JEAN-JACQUES ROUSSEAU
TEXTO 1
Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres
Prefacio
El conocimiento del hombre me parece el más útil y el menos adelantado de todos los conocimientos humanos, y me atrevo a decir que la inscripción del templo de Delfos contenía por sí sola un precepto más importante y más difícil que todos los gruesos volúmenes de los moralistas. Así, considero que el asunto de este Discurso es una de las cuestiones más interesantes que la Filosofía pueda proponer a la meditación y, por desgraciada para nosotros, uno de los problemas más espinosos que hayan de resolver los filósofos; porque ¿cómo conocer el origen de la desigualdad entre los hombres si no se empieza por conocer a los hombres mismos? ¿Y cómo podrá llegar el hombre a verse tal como lo ha formado la naturaleza, a través de todos los cambios que la sucesión de los tiempos y de las cosas ha debido producir en su constitución original, y a distinguir su propio fondo de lo que las circunstancias y sus progresos han cambiado o añadido a su estado primitivo?
Semejante a la estatua de Glaucos, que el tiempo, el mar y las tempestades habían desfigurado de tal modo que se parecía menos a un dios que a una bestia salvaje, el alma humana, modificada en el seno de la sociedad por mil causas que renacen sin cesar, por la adquisición de una multitud de conocimientos y de errores, por las transformaciones ocurridas en la constitución de los cuerpos y por el continuo choque de las pasiones, ha cambiado, por así decir, de apariencia, hasta tal punto que apenas puede ser reconocida; y en lugar de un ser que obra siempre conforme a principios ciertos e invariables, en lugar de la celestial y majestuosa simplicidad de que la había dotado su Autor, ya sólo se encuentra el disforme contraste de la pasión que cree razonar y del entendimiento en delirio.
Pero más cruel aún es que todos los progresos de la especie humana le alejan sin cesar del estado primitivo; cuantos más conocimientos nuevos acumulamos, más nos privamos de los medios de adquirir el más importante de todos; y es que, en cierto sentido, a fuerza de estudiar al hombre nos hemos colocado al margen de la posibilidad de conocerlo.
Échase de ver fácilmente que en estos cambios de la constitución humana es donde se debe buscar el primer origen de las diferencias que separan a los hombres, los cuales, por común testimonio, son naturalmente tan iguales entre sí como lo eran los animales de cada especie antes de que diferentes causas físicas introdujeran en algunas las variaciones que en ellas observamos. No es concebible, en efecto, que esos primeros cambios, de cualquier modo que hayan ocurrido, hayan mudado a la vez y de semejante manera a todos los individuos de la especie, sino que, habiéndose perfeccionado o degenerado unos, y habiendo adquirido cualidades diversas, buenas o malas, que no eran inherentes a su naturaleza, los otros permanecieron más tiempo en su estado original; y tal fue entre los hombres la fuente primera de la desigualdad, que es mucho más fácil demostrarlo así, en general, que señalar con precisión las verdaderas causas.
No piensen por esto mis lectores que me envanezco de haber visto lo que me parece tan difícil de ver. Yo he comenzado algunos razonamientos, he aventurado algunas conjeturas, pero menos con la esperanza de resolver la cuestión que con la intención de aclararla y reducirla a su verdadero estado. Otros podrán luego ir más lejos por el mismo camino, sin que a nadie le sea fácil llegar a su término; pues no es ligera empresa distinguir lo originario de lo artificial en la naturaleza actual del ser humano, y conocer bien su estado, que no existe ya, que acaso no ha existido, que probablemente no existirá nunca, mas del cual es necesario, sin embargo, tener justas nociones para juzgar con acierto nuestro estado presente.
Haría falta más filosofía de lo que se piensa a quien emprendiera la tarea de determinar con exactitud las precauciones necesarias para hacer sólidas observaciones sobre este asunto; y no me parecería indigna de los Aristóteles y Plinios de nuestro siglo una buena solución del problema siguiente: ¿Qué experiencias serían necesarias para llegar a conocer al hombre natural, y cuáles son los medios de hacer estas experiencias en el seno de la sociedad? Lejos de emprender la solución de este problema, me atrevo a responder por anticipado, después de haber meditado bastante sobre esta cuestión, que ni los más grandes filósofos serán capaces de dirigir esas experiencias, ni los más poderosos soberanos podrán ponerlas en práctica, concurso que, por otra parte, no es razonable esperar, sobre todo con la perseverancia o, más bien, con la continuidad de inteligencia y de buena voluntad necesaria de una y otra parte para asegurar el éxito.
