Texto 1A
Crítica de la razón pura.
Prólogo a la segunda edición (A)
Si la elaboración de los conocimientos que pertenecen
a la obra de la razón, lleva o no la marcha segura de una ciencia,
es cosa que puede pronto juzgarse por el éxito. Cuando tras de numerosos
preparativos y arreglos, la razón tropieza, en el momento mismo
de llegar a su fin o cuando, para alcanzar éste, tiene que volver
atrás una y otra vez y emprender un nuevo camino; asimismo, cuando
no es posible poner de acuerdo a los diferentes colaboradores sobre la
manera cómo se ha de perseguir el propósito común,
entonces puede tenerse siempre la convicción de que un estudio semejante
está muy lejos de haber emprendido la marcha segura de una ciencia
y de que, por el contrario, es más bien un mero tanteo. Y es ya
un mérito de la razón el descubrir, en lo posible, ese camino,
aunque haya que renunciar, por vano, a mucho de lo que estaba contenido
en el fin que se había tomado antes sin reflexión.
Que la lógica ha llevado ya esa marcha segura
desde los tiempos más remotos puede colegirse por el hecho de que,
desde Aristóteles, no ha tenido que dar un paso atrás, a
no ser que se cuenten como correcciones la supresión de algunas
sutilezas inútiles o la determinación más clara de
lo expuesto, cosa empero que pertenece más a la elegancia que a
la certeza de la ciencia. Notable es también en ella el que tampoco
hasta ahora hoy ha podido dar un paso adelante. Así pues, según
toda apariencia, hállase conclusa y perfecta. Pues si algunos modernos
han pensado ampliarla introduciendo capítulos, ya psicológicos
sobre las distintas facultades de conocimiento (la imaginación,
el ingenio), ya metafísicos sobre el origen del conocimiento o la
especie diversa de certeza según la diversidad de los objetos (el
idealismo, escepticismo, etc.), ya antropológicos sobre los prejuicios
(sus causas y sus remedios), ello proviene de que desconocen la naturaleza
peculiar de esa ciencia. No es aumentar sino desconcertar las ciencias
el confundir los límites de unas y otras. El límite de la
lógica, empero, queda determinado con entera exactitud, cuando se
dice que es una ciencia que no expone al detalle y demuestra estrictamente
más que las reglas formales de todo pensar (sea éste a
priori o empírico, tenga el origen o el objeto que quiera, encuentre
en nuestro ánimo obstáculos contingentes o naturales).
Si la lógica ha tenido tan buen éxito,
debe esta ventaja sólo a su carácter limitado, que la autoriza
y hasta la obliga a hacer abstracción de todos los objetos del conocimiento
y su diferencia. En ella, por tanto, el entendimiento no tiene que habérselas
más que consigo mismo y su forma. Mucho más difícil
tenía que ser, naturalmente, para la razón, el emprender
el camino seguro de la ciencia, habiendo de ocuparse no sólo de
sí misma, sino de objetos. Por eso la lógica, como propedéutica,
constituye sólo, por decirlo así, el vestíbulo de
las ciencias y, cuando se habla de conocimiento, se supone ciertamente
una lógica para el juicio de los mismos, pero su adquisición
ha de buscarse en las propias y objetivamente llamadas ciencias.
Ahora bien, por cuanto en éstas ha de haber razón,
es preciso que en ellas algo sea conocido a priori, y su conocimiento puede
referirse al objeto de dos maneras: o bien para determinar simplemente
el objeto y su concepto (que tiene que ser dado por otra parte) o también
para hacerlo efectivo. El primero es conocimiento teórico; el segundo,
conocimiento práctico de la razón. La parte pura de ambos,
contenga mucho o contenga poco, es decir, la parte en donde la razón
determina su objeto completamente a priori, tiene que ser primero
expuesta sola, sin mezclarse lo que procede de otras fuentes; pues administra
mal quien gasta ciegamente los ingresos, sin poder distinguir luego, en
los apuros, qué parte de los ingresos puede soportar el gasto y
qué otra parte hay que librar de él.
La matemática y la física son los dos conocimientos
teóricos de la razón que deben determinar sus objetos a
priori; la primera, con entera pureza; la segunda, con pureza al menos
parcial, pero entonces según la medida de otras fuentes cognoscitivas
que las de la razón.
