Meditación tercera (A)
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De Dios; que existe
Cerraré ahora los ojos, me taparé los oídos,
suspenderé mis sentidos; hasta borraré de mi pensamiento toda
imagen de las cosas corpóreas, o, al menos, como eso es casi imposible,
las reputaré vanas y falsas; de este modo, en coloquio sólo
conmigo y examinando mis adentros, procuraré ir conociéndome
mejor y hacerme más familiar a mí propio. Soy una cosa que piensa,
es decir, que duda, afirma, niega, conoce unas pocas cosas, ignora otras
muchas, ama, odia, quiere, no quiere, y que también imagina y siente,
pues, como he observado más arriba, aunque lo que siento e imagino
acaso no sea nada fuera de mí y en sí mismo, con todo estoy
seguro de que esos modos de pensar residen y se hallan en mí, sin
duda. Y con lo poco que acabo de decir, creo haber enumerado todo lo que
sé de cierto, o, al menos, todo lo que he advertido saber hasta aquí.
Consideraré ahora con mayor circunspección si
no podré hallar en mí otros conocimientos de los que aún
no me haya apercibido. Sé con certeza que soy una cosa que piensa;
pero ¿no sé también lo que se requiere para estar cierto
de algo? En ese mi primer conocimiento, no hay nada más que una percepción
clara y distinta de lo que conozco, la cual no bastaría a asegurarme
de su verdad si fuese posible que una cosa concebida tan clara y distintamente
resultase falsa. Y por ello me parece poder establecer desde ahora, como
regla general, que son verdaderas todas las cosas que concebimos muy clara
y distintamente.
Sin embargo, he admitido antes de ahora, como cosas muy ciertas
y manifiestas, muchas que más tarde he reconocido ser dudosas e inciertas.
¿Cuáles eran? La tierra, el cielo, los astros y todas las demás
cosas que percibía por medio de los sentidos. Ahora bien: ¿qué
es lo que concebía en ellas como claro y distinto? Nada más,
en verdad, sino que las ideas o pensamientos de esas cosas se presentaban
a mi espíritu. Y aun ahora no niego que esas ideas estén en
mí. Pero había, además, otra cosa que yo afirmaba, y
que pensaba percibir muy claramente por la costumbre que tenía de
creerla, aunque verdaderamente no la percibiera, a saber: que había
fuera de mí ciertas cosas de las que procedían esas ideas,
y a las que éstas se asemejaban por completo. Y en eso me engañaba;
o al menos si es que mi juicio era verdadero, no lo era en virtud de un conocimiento
que yo tuviera.
Pero cuando consideraba algo muy sencillo y fácil,
tocante a la aritmética y la geometría, como, por ejemplo, que
dos más tres son cinco o cosas semejantes, ¿no las concebía
con claridad suficiente para asegurar que eran verdaderas? Y si más
tarde he pensado que cosas tales podían ponerse en duda, no ha sido
por otra razón sino por ocurrírseme que acaso Dios hubiera podido
darme una naturaleza tal, que yo me engañase hasta en las cosas que
me parecen más manifiestas. Pues bien, siempre que se presenta a mi
pensamiento esa opinión, anteriormente concebida, acerca de la suprema
potencia de Dios, me veo forzado a reconocer que le es muy fácil,
si quiere, obrar de manera que yo me engañe aun en las cosas que creo
conocer con grandísima evidencia; y, por el contrario, siempre que
reparo en las cosas que creo concebir muy claramente, me persuaden hasta
el punto de que prorrumpo en palabras como éstas: engáñeme
quien pueda, que lo que nunca podrá será hacer que yo no sea
nada, mientras yo esté pensando que soy algo, ni que alguna vez sea
cierto que yo no haya sido nunca, siendo verdad que ahora soy, ni que dos
más tres sean algo distinto de cinco, ni otras cosas semejantes, que
veo claramente no poder ser de otro modo, que como las concibo.
