Conocimiento.html
HABERMAS
Conocimiento e interés
I
Durante el semestre de verano de 1802, pronunció Schelling
en Jena sus lecciones sobre el método del estudio académico.
Enfáticamente renovó, en el lenguaje del idealismo alemán,
aquel concepto de teoría que, desde sus comienzos, había
determinado la tradición de la gran filosofía. ģEl horror
a la especulación, el ostensible abandono de lo teórico por
lo meramente práctico produce necesariamente en el obrar la misma
banalidad que en el saber. El estudio de una filosofía rigurosamente
teórica nos familiariza del modo más inmediato con ideas,
y solamente las ideas prestan al obrar impronta y significado moral.ī Sólo
puede orientar verazmente en el obrar el conocimiento que se ha liberado
de los meros intereses y se ha instalado en las ideas, adoptando cabalmente
una actitud teórica.
La palabra ģteoríaī se remonta a orígenes
religiosos: theoros se llamaba el representante que las ciudades
griegas enviaban a los festivales públicos. En la teoría,
vale decir, contemplando, se enajena el mensajero ante el sacro acontecer.
En el uso filosófico del lenguaje la teoría se transforma
en perspectiva del cosmos. Como contemplación del cosmos, la teoría
presupone haber trazado ya, de antemano, la frontera entre ser y tiempo
que, con el Poema de Parménides funda la ontología
y retorna en el Timeo, de Platón: ella reserva para el logos
un ente depurado de inestabilidad e incertidumbre y deja a la doxa
el reino de lo perecedero. Pero, cuando el filósofo contempla el
orden inmortal, no puede menos de asimilarse él mismo a la medida
del cosmos, imitar a éste en su interior. A las proporciones que
contempla, tanto en los movimientos de la naturaleza como en la sucesión
armónica de la música, procura darles personal expresión;
se forja a sí mismo por mímesis. La teoría induce
a la asimilación del alma al movimiento ordenado del cosmos en la
praxis de la vida: la teoría acuña en la vida su forma, se
refleja en la actitud de aquel que se somete a su disciplina, en el ethos.
Este concepto de la teoría y de una vida en la
teoría ha determinado a la filosofía desde sus comienzos.
A la separación entre teoría en el sentido de esta tradición
y teoría en el sentido de la crítica ha consagrado Max Horkheimer
una de sus más relevante investigaciones. Hoy, casi después
de una generación, reanudo yo este tema, remitiéndome a una
disertación de Husserl que apareció aproximadamente por el
mismo tiempo. Husserl se dejó guiar entonces precisamente por aquel
concepto de teoría al que Horkheimer contrapuso el de teoría
crítica. Husserl no trata de la crisis en las ciencias, sino de
la crisis de la ciencia como ciencia, puesto que ģen nuestra penuria vital
esta ciencia no tiene nada que decirnosī. Sin vacilaciones, como casi todos
los filósofos que le precedieron, toma Husserl por medida de su
crítica una idea de conocimiento que preserva aquella conexión
platónica de la teoría pura con la praxis de la vida. No
es el contenido informativo de las teorías, sino la formación
de un hábito reflexivo e ilustrado en los teóricos mismo
lo que produce en definitiva una cultura científica. La marcha del
espíritu europeo parecía tener por meta la gestación
de semejante cultura de ciencia. A esta tendencia histórica la ve,
empero, Husserl amenazada tras 1933. Está convencido de que el peligro
no amenaza, en rigor, desde fuera, sino desde dentro. Y rastrea el origen
de la crisis en el hecho de que las disciplinas más avanzadas, sobre
todo la física, se han alejado de lo que en verdad debe llamarse
teoría.
II
¿Y qué es lo que realmente sucede con ello?
Entre la autocomprensión positivista de las ciencias y la antigua
ontología existe, muy verosímilmente, una conexión.
Las ciencias empírico-analíticas desarrollan sus teoría
en una autocomprensión que instaura sin violencia una continuidad
con los comienzos del pensar filosófico: éste y aquéllas
se comprometen a una actitud teórica, que libera de la conexión
dogmática y de la enojosa influencia de los intereses naturales
de la vida; y coinciden en el propósito cosmológico del describir
teóricamente el universo en su ordenación conforme a leyes,
tal y como es. En cambio, las ciencias histórico-hermenéuticas,
cuyo ámbito es la esfera de las cosas perecederas y del mero opinar,
no se dejan en igual medida reducir sin violencia a esta tradición:
no tienen nada que ver con la cosmología. Pero, de conformidad con
el modelo de las ciencias naturales, también ellas se forjan una
conciencia cientifista. Hasta los contenidos de sentido transmitidos del
pasado parecen dejarse coleccionar en ideal simultaneidad para constituir
un cosmos de hechos. Aunque las ciencias del espíritu capten sus
hechos por medio del comprender, y por poco que le importe hallar leyes
generales, comparten, no obstante, con las ciencias empírico-analíticas
la conciencia del método: describir desde la actitud teórica
una realidad estructurada. El historicismo se ha tornado en el positivismo
de las ciencias del espíritu.