La matemática ha marchado por el camino seguro
de una ciencia, desde los tiempos más remotos que alcanzan la historia
de la razón humana, en el admirable pueblo griego. Mas no hay que
pensar que le haya sido tan fácil como a la lógica, en donde
la razón no tiene que habérselas más que consigo misma,
encontrar, o mejor dicho, abrirse ese camino real; más bien creo
que ha permanecido durante largo tiempo en meros tanteos (sobre todo entre
los egipcios) y que ese cambio es de atribuir a una revolución,
que la feliz ocurrencia de un solo hombre llevó a cabo, en un ensayo,
a partir del cual, el carril que había de tomarse ya no podía
fallar y la marcha segura de una ciencia quedaba para todo tiempo y en
infinita lejanía, emprendida y señalada. La historia de esa
revolución del pensamiento, mucho más importante que el descubrimiento
del camino para doblar el célebre cabo, y la del afortunado que
la llevó a bien, no nos ha sido conservada. Sin embargo, la leyenda
que nos transmite Diógenes Laercio, quien nombra al supuesto descubridor
de los elementos mínimos de las demostraciones geométricas,
elementos, que según el juicio común, no necesitan siquiera
de prueba, demuestra que el recuerdo del cambio efectuado por el primer
descubrimiento de este nuevo camino, debió de parecer extraordinariamente
importante a los matemáticos y por eso se hizo inolvidable. El primero
que demostró el triángulo isósceles (háyase
llamado Tales o como se quiera), percibió una luz nueva; pues encontró
que no tenía que inquirir lo que veía en la figura o aun
en el mero concepto de ella y, por decirlo así, aprender de ella
sus propiedades, sino que tenía que producirla, por medio de lo
que, según conceptos, él mismo había pensado y expuesto
en ella a priori (por construcción), y que para saber seguramente
algo a priori, no debía atribuir nada a la cosa, a no ser
lo que se sigue necesariamente de aquello que él mismo, conformemente
a su concepto, hubiese puesto en ella.
La física tardó mucho más tiempo
en encontrar el camino de la ciencia; pues no hace más que siglo
y medio que la propuesta del juicioso Bacon de Verulam ocasionó
en parte —o quizá más bien dio vida, pues ya se andaba tras
él— el descubrimiento, que puede igualmente explicarse por una rápida
revolución antecedente en el pensamiento. Voy a ocuparme aquí
de la física sólo en cuanto se funda sobre principios empíricos.
Cuando Galileo hizo rodar por el plano inclinado las
bolas cuyo peso había él mismo determinado; cuando Torricelli
hizo soportar al aire un peso que de antemano había pensado igual
al de una determinada columna de agua; cuando más tarde Stahl transformó
metales en cal y ésta a su vez en metal, sustrayéndoles y
devolviéndoles algo, entonces percibieron todos los físicos
una luz nueva. Comprendieron que la razón no conoce más que
lo que ella misma produce según su bosquejo; que debe adelantarse
con principios de juicios, según leyes constantes, y obligar a la
naturaleza a contestar a sus preguntas, no empero dejarse conducir como
con andadores; pues de otro modo, las observaciones contingentes, los hechos
sin ningún plan bosquejado de antemano, no pueden venir a conexión
en una ley necesaria, que es, sin embargo, lo que la razón busca
y necesita. La razón debe acudir a la naturaleza llevando en una
mano sus principios, según los cuales tan sólo los fenómenos
concordantes pueden tener el valor de leyes, y en la otra el experimento,
pensando según aquellos principios; así conseguirá
ser instruida por la naturaleza, mas no en calidad de discípulo
que escucha todo lo que el maestro quiere, sino en la de juez autorizado,
que obliga a los testigos a contestar a las preguntas que les hace. Y así,
la misma física debe tan provechosa revolución de su pensamiento
a la ocurrencia de buscar (no imaginar) en la naturaleza, conformemente
a lo que la razón misma ha puesto en ella, lo que ha de aprender
de ella y de lo cual por sí misma no sabría nada. Sólo
así ha logrado la física entrar en el camino seguro de una
ciencia, cuando durante tantos siglos no había sido más que
un mero tanteo.
La metafísica, conocimiento especulativo de la
razón, enteramente aislado, que se alza por encima de las enseñanzas
de la experiencia mediante meros conceptos (no como la matemática
mediante aplicación de los mismos a la intuición), y en
donde, por tanto, la razón debe ser su propio discípulo,
no ha tenido hasta ahora la fortuna de emprender la marcha segura de una
ciencia; a pesar de ser más vieja que todas las demás y a
pesar de que subsistiría aunque todas las demás tuvieran
que desaparecer enteramente sumidas en el abismo de una barbarie destructora.
Pues en ella tropieza la razón continuamente, incluso cuando quiere
conocer a priori (según pretende) aquellas leyes que la experiencia
más ordinaria confirma. En ella hay que deshacer mil veces el camino,
porque se encuentra que no conduce a donde se quiere; y en lo que se refiere
a la unanimidad de sus partidarios, tan lejos está aún de
ella, que más bien es un terreno que parece propiamente destinado
a que ellos ejerciten sus fuerzas en un torneo, en donde ningún
campeón ha podido nunca hacer la más mínima conquista
y fundar sobre su victoria una duradera posesión. No hay pues duda
alguna de que su método, hasta aquí, ha sido un mero tanteo
y, lo que es peor, un tanteo entre meros conceptos.
