Del sentimiento trágico de la vida, cap.
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Capítulo 1
EL HOMBRE DE CARNE Y HUESO
Homo sum; nihil humani a me alienum puto, dijo
el cómico latino. Y yo diría más bien: Nullum hominem
a me alienum puto; soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño.
Porque el adjetivo humanus me es tan sospechoso como su sustantivo
abstracto humanitas, la humanidad. Ni lo humano ni la humanidad,
ni el adjetivo simple, ni el adjetivo sustantivado, sino el sustantivo
correcto: el hombre. El hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere
—sobre todo muere—, el que come y bebe y juega y duerme y piensa y quiere;
el hombre que se ve y a quien se oye, el hermano, el verdadero hermano.
Porque hay otra cosa, que llaman también hombre,
y es el sujeto de no pocas divagaciones más o menos científicas.
Y es el bípedo implume de la leyenda, el zoon politikón
de Aristóteles, el contratante social de Rousseau, el homo oeconomicus
de los manchesterianos, el homo sapiens de Linneo, o, si se quiere,
el mamífero vertical. Un hombre que no es de aquí o de allí,
ni de esta época o de la otra; que no tiene ni sexo ni patria, una
idea, en fin. Es decir, un no hombre.
El nuestro es el otro, el de carne y hueso; yo, tú,
lector mío; aquel otro de más allá, cuantos pisamos
sobre la tierra.
Y este hombre concreto, de carne y hueso, es el sujeto
y supremo objeto a la vez de toda filosofía, quiéranlo o
no ciertos sedicentes filósofos.
En las más de las historias de la filosofía
que conozco se nos presenta a los sistemas como originándose los
unos de los otros, y sus autores, los filósofos, apenas aparecen
sino como meros pretextos. La íntima biografía de los filósofos,
de los hombres que filosofaron, ocupa un lugar secundario. Y es ella, sin
embargo, esa íntima biografía, la que más cosas nos
explica.
Cúmplenos decir, ante todo, que la filosofía
se acuesta más a la poesía que no a la ciencia. Cuantos sistemas
filosóficos se han fraguado como suprema combinación de los
resultados finales de las ciencias particulares, en un período cualquiera,
han tenido mucha menos consistencia y menos vida que aquellos otros que
representaban el anhelo integral del espíritu de su autor.
Y es que las ciencias, importándonos tanto y siendo
indispensables para nuestra vida y nuestro pensamiento, nos son, en cierto
sentido, más extrañas que la filosofía. Cumplen un
fin más objetivo, es decir, más fuera de nosotros. Son, en
el fondo, cosa de economía. Un nuevo descubrimiento científico,
de los que llamamos teóricos, es como un descubrimiento mecánico,
el de la máquina de vapor, el teléfono, el fonógrafo,
el aeroplano, una cosa que sirve para algo. Así, el teléfono
puede servirnos para comunicarnos a distancia con la mujer amada. Pero
ésta, ¿para qué nos sirve? Toma uno el tranvía
eléctrico para oír una ópera, y se pregunta: “¿Cuál
es en este caso más útil, el tranvía o la ópera?”.
La filosofía responde a la necesidad de formarnos
una concepción unitaria y total del mundo y de la vida, y como consecuencia
de esta concepción, un sentimiento que engendre una actitud íntima
y hasta una acción. Pero resulta que ese sentimiento, en vez de
ser consecuencia de aquella concepción, es causa de ella. Nuestra
filosofía, esto es, nuestro modo de comprender o de no comprender
el mundo y la vida, brota de nuestro sentimiento respecto a la vida misma.
Y ésta, como todo lo afectivo, tiene raíces subconscientes,
inconscientes tal vez.
No suelen ser nuestras ideas las que nos hacen optimistas
o pesimistas, sino que es nuestro optimismo o nuestro pesimismo, de origen
fisiológico o patológico quizás, tanto el uno como
el otro, el que hace nuestras ideas.
El hombre, dicen, es un animal racional. No sé
por qué no se haya dicho que es un animal afectivo o sentimental.
Y acaso lo que de los demás animales le diferencia sea más
el sentimiento que no la razón. Más veces he visto razonar
a un gato que no reír o llorar. Acaso llore o ría por dentro,
pero por dentro acaso también el cangrejo resuelva ecuaciones de
segundo grado.
