Texto 2A. Ética a Nicómaco, libro II, caps. 1-5
Capítulo 1. La virtud ética
Existen, pues, dos clases de virtud, la dianoética
y la ética. La dianoética se origina y crece principalmente
por la enseñanza, y por ello requiere experiencia y tiempo; la ética,
en cambio, procede de la costumbre, como lo indica el nombre que varía
ligeramente del de «costumbre». De este hecho resulta claro que
ninguna de las virtudes éticas se produce en nosotros por naturaleza,
puesto que ninguna cosa que existe por naturaleza se modifica por costumbre.
Así, la piedra que se mueve por naturaleza hacia abajo, no podría
ser acostumbrada a moverse hacia arriba, aunque se intentara acostumbrarla
lanzándola hacia arriba innumerables veces; ni el fuego, hacia abajo;
ni ninguna otra cosa, de cierta naturaleza, podría acostumbrarse a
ser de otra manera. De ahí que las virtudes no se produzcan ni por
naturaleza ni contra naturaleza, sino que nuestro natural puede recibirlas
y perfeccionarlas mediante la costumbre.
Además, de todas las disposiciones naturales, adquirimos
primero la capacidad y luego ejercemos las actividades. Esto es evidente
en el caso de los sentidos; pues no por ver muchas veces u oír muchas
veces adquirimos los sentidos, sino al revés: los usamos porque los
tenemos, no los tenemos por haberlos usado. En cambio, adquirimos las virtudes
como resultado de actividades anteriores. Y éste es el caso de las
demás artes, pues lo que hay que hacer después de haber aprendido,
lo aprendemos haciéndolo. Así nos hacemos constructores construyendo
casas, y citaristas tocando la cítara. De un modo semejante, practicando
la justicia nos hacemos justos; practicando la moderación, moderados,
y practicando la virilidad, viriles. Esto viene confirmado por lo que ocurre
en las ciudades: los legisladores hacen buenos a los ciudadanos haciéndolos
adquirir ciertos hábitos, y ésta es la voluntad de todo legislador;
pero los legisladores que no lo hacen bien yerran y con esto se distingue
el buen régimen del malo.
Además, las mismas causas y los mismos medios producen
y destruyen toda virtud, lo mismo que las artes; pues tocando la cítara
se hacen tanto los buenos como los malos citaristas, y de manera análoga
los constructores de casas y todos los demás: pues construyendo bien
serán buenos constructores, y construyendo mal, malos. Si no fuera
así, no habría necesidad de maestros, sino que todos serían
de nacimiento buenos o malos. Y éste es el caso también de
las virtudes: pues por nuestra actuación en las transacciones con
los demás hombres nos hacemos justos o injustos, y nuestra actuación
en los peligros acostumbrándonos a tener miedo o coraje nos hace valientes
y cobardes; y lo mismo ocurre con los apetitos y la ira: unos se vuelven
moderados y mansos, otros licenciosos e iracundos, los unos por haberse comportado
así en estas materias, y los otros de otro modo. En una palabra, los
modos de ser surgen de las operaciones semejantes. De ahí la necesidad
de efectuar cierta clase de actividades, pues los modos de ser siguen las
correspondientes diferencias en estas actividades. Así, el adquirir
un modo de ser de tal o cual manera desde la juventud tiene no poca importancia,
sino muchísima, o mejor, total.
Capítulo 2. La recta acción y la moderación
Así pues, puesto que el presente estudio no es teórico
como los otros (pues investigamos no para saber qué es la virtud,
sino para ser buenos, ya que de otro modo ningún beneficio sacaríamos
de ella), debemos examinar lo relativo a las acciones, cómo hay que
realizarlas, pues ellas son las principales causas de la formación
de los diversos modos se ser, como hemos dicho.
Ahora bien, que hemos de actuar de acuerdo con la recta razón
es comúnmente aceptado y lo damos por supuesto (luego se hablará
de ello, y de qué es la recta razón y cómo se relaciona
con las otras virtudes). Pero convengamos, primero, en que todo lo que se
diga de las acciones debe decirse en esquema y no con precisión, pues
ya dijimos al principio que nuestra investigación ha de estar de acuerdo
con la materia, y en lo relativo a las acciones y a la conveniencia no hay
nada establecido, como tampoco en lo que atañe a la salud. Y si tal
es la naturaleza de una exposición general, con mayor razón
la concerniente a lo particular será menos precisa; pues esto no cae
bajo el dominio de ningún arte ni precepto, sino que los que actúan
deben considerar siempre lo que es oportuno, como ocurre en el arte de la
medicina y de la navegación. Pero aun siendo nuestro presente estudio
de tal naturaleza, debemos intentar ser de alguna ayuda.
