TEXTO 3
Suma contra los gentiles,libro I, caps. 3, 4, 5
y 7
Capítulo 3
Cuál sea el modo de manifestarse la verdad divina
Como no toda verdad se manifiesta del mismo modo, el Filósofo
dice y Boecio insinúa que es propio del hombre culto intentar apoderarse
de la verdad solamente en la medida que se lo permite la naturaleza de la
cosa. Por lo tanto, debemos señalar primeramente cuál sea el
modo posible de manifestarse la verdad propuesta.
Sobre lo que creemos de Dios hay un doble orden de verdad.
Hay ciertas verdades acerca de Dios que sobrepasan la capacidad de la razón
humana, como es, por ejemplo, que Dios es uno y trino. Hay otras que pueden
ser alcanzadas por la razón natural, como la existencia y la unidad
de Dios, etc., que incluso demostraron los filósofos por la luz natural
de la razón.
Es evidentísima, por lo demás, la existencia
de verdades divinas que sobrepasan absolutamente la capacidad de la razón
humana.
1) Puesto que el principio de toda ciencia que la razón
puede tener de una cosa es la captación de su esencia, ya que «lo
que es» —dice el filósofo— es el principio de la demostración,
resulta que el modo en que es entendida la esencia de un ser es también
el modo de todo lo que conocemos de él. Si, pues, el entendimiento
humano comprehende la esencia de una cosa —de una piedra, por ejemplo, o
del triángulo—, nada habrá inteligible en ella que exceda la
capacidad de la razón humana. Mas esto ciertamente no ocurre respecto
de Dios. Y es que el entendimiento humano no puede llegar naturalmente hasta
su esencia, ya que nuestro conocimiento en esta vida tiene su origen en los
sentidos y, por lo tanto, lo que no cae bajo la actuación del sentido
no puede ser captado por el entendimiento humano, a no ser en tanto que deducido
de lo sensible. Ahora bien, los seres sensibles no contienen virtud suficiente
para conducirnos a ver en ellos lo que la esencia divina es, pues son efectos
inadecuados a la virtud de la causa, aunque llevan sin esfuerzo al conocimiento
de que Dios existe y de otras verdades semejantes pertenecientes al primer
principio. Luego hay ciertas verdades divinas accesibles a la razón
humana, y otras que sobrepasan absolutamente su capacidad.
2) La gradación de los entendimientos muestra fácilmente
esta misma doctrina. Entre dos personas, una de las cuales penetra mas íntimamente
que la otra en la verdad de un ser, aquélla cuyo entendimiento es
mas intenso capta facetas que la otra no puede aprehender. Así sucede
con el rústico, que de ninguna manera puede captar los argumentos
sutiles de la filosofía. Ahora bien, el entendimiento angélico
dista más del entendimiento humano que el entendimiento de un filósofo
del entendimiento del ignorante más rudo, ya que la distancia entre
éstos se encuentra siempre dentro de los límites de la especie
humana, por encima de la cual está el entendimiento angélico.
Ciertamente, el ángel conoce a Dios por un efecto mas noble que el
hombre: su propia esencia, por la cual el ángel viene al conocimiento
natural de Dios, es más digna que las cosas sensibles, e incluso más
que la misma alma mediante la cual el entendimiento humano se eleva al conocimiento
de Dios. El entendimiento divino, a su ve sobrepasa al angélico mucho
más que éste al entendimiento humano. La capacidad del entendimiento
divino es adecuada a su propia esencia, y por 1o tanto conoce perfectamente,
acerca de sí mismo, lo que es y todo lo que tiene de inteligible.
En cambio, el entendimiento angélico no conoce naturalmente lo que
Dios es porque la esencia angélica misma, que es el camino que lo
lleva a El, es un efecto inadecuado a la virtualidad de la causa. Por lo
tanto, el ángel no puede conocer acerca de Dios naturalmente todo
lo que Dios conoce de sí mismo, como tampoco el hombre puede captar
de Dios lo que el ángel capta de él con su virtud natural.
