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NIETZSCHE

Texto 3
La genealogía de la moral, tratado I, 7-14

7

óYa se habrá adivinado que la manera sacerdotal de valorar puede derivarse muy fácilmente de la caballeresco-aristocrática y llegar luego a convertirse en su antítesis; en especial impulsa a ello toda ocasión en que la casta de los sacerdotes y la casta de los guerreros se enfrentan a causa de los celos y no quieren llegar a un acuerdo sobre el precio a pagar.
Los juicios de valor caballeresco-aristocráticos tienen como presupuesto una constitución física poderosa, una salud floreciente, rica, incluso desbordante, junto con lo que condiciona el mantenimiento de la misma, es decir, la guerra, las aventuras, la caza, danza, las peleas y, en general, todo lo que la actividad fuerte, libre, regocijada lleva consigo. La manera noble-sacerdotal de valorar tiene ólo hemos vistoó otros presupuestos: ¡las cosas les van muy mal cuando aparece la guerra!
Los sacerdotes son, como es sabido, los enemigos más malvados ó¿por qué?ó Porque son los más impotentes. A causa de esa impotencia el odio crece en ellos hasta convertirse en algo monstruoso y siniestro, en lo más espiritual y más venenoso. Los máximos odiadores de la historia universal, también los odiadores más ricos de espíritu, han sido siempre sacerdotes ócomparado con el espíritu de la venganza sacerdotal, apenas cuenta con ningún otro espíritu. La historia humana sería una cosa demasiado estúpida sin el espíritu que los impotentes han introducido en ella: ótomemos en seguida el máximo ejemplo. Nada de lo que en la tierra se ha hecho contra ìlos noblesî, ìlos violentosî, ìlos señoresî, ìlos poderososî, merece ser mencionado si se lo compara con lo que los judíos han hecho contra ellos: los judíos, ese pueblo sacerdotal, que no ha sabido tomar satisfacción de sus enemigos y dominadores más que con una radical transvaloración de los valores propios de éstos, es decir, por un acto de la más espiritual venganza. Esto es lo único que resultaba adecuado precisamente a un pueblo sacerdotal, al pueblo de la más refrendada ansia de venganza sacerdotal. Han sido los judíos los que, con una consecuencia lógica aterradora, se han atrevido a invertir la identificación aristocrática de los valores (bueno = noble = poderoso = bello = feliz = amado de Dios) y han mantenido con los dientes del odio más abismal (el odio de la impotencia), esa inversión, a saber, ì¡los miserables son los buenos; los pobres, los impotentes, los bajos son los únicos buenos; los que sufren, los indigentes, los enfermos, los deformes son también los únicos piadosos, los únicos benditos de Dios, únicamente para ellos existe bienaventuranza óen cambio vosotros, vosotros los nobles y violentos, vosotros sois, por toda la eternidad, los malvados, los crueles, los lascivos, los insaciables, los ateos, y vosotros seréis también eternamente los desventurados, los malditos y condenados!... Se sabe quién ha recogido la herencia de esa transvaloración judía...
A propósito de la iniciativa monstruosa y desmesuradamente funesta asumida por los judíos con esta declaración de guerra, la más radical de todas, recuerdo la frase que escribí en otra ocasión (Más allá del bien y del mal, pág. 118) óa saberó, que con los judíos comienza en la moral la rebelión de los esclavos: esa rebelión que tiene tras sí una historia bimilenaria y que hoy nosotros hemos perdido de vista tan sólo porque ha resultado vencedoraÖ