El positivismo se ha impuesto también en las ciencias
sociales, ya sea que éstas obedezcan a las exigencias metódicas
de una ciencia empírico-analítica del comportamiento o que
se orienten por el patrón de las ciencias normativo-analíticas,
que presuponen máximas de acción. Bajo el título de
libertad de juicios de valor se ha confirmado también en este campo
de investigación, cercano a la praxis, el código que la ciencia
moderna hubiera de agradecer a los comienzos del pensar teórico
en la filosofía griega: psicológicamente, el compromiso incondicional
con la teoría y, epistemológicamente, la separación
del conocimiento respecto del interés. A esto corresponde, en el
plano lógico, la distinción entre enunciados descriptivos
y normativos, distinción que obliga a discriminar gramaticalmente
los contenidos meramente emotivos respecto de los cognitivos.
Por lo demás, el término ģlibertad de valorī
nos recuerda ya que los postulados que con él se vinculan han dejado
de identificarse con el sentido clásico de teoría. Escindir
los valores respecto de los hechos significa contraponer al puro ser un
abstracto deber. Los valores son el producto residual nominalista de una
crítica, que ha durado siglos, a aquel enfático concepto
del ente por el cual se orientó antaño exclusivamente la
teoría. Ya el nombre, puesto filosóficamente en circulación
por el neokantismo, de valores frente a los cuales la ciencia debe preservar
neutralidad, niega el nexo en otro tiempo pretendiendo por la teoría.
Ciertamente, las ciencias positivas comparten con la
tradición de la gran filosofía el concepto de teoría;
pero destruyen la pretensión clásica de esta tradición.
Dos momentos toman de la herencia filosófica: en primer lugar, el
sentido metódico de la actitud teórica, y en segundo lugar,
la suposición ontológica fundamental de una estructura del
mundo independiente del cognoscente. Mas de otra parte la conexión,
instaurada desde Platón a Husserl, de theoría y cosmos,
de mímesis y bíos theoretikós, se ha
perdido. Lo que antaño debía constituir la eficacia práctica
de la teoría queda ahora sujeto a prescripción metodológica.
La concepción de la teoría como un proceso educativo se torna
apócrifa. Aquella asimilación mimética del alma a
las aparentemente contempladas proporciones del universo no había
hecho más que poner el conocimiento teórico al servicio de
una internalización de norma, enajenándolo con ello de su
legítima tarea; así nos parece ahora.
III
Las ciencias hubieron de perder, en efecto, la específica
significación vital que Husserl quiso volver a instaurar mediante
la renovación de la teoría pura. Por mi parte, creo poder
reconstruir su crítica en tres pasos. Por de pronto se dirige contra
el objetivismo de las ciencias. A éstas se les aparece objetivamente
el mundo como un universo de hechos, cuya conexión legal puede ser
captada por descripción. Pero la verdad es que el saber del mundo,
aparentemente objetivo, de los hechos está trascendentalmente basado
en el mundo precientífico. Los posibles objetivos del análisis
científico se constituyen de antemano en las autocomprensiones de
nuestro mundo vital primario. En este estado la fenomenología no
hace más que poner las realizaciones de una subjetividad fundadora
de sentido. Luego quiso mostrar Husserl que esta subjetividad realizadora
desaparece bajo la cobertura de una autocomprensión objetivista,
porque las ciencias no se han liberado radicalmente del peso de intereses
del mundo primario de la vida. Sólo la fenomenología rompe
con la actitud ingenua a favor de una actitud contemplativa rigurosa y
libera, en definitiva, al conocimiento respecto del interés. Finalmente,
Husserl equipara la autorreflexión transcendental, a la que da el
nombre de una descripción fenomenológica, con la teoría
pura, con la teoría en sentido tradicional. El filósofo agradece
a la actitud teórica un giro o cambio de actitud que lo libera de
la red de intereses de la vida. En este respecto la teoría es ģimprácticaī.
