Discurso del método, segunda parte
Me encontraba entonces en Alemania, país al que había
sido atraído por el deseo de conocer unas guerras que aún no
han finalizado. Cuando retornaba hacia la armada después de haber
presenciado la coronación del emperador, el inicio del invierno me
obligó a detenerme en un cuartel en el que, no encontrando conversación
alguna que distrajera mi atención, y por otra parte, no teniendo afortunadamente
preocupaciones o pasiones que me inquietasen, permanecía durante todo
el día en una cálida habitación donde disfrutaba analizando
mis reflexiones.
Una de las primeras fue la que me hacía percatarme
de que frecuentemente no existe tanta perfección en obras compuestas
de muchos elementos y realizadas por diversos maestros como existe en aquellas
que han sido ejecutadas por uno solo.
Así es fácil comprobar que los edificios emprendidos
y construidos bajo la dirección de un mismo arquitecto son generalmente
más bellos y están mejor dispuestos que aquellos otros que
han sido reformados bajo la dirección de varios, sirviéndose
para ello de viejos cimientos que habían sido levantados con otros
fines. Así sucede con esas viejas ciudades que, no habiendo sido en
sus inicios sino pequeños burgos, han llegado a ser con el tiempo
grandes ciudades. Éstas generalmente están muy mal trazadas
si las comparamos con esas otras ciudades que un ingeniero ha diseñado
según le dictó su fantasía sobre una llanura. Pues si
bien considerando cada uno de los edificios aisladamente se encuentra tanta
belleza artística o aún más que en las ciudades trazadas
por un ingeniero, sin embargo, al comprobar cómo sus edificios están
emplazados, uno pequeño junto a uno grande, y cómo sus calles
son desiguales y curvas, podría afirmarse que ha sido la casualidad
y no el deseo de unos hombres regidos por una razón la que ha dirigido
el trazado de tales planos. Y si se considera que siempre han existido oficiales
encargados del cuidado de los edificios particulares, con el fin de que contribuyan
al ornato público, fácilmente se comprenderá cuán
difícil es, trabajando sobre obras
realizadas por otros hombres, finalizar algo perfecto.
De igual modo me imaginaba que los pueblos que a partir de
un estado semisalvaje han evolucionado paulatinamente hacia estados más
civilizados, elaborando sus leyes en la medida en que se han visto obligados
por crímenes y disputas que entre ellos surgían, no están
políticamente tan organizados como aquellos que desde el momento en
que se han reunido han observado la constitución realizada por algún
prudente legislador.
Es igualmente cierto que el gobierno de la verdadera religión,
cuyas leyes han sido dadas únicamente por Dios, está incomparablemente
mejor regulado que cualquier otro.
Pero, hablando solamente de los asuntos humanos, pienso que
si Esparta fue en otro tiempo muy floreciente no se debió a la bondad
de cada una de sus leyes, pues eran verdaderamente extrañas y hasta
contrarias a las buenas costumbres, sino a que fueron elaboradas por un solo
hombre, estando ordenadas a un mismo fin.
De igual modo, juzgaba que las ciencias expuestas en los
libros, al menos aquellas cuyas razones solamente son probables y que carecen
de demostraciones, habiendo sido compuestas y progresivamente engrosadas con
las opiniones de muchas y diversas personas, no están tan cerca de
la verdad como los simples razonamientos que un hombre de buen sentido puede
naturalmente realizar en relación con aquellas cosas que se presentan.
Y también pensaba que es casi imposible que nuestros
juicios puedan estar tan carentes de prejuicios o que puedan ser tan sólidos
como lo hubieran sido si desde nuestra nacimiento hubiésemos estado
en posesión del uso completo de nuestra razón y nos hubiésemos
guiado exclusivamente por ella, pues como todos hemos sido niños antes
de llegar a ser hombres, ha sido preciso que fuéramos gobernados durante
años por nuestros apetitos y preceptores, cuando con frecuencia los
unos eran contrarios a los otros, y probablemente, ni los unos ni los otros
nos aconsejaban lo mejor.
Verdad es que jamás vemos que se derriben todas las
casas de una villa con el único propósito de reconstruirlas
de modo distinto y de contribuir a un mayor embellecimiento de sus calles;
pero sí se conoce que muchas personas ordenan el derribo de sus casas
para edificarlas de nuevo y también se sabe que en algunas ocasiones
se ven obligadas a ello cuando sus viviendas amenazan ruina y cuando sus
cimientos no son firmes.
Por semejanza con esto me persuadía de que no sería
razonable que alguien proyectase reformar un Estado, modificando todo desde
sus cimientos, y abatiéndolo para reordenarlo; sucede lo mismo con
el conjunto de las ciencias o con el orden establecido en las escuelas para
enseñarlas.
