La ciudad de Dios, libro XIX, caps. 11-13
Capítulo 11
Podemos, en consecuencia,
decir de la paz lo que hemos dicho de la vida eterna, que es el fin de nuestros
bienes, ya que un salmo, hablando de la ciudad objeto de esta laboriosa obra,
se expresa así: Alaba al Señor, Jerusalén; alaba, Sión,
a tu Dios. Porque el que afianzó con fuertes barras tus puertas y
ha bendecido a tus hijos y moradores, ése ha establecido la paz a
tus fines. Una vez que los pestillos de sus puertas fueren afianzados, ya
no entrará ni saldrá nadie de ella. Por esos fines de que habla
el salmo debemos entender aquí la paz, que queremos probar como final.
El nombre místico
de esa ciudad, es decir, Jerusalén, significa «visión
de paz», como ya hemos hecho notar. Mas, como el nombre de paz es también
corriente en las cosas mortales, donde no se da la vida eterna, he preferido
reservar este nombre de «vida eterna», en vez del de «paz»,
para el fin en que la ciudad de Dios encontrará su bien supremo y
soberano. De este fin dice el Apóstol: Ahora, libres del pecado y
convertidos en siervos de Dios, tenéis por fruto vuestro la santificación
y por fin la vida eterna.
Mas, como también
los no familiarizados con las Sagradas Escrituras pueden entender por vida
eterna la vida de los pecadores, bien, según algunos filósofos,
por la inmortalidad del alma, bien, según nuestra fe, por las penas
interminables de los impíos, que no serán eternamente atormentados
si no viven eternamente, debe llamarse fin de esta ciudad en que gozará
del sumo bien, o la paz en la vida eterna, o la vida eterna en la paz. Así,
todos pueden entenderlo con facilidad. Y la paz es un bien tan noble, que
aun entre las cosas mortales y terrenas no hay nada más grato al oído,
ni más dulce al deseo, ni superior en excelencia. Abrigo la convicción
de que, si me detuviera un poco a hablar de él, no sería oneroso
a los lectores, tanto por el fin de esta ciudad de que tratamos como por
la dulcedumbre de la paz, ansiada por todos.
Capítulo 12
1. Quienquiera que repare
en las cosas humanas y en la naturaleza de las mismas, reconocerá conmigo
que, así como no hay nadie que no quiera gozar, así no hay
nadie que no quiera tener paz. En efecto, los mismos amantes de la guerra
no desean más que vencer, y, por consiguiente, ansían llegar
guerreando a una paz gloriosa. Pues ¿qué es la victoria más
que la sujeción de los rebeldes? Logrado este efecto, llega la paz.
La paz es, pues, también el fin perseguido por quienes se afanan en
poner a prueba su valor guerrero presentando guerra para imperar y luchar.
De donde se sigue que el verdadero fin de la guerra es la paz. El hombre,
con la guerra, busca la paz; pero nadie busca la guerra con la paz. Aun los
que perturban la paz de intento, no odian la paz, sino que ansían
cambiarla a su capricho.
No es que no quieran que
haya paz, sino que la paz sea según su voluntad. Y si llegan a separarse
de otros por alguna sedición, no ejecutan su intento si no tienen
con sus cómplices una especie de paz. Por eso los bandoleros procuran
estar en paz entre sí, para alterar con más violencia y seguridad
la paz de los demás. Y si hay algún salteador tan forzudo y
enemigo de compañías que no se confíe y saltee y mate
y se dé al pillaje él solo, al menos tiene una especie de paz,
sea cual fuere, con aquellos a quienes no pueda matar y a quienes quiere
ocultar lo que hace. En su casa procura vivir en paz con su esposa, con los
hijos, con los domésticos, si los tiene, y se deleita en que sin chistar
obedezcan a su voluntad. Y si no se le obedece, se indigna, riñe y
castiga, y si la necesidad lo exige, compone la paz familiar con crueldad.
Él ve que la paz no puede existir en la familia si los miembros no
se someten a la cabeza, que es él en su casa. Y si una ciudad o pueblo
quisiera sometérsele como deseaba que le estuvieran sujetos los de
su casa, no se escondiera ya como ladrón en una caverna, sino que
se engallaría a la vista de todos, pero con la misma cupididad y malicia.
Todos desean, pues, tener paz con aquellos a quienes quieren gobernar a su
antojo. Y cuando hacen la guerra a otros hombres, quieren hacerlos suyos,
si pueden, e imponerles luego las condiciones de su paz.
2. Supongamos a uno descrito
con las pinceladas de la fábula y de los poetas. Quizá por
su invariable fiereza prefirieron llamarle semihombre a hombre. Su reino
sería la espantosa soledad de un antro desierto, y su malicia tan
enorme, que recibió el nombre griego kakós (malo). Sin esposa
con quien tener charlas amorosas, ni hijos pequeñitos que alegraran
sus días, ni mayores a quienes mandar. No gozaba de la conversación
de algún amigo, ni siquiera de Vulcano, su padre, más feliz
al menos que este dios, porque él no engendró otro monstruo
semejante. Lejos de dar nada a nadie, robaba a los demás cuando y
cuanto podía y quería.