Pero esto no la desliga de la vida práctica. Precisamente la consecuente
reserva de la teoría produce, de conformidad con su concepto tradicional,
una cultura que orienta la acción. Una vez se la ejercita, la actitud
teórica se deja reconciliar con la práctica: ģEsto acontece
en la forma de una praxis de nuevo cuño [...], que pugna por elevar
a la humanidad, mediante la razón científica universal, a
normas de verdad de todas formas, que pugna por cambiarla en una humanidad
fundamentalmente nueva: capacitada para una autorresponsabilidad absoluta
que se funda en perspectivas teóricas absolutas.ī
El que recuerde la situación de hace treinta años,
cuando sobrevino la barbarie, respetará la apelación a la
fuerza terapéutica de la descripción fenomenológica;
pero ésta no se deja fundamentar. La fenomenología capta,
en todo caso, normas que son necesarias para la labor trascendental de
la conciencia; dicho en términos kantianos, describe leyes de razón
pura, pero no normas de una legislación general de la razón
práctica, conforme a las cuales se pudiera dirigir una voluntad
libre. ¿Por qué cree Husserl poder defender la pretensión
de eficacia práctica de la fenomenología como teoría
pura? Yerra al no percatarse de la conexión entre el positivismo,
al que critica correctamente, y aquella ontología de la que él
inconscientemente sustrae el concepto tradicional de teoría.
Correctamente critica Husserl la ilusión objetivista,
que proyecta en las ciencias la imagen de un en-sí de hechos estructurados
conforme a leyes, encubre la constitución de estos hechos y no permite,
por tanto, que se tome conciencia de la imbricación del conocimiento
con los intereses del mundo de la vida. Por traer esto a conciencia, la
fenomenología queda, al parecer, sustraída a tales intereses;
el título de teoría pura, que injustamente reclaman las ciencias,
le corresponde, pues, a ella. A este momento, a la desconexión del
conocimiento respecto del interés, le anuda Husserl la expectativa
de eficacia práctica. El error está al alcance de la mano:
si la teoría, en el sentido de la gran tradición, incidió
en la vida, es porque fingió haber descubierto en el orden cósmico
una conexión ideal del mundo, lo cual quiere decir: también
el prototipo para la ordenación del mundo humano. Sólo en
tanto que cosmología fue la teoría capaz de orientar a la
par el obrar. Por eso justamente no puede esperar Husserl procesos culturales
de una fenomenología que ha purificado trascendentalmente a la antigua
teoría de sus contenidos cósmicos y sólo abstractamente
mantienen aún algo así como una actitud teórica. La
teoría no quedaba instalada en la cultura por haber emancipado al
conocimiento respecto del interés, sino, inversamente, por tener
que agradecer al encubrimiento de su propio interés una fuerza pesudonormativa.
Mientras critica la autocomprensión objetivista de las ciencias,
sucumbe Husserl a otro objetivismo que siempre había estado ya adherido
al concepto tradicional de teoría.
IV
Dentro de la tradición griega, las mismas fuerzas
que la filosofía reduce a potencias anímicas continúan
manifestándose como dioses y poderes sobrehumanos. La filosofía
las ha domesticado y proscrito, como demonios interiorizados, al recinto
del alma. Mas si concebimos bajo este punto de vista los impulsos y emociones
que enredan a los hombres en la conexión de intereses de una praxis
inestable y causal, entonces cobra también un nuevo sentido la actitud
de la teoría pura, que precisamente promete la purificación
de estos afectos: la contemplación desinteresada significa ostensiblemente
entonces emancipación. Desligar al conocimiento del interés
no debía acaso purificar a la teoría de las perturbaciones
de la subjetividad, sino, inversamente, someter al sujeto a una extasiadora
purificación de las pasiones. El hecho de que la ģkatharsisī ya
no se logre ahora por la vía del culto mistérico, sino que
se establece mediante la teoría en la voluntad de los individuos,
muestra el nuevo estadio de la emancipación: ha prosperado la individuación
de cada uno, al extremo de que la identidad del yo aislado como una magnitud
fija sólo se puede constituir mediante la identificación
con las leyes abstractas del orden cósmico. En la unidad de un cosmos
que descansa en sí mismo y en la identidad del ser inmutable encuentra
ahora su sostén la conciencia que se ha emancipado de los poderes
originarios.
De este modo la teoría acreditó antaño
un mundo liberado, depurado de demonios, sólo por virtud de distinciones
ontológicas. Al mismo tiempo la ilusión de la teoría
pura protegía de la recaída en un estadio superado. Si se
hubiera contemplado la identidad del ser puro como una ilusión objetivista,
no se habría podido formar la identidad del yo con esa identidad.
