Texto 3: República, libro VII (1-5)
1. Comienza el mito de la caverna
—Después de eso —proseguí— compara nuestra naturaleza
respecto de su educación y de su falta de educación con una
experiencia como ésta. Represéntate hombres en una morada subterránea
en forma de caverna, que tiene la entrada abierta, en toda su extensión,
a la luz. En ella están desde niños con las piernas y el cuello
encadenados, de modo que deben permanecer allí y mirar sólo
delante de ellos, porque las cadenas les impiden girar en derredor la cabeza.
Más arriba y más lejos se halla la luz de un fuego que brilla
detrás de ellos; y entre el fuego y los prisioneros hay un camino
más alto, junto al cual imagínate un tabique construido de
lado a lado, como el biombo que los titiriteros levantan delante del público
para mostrar, por encima del biombo, los muñecos.
—Me lo imagino.
—Imagínate ahora que, del otro lado del tabique, pasan
hombres que llevan toda clase de utensilios y figurillas de hombres y otros
animales, hechos en piedra y madera y de diversas clases; y entre los que
pasan unos hablan y otros callan.
—Extraña comparación haces, y extraños
son esos prisioneros.
—Pero son como nosotros. Pues en primer lugar, ¿crees
que han visto de sí mismos, o unos de los otros, otra cosa que las
sombras proyectadas por el fuego en la parte de la caverna que tienen frente
a sí?
—Claro que no, si toda su vida están forzados a no
mover las cabezas.
—¿Y no sucede lo mismo con los objetos que llevan los
que pasan del otro lado del tabique?
—Indudablemente.
—Pues entonces, si dialogaran entre sí, ¿no
te parece que entenderían estar nombrando a los objetos que pasan y
que ellos ven?
—Necesariamente.
—Y si la prisión contara con un eco desde la pared
que tienen frente a sí, y alguno de los que pasan del otro lado del
tabique hablara, ¿no piensas que creerían que lo que oyen proviene
de la sombra que pasa delante de ellos?
—¡Por Zeus que sí!
—¿Y que los prisioneros no tendrían por real
otra cosa que las sombras de los objetos artificiales transportados?
—Es de toda necesidad.
—Examina ahora el caso de una liberación de sus cadenas
y de una curación de su ignorancia, qué pasaría si,
naturalmente, les ocurriese esto: que uno de ellos fuera liberado y forzado
a levantarse de repente, volver el cuello y marchar mirando a la luz y, al
hacer todo esto, sufriera y a causa del encandilamiento fuera incapaz de
percibir aquellas cosas cuyas sombras había vistos antes. ¿Qué
piensas que respondería si se le dijese que lo que ha visto antes
eran fruslerías y que ahora, en cambio, está más próximo
a lo real, vuelto hacia cosas más reales y que mira correctamente?
Y si se les mostrara cada uno de los objetos que pasan del otro lado del
tabique y se le obligara a contestar preguntas sobre lo que son, ¿no
piensas que se sentirá en dificultades y que considerará que
las cosas que antes veía eran más verdaderas que las que se
le muestran ahora?
—Mucho más verdaderas.
2. Necesidad de acostumbrarse a la luz
—Y si se le forzara a mirar hacia la luz misma, ¿no
le dolerían los ojos y trataría de eludirla, volviéndose
hacia aquellas cosas que podría percibir, por considerar que éstas
son realmente más claras que las que se le muestran?
—Así es.
—Y si a la fuerza se lo arrastrara por una escarpada y empinada
cuesta, sin soltarlo antes de llegar hasta la luz del sol, ¿no sufriría
acaso y se irritaría por ser arrastrado y, tras llegar a la luz, tendría
los ojos llenos de fulgores que le impedirían ver uno solo de los
objetos que ahora decimos que son los verdaderos?
—Por cierto, al menos inmediatamente.
