Texto 3A. Ética a Nicómaco, libro VI, caps. 1-5
Capítulo 1. Virtudes intelectuales y morales
Al analizar las virtudes del alma dijimos que unas eran propias
del carácter y otras del intelecto. Las morales, las hemos estudiado;
de las demás vamos a tratar ahora, después de hablar del alma.
Dijimos antes que el alma tiene dos partes: la racional y la irracional;
ahora hemos de dividir de la misma manera la racional. Demos por sentado
que son dos las partes racionales: una, aquella con la cual contemplamos
la clase de entes cuyos principios no pueden ser de otra manera, y otra con
que contemplamos los que tienen esa posibilidad; porque correspondiéndose
con objetos de distinto género, las partes del alma que naturalmente
se corresponden con cada uno son también de distinto género,
ya que es por cierta semejanza y parentesco con ellos por lo que los pueden
conocer. Llamemos a la primera, la científica, y a la segunda, la
calculativa, ya que deliberar y calcular son lo mismo, y nadie delibera sobre
lo que no puede ser de otra manera. De suerte que la calculativa es una parte
de la racional. Hemos de averiguar, por tanto, cuál es la mejor disposición
de cada una de estas partes, pues esa será la virtud de cada una,
y la virtud será relativa a la obra propia de cada una.
Capítulo 2. La elección: razonamiento
verdadero y deseo recto
Tres cosas son en el alma las que rigen la acción y
la verdad: la sensación, el entendimiento y el deseo. De ellas la
sensación no es principio de acción alguna, y esto resulta claro
por el hecho de que los animales tienen sensación, pero no participan
de acción. Lo que en el pensamiento son la afirmación y la
negación, son en el deseo la persecución y la huida; de modo
que, puesto que la virtud moral es una disposición relativa a la elección
y la elección es un deseo deliberado, el razonamiento tiene que ser
verdadero y el deseo recto para que la elección sea buena, y tiene
que ser lo mismo lo que la razón diga y lo que el deseo persiga. Esta
clase de entendimiento y de verdad es práctica. Del entendimiento
teorético ?y no práctico ni creador? el bien y el mal son,
respectivamente, la verdad y la falsedad (pues en esto consiste la operación
de todo lo intelectual), mientras que el bien de la parte intelectual pero
práctica es la verdad que está de acuerdo con el deseo recto.
El principio de la acción ?aquello de donde parte el
movimiento, no el fin que persigue? es la elección, y el de la elección
el deseo y el razonamiento orientado a un fin. Por eso ni sin entendimiento
y reflexión, ni sin disposición moral hay elección,
ya que el buen obrar y su contrario no puede darse sin reflexión y
sin disposición moral. La reflexión de por sí no pone
nada en movimiento, sino la reflexión orientada a un fin y práctica;
ésta, en efecto, gobierna incluso al entendimiento creador, porque
todo el que hace una cosa, la hace con vistas a algo, y la cosa hecha no
es fin absolutamente hablando (si bien es un fin relativo y de algo), pero
sí que lo es la acción misma, porque es el hacer bien las cosas
lo que es fin, y eso es el objeto del deseo. Por eso la elección es
o inteligencia deseosa o deseo inteligente, y esta clase de principio es
el hombre. Nada que haya ocurrido ya es objeto de elección, por ejemplo,
nadie elige que Troya haya sido saqueada; porque tampoco se delibera sobre
lo pasado, sino sobre lo futuro y posible, y lo pasado no puede no haber
ocurrido; por eso dice bien Agatón: «De esto sólo se
ve privado hasta Dios: de poder hacer que no se haya producido lo que ya
está hecho» (Fragmento 5).
La obra de las dos partes intelectivas es, por consiguiente,
la verdad; por tanto, las disposiciones que más favorezcan en una y
en otra la realización de la verdad, ésas serán las
virtudes de ambas.
Capítulo 3. Las cinco virtudes intelectuales.
La ciencia
Empecemos, pues, por el principio y volvamos a hablar de
ellas. Demos por sentado que aquellas por las cuales el alma realiza la verdad
mediante la afirmación o la negación son en número de
cinco, a saber: el arte, la ciencia, la prudencia, la sabiduría y
el intelecto; con la suposición, en efecto, y con la opinión
puede engañarse.
Qué es la ciencia, resulta claro de estas consideraciones
?si hemos de proceder con exactitud y no dejarnos engañar por semejanzas?:
todos pensamos que aquello de que tenemos ciencia no puede ser de otra manera;
de lo que puede ser de otra manera, cuando tiene lugar fuera del alcance
de nuestra observación, no sabemos si es o no. Por consiguiente, (1)
lo que es objeto de ciencia es necesario. Luego es eterno, ya que todo lo
que es absolutamente necesario es eterno, y lo eterno, ingénito e
imperecedero. Además, (2) toda ciencia parece ser susceptible de ser
enseñada, y todo lo que es objeto de ella, de ser aprendido. Y toda
enseñanza parte de lo ya conocido, como decimos también en
los Analíticos, unas veces por inducción y otras por silogismo.
