Del sentimiento trágico de la vida, cap. 5
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sentimiento trágico de la vida, cap. 1).
Capítulo 5
LA DISOLUCIÓN RACIONAL
El gran maestro del fenomenalismo racionalista, David
Hume, empieza su ensayo Sobre la inmortalidad del alma con estas
definitivas palabras: “Parece difícil probar con la mera luz de
la razón la inmortalidad del alma. Los argumentos en favor de ella
se derivan comúnmente de tópicos metafísicos, morales
o físicos. Pero es en realidad el Evangelio y sólo el Evangelio,
el que ha traído a luz la vida y la inmortalidad”. Lo que equivale
a negar la racionalidad de la creencia de que sea inmortal el alma de cada
uno de nosotros.
Kant, que partió de Hume para su crítica,
trató de establecer la racionalidad de ese anhelo y de la creencia
que éste importa, y tal es el verdadero origen, el origen íntimo,
de su crítica de la razón práctica y de su imperativo
categórico y de su Dios. Mas, a pesar de todo ello, queda en pie
la afirmación escéptica de Hume, y no hay manera alguna de
probar racionalmente la inmortalidad del alma. Hay, en cambio, modos de
probar racionalmente su mortalidad.
Sería no ya excusado, sino hasta ridículo,
el que nos extendiésemos aquí en exponer hasta qué
punto la conciencia individual humana depende de la organización
del cuerpo; cómo va naciendo, poco a poco, según el cerebro
recibe las impresiones de fuera; cómo se interrumpe temporalmente
durante el sueño, los desmayos y otros accidentes, y cómo
todo nos lleva a conjeturar racionalmente que la muerte trae consigo la
pérdida de la conciencia. Y así como antes de nacer no fuimos
ni tenemos recuerdo alguno personal de entonces, así después
de morir no seremos. Esto es lo racional.
Lo que llamamos alma no es nada más que un término
para designar la conciencia individual en su integridad y su persistencia;
y que ella cambia, y que lo mismo que se integra se desintegra, es cosa
evidente. Para Aristóteles era la forma sustancial del cuerpo, la
entelequia, pero no una sustancia. Y más de un moderno la ha llamado
epifenómeno, término absurdo. Basta llamarla fenómeno.
El racionalismo, y por éste entiendo la doctrina
que no se atiene sino a la razón, a la verdad objetiva, es forzosamente
materialista. Y no se me escandalicen los idealistas.
Es menester ponerlo todo en claro, y la verdad es que
eso que llamamos materialismo no quiere decir para nosotros otra cosa que
la doctrina que niega la inmortalidad del alma individual, la persistencia
de la conciencia personal después de la muerte.
En otro sentido cabe decir que, como no sabemos más
lo que sea la materia que el espíritu, y como eso de la materia
no es para nosotros más que una idea, el materialismo es idealismo.
De hecho, y para nuestro problema —el más vital, el único
de veras vital—, lo mismo da decir que todo es materia, como que es todo
idea, o todo fuerza, o lo que se quiera. Todo sistema monístico
se nos aparecerá siempre materialista. Sólo salvan la inmortalidad
del alma los sistemas dualistas, los que enseñan que la conciencia
humana es algo sustancialmente distinto y diferente de las demás
manifestaciones fenoménicas. Y la razón es naturalmente monista.
Porque es obra de la razón comprender y explicar el universo, y
para comprenderlo y explicarlo, para nada hace falta el alma como sustancia
imperecedera. Para explicarnos y comprender la vida anímica, para
la psicología, no es menester la hipótesis del alma. La que
en un tiempo llamaban psicología racional, por oposición
a la llamada empírica, ni es psicología, sino metafísica,
y muy turbia, y no es racional, sino profundamente irracional, o más
bien contrarracional.
La doctrina pretendida racional de la sustancialidad
del alma y de su espiritualidad, con todo el aparato que la acompaña,
no nació sino de que los hombres sentían la necesidad de
apoyar en razón de su incuestionable anhelo de inmortalidad la creencia
a éste subsiguiente. Todas las sofisterías que tienden a
probar que el alma es sustancia simple e incorruptible proceden de ese
origen. Es más aún: el concepto mismo de sustancia, tal como
lo dejó asentado y definido la escolástica, ese concepto
que no resiste la crítica, es un concepto teológico enderezado
a apoyar la fe en la inmortalidad el alma.
W. James, en la tercera de las conferencias que dedicó
el pragmatismo en el Lowell Institute de Boston, en diciembre de 1906 y
enero de 1907, y que es lo más débil de toda la obra del
insigne pensador norteamericano —algo excesivamente débil—, dice
así: “El escolasticismo ha tomado la noción de sustancia
del sentido común, haciéndola técnica y articulada.
Pocas cosas parecerían tener menos consecuencias pragmáticas
para nosotros que las sustancias, privados como estamos de todo contacto
con ellas. Pero hay un caso en que el escolasticismo ha probado la importancia
de la sustancia-idea tratándola pragmáticamente. Me refiero
a ciertas disputas concernientes al misterio de la Eucaristía. La
sustancia aparecería aquí con un gran valor pragmático.
