SÓCRATES
Busto de Sócrates.
Copia romana de un original griego.
Sócrates nació en Atenas hacia el año 470 a. de C.,
hijo de un cantero o escultor y de una comadrona. En esa ciudad pasó
toda la vida, y sólo la abandonó durante cortos períodos
de tiempo para participar en algunas campañas militares, en las que
se distinguió por su valor y capacidad de soportar las fatigas.
Pronto abandonó el oficio del padre, que había aprendido en su juventud, para dedicarse a su vocación de enseñar, actividad que ejerció de forma nueva y original. A diferencia de sus maestros y modelos, los sofistas, que cobraban por sus enseñanzas, Sócrates enseñaba sin cobrar, y vivía de la hospitalidad de sus discípulos y amigos.
Al igual que los sofistas, Sócrates seguía un método de enseñanza basado en el diálogo y en la dialéctica; también como ellos, centraba su interés en los temas relacionados con el ser humano (la virtud, la verdad, la inmortalidad del alma, etc.) y no en los de la filosofía de la naturaleza.
Pero el tipo de diálogo que Sócrates aplicaba en sus enseñanzas era muy distinto al de los sofistas: en vez de seguir la práctica habitual, en la que el alumno pregunta y el maestro responde, Sócrates hacía lo contrario; era él quien preguntaba. Comenzando con preguntas inocentes y sencillas, iba llevando poco a poco al interlocutor hacia el tema filosófico que le interesaba en cada caso, hasta que el discípulo se veía obligado a reconocer su ignorancia; entonces, mediante una serie de interrogantes y observaciones cada vez más precisas, Sócrates llevaba al interlocutor a formular los enunciados o conceptos que consideraba correctos sobre el tema en cuestión.
Características de la forma socrática de entender y practicar el diálogo son la ironía y la mayéutica.
La ironía consiste en llevar al discípulo, seguro de sus conocimientos, hasta la ignorancia que se oculta en ese supuesto saber. Esa ironía se expresa a menudo en la actitud modesta del «sólo sé que no sé nada». A partir del reconocimiento de la propia ignorancia, el interlocutor queda preparado para el paso siguiente, la gestación del conocimiento mediante la mayéutica.
La mayéutica (arte que, según Sócrates, había heredado de su madre, comadrona) consistía en ayudar al discípulo a «dar a luz», a alumbrar los conceptos que estaban ocultos en su mente, a despertar los conocimientos que dormían en ella.
Para entender el destino final de Sócrates, condenado a muerte en un proceso por impiedad, conviene conocer algunos datos de la situación política de Atenas.
La ciudad gozaba de una constitución democrática, pero esa forma de gobierno era muy criticada por los aristócratas, que en el año 404 consiguieron imponer la dictadura de los Treinta Tiranos. Sócrates, aunque no participara activamente en política, mantenía buenas relaciones con un grupo de aristócratas, entre ellos algunos de los que tomaron parte en el golpe de Estado de los Treinta.
Esta circunstancia parece explicar el proceso a que fue sometido Sócrates, ciudadano ejemplar, poco después de que se reinstaurara la democracia. En el año 399, unos ciudadanos atenienses le acusaron de tres delitos de impiedad: no respetar a los dioses de la ciudad, introducir nuevos dioses y corromper a la juventud.
En su célebre Apología de Sócrates Platón ha dejado testimonio de la defensa de Sócrates ante los cargos que le imputaban. No consiguió convencer a sus acusadores y fue condenado a muerte. Antes que huir, prefirió obedecer las leyes de la ciudad y beber la cicuta que le ocasionaría la muerte, tras conversar durante un buen rato con sus amigos sobre la inmortalidad del alma, como también nos cuenta Platón en sus diálogo Fedón, obra a la que pertenece el relato de la muerte de Sócrates que reproducimos.
Otro testimonio de la postura de Sócrates en el proceso a que fue sometido lo encontramos en la Apología escrita por Jenofonte unos años después. Jenofonte no pretende hacer un reportaje exacto del juicio, sino exponer la actitud de Sócrates, convencido de que ése era un buen momento para morir.
El pensamiento de Sócrates no es fácil de conocer, porque
no dejó ninguna obra escrita y porque todo lo que sabemos de él
nos ha sido transmitido por otros filósofos, especialmente Platón,
que pone en boca de Sócrates las propias ideas y teorías platónicas.
Lo que parece diferenciar a Sócrates de los sofistas es el intento de superar el relativismo y de alcanzar una verdad absoluta que sirva de fundamento a la ética personal y a la organización política de la sociedad. A estos objetivos está orientada su enseñanza, que pretende orientar a las personas en la busca del bien y de la justicia, convencido como estaba de que la virtud puede enseñarse.
Sócrates identificaba la virtud con el conocimiento: no se puede hacer lo justo si no se lo conoce, pero también es imposible dejar de hacer lo justo una vez que se lo conoce. Según este intelectualismo moral, lo único que hace falta para hacer a las personas virtuosas es enseñarles en qué consiste la virtud verdadera.
Sócrates exhorta a sus discípulos a la virtud porque
ésta es el bien supremo para el ser humano, sin la cual no podemos
ser felices. En definitiva, para Sócrates, no existe felicidad sin
virtud; la virtud es la condición necesaria y suficiente para la felicidad.
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