Anaximandro, discípulo y sucesor de Tales de Mileto,
nació en torno al año 610 y murió hacia el 550, a mediados
del siglo VI a. de C. Como su maestro, fue también astrónomo,
geómetra y geógrafo y escribió una obra, que no se conserva,
titulada Acerca de la naturaleza.
Para Anaximandro, el principio originario del mundo no
es una realidad concreta, sino algo indeterminado e ilimitado, ápeiron
en griego. Esta realidad indefinida es el fundamento de la generación
de las cosas, que abarca todo lo existente como su sustrato inmortal e imperecedero.
Del ápeiron surgen todas las cosas: primero lo frío
y lo caliente, como separaciones básicas de la sustancia primordial,
luego lo seco y lo húmedo, es decir, la tierra y el agua, posteriormente
el aire y el fuego, del que se derivan los astros.
Estos elementos se organizan en el universo de acuerdo
con el mayor o menor peso de sus componentes Así, la tierra ocupa
el centro; por encima, cubriéndola, se encuentra el agua; y rodeándolo
todo, los elementos más ligeros, es decir, el aire y el fuego. Y este
orden se mantiene y se renueva constantemente siguiendo leyes inmutables,
como se dice en el único fragmento que nos ha llegado de Anaximandro
(a través de Simplicio, comentarista de Aristóteles):
«La generación de los seres que existen tiene
lugar a partir de aquello mismo a que conduce su destrucción, como
es justo y necesario. Pues se indemnizan mutuamente y pagan su castigo unos
a otros por su injusticia, de acuerdo con el orden del tiempo.»
Es decir, para Anaximandro, el universo no es algo terminado
para siempre, sino que constituye un proceso en el que, de forma infinita,
la destrucción de unos seres da lugar al nacimiento de otros, de forma
necesaria, según las leyes inmutables establecidas por el orden temporal.
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