Texto 3
Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la
ilustración?
La ilustración es la salida del hombre de su minoría
de edad. El mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba
en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección
de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la
causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta
de decisión y ánimo para servirse con independencia de él,
sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten
valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa
de la ilustración.
La mayoría de los hombres, a pesar de que la naturaleza
los ha librado desde tiempo atrás de conducción ajena (naturaliter
maiorennes), permanecen con gusto bajo ella a lo largo de la vida,
debido a la pereza y la cobardía. Por eso les es muy fácil
a los otros erigirse en tutores. ¡Es tan cómodo ser menor
de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un pastor que reemplaza
mi conciencia moral, un médico que juzga acerca de mi dieta, y así
sucesivamente, no necesitaré del propio esfuerzo. Con sólo
poder pagar, no tengo necesidad de pensar: otro tomará mi puesto
en tan fastidiosa tarea. Como la mayoría de los hombres (y entre
ellos la totalidad del bello sexo) tienen por muy peligroso el paso a la
mayoría de edad, fuera de ser penoso, aquellos tutores ya se han
cuidado muy amablemente de tomar sobre sí semejante superintendencia.
Después de haber atontado sus reses domesticadas, de modo que estas
pacíficas criaturas no osan dar un solo paso fuera de las andaderas
en que están metidas, les mostraron el riesgo que las amenaza si
intentan marchar solas. Lo cierto es que ese riesgo no es tan grande, pues
después de algunas caídas habrían aprendido a caminar;
pero los ejemplos de esos accidentes por lo común producen timidez
y espanto, y alejan todo ulterior intento de rehacer semejante experiencia.
Por tanto, a cada hombre individual le es difícil
salir de la minoría de edad, casi convertida en naturaleza suya;
inclusive, le ha cobrado afición. Por el momento es realmente incapaz
de servirse del propio entendimiento, porque jamás se le deja hacer
dicho ensayo. Los grillos que atan a la persistente minoría de edad
están dados por reglamentos y fórmulas: instrumentos mecánicos
de un uso racional, o mejor de un abuso de sus dotes naturales. Por no
estar habituado a los movimientos libres, quien se desprenda de esos grillos
quizá diera un inseguro salto por encima de alguna estrechísima
zanja. Por eso, sólo son pocos los que, por esfuerzo del propio
espíritu, logran salir de la minoría de edad y andar, sin
embargo, con seguro paso.
Pero, en cambio, es posible que el público se
ilustre a sí mismo, siempre que se le deje en libertad; incluso,
casi es inevitable. En efecto, siempre se encontrarán algunos hombres
que piensen por sí mismos, hasta entre los tutores instituidos por
la confusa masa. Ellos, después de haber rechazado el yugo de la
minoría de edad, ensancharán el espíritu de una estimación
racional del propio valor y de la vocación que todo hombre tiene:
la de pensar por sí mismo. Notemos en particular que con anterioridad
los tutores habían puesto al público bajo ese yugo, estando
después obligados a someterse al mismo. Tal cosa ocurre cuando algunos,
por sí mismos incapaces de toda ilustración, los incitan
a la sublevación: tan dañoso es inculcar prejuicios, ya que
ellos terminan por vengarse de los que han sido sus autores o propagadores.
Luego, el público puede alcanzar ilustración sólo
lentamente. Quizá por una revolución sea posible producir
la caída del despotismo personal o de alguna opresión interesada
y ambiciosa; pero jamás se logrará por este camino la verdadera
reforma del modo de pensar, sino que surgirán nuevos prejuicios
que, como los antiguos, servirán de andaderas para la mayor parte
de la masa, privada de pensamiento.
Sin embargo, para esa ilustración sólo
se exige libertad y, por cierto, la más inofensiva de todas las
que llevan tal nombre, a saber, la libertad de hacer un uso público
de la propia razón, en cualquier dominio. Pero oigo exclamar por
doquier: ¡no razones! El oficial dice: ¡no razones, adiéstrate!
El financista: ¡no razones y paga! El pastor: ¡no razones,
ten fe! (Un único señor dice en el mundo: ¡razonad
todo lo que queráis y sobre lo que queráis, pero obedeced!)