Estas investigaciones, tan difíciles de hacer y en las cuales tan poco se ha pensado hasta ahora, son, sin embargo, los únicos medios que nos quedan para resolver una multitud de dificultades que nos impiden el conocimiento de los fundamentos reales de la sociedad humana. Esta ignorancia de la naturaleza del hombre es lo que produce tanta incertidumbre y obscuridad sobre la verdadera definición del derecho natural, pues la idea del derecho, dice Burlamaqui, y más aún la del derecho natural, están manifiestamente relacionadas con la naturaleza del hombre. Por consiguiente, continúa, de esta misma naturaleza humana, de su constitución y de su estado es necesario deducir los principios de esa ciencia.
No sin sorpresa y escándalo se observa el desacuerdo que reina sobre esta importante materia entre los diversos autores que de ella han tratado. Entre los escritores más serios, apenas si se encuentran dos que sostengan la misma opinión sobre este punto. Sin hablar de los filósofos antiguos, que parece se empeñaron en la tarea de contradecirse unos a otros sobre los principios más fundamentales, los jurisconsultos romanos someten el hombre y los demás animales a la misma ley natural, sin hacer distinciones, porque bajo ese nombre consideran la ley que la naturaleza se impone a sí misma y no la prescrita por ella, o más bien a causa de la particular acepción con que esos jurisconsultos interpretan la palabra "ley", como expresión, según parece, de las relaciones generales establecidas por la naturaleza entre todos los seres animados para su conservación.
Los modernos, reconociendo sólo bajo el nombre de ley una regla prescrita a un ser moral, es decir, inteligente, libre y considerado en sus relaciones con otros seres semejantes, limitan por ello la competencia de la ley natural al animal dotado de razón, es decir, al hombre. Pero como cada uno define esta ley a su modo y la fundamenta sobre principios metafísicos, ocurre que, aun entre nosotros, muy pocos se hallan en disposición de comprender esos principios, porque no pueden encontrarlos por sí mismos. De suerte que todas las definiciones de esos hombres sabios, por otra parte en perenne contradicción recíproca, convienen sólo en una cosa: que es imposible comprender la ley natural y, por consiguiente, obedecerla, sin ser un profundo metafísico y tener una gran capacidad de razonamiento; lo cual significa precisamente que los hombres han debido emplear para la constitución de la sociedad conocimientos que se desarrollan de forma laboriosa y entre pocas personas en el seno de la sociedad misma.
Conociendo tan poco la naturaleza y discrepando de tal modo sobre el sentido de la palabra "ley", difícil sería convenir en una buena definición de la ley natural. He aquí por qué las definiciones que se hallan en los libros, además no ser uniformes, tienen el defecto de haber sido deducidas de diversos conocimientos que los hombres no poseen de forma natural y de una superioridad que no han podido concebir sino después de haber salido del estado natural. Se comienza por buscar las reglas que, por la utilidad común, serían buenas para que los hombres las reconociesen como tales, y al conjunto de estas reglas se denomina "ley natural", sin otra prueba que el bien que resultaría, se supone, de su aplicación universal. He aquí un sistema muy cómodo para componer definiciones y para explicar la naturaleza de las cosas por conveniencias casi arbitrarias.
Pero en tanto no conozcamos al hombre natural, es vano que pretendamos determinar la ley que ha recibido o la que mejor conviene a su estado. Lo único que podemos ver con claridad a propósito de esta ley es que, para que sea ley, no sólo es necesario que la voluntad de aquel a quien obliga pueda someterse con conocimiento, sino que, además, es preciso, para que sea ley natural, que hable sin intermediarios por la voz de la naturaleza.
Dejando, pues, todos los libros científicos, que sólo nos enseñan a ver a los hombres tal como ellos se han ido formando, y meditando sobre las primeras y las más simples operaciones del alma humana, creo advertir dos principios anteriores a la razón: uno de ellos nos empuja intensamente a buscar nuestro bienestar y el otro nos inspira una repugnancia natural si vemos sufrir o perecer a cualquier ser sensible, en especial a nuestros semejantes. Del concurso y de la combinación que nuestro espíritu sepa hacer de esos dos principios, sin que sea necesario añadir el de la sociabilidad, me parece que se derivan todas las reglas del derecho natural, reglas que la razón se ve obligada a establecer sobre otros fundamentos cuando ha llegado, por sucesivos desarrollos, a sofocar la naturaleza.