Ciertamente, supuesto que no tengo razón alguna para
creer que haya algún Dios engañador, y que no he considerado
aún ninguna de las que prueban que hay un Dios, los motivos de duda
que sólo dependen de dicha opinión son muy ligeros y, por así
decirlo, metafísicos. Mas a fin de poder suprimirlos del todo, debo
examinar si hay Dios, en cuanto se me presente la ocasión, y, si resulta
haberlo, debo también examinar si puede ser engañador; pues,
sin conocer esas dos verdades, no veo cómo voy a poder alcanzar certeza
de cosa alguna.
Y para tener ocasión de averiguar todo eso sin alterar
el orden de meditación que me he propuesto, que es pasar por grados
de las nociones que encuentre primero en mi espíritu a las que pueda
hallar después, tengo que dividir aquí todos mis pensamientos
en ciertos géneros, y considerar en cuáles de estos géneros
hay, propiamente, verdad o error.
De entre mis pensamientos, unos son como imágenes de
cosas, y a éstos solos conviene con propiedad el nombre de idea: como
cuando me represento un hombre, una quimera, el cielo, un ángel o
el mismo Dios. Otros, además, tienen otras formas: como cuando quiero,
temo, afirmo o niego; pues, si bien concibo entonces alguna cosa de la que
trata la acción de mi espíritu, añado asimismo algo,
mediante esa acción, a la idea que tengo de aquella cosa; y de este
género de pensamientos, unos son llamados voluntades o afecciones,
y otros, juicios.
Pues bien, por lo que toca a las ideas, si se las considera
sólo en sí mismas, sin relación a ninguna otra cosa,
no pueden ser llamadas con propiedad falsas; pues imagine yo una cabra o
una quimera, tan verdad es que imagino la una como la otra.
No es tampoco de temer que pueda hallarse falsedad en las
afecciones o voluntades; pues aunque yo pueda desear cosas malas, o que nunca
hayan existido, no es menos cierto por ello que yo las deseo.
Por tanto, sólo en los juicios debo tener mucho cuidado
de no errar. Ahora bien, el principal y más frecuente error que puede
encontrarse en ellos consiste en juzgar que las ideas que están en
mí son semejantes o conformes a cosas que están fuera de mí,
pues si considerase las ideas sólo como ciertos modos de mi pensamiento,
sin pretender referirlas a alguna cosa exterior, apenas podrían darme
ocasión de errar.
Pues bien, de esas ideas, unas me parecen nacidas conmigo,
otras extrañas y venidas de fuera, y otras hechas e inventadas por
mí mismo. Pues tener la facultad de concebir lo que es en general una
cosa, o una verdad, o un pensamiento, me parece proceder únicamente
de mi propia naturaleza; pero si oigo ahora un ruido, si veo el sol, si siento
calor, he juzgado hasta el presente que esos sentimientos procedían
de ciertas cosas existentes fuera de mí; y, por último, me parece
que las sirenas, los hipogrifos y otras quimeras de ese género, son
ficciones e invenciones de mi espíritu.
Pero también podría persuadirme de que todas
las ideas son del género de las que llamo extrañas y venidas
de fuera, o de que han nacido todas conmigo, o de que todas han sido hechas
por mí, pues aún no he descubierto su verdadero origen. Y lo
que principalmente debo hacer, en este lugar, es considerar, respecto de
aquellas que me parecen proceder de ciertos objetos que están fuera
de mí, qué razones me fuerzan a creerlas semejantes a esos
objetos.
La primera de esas razones es que parece enseñármelo
la naturaleza; y la segunda, que experimento en mí mismo que tales
ideas no dependen de mi voluntad, pues a menudo se me presentan a pesar mío,
como ahora, quiéralo o no, siento calor, y por esta causa estoy persuadido
de que este sentimiento o idea del calor es producido en mí por algo
diferente de mí, a saber, por el calor del fuego junto al cual me
hallo sentado. Y nada veo que me parezca más razonable que juzgar
que esa cosa extraña me envía e imprime en mí su semejanza,
más bien que otra cosa cualquiera.
