Matemático, astrónomo y filósofo,
Pitágoras nació en Samos hacia el año 580 y murió
en torno al 500 a. de C. Tras varios años dedicados a viajar por distintas
partes del mundo antiguo (parece que visitó Egipto y otros países
de Oriente), emigró a la Magna Grecia (sur de Italia), estableciéndose
en Crotona, donde desplegó su actividad como maestro y fundador de
una escuela o, más bien, una especie de comunidad filosófico-religiosa.
Esta comunidad tenía sus propias ideas e intereses políticos,
que finalmente terminaron ocasionando una rebelión en su contra,
por lo que Pitágoras se vio obligado a huir de Crotona.
Según algunos escritores antiguos, como Jámblico
y Heráclides de Ponto, Pitágoras fue el primero en usar el
nombre de «filosofía», y se llamó a sí mismo
filósofo o amante de la sabiduría, pues ningún hombre
era sabio, sino Dios.
A Pitágoras, como matemático, se le atribuye
la invención de la tabla de multiplicar y el teorema que lleva su
nombre. También se le atribuye el descubrimiento de que la suma de
los ángulos de un triángulo equivale a dos ángulos rectos.
Pero, para Pitágoras, las matemáticas no eran una disciplina
científica bien delimitada, sino el centro de sus especulaciones filosóficas,
en las que la teoría de los números ocupaba la parte central.
Pitágoras no dejó nada escrito, por lo cual
es muy difícil separar sus ideas personales de las de su escuela
o comunidad.
La escuela pitagórica fue una comunidad singular
de carácter científico, religioso y político. En lo científico,
cultivaron especialmente la matemática, la música y la astronomía.
En lo religioso, afirmaban la inmortalidad y transmigración de las
almas, concediendo importancia fundamental a su purificación a través
del conocimiento y de un sistema de vida rígidamente regulado por
prohibiciones. En lo político, apoyaban al partido dórico y
ejercieron el poder prolongadamente hasta que a finales del siglo V a. de
C. se produjo una rebelión en que perecieron la mayoría de
los miembros de la escuela.
La doctrina pitagórica considera que los números
constituyen la base de organización de toda la realidad. La armonía
del universo se debe al hecho de que todo está ordenado y regulado
según relaciones numéricas, lo cual se muestra, de forma paradigmática,
en la música. Así, por ejemplo, los cuerpos celestes están
colocados en torno a un fuego central a unas distancias que corresponden
a los intervalos de octava musical, por lo que, en sus movimientos, producen
una especie de armonía, la llamada música de las esferas.
Para Pitágoras, pues, el sustrato o esencia del
mundo, el primer principio, no es algo material, como para los filósofos
de la Escuela de Mileto, sino una especie de ley interna basada en las inalterables
relaciones numéricas entre los elementos que constituyen el cosmos.
Según Aristóteles, los pitagóricos
suponían que «los elementos de los números eran la esencia
de todas las cosas y que los cielos eran armonía y número».
Al observar las sorprendentes particularidades de los números cuando
se combinan, los pitagóricos se dedicaron a buscar paralelismos entre
los números y las cosas y se preguntaron de dónde procede la
multiplicidad de los números.
Su respuesta es que la totalidad de los números
(y, por tanto, de los seres) puede reducirse a dos principios fundamentales,
lo par y lo impar, dualismo que se refleja en una serie de oposiciones (bueno-malo,
limitado-ilimitado, luz-oscuridad, derecho-izquierdo, masculino-femenino,
etc.), que no son sino aspectos concretos de los dos principios básicos:
lo par como origen de la perfección, y lo impar como sustrato de lo
imperfecto.
La armonía derivada de las relaciones numéricas
no existe sólo en el mundo físico o cósmico, sino también
en el orden moral. Por ello los pitagóricos propugnan la autodisciplina,
la abstinencia, la sobriedad y unas prácticas ascéticas y
religiosas tendentes a purificar el alma y a redimirla del ciclo de las
reencarnaciones mediante la pureza y la piedad.
«Los llamados pitagóricos se dedicaron a
las matemáticas e hicieron progresar esta ciencia. Embebidos en su
estudio creyeron que los principios de las matemáticas eran los principios
de todos los seres. Y como los números son por naturaleza anteriores
a las cosas, los pitagóricos creían percibir en los números,
más bien que en el fuego, la tierra y el aire, mayor semejanza con
lo que existe y lo que está en continuo cambio. Así una cierta
modificación de esos números les parecía ser la justicia,
otra el alma, otra la ocasión favorable […]. Por último veían
en los números las razones y proporciones de la armonía. Viendo,
pues, que todo estaba formado a semejanza de los números […] pensaron
que los elementos de los números son los elementos de todos los seres
y que la totalidad del cielo era armonía y número.»
(Aristóteles, Metafísica, I, 985b
20-985a 3)
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