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ó¿Pero no lo comprendéis? ¿No tenéis ojos para ver algo que ha necesitado dos milenios para alcanzar la victoria?...
No hay en esto nada extraño: todas las cosas largas son difíciles de ver, difíciles de abarcar con la mirada. Pero esto es lo acontecido: del tronco de aquel árbol de la venganza y del odio, del odio judío óel odio más profundo y sublime, esto es, el odio creador de ideales, modificadores de valores, que no ha tenido igual en la tierraó, brotó algo igualmente incomparable, un amor nuevo, la más profunda y sublime de todas las especies de amor: ó¿y de qué otro tronco habría podido brotar?... Mas ¡no se piense que brotó acaso como la auténtica negación de aquella sed de venganza, como la antítesis del odio judío!
¡No, lo contrario es la verdad! Ese amor nació del aquel odio como su corona, como la corona triunfante, dilatada con amplitud siempre mayor en las más pura luminosidad y plenitud solar; y en el reino de la luz y de la altura ese amor perseguía las metas de aquel odio, perseguía la victoria, el botín, la seducción, con el mismo afán, por así decirlo, con que las raíces de aquel odio se hundían con mayor radicalidad y avidez en todo lo que poseía profundidad y era malvado. Ese Jesús de Nazaret, Evangelio viviente del amor, ese ìredentorî que trae la bienaventura y la victoria, a los pobre, a los enfermos, a los pecadores ó¿no era él precisamente la seducción en sus forma más inquietante e irresistible, la seducción y el desvío precisamente hacia aquellos valores judíos y hacia aquellas innovaciones judías del ideal? ¿No ha alcanzado Israel, justamente por el rodeo de ese ìredentorî de ese aparente antagonista y liquidador de Israel, la última meta de su sublime ansia de venganza? ¿No forma parte de la oculta magia negra de una política verdaderamente grande de la venganza, de una venganza de amplias mira, subterránea, de avance lento, precalculadora, el hecho de que Israel mismo tuviese que negar y que clavar en la cruz ante el mundo entero, como si se tratase de su enemigo mortal, al auténtico instrumento de su venganza, a fin de que ìel mundo enteroî, es decir, todos los adversarios de Israel, pudieran morder sin recelos precisamente ese cebo? ¿Y por otro lado, se podría imaginar en absoluto, con todo el refinamiento del espíritu, un cebo más peligroso? ¿Algo que iguale en fuerza atractiva, embriagadora, aturdidora, corruptora, a aquel símbolo de la ìsanta cruzî, a aquella horrorosa paradoja de un ìDios en la cruzî, a aquel misterio de una inimaginable, última, extrema crueldad y autocrucifixión de Dios para la salvación del hombre?...
Cuando menos, es cierto que sub hoc (bajo este signo) Israel ha venido triunfando una y otra vez, con su venganza y su transvaloración de todos los valores, sobre todo los demás ideales, sobre todos los ideales más nobles.

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óîMas ¡cómo sigue usted hablando todavía de ideales más nobles! Atengámonos a los hecho: el pueblo óo ìlos esclavosî, o ìla plebeî, o ìel rebañoî, o como usted quiera llamarloó han vencido, y si esto ha ocurrido por medio de los judíos, ¡bien!, entonces jamás pueblo alguno tuvo misión más grande en la historia universal. ìLos señoresî están liquidados; la moral del hombre vulgar ha vencido.
Se puede considerar esta victoria a la vez como envenenamiento de la sangre (ella ha mezclado las razas entre sí) óno lo niegoó; pero, indudablemente, esa intoxicación ha logrado éxito. La ìredenciónî del género humano (a saber, respecto de ìlos señoresî) se encuentran en óptima vía; todo se judaiza, o se cristianiza, o se aplebeya a ojos vista (¡qué importan las palabras!). La marcha de ese envenenamiento a través del cuerpo entero de la humanidad parece incontenible, su tempo (ritmo) y su paso pueden
ser incluso, a partir de ahora, cada vez más lentos, más delicados, más inaudibles, más cautos óen efecto, hay tiempo...
¿Le corresponde todavía hoy a la Iglesia, en este aspecto, una tarea necesaria, posee todavía en absoluto un derecho a existir? ¿O se podría prescindir de ella? Quaeritur (se pregunta). ¿Parece que la Iglesia refrena y modera aquella marcha, en lugar de acelerarla?
Ahora bien, justamente eso podría ser su utilidad... Es seguro que la Iglesia se ha convertido poco a poco en algo grosero y rústico, que repugna a una inteligencia delicada, a un gusto propiamente moderno. ¿No debería, al menos refinarse un poco?... Hoy, más que seducir, aleja.
¿Quién de nosotros sería librepensador si no existiera la Iglesia? La Iglesia es la que nos repugna, no su veneno... Prescindiendo de la Iglesia, también nosotros amamos el veneno...î óTal es el epílogo de un ìlibrepensadorî a mi discurso, de un animal respetable, como lo ha demostrado de sobra, y además, de un demócrata; hasta aquí me había escuchado, y no soportó el oírme callar. Pues en este punto yo tengo mucho que callar.

