cuando en vez de pensar
conceptualmente las cosas, y, por tanto, distanciarlas con el análisis,
se las ìviveî íntimamente. Bergson ha sido el mayor representante
de tal doctrina, y llama ìintuiciónî a esa intimidad transracional
con la realidad viviente. Se hace, pues, de la vida un método de
conocimiento frente al método racional.
3º) La filosofía que no acepta más
método de conocimiento teórico que el racional, pero cree
forzoso situar en el centro del sistema ideológico el problema de
la vida, que es el problema mismo del sujeto pensador de ese sistema. De
esta suerte, pasan a ocupar un primer plano las cuestiones referentes a
la relación entre razón y vida, apareciendo con toda claridad
las fronteras de lo racional, breve isla rodeada de irracionalidad por
todas partes. La oposición entre teoría y vida resulta así
precisada como un caso particular de la gigantesca contraposición
entre lo racional y lo irracional.
En esta tercera acepción queda, pues, muy mermado
el contenido del término ìvitalismoî, y resulta muy dudoso que pueda
servir para denominar toda una tendencia filosófica. Ahora bien,
sólo en este sentido puede aplicarse al sistema de ideas que he
insinuado en mis ensayos, especialmente en El tema de nuestro tiempo,
y que he desenvuelto ampliamente en mis cursos universitarios.
En rigor, sólo la acepción segunda es estricta.
Bergson, y otros en forma parecida, creen que cabe una teoría no
racional, sino vital. Para mí, en cambio, razón y teoría
son sinónimos.
Convendría, pues, que ciertas defensas un poco
pueriles de la razón, que han querido oponerse a mi presente ìvitalismoî,
penetrasen un poco más en las ideas que aspiran a combatir. En general,
los defensores que estos años óEn España, y fuera de Españaó
le han salido a la razón, revelan una deplorable propensión
a confundir las cosas, en crudo antagonismo con su propio dogma. Más
le valía dejarse de defensas innecesarias y emplear esas fuerzas,
dedicadas a polémicas inoperantes, en meditar ellos mismos un poco
sobre lo que es razón.
Mi ideología no va contra la razón, puesto
que no admite otro modo de conocimiento teórico que ella: va sólo
contra el racionalismo.
Hace ya veinticuatro siglos que uno de los más
grandes racionalistas, Platón, se preguntaba qué es lo que
llamamos ìrazónî ólogosó, y su respuesta
es, en lo esencial, todavía válida. Razón no es simplemente
conocimiento. Al ver una cosa, la conozco en alguna manera o conozco algo
de ella; sin embargo, no la razono, mi conocimiento no es racional. Entre
ese mero conocer o tomar noticia
de algo ódoxaó y el conocimiento
teorético o ciencia, óepistemeó encuentra
Platón una diferencia esencial. La ciencia es el conocimiento de
algo que nos permite ìdar razónî de ese algo ólogon
didonaió. Éste es el significado más auténtico
y primario de la ratio. Cuando de un fenómeno averiguamos
la causa, de una proposición la prueba o fundamento, poseemos un
saber racional. Razonar es, pues, ir de un objeto ócosa o pensamientoó
a su principio. Es penetrar en la intimidad de algo, descubriendo su ser
más entrañable tras el manifiesto y aparente. En el Theaitetos,
donde Platón escruta menudamente este asunto, se reconoce en la
definición la forma ejemplar de la ratio. En efecto, definir
es descomponer un compuesto, en sus últimos elementos. Éstos
son el interior o entresijo de aquél. Cuando la mente analiza algo
y llega a sus postreros ingredientes, es como si penetrara en su intimidad,
como si lo viese por dentro. El entender, intus-legere, consiste
ejemplarmente en esa reducción de lo complejo y, como tal, confuso
a lo simple, y como tal, claro. En rigor, racionalidad significa ese movimiento
de reducción y puede hacerse sinónimo de definir.
