Filosofía y superstición.
Cap. 3 (B), «Opinión, demencia y sociedad»
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La consciencia debilitada, más esclava cada vez
de la realidad, pierde poco a poco la capacidad de rendir esa tensión
de la reflexión exigida por un concepto de verdad que no está
cósica y abstractamente frente a la mera subjetividad, sino que se
despliega por medio de la crítica, por fuerza de la mediación
recíproca de sujeto y objeto. La distinción entre verdad y
opinión se hace más y más precaria en nombre de una
verdad que liquida el concepto de verdad mismo como quimera, como fragmento
de mitología restante. Cierto que la consciencia social, que se ha
apartado hace ya tiempo de la filosófica como de una rama especial,
no plantea tales ponderaciones. Pero éstas se reflejan en los modos
de comportamiento de la investigación, que se ha convertido en modelo
del conocimiento en general en contraposición con la mera opinión.
De ahí viene su poderío. Procesos que acontecen, si es lícito
hablar así, en el interior del concepto filosófico, tienen sus
consecuencias en la consciencia cotidiana, en la social sobre todo. Ésta
renuncia tácitamente a una distinción de opinión y verdad,
a la cual no dejaría intacta el movimiento del espíritu. A
la consciencia avisada se le convierte múltiples veces la verdad en
opinión, igual que al periodista de marras. Pero la opinión
se sustituye a sí misma como verdad. En lugar de la idea, problemática
a la par que obligativa, de verdad en sí, hace su entrada la idea,
más cómoda, de verdad para nosotros, ya sea para todos, ya sea
al menos para muchos. «Thirteen million Americans can’t be wrong»,
reza un popular slogan de propaganda, eco fiel del espíritu de la época
que conviene al orgullo enquistado de aquellos que se sienten como élite
de cultura. El promedio de la opinión —con el poder social que en
él se conglomera— se hace fetiche al que se transfieren los atributos
de la verdad. Y es incomparablemente más fácil rastrear su
inanidad, indignarse o sonreírse a su respecto, que salir a su encuentro
concluyentemente. También saltan a la vista las extravagantes exigencias
de la más reciente figura de la disolución del concepto de
verdad en no pocas —no en todas— direcciones del positivismo lógico,
mientras que al mismo tiempo en su propio terreno se dejan refutar sólo
muy difícilmente. Puesto que ello precisamente presupondría
esa experiencia, esas relaciones del pensamiento para con la cosa, desechadas
como trasto viejo en nombre de la transformación de aquél en
un método independiente en lo posible de ésta. A medida del
tiempo aquel antiguo common sense, mientras que tanto bueno se promete
de su propia racionalidad, abjura con disimulo de la razón, sabiendo
que lo que en el mundo cuenta no es el pensamiento, sino la posesión
y el poder, y no queriendo en absoluto que las cosas sean de otro modo. La
parte de escepticismo insobornable de quienes no quieren dejarse envolver
por humos engañosos, no es sino un encogimiento de hombros del burgués,
según nos muestra un pasaje en “Fin de partida» de Beckett,
la satisfecha proclamación de la relatividad subjetiva de todo conocimiento.
Desemboca en un propio interés terco y ofuscado, que debe ser permanentemente
la medida de todas las cosas.
Todo lo cual puede estudiarse, como en un tubo de ensayo,
en la historia de uno de los más importantes conceptos en teoría
de la sociedad: el de ideología. El concepto de ideología ha
estado ligado, en su plena elaboración teorética, a una doctrina
de la sociedad que se entendía como objetiva, que se informaba sobre
las leyes objetivas del movimiento social, que pensaba una sociedad en regla
en la que se realizaría la razón objetiva y quedaría
marginado el elemento ilógico de la historia junto con sus ciegas contradicciones.