La inducción es principio incluso de lo universal, mientras que el
silogismo parte de lo universal. Hay, por consiguiente, principios de los
que parte el silogismo que no se alcanzan mediante el silogismo; luego se
obtienen por inducción. Por tanto la ciencia es una disposición
demostrativa, con todas las demás determinaciones que añadimos
a ésta en los Analíticos; en efecto, cuando uno tiene de alguna
manera seguridad sobre algo y le son conocidos sus principios, sabe científicamente;
porque si no los conoce mejor que la conclusión, tendrá ciencia
sólo por accidente. Quede, pues, definida la ciencia de esta manera.
Capítulo 4. La técnica o arte
Entre las cosas que pueden ser de otra manera están
lo que es objeto de producción y lo que es objeto de acción
o actuación, y una cosa es la producción y otra la acción
(podemos remitirnos a propósito de ellas incluso a los tratados esotéricos);
de modo que también la disposición racional apropiada para
la acción es cosa distinta de la disposición racional para
la producción. Por tanto, tampoco se incluyen la una en la otra; en
efecto, ni la acción es producción, ni la producción
es acción. Ahora bien, puesto que la construcción es una técnica
y es precisamente una disposición racional para la producción,
y no hay técnica alguna que no sea una disposición racional
para la producción ni disposición alguna de esta clase que
no sea una técnica, serán lo mismo la técnica y la disposición
productiva acompañada de la razón verdadera. Toda técnica
versa sobre el llegar a ser, y sobre el idear y considerar cómo puede
producirse o llegar a ser algo de lo que es susceptible tanto de ser como
de no ser y cuyo principio está en el que lo produce y no en lo producido.
En efecto, la técnica no tiene que ver ni con las cosas que son o
se producen necesariamente, ni con las que son o se producen de una manera
natural, porque estas cosas tienen su principio en sí mismas. Como
producción y acción son cosas distintas, la técnica
o arte tiene que referirse a la producción, no a la acción.
Y en cierto modo el azar y el arte tienen el mismo objeto, como dice Agatón:
«El arte ama el azar, y el azar al arte». El arte o técnica
es, pues, como queda dicho, una disposición productiva acompañada
de razón verdadera, y la falta de arte, por el contrario, una disposición
productiva acompañada de razón falsa, relativas a lo que puede
ser de otra manera.
Capítulo 5. La prudencia
En cuanto a la prudencia, podemos comprender su naturaleza
considerando a qué hombres llamamos prudentes. Pues bien, parece propio
del hombre prudente el poder discurrir bien sobre lo que es bueno y conveniente
para él mismo, no en un sentido parcial, por ejemplo, para la salud,
para la fuerza, sino para vivir bien en general. Señal de ello es
que incluso en un sentido determinado los llamamos prudentes cuando razonan
bien con vistas a algún fin bueno de los que no son objeto de ningún
arte. De modo que también, en términos generales, es prudente
el hombre reflexivo. Pero nadie reflexiona o delibera sobre lo que no puede
ser de otra manera, ni sobre lo que no puede hacer. De suerte que, si toda
ciencia va acompañada de demostración, y no hay demostración
de las cosas cuyos principios pueden ser de otra manera (porque todas ellas
pueden también ser de otra manera), y asimismo tampoco es posible
deliberar sobre lo que es necesariamente, la prudencia no podrá ser
ciencia ni arte o técnica; ciencia, porque la acción o actuación
puede ser de otra manera; arte, porque la acción y la producción
son de distinto género. Tiene que ser, por tanto, una disposición
racional verdadera y práctica respecto de lo que es bueno y malo para
el hombre. Porque el fin de la producción es distinto de ella, pero
el de la acción no puede serlo: la buena actuación misma es
un fin. Por eso pensamos que Pericles y los que son como él son prudentes
porque pueden ver lo que es bueno para ellos y para los hombres, y pensamos
que ésta es una cualidad propia de los administradores y de los políticos;
de ahí también que demos a la continencia el nombre de sophrosyne
porque salvaguarda la prudencia. Y lo que salvaguarda es la clase de juicio
a que nos hemos referido; porque el placer y el dolor no destruyen ni perturban
toda clase de juicio, por ejemplo, el de si los ángulos del triángulo
valen o no dos rectos, sino los prácticos, que se refieren a la actuación.
En efecto, los principios de la acción son los fines por los cuales
se obra; pero el hombre corrompido por el placer o el dolor pierde la percepción
clara del principio, y ya no ve la necesidad de elegirlo todo y hacerlo todo
con vistas a tal fin o por tal causa: el vicio destruye el principio. De
modo que, necesariamente, la prudencia es una disposición racional
verdadera y práctica respecto de lo que es bueno para el hombre.
Además, mientras existe una excelencia del arte, no
la hay de la prudencia, y en el arte el que yerra voluntariamente es preferible,
pero tratándose de la prudencia no, como tampoco tratándose
de las virtudes. Es claro, por tanto, que la prudencia es una virtud y no
un arte. Y siendo dos las partes racionales del alma, será la virtud
de una de ellas, de la que forma opiniones, pues tanto la opinión como
la prudencia tienen por objeto lo que puede ser de otra manera. Pero no es
exclusivamente una disposición racional, y señal de ello es
que una disposición así puede olvidarse, y la prudencia, no.
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