Primeramente, entonces, hemos de observar que está
en la naturaleza de tales cosas el destruirse por defecto o por excesos, como
lo observamos en el caso de la robustez y la salud (debemos, en efecto, servirnos
de ejemplos manifiestos para aclarar las cosas oscuras); así el exceso
y la falta de ejercicio destruyen la robustez; igualmente, cuando comemos
o bebemos en exceso, o insuficientemente, dañamos la salud, mientras
que si la cantidad es proporcionada la produce, aumenta y conserva. Así
sucede también con la moderación, virilidad y demás
virtudes: pues el que huye de todo y tiene miedo y no resiste nada se vuelve
cobarde; el que no teme absolutamente a nada y se lanza a todos los peligros,
temerario; asimismo, el que disfruta de todos los placeres y no se abstiene
de ninguno, se hace licencioso, y el que los evita todos como los rústicos,
una persona insensible. Así pues, la moderación y la virilidad
se destruyen por el exceso y por el defecto, pero se conservan por el término
medio.
Pero no sólo su génesis, crecimiento y destrucción
proceden de las mismas cosas y por las mismas, sino que las actividades dependerán
también de lo mismo; pues tal es el caso de las otras cosas más
manifiestas, como el vigor: se origina por tomar mucho alimento y soportar
muchas fatigas, y el que mejor puede hacer esto es el vigoroso. Así,
también, ocurre con las virtudes: pues apartándonos de los
placeres nos hacemos moderados, y una vez que lo somos, podemos mejor apartarnos
de ellos; y lo mismo respecto de la valentía: acostumbrados a despreciar
los peligros y a resistirlos, nos hacemos valientes y una vez que lo somos,
seremos más capaces de hacer frente al peligro.
Capítulo 3. La virtud en los placeres y en los
dolores
Hay que considerar como una señal de los modos de
ser el placer o dolor que acompaña a las acciones: pues el hombre que
se abstiene de los placeres corporales y se complace en ello es moderado;
el que se contraría, intemperante; el que hace frente a los peligros
y se complace o, al menos, no se contrista, es valiente; el que se contrista,
cobarde. La virtud moral, en efecto, se relaciona con los placeres y dolores,
pues hacemos lo malo a causa del placer, y nos apartamos del bien a causa
del dolor. Por ello, debemos haber sido educados en cierto modo desde jóvenes,
como dice Platón, para podernos alegrar y dolernos como es debido,
pues en esto radica la buena educación.
Además, si las virtudes están relacionadas con
las acciones y pasiones, y el placer y el dolor acompañan a toda pasión,
entonces por esta razón también la virtud estará relacionada
con los placeres y dolores. Y lo indican también los castigos que
se imponen por medio de ellos: pues son una medicina, y las medicinas por
su naturaleza actúan por medio de contrarios. Además como ya
dijimos antes, todo modo de ser del alma tiene una naturaleza que está
implicada y emparentada con aquellas cosas por las cuales se hace naturalmente
peor o mejor; y los hombres se hacen malos a causa de los placeres y dolores,
por perseguidos o evitarlos, o los que no se debe, o cuando no se debe, o
como no se debe, o de cualquier otra manera que pueda ser determinada por
la razón en esta materia. Es por esto por lo que algunos definen también
las virtudes como un estado de impasibilidad y serenidad; pero no la definen
bien, porque se habla de un modo absoluto, sin añadir «como
es debido», «como no es debido», «cuando» y
todas las demás circunstancias. Queda, pues, establecido que tal virtud
tiende a hacer lo que es mejor con respecto al placer y al dolor, y el vicio
hace lo contrario.
Estas cuestiones se nos pueden aclarar por lo que sigue. En
efecto, siendo tres los objetos de preferencia y tres los de aversión
-lo bello, lo conveniente y lo agradable, y sus contrarios, lo vergonzoso,
lo perjudicial y lo penoso-, el hombre bueno acierta en todas estas cosas,
mientras el malo yerra, especialmente respecto del placer; pues éste
es común también a los animales y acompaña a todos los
objetos de elección, pues también lo bello y lo conveniente
parecen agradables. Además, desde la infancia todos nos hemos nutrido
de él, y por eso es difícil eliminar esta afección arraigada
en nuestra vida. También regulamos nuestras acciones, unas más
y otras menos, por el placer y el dolor. Por eso, es necesario que estas
cosas sean el objeto de todo nuestro estudio; pues el complacerse y contristarse
bien o mal no es de pequeña importancia para las acciones. Pero, además,
como dice Heráclito, es más difícil luchar con el placer
que con la ira, y de lo que es más difícil uno puede siempre
adquirir un arte y una virtud, pues incluso lo bueno es mejor en este caso.