Que el interés sea reprimido, es algo que sigue formando parte de
este mismo interés.
Pero, cuando así sucede, los dos momentos más
efectivos de la tradición griega, la actitud teórica y la
suposición ontológica fundamental de un mundo estructurado
en sí, son admitidos en una conexión que ambos, empero, prohíben:
en una conexión del conocimiento con el interés. Con esto
retornamos a la crítica de Husserl al objetivismo de las ciencias.
Sólo que el motivo se vuelve ahora contra Husserl. Si presumimos
una conexión inconfesada de conocimiento e interés, no es
porque las ciencias se desprendieran del concepto clásico de teoría,
sino porque no se han liberado plenamente de él. La sospecha del
objetivismo viene motivada por la ilusión ontológica de la
teoría pura, que las ciencias, tras la eliminación de los
elementos educativos, aún comparten engañosamente con la
tradición filosófica.
Siguiendo a Husserl, llamamos objetivista a una actitud
que refiere ingenuamente los enunciados teóricos a estados de cosas.
Esta actitud considera las relaciones entre magnitudes empíricas,
que son representadas por enunciados teóricos, como algo que existe
en sí; y a la vez se sustrae al marco trascendental, solamente dentro
del cual se constituye el sentido de semejantes enunciados. No bien se
entiende que estos enunciados son relativos al sistema de referencia previamente
puesto con ellos, la ilusión objetivista se desmorona y deja franco
el paso a la mirada hacia un interés que guía al conocimiento.
Para tres categorías de procesos de investigación
se deja demostrar una conexión específica de reglas lógico-metódicas
e intereses que guían al conocimiento. Ésta es la tarea de
una crítica de la ciencia que escape a las trampas del positivismo.
En el ejercicio de las ciencias empírico-analíticas interviene
un interés técnico del conocimiento; en el ejercicio de las
ciencias histórico-hermenéuticas interviene un interés
práctico del conocimiento, y en el ejercicio de las ciencias orientadas
hacia la crítica interviene aquel interés emancipatorio del
conocimiento que ya, como vimos, subyacía inconfesadamente en la
ontología tradicional. Quisiera ilustrar esta tesis con unos cuantos
ejemplos paradigmáticos.
V
En las ciencias empírico-analíticas el sistema
de referencia, que prejuzga el sentido de posibles enunciados científicos
de tipo empírico, establece reglas no sólo para la construcción
de teorías, sino también para su contrastación crítica.
La teoría consta de conexiones hipotético-deductivas de proposiciones,
que permiten deducir hipótesis legales pregnantes de contenido empírico.
Esas hipótesis son susceptibles de ser interpretadas como enunciados
sobre la covarianza de magnitudes observables: bajo condiciones iniciales
dadas, permiten hacer pronósticos. El saber empírico-analítico
es, por tanto, posible saber pronóstico. Pero el sentido general
de tales pronósticos, vale decir, su viabilidad técnica,
se sigue exclusivamente de las reglas según las cuales aplicamos
las teorías a la realidad.
En las observaciones controladas, que toman a menudo
la forma de experimentos, provocamos las condiciones iniciales y medimos
el éxito de las operaciones así realizadas. Pues el empirismo
quisiera asegurar la claridad objetiva en las observaciones expresadas
en las proposiciones básicas: a este respecto debe darse algo que
sea inmediatamente evidente de modo accesible y sin intervención
subjetiva. La verdad es que no son las proposiciones básicas reflejos
de los hechos en sí; más bien traen a expresión éxitos
o fracasos de nuestras operaciones. Pudiéramos decir que los hechos
y las relaciones entre los hechos se captan descriptivamente; pero este
modo de hablar no debe ocultar que los hechos de experiencias científicas
relevantes se constituyen como tales merced a una organización previa
de nuestra experiencia en el círculo de funciones de la acción
instrumental.
Tomados a la vez ambos elementos, la construcción
lógica de los sistemas de enunciados permitidos y el tipo de las
condiciones de constrastación sugieren la siguiente interpretación:
que las teorías científicas de tipo empírico abren
la realidad bajo la guía del interés por la posible seguridad
informativa y ampliación de la acción de éxito controlado.
Éste es el interés cognitivo por la disponibilidad técnica
de procesos objetivados.