Para aquella teoría, ideología era socialmente consciencia
necesariamente falsa, contraposición, por tanto, a la verdadera y
determinable sólo en tal contraposición; pero a la par susceptible
de ser deducida de legalidades sociales objetivas, sobre todo de la estructura
de la forma de mercancía. En su falsedad, en cuanto expresión
de tal necesidad, la ideología era todavía un fragmento de
verdad. La posterior sociología del saber, especialmente la de Pareto
y Mannheim, se ha regodeado en su ámbito de conceptos científicamente
acrisolados y en ilustración libre de dogmas al sustituir este concepto
de ideología por otro, que no por casualidad llamaron total y que
rimaba demasiado bien con ciegas y totales dominaciones. Cualquier consciencia
ha de estar, según esto, de antemano condicionada por intereses, ha
de ser mera opinión; la idea de la verdad se adelgaza en una perspectiva
a componer desde esas opiniones, sin defensa contra la objeción de
que ella también no es más que opinión, la de la inteligencia
libremente flotante. Con tal ampliación universal pierde su sentido
el concepto crítico de ideología. Puesto que todas las verdades,
para gloria de la verdad amada, son meras opiniones, cede la idea de verdad
a la de opinión. La sociedad no seguirá siendo analizada críticamente
por la teoría, sino confirmada en lo que se ha convertido con incremento
en un caos de ideas y de fuerzas casuales y sin guía, cuya ceguera
empuja el conjunto al hundimiento. Por difícil que sea aceptar la
autodestrucción de la verdad, espléndidamente anticipada por
Nietzsche, por medio de un proceso de ilustración irreflejo y desatado,
no habrá más remedio que observarla en excentricidades tales
como la posición de la opinión infectada par excellence,
de la superchería. Kant, ilustrador subjetivo en nombre de la verdad
objetiva, puso la superchería al desnudo en su escrito, dirigido contra
Swedenborg, “Sueños de un visionario de espíritus». No
pocos empiristas que, en contraposición con Kant, nada quieren saber
de la subjetividad constitutiva, pero que, sin embargo, rinden homenaje,
en su reducción del concepto de verdad, a un subjetivismo inconsistente
y por lo mismo con muchas menos trabas, están contra la superchería
con decisión ya no tan firme. Se inclinarían a retirarse frente
a ella a la neutralidad de un ejercicio de la ciencia observador y sin conceptos.
Pero también observadoramente, sin prejuicios y a
la expectativa, puede uno acercarse a hechos ocultos. Absteniéndose
entonces del derecho a arrojar lejos del umbral la patraña, que consiste
en que deba poder hacerse objeto de la experiencia sensible lo que, según
el propio sentido, traspasa las fronteras de la posibilidad de dicha experiencia.
Se está aún en actitud de apertura frente a la demencia. Hay
también una falsa creencia de prejuicios, amputación del pensamiento
que se confía sin reflexión a los materiales aislados del conocimiento;
lo que es prejuicio y lo que es carencia de prejuicios no puede indicarse
abstractamente, sino que sólo se decide en el concepto del conocimiento
y de la realidad, en el cual se plantea esta cuestión. Y no faltan
quienes, en una ciencia acordada en apologética, catalogan tranquilamente
incluso los prejuicios infectados, aboliendo también como prejuicio
su penetración teorética, su reducción a defectos sociales
y psicológicos, mientras que en consecuencia de su opinión
sería capaz una ciencia sin prejuicios de configurar un sistema de
coordenadas, en el cual, así en el fallecido psicólogo de Malburg
Jaensch, la authoritarian personality llega a ser algo positivo, considerándose
a los hombres potencialmente libres, que se resisten a ella, como débiles
decadentes. Desde aquí no hay mucha distancia hasta una actitud científica
que se desinteresa del concepto de verdad y se contenta con el establecimiento
de sistemas clasificatorios más o menos unánimes en los que
lo observado se deja apresar elegantemente.
Que la opinión infectada es inmanente a la llamada
normal, se muestra drásticamente en que, en contradicción crasa
con la suposición oficial de una racional sociedad de razonables, las
representaciones sin fondo y sin sentido de cualquier cuño no son
excepciones en modo alguno, en modo alguno están en mengua. Más
de la mitad de la población de la República Federal alemana
es del parecer de que algo hay en la misma astrología, que ya en los
tiempos primeros de la época burguesa, cuando los métodos de
la crítica científica no estaban aún tan desarrollados
como lo están hoy, Leibniz designaba como la única ciencia por
la que no albergaba sino desprecio. Cuántos hombres son partidarios
todavía de concepciones, refutadas innumerables veces, de la teoría
racial (del convencimiento, por ejemplo, de que ciertos distintivos del cráneo
van juntos con peculiaridades del carácter), es cosa imposible de
comprobar, sólo porque en nuestro país domina tal miedo ante
los resultados de las encuestas que preguntan por ello, que ni siquiera es
caso de plantearlas. La convicción de que la racionalidad es lo normal
es falsa. Bajo el hechizo de la tenaz irracionalidad del todo es también
normal la irracionalidad de los hombres. Aquélla y la racionalidad
utilitaria del operar práctico de éstos distan mucho una de
otra, pero la irracionalidad está siempre a punto, en el comportamiento
político, de inundar también esa racionalidad útil.