Desde que los accidentes de la hostia no cambian en la consagración
y se ha convertido ella, sin embargo, en el cuerpo de Cristo, el cambio
no puede ser más que el de la sustancia. La sustancia del pan tiene
que haberse retirado, sustituyéndola milagrosamente la divina sustancia
sin alterarse las propiedades sensibles inmediatas. Pero aun cuando éstas
no se alteran, ha tenido lugar una tremenda diferencia; no menos sino el
que nosotros, los que recibimos el sacramento, nos alimentamos ahora de
la sustancia misma de la divinidad. La noción de sustancia irrumpe,
pues, en la vida con terrible efecto si admitís que las sustancias
pueden separarse de sus accidentes y cambiar estos últimos. Y es
ésta la única aplicación pragmática de la idea
de sustancia de que tenga yo conocimiento, y es obvio que sólo puede
ser tratada en serio por los que creen en la presencia por fundamentos
independientes”.
Ahora bien: dejando de lado la cuestión de si
en buena teología, y no digo en buena razón, porque todo
esto cae fuera de ella, se puede confundir la sustancia del cuerpo —del
cuerpo, no del alma— de Cristo con la sustancia misma de la divinidad,
es decir, con Dios mismo, parece imposible que un tan ardiente anhelador
de la inmortalidad del alma, un hombre como W. James, cuya filosofía
toda no atiende sino a establecer racionalmente esa creencia, no hubiera
echado de ver que la aplicación pragmática del concepto de
sustancia a la doctrina de la transustanciación eucarística
no es sino una consecuencia de su aplicación anterior a la doctrina
de la inmortalidad del alma. Como en el anterior capítulo expuse,
el sacramento de la eucaristía no es sino el reflejo de la creencia
en la inmortalidad; es, para el creyente, la prueba experimental mística
de que es inmortal el alma y gozará eternamente de Dios. Y el concepto
de sustancia nació, ante todo y sobre todo, del concepto de la sustancialidad
del alma, y se afirmó éste para apoyar la fe en su persistencia
después de separada del cuerpo. Tal es su primera aplicación
pragmática, y con ella, su origen. Y luego hemos trasladado ese
concepto a las cosas de fuera. Por sentirme sustancia, es decir, permanente
en medio de mis cambios, es por lo que atribuyo sustancialidad a los agentes
que fuera de mí, en medio de sus cambios, permanecen. Del mismo
modo que el concepto de fuerza, en cuanto distinto del movimiento, nace
de mi sensación de esfuerzo personal al poner en movimiento algo.
Léase con cuidado, en la primera parte de la Summa
Theologica, de Santo Tomás de Aquino, los seis artículos
primeros de la cuestión LXXV, en que trata de si el alma humana
es cuerpo, de si es algo subsistente, de si lo es también el alma
de los brutos, de si el hombre es alma, de si ésta se compone de
materia y forma y de si es incorruptible, y dígase luego si todo
aquello no está sutilmente enderezado a soportar la creencia de
que esa sustancialidad incorruptible le permite recibir de Dios la inmortalidad,
pues claro es que como la creó al infundirla en el cuerpo, según
Santo Tomás, podía al separarlo de él aniquilarla.
Y como se ha hecho cien veces la crítica de esas pruebas, no es
cosa de repetirla aquí.
¿Qué razón desprevenida puede concluir
el que nuestra alma sea una sustancia del hecho de que la conciencia de
nuestra identidad —y esto dentro de muy estrechos y variables límites—
persista a través de los cambios de nuestro cuerpo? Tanto valdría
hablar del alma sustancial de un barco que sale de un puerto, pierde hoy
una tabla, que es sustituida por otra de igual forma y tamaño, luego
pierde otra pieza, y así, una a una, todas, y vuelve al mismo barco,
con igual forma, iguales condiciones marineras, y todos lo reconocen por
el mismo. ¿Qué razón desprevenida puede concluir la
simplicidad del alma del hecho de que tengamos que juzgar y unificar pensamientos?
Ni el pensamiento es uno, sino vario, ni el alma es para la razón
nada más que la sucesión de estados de conciencia coordinados
entre sí.
Es lo corriente que en los libros de psicología
espiritualista, al tratarse de la existencia del alma como sustancia simple
y separable del cuerpo, se empiece con una fórmula por este estilo:
Hay en mí un principio que piensa, quiere y siente… Lo cual implica
una petición de principio. Porque no es una verdad inmediata, ni
mucho menos, el que haya en mí tal principio; la verdad inmediata
es que pienso, quiero y siento yo. Y yo, el yo que piensa, quiere y siente,
es inmediatamente mi cuerpo vivo son los estados de conciencia que soporta.
Es mi cuerpo vivo el que piensa, quiere y siente ¿Cómo? Como
sea.
Y pasan luego a querer fijar la sustancialidad del alma;
hipostasiando los estados de conciencia, y empiezan por que esa sustancia
tiene que ser simple, es decir, por oponer, al modo del dualismo cartesiano,
el pensamiento a la extensión. Y como ha sido nuestro Balmes uno
de los espiritualistas que han dado forma más concisa y clara al
argumento de la simplicidad del alma, voy a tomarlo de él tal y
como lo expone en el capítulo II de la Psicología de su Curso
de filosofía elemental. “El alma humana es simple”, dice, y
añade: “Es simple lo que carece de partes, y el alma no las tiene.
