Texto 2A: República, libro VI (1-4)
1. Misión del filósofo
—Así, pues —dije yo—, tras un largo discurso se nos
ha mostrado al fin, ¡oh Glaucón!, quiénes son filósofos
y quiénes no.
—En efecto —dijo—, quizá no fue posible conseguirlo
por más breve camino.
—No parece —dije—; de todos modos, creo que se nos habría
mostrado mejor si no hubiéramos tenido que hablar más que de
ello ni nos fuera preciso el discurrir ahora sobre todo lo demás al
tratar de examinar en qué difiere la vida justa de la injusta.
—¿Y a qué —preguntó— debemos atender
después de ello?
—¿A qué va a ser —respondí— sino a lo
que se sigue? Puesto que son filósofos aquellos que pueden alcanzar
lo que siempre se mantiene igual a sí mismo y no lo son los que andan
errando por multitud de cosas diferentes, ¿cuáles de ellos
conviene que sean jefes en la ciudad?
—¿Qué deberíamos sentar —preguntó—
para acertar en ello?
—Que hay que poner de guardianes —dije yo— a aquellos que
se muestren capaces de guardar las leyes y usos de las ciudades.
—Bien —dijo.
—¿Y no es cuestión clara —proseguí— la
de si conviene que el que ha de guardar algo sea ciego o tenga buena vista?
—¿Cómo no ha de ser clara? —replicó.
—¿Y se muestran en algo diferentes de los ciegos los
que de hecho están privados del conocimiento de todo ser y no tienen
en su alma ningún modelo claro ni pueden, como los pintores, volviendo
su mirada a lo puramente verdadero y tornando constantemente a ello y contemplándolo
con la mayor agudeza, poner allí, cuando haya que ponerlas, las normas
de lo hermoso, lo justo y lo bueno, y conservarlas con su vigilancia una
vez establecidas?
—No, ¡por Zeus! —contestó—. No difieren en mucho.
—¿Pondremos, pues, a éstos como guardianes o
a los que tienen el conocimiento de cada ser, sin ceder en experiencia a
aquéllos ni quedarse atrás en ninguna otra parte de la virtud?
—Absurdo sería —dijo— elegir a otros cualesquiera,
si es que éstos no les son inferiores en lo demás; pues con
lo dicho sólo cabe afirmar que les aventajan en lo principal.
—¿Y no explicaremos de qué manera podrían
tener los tales una y otra ventaja?
—Perfectamente.
—Pues bien, como dijimos, al principio de esta discusión,
hay que conocer primeramente su índole; y si quedamos de acuerdo sobre
ella, pienso que convendremos también en que tienen esas cualidades
y en que a éstos, y no a otros, hay que poner como guardianes de la
ciudad.
—¿Cómo?
2. Cualidades del filósofo
—Convengamos, con respecto a las naturalezas filosóficas,
en que éstas se apasionan siempre por aprender aquello que puede mostrarles
algo de la esencia siempre existente y no sometida a los extravíos
de generación y corrupción.
—Convengamos.
—Y además —dije yo—, en que no se dejan perder por
su voluntad ninguna parte de ella, pequeña o grande, valiosa o de
menos valor, igual que referíamos antes de los ambiciosos y enamorados.
—Bien dices —observó.
—Examina ahora esto otro, a ver si es forzoso que se halle,
además de lo dicho, en la naturaleza de los que han de ser como queda
enunciado.
—¿Qué es ello?
—La veracidad y el no admitir la mentira en modo alguno, sino
odiarla y amar la verdad.
—Es probable —dijo.
—No sólo es probable, mi querido amigo, sino de toda
necesidad que el que por naturaleza es enamorado, ame lo que es connatural
y propio del objeto amado.
—Exacto —dijo.
—¿Y encontrarás cosa más propia de la
ciencia que la verdad?
—¿Cómo habría de encontrarla? —dijo.
—¿Será, pues, posible que tengan la misma naturaleza
el filósofo y el que ama la falsedad?
—De ninguna manera.
—Es, pues, menester que el verdadero amante del saber tienda,
desde su juventud, a la verdad sobre toda otra cosa.
—Bien de cierto.
—Por otra parte, sabemos que, cuando más fuertemente
arrastran los deseos a una cosa, tanto más débiles son para
las demás, como si toda la corriente se escapase hacia aquel lado.
—¿Cómo no?
—Y aquel para quien corren hacia el saber y todo lo semejante,
ése creo que se entregará enteramente al placer del alma en
sí misma y dará de lado a los del cuerpo, si es filósofo
verdadero y no fingido.
—Sin ninguna duda.
—Así, pues, será temperante y en ningún
modo avaro de riquezas, pues menos que a nadie se acomodan a él los
motivos por los que se buscan esas riquezas con su cortejo de dispendios.
—Cierto.
—También hay que examinar otra cosa cuando hayas de
distinguir la índole filosófica de la que no lo es.