Pero en relación con todas aquellas opiniones que
hasta entonces habían sido creídas por mí, juzgaba que
no podía intentar algo mejor que emprender con sinceridad la supresión
de las mismas, bien para pasar a creer otras mejores o bien las mismas, pero
después de que hubiesen sido ajustadas mediante el nivel de la razón.
Llegué a creer con firmeza que de esta forma acertaría a dirigir
mi vida mucho mejor que si me limitase a edificar sobre mis antiguos cimientos
y me apoyase solamente sobre aquellos principios de los que me había
dejado persuadir durante mi juventud sin haber llegado a examinar si eran
verdaderos.
Aunque me percatase de la existencia de diversas dificultades
relacionadas con este proyecto, pensaba, sin embargo, que no eran insolubles
ni comparables con aquellas que surgen al intentar la reforma de pequeños
asuntos públicos. Estos grandes cuerpos políticos muy difícilmente
pueden ser erigidos de nuevo cuando ya han caído, muy difícilmente
pueden ser contenidos cuando han llegado a agrietarse y sus caídas
son necesariamente muy violentas. Además, en relación con sus
imperfecciones, si las tienen, como la sola diversidad que entre ellos existe
es suficiente para asegurar que bastantes las tienen, han sido sin duda alguna
muy mitigadas por el uso; es más, por tal medio se han evitado o corregido
de modo gradual muchas a las que no se atendería de forma tan adecuada
mediante la prudencia humana. Finalmente, estas imperfecciones son casi siempre
más soportables para un pueblo habituado a ellas que lo que sería
su cambio; acontece con esto lo mismo que con los caminos reales: serpean
entre las montañas y poco a poco llegan a estar tan lisos y a ser
tan cómodos a fuerza de ser utilizados que es mucho mejor transitar
por ellos que intentar seguir el camino más recto, escalando rocas
y descendiendo hasta los precipicios.
Por ello no aprobaría en forma alguna esos caracteres
ligeros e inquietos que no cesan de idear constantemente alguna nueva reforma
cuando no han sido llamados a la administración de los asuntos públicos
ni por su nacimiento ni por su posición social.
Y si llegara a pensar que hubo la menor razón en este
escrito por la que se me pudo suponer partidario de esta locura, estaría
muy enojado porque hubiese sido publicado.
Mi deseo nunca ha ido más lejos del intento de reformar
mis propias opiniones y de construir sobre un cimiento enteramente personal.
Y si mi trabajo me ha llegado a complacer bastante, al ofrecer aquí
el ejemplo del mismo, no pretendo aconsejar a nadie que lo imite. Aquellos
a los que Dios ha distinguido con sus dones podrán tener proyectos
más elevados, pero me temo, no obstante, que éste resulte demasiado
osado para muchos. La resolución de liberarse de todas las opiniones
anteriormente integradas dentro de nuestra creencia, no es una labor que
deba ser acometida por cada hombre.
Por el contrario, el mundo parece estar compuesto principalmente
de dos tipos de personas para las cuales tal propósito no es adecuado
en modo alguno. Por una parte, aquellos que estimándose más
capacitados de lo que en realidad son, no pueden impedir la precipitación
en sus juicios ni logran concederse el tiempo necesario para conducir ordenadamente
sus pensamientos. Como consecuencia de tal efecto, si en alguna ocasión
se toman la libertad de dudar de los principios que han recibido, aportándose
de la senda común, jamás llegarán a encontrar el sendero
necesario para avanzar más recto, permaneciendo en el error durante
toda su vida. Por otra parte están aquellos que, teniendo la suficiente
razón o modestia para apreciar que son menos capaces de distinguir
lo verdadero de lo falso que otros hombres por los que pueden ser instruidos,
deben más bien contentarse con seguir las opiniones de éstos
que intentar alcanzar por sí mismo otras mejores.
Sin duda alguna habría sido uno de estos últimos
si no hubiera conocido más que un solo maestro o no hubiera tenido
noticia de las diferencias que siempre han existido entre las opiniones de
los más doctos. Pero habiendo conocido desde el colegio que no podría
imaginarse algo tan extraño y poco comprensible que no haya sido dicho
por alguno de los filósofos; habiendo tenido noticia por mis viajes
de que todos aquellos cuyos sentimientos son muy contrarios a los nuestros,
no por ello deben ser juzgados como bárbaros o salvajes, sino que
muchos de entre ellos usan la razón tan adecuadamente o mejor que
nosotros; habiendo reflexionado sobre cuán diferente llegaría
a ser un hombre que con su mismo ingenio fuese criado desde su infancia entre
franceses o alemanes en vez de haberlo sido entre chinos o caníbales
y sobre cómo hasta en las modas de nuestros trajes observamos que
lo que nos ha gustado hace diez años y acaso vuelva a producirnos
agrado dentro de otros diez, puede, sin embargo, parecernos ridículo
y extravagante en el momento presente, de modo que más parece que
son la costumbre y el ejemplo lo que nos persuaden y no conocimiento alguno
cierto; habiendo considerado finalmente que la pluralidad de votos no vale
en absoluta para decidir sobre la verdad de cuestiones controvertibles, pues
más verosímil es que sólo un hombre las descubra que
todo un pueblo, no podía escoger persona cuyas opiniones me pareciesen
que debían ser preferidas a las de otra y me encontraba por todo ello
obligado a emprender por mí mismo la tarea de conducirme.