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La rebelión de los esclavos en la moral comienza cuando el resentimiento mismo se vuelve creador y engendra valores: el resentimiento de aquello seres a quienes les está vedada la auténtica reacción, la reacción de la acción, y que se desquitan únicamente con una venganza imaginaria. Mientras que toda moral noble nace de un triunfante sí dicho a sí mismo, la moral de los esclavos dice no, ya de antemano, a un ìfueraî, a un ìotroî, a un ìno-yoî; y ese no es lo que constituye su acción creadora. Esta inversión de la mirada que establece valores óeste necesario dirigirse hacia fuera en el lugar, de volverse hacia síó forma parte precisamente del resentimiento: para surgir, la moral de los esclavos necesita siempre primero de un mundo opuesto y externo, necesita, hablando fisiológicamente, de estímulos exteriores para poder en absoluto actuar, ósu acción es, de raíz, reacción. Lo contrario ocurre en la manera noble de valorar: ésta actúa y brota espontáneamente, busca su opuesto tan sólo para decirse sí a sí misma con mayor agradecimiento, con mayor júbilo, ósu concepto negativo, lo ìbajoî, ìvulgarî, ìmaloî, es tan sólo un pálido contraste, nacido más tarde, de su concepto básico positivo, totalmente impregnado de vida y pasión, el concepto ì¡nosotros los nobles, nosotros los buenos, nosotros los bellos, nosotros los felices!î.
Cuando la manera noble de valorar se equivoca y peca contra la realidad, esto ocurre con relación a la esfera que no le es suficientemente conocida, más aún, a cuyo real conocimiento se opone con aspereza: no comprende a veces la esfera despreciada por ella, la esfera del hombre vulgar del pueblo bajo: por otro lado, téngase en cuenta que, en todo caso, el afecto del desprecio, del mirar de arriba a abajo, del mirar con superioridad, aun presuponiendo que falsee la imagen de lo despreciado, no llegará ni de lejos a la falsificación con que el odio reprimido, la venganza del impotente atentarán contra su adversario óin effigie (en efigie), naturalmenteó. De hecho en el desprecio se mezclan demasiada negligencia, demasiada ligereza, demasiado apartamiento de la vista y demasiada impaciencia, e incluso demasiado júbilo en sí mismo, como para estar en condiciones de transformar su objeto en una auténtica caricatura y en un espantajo.
No se pasen por alto las nuances (matices) casi benévolas que, por ejemplo, la aristocracia griega pone en todas las palabras con que diferencia de sí al pueblo bajo; obsérvese cómo constantemente se mezcla en ella, azucarándolas, una especie de lástima, de consideración, de indulgencia, hasta el punto de que casi todas las palabras que convienen al hombre vulgar han terminado por quedar como expresiones para significar ìinfelizî, ìdigno de lástimaî (véase deilos [miedoso], deilaios [cobarde], ponhros [vil] mocceros [mísero] las dos últimas caracterizan propiamente al hombre vulgar como esclavo del trabajo y animal de carga) óy cómo, por otro lado, ìmaloî, ìinfelizî no dejaron jamás de sonar al oído griego con un tono único, con un timbre en el que prepondera ìinfelizî, y esto como herencia de la antigua manera de valorar más noble, aristocrática, la cual no reniega de sí misma ni siquiera en el desprecio (óa los filólogos recordémosles en qué sentido se usan oizupos [miserable], anolbos [desgraciado], tlemun [resignado], dustucein [fracasar, tener mala suerte], xumjora [desdicha]).
Los ìbien nacidosî se sentían a sí mismos cabalmente como los ìfelicesî; ellos no tenían que construir su felicidad artificialmente y, a veces, persuadirse de ella, mentírsela, mediante una mirada dirigida a sus enemigos (como suelen hacer todos los hombres del resentimiento); y asimismo, por ser hombres íntegros, repletos de fuerza, y en consecuencia, necesariamente activos, no sabían separar la actividad de la felicidad, óen ellos aquélla formaba parte, por necesidad, de ésta (de aquí procede el etuprattein [obrar bien, ser feliz]) ótodo esto muy en contraposición con la felicidad al nivel de los impotentes, de los oprimidos, de los llagados por sentimientos venenosos y hostiles, en los cuales la felicidad aparece esencialmente como narcosis, aturdimiento, quietud, paz, ìsábadoî, distensión del ánimo y relajamiento de los miembros, esto es, dicho en una palabra, como algo pasivo. Mientras que el hombre noble vive con confianza y franqueza frente así mismo (gennaios, ìaristócrata de nacimientoî, ìsubraya la nuance [matiz] ìfrancoî y también sin duda ìingenuoî), el hombre del resentimiento no es ni franco, ni ingenuo, ni honesto y derecho consigo mismo. Su alma mira de reojo; su espíritu ama los escondrijos, los caminos tortuosos y las puertas falsas, todo lo encubierto le atrae como su mundo, su seguridad, su alivio; entiende de callar, de no olvidar, de aguardar, de empequeñecerse y humillarse transitoriamente.
Una raza de tales hombres del resentimiento acabará necesariamente por ser más inteligente que cualquier raza noble, venerará también la inteligencia en una medida del todo distinta: a saber, como la más importante condición de existencia, mientras que, entre hombres nobles, la inteligencia fácilmente tiene un delicado dejo de lujo y refinamiento: óen éstos precisamente no es la inteligencia ni mucho menos tan esencial como lo son la perfecta seguridad funcional de los instintos inconscientes reguladores o incluso una cierta falta de inteligencia, así por ejemplo el valeroso lanzarse a ciegas, bien sea al peligro, bien sea al enemigo, o aquella entusiasta subitaneidad en la cólera, el amor, el respeto, el agradecimiento y la venganza, en la cual se han reconocido en todos los tiempos las almas nobles. El mismo resentimiento del hombre noble, cuando en él aparece, se consuma y agota, en efecto en una reacción inmediata y, por ello, no envenena: por otro lado, ni siquiera aparece en innumerables casos en los que resulta inevitable su aparición en todos los débiles e impotentes. No poder tomar mucho tiempo en serio los propios contratiempos, las propias fechorías ótal es el signo propio de naturalezas fuertes y plenas, en las cuales hay una sobreabundancia de fuerza plástica, remodeladora, regenadora, fuerza que también hace olvidar (un buen ejemplo de esto en el mundo moderno es Mirabeau, que no tenía memoria para los insultos ni para la villanías que se cometían con él, y que no podía perdonar por la única razón de que olvidaba). Un hombre así se sacude de un solo golpe muchos gusanos que en otros, en cambio, anidan subterráneamente; sólo aquí es también posible otra cosa, suponiendo que ella sea en absoluto posible en la tierra óel auténtico ìamor a sus enemigosî. ¡Cuánto respeto por sus enemigos tiene un hombre noble!ó y ese respeto es ya un puente hacia el amor... ¡El hombre noble reclama para sí un enemigo como una distinción suya, no soporta, en efecto, ningún otro enemigo que aquel en el que no hay nada que despreciar y sí muchísimo que honrar!
En cambio, imaginémonos ìel enemigoî tal como lo concibe el hombre del resentimiento óy justo en ello reside su acción, su creación: ha concebido el ìenemigo malvadoî. ìel malvadoî, y ello como concepto básico a partir del cual se imagina también, como imagen posterior y como antítesis, un ìbuenoî ó¡él mismo!...