Y así, lo que en un filósofo nos debe más
importar es el hombre.
Tomad a Kant, al hombre Manuel Kant, que nació
y vivió en Koenigsberg a fines del siglo XVIII y hasta pisar los
umbrales del XIX. Hay en la filosofía de este hombre Kant, hombre
de corazón y de cabeza, es decir, hombre, un significativo salto,
como habría dicho Kierkegaard, otro hombre —¡y tan hombre!—,
el salto de la Crítica de la razón pura a la Crítica
de la razón práctica. Reconstruye en ésta, digan
lo que quieran los que no ven al hombre, lo que en aquella abatió.
Después de haber examinado y pulverizado con su análisis
las tradicionales pruebas de la existencia de Dios, del Dios aristotélico,
que es el Dios que corresponde al zoon politikón, del Dios
abstracto, del primer motor inmóvil, vuelve a reconstruir a Dios,
pero al Dios de la conciencia, al Autor del orden moral, al Dios luterano,
en fin. Ese salto de Kant está ya en germen en la noción
luterana de la fe.
El un Dios, el dios racional, es la proyección
al infinito de fuera del hombre por definición, es decir, del hombre
abstracto, del hombre no hombre, y el otro Dios, el dios sentimental o
volitio,
es la proyección al infinito de dentro del hombre por vida, del
hombre concreto, de carne y hueso.
Kant reconstruyó con el corazón lo que
con la cabeza había abatido. Y es que sabemos, por testimonio de
los que le conocieron y por testimonio propio, en sus cartas y manifestaciones
privadas, que el hombre Kant, el solterón un si es no es egoísta,
que profesó filosofía en Koenigsberg a fines del siglo de
la Enciclopedia y de la diosa Razón, era un hombre muy preocupado
del problema. Quiero decir del único verdadero problema vital, del
que más a las entrañas nos llega, del problema de nuestro
destino individual y personal, de la inmortalidad del alma. El hombre Kant
no se resignaba a morir del todo. Y porque no se resignaba a morir del
todo dio el salto aquel, el salto inmortal, de una a otra crítica.
Quien lea con atención y sin antojeras la Crítica
de la razón práctica, verá que, en rigor, se deduce
en ella la existencia de Dios de la inmortalidad del alma, y no ésta
de aquélla. El imperativo categórico nos lleva a un postulado
moral que exige, a su vez, en el orden teleológico, o más
bien escatológico, la inmortalidad del alma, y para sustentar esta
inmortalidad aparece Dios. Todo lo demás es escamoteo de profesional
de la filosofía.
El hombre Kant sintió la moral como base de la
escatología; pero el profesor de filosofía invirtió
los términos.
Ya dijo no sé dónde otro profesor, el profesor
y hombre Guillermo James, que Dios para la generalidad de los hombres es
el productor de inmortalidad. Sí, para la generalidad de los hombres,
incluyendo al hombre Kant, al hombre James y al hombre que traza estas
líneas que estás, lector, leyendo.
Un día, hablando con un campesino, le propuse
la hipótesis de que hubiese, en efecto, un Dios que rige cielo y
tierra, Conciencia del Universo, pero que no por eso sea el alma de cada
hombre inmortal en el sentido tradicional y concreto. Y me respondió:
“Entonces, ¿para qué Dios?” Y así se respondían
en el recóndito foro de su conciencia el hombre Kant y el hombre
James. Sólo que, al actuar como profesores, tenían que justificar
racionalmente esa actitud tan poco racional. Lo que no quiere decir, claro
está, que sea absurda.
Hegel hizo célebre su aforismo de que todo lo
racional es real y todo lo real racional; pero somos muchos los que, no
convencidos por Hegel, seguimos creyendo que lo real, lo realmente real,
es irracional; que la razón construye sobre irracionalidades. Hegel,
gran definidor, pretendió reconstruir el universo con definiciones,
como aquel sargento de Artillería decía que se construyen
los cañones tomando un agujero y recubriéndolo de hierro.
