Textos y fragmentos
Empédocles postula cuatro elementos materiales,
fuego, aire, agua y tierra, todos eternos, que aumentan y decrecen mediante
la mezcla y la separación; pero sus auténticos primeros principios,
los que imparten el movimiento a aquellos son el Amor y la Discordia.
Los elementos están constantemente sometidos a un cambio alternante,
mezclándose unas veces por obra del Amor y separándose otras
por la acción de la Discordia; sus primeros principios, en consecuencia,
son seis.
(Simplicio, Física, 25)
Empédocles sostiene que el primero en separarse
fue el éter, luego el fuego y después la tierra. De ésta,
al ser excesivamente constreñida por la fuerza de la rotación,
surgió el agua y de la evaporación del agua nació
el aire. Los cielos surgieron del éter, el sol del fuego y los seres
terrestres se formaron de los otros elementos por compresión.
(Aecio, II, 6, 3)
Considera con toda su fuerza de qué modo se manifiesta
cada cosa, sin tener por más fiable a la vista que al oído,
ni al oído rumoroso mejor que aquello que la lengua declara, ni
desconfiar de ninguno de los otros órganos por los que se abre paso
el conocimiento, sino que piensa por dónde se hace patente cada
cosa.
(Empédocles, DK 31B3)
Como cuando alguien que piensa ponerse en camino se provee
de una lámpara, resplandor de ardiente fuego en noche borrascosa
[…] así el antiguo fuego, encerrado en membranas y en finos velos,
dio origen a la redonda pupila con delicados tejidos que se hallan atravesados
de parte a parte por maravillosos conductos. Y ellos la protegen del agua
profunda que fluye en torno a la pupila, dejando a su través pasar
el sutil fuego.
(Empédocles, DK 31B84)
Doble es la historia que voy a contarte. Pues una vez
creció para ser uno de múltiple que era; otra, por el contrario,
de uno que era se disoció para ser múltiple. Doble es el
nacimiento de los seres mortales, doble su destrucción. El primero
lo genera y lo destruye la concurrencia de las cosas y el otro, al separarse
éstas, echa a volar, una vez criado. Estas transformaciones incesantes
jamás alcanzan fin. Unas veces concurren en uno por amor; otras,
por el contrario, son separadas por el odio.
(Empédocles)
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