Pero el mismo Platón tropieza, desde luego, con
la inevitable antinomia que la razón incuba. Si conocer racionalmente
es descender o penetrar del compuesto hasta sus elementos o principios,
consistirá en una operación meramente formal del análisis,
de anatomía. Al hallarse la mente ante los últimos elementos,
no puede seguir su faena resolutiva o analítica, no puede descomponer
más. De donde resulta que, ante los elementos, la mente deja de
ser racional. Y una de dos: o, al no poder seguir siendo racional ante
ellos, no los conoce, o los conoce por medio irracional. En el primer caso,
resultará que conocer un objeto sería reducirlo a elementos
incognoscibles, lo cual es sobremanera paradójico. En el segundo,
quedaría la razón como una estrecha zona intermedia entre
el conocimiento irracional del compuesto y el no menos irracional de sus
elementos. Ante éstos se detendría el análisis o ratio
y sólo cabría la intuición. en la razón misma
encontraremos, pues, un abismo de irracionalidad.
Y es curioso advertir que en la otra cima del racionalismo,
en Leibniz, hallamos exactamente la misma situación. La raison
est la liaison ou enchaînement des vérités. Más
concretamente: ese enlace consiste en la relación de prueba y consecuencia,
de principio y principado entre dos proposiciones. Y, sin darse cuenta
de ello, Leibniz designa la razón con la misma fórmula que
Platón. El principio de todo conocimiento es el principium reddendae
rationis óel ìprincipio de dar razónî, esto es, de la prueba.
La prueba de una proposición no consiste en otra cosa que en hallar
la conexión necesaria entre el sujeto y el predicado de ella. Ahora
bien, esta conexión es unas veces manifiesta, como cuando digo A
es A; por tanto, en todas las proposiciones idénticas. O bien es
preciso obtenerla per resolutionem terminorum, es decir, descomponiendo
los conceptos del sujeto y predicado en sus ingredientes o ìrequisistaî.
Para Leibniz, como antes para Platón, y entre medias para Descartes,
la racionalidad radica en la capacidad de reducir el compuesto a sus posteriores
elementos, que Leibniz, y Descartes llamaban simplices ópero no
Platón, tal vez por una más honda y aguda cautela.
Lo lógico = racional, por excelencia, es, pues,
siempre la operación de inventario que hacemos descomponiendo lo
complejo en términos últimos. Por eso componiendo lo complejo
en términos últimos. Por eso Leibniz define formalmente la
lógica como la ciencia de continente et contento, de la relación
entre el continente y el contenido, el compuesto y su ingrediente. Al llegar
a éstos la lógica termina y tiene que reducirse a contemplarlos.
Definido el compuesto se encuentra ante los últimos elementos indefinibles.
La idea racional es la idea ìdistintaî frente a la ìconfusaî.
Distinta es la idea que podemos anatomizar en todos sus componentes internos,
y, por tanto, penetramos por completo. Al distender los poros de la idea
compleja penetra entre ellos nuestro intelecto y la hace transparente.
Esta transparencia cristalina es el síntoma de lo racional. Pero
los poros se hallan entre los elementos o átomos de la idea: sobre
ellos rebota nuestra intelección, y exentos de intersticios, no
los puede a su vez penetrar. Leibniz no tiene otro remedio que aceptar
lo que más dolor podía ocasionarle: que la definición
o razón descansa a la postre en simple intuición, que la
actividad disectriz y analítica termina en quietud intuitiva. El
racionalismo quisiera que toda cosa fuese conocida por otra (su ìrazónî);
pero es el caso que las últimas cosas sólo se conocen por
sí mismas, por tanto irracionalmente, y que de este saber intuitivo
e irracional depende, a la postre, el racional. En última instancia,
la razón sirve sólo para reducir las cuestiones complejas
a otras tan simples que sólo cabe decir al que disputa: abra usted
los ojos y vea lo que tiene delante. Si nihil per se concipitur nihil
omnino percipietur. Si nada es concebido por sí, nada sería
percibido o conocido. Ahora bien: la intuición es ilógica,
irracional, puesto que excluye la prueba o razón.
El método de analyse des concepts que Leibniz
instaura no puede, según él mismo advierte, mener líanalyse
jusqueíau bout. Esto es lo que hace inadmisible el racionalismo para
todo espíritu severo y veraz. Siempre acaba por descubrirse en él
su carácter utópico, irrealizable, pretencioso y simplista.
El método que propone acaba por negarse a sí mismo como todo
falso personaje de tragedia, incapaz de llevar su misión, jusquíau
bout.