Otro hombre, el hombre José Butler, obispo anglicano,
que vivió a principios del siglo XVIII, y de quien dice el cardenal
católico Newman que es el nombre más grande de la Iglesia
anglicana, al final del capítulo primero de su gran obra de la analogía
de la religión (The Analogy of Religion), capítulo
que trata de la vida futura, escribió estas preñadas palabras:
“Esta credibilidad en una vida futura, sobre lo que tanto aquí se
ha insistido, por poco que satisfaga nuestra curiosidad, parece responder
a los propósitos todos de la religión tanto como respondería
una prueba demostrativa. En realidad, una prueba, aun demostrativa, de
una vida futura, no sería una prueba de la religión. Porque
el que hayamos de vivir después de la muerte es cosa que se compadece
tan bien con el ateísmo, y que puede ser por éste tan tomada
en cuenta como el que ahora estamos vivos, y nada puede ser, por lo tanto,
más absurdo que argüir del ateísmo que no puede haber
estado futuro”.
El hombre Butler, cuyas obras acaso conociera el hombre
Kant, quería salvar la fe en la inmortalidad del alma, y para ello
la hizo independiente de la fe en Dios. El capítulo primero de su
Analogía
trata, como os digo, de la vida futura, y el segundo, del gobierno de Dios
por premios y castigos. Y es que, en el fondo, el buen obispo anglicano
deduce la existencia de Dios de la inmortalidad del alma. Y como el buen
obispo anglicano partió de aquí, no tuvo que dar el salto
que a fines de su mismo siglo tuvo que dar el buen filósofo luterano.
Era un hombre el obispo Butler, y era otro hombre el profesor Kant.
Y ser un hombre es ser algo concreto, unitario y sustantivo,
es ser cosa, res. Y ya sabemos lo que otro hombre, el hombre Benito
Spinoza, aquel judío portugués que nació y vivió
en Holanda a mediados del siglo XVII, escribió de toda cosa. La
proposición sexta de la parte III de su Ética dice:
unaquaeque
res, quatenus in se est, in suo esse perseverare conatur; es decir,
cada cosa, en cuanto es en sí, se esfuerza por perseverar en su
ser. Cada cosa, en cuanto es en sí, es decir, en cuanto sustancia,
ya que, según él, sustancia es id quod in se est et per
se concipitur, lo que es por sí y por sí se concibe.
Y en la siguiente proposición, la séptima, de la misma parte,
añade: conatus, quo unaquaeque res in suo esse perseverare conatur,
nihil est praeter ipsius rei actualem essentiam; esto es, el esfuerzo
con que cada cosa trata de perseverar en su ser no es sino la esencia actual
de la cosa misma. Quiere decirse que tu esencia, lector, la mía,
la del hombre Spinoza, la del hombre Butler, la del hombre Kant y la de
cada hombre que sea hombre, no es sino el conato, el esfuerzo que pone
en seguir siendo hombre, en no morir. Y la otra proposición que
sigue a estas dos, la octava, dice: conatus, quo unaquaeque res in suo
esse perseverare conatur, nullum tempus finitum, sed indefinitum involvit,
o sea: el esfuerzo con que cada cosa se esfuerza por perseverar en su ser,
no implica tiempo finito, sino indefinido. Es decir, que tú, yo
y Spinoza queremos no morirnos nunca y que este nuestro anhelo de nunca
morirnos en nuestra esencia actual. Y, sin embargo, este pobre judío
portugués, desterrado en las nieblas holandesas, no pudo llegar
a creer nunca en su propia inmortalidad personal, y toda su filosofía
no fue sino una consolación que fraguó para esa su falta
de fe. Como a otros les duele una mano o un pie o el corazón, o
la cabeza, a Spinoza le dolía Dios. ¡Pobre hombre! ¡Y
pobres hombres los demás!
Y el hombre, esta cosa, ¿es una cosa? Por absurda
que parezca la pregunta, hay quienes se la han propuesto. Anduvo no ha
mucho por el mundo una cierta doctrina que llamábamos positivismo,
que hizo mucho bien y mucho mal. Y entre otros males que hizo, fue el de
traernos un género tal de análisis que los hechos se pulverizaban
con él, reduciéndose a polvo de hechos. Los más de
los que el positivismo llamaba hechos, no eran sino fragmentos de hechos.
En psicología su acción fue deletérea. Hasta hubo
escolásticos metidos a literatos —no digo filósofos metidos
a poetas, porque poeta y filósofo son hermanos gemelos, si es que
no la misma cosa— que llevaron el análisis psicológico positivista
a la novela y al drama, donde hay que poner en pie hombres concretos, de
carne y hueso, y en fuerza de estados de conciencia, las conciencias desaparecieron.