Por todos lados, pues, encontramos limitaciones de la libertad. Pero ¿cuál
de ellas impide la ilustración y cuáles, por el contrario,
la fomentan? He aquí mi respuesta: el uso público de la razón
siempre debe ser libre, y es el único que puede producir la ilustración
de los hombres. El uso privado, en cambio, ha de ser con frecuencia severamente
limitado, sin que se obstaculice de un modo particular el progreso de la
ilustración. Entiendo por uso público de la propia razón
el que alguien hace de ella, en cuanto docto, y ante la totalidad del público
del mundo de lectores. Llamo uso privado al empleo de la razón que
se le permite al hombre dentro de un puesto civil o de una función
que se le confía. Ahora bien, en muchas ocupaciones concernientes
al interés de la comunidad son necesarios ciertos mecanismos, por
medio de los cuales algunos de sus miembros se tienen que comportar de
modo meramente pasivo, para que, mediante cierta unanimidad artificial,
el gobierno los dirija hacia fines públicos, o al menos, para que
se limite la destrucción de los mismos. Como es natural, en este
caso no es permitido razonar, sino que se necesita obedecer. Pero en cuanto
a esta parte de la máquina, se la considera miembro de una comunidad
íntegra o, incluso, de la sociedad cosmopolita; en cuanto se la
estima en su calidad de docto que, mediante escritos, se dirige a un público
en sentido propio, puede razonar sobre todo, sin que por ello padezcan
las ocupaciones que en parte le son asignadas en cuanto miembro pasivo.
Así, por ejemplo, sería muy peligroso si un oficial, que
debe obedecer al superior, se pusiera a argumentar en voz alta, estando
de servicio, acerca de la conveniencia o inutilidad de la orden recibida.
Tiene que obedecer. Pero no se le puede prohibir con justicia hacer observaciones,
en cuanto docto, acerca de los defectos del servicio militar y presentarlas
ante el juicio del público. El ciudadano no se puede negar a pagar
los impuestos que le son asignados, tanto que una censura impertinente
a esa carga, en el momento que deba pagarla, puede ser castigada por escandalosa
(pues podría ocasionar resistencias generales). Pero, sin embargo,
no actuará en contra del deber de un ciudadano si, como docto, manifiesta
públicamente sus ideas acerca de la inconveniencia o injusticia
de tales impuestos. De la misma manera, un sacerdote está obligado
a enseñar a sus catecúmenos y a su comunidad según
el símbolo de la Iglesia a que sirve, puesto que ha sido admitido
en ella con esa condición. Pero, como docto, tiene plena libertad,
y hasta la misión, de comunicar al público sus ideas —cuidadosamente
examinadas y bien intencionadas— acerca de los defectos de ese símbolo;
es decir, debe exponer al público las proposiciones relativas a
un mejoramiento de las instituciones, referidas a la religión y
a la Iglesia. En esto no hay nada que pueda provocar en él escrúpulos
de conciencia. Presentará lo que enseña en virtud de su función
—en tanto conductor de la Iglesia— como algo que no ha de enseñar
con arbitraria libertad, y según sus propias opiniones, porque se
ha comprometido a predicar de acuerdo con prescripciones y en nombre de
una autoridad ajena. Dirá: nuestra Iglesia enseña esto o
aquello, para lo cual se sirve de determinados argumentos. En tal ocasión
deducirá todo lo que es útil para su comunidad de proposiciones
a las que él mismo no se sometería con plena convicción;
pero se ha comprometido a exponerlas, porque no es absolutamente imposible
que en ellas se oculte cierta verdad que, al menos, no es en todos los
casos contraria a la religión íntima. Si no creyese esto
último, no podría conservar su función sin sentir
los reproches de su conciencia moral, y tendría que renunciar. Luego
el uso que un predicador hace de su razón ante la comunidad es meramente
privado, puesto que dicha comunidad sólo constituye una reunión
familiar, por amplia que sea. Con respecto a la misma, el sacerdote no
es libre, ni tampoco debe serlo, puesto que ejecuta una orden que le es
extraña. Como docto, en cambio, que habla mediante escritos al público,
propiamente dicho, es decir, al mundo, el sacerdote gozará, dentro
del uso público de su razón, de una ilimitada libertad para
servirse de la misma y, de ese modo, para hablar en nombre propio. En efecto,
pretender que los tutores del pueblo (en cuestiones espirituales) sean
también menores de edad, constituye un absurdo capaz de desembocar
en la eternización de la insensatez.