Nuestro conocimiento de lo compuesto depende de nuestro
conocimiento de los últimos conceptos en que aquél puede
descomponerse. Ahora bien, ante un último concepto, Leibniz advierte
que sólo cabe preguntarse si es apto, es decir, si es posible. Cuando
un concepto es posible podemos asegurar que su objeto existe. El cuadro
redondo es un concepto al que no corresponde objeto alguno óporque es imposible.
Toda la lógica, toda la racionalidad pende, pues, de la posibilidad
de los conceptos.
Y ¿cuándo es posible un concepto? Cuando
sus partes son compatibles, o lo que es lo mismo, cuando no se contradicen.
Pero, en definitiva, esta compatibilidad o no contradicción es determinada
por la simple inspección intuitiva y no permite comprobación
directa alguna. Además, el mero no contradecirse los diversos ingredientes
de un concepto, no asegura, como Leibniz creía, la existencia de
su objeto. Se ha hecho notar que la libre combinación heterogénea
lleva a productos como la idea de ìjusticia verdeî, que no se contradice,
pero tampoco posee objeto alguno congruente.
Vemos, pues, que aun sin salir de lo que Leibniz llama
le pays des possibles, la razón desemboca siempre en lo irracional.
Los principios mismos que rigen la marcha de ésta en sus análisis
y síntesis, sobre todo el magno principio de toda materia lógica
óla identidadó es perfectamente irracional. La razón comienza justamente
cuando se usa de él, o mejor dicho, la racionalidad consiste en
su uso, pero él mismo está ìmás allá de la
razónî, como dice Plotino de la idea de Dios.
Más grave cariz toma el asunto cuando de la región
de los posibles vamos a lo que más importa: el mundo real. Leibniz
reconoce, en cierto modo, que la realidad es constitutivamente irracional,
puesto que de ella sólo caben vérités de fait,
connaissance historique y no vérités de raison.
Sin embargo, Leibniz busca una vuelta para racionalizarlo. Lo contrario
de lo posible es imposible, es decir, absurdo, ilógico, irracional.
Mas lo contrario de lo real es posible, por tanto, no es absurdo e irracional
óes sólo moralmente absurdo.
De esta manera obtiene una calidad semirracional para
el mundo de las realidades. Aquello cuyo contrario es posible, quiere decirse
que no es necesario. Por tanto, lo real se caracteriza como contingente.
Mas esta contingencia de lo real para un hombre resuelto al racionalismo,
será aparente o relativa a nuestro intelecto. La verdad contingente,
es aquella quae infinitas involvit rationes, ita tamen ut semper aliquid
sit residuum cuius interum reddenda sit ratio, continuata autem analysi
prodit series infinita. Lo contingente encierra un número infinito
de razones: su textura es, pues, puramente racional, como la de lo posible.
Pero como el número de sus razones ingredientes es infinito, resulta
que siempre queda un residuo de que aún habría que dar razón,
y continuando así, el análisis conduce a una serie infinita.
Ahora bien: el infinito óconcepto que nace en la razónó es irracional.
A fuerza de contener lo real razones interiores, resulta irracional, por
simple complicación.
Esta paradoja obliga a Leibniz, y en general a todo racionalismo
a distinguir un intelecto finito, que es el nuestro, y un hipotético
intelecto infinito, que sitúa en Dios. Lo real, que es infinitamente
racional, se convierte, al pasar por nuestra razón limitada en irracional,
pero recobra su racionalidad si lo suponemos entendido por la razón
infinita de Dios, la species quaedam aeternitatis de Spinoza. Pero
a esto habríamos de decir que esa misma razón infinita, supuesta
por Leibniz para poder afirmar utópicamente la racionalidad del
mundo real, es, a su vez, incomprensible para nosotros. La razón
infinita es un concepto irracional.
La realidad leibniziana nos ofrece un curioso ejemplo
de cómo algo, sólo por ser condensación tupida de
razones o claridades, se convierte automáticamente en confusión
y se irracionaliza.
Si ahora resumimos esta teoría de la razón
óque desde Leibniz no ha podido adelantar un pasoó, venimos a las siguientes
fórmulas:
1ª) La razón, que consiste en un mero análisis
o definición, es, en efecto, la máxima intelección,
porque descompone el objeto en sus elementos, y, por tanto, nos permite
ver su interior, penetrarlo y hacerlo transparente.