De este modo, no es necesario hacer del ser humano un filósofo antes de hacer de él un hombre. Sus deberes hacia sus semejantes no le son dictados sólo por las tardías lecciones de la sabiduría, y mientras no resista a los íntimos impulsos de la conmiseración, nunca hará mal alguno a otro hombre, ni siquiera a cualquier ser sensible, salvo en el caso legítimo en que, hallándose comprometida su propia conservación, se vea forzado a darse a sí mismo la preferencia. De esta manera se acaban las antiguas controversias sobre la participación de los animales en la ley natural; pues es claro que, estando privados de entendimiento y de libertad, no pueden reconocer esta ley; por otra parte, como participan en cierto modo de nuestra naturaleza por la sensibilidad de que se hallan dotados, hay que pensar que también deben participar del derecho natural y que el hombre tiene hacia ellos algún tipo de obligaciones. Parece, en efecto, que si estoy obligado a no hacer ningún mal a mis semejantes, es menos por su condición de ser razonable que por su cualidad de ser sensible, cualidad que, siendo común al animal y al hombre, debe al menos darle a aquél el derecho de no ser maltratado inútilmente por éste.
Este mismo estudio del hombre original, de sus necesidades verdaderas y de los principios fundamentales de sus deberes, es el único medio adecuado para resolver esa multitud de dificultades que se presentan sobre el origen de la desigualdad moral, sobre los verdaderos fundamentos del cuerpo político, sobre los derechos recíprocos de sus miembros y sobre otras mil cuestiones parecidas, tan importantes como mal aclaradas.
Si consideramos la sociedad humana con una mirada tranquila y desinteresada, al principio parece que sólo presenta la violencia de los fuertes y la opresión de los débiles. El espíritu se subleva contra la dureza de los unos o deplora la ceguedad de los otros; y como nada hay de tan poca estabilidad entre los hombres como esas relaciones exteriores llamadas debilidad o poderío, riqueza o pobreza, producidas con más frecuencia por el azar que por la sabiduría, las instituciones humanas parecen, a primera vista, estar fundadas sobre montones de arena movediza; sólo si las examinamos de cerca, después de haber apartado el polvo y la arena que rodean el edificio, se advierte la base indestructible sobre que se alzan y apréndese a respetar sus fundamentos. Ahora bien; sin un serio estudio del ser humano, de sus facultades naturales y de sus desarrollos sucesivos, no le llegará nunca a hacer esa diferenciación y a distinguir, en el actual estado de las cosas, lo que ha hecho la voluntad divina y lo que el arte humano ha pretendido hacer.
Las investigaciones políticas y morales a que da ocasión la importante cuestión que yo examino son útiles de cualquier modo, y la historia hipotética de los gobiernos es para el hombre una lección instructiva bajo todos conceptos. Considerando lo que habríamos llegado a ser si hubiéramos quedado abandonados a nosotros mismos, debemos aprender a bendecir a aquel cuya mano bienhechora, corrigiendo nuestras instituciones y dándoles un fundamento indestructible, ha prevenido los desórdenes que habrían de resultar y hecho nacer nuestra felicidad de los mismos medios que, según parecía, iban a colmar nuestra miseria.
Introducción
Voy a hablar del hombre, y el asunto que examino me indica que voy a hablar a los hombres; mas no se proponen cuestiones semejantes cuando se teme honrar la verdad. Defenderé, pues, de manera confiada la causa de la humanidad ante los sabios que me invitan, y no quedaré descontento de mí mismo si consigo ser digno de mi propósito y de mis jueces.
Considero en la especie humana dos clases de desigualdades: una, que yo llamo natural o física, porque ha sido instituida por la naturaleza, y que consiste en las diferencias de edad, de salud, de las fuerzas del cuerpo y de las cualidades del espíritu o del alma; otra, que puede llamarse desigualdad moral o política, porque depende de una especie de convención y porque ha sido establecida, o al menos autorizada, con el consentimiento de los hombres. Ésta consiste en los diferentes privilegios de que algunos disfrutan en perjuicio de otros, como el ser más ricos, más respetados, más poderosos, y hasta el hacerse obedecer.
No puede preguntarse cuál es la fuente de la desigualdad natural, porque la respuesta se encontraría enunciada ya en la simple definición de la palabra. Menos aún puede buscarse si no habría algún enlace esencial entre una y otra desigualdad, pues esto equivaldría a preguntar en otros términos si los que mandan son mejores por necesidad que los que obedecen, y si la fuerza del cuerpo o del espíritu, la sabiduría o la virtud, se hallan siempre en los mismos individuos en proporción con su poder o su riqueza; cuestión a propósito quizá para ser discutida entre esclavos en presencia de sus amos, pero que no conviene a hombres razonables y libres que buscan la verdad.