Pero al igual que un hombre que camina solo y en la oscuridad,
tomé la resolución de avanzar tan lentamente y de usar tal circunspección
en todas las cosas que aunque avanzase muy poco, al menos me cuidaría
al máximo de caer.
Por otra parte, no quise comenzar a rechazar por completo
algunas de las opiniones que hubiesen podido deslizarse durante otra etapa
de mi vida en mis creencias sin haber sido asimiladas en virtud de la razón,
hasta que no hubiese empleado el tiempo suficiente para completar el proyecto
emprendido e indagar el verdadero método con el fin de conseguir el
conocimiento de todas las cosas de las que mi espíritu fuera capaz.
Había estudiado un poco, siendo más joven, la
lógica entre las partes de la filosofía; de las matemáticas,
el análisis de los geómetras y el álgebra. Tres artes
o ciencias que debían contribuir en algo a mi propósito. Pero
habiéndolas examinado, me percaté de que en relación
con la lógica, sus silogismos y la mayor parte de sus reglas sirven
más para explicar a otro cuestiones ya conocidas, o también,
como sucede con el arte de Lulio, para hablar sin juicio de aquellas que se
ignoran que para llegar a conocerlas. Y si bien la lógica contiene
muchos preceptos verdaderos y muy adecuados, hay, sin embargo, mezclados con
éstos otros muchos que o bien son perjudiciales o bien superfluos,
de modo que es tan difícil separarlos como sacar una Diana o una Minerva
de un bloque de mármol aún no trabajado.
Igualmente, en relación con el análisis de
los antiguos o el álgebra de los modernos, además de que no
se refieren sino a muy abstractas materias que parecen carecer de todo uso,
el primero está tan circunscrito a la consideración de las
figuras que no permite ejercer el entendimiento sin fatigar excesivamente
la imaginación. La segunda está tan sometida a cierta reglas
y cifras que se ha convertido en un arte confuso y oscuro capaz de distorsionar
el ingenio en vez de ser una ciencia que favorezca su desarrollo.
Todo esto fue la causa por la que pensaba que era preciso
indagar otro método que, asimilando las ventajas de estos tres, estuviera
exento de sus defectos. Y como la multiplicidad de leyes frecuentemente sirve
de excusa para los vicios de tal forma que un Estado está mejor regido
cuando no existen más que unas pocas leyes que son minuciosamente
observadas, de la misma forma, en lugar del gran número de preceptos
del cual está compuesta la lógica, estimé que tendría
suficiente con los cuatro siguientes con tal de que tomase la firme y constante
resolución de no incumplir ni una sola vez su observancia.
El primero consistía en no admitir cosa alguna como
verdadera si no se la había conocido evidentemente como tal. Es decir,
con todo cuidado debía evitar la precipitación y la prevención,
admitiendo exclusivamente en mis juicios aquello que se presentara tan clara
y distintamente a mi espíritu que no tuviera motivo alguno para ponerlo
en duda.
El segundo exigía que dividiese cada una de las dificultades
a examinar en tantas parcelas como fuera posible y necesario para resolverlas
más fácilmente.
El tercero requería conducir por orden mis reflexiones
comenzando por los objetos más simples y más fácilmente
cognoscibles, para ascender poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento
de los más complejos, suponiendo inclusive un orden entre aquellos
que no se preceden naturalmente los unos a los otros.
Según el último de estos preceptos debería
realizar recuentos tan completos y revisiones tan amplias que pudiese estar
seguro de no omitir nada.
Las largas cadenas de razones simples y fáciles, por
medio de las cuales generalmente los geómetras llegan a alcanzar las
demostraciones más difíciles, me habían proporcionado
la ocasión de imaginar que todas las cosas que pueden ser objeto del
conocimiento de los hombres se entrelazan de igual forma y que, absteniéndose
de admitir como verdadera alguna que no lo sea y guardando siempre el orden
necesario para deducir unas de otras, no puede haber algunas tan alejadas
de nuestro conocimiento que no podamos, finalmente, conocer ni tan ocultas
que no podamos llegar a descubrir.