De ahí viene una de las más serias dificultades de todas las
que salen al encuentro del concepto de opinión pública en su
relación para con lo privado. Si la opinión pública
ha de ejercer legítimamente la función de control, ésa
que desde Locke le adjudica la teoría de una sociedad democrática,
tendrá que ser en su verdad ella misma controlable.
Actualmente vale como controlable en cuanto promedio meramente
estadístico de las opiniones de todos y cada uno. Y en el valor de
ese promedio han de retornar necesariamente las irracionalidades de la opinión,
su momento de capricho y su falta de objetividad vinculativa; no será,
por tanto, esa instancia objetiva que según su propio concepto aspira
a ser en cuanto correctivo de cada acción política falible.
Pero si se quisiera en su lugar equiparar la opinión pública
a los que se llaman sus órganos, que sabrían más y entenderían
mejor, se convertiría entonces en su criterio la misma disposición
sobre los medios de comunicación de masas, cuya crítica no
supone precisamente la tarea menos esencial de la opinión pública
misma. Equiparar la opinión pública a un estrato que se entiende
a sí mismo como élite, sería ya irresponsable, porque
la comprensión real de las cosas, y la posibilidad con ella de un
juicio que sirva para algo más que la mera opinión, se enreda
en tales grupos en intereses particulares que la élite percibe como
si fuesen los generales. En el mismo instante en que una élite se
sabe y se declara como tal, se constituye ya en lo contrario de aquello que
aspira a ser, y deduce de circunstancias, que tal vez otorgan no poco de
conocimiento racional, un señorío irracional. Se podrá
ser élite en nombre de Dios, pero jamás es lícito sentirse
como tal. No obstante, si se quisiera, en vista de aporías semejantes,
suprimir sin más el concepto de opinión pública, renunciar
a él por completo, desaparecería a su vez un momento que en
una sociedad antagonista podría todavía, mientras no haya pasado
a ser totalitaria, impedir lo peor. La revisión del proceso Dreyfus,
la caída de un ministro de Educación por la resistencia de
unos estudiantes, no hubiesen sido posibles sin opinión pública.
Sobre todo porque en los países occidentales se conserva hasta en
estos tiempos del mundo administrado algo de la función que le fue
propia antaño en la lucha con el absolutismo. Claro que en Alemania,
donde nunca se formó del todo opinión pública en cuanto
voz, si bien siempre problemática, de una burguesía autónoma,
se le asocia hoy incluso, cuando parece agitarse por primera vez más
poderosamente, algo de la antigua impotencia.
La figura característica de la actual opinión
absurda es el nacionalismo. Contagia al mundo entero con una nueva virulencia,
y en una fase, en la que a causa del estadio de las fuerzas técnicas
de productividad y de la determinación potencial de la tierra como
un planeta, ha perdido su base real, al menos en los países no infradesarrollados.
A la vez se ha convertido por completo en la ideología
que, desde luego, era ya desde siempre. En la vida privada, el autobombo y
lo que se le asemeja son de mala nota, ya que toda exteriorización
en tal sentido divulga demasiado del predominio del narcisismo. Cuanto más
presos están en sí los individuos y cuanto más fatalmente
persiguen sus intereses particulares, los cuales se reflejan en esa actitud
y cuyo terco poderío queda reforzado por ella, con tanto más
cuidado debe silenciarse el principio; debe suponerse, tal y como rezaba
el slogan nacionalsocialista, que antes que la utilidad particular va la
general. Es precisamente la fuerza del tabú sobre el narcisismo individual,
la represión de éste, lo que otorga al nacionalismo su pernicioso
poder.