Las ciencias histórico-hermenéuticas obtienen
sus conocimientos en otro marco metodológico. En ellas el sentido
de la validación de enunciados no se constituye en el sistema de
referencia del control de disposiciones técnicas. Los niveles del
lenguaje formalizado y experiencia objetivada aún no están
diferenciados; porque ni están las teorías construidas deductivamente
ni tampoco están organizadas las experiencias atendiendo al resultado
de las operaciones. Es la comprensión de sentido lo que, en lugar
de la observación, abre acceso a los hechos. A la contrastación
sistemática de suposiciones legales corresponde aquí la interpretación
de textos. Las reglas de la hermenéutica determinan, por lo tanto,
el posible sentido de los enunciados de las ciencias del espíritu.
A esa comprensión del sentido, a la que deben
ser dados como evidentes los hechos del espíritu, ha anudado el
historicismo la ilusión objetivista de la teoría pura. Parece
como si el intérprete se situase en el horizonte del mundo o del
lenguaje, horizonte del cual extrae su sentido un hecho histórico
transmitido. También aquí se constituyen los hechos sólo
por relación a los patrones de su constatación. Así
como la autocomprensión positivista no se hace expresamente cargo
de la conexión de operaciones de medición y controles de
resultados, así también olvida esa precomprensión
adherida a la situación inicial del intérprete, a través
de la cual el saber hermenéutico siempre está transmitido.
El mundo del sentido transmitido se abre al intérprete sólo
en la medida en que se aclara a la vez el propio mundo de éste.
El que comprende mantiene una comunicación entre los dos mundos;
capta el contenido objetivo de lo transmitido por la tradición y
a la vez aplica la tradición a sí mismo y a su situación.
Pero cuando las reglas metodológicas unen de este
modo la interpretación con la aplicación, se sugiere la siguiente
interpretación: que la investigación hermenéutica
abre la realidad guiada por el interés de conservar y ampliar la
intersubjetividad de una posible comprensión orientadora de la acción.
La comprensión de sentido dirige su estructura hacia el posible
consenso de los actuantes en el marco de una autocomprensión transmitida.
A esto lo llamamos, a diferencia del técnico, el interés
práctico del conocimiento.
Las ciencias de la acción sistemáticas
-a saber, economía, sociología y política- tienen
como meta, al igual que las ciencias empírico-analíticas
de la naturaleza, la producción de saber nomológico. Una
ciencia social crítica no se contenta obviamente con esto. Se esfuerza
por examinar cuándo las proposiciones teóricas captan legalidades
invariantes de acción social y cuándo captan relaciones de
dependencia, ideológicamente fijadas, pero en principio susceptibles
de cambio. Mientras éste sea el caso, la crítica de las ideologías
cuenta -del mismo modo, por lo demás, que el psicoanálisis-
con que la información sobre nexos legales desencadene un proceso
de reflexión en el afectado; con ello, el estadio de conciencia
irreflexiva, que caracteriza las condiciones iniciales de semejantes leyes,
puede ser cambiado. Un conocimiento críticamente mediado de las
leyes puede por este camino colocar a la ley misma, merced a la reflexión,
no ciertamente fuera de la validez, pero sí fuera de la aplicación.
El marco metodológico que establece el sentido
de la validez de esta categoría de enunciados críticos se
puede explicar en términos de conceptos de autorreflexión.
Ésta libera al sujeto de la dependencia de poderes
hipostasiados. La autorreflexión está determinada por un
interés cognitivo emancipatorio. Las ciencias críticamente
orientadas lo comparten con la filosofía.
Mientras la filosofía permanezca atada a la ontología,
queda sujeta a un objetivismo que enmascara el nexo de su conocimiento
con el interés por la emancipación. Sólo cuando vuelve
contra la ilusión de la teoría pura en sí misma la
crítica que dirige contra el objetivismo de las ciencias, extrae
la filosofía, de la confesada dependencia, la fuerza que en vano
vindica para sí como filosofía aparentemente libre de supuestos.
VI
En el concepto del interés como guía del conocimiento
quedan recogidos esos dos momentos, cuya relación urge aclarar:
conocimiento e interés. Por la experiencia diaria sabemos que las
ideas sirven bien a menudo para enmascarar con pretextos legitimadores
los motivos reales de nuestras acciones. A lo que en este plano se denomina
racionalización, en el plano de la acción colectiva lo llamamos
ideología. En ambos casos, el contenido manifiesto de enunciados
es falseado por la irreflexiva vinculación a intereses por parte
de una conciencia sólo en apariencia autónoma. Con razón
tiende por ella la disciplina del pensamiento educado a desconectarse de
semejantes intereses. En todas la ciencias se han ideado rutinas para prevenir
la subjetividad de la opinión; y contra la influencia incontrolada
de intereses de honda raigambre, que dependen menos del individuo que de
la situación objetiva de grupos sociales, ha salido a escena incluso
una nueva disciplina, la sociología del conocimiento. Pero éste
es sólo un lado de la cuestión. Pues de otra parte, por tener
que ganar primeramente la objetividad de sus enunciados contra la presión
y la seducción de intereses particulares, la ciencia se engaña
sobre los intereses fundamentales a los que agradece no sólo su
impulso, sino también las condiciones de posible objetividad.