Ahora tengo que ver si esas razones son lo bastante fuertes
y convincentes. Cuando digo que me parece que la naturaleza me lo enseña,
por la palabra «naturaleza» entiendo sólo cierta inclinación
que me lleva a creerlo, y no una luz natural que me haga conocer que es verdadero.
Ahora bien, se trata de dos cosas muy distintas entre sí; pues no
podría poner en duda nada de lo que la luz natural me hace ver como
verdadero: por ejemplo, cuando antes me enseñaba que del hecho de
dudar yo podía concluir mi existencia. Porque, además, no tengo
ninguna otra facultad o potencia para distinguir lo verdadero de lo falso,
que pueda enseñarme que no es verdadero lo que la luz natural me muestra
como tal, y en la que pueda fiar como fío en la luz natural. Mas por
lo que toca a esas inclinaciones que también me parecen naturales,
he notado a menudo que, cuando se trataba de elegir entre virtudes y vicios,
me han conducido al mal tanto como al bien: por ello, no hay razón
tampoco para seguirlas cuando se trata de la verdad y la falsedad.
En cuanto a la otra razón —la de que esas ideas deben
proceder de fuera, pues no dependen de mi voluntad—, tampoco la encuentro
convincente. Puesto que, al igual que esas inclinaciones de las que acabo
de hablar se hallan en mí, pese a que no siempre concuerden con mi
voluntad, podría también ocurrir que haya en mí, sin
yo conocerla, alguna facultad o potencia, apta para producir esas ideas sin
ayuda de cosa exterior; y, en efecto, me ha parecido siempre hasta ahora
que tales ideas se forman en mí, cuando duermo, sin el auxilio de
los objetos que representan. Y en fin, aun estando yo conforme con que son
causadas por esos objetos, de ahí no se sigue necesariamente que deban
asemejarse a ellos. Por el contrario, he notado a menudo, en muchos casos,
que había gran diferencia entre el objeto y su idea. Así, por
ejemplo, en mi espíritu encuentro dos ideas del sol muy diversas;
una toma su origen de los sentidos, y debe situarse en el género de
las que he dicho vienen de fuera; según ella, el sol me parece pequeño
en extremo; la otra proviene de las razones de la astronomía, es decir,
de ciertas nociones nacidas conmigo, o bien ha sido elaborada por mí
de algún modo: según ella, el sol me parece varias veces mayor
que la tierra. Sin duda, esas dos ideas que yo formo del sol no pueden ser,
las dos, semejantes al mismo sol; y la razón me impele a creer que
la que procede inmediatamente de su apariencia es, precisamente, la que le
es más disímil.
Todo ello bien me demuestra que, hasta el momento, no ha
sido un juicio cierto y bien pensado, sino sólo un ciego y temerario
impulso, lo que me ha hecho creer que existían cosas fuera de mí,
diferentes de mí, y que, por medio de los órganos de mis sentidos,
o por algún otro, me enviaban sus ideas o imágenes, e imprimían
en mí sus semejanzas.
Mas se me ofrece aún otra vía para averiguar
si, entre las cosas cuyas ideas tengo en mí, hay algunas que existen
fuera de mí. Es a saber: si tales ideas se toman sólo en cuanto
que son ciertas maneras de pensar no reconozco entre ellas diferencias o
desigualdad alguna, y todas parecen proceder de mí de un mismo modo;
pero, al considerarlas como imágenes que representan unas una cosa
y otras otra, entonces es evidente que son muy distintas unas de otras. En
efecto, las que me representan substancias son sin duda algo más,
y contienen (por así decirlo) más realidad objetiva, es decir,
participan, por representación, de más grados de ser o perfección
que aquellas que me representan sólo modos o accidentes. Y más
aún: la idea por la que concibo un Dios supremo, eterno, infinito,
inmutable, omnisciente, omnipotente y creador universal de todas las cosas
que están fuera de él, esa idea —digo— ciertamente tiene en
sí más realidad objetiva que las que me representan substancias
finitas.
Ahora bien, es cosa manifiesta, en virtud de la luz natural,
que debe haber por lo menos tanta realidad en la causa eficiente y total como
en su efecto: pues ¿de dónde puede sacar el efecto su realidad,
si no es de la causa? ¿Y cómo podría esa causa comunicársela,
si no la tuviera ella misma?