2ª) Consecuentemente, la teoría que aspire
a plenitud de sí misma, tendrá que ser racional.
3ª) Pero, a la vez, se revela la razón como
una mera operación formal de disección, como un simple movimiento
de descenso desde el compuesto a sus elementos. Y hay compuestos infinitos
ótodas las realidadesó que son, por tanto, irracionales. Por otra parte,
los elementos a que por ventura se llega, son también irracionales.
De modo que:
4ª) La razón es una breve zona de claridad
analítica que se abre entre dos estratos insondables de irracionalidad.
5ª) El carácter esencialmente formal y operatorio
de la razón transfiere a ésta de modo inexorable a un método
intuitivo, opuesto a ella, pero de que ella vive. Razones es un puro combinar
visiones irrazonables.
Tal es, a mi juicio, el justo papel de la razón.
Todo lo que sea más de esto degenera en racionalismo.
Lo que el racionalismo añade al justo ejercicio
de la razón es un supuesto caprichoso y una peculiar ceguera. La
ceguera consiste en no querer ver las irracionalidades que, como hemos
advertido, suscita por todos lados el uso puro de la razón misma.
El supuesto arbitrario que caracteriza al racionalismo es creer que las
cosas óreales o idealesó se comportan como nuestras ideas.
Ésta es la gran confusión, la gran frivolidad
de todo racionalismo.
Porque hemos visto, en efecto, que para ser racional
algo es menester que se deje resolver en un número finito de últimos
elementos. Sólo así es posible la definición. Ahora
bien, esa condición implica una estructura determinada, la de continente
y contenido finito, la de todo y partes asequibles. A esto podemos llamar
la estructura racional. Pero si buscamos por el universo qué orbes
de objetos manifiestan tal estructura hallamos que sólo nuestras
ideas las poseen íntegramente. El orbe de nuestras ideas goza de
un orden y conexión tal, que podemos reducirlo a un alfabeto ócomo
Leibniz queríaó finito de elementos simples. Lo racional por excelencia
es, pues, la idea, o lo que es lo mismo, lo lógico, lo cogitabile.
(Así define también Leibniz la lógica como la ciencia
de cogitabile).
Pero ya le pays mathématique ó¿quién
lo diría?ó no posee íntegramente una estructura racional.
No se olvide que en él fue descubierta con estupor la primera irracionalidad.
Del número irracional óa-logonó viene tal nombre. Irracionales
son todos los infinitos, irracional el tiempo y el espacio. Si previamente
no me hubiese convencido de la ligereza con que suele hablarse de las cosas
antes de pensar en ellas, me habría sorprendido que algunos ìamigos
de la razónî nos propusiesen como ejemplo de ella, la geometría
de Euclides. Porque la verdad obliga a declarar que es la geometría
de Euclides una de las más irracionales que existen, mucho más,
por ejemplo, que la proyectista. Para no aludir a otros puntos más
complicados, haré notar sólo que la reducción del
espacio a tres dimensiones es un hecho ejemplarmente bruto, de que no ha
podido nadie nunca dar razón.
Al pasar de la matemática a la física la
irracionalidad se condensa. Las categorías físicas ósustancia
y causaó son casi por completo irracionales. La causa supone siempre otra
causa y aparece siempre como miembro de una cadena infinita, en el doble
sentido de no acabada y de exigente de ilimitada prosecución. La
razón física nos invita a reconocer en todo fenómeno
un mero resultado de sus condiciones (la conditio o fundamento es
la causa o cosa esencial), pero, como Kant decía ìla totalidad
de las condiciones (o causas) no es dada nunca al pensamiento, sino que
le es propuesta como una tarea o problema infinitoî. La razón encuentra
así en el fenómeno un fondo irremediablemente irracional,
sin transparencia, opaco a su luz analítica. En cuanto a la sustancia,
el nombre mismo indica su carácter latente, oculto y subracional.
En fin, el carácter individual que presenta toda realidad auténtica
califica a ésta, sin más, de transcendente a la razón,
apta tan sólo para moverse entre generalidades.