11

¡Justo, pues, lo contrario de lo que ocurre en el noble, quien concibe el concepto fundamental ìbuenoî de un modo previo y espontáneo, es decir, lo concibe a base de sí mismo, y sólo a partir de él se forma una idea de ìmaloî! Este ìmaloî (schlecht) de origen noble, y aquel ìmalvadoî (böse), salido de la cuba cervecera del odio insaciado óel primero, una reacción posterior, algo marginal, un color complementario, el segundo, en cambio, el original, el comienzo, la auténtica acción en la concepción de una moral de esclavosó, ¡cuán diferentes son estas dos palabras, ìmaloî (schlecht) y ìmalvadoî (böse), que aparentemente se contraponen a un mismo concepto ìbuenoî (gut)! Mas no se trata del mismo concepto ìbuenoî: pregúntese, ante bien, quién es propiamente ìmalvadoî en el sentido de la moral de resentimiento. Contestado con todo rigor: precisamente el ìbuenoî de la otra moral, precisamente el noble, el poderoso, el dominador, sólo que cambiado de color, interpretado y visto del revés por el ojo venenoso del resentimiento.
Hay aquí una cosa que nosotros no queremos negar en modo alguno: quien a aquellos ìbuenosî los ha conocido tan sólo como enemigos, no ha conocido tampoco más que enemigos malvados, y aquellos mismos hombres que eran mantenidos tan rigurosamente a raya por la costumbre, el respeto, los usos, el agradecimiento y todavía más por la recíproca vigilancia, por la emulación inter pares [entre iguales], aquellos mismos hombres que, por otro lado, en su comportamiento recíproco mostraban tanta inventiva en punto a atenciones, dominio de sí, delicadeza, fidelidad, orgullo y amistad óno son hacia fuera, es decir, allí donde comienza lo extranjero, la tierra extraña, mucho mejores que animales de rapiña dejados sueltos. Allí disfrutan la libertad de toda constricción social, en la selva se desquitan de la tensión ocasionada por una prolongada reclusión y encierro en la paz de la comunidad, allí retornan a la inocencia propia de la conciencia de los animales rapaces, cual monstruos que retozan, los cuales dejan acaso tras sí una serie abominable de asesinatos, incendios, violaciones y torturas con igual petulancia y con igual tranquilidad de espíritu que si lo único hecho por ellos fuera una travesura estudiantil, convencidos de que de nuevo tendrán los poetas, por mucho tiempo, algo que cantar y que ensalzar.
Resulta imposible no reconocer, a la base de todas estas razas nobles, el animal de rapiña, la magnífica bestia rubia, que vagabundea codiciosa de botín en victoria; de cuando en cuando esa base oculta necesita desahogarse, el animal tiene que salir de nuevo fuera, tiene que retornar a la selva: ólas aristocracias romanas, árabe, germánica, japonesa, los héroes homéricos, los vikingos escandinavos ótodos ellos coinciden en tan imperiosa necesidad. Son las razas nobles las que han dejado tras sí el concepto ìbárbaroî por todos los lugares por donde han pasado; incluso en su cultura más excelsa se revelan una consciencia de ello y hasta un orgullo (por ejemplo, cuando Pericles dice a sus atenienses, en aquella famosa oración fúnebre, ìhemos forzado a todas las tierras y a todos los mares a ser accesibles a nuestra audacia, dejando en todas partes monumentos imperecederos en bien y en mal). Esta ìaudaciaî de las razas nobles, que se manifiesta de manera loca, absurda, repentina, este elemento imprevisible e incluso verosímil de sus empresas óPericles destaca con elogio la rajumia [despreocupación] de los ateniensesó, su indiferencia y su desprecio de la seguridad, del cuerpo, de la vida, del bienestar, su horrible jovialidad y el profundo placer que sienten en destruir, en todas las voluptuosidades del triunfo y de la crueldad ótodo esto se concentró, para quienes lo padecían, en la imagen del ìbárbaroî, del enemigo malvadoî, por ejemplo el ìgodoî, el ìvándaloî. La profunda, glacial desconfianza que el alemán continúa inspirando también ahora tan pronto como llega al poder órepresenta aún un rebrote de aquel terror inextinguible con que durante siglos contempló Europa el furor de la rubia bestia germánica (aunque entre los antiguos germanos y nosotros los alemanes apenas subsistía ya afinidad conceptual alguna y menos aún un parentesco de sangre).