Ahora bien, ¿a qué obedece que no se haya
podido aún encontrar aquí un camino seguro de la ciencia?
¿Es acaso imposible? Mas ¿por qué la Naturaleza ha
introducido en nuestra razón la incansable tendencia a buscarlo
como uno de sus más importantes asuntos? Y aún más
¡cuán poco motivo tenemos para confiar en nuestra razón
si, en una de las partes más importantes de nuestro anhelo de saber,
no sólo nos abandona, sino que nos entretiene con ilusiones, para
acabar engañándonos! O bien, si sólo es que hasta
ahora se ha fallado la buena vía, ¿qué señales
nos permiten esperar que en una nueva investigación seremos más
felices que lo han sido otros antes?
Yo debiera creer que los ejemplos de la matemática
y de la física, ciencias que, por una revolución llevada
a cabo de una vez, han llegado a ser lo que ahora son, serían bastante
notables para hacernos reflexionar sobre la parte esencial de la transformación
del pensamiento que ha sido para ellas tan provechosa y se imitasen aquí
esos ejemplos, al menos como ensayo, en cuanto lo permite su analogía,
como conocimientos de razón, con la metafísica. Hasta ahora
se admitía que todo nuestro conocimiento tenía que regirse
por los objetos; pero todos los ensayos para decidir a priori algo
sobre éstos, mediante conceptos, por donde sería extendido
nuestro conocimiento, aniquilábanse en esa suposición. Ensáyese,
pues, una vez si no adelantaremos más en los problemas de la metafísica,
admitiendo que los objetos tienen que regirse por nuestro conocimiento,
lo cual concuerda ya mejor con la deseada posibilidad de un conocimiento
a
priori de dichos objetos, que establezca algo sobre ellos antes de
que nos sean dados. Ocurre con esto como con el primer pensamiento de Copérnico,
quien, no consiguiendo explicar bien los movimientos celestes si admitía
que la masa toda de las estrellas daba vueltas alrededor del espectador,
ensayó si no tendría mayor éxito haciendo al espectador
dar vueltas y dejando en cambio las estrellas inmóviles. En la metafísica
se puede hacer un ensayo semejante por lo que se refiere a la intuición
de los objetos. Si la intuición tuviera que regirse por la constitución
de los objetos, no comprendo cómo se pueda a priori saber
algo de ella. ¿Rígese empero el objeto (como objeto de los
sentidos) por la constitución de nuestra facultad de intuición?
Entonces puedo muy bien representarme esa posibilidad. Pero como no puedo
permanecer atenido a esas intuiciones, si han de llegar a ser conocimientos,
sino que tengo que referirlas, como representaciones, a algo como objeto,
y determinar éste mediante aquéllas, puedo por tanto: o bien
admitir que los conceptos, mediante los cuales llevo a cabo esta determinación,
se rigen también por el objeto y entonces caigo de nuevo en la misma
perplejidad sobre el modo como pueda saber a priori algo del él;
o bien admitir que los objetos, o lo que es lo mismo, la experiencia, en
donde tan sólo son ellos (como objetos dados) conocidos, se rige
por esos conceptos y entonces veo enseguida una explicación fácil;
porque la experiencia misma es un modo de conocimiento que exige entendimiento,
cuya regla debo suponer en mí, aún antes de que me sean dados
objetos, por lo tanto a priori, regla que se expresa en conceptos
a priori, por los que tienen pues que regirse necesariamente todos
los objetos de la experiencia y con los que tienen que concordar. En lo
que concierne a los objetos, en cuanto son pensados sólo por la
razón y necesariamente, pero sin poder (al menos tales como la razón
los piensa) ser dados en la experiencia, proporcionarán, según
esto, los ensayos de pensarlos (pues desde luego han de poderse pensar)
una magnífica comprobación de lo que admitimos como método
transformado del pensamiento, a saber: que no conocemos a priori
de las cosas más que lo que nosotros mismos ponemos en ellas.