La actitud del control técnico, de la comprensión
práctico-vivencial y de la emancipación respecto de la coerción
que emana de la naturaleza, determina los específicos puntos de
vista de la historia desde los cuales podemos por primera vez concebir
la realidad como tal. Al tomar conciencia de que los límites transcendentales
de posibles concepciones del mundo no pueden ser excedidos, un trozo de
naturaleza cobra, merced a nosotros, autonomía en la naturaleza.
Si el conocimiento pudiera engañar a su interés innato, lo
haría al advertir que la mediación de sujeto y objeto que
la conciencia filosófica adjudica exclusivamente a su síntesis
es inicialmente producida mediante intereses. Por la reflexión puede
cobrar conciencia el espíritu de esta base natural. Pero el poder
de ésta alcanza hasta la lógica de investigación.
Las representaciones o descripciones no son nunca independientes
de normas. Y la elección de esas normas se basa en actitudes que
necesitan de la evaluación crítica mediante argumentos porque
no pueden ser ni deducidas lógicamente ni probadas empíricamente.
Decisiones metódicas básicas, distinciones tan fundamentales
acaso como la que hay entre el ser categorial y el no categorial, entre
enunciados analíticos y sintéticos, entre contenido descriptivo
y emotivo, tienen la peculiar característica de no ser ni arbitrarias
ni obligatorias. Se manifiestan como acertadas o equivocadas. Pues se miden
por la necesidad metalógica de intereses, que nosotros no podemos
fijar ni representar, sino con los que nos tenemos que encontrar. Por eso
mi primera tesis se enuncia así: las realizaciones del sujeto trascendental
tienen su base en la historia natural del género humano.
Esta tesis, tomada por sí misma, pudiera llevarnos
a la errónea idea de que la razón del hombre es como las
garras y los colmillos de los animales, un órgano de adaptación.
Esto, ciertamente, lo es también. Pero los intereses histórico-naturales,
a los que reducimos los intereses que guían al conocimiento, proceden
a la par de la naturaleza y de la ruptura cultural con la naturaleza. Junto
con el momento de imposición del instinto natural incorporan el
momento de la emancipación respecto de la coerción de la
naturaleza. Ya el interés de la autoconservación que parece
ser algo tan natural, corresponde un sistema social, que compensa las deficiencias
del equipo orgánico del hombre y asegura su existencia histórica
contra una naturaleza que amenaza desde el exterior. Pero la sociedad no
es solamente un sistema de autoconservación. Una seductora naturaleza,
que está presente en el individuo como líbido, se ha emancipado
del círculo funcional de la autoconservación y presiona hacia
una realización utópica. A su vez, estas pretensiones individuales,
que no armonizan de antemano con la exigencia de autoconservación
colectiva, se las incorpora el sistema social. Por ello los procesos de
conocimiento, que están inextricablemente vinculados a la formación
de la sociedad, no pueden funcionar sólo como medio de reproducción
de la vida: en la misma medida determinan ellos las definiciones de esta
vida. La aparentemente desnuda supervivencia es siempre una magnitud histórica;
pues se la mide por aquello a lo que una sociedad aspira como su vida buena.
Mi segunda tesis, por tanto, dice: el conocer es instrumento de la autoconservación
en la medida misma en que transciende a la mera autoconservación.