Supóngase que hay en ella las partes A, B, C; pregunto: ¿Dónde
reside el pensamiento? Si sólo en A, están de más
B y C; y, por consiguiente, el sujeto simple A será el alma. Si
el pensamiento reside en A, B y C, resulta el pensamiento dividido en partes,
lo que es absurdo. ¿Qué serán una percepción,
una comparación, un juicio, un raciocinio, distribuidos en tres
sujetos?” Más evidente petición de principio no cabe. Empieza
por darse como evidente que el todo, como todo, no puede juzgar. Prosigue
Balmes: “La unidad de conciencia se opone a la división del alma:
cuando pensamos, hay un sujeto que sabe todo lo que piensa, y esto es imposible
atribuyéndole partes. Del pensamiento que está en A, nada
sabrán B ni C, y recíprocamente; luego no habrá una
conciencia de todo el pensamiento; cada parte tendrá su conciencia
especial, y dentro de nosotros habrá tantos seres pensantes cuantas
sean las partes”. Sigue la petición de principio; supónese,
porque sí, sin prueba alguna, que un todo como todo no puede percibir
unitariamente. Y luego, Balmes pasa a preguntar si esas partes A, B, C
son simples o compuestas, y repite el argumento hasta venir a parar a que
el sujeto pensante tiene que ser una parte que no sea todo, esto es, simple.
El argumento se basa, como se ve, en la unidad de apercepción y
de juicio. Y luego trata de refutar el supuesto de apelar a una comunicación
de las partes entre sí.
Balmes, y con él los espiritualistas a priori
que tratan de racionalizar la fe en la inmortalidad del alma, dejan de
lado la única explicación racional: la de que la apercepción
y el juicio son una resultante, la de que son las percepciones o las ideas
mismas componentes las que se concuerdan. Empiezan por suponer algo fuera
y distinto de los estados de conciencia que no es el cuerpo vivo que los
soporta, algo que no soy yo, sino que está en mí.
El alma es simple, dicen otros, porque se vuelve sobre
sí toda entera. No, el estado de conciencia A, en que pienso en
mi anterior estado de conciencia B, no es este mismo. O si pienso en mi
alma, pienso en una idea distinta del acto en que pienso en ella. Pensar
que se piensa, y nada más, no es pensar.
El alma es el principio de la vida, dicen. Sí;
también se ha ideado la categoría de fuerza o de energía
como principio del movimiento. Pero eso son conceptos, no fenómenos,
no realidades externas. El principio del movimiento ¿se mueve? Y
sólo tiene realidad externa lo que se mueve. ¿El principio
de la vida, vive? Con razón escribía Hume: “Jamás
me encuentro con esta idea de mí mismo; sólo me observo deseando
u obrando o sintiendo algo”. La idea de algo individual, de este tintero
que tengo delante, de ese caballo que está a la puerta de casa,
de ellos dos y no de otros cualesquiera individuos de su clase, es el hecho,
el fenómeno mismo. La idea de mí mismo soy yo.
Todos los esfuerzos para sustantivar la conciencia, haciéndola
independiente de la extensión —recuérdese que Descartes oponía
el pensamiento a la extensión—, no son sino sofisticadas argucias
para asentar la racionalidad de la fe en que el alma es inmortal. Se quiere
dar valor de realidad objetiva a lo que no la tiene; a aquello cuya realidad
no está sino en el pensamiento. Y la inmortalidad que apetecemos
es una inmortalidad fenoménica, es una continuación de esta
vida.
La unidad de la conciencia no es para la psicología
científica —la única racional— sino una unidad fenoménica.
Nadie puede decir que sea una unidad sustancial. Es más aún,
nadie puede decir que sea una sustancia. Porque la noción de sustancia
es una categoría no fenoménica. Es el número y entra,
en rigor, en lo inconocible. Es decir, según se la aplique. Pero
en su aplicación trascendente es algo en realidad inconocible y
en rigor irracional. Es el concepto mismo de sustancia lo que una razón
desprevenida reduce a un uso que está muy lejos de aquella su aplicación
pragmática a que James se refería.
Y no salva esta aplicación al tomarla idealísticamente,
según el principio berkeleyano de que ser es ser percibido, esse
est percipi. Decir que todo es idea o decir que todo es espíritu,
es lo mismo que decir que todo es materia o que todo es fuerza, pues si,
siendo todo idea o todo espíritu, este diamante es idea o espíritu,
lo mismo que mi conciencia, no se ve por qué no ha de persistir
eternamente el diamante, si mi conciencia, por ser idea o espíritu,
persiste siempre.
Jorge Berkeley, obispo anglicano de Cloyne y hermano
en espíritu del también obispo anglicano José Butler,
quería salvar, como éste, la fe en la inmortalidad del alma.
Desde las primeras palabras del Prefacio en su Tratado referente a los
principios del conocimiento humano (A Treatise concerning the Principles
of Human Knowledge), nos dice que este su tratado le parece útil,
especialmente para los tocados de escepticismo o que necesitan una demostración
de la existencia e inmaterialidad de Dios y de la inmortalidad natural
del alma. En el capítulo CXL establece que tenemos una idea, o más
bien noción del espíritu, conociendo otros espíritus
por medio de los nuestros, de lo cual afirma redondamente en el párrafo
siguiente, que se sigue la natural inmortalidad del alma. Y aquí
entra en una serie de conclusiones basadas en la ambigüedad que al
término noción da. Y es después de haber establecido
casi como per saltum la inmortalidad del alma, porque ésta
no es pasiva, como los cuerpos, cuando pasa en el capítulo CXLVII
a decirnos que la existencia de Dios es más evidente que la del
hombre. ¡Y decir que hay quien, a pesar de esto, duda de ella!
Complicábase la cuestión porque se hacía
de la conciencia una propiedad del alma, que era algo más que ella,
es decir, una forma sustancial del cuerpo, originadora de las funciones
orgánicas todas de éste. El alma no sólo piensa, siente
y quiere, sino mueve al cuerpo y origina sus funciones vitales; en el alma
humana se unen las funciones vegetativa, animal y racional. Tal es la doctrina.