En la vida colectiva se procede de otra manera que según
las reglas de juego en las relaciones entre individuos. En cada match
de fútbol, la respectiva población indígena jalea el
propio team desvergonzadamente, con desatención del derecho
de hospitalidad; Anatole France, a quien hoy gusta, y no en vano, tratar en
canaille, constataba en La isla de los Pingüinos que cada
patria “por encima de todas» está en el mundo. Se deberían
sólo tomar en serio las normas de la vida privada burguesa y elevarlas
a normas sociales. Pero recomendación tan bien intencionada desconoce
la imposibilidad de hacer tal cosa en condiciones que cargan a los particulares
con semejantes fracasos, que desengañan tan constantemente su narcisismo
individual y que les condenan tan realmente a la impotencia que quedan de
hecho sentenciados al narcisismo colectivo. A modo de sustitutivo reembolsa
éste, por así decirlo, a los individuos algo de la propia estimación
que les sustrae lo colectivo, del cual esperan el reintegro en cuanto se
identifican con él demencialmente. La fe en la nación es, más
que cualquier otro prejuicio infectado, opinión en cuanto fatalidad;
la hipóstasis de eso a lo que se pertenece, en donde se está
como lo bueno y superior por antonomasia. Infla, hasta hacer de ella una
máxima moral, la repelente sabiduría de recurso, según
la cual todos estamos en la misma barca. Discernir el sano sentimiento nacional
del nacionalismo infectado, es algo tan ideológico como la fe en la
opinión normal frente a la infectada; la dinámica del sentimiento
nacional supuestamente sano tiende a supravalorarse irreteniblemente, ya
que la falsedad radica en la identificación de la persona con el complejo
irracional de naturaleza y sociedad en el que la persona se encuentra casualmente.
En vista de lo cual sigue en pie el dictum de Hegel, que se percató ya de la contradicción en el interior del concepto de opinión pública antes de que pudiese desarrollarse real y plenamente: a la opinión pública hay a la vez que atenderla y que despreciarla. Lo paradójico no procede de la indecisión vacilante de aquellos que tienen que cavilar sobre la opinión, sino que está inmediatamente unido a la contradicción de la realidad, para la cual la opinión vige y por la cual es producida. No hay libertad alguna sin la opinión que diverge de la realidad; pero tal divergencia pone en peligro la libertad misma. La idea de la libre exteriorización de la opinión, de la que no puede ser separada la idea de una sociedad libre, se convierte necesariamente en el derecho a exponer la propia opinión, a propugnarla y si es posible a conseguir que prevalezca, aun cuando sea falsa, errónea, fatal. Pero si se quisiera por ello recortar el derecho de la libre exteriorización de la opinión, se conduciría inmediatamente a esa tiranía, que desde luego late ya mediatamente en la consecuencia de la opinión misma. El antagonismo en el concepto de la libre exteriorización de la opinión desemboca en un establecimiento de la sociedad como la de los libres, iguales y adultos, mientras que su aderezamiento real deja atrás todo esto y produce y reproduce un estado de permanente regresión de los sujetos. El derecho a exteriorizar la opinión libremente supone una identidad del ser particular y su consciencia con el interés racional del conjunto, identidad a la que estorba precisamente el mundo en que se considera dada según su forma.
Hoy es totalmente problemático oponerse a la mera
opinión en nombre de la verdad, porque entre aquélla y la realidad
se elabora una fatal afinidad electiva, que a su vez le viene muy bien a
la obstinación de la opinión. Seguro que es infectada la opinión
de la chiflada que hace disponer su cama en el dormitorio de otra manera
para preservarse del peligro de emanaciones perversas. Pero en el mundo contaminado
por el átomo ha crecido tanto el peligro de las radiaciones que la
razón honra a posteriori su cuidado, la misma razón
a la que su psicosis de carácter se sustrae. El mundo objetivo se
acerca a la imagen que de él proyecta la manía persecutoria.
De lo cual ni el concepto de manía persecutoria, ni en general la
opinión infectada, quedan preservados. Quien hoy espere comprender,
con las categorías tradicionales del entendimiento humano, lo infectado
de la realidad, cae en la misma irracionalidad de la que se figura guardarse
por medio de su fidelidad a ese sano entendimiento del hombre.