Pero una sociedad eclesiástica tal, un sínodo
semejante de la Iglesia, es decir, una classis de reverendos (como
la llaman los holandeses) ¿no podría acaso comprometerse
y jurar sobre algún símbolo invariable que llevaría
así a una incesante y suprema tutela sobre cada uno de sus miembros
y, mediante ellos, sobre el pueblo? ¿De ese modo no lograría
eternizarse? Digo que es absolutamente imposible. Semejante contrato, que
excluiría para siempre toda ulterior ilustración del género
humano es, en sí mismo, sin más nulo e inexistente, aunque
fuera confirmado por el poder supremo, el congreso y los más solemnes
tratados de paz. Una época no se puede obligar ni juramentar para
poner a la siguiente en la condición de que le sea imposible ampliar
sus conocimientos (sobre todo los muy urgentes), purificarlos de errores
y, en general, promover la ilustración. Sería un crimen contra
la naturaleza humana, cuya destinación originaria consiste, justamente,
en ese progresar. La posteridad está plenamente justificada para
rechazar aquellos decretos, aceptados de modo incompetente y criminal.
La piedra de toque de todo lo que se puede decidir como ley para un pueblo
yace en esta cuestión: ¿un pueblo podría imponerse
a sí mismo semejante ley? Eso podría ocurrir si por así
decirlo, tuviese la esperanza de alcanzar, en corto y determinado tiempo,
una ley mejor, capaz de introducir cierta ordenación. Pero, al mismo
tiempo, cada ciudadano, principalmente los sacerdotes, en calidad de doctos,
debieran tener libertad de llevar sus observaciones públicamente,
es decir, por escrito, acerca de los defectos de la actual institución.
Mientras tanto —hasta que la intelección de la cualidad de estos
asuntos se hubiese extendido lo suficiente y estuviese confirmada, de tal
modo que el acuerdo de su voces (aunque no la de todos) pudiera elevar
ante el trono una propuesta para proteger las comunidades que se habían
unido en una dirección modificada de la religión, según
los conceptos propios de una comprensión más ilustrada, sin
impedir que los que quieran permanecer fieles a la antigua lo hagan así—
mientras tanto, pues, perduraría el orden establecido. Pero constituye
algo absolutamente prohibido unirse por una constitución religiosa
inconmovible, que públicamente no debe ser puesta en duda por nadie,
aunque más no fuese durante lo que dura la vida de un hombre, y
que aniquila y torna infecundo un período del progreso de la humanidad
hacia su perfeccionamiento, tornándose, incluso, nociva para la
posteridad. Un hombre, con respecto a su propia persona y por cierto tiempo,
puede dilatar la adquisición de una ilustración que está
obligado a poseer; pero renunciar a ella, con relación a la propia
persona, y con mayor razón aún con referencia a la posteridad,
significa violar y pisotear los sagrados derechos de la humanidad. Pero
lo que un pueblo no puede decidir por sí mismo, menos lo podrá
hacer un monarca en nombre del mismo. En efecto, su autoridad legisladora
se debe a que reúne en la suya la voluntad de todo el pueblo. Si
el monarca se inquieta para que cualquier verdadero o presunto perfeccionamiento
se concilie con el orden civil, podrá permitir que los súbditos
hagan por sí mismos lo que consideran necesario para la salvación
de sus almas. Se trata de algo que no le concierne; en cambio, le importará
mucho evitar que unos a los otros se impidan con violencia trabajar, con
toda la capacidad de que son capaces, por la determinación y fomento
de dicha salvación. Inclusive se agravaría su majestad si
se mezclase en estas cosas, sometiendo a inspección gubernamental
los escritos con que los súbditos tratan de exponer sus pensamientos
con pureza, salvo que lo hiciera convencido del propio y supremo dictamen
intelectual —con lo cual se prestaría al reproche Caesar non
est supra grammaticos— o que rebajara su poder supremo lo suficiente
como para amparar dentro del Estado el despotismo clerical de algunos tiranos,
ejercido sobre los restantes súbditos.