Los puntos de vista específicos desde los cuales
concebimos necesaria y trascendentalmente la realidad establecen tres categorías
de posible saber, informaciones, que amplían nuestra potencia de
domino técnico; interpretaciones, que hacen posible una orientación
de la acción bajo tradiciones comunes; y análisis, que emancipan
a la conciencia respecto de fuerzas hipostasiadas. Estos puntos de vista
dimanan del nexo de intereses de una especie que está por naturaleza
vinculada a determinados medios de socialización: al trabajo, al
lenguaje y a la dominación. La especie humana asegura su existencia
en sistemas de trabajo social y de autoafirmación violenta; merced
a una vida en común mediada por la tradición en la comunicación
del lenguaje ordinario; y, finalmente, con ayuda de identidades plasmadas
en un ģyoī, que reconfiguran la conciencia del individuo por relación
a las normas del grupo en cada nivel de individualización. Así
pues, los intereses que guían al conocimiento se adhieren a las
funciones de un yo que, mediante procesos de aprendizaje, se adapta a sus
condiciones externas de vida; que se ejercita, mediante procesos culturales
en el nexo de comunicación de un mundo de vida social; y que se
construye una identidad en el conflicto entre las solicitudes del instinto
y las coerciones sociales. Estas realizaciones inciden, a su vez, en las
fuerzas de producción que una sociedad acumula; en la tradición
cultural merced a la cual una sociedad se interpreta así misma;
y en las legitimaciones que una sociedad adopta o critica. Mi tercera tesis,
por tanto, reza: los intereses que guían al conocimiento se constituyen
en el medio o elemento del trabajo, el lenguaje y la dominación.
Desde luego que la constelación de conocimiento
e interés no es igual en todas las categorías. Ciertamente,
aquella autonomía exenta de supuestos en la que el conocimiento
concibe teóricamente la realidad por vez primera, para más
tarde ponerla al servicio de intereses extraños al conocimiento,
es en este plano siempre una ilusión. Pero el espíritu puede
referirse al nexo en el que previamente sujeto y objeto está anudados;
y ello está reservado solamente a la autorreflexión. Ésta
puede recuperar el interés en cierto modo, mas no superarlo.
No es fortuito que las medidas de la autorreflexión
escapen a esa peculiar vaguedad en la que las normas de todos los demás
procesos de conocimiento necesitan de una consideración crítica.
Son teóricamente ciertas. El interés por la emancipación
no se limita a flotar; puede ser vislumbrado a priori. Aquello que
nos saca de la naturaleza es cabalmente la única realidad que podemos
conocer según su naturaleza: el lenguaje. Con la estructura del
lenguaje es puesta para nosotros la emancipación. Con la primera
proposición es expresada inequívocamente la intención
de un consenso común y sin restricciones. Autonomía es la
única idea de que somos dueños en el sentido filosófico
tradicional. Quizá sea por esto por lo que el uso del lenguaje del
idealismo germano, de acuerdo con el cual ģrazónī contiene ambos
momentos: voluntad y conciencia, no es, empero, totalmente obsoleto. Razón
significaba a la vez voluntad de razón. En la autorreflexión,
el conocimiento por mor del conocimiento viene a coincidir con el interés
por la autonomía. El interés emancipado de conocimiento tiende
a la consumación de la reflexión como tal. Por eso mi cuarta
tesis se anuncia así: En la fuerza de la autorreflexión el
conocimiento y el interés son uno.
Y, sin embargo, sólo en una sociedad emancipada,
que hubiera conseguido la autonomía de todos sus miembros, se desplegaría
la comunicación hacia un diálogo, libre de dominación,
de todos con todos, en el que nosotros vemos siempre el paradigma de la
recíprocamente constituida identidad del yo como también
la idea del verdadero consenso. En esta medida la verdad de los enunciados
se basa en la anticipación de la vida lograda. La ilusión
ontológica de la teoría pura, tras la cual desaparecen los
intereses que guían el conocimiento, consolida la ficción,
como si el diálogo socrático fuera posible en general y en
cualquier tiempo. La filosofía ha asumido desde el comienzo que
la autonomía puesta con la estructura del lenguaje era no sólo
anticipada, sino efectiva. Precisamente la teoría pura, que quiere
obtenerlo todo de sí misma, claudica ante el desplazado exterior
y se torna ideológica. Sólo cuando la filosofía descubre
en la ruta dialéctica de la historia las huellas de la violencia,
que siempre desfigura el fatigoso diálogo y siempre lo lleva fuera
del curso de la comunicación sin coacciones, impulsa al proceso
suyo estacionamiento de otro modo legitima: el proceso del género
humano hacia la autonomía. Como quinta tesis quisiera, por tanto,
defender la siguiente proposición: la unidad de conocimiento e interés
se acredita en una dialéctica que reconstruye lo suprimido rastreando
las huellas históricas del diálogo suprimido.
VII
Las ciencias han retenido una cosa de la filosofía:
la ilusión de la teoría pura. Esta ilusión no determina
la praxis de la investigación científica, sino sólo
la comprensión que las ciencias tienen de sí. Y, mientras
esta autocomprensión nos reconduzca a esa praxis, tiene incluso
un sentido positivo.