Se puede arriesgar la determinación general de que
la opinión infectada es la endurecida, es la consciencia cosificada,
una capacidad deteriorada para la experiencia. La identificación de
la doxa con la razón subjetiva, con la que desde la crítica
platónica se ha denigrado en sofística, no nombra sino sólo
un momento. Opinión, y la infectada ciertamente, es siempre al mismo
tiempo deficiencia de subjetividad y se asocia a la debilidad de ésta.
Lo cual ha quedado manifiestamente inscrito en las caricaturas platónicas
de los gesteros oponentes de Sócrates. La opinión anida allí
donde el sujeto no tiene ya fuerza para una síntesis racional o donde
la niega incluso por desesperación ante una preponderancia.
La mayoría de las veces no llega muy lejos dicho subjetivismo;
más bien es una consciencia la que se expresa sobre él automáticamente,
que no es precisamente esa consciencia de sí, de la cual necesita
el conocimiento para resultar objetivo. Lo que en nombre de la opinión
se adjudica el sujeto como prerrogativa privada es sólo, por regla
general, el trasunto de las circunstancias objetivas en que está inserto.
Su supuesta opinión repite la corriente de todos. Para el sujeto que
no tiene ninguna genuina relación con la cosa y que rebota por su
extrañeza y frialdad, se convierte todo lo que sobre ella se dice,
en sí y a su respecto, en mera opinión, en algo reproducido
y registrado que igual podría ser de otra manera. La reducción
subjetivista a la casualidad de la consciencia individual se ensambla exactamente
en el respeto servil por una objetividad que no impugna en absoluto tal consciencia
y de la cual la reverencia hace ostentación en la seguridad de que,
sea esto o lo otro lo que piense, no será nunca en contra de su poderío
vinculativo; según su medida, la razón no es absolutamente
nada. En la casualidad del opinar se refleja la fisura entre objeto y razón.
El sujeto honra a los poderes establecidos en cuanto que
se rebaja hasta su propia casualidad. Por eso el estado de la opinión
infectada es apenas modificable por medio de la mera consciencia. La cosificación
de la consciencia que se desborda hasta el mundo de las cosas, que capitula
ante él, que se hace su igual: la acomodación desesperada de
quien no es capaz de resistir la prepotencia y la frialdad del mundo, sino
sobrepasándolas en lo posible, tienen por fondo un mundo cosificado,
enajenado a la inmediatez de las relaciones humanas, dominado por el principio
abstracto del intercambio. Y si en lo falso no se da realmente una vida auténtica,
tampoco podrá darse una consciencia que lo sea. Salir fuera de la
opinión falsa sí que se podría; pero sólo de
una manera real y no únicamente por medio de su corrección
intelectual.
Una consciencia que se abstuviese hoy por completo del
endurecimiento de la opinión, que es el principio infectado, sería
igual de problemática que el endurecimiento mismo. Incurriría
en esa mudanza, fugaz y sin estructura, de parecer a parecer en el estado
anormal, como de molusco, que puede observarse en no pocos de los hombres
a los que se tiene por de fino sentido y que no alcanzan la síntesis
del conocimiento que se congela en la consciencia cosificada. Tal consciencia,
en cierto modo paradisíaca, estaría a priori desacompasada
respecto de la realidad que tiene que conocer y que es precisamente lo endurecido.
Cualquier indicación hacia la consciencia correcta
sería vana. Porque propiamente consiste sólo en el esfuerzo
de reflexionar incansablemente sobre sí misma y sus aporías.
La figura anglosajona del problema de la opinión
es el reblandecimiento de la verdad por medio del escepticismo. El conocimiento
objetivo de la realidad, y con él la cuestión de su configuración,
es reducido a los sujetos cognoscentes, de igual modo que sus intereses, no
conciliados en un concepto superior objetivo, han de reproducir, según
la doctrina del liberalismo, ciegamente ese todo que al mismo tiempo amenazan
con un desgarramiento progresivo. El subjetivismo latente, que se oculta a
sí mismo, de la actitud objetivo-cientifista del círculo cultural
anglosajón, va parejo con la desconfianza ante una subjetividad a
rienda suelta, parejo con la inclinación constante, automatizada ya,
a relativizar los conocimientos por medio de la referencia a su condicionamiento
en los que conocen. La consciencia del propio subjetivismo queda rechazada
apasionadamente, y asimismo el recuerdo de que la posición que se adopta
no tiene otra fuente de derecho que lo que en última instancia está
ya dado inmediatamente a los meros individuos; esto es, al fin y a la postre,
la opinión.