Este ensayo tiene un éxito conforme al deseo y
promete a la metafísica, en su primera parte (es decir en la que
se ocupa de conceptos a priori, cuyos objetos correspondientes pueden
ser dados en la experiencia en conformidad con ellos), la marcha segura
de una ciencia. Pues según este cambio del modo de pensar, puede
explicarse muy bien la posibilidad de un conocimiento a priori y,
más aún, proveer de pruebas satisfactorias las leyes que
están a priori a la base de la naturaleza, como conjunto de los
objetos de la experiencia; ambas cosas eran imposibles según el
modo de proceder hasta ahora seguido. Pero de esta deducción de
nuestra facultad de conocer a priori, en la primera parte de la
metafísica, despréndese un resultado extraño y al
parecer muy desventajoso para el fin total de la misma, que ocupa la segunda
parte, y es a saber: que con esa facultad no podemos salir jamás
de los límites de una experiencia posible, cosa empero que es precisamente
el fin más importante de esa ciencia. Pero en esto justamente consiste
el experimento para comprobar la verdad del resultado de aquella primera
apreciación de nuestro conocimiento a priori de razón,
a saber: que éste se aplica sólo a los fenómenos y,
en cambio considera la cosa en sí misma, si bien efectivamente real
por sí, como desconocida para nosotros. Pues lo que nos impulsa
a ir necesariamente más allá de los límites de la
experiencia y de todos los fenómenos, es lo incondicionado, que
necesariamente y con pleno derecho pide la razón, en las cosas en
sí mismas, para todo condicionado, exigiendo así la serie
completa de las condiciones. Ahora bien, ¿encuéntrase que,
si admitimos que nuestro conocimiento de experiencia se rige por los objetos
como cosas en sí mismas, lo incondicionado no puede ser pensado
sin contradicción y que en cambio, desaparece la contradicción
si admitimos que nuestra representación de las cosas, como ellas
nos son dadas, no se rige por ellas como cosas en sí mismas, sino
que más bien estos efectos, como fenómenos, se rigen por
nuestro modo de representación? ¿Encuéntrase, por
consiguiente, que lo incondicionado ha de hallarse no en las cosas en cuanto
las conocemos (nos son dadas), pero sí en ellas en cuanto no las
conocemos, o sea como cosas en sí mismas? Pues entonces se muestra
que lo que al comienzo admitíamos sólo por vía de
ensayo, está fundado. Ahora bien, después de haber negado
a la razón especulativa todo progreso en ese campo de lo suprasensible,
quédanos por ensayar si ella no encuentra, en su conocimiento práctico,
datos para determinar aquel concepto trascendente de razón, aquel
concepto de lo incondicionado y, de esa manera, conformándose al
deseo de la metafísica, llegar más allá de los límites
de toda experiencia posible con nuestro conocimiento a priori, aunque
sólo en un sentido práctico. Con su proceder, la razón
especulativa nos ha proporcionado, por lo menos, sitio para semejante ampliación,
aunque haya tenido que dejarlo vacío, autorizándonos por
tanto, más aún, exigiéndonos ella misma que lo llenemos,
si podemos, con sus datos prácticos.
En ese ensayo de variar el proceder que ha seguido hasta
ahora la metafísica, emprendiendo con ella una completa revolución,
según los ejemplos de los geómetras y físicos, consiste
el asunto de esta crítica de la razón pura especulativa.
Es un tratado del método, no un sistema de la ciencia misma; pero
sin embargo, bosqueja el contorno todo de la ciencia, tanto en lo que se
refiere a sus límites, como también a su completa articulación
interior. Pues la razón pura especulativa tiene en sí esto
de peculiar, que puede y debe medir su propia facultad, según la
diferencia del modo como elige objetos para el pensar; que puede y debe
enumerar completamente los diversos modos de proponerse problemas y así
trazar el croquis entero de un sistema de metafísica. Porque, en
lo que a lo primero atañe, nada puede ser atribuido a los objetos
en el conocimiento a priori, sino lo que el sujeto pensante toma
de sí mismo; y, en lo que toca a lo segundo, es la razón
pura especulativa, con respecto a los principios del conocimiento, una
unidad totalmente separada, subsistente por sí, en la cual cada
uno de los miembros está, como en un cuerpo organizado, para todos
los demás, y todos para uno, y ningún principio puede ser
tomado con seguridad, en una relación, sin haberlo al mismo tiempo
investigado en la relación general con todo el uso puro de la razón.
Por eso tiene la metafísica una rara fortuna, de la que no participa
ninguna otra ciencia de razón que trate de objetos (pues la lógica
ocúpase sólo de la forma del pensamiento en general); y es
que si por medio de esta crítica queda encarrilada en la marcha
segura de una ciencia, puede comprender enteramente el campo de los conocimientos
a ella pertenecientes y terminar por tanto su obra, dejándola para
el uso de la posteridad, como una construcción completa; porque
no trata más que de principios y de las limitaciones de su uso,
que son determinadas por aquellos mismos. A esta integridad está
pues obligada como ciencia fundamental, y de ella debe poder decirse:
nil actum reputans, si quid superesset agendum.
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