En otro sitio he hecho notar la perplejidad experimentada por Hesiodo cuando meditaba sobre el decurso de las épocas culturales e intentaba expresarlas mediante oro, la plata y el bronce: a la contradicción que le ofrecía el mundo de Homero, un mundo tan magnífico, pero, a la vez, tan horrible y tan brutal, no supo escapar más que dividiendo una única época en dos y colocándolas una a continuación de otra óprimero, la época de los héroes y semidioses de Troya y de Tebas, tal como aquel mundo había sustituido a la memoria de las estirpes nobles, que en ella tenían sus propios antecesores; y luego, la edad de bronce, tal como aquel mismo mundo aparecía a los descendientes de los sojuzgados, expoliados, maltratados, deportados, vendidos: como una edad de bronce, según hemos dicho, dura, fría cruel, carente de sentimientos y de conciencia, una edad que todo lo tritura y lo salpica de sangre.
Suponiendo que fuera verdadero algo que en todo caso ahora se cree ser ìverdadî, es decir, que el sentido de toda cultura consistiese cabalmente en sacar del animal rapaz ìhombreî, mediante la crianza, un animal manso y civilizado, un animal doméstico, habría que considerar sin ninguna duda que todos aquellos instintos de reacción y resentimiento, con cuyo auxilio se acabó por humillar y dominar a las razas nobles, así como todos sus ideales, han sido los auténticos instrumentos de la cultura; con ello, de todos modos, no estaría dicho aún que los depositarios de esos instintos representen también ellos mismos, a la vez la cultura. Lo contrario sería, antes bien, no sólo verosímil ó¡no!, ¡hoy es evidente! Esos depositarios de los instintos opresores y ansiosos de desquite, los descendientes de toda esclavitud europea y no europea y en especial de toda población precariaó ¡representan el retroceso de la humanidad! ¡Esos ìinstrumentos de la culturaî son una vergüenza del hombre y representan más bien una sospecha, un contraargumento contra la ìculturaî en cuanto tal!
Se puede tener todo derecho a no librarse del temor a la bestia rubia que habita en el fondo de todas las razas nobles y a mantenerse en guardia: mas ¿quién no preferiría cien veces sentir temor, si a la vez le es permitido admirar, a no sentir temor, pero con ello no poder sustraerse ya a la nauseabunda visión de los malogrados, empequeñecidos, marchitos, envenenados? ¿Y no es ésta nuestra fatalidad? ¿Qué es lo que hoy produce nuestra aversión contra ìel hombreî? ópues nosotros sufrimos por el hombre, no hay duda. óNo es el temor; sino más bien, el que ya nada tengamos que temer en el hombre; el que el gusano ìhombreî ocupe el primer plano y pulule en él; el que el ìhombre mansoî, el incurablemente mediocre y desagradable haya aprendido a sentirse así mismo como la meta y la cumbre, como el sentido de la historia, como ìhombre superiorî; ómás aún, el que tenga cierto derecho a sentirse así, en la medida en que se siente distanciado de la muchedumbre de los mal constituidos, enfermizos, cansados, agotados, a que hoy comienza Europa a apestar, y, por tanto, como algo al menos relativamente bien constituido, como algo al menos todavía capaz de vivir, como algo que al menos dice sí a la vida...