—Necesitaría acostumbrarse, para poder llegar a mirar
las cosas de arriba. En primer lugar miraría con mayor facilidad las
sombras, y después las figuras de los hombres y de los otros objetos
reflejados en el agua, luego los hombres y los objetos mismos. A continuación
contemplaría de noche lo que hay en el cielo y el cielo mismo, mirando
la luz de los astros y la luna más fácilmente que, durante
el día, el sol y la luz del sol.
—Sin duda.
—Finalmente, pienso, podría percibir el sol, no ya
en imágenes en el agua o en otros lugares que le son extraños,
sino contemplarlo cómo es en sí y por sí, en su propio
ámbito.
—Necesariamente.
—Después de lo cual concluiría, con respecto
al sol, que es lo que produce las estaciones y los años y que gobierna
todo en el ámbito visible y que de algún modo es causa de las
cosas que ellos habían visto.
—Es evidente, que, después de todo esto, arribaría
a tales conclusiones.
—Y si se acordara de su primera morada, del tipo de sabiduría
existente allí y de sus entonces compañeros de cautiverio, ¿no
piensas que se sentiría feliz del cambio y que los compadecería?
—Por cierto.
—Respecto de los honores y elogios que se tributaban unos
a otros, y de las recompensas para aquel que con mayor agudeza divisara las
sombras de los objetos que pasaban detrás del tabique, y para el que
mejor se acordase de cuáles habían desfilado habitualmente antes
y cuáles después, y para aquel de ellos que fuese capaz de
adivinar lo que iba a pasar, ¿te parece que estaría deseoso
de todo eso y que envidiaría a los más honrados y poderosos
entre aquéllos? ¿O más bien no le pasaría como
al Aquiles de Homero, y «preferiría ser un labrador que fuera
siervo de un hombre pobre» o soportar cualquier otra cosa, antes que
volver a su anterior modo de opinar y a aquella vida?
—Así creo también yo, que padecería cualquier
cosa antes que soportar aquella vida.
—Piensa ahora esto: si descendiera nuevamente y ocupara su
propio asiento, ¿no tendría ofuscados los ojos por las tinieblas,
al llegar repentinamente del sol?
—Sin duda.
—Y si tuviera que discriminar de nuevo aquellas sombras, en
ardua competencia con aquellos que han conservado en todo momento las cadenas,
y viera confusamente hasta que sus ojos se reacomodaran a ese estado y se
acostumbraran en un tiempo nada breve, ¿no se expondría al
ridículo y a que se dijera de él que, por haber subido hasta
lo alto, se había estropeado los ojos, y que ni siquiera valdría
la pena intentar marchar hacia arriba? Y si intentase desatarlos y conducirlos
hacia la luz, ¿no lo matarían, si pudieran tenerlo en sus manos
y matarlo?
—Seguramente.
3. Explicación del mito de la caverna
—Pues bien, querido Glaucón, debemos aplicar íntegra
esta alegoría a lo que anteriormente ha sido dicho, comparando la región
que se manifiesta por medio de la vista con la morada-prisión, y la
luz del fuego que hay en ella con el poder del sol; compara, por otro lado,
el ascenso y contemplación de las cosas de arriba con el camino del
alma hacia el ámbito inteligible, y no te equivocarás en cuanto
a lo que estoy esperando, y que es lo que deseas oír. Dios sabe si
esto es realmente cierto; en todo caso, lo que a mí me parece es que
lo que dentro de lo cognoscible se ve al final, y con dificultad, es la Idea
del Bien. Una vez percibida, ha de concluirse que es la causa de todas las
cosas rectas y bellas, que en el ámbito visible ha engendrado la luz
y al señor de ésta, y que en el ámbito inteligible es
señora y productora de la verdad y de la inteligencia, y que es necesario
tenerla en vista para poder obrar con sabiduría tanto en lo privado
como en lo público.
—Comparto tu pensamiento, en la medida que me es posible.
—Mira también si lo compartes en esto: no hay que
asombrarse de que quienes han llegado allí no estén dispuestos
a ocuparse de los asuntos humanos, sino que sus almas aspiran a pasar el tiempo
arriba; lo cual es natural, si la alegoría descrita es correcta también
en esto.
