Premio Príncipe de Asturias
Discurso de Jürgen Habermas en la recepción
del premio
Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, 2003.
Oviedo, 24 de octubre de 2003.
Majestad, Alteza Real, estimadas y estimados colegas (si puedo emplear
aquí la palabra "colega" en su sentido literal), señoras y
señores:
Agradezco el honor que hoy se nos concede en nombre del Príncipe
de Asturias, y de su propia mano. La máxima distinción española
despierta en cada uno de nosotros distintos pensamientos: en mí,
el recuerdo de un episodio vivido durante un viaje a Irán, no hace
mucho.
En Shiraz, lugar de peregrinación del gran poeta Hafiz, tropecé,
en la persona de mi guía, con una joven musulmana con velo en la
cabeza que, según se demostró, era una voraz lectora. ¿Qué
autores extranjeros podían haber llegado hasta una estudiante así
bajo el dominio de los Mullahs? ¿A quién conocía por
traducciones? Para mi sorpresa, su interés estaba consagrado a un
español, del que quería saberlo todo: Miguel de Unamuno. Ella
no podía sospechar el curioso paralelismo de nuestras experiencias
vitales: Unamuno también fue para mí –hace ahora 55 años–
el primero de los autores españoles. La filosofía existencialista
constituyó entonces, terminada la Segunda Guerra Mundial, la caja
de resonancia de la obra de Unamuno Vida de don Quijote y Sancho. Entretanto,
el clima intelectual ha cambiado, pero los textos de Unamuno no han amarilleado.
Aquel texto, por ejemplo, que trata la cuestión de Cómo se
hace una novela, ya es posmoderno en su construcción. Tiene su origen
en los años 20, cuando Unamuno, emigrado a Francia, se detiene movido
por la nostalgia en la frontera de su tierra vasca. En este esbozo de novela,
Unamuno reflexiona sobre el trabajo del escritor y analiza el mecanismo
de la producción de mundos ficticios observando su efecto sobre el
lector. El personaje principal, el pobre Jugo de la Raza, se espanta de
tal modo ante la lectura de una novela que quema el libro, pero luego, presa
de la curiosidad, corre a buscar otro ejemplar, para volver a temer el final
de la historia. En esta ambivalencia del lector se debe desvelar la verdadera
naturaleza de la ficción: Por una parte, el autor depende de la imaginación
del lector, porque sólo él despierta a la vida la literatura.
Por otra parte, el lector sólo podría llenar el abismo entre
literatura y vida extinguiendo su existencia cotidiana. Al devorar la novela,
tendría que dejarse consumir por la vida ficticia.
Unamuno no aborda esta paradoja de forma juguetona –como Italo Calvino–,
sino con la seriedad existencial de un catolicismo insondable, convertido
en piedra en El Escorial. Tan sólo un libro, la Biblia, estaría
a la altura del abismo entre literatura y vida. El lector creyente, que
se adapta a su mensaje, puede dejar atrás su existencia irreflexiva
en la esperanza de una nueva vida. Tener que imitar en vano ese modelo del
"libro de los libros" describe la tragedia del escritor.
Pero el propio Unamuno no sólo era escritor. Cabe preguntar si la
conciencia trágica de la existencia del escritor afecta también
a la apasionada naturaleza política del filósofo Unamuno,
que se sublevó contra todas las formas de tiranía y aceptó
el destierro a cambio. Al filósofo le afecta más el abismo
entre teoría y praxis que entre literatura y vida. Pensemos en el
caso, completamente distinto, de ese fracasado profesor de la lejana Alemania
que desplegó gran influencia política en España.
Este Karl Christian Friedrich Krause enseñó Filosofía
en Jena junto a Schelling y Hegel, pero ni en Jena ni en Berlín ni
en Göttingen obtuvo una cátedra. Fue humanista e ilustrado,
pedagogo y masón de la escuela de Kant y Fichte, y se anticipó
mucho a su tiempo con exaltadas ideas sobre el Estado mundial y la confederación
de la humanidad, sobre un orden jurídico global y sobre la transformación
de las relaciones internacionales en una política interior mundial.
En Alemania, más bien se tomó a Krause por un solitario extravagante.
Sólo en el país de Don Quijote alcanzó a título
póstumo reconocimiento e influencia. Julián Sanz del Río
se convirtió en 1860 en fundador del krausismo español, una
tradición liberal de grandes consecuencias para la España
política.
Sin duda Unamuno reunía en su persona al escritor y al filósofo,
pero quizá no distinguía de forma lo bastante nítida
entre las ficciones del uno y las visiones del otro. Lo que idea un filósofo
no siempre tiene que ser el sueño de un visionario y quedarse en
novela. Una visión también puede convertirse en realidad.
El 24 de julio de 1817, Krause advertía a sus compatriotas: "Debes
ver a Europa como tu patria mayor y más próxima, y a cada europeo
como tu [...] compatriota en el nivel superior más próximo".
Cierto, ha tardado mucho tiempo la unificación europea, pero desde
1976 los Pirineos ya no son una barrera. España está tan cerca
de los alemanes como Francia e Italia, y nosotros de los españoles.
Está sobre la mesa una Constitución para la Europea común.
El proyecto no puede ser derribado en el último momento por egoísmos
nacionales. Y tampoco la carga de profundidad atlántica de una guerra
contraria al Derecho Internacional puede separar de nuevo a la nueva España
democrática de la "vieja" Europa. En este país vital se ha
formado en pocos años una sociedad moderna. Las instituciones liberales
constituyen un marco, en el que es posible solucionar todos los problemas
sin violencia y, ante todo, sin violencia terrorista. Nosotros, los vecinos
europeos, confiamos también en este sentido en el espíritu
creativo de los españoles.
(Traducción de Carlos Fortea)
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