El honor de las ciencias consiste, desde luego, en aplicar
infaliblemente sus métodos sin reflexionar sobre el interés
que guía al conocimiento. En la medida en que no saben metodológicamente
lo que hacen, tanto más ciertas están las ciencias de su
disciplina, vale decir: del progreso metódico dentro de un marco
no problematizado. La falsa conciencia tiene una función protectora.
Pues en el plano de la autorreflexión les faltan a las ciencias
los medios para afrontar los riesgos de una conexión, antaño
contemplada, de conocimiento e interés. El fascismo ha podido fingir
la superchería de una física nacional, y el estalinismo la
superchería, que ciertamente hay que tomar más en serio,
de una genética soviético-marxista, porque faltaba la ilusión
del objetivismo, un factor que hubiera podido inmunizar contra los peligrosos
encantamientos de una reflexión mal conducida.
El elogio al objetivismo tiene, ciertamente, sus fronteras;
en este punto basó acertadamente Husserl su crítica, aun
cuando no emplease los métodos adecuados. Tan pronto se plasmó
la ilusión objetivista en afirmaciones de concepción del
mundo, truécase la precariedad de lo metodológicamente inconsciente
en la dudosa virtud de una profesión de fe cientifista. El objetivismo
en modo alguno impide a las ciencias, como Husserl creía, intervenir
en la vida práctica. De una forma o de otra, están integradas
en ella. Pero no desarrollan eo ipso eficacia práctica en
el sentido de una creciente racionalidad de la acción.
Una autocomprensión positivista en las ciencias
nomológicas tiende más bien a sustituir la acción
ilustrada por el control técnico. Guía la aplicación
de las informaciones de la ciencia de la experiencia bajo el ilusorio punto
de vista de que la dominación práctica de la historia puede
dejarse reducir al control técnico de procesos objetivados. No menos
rica en consecuencias es la autocomprensión objetivista de las ciencias
hermenéuticas. De la apropiación reflexiva de tradiciones
aun operantes sustrae un saber esterilizado, y recluye en cambio a la historia
en los museos. Guiadas por la actitud objetivista de la teoría configurada
de hechos, las ciencias nomológicas y hermenéuticas se complementan
mutuamente en sus consecuencias prácticas. Mientras éstas
se liberan de su compromiso con la conexión tradicional, aquéllas,
apoyándose en el engañoso fundamento de una historia desplazada,
confinan exclusivamente la praxis de la vida al círculo funcional
de la acción instrumental. La dimensión en la cual los sujetos
activos pueden llegar al entendimiento racional y mutuo sobre objetivos
y fines, es así entregada a la oscuridad de la mera decisión
entre el sistema de ordenaciones cosificadas de valor y el poder irracional
de la creencia. Cuando de esta dimensión abandonada, por todos los
buenos espíritus, se apodera una reflexión que procede, al
modo de la antigua filosofía, objetivamente frente a la historia,
se eleva el positivismo a su más alta cota -como sucedió
con Comte-. Éste es el caso cuando la crítica niega acríticamente
su conexión con el interés emancipatorio del conocimiento
en favor de la teoría pura. Semejante crítica exagerada proyecta
el indecidido proceso de avance de la humanidad sobre el plano de una filosofía
de la historia que imparte dogmáticamente instrucciones para la
acción. Pero una engañosa filosofía de la historia
es sólo el reverso del ciego decisionismo: la parcialidad burocráticamente
ordenada se compadece sólo demasiado bien con una neutralidad de
valor contemplativamente mal entendida.
Contra estas consecuencias prácticas de una conciencia
cientifista restringida de las ciencias puede operar una crítica
que destruye la ilusión objetivista. Verdad es que el objetivismo
no es roto, como aún imaginaba Husserl, por la fuerza de una renovada
teoría, sino sólo por la demostración de lo que encubre:
conexión entre conocimiento e interés. La filosofía
permanece fiel a su gran tradición en tanto renuncia a ella. La
idea de que la verdad de los enunciados está, en última instancia,
vinculada a la intención de vivir la verdadera vida se deja hoy
defender mejor sobre las ruinas de la ontología. Seguramente que
esta filosofía seguirá siendo una especialidad junto a las
ciencias y fuera de la conciencia pública, mientras la herencia
de la tradición, de la que ella críticamente se ha liberado,
continúe perviviendo en la autocomprensión positivista de
las ciencias.
Habermas, Ciencia y técnica como ideología,
Ed. Tecnos, Madrid.
Volver a la página
de Habermas.