Pero el alma separada del cuerpo no puede tener ya funciones vegetativas
y animales.
Para la razón, en fin, un conjunto de verdaderas
confusiones.
A partir del Renacimiento y la restitución del
pensamiento puramente racional y emancipado de toda teología, la
doctrina de la mortalidad del alma se restableció con Alejandro
Afrodisiense, Pedro Pomponazzi y otros. Y en rigor, poco o nada puede agregarse
a cuanto Pomponazzi dejó escrito en su Tractatus de inmortalitate
animae. Ésa es la razón, y es inútil darle vueltas.
No han faltado, sin embargo, quienes hayan tratado de
apoyar empíricamente la fe en la inmortalidad del alma, y ahí
está la obra de Frederic W. H. Myers sobre la personalidad humana
y su sobrevivencia a la muerte corporal: Human Personality and its Survival
of Bodily Death. Nadie se ha acercado con más ansia que yo a
los dos gruesos volúmenes de esta obra, en que el que fue alma de
la Sociedad de Investigaciones Psíquicas —Society for Psychical
Research— ha resumido el formidable material de datos, sobre todo género
de corazonadas, apariciones de muertos, fenómenos de sueño,
telepatía, hipnotismo, automatismo sensorial, éxtasis y todo
lo que constituye el arsenal espiritista. Entré en su lectura no
sólo sin la prevención de antemano que a tales investigaciones
guardan los hombres de ciencia, sino hasta prevenido favorablemente, como
quien va a buscar confirmación a sus más íntimos anhelos;
pero, por esto, la decepción fue mayor. A pesar del aparato de crítica,
todo eso en nada se diferencia de las milagrerías medievales. Hay
en el fondo un error de método, de lógica.
Y si la creencia en la inmortalidad del alma no ha podido
hallar comprobación empírica racional, tampoco le satisface
el panteísmo. Decir que todo es Dios, y que al morir volvemos a
Dios, mejor dicho, seguimos en Él, nada vale a nuestro anhelo; pues
si es así, antes de nacer, en Dios estábamos, y si volvemos
al morir adonde antes de nacer estábamos, el alma humana, la conciencia
individual, es perecedera. Y como sabemos muy bien que Dios, el Dios personal
y consciente del monoteísmo cristiano, no es sino el productor,
y sobre todo, el garantizador de nuestra inmortalidad, de aquí se
dice, y se dice muy bien, que el panteísmo no es sino un ateísmo
disfrazado. Y yo creo que sin disfrazar. Y tenían razón los
que llamaron ateo a Spinoza, cuyo panteísmo es el más lógico,
el más racional. Ni salva el anhelo de inmortalidad, sino que lo
disuelve y hunde, el agnosticismo o doctrina de lo inconocible, que cuando
ha querido dejar a salvo los sentimientos religiosos, ha procedido siempre
con la más refinada hipocresía. Toda la primera parte, y
sobre todo su capítulo V, el titulado “Reconciliación” —entre
la razón y la fe, o la religión y la ciencia se entiende—,
de los Primeros principios, de Spencer, es un modelo, a la vez que
de superficialidad filosófica y de insinceridad religiosa, del más
refinado cant británico. Lo inconocible, si es algo más
que lo meramente desconocido hasta hoy, no es sino un concepto puramente
negativo, un concepto de límite. Y sobre eso no se edifica sentimiento
ninguno.
La ciencia de la religión, por otra parte, de
la religión como fenómeno psíquico individual y social,
sin entrar en la validez objetiva trascendente de las afirmaciones religiosas,
es una ciencia que, al explicar el origen de la fe en que el alma es algo
que puede vivir separado del cuerpo, ha destruido la racionalidad de esta
creencia. Por más que el hombre religioso repita con Schleiermacher:
“La ciencia no puede enseñarte nada, aprenda ella de ti”, por dentro
le queda otra.
Por cualquier lado que la cosa se mire, siempre resulta
que la razón se pone enfrente de ese nuestro anhelo de inmortalidad
personal, y nos le contradice. Y es que, en rigor, la razón es enemiga
de la vida.
Es una cosa terrible la inteligencia. Tiende a la muerte
como a la estabilidad la memoria. Lo vivo, lo que es absolutamente inestable,
lo absolutamente individual, es, en rigor, ininteligible. La lógica
tira a reducirlo todo a identidades y a géneros, a que no tenga
cada representación más que un solo y mismo contenido en
cualquier lugar, tiempo o relación en que se nos ocurra. Y no hay
nada que sea lo mismo en dos momentos sucesivos de su ser. Mi idea de Dios
es distinta cada vez que la concibo. La identidad, que es la muerte, es
la aspiración del intelecto. La mente busca lo muerto, pues lo vivo
se le escapa; quiere cuajar en témpanos la corriente fugitiva, quiere
fijarla. Para analizar un cuerpo hay que menguarlo o destruirlo. Para comprender
algo hay que matarlo, enrigidecerlo en la mente. La ciencia es un cementerio
de ideas muertas, aunque de ellas salga vida. También los gusanos
se alimentan de cadáveres. Mis propios pensamientos, tumultuosos
y agitados en los senos de mi mente, desgajados de su raíz cordial,
vertidos a este papel y fijados en él en formas inalterables, son
ya cadáveres de pensamientos. ¿Cómo, pues, va a abrirse
la razón a la revelación de la vida? Es un trágico
combate, es el fondo de la tragedia, el combate de la vida con la razón.