¿De qué trata, pues, en concreto este Discurso? De señalar en el progreso de las cosas el momento en que, sucediendo el derecho a la violencia, la naturaleza quedó sometida a la ley; de explicar por qué encadenamiento de prodigios pudo el fuerte decidirse a servir al débil y el pueblo a comprar un reposo quimérico al precio de una felicidad real.
Todos los filósofos que han examinado los fundamentos de la sociedad han comprendido que es necesario retrotraer la investigación al estado de naturaleza, pero ninguno de ellos ha llegado hasta ahí. Unos no han titubeado en suponer en el hombre en tal estado la noción de justo e injusto, sin cuidarse de probar que pudiera haber existido esa noción, ni aun que lo fuera útil. Otros han hablado del derecho natural que tiene cada cual de conservar lo que le pertenece, sin explicar qué entendían por pertenecer. Otros, atribuyendo primero al más fuerte la autoridad sobre el más débil, han hecho nacer en seguida el gobierno, sin pensar en el tiempo que debió transcurrir antes de que el sentido de las palabras "autoridad" y "gobierno" pudiera existir entre los hombres. Todos, en fin, hablando sin cesar de necesidad, de codicia, de opresión, de deseo y de orgullo, han transferido al estado de naturaleza ideas tomadas de la sociedad: hablaban del hombre salvaje, y describían al hombre civil.
No ha despuntado siquiera en el espíritu de la mayor parte de nuestros filósofos la duda de que hubiera existido el estado natural, cuando es evidente, por la lectura de los libros sagrados, que el primer hombre, habiendo recibido directamente de Dios reglas y entendimiento, no se hallaba por consiguiente en ese estado, y que, concediéndose a las escrituras de Moisés la fe que les debe todo filósofo cristiano, debe negarse que, aun antes del diluvio, se hayan encontrado nunca los hombres en el puro estado natural, a menos que no hubiesen recaído en él, paradoja muy difícil de defender e imposible de probar por completo.
Empecemos, pues, por rechazar todos los hechos, dado que no se relacionan con la cuestión. No hay que tomar por verdades históricas las investigaciones que puedan emprenderse sobre este asunto, sino sólo como razonamientos hipotéticos y condicionales, más adecuados para esclarecer la naturaleza de las cosas que para demostrar su verdadero origen, y parecidos a los que hacen a diario nuestros físicos sobre la formación del mundo. La religión nos ordena creer que, habiendo Dios mismo sacado a los hombres del estado natural inmediatamente después de la creación, son desiguales porque Él ha querido que lo fuesen; pero no nos prohíbe hacer conjeturas derivadas sólo de la naturaleza del hombre y de los animales que lo rodean acerca de lo que habría sido del género humano si hubiera quedado abandonado a sí mismo. He aquí lo que se me pide y lo que yo me propongo examinar en este Discurso. Como esta materia abarca al hombre en general, intentaré emplear un lenguaje adecuado para todas las naciones, o mejor, olvidando los tiempos y los lugares, para pensar tan sólo en los hombres a quienes hablo, supondré hallarme en el Liceo de Atenas, repitiendo las lecciones de mis maestros, teniendo por jueces a los Platones y Jenócrates, y al género humano por auditorio.
¡Oh tú, hombre, de cualquier país que seas, cualesquiera que sean tus opiniones, escucha! He aquí tu historia tal como he creído leerla, no en los libros de tus semejantes, que son mendaces, sino en la naturaleza, que jamás miente. Todo lo que provenga de ella será verdadero; sólo será falso lo que yo haya puesto de mi parte inadvertidamente. Los tiempos de que voy a hablar están muy lejos ya. ¡Cuánto has cambiado! Por así decir, es la vida de tu especie la que voy a describirte, según las cualidades que has recibido, que tu educación y tus costumbres han podido viciar pero no han podido destruir. Hay, yo lo comprendo, una edad en la cual quisiera detenerse el hombre individual; tú buscarás la edad en que desearías se hubiese detenido tu especie. Disgustado de tu estado presente por razones que anuncian a tu posteridad desdichada desazones mayores todavía, tal vez desearías poder retroceder; este sentimiento debe servir de elogio a tus primeros antepasados, de crítica a tus contemporáneos, de espanto para aquellos que tengan la desgracia de vivir después que tú.
(Jean-Jacques Rousseau, Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres)
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