Cantemar/Empédocles
EMPÉDOCLES


Empédocles de Agrigento, en Sicilia, vivió aproximadamente entre los años 485 y 430 antes de Cristo. Además de filósofo, fue poeta, orador e ingeniero. Recorrió las ciudades de la Magna Grecia como orador y mago, y durante toda la Antigüedad fue considerado una especie de profeta y taumaturgo. De hecho, como sucede con la mayoría de los filósofos presocráticos, lo que conocemos de su vida se confunde con la leyenda.
De sus escritos nos quedan unos 500 versos, fragmentos de obras: Acerca de la naturaleza y Las purificaciones.

En la explicación de la naturaleza, Empédocles considera dos clases de elementos o principios: uno material, y otro espiritual.
Según él, todos los fenómenos de la naturaleza están formados por cuatro elementos primigenios, el agua, la tierra, el aire y el fuego, combinados de distintas maneras para formar los diferentes seres del universo. Todo lo que existe no es sino resultado de mezcla y separación de esos elementos, que siempre permanecen por mucho que las cosas se muden.
De estos principios, eternos e indestructibles, de sus uniones y separaciones, nacen y perecen todas las cosas. Los seres se diferencian unos de otros en su naturaleza y en sus cualidades por las distintas proporciones en cada uno de los cuatro elementos entra en su composición.
Junto a estos elementos materiales, Empédocles postula dos fuerzas exteriores, de carácter espiritual.  La existencia de varios elementos que deben mezclarse y separarse exige un principio que regule las normas de combinación entre ellos para dar lugar a las cosas. Para Empédocles, lo que hace que unas partes se combinen con otras o se separen de ellas es algo espiritual, que se concreta en dos fuerzas o poderes: el amor (equivalente al bien, al orden, a la construcción) y el odio (mal, desorden, destrucción). Los elementos se unen por amor y se separan por odio.
El desarrollo del cosmos es circular, en un proceso de eterno retorno. En el principio de los tiempos dominaba el amor de forma absoluta, haciendo que los cuatro elementos estuviesen completamente mezclados en una armonía perfecta. Pero después la intervención del odio rompió esa armonía, dio origen a los seres individuales e hizo que éstos se fueran separando y diversificando cada vez más, hasta el dominio absoluto del mal y el desorden.
La culminación del imperio del odio y el mal es, sin embargo, el principio de una nueva fase expansiva del amor, que vuelve a juntarlo y confundirlo todo hasta llegar al único ser perfecto y armónico del principio. Pero ese triunfo tampoco será duradero: el odio volverá a disgregarlo todo, y así se van alternando los periodos de dominio del bien y del mal, en un interminable proceso de eterno retorno.


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