Y, sin embargo, en su
antro solitario, cuyo suelo, según el poeta, siempre estaba regado
de sangre, sólo anhelaba la paz, un reposo sin molestias ni turbación
de violencia o miedo. Deseaba también tener paz con su cuerpo, y cuanto
más tenía, tanto mejor le iba. Mandaba a sus miembros, y éstos
obedecían. Y con el fin de pacificar cuanto antes su mortalidad, que
se revelaba contra él por la indigencia y el hambre, que se coligaban
para disociar y desterrar el alma del cuerpo, robaba, mataba y devoraba.
Y aunque inhumano y fiero, miraba, con todo, inhumana y ferozmente por la
paz de su vida y salud. Si quisiera tener con los demás esa paz que
buscaba tanto para sí en su caverna y en sí mismo, ni se llamara
malo, ni monstruo, ni semihombre. Y si las extrañas formas de su cuerpo
y el torbellino de llamas vomitado por su boca apartó a los hombres
de su compañía, era cruel no por deseo de hacer mal, sino por
necesidad de vivir.
Mas éste no ha
existido o, lo que es más creíble, no fue tal cual lo pinta
el poeta, porque, si no alargara tanto la mano en acusar a Caco, serían
pocas las alabanzas de Hércules. Este hombre, o por mejor decir, este
semihombre, no existió, como tantas otras ficciones de los poetas.
Porque aun las fieras más crueles —y éste participó
también de esa fiereza, se llamó semifiera —custodian la especie
con cierta paz, cohabitando, engendrando, pariendo y alimentando a sus hijos,
a pesar de que con frecuencia son insociables y solívagas, son no
como las ovejas, los ciervos, las palomas, los estorninos y las abejas, sino
como los leones, las raposas, las águilas y las lechuzas. ¿Qué
tigre hay que no ame blandamente a sus cachorros y, depuesta su fiereza,
no los acaricie? ¿Qué milano, por más solitario que
vuele sobre la presa, no busca hembra, hace su nido, empolla los huevos,
alimenta sus polluelos y mantiene como puede la paz en su casa con su compañera,
como una especie de madre de familia? ¡Cuánto más es
arrastrado el hombre por las leyes de su naturaleza a formar sociedad con
todos los hombres y a lograr la paz en cuanto esté de su parte!
Los malos combaten por
la paz de los suyos, y quieren someter, si es posible, a todos, para que
todos sirvan a uno solo. ¿Por qué? Porque desean estar en paz
con él, sea por miedo, sea por amor. Así, la soberbia imita
perversamente a Dios. Odia bajo él la igualdad con sus compañeros,
pero desea imponer su señorío en lugar de él. Odia la
paz justa de Dios y ama su injusta paz propia. Es imposible que no ame la
paz, sea cual fuere. Y es que no hay vicio tan contrario a la naturaleza que
borre los vestigios últimos de la misma.
3. El que sabe anteponer
lo recto a lo torcido, y lo ordenado a lo perverso, reconoce que la paz de
los pecadores, en comparación con la paz de los justos, no merece ni
el nombre de paz. Lo que es perverso o contra el orden, necesariamente ha
de estar en paz en alguna, de alguna y con alguna parte de las cosas en que
es o de que consta. De lo contrario, dejaría de ser.
Supongamos un hombre suspendido
por los pies, cabeza abajo. La situación del cuerpo y el orden de
los miembros es perverso, porque está invertido el orden exigido por
la naturaleza, estando arriba lo que debe estar naturalmente abajo. Este
desorden turba la paz del cuerpo, y por eso es molesto. Pero el alma está
en paz con su cuerpo y se afana por su salud, y por eso hay quien siente
el dolor. Y si, acosada por las dolencias, se separa, mientras subsista la
trabazón de los miembros, hay alguna paz entre ellos, y por eso aún
hay alguien suspendido. El cuerpo terreno tiende a la tierra, y al oponerse
a eso su atadura, busca el orden de su paz y pide en cierto modo, con la
voz de su peso, el lugar de su reposo. Y, una vez exánime y sin sentido,
no se aparta de su paz natural, sea conservándola, sea tendiendo a
ella. Si se le embalsama, de suerte que se impida la disolución del
cadáver, todavía une sus partes entre sí cierta paz,
y hace que todo el cuerpo busque el lugar terreno y conveniente y, por consiguiente,
pacífico. Empero, si no es embalsamado y se le deja a su curso natural,
se establece un combate de vapores contrarios que ofenden nuestro sentido.
Es el efecto de la putrefacción, hasta que se acople a los elementos
del mundo y retorne a su paz pieza a pieza y poco a poco. De estas transformaciones
no se sustrae nada a las leyes del supremo Creador y Ordenador, que gobierna
la paz del universo. Porque, aunque los animales pequeños nazcan del
cadáver de animales mayores, cada corpúsculo de ellos, por
ley del Creador, sirve a sus pequeñas almas para su paz y conservación.