12

óEn este punto no me es ya posible reprimir un sollozo y una última esperanza. ¿Qué es esto que, precisamente a mí, me resulta del todo insoportable? ¿Esto de lo que sólo yo no puedo librarme, y que me ahoga y me consume? ¡Aire viciado! ¡Aires viciado! El hecho de que algo mal constituido se allega a mí: ¡el verme obligado a oler las entrañas, de un alma mal constituida!.... ¿Qué es, por otra parte, lo que en materia de miseria, de privaciones, de mal clima, de enfermedades, de fatigas y de soledad no soportamos? En el fondo nos sobreponemos a todo lo demás, puesto que hemos nacido para una existencia subterránea y combativa: una y otra vez salimos a la luz, una y otra vez experimentamos la hora áurea del triunfo óy en ese momento aparecemos tal como nacimos, inquebrantables, tensos, dispuestos a conquistar algo nuevo, algo más difícil, algo más lejano todavía, como un arco a quien las privaciones lo único que hacen es ponerlo más tirante.
óPero de vez en cuando óy suponiendo que existan protectoras celestiales, situadas más allá del bien y del maló ¡concededme una mirada, otorgarme que pueda echar una única mirada tan sólo a algo perfecto, a algo totalmente logrado, feliz, poderoso, victorioso, en lo que todavía haya algo que temer! ¡Una mirada a un hombre que justifique a el hombre, una mirada a un caso afortunado que complemente y redima al hombre, por razón del cual me sea lícito conservar la fe en el hombre!... Pues así están las cosas: el empequeñecimiento y la nivelación del hombre europeo encierran nuestro máximo peligro, ya que esa visión cansa... Hoy no vemos nada que aspire a ser más grande, barruntamos que descendemos cada vez más abajo, más abajo, hacia algo más débil, más manso, más prudente, más plácido, más mediocre, más indiferente, más chino, más cristiano óel hombre, no hay duda, se vuelve cada vez ìmejorî... Justo en esto reside la fatalidad de Europaó al perder el miedo al hombre hemos perdido también el amor a él, el respeto a él, la esperanza en él, más aún, la voluntad de él. Actualmente la visión del hombre cansa ó¿qué es hoy el nihilismo si no es eso?... Estamos cansados de el hombre...