Les sucedió lo que dicen sucede con frecuencia al examinar y ensayar
ciertos complicados compuestos químicos orgánicos, vivos,
y es que los reactivos destruyen el cuerpo mismo que se trata de examinar,
y lo que obtenemos son no más que productos de su composición.
Partiendo del hecho evidente de que por nuestra conciencia
desfilan estados contradictorios entre sí, llegaron a no ver claro
la conciencia, el yo. Preguntarle a uno por su yo, es como preguntarle
por su cuerpo. Y cuenta que, al hablar del yo, hablo del yo concreto y
personal; no del yo de Fichte, sino de Fichte mismo, del hombre Fichte.
Y lo que determina a un hombre, lo que le hace un hombre,
uno y no otro, el que es y no el que no es, es un principio de unidad y
un principio de continuidad. Un principio de unidad, primero en el espacio,
merced al cuerpo, y luego en la acción y en el propósito.
Cuando andamos, no va un pie hacia adelante y el otro hacia atrás;
ni cuando miramos, mira un ojo al Norte y el otro al Sur, como estemos
sanos. En cada momento de nuestra vida tenemos un propósito, y a
él conspira la sinergia de nuestras acciones. Aunque al momento
siguiente cambiemos de propósito. Y es en cierto sentido un hombre
tanto más hombre, cuanto más unitaria sea su acción.
Hay quien su vida toda no persigue sino un solo propósito, sea el
que fuere.
Y un principio de continuidad en el tiempo. Sin entrar
a discutir —discusión ociosa— si soy o no el que era hace veinte
años, es indiscutible, me parece, el hecho de que el que soy hoy
proviene, por serie continua de estados de conciencia, del que era en mi
cuerpo hace veinte años. La memoria es la base de la personalidad
individual, así como la tradición lo es de la personalidad
colectiva de un pueblo. Se vive en el recuerdo y por el recuerdo, y nuestra
vida espiritual no es, en el fondo, sino el esfuerzo de nuestro recuerdo
por perseverar, por hacerse esperanza, el esfuerzo de nuestro pasado por
hacerse porvenir.
Todo esto es de una perogrullería chillante, bien
lo sé; pero es que, rodando por el mundo, se encuentra uno con hombres
que parece no se sienten a sí mismos. Uno de mis mejores amigos,
con quien he paseado a diario durante muchos años enteros, cada
vez que yo le hablaba de este sentimiento de la propia personalidad, me
decía: “Pues yo no me siento a mí mismo; no sé qué
es eso”.
En cierta ocasión, este amigo a que aludo me dijo:
“Quisiera ser Fulano” (aquí un nombre), y le dije: Eso es lo que
yo no acabo nunca de comprender, que uno quiera ser otro cualquiera. Querer
ser otro es querer dejar de ser uno el que es. Me explico que uno desee
tener lo que tiene, sus riquezas o sus conocimientos; pero ser otro, es
cosa que no me la explico. Más de una vez se ha dicho que todo hombre
desgraciado prefiere ser el que es, aun con sus desgracias, a ser otro
sin ellas. Y es que los hombres desgraciados, cuando conservan la sanidad
en su desgracia, es decir, cuando se esfuerzan por perseverar en su ser,
prefieren la desgracia a la no existencia. De mí sé decir
que cuando era un mozo, y aun de niño, no lograron conmoverme las
patéticas pinturas que del infierno se me hacían, pues ya
desde entonces nada se me aparecía tan horrible como la nada misma.
Era una furiosa hambre de ser, un apetito de divinidad, como nuestro ascético
dijo.
Irle a uno con la embajada de que sea otro, de que se
haga otro, es irle con la embajada de que deje de ser él. Cada cual
defiende su personalidad, y sólo acepta un cambio en su modo de
pensar o de sentir en cuanto este cambio pueda entrar en la unidad de su
espíritu y enzarzar en la continuidad de él; en cuanto ese
cambio pueda armonizarse e integrarse con todo el resto de su modo de ser,
pensar y sentir, y pueda a la vez enlazarse a sus recuerdos. Ni a un hombre,
ni a un pueblo —que es, en cierto sentido, un hombre también— se
le puede exigir un cambio que rompa la unidad y la continuidad de su persona.