Y aunque unos animales devoren los cuerpos muertos de otros, siempre encuentran
las mismas leyes difundidas por todos los seres para la conservación
de las especies, pacificando cada parte con su parte conveniente, sea cualquiera
el lugar, la unión o las transformaciones que hayan sufrido.
Capítulo 13
1. Así, la paz
del cuerpo es la ordenada complexión de sus partes; y la del alma
irracional, la ordenada calma de sus apetencias. La paz del alma racional
es la ordenada armonía entre el conocimiento y la acción, y
la paz del cuerpo y del alma, la vida bien ordenada y la salud del animal.
La paz entre el hombre mortal y Dios es la obediencia ordenada por la fe bajo
la ley eterna. Y la paz de los hombres entre sí, su ordenada concordia.
La paz de la casa es la ordenada concordia entre los que mandan y los que
obedecen en ella, y la paz de la ciudad es la ordenada concordia entre los
ciudadanos que gobiernan y los gobernados. La paz de la ciudad celestial
es la unión ordenadísima y concordísima para gozar de
Dios y mutuamente en Dios. Y la paz de todas las cosas, la tranquilidad del
orden. Y el orden es la disposición que asigna a las cosas diferentes
y a las iguales el lugar que les corresponde.
Por tanto, como los miserables,
en cuanto tales, no están en paz, no gozan de la tranquilidad del
orden, exenta de turbaciones; pero como son merecida y justamente miserables,
no pueden estar en su miseria fuera del orden. No están unidos a los
bienaventurados, sino separados de ellos por la ley del orden. Éstos,
cuando no están turbados, se acoplan cuanto pueden a las cosas en que
están. Hay, pues, en ellos cierta tranquilidad en su orden, y, por
tanto, tienen cierta paz. Pero son miserables, porque, aunque están
donde deben estar, no están donde no se verían precisados a
sufrir. Y son más miserables si no están en paz con la ley
que rige el orden natural. Cuando sufren, la paz se ve turbada por ese flanco;
pero subsiste por este otro en que ni el dolor consume ni la unión
se destruye. Del mismo modo que hay vida sin dolor y no puede haber dolor
sin vida, así hay cierta paz sin guerra, pero no puede haber guerra
sin paz. Y esto no por la guerra en sí, sino por los agitadores de
las guerras, que son naturalezas, y no lo fueran si la paz no les diera subsistencia.
2. Existe una naturaleza
en la que no hay ningún mal, en la que no puede haber mal alguno. Mas
no puede existir naturaleza alguna en la que no se halle algún bien.
Por tanto, ni la misma naturaleza del diablo, en cuanto naturaleza, es un
mal. La hace mala su perversidad. No se mantuvo en la verdad, pero no escapó
al juicio de la misma. No se mantuvo en la tranquilidad del orden, pero no
escapó a la potestad del Ordenador. La bondad de Dios, que aparece
en su naturaleza, no le sustrae a la justicia de Dios, que le ordena a la
pena. Dios no castiga en él el bien por Él creado, sino el
mal que él cometió. No priva a la naturaleza de todo lo que
le dio, sino que sustrae algo y deja algo, a fin de que haya quien sufra
la sustracción. El dolor es el mejor testigo del bien sustraído
y del bien dejado, porque, si no existiera el bien dejado, no podría
dolerse el bien quitado. El que peca es peor si se alegra en el daño
de la equidad, y el que es atormentado, si de él no reporta bien alguno,
sufre el daño de la salud. Y es que la equidad y la salud son dos
bienes, y de la amisión del bien es preciso dolerse, no alegrarse
(si es que no hay una compensación en lo mejor, y es mejor la equidad
del ánimo que la salud del cuerpo).
Es más razonable,
sin duda, el dolerse el pecador de sus suplicios que el alegrarse de sus crímenes.
Así como el alegrarse del bien abandonado al pecar es una prueba de
la voluntad mala, así el dolor del bien perdido en el suplicio es
testigo de la naturaleza buena. Quien siente haber perdido la paz de su naturaleza,
lo siente por ciertos restos de paz que hacen que ame su naturaleza. Los
inicuos e impíos lloran en sus tormentos la pérdida de los
bienes naturales y sienten a Dios como justísimo robador de los mismos
por haberle despreciado como benignísimo dador. Dios, pues, Creador
sapientísimo y Ordenar justísimo de todas las naturalezas,
que puso como remate y colofón de su obra creadora en la tierra al
hombre, nos dio ciertos bienes convenientes a esta vida, a saber: la paz
temporal según la capacidad de la vida mortal para su conservación,
incolumidad y sociabilidad. Nos dio además todo lo necesario para
conservar o recobrar esta paz; así como lo propio y conveniente al
sentido, la luz, la noche, las auras respirables, las aguas potables y cuanto
sirve para alimentar, cubrir, curar y adornar el cuerpo. Todo esto nos lo
dio bajo una condición, muy justa por cierto: que el mortal que usara
rectamente de tales bienes los recibirá mayores y mejores. Recibirá
una paz inmortal acompañada de gloria y el honor propio de la vida
eterna, para gozar de Dios y del prójimo en Dios. Y el que los usara
mal no recibirá aquéllos y perderá éstos.
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