—Muy natural.
—Tampoco sería extraño que alguien que, de
contemplar las cosas divinas, pasara a las humanas se comportase desmañadamente
y quedara en ridículo por ver de modo confuso y, no acostumbrado aún
en forma suficiente a las tinieblas circundantes, se viera forzado, en los
tribunales o en cualquier otra parte, a disputar sobre sombras de justicia
o sobre las figurillas de las cuales hay sombras y a reñir sobre esto
del modo en que esto es discutido por quienes jamás han visto la Justicia
en sí.
—De ninguna manera será extraño.
—Pero si alguien tiene sentido común, recuerda que
los ojos pueden ver confusamente por dos tipos de perturbaciones: uno al
trasladarse de la luz a las tinieblas, y otro de las tinieblas a la luz;
y al considerar que esto es lo que le sucede al alma, en lugar de reírse
irracionalmente cuando la ve perturbada e incapacitada de mirar algo, habrá
de examinar cuál de los dos casos es: si es que al salir de una vida
luminosa ve confusamente por falta de hábito, o si, viniendo de una
mayor ignorancia hacia lo más luminoso, es obnubilada por el resplandor.
Así, en un caso se felicitará de lo que le sucede y de la vida
a que accede; mientras en el otro se apiadará, y, si se quiere reír
de ella, su risa será menos absurda que si se descarga sobre el alma
que desciende desde la luz.
—Lo que dices es razonable.
4. La educación como preparación del espíritu
para la contemplación de las ideas
—Debemos considerar entonces, si esto es verdad, que la educación
no es como la proclaman algunos. Afirman que, cuando la ciencia no está
en el alma, ellos la ponen, como si se pusiera la vista en ojos ciegos.
—Afirman eso, en efecto.
—Pues bien, el presente argumento indica que en el alma de
cada uno hay el poder de aprender y el órgano para ello, y que, así
como el ojo no puede volverse hacia la luz y dejar las tinieblas si no gira
todo el cuerpo, del mismo modo hay que volverse desde lo que tiene génesis
con toda el alma, hasta que llegue a ser capaz de soportar la contemplación
de lo que es, y lo más luminoso de lo que es, que es lo que llamamos
el Bien. ¿No es así?
—Sí.
—Por consiguiente, la educación será el arte
de volver este órgano del alma del modo más fácil y
eficaz en que puede ser vuelto, mas no como si le infundiera la vista, puesto
que ya la posee, sino, en caso de que se lo haya girado incorrectamente y
no mire a donde debe, posibilitando la corrección.
—Así parece, en efecto.
—Ciertamente, las otras denominadas «excelencias»
del alma parecen estar cerca de las del cuerpo, ya que, si no se hallan presentes
previamente, pueden después ser implantadas por el hábito y
el ejercicio; pero la excelencia del comprender da la impresión de
corresponder más bien a algo más divino, que nunca pierde su
poder, y que según hacia donde sea dirigida es útil y provechosa,
o bien inútil y perjudicial. ¿O acaso no te has percatado de
que esos que son considerados malvados, aunque en realidad son astutos, poseen
un alma que mira penetrantemente y ve con agudeza aquellas cosas a las que
se dirige, porque no tiene la vista débil, sino que está forzada
a servir al mal, de modo que, cuanto más agudamente mira, tanto más
mal produce?
—¡Claro que sí!
—No obstante, si desde la infancia se trabajara podando en
tal naturaleza lo que, con su peso plomífero y su afinidad con lo
que tiene génesis y adherido por medio de la glotonería, lujuria
y placeres de esa índole, inclina hacia abajo la vista del alma; entonces,
desembarazada ésta de ese peso, se volvería hacia lo verdadero,
y con este mismo poder en los mismos hombres vería aquellas cosas
del modo penetrante con que ve las cosas a las cuales está ahora vuelta.
—Es probable.