Así pues, lo mismo que sería una gran estupidez que el ignorante
pretendiese juzgar como falsas las proposiciones de un filósofo, así
también y mucho más, sería una gran necedad que el hombre
sospechase como falso —porque la razón no puede captarlo— lo que le
ha sido revelado por ministerio de los ángeles.
3) Esta verdad se pone de manifiesto también en las
deficiencias que experimentamos a diario al conocer las cosas. Ignoramos muchas
propiedades de las cosas sensibles, y las más de las veces no podemos
hallar perfectamente las razones de las cosas que aprehendemos con el sentido.
Mucho más difícil será, pues, a la razón humana
descubrir toda la inteligibilidad de la esencia perfectísima de Dios.
La afirmación del Filósofo concuerda con
lo expuesto cuando asegura que nuestro entendimiento se halla en relación
con los primeros principios de los seres, que son clarísimos en la
naturaleza, como el ojo de la lechuza respecto del sol.
Y la Sagrada Escritura da también testimonio de esta
verdad. En el libro de Job se dice: «¿Crees tú poder sondear
a Dios, llegar al fondo de su omnipotencia?» Y más adelante:
«Mira: es Dios tan grande que no le conocemos». Y en San Pablo:
«Al presente, nuestro conocimiento es imperfectísimo».
Por consiguiente, no se ha de rechazar sin más, como
falso —como hicieron los maniqueos y muchos infieles— todo lo que se afirma
de Dios, aunque la razón humana no pueda descubrirlo.
Existiendo, pues dos clases de verdades divinas, una de las
cuales puede alcanzar con su esfuerzo la razón v otra que sobrepasa
toda su capacidad, ambas se proponen convenientemente al hombre para ser
creídas por inspiración divina.
Nos ocuparemos en primer lugar de las verdades que son
accesibles a la razón, no sea que alguien crea inútil el proponer
para creer por inspiración sobrenatural lo que la razón puede
alcanzar.
Capítulo 4
Es conveniente que la verdad sobre lo divino que es accesible
a la razón natural se proponga a los hombres para ser creída
Si se abandonase al esfuerzo de la sola razón el
descubrimiento de estas verdades, se seguirían tres inconvenientes.
1) El primer inconveniente, que muy pocos hombres conocerían
a Dios. Hay muchos imposibilitados para hallar la verdad, que es fruto de
una diligente investigación, por tres causas: (a) algunos por la mala
complexión fisiológica, que les indispone naturalmente para
conocer; de ninguna manera llegarían éstos al sumo grado del
saber humano, que es conocer a Dios. (b) Otros se hallan impedidos por el
cuidado de los bienes familiares. Es necesario que entre los hombres haya
algunos que se dediquen a la administración de los bienes temporales,
y éstos no pueden dedicar a la investigación todo el tiempo
requerido para llegar a la suma dignidad del saber humano consistente en el
conocimiento de Dios. (c) La pereza es también un impedimento para
otros. Es preciso saber de antemano otras muchas cosas, para el conocimiento
de lo que la razón puede inquirir de Dios; porque precisamente el estudio
de la filosofía se ordena al conocimiento de Dios; por eso la metafísica,
que se ocupa de lo divino, es la última parte que se enseña
de la filosofía. Así, pues, no se puede llegar al conocimiento
de dicha verdad sino a fuerza de intensa labor investigadora, y ciertamente
son muy pocos los que quieren sufrir este trabajo por amor de la ciencia,
a pesar de que Dios ha insertado en el alma de los hombres el deseo de esta
verdad.
2) El segundo inconveniente es que los que llegan al hallazgo
de dicha verdad lo hacen con dificultad y después de mucho tiempo,
ya que por su misma profundidad, el entendimiento humano no es idóneo
para captarla racionalmente sino después de largo ejercicio; o bien
por lo mucho que se requiere saber de antemano, como se ha dicho; o bien,
porque en el tiempo de la juventud el alma —que se hace prudente y sabia
en la quietud, como se dice en libro VII de la Física—, está
sujeta al vaivén de los movimientos pasionales y no está en
condiciones para conocer tan alta verdad. La humanidad, por consiguiente,
permanecería inmersa en medio de grandes tinieblas de ignorancia,
si para llegar a Dios sólo tuviera expedita la vía racional,
ya que el conocimiento de Dios, que hace a los hombres perfectos y buenos
en sumo grado, lo lograrían únicamente algunos pocos, y éstos
después de mucho tiempo.