Y de ahí se sigue, no sólo que la nada no podría
producir cosa alguna, sino que lo más perfecto, es decir, lo que contiene
más realidad, no puede provenir de lo menos perfecto. Y esta verdad
no es sólo clara y evidente en aquellos efectos dotados de esa realidad
que los filósofos llaman actual o formal, sino también en las
ideas, donde sólo se considera la realidad que llaman objetiva. Por
ejemplo, la piedra que aún no existe no puede empezar a existir ahora
si no es producida por algo que tenga en sí formalmente o eminentemente
todo lo que entra en la composición de la piedra (es decir, que contenga
en sí las mismas cosas, u otras más excelentes, que las que
están en la piedra); y el calor no puede ser producido en un sujeto
privado de él, si no es por una cosa que sea de un orden, grado o
género al menos tan perfecto como lo es el calor; y así las
demás cosas. Pero además de eso, la idea del calor o de la
piedra no puede estar en mí si no ha sido puesta por alguna causa
que contenga en sí al menos tanta realidad como la que concibo en
el calor o en la piedra. Pues aunque esa causa no transmita a mi idea nada
de su realidad actual o formal, no hay que juzgar por ello que esa causa
tenga que ser menos real, sino que debe saberse que, siendo toda idea obra
del espíritu, su naturaleza es tal que no exige de suyo ninguna otra
realidad formal que la que recibe del pensamiento, del cual es un modo. Pues
bien, para que una idea contenga tal realidad objetiva más bien que
tal otra, debe haberla recibido, sin duda, de alguna causa, en la cual haya
tanta realidad formal, por lo menos, cuanta realidad objetiva contiene la
idea. Pues si suponemos que en la idea hay algo que no se encuentra en su
causa, tendrá que haberlo recibido de la nada; mas, por imperfecto
que sea el modo de ser según el cual una cosa está objetivamente
o por representación en el entendimiento, mediante su idea, no puede
con todo decirse que ese modo de ser no sea nada, ni, por consiguiente, que
esa idea tome su origen de la nada. Tampoco debo suponer que, siendo sólo
objetiva la realidad considerada en esas ideas, no sea necesario que la misma
realidad esté formalmente en las causas de ellas, ni creer que basta
con que esté objetivamente en dichas causas; pues, así como
el modo objetivo de ser compete a las ideas por su propia naturaleza, así
también el modo formal de ser compete a las causas de esas ideas (o
por lo menos a las primeras y principales) por su propia naturaleza. Y aunque
pueda ocurrir que de una idea nazca otra idea, ese proceso no puede ser infinito,
sino que hay que llegar finalmente a una idea primera, cuya causa sea como
un arquetipo, en el que esté formal y efectivamente contenida toda
la realidad o perfección que en la idea está sólo de
modo objetivo o por representación. De manera que la luz natural me
hace saber con certeza que las ideas son en mí como cuadros o imágenes,
que pueden con facilidad ser copias defectuosas de las cosas, pero que en
ningún caso pueden contener nada mayor o más perfecto que éstas.
Y cuanto más larga y atentamente examino todo lo anterior,
tanto más clara y distintamente conozco que es verdad. Mas, a la postre,
¿qué conclusión obtendré de todo ello? Ésta,
a saber: que, si la realidad objetiva de alguna de mis ideas es tal que yo
pueda saber con claridad que esa realidad no está en mí formal
ni eminentemente (y, por consiguiente, que yo no puedo ser causa de tal idea),
se sigue entonces necesariamente de ello que no estoy solo en el mundo, y
que existe otra cosa, que es causa de esa idea; si, por el contrario, no
hallo en mí una idea así, entonces careceré de argumentos
que puedan darme certeza de la existencia de algo que no sea yo, pues los
he examinado todos con suma diligencia, y hasta ahora no he podido encontrar
ningún otro.