—¿Y no es también probable, e incluso necesario
a partir de lo ya dicho, que ni los hombres sin educación ni experiencia
de la verdad puedan gobernar adecuadamente alguna vez el Estado, ni tampoco
aquellos a los que se permita pasar todo su tiempo en el estudio, los primeros
por no tener a la vista en la vida la única meta a que es necesario
apuntar al hacer cuanto se hace privada o públicamente, los segundos
por no querer actuar, considerándose como si ya en vida estuviesen
residiendo en la Isla de los Bienaventurados?
—Verdad.
—Por cierto que es una tarea de nosotros, los fundadores de
este Estado, la de obligar a los hombres de naturaleza mejor dotada a emprender
el estudio que hemos dicho antes que era el supremo, contemplar el Bien y
llevar a cabo aquel ascenso y, tras haber ascendido y contemplado suficientemente,
no permitirles lo que ahora se les permite.
—¿A qué te refieres?
—Quedarse allí y no estar dispuestos a descender junto
a aquellos prisioneros, ni participar en sus trabajos y recompensas, sean
éstas insignificantes o valiosas.
—Pero entonces —dijo Glaucón— ¿seremos injustos
con ellos y les haremos vivir mal cuando pueden hacerlo mejor?
5. Misión de los filósofos en el Estado
—Te olvidas nuevamente, amigo mío, que nuestra ley
no atiende a que una sola clase lo pase excepcionalmente bien en el Estado,
sino que se las compone para que esto suceda en todo el Estado, armonizando
a los ciudadanos por la persuasión o por la fuerza, haciendo que unos
a otros se presten los beneficios que cada uno sea capaz de prestar a la
comunidad. Porque si se forja a tales hombres en el Estado, no es para permitir
que cada uno se vuelva hacia donde le da la gana, sino para utilizarlos para
la consolidación del Estado.
—Es verdad; lo había olvidado, en efecto.
—Observa ahora, Glaucón, que no seremos injustos con
los filósofos que han surgido entre nosotros, sino que les hablaremos
en justicia, al forzarlos a ocuparse y cuidar de los demás. Les diremos,
en efecto, que es natural que los que han llegado a ser filósofos en
otros Estados no participen en los trabajos de éstos, porque se han
criado por sí solos, al margen de la voluntad del régimen político
respectivo; y aquel que se ha criado solo y sin deber alimento a nadie, en
buena justicia no tiene por qué poner celo en compensar su crianza
a nadie. «Pero a vosotros os hemos formado tanto para vosotros mismo
como para el resto del Estado, para ser conductores y reyes de los enjambres,
os hemos educado mejor y más completamente que a los otros, y más
capaces de participar tanto en la filosofía como en la política.
Cada uno a su turno, por consiguiente, debéis descender hacia la morada
común de los demás y habituaros a contemplar las tinieblas;
pues, una vez habituados, veréis mil veces mejor las cosas de allí
y conoceréis cada una de las imágenes y de qué son imágenes,
ya que vosotros habréis visto antes la verdad en lo que concierne
a las cosas bellas, justas y buenas. Y así el estado habitará
en la vigilia para nosotros y para vosotros, no en el sueño, como
pasa actualmente en la mayoría de los Estados, donde compiten entre
sí como entre sombras y disputan en torno al gobierno, como si fuera
algo de gran valor. Pero lo cierto es que el Estado en el que menos anhelan
gobernar quienes han de hacerlo es forzosamente el mejor y el más
alejado de disensiones, y lo contrario cabe decir del que tenga los gobernantes
contrarios a esto.»
— Es muy cierto.
—¿Y piensas que los que hemos formado, al oír
esto, se negarán y no estarán dispuestos a compartir los trabajos
del Estado, cada uno en su turno, quedándose a recibir la mayor parte
del tiempo unos con otros en el ámbito de lo puro?
—Imposible, pues estamos ordenando a los justos cosas justas.
Pero además cada uno ha de gobernar por una imposición, al
revés de lo que sucede a los que gobiernan en cada Estado.
Platón, República, libro VII (514-520). Editorial Gredos.
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