—¿Cuál?
—Que no se te pase por alto en ella ninguna vileza, porque
la mezquindad de pensamiento es lo más opuesto al alma que ha de tender
constantemente a la totalidad y universalidad de lo divino y de lo humano.
—Muy de cierto —dijo.
—Y a aquel entendimiento que en su alteza alcanza la contemplación
de todo tiempo y de toda esencia, ¿crees tú que le puede parecer
gran cosa la vida humana?
—No es posible —dijo.
—¿Así, pues, tampoco el tal tendrá a
la muerte por cosa temible?
—En ningún modo.
—Por lo tanto, la naturaleza cobarde y vil no podrá,
según parece, tener parte en la filosofía.
—No creo.
—¿Y qué? El hombre ordenado que no es avaro,
ni vil, ni vanidoso, ni cobarde, ¿puede llegar a ser en algún
modo intratable o injusto?
—No es posible.
—De modo que, al tratar de ver el alma que es filosófica
y la que no, examinarás desde la juventud del sujeto si esa alma es
justa y mansa o insociable y agreste.
—Bien de cierto.
—Pero hay otra cosa que tampoco creo que pasarás por
alto.
—¿Cuál es ella?
—Si es expedita o torpe para aprender: ¿podrás
confiar en que alguien tome afición a aquello que practica con pesadumbre
y en que adelanta poco y a duras penas?
—No puede ser.
—¿Y si, siendo en todo olvidadizo, no pudiera retener
nada de lo aprendido? ¿Sería capaz de salir de su inanidad
de conocimientos?
—¿Cómo?
—Y trabajando sin fruto, ¿no te parece que acabaría
forzosamente por odiarse a sí mismo y al ejercicio que practica?
—¿Cómo no?
—Por lo tanto, al alma olvidadiza no la incluyamos entre las
propiamente filosóficas, sino procuremos que tenga buena memoria.
—En un todo.
—Pues por lo que toca a la naturaleza inarmónica e
informe, no diremos, creo yo, que conduzca a otro lugar sino a la desmesura.
—¿Qué otra cosa cabe?
—¿Y crees que la verdad es connatural con la desmesura
o con la moderación?
—Con la moderación.
—Busquemos, pues, una mente que, a más de las otras
cualidades, sea por naturaleza mesurada y bien dispuesta y que por sí
misma se deje llevar fácilmente a la contemplación del ser
en cada cosa.
—¿Cómo no?
—¿Y qué? ¿No creerás acaso que
estas cualidades, que hemos expuesto como propias del alma que ha de alcanzar
recta y totalmente el conocimiento del ser, no son necesarias ni vienen traídas
las unas por las otras?
—Absolutamente necesarias —dijo.
—¿Podrás, pues, censurar un tenor de vida que
nadie sería capaz de practicar sino siendo por naturaleza memorioso,
expedito en el estudio, elevado de mente, bien dispuesto, amigo y allegado
de la verdad, de la justicia, del valor y de la templanza?
—Ni el propio Momo —dijo— podría censurar a una tal
persona.
—Y cuando estos hombres —dije yo— llegasen a madurez por
su educación y sus años, ¿no sería a ellos a
quienes únicamente confiarías la ciudad?
3. Objeción de Adimanto: los filósofos
son depravados o inútiles
Entonces Adimanto dijo:
—¡Oh Sócrates! Con respecto a todo eso que has dicho, nadie
sería capaz de contradecirte; pero he aquí lo que les pasa
una y otra vez a los que oyen lo que ahora estás diciendo: piensan
que es por su inexperiencia en preguntar y responder por lo que son arrastrados
en cada pregunta un tanto fuera de camino por la fuerza del discurso, y que,
sumados todos estos tantos al final de la discusión, el error resulta
grande, con lo que se les muestra todo lo contrario de lo que se les mostraba
al principio; y que así como en los juegos de tablas los que no son
prácticos quedan al fin bloqueados por los más hábiles
y no saben adónde moverse, así también ellos acaban
por verse cercados y no encuentran nada que decir en este otro juego que
no es de fichas, sino de palabras, aunque la verdad nada gane con ello. Digo
esto mirando el caso presente: podría decirse que no hay nada que
oponer de palabra a cada una de tus cuestiones, sino que en la realidad se
ve que cuantos, una vez entregados a la filosofía, no la dejan después,
por no haberla abrazado simplemente para educarse en su juventud, sino que
siguen ejercitándola más largamente, éstos resultan en
su mayoría unos seres extraños, por no decir perversos, y los
que parecen más razonables, al pasar por ese ejercicio que tú
tanto alabas, se hacen inútiles para el servicio de las ciudades.
Y yo, al oírle, dije:
—¿Y piensas que los que eso afirman no dicen verdad?
—No lo sé —contestó—; pero oiría con
gusto lo que tú opinas.
—Oirás, pues, que me parece que dicen verdad.