Se le puede cambiar mucho, hasta por completo casi; pero dentro de continuidad.
Cierto es que se da en ciertos individuos eso que se
llama un cambio de personalidad; pero esto es un caso patológico,
y como tal lo estudian los alienistas. En esos cambios de personalidad,
la memoria, base de la conciencia, se arruina por completo, y sólo
le queda al pobre paciente, como substrato de continuidad individual —ya
que no personal—, el organismo físico. Tal enfermedad equivale a
la muerte para el sujeto que la padece; para quienes no equivale a su muerte
es para los que hayan de heredarle, si tiene bienes de fortuna. Y esa enfermedad
no es más que una revolución, una verdadera revolución.
Una enfermedad es, en cierto respecto, una disociación
orgánica; es un órgano o un elemento cualquiera del cuerpo
vivo que se rebela, rompe la sinergia vital y conspira a un fin distinto
del que conspiran los demás elementos con él coordinados.
Su fin puede ser, considerado en sí, es decir, en abstracto, más
elevado, más noble, más… todo lo que se quiera, pero es otro.
Podrá ser mejor volar y respirar en el aire que nadar y respirar
en el agua; pero si las aletas de un pez dieran en querer convertirse en
alas, el pez, como pez, perecería. Y no sirve decir que acabaría
por hacerse ave, si es que no había en ello un proceso de continuidad.
No lo sé bien, pero acaso se pueda dar que un pez engendre un ave,
u otro pez que esté más cerca del ave que él; pero
un pez, este pez, no puede él mismo, y durante su vida, hacerse
ave.
Todo lo que en mí conspire a romper la unidad
y la continuidad de mi vida, conspira a destruirme y, por lo tanto, a destruirse.
Todo individuo que en un pueblo conspira a romper la unidad y la continuidad
espirituales de ese pueblo, tiende a destruirlo y a destruirse como parte
de ese pueblo. ¿Que tal otro pueblo es mejor? Perfectamente, aunque
no entendamos bien qué es eso de mejor o peor. ¿Que es más
rico? Concedido. ¿Que es más culto? Concedido también.
¿Que vive más feliz? Esto ya…; pero, en fin, ¡pase!
¿Que vence, eso que llaman vencer, mientras nosotros somos vencidos?
Enhorabuena. Todo esto está bien, pero es otro. Y basta. Porque
para mí, el hacerme otro, rompiendo la unidad y la continuidad de
mi vida, es dejar de ser el que soy, es decir, es sencillamente dejar de
ser. Y esto no: ¡todo antes que esto!
¿Que otro llenaría tan bien o mejor que
yo el papel que lleno? ¿Que otro cumpliría mi función
social? Sí, pero no yo.
“Yo, yo, yo, siempre yo! —dirá algún lector—;
¿y quién eres tú?” Podría aquí contestarle
con Obermann, con el enorme hombre Obermann: “Para el Universo, nada; para
mí, todo”; pero no, prefiero recordarle una doctrina del hombre
Kant, y es la de que debemos considerar a nuestros prójimos, a los
demás hombres, no como medios, sino como fines.
Pues no se trata de mí tan sólo; se trata
de ti, lector, que así refunfuñas; se trata del otro, se
trata de todos y de cada uno. Los juicios singulares tienen valor de universales,
dicen los lógicos. Lo singular no es particular, es universal.
El hombre es un fin, no un medio. La civilización
toda se endereza al hombre, a cada hombre, a cada yo. ¿O qué
es ese ídolo, llámese Humanidad o como se llamare, a que
se han de sacrificar todos y cada uno de los hombres? Porque yo me sacrifico
por mis prójimos, por mis compatriotas, por mis hijos, y éstos,
a su vez, por los suyos, y los suyos por los de ellos, y así en
serie inacabable de generaciones. ¿Y quién recibe el fruto
de ese sacrificio?
Los mismos que nos hablan de ese sacrificio fantástico,
de esa dedicación sin objeto, suelen también hablarnos del
derecho a la vida. ¿Y qué es el derecho a la vida? Me dicen
que he venido a realizar no sé qué fin social; pero yo siento
que yo, lo mismo que cada uno de mis hermanos, he venido a realizarme,
a vivir.