Por todas partes tropezamos con el hecho gigante de que
las cosas ónúmeros o cuerpos o almasó poseen una estructura, un
orden y conexión de sus partes distintos del orden y conexión
que tienen nuestras ideas. La identificación de lo uno con lo otro,
del logos con el ser, formulada en las palabras de Spinoza óordo
et connexio idearum idem est ac ordo et connexio rerumó, es la transgresión,
la ligereza que el racionalismo añade al recto uso limitado de la
razón. Leibniz descubre indeliberadamente su viciosa propensión
cuando hacia el fin de sus Nouveaux essais sur líentendement humain
dice: Je ne conçois les choses inconnues ou confusément
connues que de la manière de celles qui nous sont distinctement
connues. Aquí se hace patente el caprichoso propósito.
Arbitrariamente se supone que los estratos de la realidad donde no penetra
nuestra mente están hechos del mismo tejido que el breve trozo conocido,
no advirtiendo que si éste es conocido se debe a que acaso sea el
único cuya estructura coincide con nuestra razón.
En esta frase de Leibniz transparece el secreto recóndito
del espíritu racionalista. Este secreto consiste en que, a despecho
de las apariencias, el racionalismo no es una actitud propiamente contemplativa,
sino más bien imperativa. En lugar de situarse ante el mundo y recibirlo
en la mente según es, con sus luces y sus sombras, sus sierras y
sus valles, el espíritu le impone un cierto modo de ser, le imperializa
y violenta, proyectando sobre él su subjetiva estructura racional.
Kant llegará a declararlo: ìNo es el entendimiento quien ha de regirse
por el objeto, sino el objeto por el entendimiento.î Pensar no es ver,
sino legislar, mandar. La resistencia que el mundo ofrece a ser entendido
como pura racionalidad, no lleva al fanático racionalista a mudar
de actitud. Antes bien, como el cuento popular refiere, espera que el mundo
rectifique y, ya que no hoy, se comporte mañana según la
razón. De aquí el futurismo, el utopismo, el radicalismo
filosófico y político de los dos últimos siglos. Fichte,
que no se muerde la lengua, lo dirá con su cinismo romántico
de alemán. El papel de la razón no es comprender lo real,
formar en la mente copias de las cosas, sino ìcrear modelosî según
los cuales éstas han de conducirse. Cuando lord Kelvin decía
que no podía comprender un proceso natural si no lograba antes fabricar
un ìmodeloî, se refería al esquema mecánico que la física
racional construye para explicarse los fenómenos. Sin embargo, esta
expresión del físico inglés tiene una raíz
común con la anterior del metafísico alemán. El racionalismo
tiende dondequiera, y siempre, a invertir la misión del intelecto,
incitando a éste para que, en vez de formarse ideas de las cosas,
construya ideales a los que éstas deben ajustarse. De esta manera,
la realidad se convierte, de meta con la que aspira a coincidir la pura
contemplación, en punto de partida y material, cuando no mero pretexto
para la acción. Así en Fichte se define formalmente la realidad,
el ser, como la estricta contrafigura de la idealidad, de lo que debe ser.
De donde resulta que se la reduce a simple punto de inserción para
nuestras acciones; por tanto, a algo que, de antemano y preconcebidamente,
existe sólo para ser negado y transformado según el Ideal.
A la postre, el racionalismo descubre su auténtica intención,
que consiste, más que en ser teoría, en sublevarse como intervención
práctica y transmutar la realidad en el oro imaginario de lo que
debe ser. El racionalismo es la moderna piedra filosofal.
Precisamente, lo que en el racionalismo hay de anti-teórico,
de anti-contemplativo, de anti-racional, óno es sino el misticismo de la
razónó, me lleva a combatirlo dondequiera que lo sospecho, como
una actitud arcaica, impropia de la altitud de destinos a que la mente
europea ha llegado. Todos esos untuosos o frenéticos gestos de sacerdote
que hace el ìidealismoî; todo ese ìprimado de la razón prácticaî
y del ìdebe serî, repugnará al espíritu sediento de contemplación
y afanoso de ágil, sutil, aguda teoría.
Ortega y Gasset, Ni vitalismo ni racionalismo. Obras completas, vol. III, Revista de Occidente, Madrid.
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