—¿Y cómo se puede decir —preguntó— que
las ciudades no saldrán de sus males hasta que manden en ellas los
filósofos, a los que reconocemos inútiles para aquéllas?
—Has hecho una pregunta —dije— a la que hay que contestar
con una comparación.
—¡Pues sé que tú acostumbras, creo yo,
a hablar por comparaciones! —exclamó—.
4. La sociedad no se sirve de los filósofos
—Bien —dije—, ¿te burlas de mí, después
de haberme lanzado a una cuestión tan difícil de exponer? Escucha,
pues, la comparación y verás aún mejor cuán torpe
soy en ellas. Es tan malo el trato que sufren los hombres más juiciosos
de parte de las ciudades, que no hay ser alguno que tal haya sufrido; y así,
al representarlo y hacer la defensa de aquéllos, se hace preciso recomponerlo
de muchos elementos, como hacen los pintores que pintan los ciervos-bucos
y otros seres semejantes. Figúrate que en una nave o en varias ocurre
algo así como lo que voy a decirte: hay un patrón más
corpulento y fuerte que todos los demás de la nave, pero un poco sordo,
otro tanto corto de vista y con conocimientos náuticos parejos de
su vista y de su oído; los marineros están en reyerta unos
con otros por llevar el timón, creyendo cada uno de ellos que debe
regirlo, sin haber aprendido jamás el arte del timonel ni poder señalar
quién fue su maestro ni el tiempo en que lo estudió, antes
bien, aseguran que no es cosa de estudio y, lo que es más, se muestran
dispuestos a hacer pedazos al que diga que lo es. Estos tales rodean al patrón
instándole y empeñándose por todos los medios en que
les entregue el timón; y sucede que si no le persuaden, sino que más
bien hace caso de otros, les dan muerte a éstos o les echan por la
borda, dejan impedido al honrado patrón con mandrágora, con
vino o por cualquier otro medio y se ponen a mandar en la nave apoderándose
de lo que en ella hay. Y así, bebiendo y banqueteando, navegan como
es natural que lo hagan tales gentes, y sobre ello, llaman hombre de mar y
buen piloto y entendido en la náutica a todo aquel que se dé
arte a ayudarles en tomar el mando por medio de la persuasión o fuerza
hecha al patrón, y censuran como inútil al que no lo hace;
y no entienden tampoco que el buen piloto tiene la necesidad de preocuparse
del tiempo, de las estaciones, del cielo, de los astros, de los vientos y
de todo aquello que atañe al arte, si ha de ser en realidad jefe de
la nave.
Y en cuanto al modo de regirla, quieran los otros o no, no
piensan que sea posible aprenderlo ni como ciencia, ni como práctica,
ni por lo tanto el arte del pilotaje. Al suceder semejantes cosas en la nave,
¿no piensas que el verdadero piloto será llamado un miracielos,
un charlatán, un inútil, por los que navegan en naves dispuestas
de ese modo?
—Bien seguro —dijo Adimanto.
—Y creo —dije yo— que no necesitas examinar en detalle la
comparación para ver que representa la actitud de las ciudades respecto
de los verdaderos filósofos, sino que entiendes lo que digo.
—Bien de cierto —repuso.
—Así, pues, instruye en primer lugar con esta imagen
a aquel que se admiraba de que los filósofos no reciban honra en las
ciudades y trata de persuadirle de que sería mucho más extraño
que la recibieran.
—Sí que le instruiré —dijo.
—E instrúyele también de que dice verdad en
lo de que los más discretos filósofos son inútiles para
la multitud, pero hazle que culpe de su inutilidad a los que no se sirven
de ellos y no a ellos mismos. Porque no es lo natural que el piloto suplique
a los marineros que se dejen gobernar por él, ni que los sabios vayan
a pedir a las puertas de los ricos, sino que miente el que dice tales gracias,
y la verdad es, naturalmente, que el que está enfermo, sea rico o
pobre, tiene que ir a la puerta del médico, y todo el que necesita
ser gobernado, a la de aquel que puede gobernarlo; no que el gobernante pida
a los gobernados que se dejen gobernar, si es que de cierto hay alguna utilidad
en su gobierno. No errarás, en cambio, si comparas a los políticos
que ahora gobiernan con los marineros de que hablábamos hace un momento,
y a los que éstos llamaban inútiles y papanatas con los verdaderos
pilotos.
—Exactamente —observó.
—Por lo tanto, y en tales condiciones, no es fácil
que el mejor tenor de vida sea habido en consideración por los que
viven de manera contraria, y la más grande, con mucho, y más
fuerte de las inculpaciones le viene a la filosofía de aquellos que
dicen que la practican; a ellos se refiere el acusador de la filosofía
de que tú hablabas al afirmar que la mayor parte de los que se dirigen
a aquélla son unos perversos, y los más discretos, unos inútiles,
cosa en que yo convine contigo. ¿No es así?
—Sí.
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