De tal manera que todo estudio de la virtud y de la política está
en relación con el placer y el dolor, puesto que el que se sirve bien
de ellos, será bueno, y el que se sirve mal, malo. Quede, pues, establecido
que la virtud se refiere a placeres y dolores; que crece por las mismas acciones
que la producen y se destruye si no actúa de la misma manera, y que
se ejercita en las mismas cosas que le dieron origen.
Capítulo 4. Las acciones y la virtud
Uno podría preguntarse cómo decimos que los
hombres han de hacerse justos practicando la justicia, y moderados practicando
la moderación, puesto que si practican la justicia y la moderación
son ya justos y moderados, del mismo modo que si practican la gramática
y la música son gramáticos y músicos. Pero ni siquiera
éste es el caso de las artes. Pues es posible hacer algo gramatical,
o por casualidad o por sugerencia de otro. Así pues, uno será
gramático si hace algo gramatical o gramaticalmente, es decir, de
acuerdo con los conocimientos gramaticales que posee. Además, no son
semejantes el caso de las artes y el de las virtudes, pues las cosas producidas
por las artes tienen su bien en sí mismas; basta, en efecto, que,
una vez realizadas, tengan ciertas condiciones; en cambio, las acciones de
acuerdo con las virtudes, no están hechas justa o sobriamente si ellas
mismas son de cierta manera, sino si también el que las hace está
en cierta disposición al hacerlas, es decir, en primer lugar, si sabe
lo que hace; luego, si las elige, y las elige por ellas mismas; y, en tercer
lugar, si las hace con firmeza e inquebrantablemente. Estas condiciones no
cuentan para la posesión de las demás artes, excepto el conocimiento
mismo; en cambio, para la de las virtudes el conocimiento tiene poco o ningún
peso, mientras que las demás condiciones no lo tienen pequeño,
sino total, ya que surgen, precisamente, de realizar muchas veces actos justos
y moderados. Así las acciones se llaman justas y moderadas cuando
son tales que el hombre justo y moderado las haría; y es justo y moderado
no el que las hace, sino el que las hace como las hacen los justos y moderados.
Se dice bien, pues, que realizando acciones justas y moderadas se hace uno
justo y moderado, respectivamente; y sin hacerlas, nadie podría llegar
a ser bueno. Pero la mayoría no ejerce estas cosas, sino que, refugiándose
en la teoría, creen filosofar y poder, así, ser hombres virtuosos;
se comportan como los enfermos que escuchan con atención a los médicos,
pero no hacen nada de lo que les prescriben. Y, así como estos pacientes
no sanarán del cuerpo con tal tratamiento, tampoco aquéllos
sanarán el alma con tal filosofía.
Capítulo 5. La virtud como modo de ser
Vamos ahora e investigar qué es la virtud. Puesto que
son tres las cosas que suceden en el alma, pasiones, facultades y modos de
ser, la virtud ha de pertenecer a una de ellas. Entiendo por pasiones, apetencia,
ira, miedo, coraje, envidia, alegría, amor, odio, deseo, celos, compasión
y, en general, todo lo que va acompañado de placer o dolor. Por facultades,
aquellas capacidades en virtud de las cuales se dice que estamos afectados
por estas pasiones, por ejemplo, aquello por lo que somos capaces de airarnos,
entristecernos o compadecernos; y por modos de ser, aquello en virtud de
lo cual nos comportamos bien o mal respecto de las pasiones; por ejemplo,
en cuanto a encolerizarnos, nos comportamos mal si nuestra actitud es desmesurada
o débil, y bien, si obramos moderadamente; y lo mismo con las demás.
Por tanto, ni las virtudes ni los vicios son pasiones, porque
no se nos llama buenos o malos por nuestras pasiones, sino por nuestras virtudes
y nuestros vicios; y se nos elogia o censura no por nuestras pasiones (pues
no se elogia al que se encoleriza sin más, sino al que lo hacer de
cierta manera), sino por nuestras virtudes y vicios. Además, nos encolerizamos
o tememos sin elección deliberada, mientras que las virtudes son una
especie de elecciones o no se dan sin elección. Finalmente, por lo
que respecta a las pasiones se dice que nos mueven, pero en cuanto a las
virtudes y vicios se dice no que nos mueven, sino que nos disponen de cierta
manera.
Por estas razones, tampoco son facultades; pues, ni se nos
llama buenos o malos por ser simplemente capaces de sentir las pasiones, ni
se nos elogia o censura. Además, es por naturaleza como tenemos esta
facultad, pero no somos buenos o malos por naturaleza (y hemos hablado antes
de esto). Así pues, si las virtudes no son ni pasiones ni facultades,
sólo resta que sean modos de ser. Hemos expuesto, pues, la naturaleza
genérica de la virtud.
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