Sí, sí, lo veo; una enorme actividad social,
una poderosa civilización, mucha ciencia, mucho arte, mucha industria,
mucha moral, y luego, cuando hayamos llenado el mundo de maravillas industriales,
de grandes fábricas, de caminos, de museos, de bibliotecas, caeremos
agotados al pie de todo eso, y quedará, ¿para quién?
¿Se hizo el hombre para la ciencia, o se hizo la ciencia para el
hombre?
“¡Ea!” —exclamará de nuevo el mismo lector—,
volvemos a aquello del Catecismo: “Pregunta: ¿Para quién
hizo Dios el mundo? Respuesta: Para el hombre”. Pues bien, sí, así
debe responder el hombre que sea hombre. La hormiga, si se diese cuenta
de esto, y fuera persona consciente de sí misma, contestaría
que para la hormiga, y contestaría bien. El mundo se hace para la
conciencia, para cada conciencia.
“Un alma humana vale por todo el universo”, ha dicho
no sé quién, pero ha dicho egregiamente. Un alma humana,
¿eh? No una vida. La vida ésta no, y sucede que, a medida
que se crea menos en el alma, es decir, en su inmortalidad consciente,
personal y concreta, se exagerará más el valor de la pobre
vida pasajera. De aquí arrancan todas las afeminadas sensiblerías
contra la guerra. Sí, uno no debe querer morir, pero de la otra
muerte. “El que quiera salvar su vida, la perderá”, dice el Evangelio;
pero no dice el que quiera salvar su alma, el alma inmortal. O que creemos
y queremos que lo sea.
Y todos los definidores del objetivismo no se fijan,
o, mejor dicho, no quieren fijarse en que al afirmar un hombre su yo, su
conciencia personal, afirma al hombre, al hombre concreto y real, afirma
el verdadero humanismo —que no es el de las cosas del hombre, sino el del
hombre—, y al afirmar al hombre, afirma la conciencia. Porque la única
conciencia de que tenemos conciencia es la del hombre.
El mundo es para la conciencia. O, mejor dicho, este
para,
esta noción de finalidad, y mejor que noción sentimiento,
este sentimiento teleológico no nace sino donde hay conciencia.
Conciencia y finalidad son la misma cosa en el fondo.
Si el sol tuviese conciencia, pensaría vivir para
alumbrar a los mundos, sin duda; pero pensaría también, y
sobre todo, que los mundos existen para que él los alumbre y se
goce en alumbrarlos y así viva. Y pensaría bien.
Y toda esa trágica batalla del hombre por salvarse,
ese inmortal anhelo de inmortalidad que le hizo al hombre Kant dar aquel
salto inmortal de que os decía, todo eso no es más que una
batalla por la conciencia. Si la conciencia no es, como ha dicho algún
pensador inhumano, nada más que un relámpago entre dos eternidades
de tinieblas, entonces no hay nada más execrable que la existencia.
Alguien podrá ver un fondo de contradicción
en cuanto voy diciendo, anhelando unas veces la vida inacabable, y diciendo
otras que esta vida no tiene el valor que se le da. ¿Contradicción?
¡Ya lo creo! ¡La de mi corazón, que dice sí,
y mi cabeza, que dice no! Contradicción, naturalmente. ¿Quién
no recuerda aquellas palabras del Evangelio: “¡Señor, creo;
ayuda a mi incredulidad!”? ¡Contradicción!, ¡naturalmente!
Como que sólo vivimos de contradicciones, y por ellas; como que
la vida es tragedia, y la tragedia es perpetua lucha, sin victoria ni esperanza
de ella; es contradicción.
Se trata, como veis, de un valor afectivo, contra los
valores afectivos no valen razones. Porque las razones no son nada más
que razones, es decir, ni siquiera son verdades. Hay definidores de esos
pedantes por naturaleza y por gracia, que me hacen el efecto de aquel señor
que va a consolar a un padre que acaba de perder un hijo muerto de repente
en la flor de sus años, y le dice: “¡Paciencia, amigo, que
todos tenemos que morirnos!” ¿Os chocaría que este padre
se irritase contra semejante impertinencia? Porque es una impertinencia.
Hasta un axioma puede llegar a ser en ciertos casos una impertinencia.
Cuántas veces no cabe decir aquello de:
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sentimiento trágico de la vida, cap. 5).