¿Y la verdad? ¿Se vive o se comprende?
No hay sino leer el terrible Parménides,
de Platón, y llegar a su conclusión trágica de que
“el uno existe y no existe, y él y todo lo otro existen y no existen,
aparecen y no aparecen en relación a sí mismos, y unos a
otros”. Todo lo vital es irracional, y todo lo racional es antivital, porque
la razón es esencialmente escéptica.
Lo racional, en efecto, no es sino lo relacional; la
razón se limita a relacionar elementos irracionales. Las matemáticas
son la única ciencia perfecta en cuanto suman, restan, multiplican
y dividen números, pero no cosas reales y de bulto; en cuanto son
la más formal de las ciencias. ¿Quién es capaz de
extraer la raíz cúbica de este fresno?
Y, sin embargo, necesitamos de la lógica, de este
poder terrible, para transmitir pensamientos y percepciones y hasta para
pensar y percibir, porque pensamos con palabras, percibimos con formas.
Pensar es hablar uno consigo mismo, y el habla es social, y sociales son
el pensamiento y la lógica. Pero ¿no tienen acaso un contenido,
una materia individual, intransmisible e intransferible? ¿Y no está
aquí su fuerza?
Lo que hay es que el hombre, prisionero de la lógica,
sin la cual no piensa, ha querido siempre ponerla al servicio de sus anhelos,
y sobre todo del fundamental anhelo. Se quiso tener siempre a la lógica,
y más en la Edad Media, al servicio de la teología y la jurisprudencia,
que partían ambas de lo establecido por la autoridad. La lógica
no se propuso hasta muy tarde el problema del conocimiento, el de la validez
de ella misma, el examen de los fundamentos metalógicos.
“La teología occidental —escribe Stanley— es esencialmente
lógica en su forma y se basa en la ley; la oriental es retórica
en la forma y se basa en la filosofía. El teólogo latino
sucedió al abogado romano; el teólogo oriental, al sofista
griego”.
Y todas las elucubraciones pretendidas racionales o lógicas
en apoyo de nuestra hambre de inmortalidad, no son sino abogacía
y sofistería.
Lo propio y característico de la abogacía,
en efecto, es poner la lógica al servicio de una tesis que hay que
defender, mientras el método, rigurosamente científico, parte
de los hechos, de los datos que la realidad nos ofrece para llegar o no
llegar a conclusión. Lo importante es plantear bien el problema,
y de aquí que el progreso consiste, no pocas veces, en deshacer
lo hecho. La abogacía supone siempre una petición de principio,
y sus argumentos todos son ad probandum. Y la teología supuesta
racional no es sino abogacía.
La teología parte del dogma, y dogma, dogma,
en su sentido primitivo y más directo, significa decreto, algo como
el latín placitum, lo que ha parecido que debe ser ley a
la autoridad legislativa. De este concepto jurídico parte la teología.
Para el teólogo, como para el abogado, el dogma, la ley, es algo
dado, un punto de partida que no se discute sino en cuanto a su aplicación
y a su más recto sentido. Y de aquí que el espíritu
teológico o abogadesco sea en su principio dogmático, mientras
el espíritu estrictamente científico, puramente racional,
es escéptico, skeptikós, esto es, investigativo. Y
añado en su principio, porque el otro sentido del término
escepticismo, el que tiene hoy más corrientemente, el de un sistema
de duda, de recelo y de incertidumbre, ha nacido del empleo teológico
o abogadesco de la razón, del abuso del dogmatismo. El querer aplicar
la ley de autoridad, el placitum, el dogma, a distintas y a las
veces contrapuestas, necesidades prácticas, es lo que ha engendrado
el escepticismo de duda. Es la abogacía, o lo que es igual, la teología
la que enseña a desconfiar de la razón, y no la verdadera
ciencia, la ciencia investigativa, escéptica en el sentido primitivo
y directo de este término, que no camina a una solución ya
prevista ni procede sino a ensayar una hipótesis.
Tomad la Summa Theologica, de Santo Tomás,
el clásico monumento de la teología —esto es, de la abogacía—
católica, y abridla por dondequiera. Lo primero, la tesis: utrum…
si tal cosa es así o de otro modo; en seguida las objeciones: ad
primum sic proceditur; luego las respuestas a las objeciones: sed
contra est… o respondeo dicendum… Pura abogacía. Y en
el fondo de una gran parte, acaso de la mayoría, de sus argumentos
hallaréis una falacia lógica que puede expresarse more
scholastico con este silogismo: Yo no comprendo este hecho sino dándole
esta explicación; es así que tengo que comprenderlo, luego
ésta tiene que ser su explicación. O me quedo sin comprenderlo.
La verdadera ciencia enseña, ante todo, a dudar y a ignorar; la
abogacía no duda ni cree que ignora. Necesita de una solución.
A este estado de ánimo en que se supone, más
o menos a conciencia, que tenemos que conocer una solución, acompaña
aquello de las funestas consecuencias. Coged cualquier libro apologético,
es decir, de teología abogadesca, y veréis con qué
frecuencia os encontráis con epígrafes que dicen: “Funestas
consecuencias de esta doctrina”. Y las consecuencias funestas de una doctrina
probarán, a lo sumo, que esta doctrina es funesta, pero no que es
falsa, porque falta probar que lo verdadero sea lo que más nos conviene.