3) El tercer inconveniente es que, por la misma debilidad
de nuestro entendimiento para discernir y por la confusión de fantasmas,
las más de las veces la falsedad se mezcla en la investigación
racional, y, por lo tanto, para muchos serían dudosas verdades que
realmente están demostradas, ya que ignoran la fuerza de la demostración,
y principalmente viendo que los mismos sabios enseñan verdades contrarias.
También entre muchas verdades demostradas se introduce de vez en cuando
algo falso que no se demuestra, sino que se acepta por una razón probable
o sofística, tenida como demostración. Por esto fue conveniente
presentar a los hombres, por vía de fe, una certeza fija y una verdad
pura de las cosas divinas.
La divina Clemencia proveyó, pues, saludablemente al
mandar aceptar como de fe verdades que la razón puede descubrir, para
que así todos puedan participar fácilmente del conocimiento
de lo divino sin ninguna duda y error.
En este sentido se afirma en la carta a los de Éfeso:
«Os digo, pues, y os exhorto en el Señor a que no viváis
como los gentiles, en la vacuidad de sus pensamientos, oscurecida la razón».
Y en Isaías: «Todos tus hijos serán adoctrinados por
el Señor».
Capítulo 5
Es conveniente que las cosas que la razón no puede
investigar sean propuestas para ser mantenidas por la fe
Creen algunos que no debe ser propuesto al hombre como
de fe lo que la razón es incapaz de comprender, porque la divina sabiduría
provee a cada uno según su naturaleza. Se ha de probar que también
es necesaria al hombre la proposición por vía de fe de las
verdades que superan la razón.
1) En efecto, nadie tiende a algo por un deseo o inclinación
sin que le sea de antemano conocido. Y puesto que los hombres están
ordenados por la Providencia divina a un bien más alto que el que la
limitación humana puede gozar en esta vida —como estudiaremos mas
adelante—, es necesario presentar al alma un bien superior que trascienda
las posibilidades actuales de la razón, para que así aprenda
a desear algo y tender diligentemente a lo que está totalmente sobre
el estado de la presente vida. Y esto pertenece únicamente a la religión
cristiana que promete especialmente los bienes espirituales y eternos; por
eso en ella se proponen verdades que superan a la investigación racional.
La ley antigua, en cambio, que prometía bienes temporales, expuso
muy pocas verdades no accesibles a la razón natural. En este sentido,
se esforzaron los filósofos por conducir a los hombres desde los deleites
sensibles a la honestidad, por enseñar que hay bienes superiores a
los sensibles, cuyo sabor, mucho más suave, únicamente lo gozan
los que se entregan a la virtud en la vida activa y contemplativa.
2) También es necesaria la fe en estas verdades para
tener un conocimiento más veraz de Dios. Únicamente poseeremos
un conocimiento verdadero de Dios cuando creamos que su ser está sobre
todo lo que podemos pensar de él, ya que la sustancia divina trasciende
el conocimiento natural del hombre, como más arriba se dijo. Porque
el hecho de que se proponga al hombre alguna verdad divina que excede a la
razón humana, le afirma en el convencimiento de que Dios está
por encima de lo que se puede pensar.
3) La represión del orgullo, origen de errores, nos
indica una nueva utilidad. Hay algunos que, engreídos con la agudeza
de su ingenio, creen que pueden abarcar totalmente la naturaleza de las cosas,
y piensan que es verdadero todo lo que ellos ven y falso lo que no ven. Para
librar, pues, al alma humana de esta presunción y hacerla venir a
una humilde búsqueda de la verdad, fue necesario que se propusieran
al hombre divinamente ciertas verdades que excedieran plenamente la capacidad
de su entendimiento.