13

óMas volvamos atrás: el problema del otro origen de lo ìbuenoî, el problema de lo bueno tal como se lo ha imaginado el hombre del resentimiento exige llegar a su final.
óEl que los corderos guarden rencor a las grandes aves rapaces es algo que puede extrañar: sólo que no hay en esto motivo alguno para tomarle a mal aquéllas el que arrebaten corderitos. Y cuando los corderitos dicen entre sí ìestas aves de rapiña son malvadas; y quién es lo menos posible un ave de rapiña, sino más bien su antítesis, un corderito ó¿no debería ser bueno?î, nada hay que objetar a este modo de establecer un ideal, excepto que las aves rapaces mirarán hacia abajo con un poco de sorna y tal vez se dirán: ìNosotras no estamos enfadadas en absoluto con esos buenos corderos, incluso los amamos: no hay nada más sabroso que un tierno cordero.î
óExigir de la fortaleza que no sea un querer-dominar, un querer-sojuzgar, un querer-enseñorearse, una sed de enemigos y de resistencias y de triunfos, es tan absurdo como exigir de la debilidad que se exteriorice como fortaleza. Un quantum de fuerza es justo un tal quantum de pulsión, de voluntad, de actividad ómás aún, no es nada más que ese mismo pulsionar, ese mismo querer, ese mismo actuar, y, si puede parecer otra cosa, ello se debe tan sólo a la seducción del lenguaje (y de los errores radicales de la razón petrificados en el lenguaje), el cual entiende y malentiende que todo hacer está condicionado por un agente, por un ìsujetoî. Es decir, del mismo modo que el pueblo separa el rayo de su resplandor y concibe al segundo como un hacer, como la acción de un sujeto que se llama rayo, así la moral del pueblo separa también la fortaleza de las exteriorizaciones de la misma, como si detrás del fuerte hubiera un sustrato indiferente, que fuera dueño de exteriorizar y, también, de no exteriorizar fortaleza. Pero tal sustrato no existe; no hay ningún ìserî detrás del hacer, del actuar, del devenir; ìel agenteî ha sido ficticiamente añadido al hacer, el hacer es todo. En el fondo el pueblo duplica el hacer; cuando piensa que el rayo lanza un resplandor, esto equivale a un hacer-hacer: el mismo acontecimiento lo pone primero como causa y luego, una vez más, como efecto de aquélla. Los investigadores de la naturaleza no lo hacen mejor cuando dicen ìla fuerza mueve, la fuerza causaî y cosas parecidas ónuestra ciencia entera, a pesar de toda su frialdad, de su desapasionamiento, se encuentra sometida aún a la seducción del lenguaje y no se ha desprendido de los hijos falsos que se le han infiltrado, de los ìsujetosî (el átomo, por ejemplo, es uno de esos hijos falsos, y lo mismo ocurre con la kantiana ìcosa en síî): nada tiene de extraño el que las reprimidas y ocultamente vencidas pasiones de la venganza y del odio aprovechen en favor suyo esa creencia e incluso, en el fondo, ninguna otra sostenga con mayor fervor que la de que el fuerte es libre de ser débil, y el ave de rapiña, libre de ser cordero: Con ello conquistan, en efecto, para sí el derecho de imputar al ave de rapiña ser ave de rapiña...
Cuando los oprimidos, los pisoteados, los violentados se dicen, movidos por la vengativa astucia propia de la impotencia: ì¡Seamos distintos de los malvados, es decir, seamos buenos! y bueno es todo el que no violenta, el que no ofende a nadie, el que no ataca, el que no salda cuentas, el que remite la venganza a Dios, el cual se mantiene en lo oculto igual que nosotros, y evita todo lo malvado, y exige poco de la vida, lo mismo que nosotros los pacientes, los humildes, los justosî óesto, escuchado con frialdad y sin ninguna prevención, no significa en realidad más que lo siguiente: ìNosotros los débiles somos desde luego débiles; conviene que no hagamos nada para lo cual no somos bastante fuertesîó, pero esta amarga realidad de los hechos, esta inteligencia de ínfimo rango, poseída incluso por los insectos (los cuales, cuando el peligro es grande, se fingen muertos para no hacer nada ìde másî), se ha vestido, gracias a ese arte de falsificación y a esa automendicidad propias de la impotencia, con el esplendor de la virtud renunciadora, callada, expectante, como si la debilidad misma del débil óes decir, su esencia, su obrar, su entera, única, inevitable, indeleble realidadó fuese un logro voluntario, algo querido, elegido, una acción, un mérito. Por un instinto de autoconservación, de autoafirmación, en el que toda mentira suele santificarse, esa especie de hombre necesita creer en el ìsujetoî indiferente, libre para elegir. El sujeto (o, hablando de un modo más popular, el alma) ha sido hasta ahora en la tierra el mejor dogma, tal vez porque a toda la ingente muchedumbre de los mortales, a los débiles y oprimidos de toda índole, les permitía aquel sublime autoengaño de interpretar la debilidad misma como libertad, interpretar su ser-así-y-así como mérito.