La identificación de la verdad y el bien no es más que un
piadoso deseo. A. Vinet, en sus Études sur Blaise Pascal, dice:
“De las dos necesidades que trabajan sin cesar a la naturaleza humana,
la de la felicidad no es sólo la más universalmente sentida
y más constantemente experimentada, sino que es también la
más imperiosa. Y esta necesidad no es sólo sensitiva: es
intelectual. No sólo para el alma, sino también para el espíritu,
es una necesidad la dicha. La dicha forma parte de la verdad”. Esta proposición
última: le bonheur fait partie de la vérité,
es una proposición profundamente abogadesca, pero no científica
ni de razón pura. Mejor sería decir que la verdad forma parte
de la dicha en un sentido tertulianesco, de credo quia absurdum,
que en rigor quiere decir: credo quia consolans, creo porque es
cosa que me consuela.
No, para la razón, la verdad es lo que se puede
demostrar que es, que existe, consuélenos o no. Y la razón
no es ciertamente una facultad consoladora. Aquel terrible poeta latino
Lucrecio, bajo cuya aparente serenidad y ataraxia epicúrea tanta
desesperación se cela, decía que la piedad consiste en poder
contemplarlo todo con alma serena, pacata posse mente omnia tueri.
Y fue este Lucrecio el mismo que escribió que la religión
puede inducirnos a tantos males: tantum religio potuit suadere malorum.
Y es que la religión, y sobre todo la cristiana más tarde,
fue, como dice el Apóstol, un escándalo para los judíos
y una locura para los intelectuales. Tácito llamó a la religión
cristiana, a la de la inmortalidad del alma, perniciosa superstición,
exitialis
superstitio, afirmando que envolvía un odio al género
humano, odium generis humani.
Hablando de la época de estos hombres, de la época
más genuinamente racionalista, escribía Flaubert a madame
Roger des Genettes estas preñadas palabras: “Tiene usted razón;
hay que hablar con respeto de Lucrecio; no le veo comparable sino a Byron,
y Byron no tiene ni su gravedad ni la sinceridad de su tristeza. La melancolía
antigua me parece más profunda que la de los modernos, que sobrentienden
todos más o menos la inmortalidad de más allá del
agujero negro. Pero para los antiguos, este agujero negro era el infinito
mismo; sus ensueños se dibujan y pasan sobre un fondo de ébano
inmutable. No existiendo ya los dioses, y no existiendo todavía
Cristo, hubo, desde Cicerón a Marco Aurelio, un momento único
en que el hombre estuvo solo. En ninguna parte encuentro esta grandeza;
pero lo que hace a Lucrecio intolerable es su física, que da como
positiva. Si es débil, es por no haber dudado bastante; ha querido
explicar ¡concluir!”.
Sí, Lucrecio quiso concluir, solucionar y, lo
que es peor, quiso hallar en la razón consuelo. Porque hay también
una abogacía antiteológica y un odium antitheologicum.
Muchos, muchísimos hombres de ciencia, la mayoría
de los que se llaman a sí mismos racionalistas, lo padecen.
El racionalista se conduce racionalmente, esto es, está
en su papel mientras se limita a negar que la razón satisfaga a
nuestra hambre vital de inmortalidad; pero pronto, poseído de la
rabia de no poder creer, cae en la irritación del odium antitheologicum,
y dice con los fariseos: “Estos vulgares que no saben la ley son malditos”.
Hay mucho de verdad en aquellas palabras de Soloviev: “Presiento la proximidad
de tiempos en que los cristianos se reúnan de nuevo en las catacumbas
porque se persiga la fe, acaso de una manera menos brutal que en la época
de Nerón, pero con un rigor no menos refinado, por la mentira, la
burla y todas las hipocresías”.
El odio anti-teológico, la rabia cientificista
—no digo científica— contra la fe en otra vida, es evidente. Tomad
no a los más serenos investigadores científicos, los que
saben dudar, sino a los fanáticos del racionalismo, y ved con qué
grosera brutalidad hablan de la fe. A Vogt le parecía probable que
los apóstoles ofreciesen en la estructura del cráneo marcados
caracteres simianos; de las groserías de Haeckel, este supremo incomprensivo,
no hay que hablar; tampoco de las de Buchner; Virchow mismo no se ve libre
de ellas. Y otros lo hacen más sutilmente. Hay gentes que parece
como si no se limitasen a no creer que haya otra vida, o, mejor dicho,
a creer que no la hay, sino que les molesta y duele que otros crean en
ello o hasta que quieran que la haya. Y esta posición es despreciable,
así como es digna de respeto la de aquel que, empeñándose
en creer que la hay, porque la necesita, no logra creerlo. Pero de este
nobilísimo, y el más profundo, y el más humano, y
el más fecundo estado de ánimo, el de la desesperación,
hablaremos más adelante.
Y los racionalistas que no caen en la rabia antiteológica
se empeñan en convencer al hombre de que hay motivos para vivir
y hay consuelo de haber nacido, aunque haya de llegar un tiempo, al cabo
de más o menos decenas, centenas o millones de siglos, en que toda
conciencia humana haya desaparecido. Y estos motivos de vivir y obrar,
esto que algunos llaman humanismo, son la maravilla de la oquedad afectiva
y emocional del racionalismo y de su estupenda hipocresía, empeñada
en sacrificar la sinceridad a la veracidad, y en no confesar que la razón
es una potencia desconsoladora y disolvente.