La tentación alemana (si es que no es también
la de todos los pueblos que viven al este del círculo cultural mediterráneo
y que jamás fueron latinizados por completo), es en cambio el endurecimiento
inabordable de la idea de verdad objetiva que hace de ésta algo no
menos subjetivo que la opinión misma. A la capitulación en
Occidente ante hechos no penetrados y a la acomodación del pensamiento
a cada realidad existente, corresponde en Alemania la falta de autorreflexión,
una inexorable manía de grandeza. Ambas figuras de la consciencia,
la que se inclina ante los hechos y la que se reconoce erróneamente
como soberana o creadora de los mismos, son como las mitades, que han saltado
cada una por su lado de la verdad que no se realizaba en el mundo y cuyo fracaso
golpea también al pensamiento. La verdad no se deja remendar desde
sus pedazos. A los efectos no se entienden tan mal: quien deja ser al mundo,
en el que se busca un puestecito, tal y como es, le confirma en cuanto el
ser verdadero, en cuanto esa ley, que es y que el espíritu dominador
se figura también ser él mismo.
La metafísica tradicional alemana y el espíritu
que la ha producido y en el que viven sus secuelas, rompen sus dientes en
la verdad y la falsean tendencialmente en lo que se opina por capricho, en
una eterna pars pro toto. El positivismo sabotea la verdad con la
referencia a una supuesta mera opinión, y toma el partido de ésta
al no quedarle ninguna otra cosa. Contra todo lo cual no sirve de ayuda sino
el esfuerzo imperturbable de la crítica. La verdad no tiene más
lugar que la voluntad de resistir a la mentira de la opinión.
El pensamiento, y probablemente el de hoy no es el primero, se prueba en la liquidación de la opinión: literalmente de la dominante. Ésta no es mera insuficiencia de los que conocen, sino que les está endosada por la constitución social entera y con ella por las circunstancias dominantes. Su expansión otorga un primer índice de lo falso: hasta dónde alcanza el control del pensamiento por parte de los que dominan. Su signatura es la trivialidad. Que lo trivial, en cuanto sobreentendido, es aproblemático; que sobre ello se alza por estratos lo más diferenciado, he aquí un fragmento de esa opinión, que habría que liquidar. Lo que en una situación falsa es aceptado por todos, tiene ya, en tanto confirma esa situación como la suya, su desorden ideológico ante cada contenido especial. Lo existente y su ley protegen la costra de las opiniones cosificadas. Defenderse en contra no es sin más la verdad, y puede degenerar con suficiente facilidad en negación abstracta. Pero sí es agente de ese proceso, sin el cual no hay verdad. La fuerza del pensamiento se mide, sin embargo, en que, fatigándose por liquidar la opinión, no se contente demasiado fácilmente con agudizarse sólo hacia fuera. También en sí mismo debe resistir a la opinión. Es decir, a la posición o dirección a que, en un estado de socialización total, todavía pertenece el que se obstina en contra. Es en él mismo donde se forma el momento de opinión sobre el cual ha de reflexionar y cuya limitación ha de hacer saltar. En el pensamiento es malo todo lo que repite sin fisura tal posición; lo que habla como aquellos que de antemano son de igual opinión que el autor. En dicho habitus, el pensamiento se detiene, se rebaja a mera exposición de algo aceptado, se convierte en falso. Puesto que expresa lo que no ha penetrado, como si fuese su resultado. Ningún pensamiento al que sean inherentes restos de tales opiniones. Que le sean necesarios a la par que externos. Elemento del pensar es permanecerse fiel a sí mismo en cuanto que en estos momentos uno se niega. Esta es la figura crítica del pensamiento. Sólo ella, no su acuerdo satisfecho consigo mismo, puede ayudar a la modificación.
Adorno: Filosofía y superstición. Ediciones Taurus, Madrid.
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