4) Otra razón de utilidad hay en lo dicho por el Filósofo:
cierto Simónides, queriendo persuadir al hombre a abandonar el estudio
de lo divino y a aplicarse a las cosas humanas, decía que al hombre
le estaba bien conocer lo humano, y al mortal lo mortal. Y el Filósofo
argumentaba contra él de esta manera: «El hombre debe entregarse,
en la medida que le sea posible, al estudio de las verdades inmortales y
divinas. Por eso en el libro XI De los animales dice que, aunque sea
muy poco lo que captamos de las sustancias superiores, este poco es más
amado v deseado que todo el conocimiento de las sustancias inferiores. Si
al proponer, por ejemplo, cuestiones sobre los cuerpos celestes —dice también
en el libro II Del cielo— son éstas resueltas, aunque sea por
una pequeña hipótesis, sienten los discípulos una gran
satisfacción. Todo esto manifiesta que, aunque sea imperfecto el conocimiento
de las sustancias superiores, confiere al alma una gran perfección,
y, por lo tanto, la razón humana se perfecciona si, a lo menos, posee
de alguna manera por la fe lo que no puede comprender por estar fuera de
sus posibilidades naturales.
A este propósito se dice en el Eclesiástico:
«Se te han manifestado muchas cosas que están por encima del
conocimiento humano». Y en la primera carta a los de Corinto: «Las
cosas de Dios nadie las conoce sino el Espíritu de Dios: pero Dios
nos las ha revelado por su espíritu».
Capítulo 7
La verdad de la razón no es contraria a la verdad
de la fe cristiana
Aunque la citada verdad de la fe exceda la capacidad de
la razón humana, no por eso las verdades racionales son contrarias
a las verdades de la fe.
1) Lo naturalmente innato en la razón es tan verdadero
que no hay posibilidad de pensar en su falsedad. Y menos aún es lícito
creer que es falso lo que poseemos por la fe, ya que ha sido confirmado de
modo tan evidente por Dios. Luego, puesto que solamente lo falso es contrario
a lo verdadero, como claramente prueban sus mismas definiciones, no es posible
que los principios racionales sean contrarios a la verdad de la fe.
2) Además, lo que es infundido por el maestro en el
alma del discípulo pertenece a la ciencia del doctor, a no ser que
enseñe con engaño, lo cual no es lícito afirmar de Dios.
Ahora bien, el conocimiento natural de los primeros principios ha sido infundido
por Dios en nosotros, ya que El es autor de nuestra naturaleza. Luego estos
primeros principios están contenidos en la Sabiduría divina.
Por consiguiente, todo lo que sea contrario a ellos será también
contrario a la sabiduría divina. Esto no es posible en el caso de
Dios. En consecuencia, las verdades que poseemos por revelación divina
no pueden ser contrarias al conocimiento natural.
3) Además, nuestro entendimiento no puede alcanzar
el conocimiento de la verdad cuando está atenazado por razones contrarias.
Si Dios nos infundiera conocimientos contrarios entre sí, nuestro entendimiento
se encontraría impedido para la captación de la verdad. Lo
cual no puede ser tratándose de Dios.
4) No es posible que algo natural cambie y que permanezca
su naturaleza. Ahora bien, en un mismo sujeto no pueden coexistir opiniones
contrarias acerca de una misma cosa, luego Dios no infunde en el hombre una
certeza o fe contraria al conocimiento natural.
Por eso dice el Apóstol: «Cerca de ti está
la palabra, en tu boca, en tu corazón, esto es, la palabra de la fe
que predicamos. Pero porque está sobre la razón es tenida por
muchos como contraria. Y esto no es posible».
También la autoridad de San Agustín está
de acuerdo con lo dicho: «Lo que la verdad descubre, de ninguna manera
puede ser contrario a los libros del Viejo y del Nuevo Testamento».
De todo esto se deduce claramente que cualesquiera de los
argumentos que se esgriman contra la enseñanza de la fe no pueden proceder
rectamente de los primeros principios innatos, conocidos por sí mismos.
No tienen fuerza demostrativa, sino que son razones probables o sofisticas.
Y esto da lugar a deshacerlos.
Santo Tomás de Aquino: Suma contra los gentiles. B.A.C., Madrid
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