Ahora bien: entre mis ideas, además de la que me representa
a mí mismo (y que no ofrece aquí dificultad alguna), hay otra
que me representa a Dios, y otras a cosas corpóreas e inanimadas,
ángeles, animales y otros hombres semejantes a mí mismo. Mas,
por lo que atañe a las ideas que me representan otros hombres, o animales,
o ángeles, fácilmente concibo que puedan haberse formado por
la mezcla y composición de las ideas que tengo de las cosas corpóreas
y de Dios, aun cuando fuera de mí no hubiese en el mundo ni hombres,
ni animales, ni ángeles. Y, tocante a las ideas de las cosas corpóreas,
nada me parece haber en ellas tan excelente que no pueda proceder de mí
mismo; pues si las considero más a fondo y las examino como ayer hice
con la idea de la cera, advierto en ellas muy pocas cosas que yo conciba
clara y distintamente; a saber: la magnitud, o sea, la extensión en
longitud, anchura y profundidad; la figura, formada por los límites
de esa extensión; la situación que mantienen entre sí
los cuerpos diversamente delimitados; el movimiento, o sea, el cambio de
tal situación; pueden añadirse la substancia, la duración
y el número. En cuanto las demás cosas, como la luz, los colores,
los sonidos, los olores, los sabores, el calor, el frío y otras cualidades
perceptibles por el tacto, todas ellas están en mi pensamiento con
tal oscuridad y confusión, que hasta ignoro si son verdaderas o falsas
y meramente aparentes, es decir, ignoro si las ideas que concibo de dichas
cualidades son, en efecto, ideas de cosas reales o bien representan tan sólo
seres quiméricos, que no pueden existir. Pues aunque más arriba
haya yo notado que sólo en los juicios puede encontrarse falsedad
propiamente dicha, en sentido formal, con todo, puede hallarse en las ideas
cierta falsedad material, a saber: cuando representan lo que no es nada como
si fuera algo. Por ejemplo, las ideas que tengo del frío y el calor
son tan poco claras y distintas, que mediante ellas no puedo discernir si
el frío es sólo una privación de calor, o el calor una
privación de frío, o bien si ambas son o no cualidades reales;
y por cuanto, siendo las ideas como imágenes, no puede haber ninguna
que no parezca representarnos algo, si es cierto que el frío es sólo
privación de calor, la idea que me lo represente como algo real y
positivo podrá, no sin razón, llamarse falsa, y lo mismo sucederá
con ideas semejantes. Y por cierto, no es necesario que atribuya a esas ideas
otro autor que yo mismo; pues si son falsas —es decir, si representan cosas
que no existen— la luz natural me hace saber que provienen de la nada, es
decir, que si están en mí es porque a mi naturaleza —no siendo
perfecta— le falta algo; y si son verdaderas, como de todas maneras tales
ideas me ofrecen tan poca realidad que ni llego a discernir con claridad
la cosa representada del no ser, no veo por qué no podría haberlas
producido yo mismo.
En cuanto a las ideas claras y distintas que tengo de las
cosas corpóreas, hay algunas que me parece he podido obtener de la
idea que tengo de mí mismo; así, las de substancia, duración,
número y otras semejantes. Pues cuando pienso que la piedra es una
substancia, o sea, una cosa capaz de existir por sí, dado que yo soy
una substancia, y aunque sé muy bien que soy una cosa pensante y no
extensa (habiendo así entre ambos conceptos muy gran diferencia),
las dos ideas parecen concordar en que representan substancias. Asimismo,
cuando pienso que existo ahora, y me acuerdo además de haber existido
antes, y concibo varios pensamientos cuyo número conozco, entonces
adquiero las ideas de duración y número, las cuales puedo luego
transferir a cualesquiera otras cosas.
Por lo que se refiere a las otras cualidades de que se componen
las ideas de las cosas corpóreas —a saber: la extensión, la
figura, la situación y el movimiento—, cierto es que no están
formalmente en mí, pues no soy más que una cosa que piensa;
pero como son sólo ciertos modos de la substancia (a manera de vestidos
con que se nos aparece la substancia), parece que pueden estar contenidas
en mí eminentemente.
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