Luego, si se nos preguntara ¿vivimos ahora en
una época ilustrada? responderíamos que no, pero sí
en una época de ilustración. Todavía falta mucho para
que la totalidad de los hombres, en su actual condición, sean capaces
o estén en posición de servirse bien y con seguridad del
propio entendimiento, sin acudir a extraña conducción. Sin
embargo, ahora tienen el campo abierto para trabajar libremente por el
logro de esa meta, y los obstáculos para una ilustración
general, o para la salida de una culpable minoría de edad, son cada
vez menores. Ya tenemos claros indicios de ello. Desde este punto de vista,
nuestro tiempo es la época de la ilustración o “el siglo
de Federico”.
Un príncipe que no encuentra indigno de sí
declarar que sostiene como deber no prescribir nada a los hombres en cuestiones
de religión, sino que los deja en plena libertad y que, por tanto,
rechaza al altivo nombre de tolerancia, es un príncipe ilustrado,
y merece que el mundo y la posteridad lo ensalce con agradecimiento. Al
menos desde el gobierno, fue el primero en sacar al género humano
de la minoría de edad, dejando a cada uno en libertad para que se
sirva de la propia razón en todo lo que concierne a cuestiones de
conciencia moral. Bajo él, dignísimos clérigos —sin
perjuicio de sus deberes profesionales— pueden someter al mundo, en su
calidad de doctos, libre y públicamente, los juicios y opiniones
que en ciertos puntos se apartan del símbolo aceptado. Tal libertad
es aún mayor entre los que no están limitados por algún
deber profesional. Este espíritu de libertad se extiende también
exteriormente, alcanzando incluso los lugares en que debe luchar contra
los obstáculos externos de un gobierno que equivoca sus obligaciones.
Tal circunstancia constituye un claro ejemplo para este último,
pues tratándose de la libertad, no debe haber la menor preocupación
por la paz exterior y la solidaridad de la comunidad. Los hombres salen
gradualmente del estado de rusticidad por propio trabajo, siempre que no
se trate de mantenerlos artificiosamente en esa condición.
He puesto el punto principal de la ilustración
—es decir, del hecho por el cual el hombre sale de una minoría de
edad de la que es culpable— en la cuestión religiosa, porque para
las artes y las ciencias los que dominan no tienen ningún interés
en representar el papel de tutores de sus súbditos. Además,
la minoría de edad en cuestiones religiosas es la que ofrece mayor
peligro: también es la más deshonrosa. Pero el modo de pensar
de un jefe de Estado que favorece esa libertad llega todavía más
lejos y comprende que, en lo referente a la legislación, no es peligroso
permitir que los súbditos hagan un uso público de la propia
razón y expongan públicamente al mundo los pensamientos relativos
a una concepción más perfecta de esa legislación,
la que puede incluir una franca crítica a la existente. También
en esto damos un brillante ejemplo, pues ningún monarca se anticipó
al que nosotros honramos.
Pero sólo alguien que por estar ilustrado no teme
las sombras y, al mismo tiempo, dispone de un ejército numeroso
y disciplinado, que les garantiza a los ciudadanos una paz interior, sólo
él podrá decir algo que no es lícito en un Estado
libre: ¡razonad tanto como queráis y sobre lo que queráis,
pero obedeced! Se muestra aquí una extraña y no esperada
marcha de las cosas humanas; pero si la contemplamos en la amplitud de
su trayectoria, todo es en ella paradójico. Un mayor grado de libertad
civil parecería ventajoso para la libertad del espíritu del
pueblo y, sin embargo, le fija límites infranqueables. Un grado
menor, en cambio, le procura espacio para la extensión de todos
sus poderes. Una vez que la Naturaleza, bajo esta dura cáscara,
ha desarrollado la semilla que cuida con extrema ternura, es decir, la
inclinación y disposición al libre pensamiento, ese hecho
repercute gradualmente sobre el modo de sentir del pueblo (con lo cual
éste va siendo poco a poco más capaz de una libertad de obrar)
y hasta en los principios de gobierno, que encuentra como provechoso tratar
al hombre conforme a su dignidad, puesto que es algo más que una
máquina.
Kant: Filosofía de la Historia. Ed. Nova. Buenos Aires.
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