14

ó¿Quiere alguien mirar un poco hacia abajo, al misterio de cómo se fabrican ideales en la tierra? ¿Quién tiene valor para ello?... ¡Bien! He aquí la mirada abierta a ese oscuro taller. Espere usted un momento, señor Indiscreción y Temeridad: su ojo tiene que habituarse antes a esa falsa luz cambiante... ¡Así! ¡Basta! ¡Hable usted ahora! ¿Qué ocurre allá abajo? Diga usted lo que ve, hombre de la más peligrosa curiosidad óahora soy yo el que escucha.
óîNo veo nada, pero oigo tanto mejor. Es un chismorreo y un cuchicheo cauto, pérfido, quedo, procedente de todas las esquinas y rincones. Me parece que esa gente miente; una dulzona suavidad se pega a cada sonido. La debilidad debe ser mentirosamente transformada en mérito, no hay duda óes como usted lo decíaî.
ó¡Siga!
óî... y la impotencia, que no toma desquite, en ìbondadî; la temerosa bajeza, en ìhumildadî, la sumisión a quienes se odia, en ìobedienciaî (a saber, obediencia a alguien de quien dicen que ordena esa sumisión óDios le llaman). Lo inofensivo del débil, la cobardía misma, de la que tiene mucha, su estar-aguardando-a-la-puerta, su inevitable tener-que-aguardar, recibe aquí un buen nombre, el de ìpacienciaî, y se llama también la virtud; el no-poder-vengarse se llama no-querer-vengarse, y tal vez incluso perdón (ìpues ellos no saben lo que hacen ó¡únicamente nosotros sabemos lo que ellos hacen!î). También habla esa gente del ìamor a los propios enemigosî óy entre tanto suda.î
ó¡Siga!
óìSon miserables, no hay duda, todos esos chismorreadores y falsos monederos de las esquinas, aunque están acurrucados calentándose unos juntos a otros ópero me dicen que su miseria es una elección y una distinción de Dios, que a los perros que más quiere se los azota; que quizás esa miseria sea también una preparación, una prueba, una ejercitación, y acaso algo más óalgo que alguna vez encontrará su compensación, y será pagado con enormes intereses en oro, ¡no!, en felicidad. A eso lo llaman ìla bienaventuranzaîî.
ó¡Siga!
óîAhora me dan a entender que ellos no sólo son mejores que los poderosos, que los señores de la tierra, cuyos esputos ellos tienen que lamer (no por temor, ¡de ninguna manera por temor!, sino porque Dios manda honrar toda autoridad) óque ellos no sólo son mejores, sino que también ìles va mejorî, o en todo caso, alguna vez les irá mejor. Pero ¡basta!, ¡basta! Ya no lo soporto más ¡Aire viciado! ¡Aire viciado! Ese taller donde se fabrican ideales óme parece que apesta a mentiras.î
ó¡No! ¡Un momento todavía! Aún no nos ha dicho usted nada de la obra maestra de esos nigromantes que con todo lo negro saben construir blancura, leche e inocencia: ó¿no ha observado usted cuál es su perfección suma en el refinamiento, su audacísima, finísima, ingeniosísima, mendacísima estratagema de artista? ¡Atienda! Esos animales de sótano, llenos de venganza y de odio ó¿qué hacen precisamente con la venganza y con el odio? ¿Ha oído usted alguna vez esas palabras? Si sólo se fiase usted de lo que ellos dicen, ¿barruntaría que se encuentra en medio de hombres del resentimiento?...
óìComprendo, vuelvo a abrir los oídos (¡ay!, ¡ay!, ¡ay!, y cierro la nariz). Sólo ahora oigo lo que ya antes decían con tanta frecuencia: ìnosotros los buenos ónosotros somos los justosîó a lo que ellos piden no lo llaman desquite, sino ìel triunfo de la justiciaî; a lo que ellos odian no es a su enemigo, ¡no!, ellos odian la ìinjusticiaî, el ìateísmoî; lo que ellos creen y esperan no es la esperanza de la venganza, la embriaguez de la dulce venganza (óìmás dulce que la mielî, la llamaba ya Homero), sino la victoria de Dios, del Dios justo sobre los ateos; lo que a ellos les queda para amar en la tierra no son sus hermanos en el odio, sino sus ìhermanos en el amorî, como ellos dicen, todos los buenos y justos de la tierra.î
ó¿Y cómo llaman a aquello que les sirve de consuelo contra todos los sufrimientos de la vida ósu fantasmagoría de la anticipada bienaventuranza futura?
óì¿Cómo? ¿Oigo bien? A eso lo llaman el ìjuicio finalî, la llegada de su reino, el de ellos, del ìreino de Diosî ópero entre tanto viven ìen la feî, ìen el amorî, ìen la esperanzaî.î
ó¡Basta! ¡Basta!

Nietzsche, La genealogía de la moral. Alianza Editorial. Madrid.



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