¿He de volver a repetir lo que ya he dicho sobre
todo eso de fraguar cultura, de progresar, de realizar el bien, la verdad
y la belleza, de traer la justicia a la Tierra, de hacer mejor la vida
para los que nos sucedan, de servir a no sé qué destino,
sin preocuparnos del fin último de cada uno de nosotros? ¿He
de volver a hablaros de la suprema vaciedad de la cultura, de la ciencia,
del arte, del bien, de la verdad, de la belleza, de la justicia…, de todas
estas hermosas concepciones, si al fin y al cabo, dentro de cuatro días
o dentro de cuatro millones de siglos —que para el caso es igual—, no ha
de existir conciencia humana que reciba la cultura, la ciencia, el arte,
el bien, la verdad, la belleza, la justicia y todo lo demás así?
Muchas y muy variadas son las invenciones racionalistas
—más o menos racionales— con que desde los tiempos de epicúreos
y estoicos se ha tratado de buscar en la verdad racional consuelo y de
convencer a los hombres, aunque los que de ello trataran no estuviesen
en sí mismos convencidos, de que hay motivos de obrar y alicientes
de vivir, aun estando la conciencia humana destinada a desaparecer un día.
La posición epicúrea, cuya forma extrema
y más grosera es la de “comamos y bebamos, que mañana moriremos”,
o el carpe diem horaciano, que podría traducirse por “vive
al día”, no es, en el fondo, distinta de la posición estoica
con su “cumple con lo que la conciencia moral te dicte, y que sea después
lo que fuere”. Ambas posiciones tienen una base común, y lo mismo
es el placer por el placer mismo que el deber por el mismo deber.
El más lógico y consecuente de los ateos,
quiero decir de los que niegan la persistencia en tiempo futuro indefinido
de la conciencia individual, y el más piadoso a la vez de ellos,
Spinoza, dedicó la quinta y última parte de su Ética
a dilucidar la vía que conduce a la libertad y a fijar el concepto
de la felicidad. ¡El concepto! ¡El concepto y no el sentimiento!
Para Spinoza, que era un terrible intelectualista, la felicidad, la beatitudo,
es un concepto, y el amor a Dios un amor intelectual. Después de
establecer en la proposición 21 de esta parte quinta que “la mente
no puede imaginarse nada ni acordarse de las cosas pasadas sino mientras
dura el cuerpo”, lo que equivale a negar la inmortalidad del alma, pues
un alma que separada del cuerpo en que vivió no se acuerda ya de
su pasado, ni es inmortal ni es alma, procede a decirnos en la proposición
23 que “la mente humana no puede destruirse en absoluto con el cuerpo,
sino que queda algo de ella que es eterno”, y esta eternidad de la mente
es cierto modo de pensar. Mas no os dejéis engañar; no hay
tal eternidad de la mente individual. Todo es sub aeternitatis specie,
es decir, un puro engaño. Nada más triste, nada más
desolador, nada más antivital que esa felicidad, esa beatitudo
spinoziana, que consiste en el amor intelectual a Dios, el cual no es sino
el amor mismo de Dios, el amor con que Dios se ama a sí mismo (proposición
36). Nuestra felicidad, es decir, nuestra libertad, consiste en el constante
y eterno amor de Dios a los hombres. Así dice el escolio a esta
proposición 36. Y todo para concluir en la proposición final
de toda la Ética, en su coronamiento, con aquello de que
la felicidad no es el precio de la virtud, sino la virtud misma. ¡Lo
de todos! O dicho en plata: que de Dios salimos y a Dios volvemos; lo que,
traducido a lenguaje vital, sentimental, concreto, quiere decir que mi
conciencia personal brotó de la nada, de mi inconsciencia, y a la
nada volverá.
Y esa voz tristísima y desoladora de Spinoza es
la voz misma de la razón. Y la libertad de que nos habla es una
libertad terrible. Y contra Spinoza y su doctrina de la felicidad no cabe
sino un argumento incontrastable: el argumento ad hominem. ¿Fue
feliz él, Baruc Spinoza, mientras para acallar su íntima
infelicidad disertaba sobre la felicidad misma? ¿Fue él libre?
En el escolio a la proposición 41 de esta misma
última y más trágica parte de esa formidable tragedia
de su Ética, nos habla el pobre judío desesperado
de Amsterdam, de la persuasión común del vulgo sobre la vida
eterna. Oigámosle: “Parece que creen que la piedad y la religión
y todo lo que se refiere a la fortaleza de ánimo son cartas que
hay que deponer después de la muerte, y esperan recibir el precio
de la servidumbre, no de la piedad y la religión. Y no sólo
por esta esperanza, sino también, y más principalmente, por
el miedo de ser castigados con terribles suplicios después de la
muerte, se mueven a vivir conforme a la prescripción de la ley divina
en cuanto les lleva su debilidad y su ánimo impotente; y si no fuese
por esta esperanza y este miedo, y creyeran, por el contrario, que las
almas mueren con los cuerpos, ni les quedara el vivir más tiempo
sino miserables bajo el peso de la piedad, volverían a su índole,
prefiriendo acomodarlo todo a su gusto y entregarse a la fortuna más
que a sí mismos. Lo cual no parece menos absurdo que si uno, por
no creer poder alimentar a su cuerpo con buenos alimentos para siempre,
prefiriese saturarse de venenos mortíferos, o porque ve que el alma
no es eterna o inmortal, prefiera ser sin alma (amens) y vivir sin
razón; todo lo cual es tan absurdo, que apenas merece ser refutado
(quae
adeo absurda sunt, ut vix recenseri mereantur)”.