No supuso para mí una gran dificultad el decidir por
cuáles era necesario iniciar el estudio: previamente sabía que
debía ser por las más simples y las más fácilmente
cognoscibles. Y considerando que entre todos aquellos que han intentado buscar
la verdad en el campo de las ciencias, solamente los matemáticos han
establecido algunas demostraciones, es decir, algunas razones ciertas y evidentes,
no dudaba que debía comenzar por las mismas que ellos había
examinado. No esperaba alcanzar alguna utilidad si exceptuamos el que habituarían
mi ingenio a considerar atentamente la verdad y a no contentarse con falsas
razones. Pero, por ello, no llegué a tener el deseo de conocer todas
las ciencias particulares que comúnmente se conocen como matemáticas,
pues viendo que aunque sus objetos son diferentes, sin embargo, no dejan
de tener en común el que no consideran otra cosa, sino las diversas
relaciones y posibles proporciones que entre los mismos se dan, pensaba que
poseía un mayor interés que examinase solamente las proporciones
en general y en relación con aquellos temas que servirían para
hacer más cómodo el conocimiento. Es más, sin vincularlas
en forma alguna a ellos para poder aplicarlas tanto mejor a todos aquellos
que conviniera. Posteriormente, habiendo advertido que para analizar tales
proporciones tendría necesidad en alguna ocasión de considerar
a cada una en particular y en otras ocasiones solamente debería retener
o comprender varias conjuntamente en mi memoria, opinaba que para mejor analizarlas
en particular, debía suponer que se daban entre líneas puesto
que no encontraba nada más simple ni que pudiera representar con mayor
distinción ante mi imaginación y sentidos; pero para retener
o considerar varias conjuntamente, era preciso que diera a conocer mediante
algunas cifras, los más breves que fuera posible. Por este medio recogería
lo mejor que se da en el análisis geométrico y en el álgebra,
corrigiendo, a la vez, los defectos de una mediante los procedimientos de
la otra.
Y como, en efecto, la exacta observancia de estos escasos
preceptos que había escogido, me proporcionó tal facilidad para
resolver todas las cuestiones, tratadas por estas dos ciencias, que en dos
o tres meses que empleé en su examen, habiendo comenzado por las más
simples y más generales, siendo, a la vez, cada verdad que encontraba
una regla útil con vistas a alcanzar otras verdades, no solamente
llegué a concluir el análisis de cuestiones que en otra ocasión
había juzgado de gran dificultad, sino que también me pareció,
cuando concluía este trabajo, que podía determinar en tales
cuestiones por qué medios y hasta dónde era posible alcanzar
soluciones de lo que ignoraba.
En lo cual no pareceré ser excesivamente vanidoso si
se considera que no habiendo más que un conocimiento verdadero de
cada cosa, aquel que lo posee conoce cuanto se puede saber. Así un
niño instruido en aritmética, habiendo realizado una suma según
las reglas pertinentes puede estar seguro de haber alcanzado todo aquello
de que es capaz el ingenio humano en lo relacionado con la suma que él
examina.
Pues el método que nos enseña a seguir el verdadero
orden y a enumerar exactamente todas las circunstancias de lo que se investiga,
contiene todo lo que confiere certeza a las reglas de la Aritmética.
Pero lo que me producía más agrado de este método
era que siguiéndolo estaba seguro de utilizar en todo mi razón,
si no de un modo absolutamente perfecto, al menos de la mejor forma que me
fue posible. Por otra parte, me daba cuenta de que la práctica del
mismo habituaba progresivamente mi ingenio a concebir de forma más
clara y distinta sus objetos y puesto que no lo había limitado a materia
alguna en particular, me prometía aplicarlo con igual utilidad a dificultades
propias de otras ciencias al igual que lo había realizado con las
del Álgebra. Con esto no quiero decir que pretendiese examinar todas
aquellas dificultades que se presentasen en un primer momento, pues esto
hubiera sido contrario al orden que el método prescribe. Pero habiéndome
prevenido de que sus principios deberían estar tomados de la filosofía,
en la cual no encontraba alguno cierto, pensaba que era necesario ante todo
que tratase de establecerlos. Y puesto que era lo más importante en
el mundo y se trataba de un tema en el que la precipitación y la prevención
eran los defectos que más se debían temer, juzgué que
no debía intentar tal tarea hasta que no tuviese una madurez superior
a la que se posee a los veintitrés años, que era mi edad, y
hasta que no hubiese empleado con anterioridad mucho tiempo en prepararme,
tanto desarraigando de mi espíritu todas las malas opiniones y realizando
un acopio de experiencias que deberían constituir la materia de mis
razonamientos, como ejercitándome siempre en el método que
me había prescrito con el fin de afianzarme en su uso cada vez más.
Descartes, Discurso del método (segunda parte). Alfaguara, Madrid.
Descartes, Discurso del método, cuarta parte.
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