Cuando se dice de algo que no merece siquiera refutación,
tenedlo por seguro, o es una insigne necedad, y en este caso ni eso hay
que decir de ella, o es algo formidable, es la clave misma del problema.
Y así es en este caso. Porque sí, pobre judío portugués
desterrado en Holanda, sí, que quien se convenza, sin rastro de
duda, sin el más leve resquicio de incertidumbre salvadora, de que
su alma no es inmortal, prefiera ser sin alma, amens, o irracional, o idiota,
prefiera no haber nacido, no tiene nada, absolutamente nada de absurdo.
Él, el pobre judío intelectualista definidor del amor intelectual
y de la felicidad, ¿fue feliz? Porque éste y no otro es el
problema. “¿De qué te sirve saber definir la compunción
si no la sientes?”, dice el Kempis. ¿Y de qué te sirve
meterte a definir la felicidad si no logra uno con ello ser feliz? Aquí
encaja aquel terrible cuento de Diderot sobre el eunuco, que, para mejor
poder escoger esclavas con destino al harén del sultán, su
dueño, quiso recibir lecciones de estética de un marsellés.
A la primera lección, fisiológica, brutal y carnalmente fisiológica,
exclamó el eunuco compungido: “¡Está visto que yo nunca
sabré estética!” Y así es; ni los eunucos sabrán
nunca estética aplicada a la selección de mujeres hermosas,
ni los puros racionalistas sabrán ética nunca, ni llegarán
a definir la felicidad, que es una cosa que se vive y se siente, y no una
cosa que se razona y se define.
Y ahí tenemos otro racionalista, éste no
ya resignado y triste, como Spinoza, sino rebelde, y fingiéndose
hipócritamente alegre cuando era no menos desesperado que el otro;
ahí tenéis a Nietzsche, que inventó matemáticamente
(!!!) aquel remedo de la inmortalidad del alma que se llama la vuelta eterna,
y que es la más formidable tragicomedia o comitragedia. Siendo el
número de átomos o primeros elementos irreductibles finito,
en el universo eterno tiene que volver alguna vez a darse una combinación
como la actual y, por lo tanto, tiene que repetirse un número eterno
de veces lo que ahora pasa. Claro está, y así como volveré
a vivir la vida que estoy viviendo, la he vivido ya infinitas veces, porque
hay una eternidad hacia el pasado, a parte ante, como la habrá
en el por venir a parte post. Pero se da el triste caso de que yo
no me acuerdo de ninguna de mis experiencias anteriores, si es posible
que me acuerde de ellas, pues dos cosas absoluta y totalmente idénticas
no son sino una sola. En vez de suponer que vivimos en un universo finito,
de un número finito de primeros elementos componentes irreductibles,
suponed que vivamos en un universo infinito, sin límite en el espacio
—la cual infinitud concreta no es menos inconcebible que la eternidad concreta
en el tiempo—, y entonces resultará que este nuestro sistema, el
de la vía láctea, se repite infinitas veces en el infinito
del espacio, y que estoy yo viviendo infinitas vidas, todas exactamente
idénticas. Una broma, como veis, pero no menos cómica, es
decir, no menos trágica que la de Nietzsche, la del león
que se ríe. ¿Y de qué se ríe el león?
Yo creo que de rabia, porque no acaba de consolarle eso de que ha sido
ya el mismo león antes y que volverá a serlo.
Pero es que tanto Spinoza como Nietzsche eran, sí,
racionalistas, cada uno de ellos a su modo; pero no eran eunucos espirituales;
tenían corazón, sentimiento y, sobre todo, hambre, un hambre
loca de eternidad, de inmortalidad. El eunuco corporal no siente la necesidad
de reproducirse carnalmente, en cuerpo, y el eunuco espiritual tampoco
siente hambre de perpetuarse.
Cierto es que hay quienes aseguran que con la razón
les basta, y nos aconsejan desistamos de querer penetrar en lo impenetrable.
Mas de éstos que dicen no necesitar de fe alguna en vida personal
eterna para encontrar alicientes de vida y móviles de acción,
no sé qué pensar. También un ciego de nacimiento puede
asegurarnos que no siente gran deseo de gozar del mundo de la visión,
ni mucha angustia por no haberlo gozado, y hay que creerle, pues de lo
totalmente desconocido no cabe anhelo, por aquello de nihil volitum
quin praecognitum; no cabe querer sino lo de antes conocido; pero el
que alguna vez en su vida o en sus mocedades o temporalmente ha llegado
a abrigar la fe en la inmortalidad del alma, no puede persuadirme a creer
que se aquiete sin ella. Y en ese respecto apenas cabe entre nosotros la
ceguera de nacimiento, como no sea por una extraña aberración.
Que aberración y no otra cosa es el hombre mera y exclusivamente
racional.
Más sinceros, mucho más sinceros, son los
que dicen: “De eso no se debe hablar, que es perder el tiempo y enervar
la voluntad; cumplamos aquí con nuestro deber, y sea luego lo que
fuere”, pero esta sinceridad oculta una más profunda insinceridad.
¿Es que acaso con decir: “De eso no se debe hablar”, se consigue
que uno no piense en ello? ¿Que se enerva la voluntad?… ¿Y
qué? ¿Que nos incapacita para una acción humana? ¿Y
qué? Es muy cómodo decirle al que tiene una enfermedad mortal
que le condena a corta vida, y lo sabe, que no piense en ello.
Unamuno: Del sentimiento trágico de la vida. Alianza Editorial, Madrid.
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